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El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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LA ÚLTIMA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA:

1923

 

Profecías que marcaron la Historia

 

Siempre que el hombre ha querido hacer

del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

 

F. Hölderlin, Hiperión o el eremita en Grecia.

 

Cuando el 29 de mayo de 1453 el ejército de Mehmet II el Conquistador entra en Constantinopla, Constantino XI Paleólogo se lanza a la lucha como un soldado más, muriendo en el fragor de una batalla ya perdida. La consternación popular ante la toma del último bastión del Cristianismo en Oriente y la negación de la nueva situación convirtieron a Constantino en un emperador de mármol que esperaba en silencio por los siglos de los siglos a que los cristianos terminaran de sufrir el justo castigo a sus pecados bajo el dominio del infiel. Redimidas todas las culpas, un ángel del Señor vendría a despertar al emperador mártir, quien recuperaría gloriosamente la Ciudad y la devolvería a su legítima dueña, la Virgen Madre de Dios, haciendo renacer el Imperio Romano de Oriente.

 

No obstante, hasta que llegara el ángel, había que trabajar por la causa. Los esfuerzos por recuperar el Imperio comenzaron en el mismo momento de su pérdida. A pesar de la insensibilidad y apatía con la que Occidente había recibido las angustiosas llamadas de ayuda de los últimos emperadores Paleólogos para salvar lo que quedaba del Oriente cristiano frente a la apisonadora otomana, los ánimos de una nueva cruzada parecieron revitalizarse cuando la Ciudad ya estaba perdida. Aunque tributaria del Sultán, la Morea todavía permanecía en manos de los déspotas Paleólogos. Si bien Demetrio se había mostrado siempre contrario a Occidente y prefería plegarse a las exigencias de Mehmet, Tomás confiaba todavía en que el mundo cristiano enviaría ayuda. Instigado por el cardenal Besarión, en 1459 el papa Pío II convocó un concilio en Mantua e intentó buscar aliados para esta empresa en Alemania y en otros lugares. De momento, envió 300 soldados con los que Tomás consiguió arrebatar temporalmente Calavrita a los turcos. Ante la ausencia de más recursos, la fuerza mercenaria italiana se diluyó en la nada, y lo único que se consiguió con este amago de cruzada fue enfurecer a Mehmet, quien en 1460 se apresuró a tomar definitivamente la Morea bajo su absoluto control para evitar futuros intentos de este tipo. En 1461 Pío II proclamó solemnemente una cruzada para la que no obtuvo más que promesas, y ante el fracaso, escribió a Mehmet con el compromiso de que si se convertía al Cristianismo, sería reconocido como legítimo heredero del Imperio de Oriente. En 1462 decidió encabezar él mismo, viejo y enfermo, una cruzada que partiría de Ancona, a donde se dirigió acompañado de Bessarión y donde finalmente murió sin haber podido cumplir la obsesión permanente de todo su papado.

 

Abandonada por el momento toda esperanza, los griegos en el exilio vieron con claridad meridiana que su lengua y su historia cultural eran la seña de identidad que debía mantener viva la patria perdida. Cada uno, en la medida de sus posibilidades luchó por su cultura hasta el renacer del imperio. Así, el escribano Miguel Suliardos, de Argos, copia en Italia «no por dinero, sino por la Patria» obras de Platón, Aristóteles, Porfirio, Amonio, Pselos y Planudes, y en 1472, el cardenal Besarión cede en su testamento su rica biblioteca personal, compuesta de casi 900 manuscritos de los cuales 600 eran griegos, a la República de Venecia con las siguientes palabras: «Si hoy quedan griegos en algún lugar, y si en el futuro consiguen lograr algo bueno —puesto que muchas cosas pueden suceder a lo largo del tiempo—, que tengan dónde encontrar lo que se ha escrito en su lengua, ésta que utilizan hoy, depositado todo junto en un lugar seguro; y cuando lo encuentren, que lo multipliquen». Éste será el origen de la Biblioteca de San Marcos de Venecia, y, desde luego, el deseo de Besarión no quedó incumplido: sirviéndose de los fondos de la Biblioteca Marciana y acogiendo a los mejores sabios griegos en su taller, Aldo Manucio, humanista e impresor, fundador en 1490 de una saga de editores e impresores que perduraría hasta 1597, dio a la luz las más reputadas ediciones de los textos clásicos, ediciones que por su escrupulosidad, belleza y fidelidad se consideraron modélicas durante siglos.

 

El apoyo que personajes como Besarión prestaron a los griegos exiliados después de 1453 resultó, por consiguiente, fundamental para afianzar el renacimiento de la cultura griega que ya había surgido en Italia cincuenta años atrás. Francesco Filelfo también jugó un papel relevante en esta dispersión del helenismo, ya que gracias a su amistad con personajes influyentes de la corte de Carlos VIII logró que numerosos intelectuales griegos encontraran en Francia refugio y protección. Podemos citar, por ejemplo, a Caritónimo Hermónimo, alumno de Jorge Gemisto Pletón, quien ejerció una importante labor de copia de obras griegas —de la que hoy en día aún se conservan numerosos testimonios— para terminar siendo el profesor de griego de Guillaume Budé, humanista francés del XVI, maestro de Rabelais y Dolet y fundador del Colegio de los Lectores Reales, el futuro Colegio de Francia. En líneas generales, podemos decir que este estudio del griego tuvo también a la larga consecuencias en un principio indeseadas, ya que las enseñanzas humanistas y sus herederas ilustradas se centraron sobre todo en obras del periodo clásico olvidando las del periodo bizantino, lo que contribuyó con el tiempo a crear una imagen distorsionada de lo que era en realidad el helenismo que vivía bajo la dominación otomana.

 

Durante los siglos en los que no existió ningún estado griego, el Mediterráneo oriental pasó a ser el escenario del pulso por el poder entre las dos potencias del momento: la República de Venecia y el Imperio Otomano. Las estratégicas posiciones que Venecia mantenía en la costa occidental de Grecia y en el Peloponeso —Corfú, Cefalonia, Zante, Corón, Modón, etc.— fueron objeto de un constante tira y afloja, de conquista y reconquista, pero las joyas de Venecia era Chipre y Creta. Chipre cayó definitivamente bajo los turcos en la primavera de 1571 cuando Famagusta se rindió tras un duro asedio de varios meses, y el cruel castigo infringido a su defensor Marco Antonio Bragadino —quien después de haber soportado crueles y humillantes torturas, fue desollado vivo— desbarató definitivamente cualquier atisbo de paz diplomática entre la Serenísima y la Sublime Puerta. En octubre de ese mismo año, la Liga Santa organizada por el papa Pío V, en la que participaban Venecia y España, consigue la victoria en la batalla de Lepanto, victoria a la que no se le supo sacar partido debido a que cada uno de los participantes se preocupó de sus intereses particulares, aunque tuvo el aliciente psicológico de detener la aplastante y continuada expansión del Imperio Otomano. Los griegos que contribuyeron a la victoria de la Liga Santa incluso llegaron a contemplar a Juan de Austria como futuro rey de Grecia, y el Papa recordó las profecías, muy difundidas tanto entre los cristianos como entre los musulmanes, que decían que Jerusalén sería reconquistada por un rey español. No obstante, la intransigencia religiosa de Felipe II ante los griegos, que paradójicamente superó a la del papa Pío V, hizo que las ilusiones de recuperación volvieran a desvanecerse.

El largo dominio veneciano de Creta permitió a los griegos que vivían bajo su protección desarrollar una cultura propia y una producción intelectual y literaria de alto nivel.

 

Ilustración de Klotzas: Constantino I con su madre Elena y Constantino XI con su madre Elena.

 

En la Creta veneciana tuvo lugar uno de los considerados periodos dorados de la historia de la literatura griega en el que se produjeron grandes poemas como el Erotócrito y sobre todo obras de teatro, —Erofili, El sacrificio de Abraham, etc.— con todo lo que ello implica si tenemos en cuenta que el teatro es un fenómeno social: un auditorio principalmente griego que quiere escuchar obras en un griego local elaborado artísticamente y elevado a la categoría de elegante lengua literaria.

Ilustración de Klotzas: Constantino XI en su tumba.

 

No es de extrañar entonces que sea en Creta donde encontremos uno de los más hermosos testimonios cultos de la pervivencia de las esperanzas populares sobre el Emperador de Mármol. En un manuscrito custodiado hoy en la Biblioteca San Marcos de Venecia y datado en 1592, el pintor cretense Jorge Klotzas incluye diecisiete miniaturas en las que narra el ciclo de resurrección, entronización y triunfo del Emperador Dormido.

Ilustración de Klotzas: Constantino XI y la muerte.

Custodiado por ángeles en su tumba secreta junto a la Puerta Dorada de Constantinopla, es despertado y coronado en Santa Sofía. Vence a los turcos en seis batallas y emprende el camino hacia Palestina llegando a entrar triunfante en Jerusalén. Deposita la Cruz y su corona en el templo de la Resurrección y entrega su alma a Dios en el Gólgota.

Soñando con este despertar, la población griega también actuaba cuando veía la ocasión. En una provincia alejada del centro de poder como era el Peloponeso, las insurrecciones fueron moneda corriente.

 Podemos acudir a argumentos románticos como los rescoldos que permanecían en esa región, patria de los espartanos y Despotado medieval de la Morea, corazón bizantino que consiguió sobrevivir a la caída de la Ciudad durante siete años, aunque desde la perspectiva histórica resulta sin duda más operativo no perder de vista que los indómitos arcontes griegos de la Maina y de todo el Peloponeso jamás aceptaron con gusto ninguna dominación, ni siquiera la bizantina.

 

En 1612, sin embargo, los mainotas reciben noticia de que el duque de Nevers, Carlos II de Gonzaga, es descendiente directo en octava generación de Andrónico Paleólogo el Viejo. A él dirigen una larga y apasionada serie de cartas en las que le ruegan ayuda para la liberación. Carlos, sintiéndose tentado por la posibilidad de convertirse en emperador de Constantinopla, lo que le hizo objeto de alguna que otra burla en las cortes europeas, consiguió organizar en 1617 la llamada Milicia Cristiana, cinco grandes barcos que superaban incluso la flota francesa del momento, pero que jamás llegaron a salir de puerto.

 

Candía, la capital de Creta, resistió dos años y medio de asedio para terminar cayendo en 1669, pero Venecia no se resignó fácilmente a perder su hegemonía. Después del desastre otomano de Viena en 1683, la Serenísima tomó de nuevo impulso y, con la ayuda de los jefes mainotas conquistó buena parte del Peloponeso llegando incluso hasta Atenas en 1687. Durante el asedio, una bala de cañón veneciana provocó que el Partenón, convertido en polvorín, volara por los aires, lo que fue celebrado como un gran triunfo militar y en ese momento no preocupó a nadie salvo a los propios turcos, ya que habían quedado desguarnecidos. Hacia 1715, con sus apuros para conservar Corfú, la más veneciana de todas sus colonias, la República estaba dando ya evidentes muestras de decadencia.

 

El siglo XVIII es testigo de las luchas entre Rusia y el Imperio Otomano. Desde que Zoe, la hija menor de Tomás Paleólogo, déspota de la Morea, se casara en 1471 con Iván III, Moscú se consideró a sí misma como la Tercera Roma. En la segunda mitad de siglo, Catalina la Grande planeaba que su nieto Constantino fuera coronado en Constantinopla y que así Rusia pudiera reinar sobre un imperio bizantino restaurado. Así pues, había llegado el momento de que volvieran a entrar en juego las aspiraciones griegas de liberación. En 1770 Catalina envía a los hermanos Orlov para que instigaran a los terratenientes y a los irredentos jefes cleftes del Peloponeso y se alzaran contra la administración turca. La expedición fue un desastre y la rebelión un fracaso, y los griegos lo pagaron caro, pues el sultán ordenó devastar el Peloponeso como represalia. No obstante, los rusos consiguieron una celebrada victoria naval en Cesme, en las costas de Quíos, obligando más adelante a los turcos a firmar severos acuerdos económicos entre los que se encontraba la concesión a los mercaderes griegos de comerciar bajo bandera rusa. Esto fue suficiente para que entre los griegos se comenzara a considerar ya seriamente a Rusia como la auspiciadora de su liberación.

 

Constantino Paleólogo representado en un manuscrito del s. XVI que contiene los Oráculos de León el Sabio.

Por otra parte, los exegetas rusos, que disponían de toda la literatura profética griega traducida a su idioma, mostraron especial interés en desempolvar los viejos oráculos del emperador León el Sabio, entre los que se encontraba la predicción de que el Emperador Dormido sería ayudado en la recuperación de la Ciudad por una raza rubia con cuya colaboración expulsaría a los turcos más allá del Manzano Rojo, lugar mítico y legendario de donde se supone que procedían. Versión culta y elaborada de los cantos populares que añoraban la Ciudad, las profecías comenzaban ya a desempeñar un importante papel político como propaganda en la manipulación de las esperanzas de los griegos sobre la restauración del imperio cristiano perdido.

Resulta curioso pensar que Hölderling se inspiró en esta revuelta de 1770 para escribir su Hiperión o el eremita en Grecia, en la que narra la historia de un joven griego que participa de la rebelión para liberar a su patria, que asocia directamente a la época clásica sin hacer la más mínima alusión a la etapa del Imperio.

 Esto ya nos indica que las expectativas que el filohelenismo occidental tenía del pueblo griego nada tenían que ver con su identidad de entonces ni con las aspiraciones reales de éste. Para colmo, las palabras que en esta obra se dedican a los compañeros de cruzada de Hiperión por parte de su novia Diotima dejan bien claro la opinión que merecían los griegos locales: «Eres demasiado orgulloso para seguir ocupándote de esa raza malvada. [...] Tú les conducías a la libertad y ellos pensaban en la rapiña. Tú les condujiste en triunfo a su antigua Lacedemonia y esos monstruos la saquearon».

Por entonces, entre el helenismo de la diáspora una clase culta griega comenzaba a alimentar sus sueños de renacimiento al abrigo de los ideales de la Revolución Francesa y de la filosofía política de la Ilustración. Intelectuales como Adamandios Coraís o Rigas Velestinlís trabajaban frenéticamente en el extranjero por la independencia de su patria, el primero editando todas las obras de la literatura griega para que sus hermanos bajo el yugo del sultán pudieran conocer su esplendor y asumir su glorioso pasado, a la vez que llevaba a cabo una labor de captación para dotar a la causa griega de recursos económicos que hicieran viables sus aspiraciones de emancipación; el segundo elaborando un mapa ideal de una República Griega que nacería sobre las ruinas del decadente y tiránico Imperio Otomano y que, por consiguiente, abarcaría la mayor parte de los antiguos territorios del Imperio Bizantino.

Rigas llevó a cabo la traducción de la Constitución francesa de 1793, —que él denominó Nueva Constitución Política y que incluía un Manifiesto Revolucionario, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Acta Constitucional de la República Griega— adaptándola al multiforme ámbito balcánico con el fin de dotar de un marco de derecho político a esa república oriental cuyo surgimiento intuía ya inminente. Movido por los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad, soñaba con la unidad de todos los pueblos balcánicos hermanados contra el Tirano en un espacio donde cada uno gozara de su derecho a la más completa libertad de culto y lengua.

Él denominó "griega" a su República sin ninguna conciencia ni de apelación a los ancestros griegos de la Antigüedad clásica ni como "República de los Griegos", sino más bien en el sentido que ilustrados neoclasicistas como Montesquieu o Jovellanos le daban: como referentes autorizados universales y como paradigmas que legitimaban los principios democráticos. No le movía tampoco ningún afán etnocentrista cuando eligió el griego común como lengua oficial de la futura República. Los motivos que justificaban esta decisión fueron puramente prácticos: en aquella época el griego era la lingua franca en el sureste europeo y en Asia Menor, utilizada tanto en el comercio, los negocios y en gran parte de la administración otomana, la lengua con la que se expresaban las élites intelectuales griegas o helenizadas y la herramienta de comunicación de más fácil acceso para todos los pueblos de la región.

Debemos señalar aquí que, además de los ideales ilustrados y revolucionarios en los que se basaba su idea de la nueva República, Rigas era plenamente consciente de la influencia y de la sugestión que las profecías y oráculos ejercían sobre el pueblo llano. Por esta razón insistió tanto, y consiguió al fin, que un editor de Viena publicara en 1790 las llamadas Visiones de Agatángelo, un libro profético escrito en 1751 por Teóclito Polieides quien, sin embargo, para dar mayor empaque y credibilidad a su obra, decía que era una traducción al griego de unos textos recopilados en Messina en 1271 y editados en Milán en 1555.

Considerado como un agitador subversivo, Rigas, traicionado por uno de sus compañeros, fue detenido en Trieste en 1798 por la policía austriaca, conducido a Viena, donde sufrió terribles interrogatorios, y entregado finalmente a las autoridades otomanas de Belgrado, que le ejecutaron sin juicio previo junto con siete de sus colaboradores y arrojaron sus cuerpos al Danubio. Las más altas jerarquías eclesiásticas ortodoxas, que consideraban tremendamente peligrosas sus ideas, tuvieron en todo momento conocimiento de los hechos.

Los nacionalismos excluyentes, de ideología diametralmente opuesta a la de Rigas, que proclamaba la fraternidad universal y la convivencia, no tardaron en surgir con fuerza en Europa. Reinterpretando la "República griega" de Rigas, ahora ya sí, como "República de los griegos" y adaptando convenientemente su himno revolucionario Turios, el nacionalismo griego ya tenía un mártir para su causa. Su muerte inspiró años después, en 1814, la fundación en Odessa de la Filikí Etería o Compañía Fraternal, una sociedad secreta que, más allá de la propaganda, consideraba que había llegado el momento de tomar las armas en pro de la libertad. El papel de la Filikí Etería resultó fundamental en lo que luego fue el estallido de la revolución griega. Por un lado, se enfrentaban al mismo patriarca ortodoxo y a grandes segmentos de la sociedad griega que gozaban de posiciones privilegiadas dentro del sistema otomano y temían por añadidura las crueles represalias que un movimiento independentista provocaría en el sultán, pero por otro consiguieron atraer a exaltados partidarios nacionalistas bajo las vagas insinuaciones de que contaban con el apoyo del zar Alejandro I. Las esperanzas de que Rusia ayudara a Grecia habían sido alimentadas desde hacía ya mucho tiempo y, ahora que se mostraba reticente, se la quería incitar a una cruzada ortodoxa que arrebatase Constantinopla a los infieles. Alejandro Ipsilandis, oficial fanariota del ejército ruso, aceptó la dirección, y emprendió los preparativos para un levantamiento simultáneo en los Balcanes y en el Peloponeso. Si bien en el Peloponeso logró reclutar mediante su propaganda a importantes personalidades eclesiásticas, comerciantes griegos y jefes cleftes que luego resultarían imprescindibles en la lucha como Teodoro Colocotronis, en los Balcanes la causa griega no fue secundada con convicción, puesto que allí habían tomado cuerpo ya nacionalismos como el rumano, el serbio o el búlgaro.

La represión que sufrió en 1820 Alí Bajá, “el león de Yánina”, jefe militar albanés que había conseguido aglutinar grandes extensiones de territorios y cuyo poder no podía ser ignorado por el sultán, fue la oportunidad que Ipsilandis esperaba para iniciar la sublevación. Mientras el ejército turco estaba distraído en el Epiro, en febrero de 1821 Ipsilandis cruzó el río Prut, pero sus 800 soldados procedentes de brigadas estudiantiles fueron masacrados por los jenízaros. Víctima de su propia propaganda, la ayuda de Rusia brilló por su ausencia y los nacionalismos balcánicos permanecieron inmunes a la llamada del renacimiento del imperio griego. En el Peloponeso, sin embargo, el gesto suicida de Ipsilandis tuvo consecuencias imparables. El 25 de marzo de 1821, el obispo de Patras Germano alzó la bandera de la revolución en el monasterio de Ayia Lavra, cerca de Calavrita. En 1824, un primer gobierno griego dividido por las luchas intestinas pedía ayuda a una conservadora Europa que no quería más agitaciones en el panorama internacional después de los sucesos protagonizados por Napoleón Bonaparte. Fueron realmente las sociedades filohelenas de la Europa ilustrada, empapadas de la idealizada cultura clásica griega, las que asumieron el trabajo de dotar de armas y medios a los irregulares ejércitos del helenismo insurrecto para que pudieran continuar la lucha por el afianzamiento de su independencia. La muerte de Lord Byron en Missolongui, que cumplía con todos los cánones románticos de la época aunque Byron jamás llegó a luchar, fue el punto de espectacularidad que los griegos necesitaban para llamar definitivamente la atención de las potencias europeas sobre su revolución. En octubre de 1827 una fuerza naval británica, francesa y rusa derrotaba a la flota turcoegipcia en Navarino. La institución de un estado griego independiente era ya inminente. En 1828 Capodistrias acudió al Peloponeso para hacerse cargo del gobierno de Nauplio, y su asesinato en 1831 fue decisivo para que las potencias apresuraran su búsqueda de un rey para su protectorado. En 1832 llegó a Nauplio como rey de Grecia un joven de diecisiete años, Otón I, hijo del rey Luis I de Baviera.

 

El recién nacido estado griego se sentía frustrado, cercenado y demasiado pequeño, ridículo en comparación con sus aspiraciones de restitución del vasto imperio antiguo. Por otra parte, en el extranjero también se tenía conciencia de que los territorios griegos no eran ni la mínima parte de lo que había ocupado la Grecia que se estudiaba en los libros.

 

Por citar un ejemplo, en un informe francés sobre el Real Decreto del 25 de abril de 1833 en el que se fija la división y la administración del Reino de Grecia, el comentarista, después de transcribir puntualmente el texto donde se refieren los límites de las provincias y sus respectivas capitales, añade de su pluma: «Se verá que el reino de Grecia no comprende toda la Hélade», y lamenta que no se incluyan en sus fronteras territorios como la Tesalia o el Epiro argumentando su antigua raigambre griega y sus tradiciones más arcanas.

 

1838: Stefanitzes dedica su compendio de profecías “al futuro dueño del trono de Constantinopla”.

No obstante, gran parte de la población griega deseaba ir bastante más allá, ya que se encontraba convencida de que para mejorar la economía del país y aliviar las continuas tensiones internas era necesario liberar a todos los hermanos griegos que aún vivían bajo la dominación otomana. Mientras tanto, avivando estos afanes populares las antiguas profecías conocen continuas reediciones y reinterpretaciones. El ejemplo más relevante es la recopilación de profecías y viejos oráculos que llevó a cabo Pedro Stefanitzes, y que fue uno de los primeros libros griegos que se publicaron en Atenas. En él se recoge la literatura profética más importante que había estado circulando durante los últimos siglos, como los Pronósticos de Metodio de Patara, los Oráculos de León el Sabio y las Visiones de Agatángelo entre otros. Stefanitzes dedica el libro “Al futuro dueño del trono de Constantinopla, rey y emperador cristiano por la gracia de Dios”, y, desde luego, consiguió su objetivo principal: demostrar que la mayor parte de las profecías sobre la recuperación de la Ciudad estaba aún por cumplirse. El emperador permanece dormido pero el primer paso para empujar al turco hacia el Manzano Rojo ya ha sido dado.

En la asamblea constituyente celebrada en 1844, mediante la cual se obligó al rey Otón a aceptar una monarquía constitucional, la lánguida añoranza de Constantinopla que se había transmitido en los cantos populares y en las numerosas profecías alcanza su formulación política. Juan Colettis expone lo que se convertirá en el “Gran Ideal”:

 

Ilustración de Stefanitzes: un ángel despierta a Constantino Paleólogo entregándole la corona de emperador.

«El Reino de Grecia no es Grecia, es sólo una parte, la más pequeña y la más pobre de Grecia. Un griego no es sólo el que vive en el Reino, sino también el que vive en Yánina, o en Salónica, o en Serres, o en Adrianópolis, o en Constantinopla, o en Trebisonda, o en Creta, o en cualquier otra región que sea históricamente Grecia, o cualquiera que sea de raza griega. Los soldados de la Revolución no son sólo aquellos que se rebelaron en 1821 sino todos aquellos que han luchado por la libertad desde la caída de Constantinopla. Los héroes de la Independencia no pertenecen únicamente al Reino, al pequeño Reino de Grecia. Ellos pertenecen a todas las provincias del mundo griego desde el Hemo hasta el Ténaro, desde Trebisonda a Cilicia. [...] Hay dos grandes centros del Helenismo: Atenas y Constantinopla. Atenas sólo es la capital del Reino. Constantinopla es la gran capital, la Ciudad, la felicidad de todos los griegos.»

 

El nuevo estado no se sentiría completo hasta que consiguiera despertar al Emperador de Mármol. La ratificación pública de lo que era el estado griego real y de lo que podía llegar a ser marcó el devenir del helenismo y se convirtió en el eje que vertebraría la sociedad, la cultura y las actitudes políticas griegas durante casi un siglo. Otón se sirvió de este Gran Ideal convirtiéndolo en un nacionalismo utópico y agresivo contra un enemigo exterior como medida de distracción de los graves problemas internos que vivía Grecia bajo el gobierno corrupto y débil que él mismo había creado. Durante su reinado se llevó a cabo una política de “helenización” intensiva y de construcción de un espíritu y de una mitología nacionales que afectó a todos los ámbitos. En el plano cultural, la imposición de la lengua cazarevusa, una lengua artificial y arcaizante que nadie había hablado jamás, sobre la dimotikí, o griego vernacular hablado, creó un desconcierto y un cisma social tan profundos que sus consecuencias se notan incluso en la actualidad. Por otra parte, la mitificación de los “héroes del 21”, los feroces jefes cleftes que en más de una ocasión estuvieron a punto de echar por tierra el alzamiento, fueron vistos como modelos de heroísmo y libertad. Para conseguir estos fines no se dudó en manipular y reescribir los materiales que el acervo folklórico popular ofrecía, y en el caso concreto de los bandoleros, numerosas canciones cléfticas, cantos rebeldes de libertad individual, son cambiadas para poder ser reinterpretadas como cantos de libertad nacional.

 

No obstante, toda esta política de exaltación interna no consiguió ocultar su desastrosa gestión, por lo que tuvo que abandonar el país en 1862. Aunque el pueblo griego eligió por plebiscito como nuevo rey al príncipe Alfredo, segundo hijo de la reina Victoria, Inglaterra estaba muy comprometida con el Imperio Otomano, por lo que las grandes potencias que ejercían su tutela sobre todos los asuntos del Mediterráneo oriental decidieron enviar a Guillermo, hijo del rey Cristian IX de Dinamarca. En 1863 Guillermo adoptó el nombre de Jorge I, rey de todos los helenos, en un compromiso, un tanto populista, con todos los griegos, no sólo con los del reino.

 

Jorge I eligió en 1875 como primer ministro de Grecia a Jarilaos Tricupis, quien intentó calmar los ánimos en política exterior y cuya actividad, dirigida sobre todo a solucionar los diferentes problemas internos del país, sobre todo los económicos, llevó al reino a una relativa estabilidad. Sin embargo, la institución del sistema bipartidista británico, que Tricupis admiraba en gran manera, le dio como oponente al demagogo Teodoro Deliyanis, quien en sus turnos de poder se dedicó a deshacer todo lo hecho anteriormente por Tricupis enarbolando con pasión el Gran Ideal. En 1893 Tricupis llegó a declarar el estado en bancarrota. Otros acontecimientos externos vinieron a agravar la situación. La declaración búlgara de independencia y el apoyo que ésta recibió de Rusia, quien reivindicaba para la “Gran Bulgaria” toda la costa egea entre Salónica y Adrianópolis ante el estupor de los griegos, hacían inviables las aspiraciones territoriales de Grecia. Por otra parte, en 1897 los cretenses se alzaron en armas y declararon un gobierno independiente, lo que supuso un revulsivo que provocó que todo el país se lanzara a una cruzada de liberación en todos los frentes que terminó en absoluto desastre. Derrotados los ejércitos griegos tanto en las fronteras del continente que habían intentado arrebatar a los turcos como en la defensa de Creta, Grecia quedó a merced del castigo que las potencias quisieron imponerle por su indisciplina, entre otras, la intervención británica en todos los asuntos del estado.

 

En 1908 los Jóvenes Turcos, organización que pretendía la formación de una moderna nación-estado turca, tomaron el poder en Constantinopla. Ante la fuerza del movimiento emergente, las grandes naciones cortaron todos los lazos con el impotente sultán, y los cretenses declararon su fidelidad al rey Jorge. Ante los enardecidos ánimos del pueblo, frustrado continuamente en sus aspiraciones de recuperación, el rey tenía sin embargo muy presente el recuerdo de la catástrofe de hacía diez años, y permitió que los cretenses fueran reducidos por un flota internacional de marines. Esta actitud le valió un golpe militar y la llegada a escena de Eleuterio Venizelos, gran político cretense que ya se había destacado como paladín del Gran Ideal en las luchas constantes de su isla por la anexión a Grecia.

 

Venizelos llevó a cabo importantísimas reformas políticas, económicas y sociales de las que el reino griego se benefició enormemente, ya que le dotaron de una prosperidad y de una estabilidad política sin precedentes en su corta pero agitada historia. Pero el Gran Ideal dominaba por entero su pensamiento, lo que provocó que en un momento dado todos sus esfuerzos se dirigieran hacia la política exterior sin permitirle profundizar en los problemas internos. Su inteligente actitud en las dos guerras balcánicas hizo que Grecia doblara su extensión territorial anexionándose Samos y Creta, el sur del Epiro, Macedonia y la Tracia occidental, pero en lugar de consolidar estos grandes logros, lo que hubiera ayudado a afianzar definitivamente la situación interna de Grecia, consideró que el trabajo no había hecho más que comenzar. Todavía quedaba la recompensa final, la Reina de las Ciudades, y en el estado de euforia que se encontraba el pueblo griego en ese momento el despertar del Emperador Dormido parecía más cercano que nunca.

El rey Jorge I murió asesinado en 1913. Su hijo y heredero, Constantino, cuyo linaje danés no debe ser olvidado, llegó a ser aclamado por muchos ya como Constantino XII. En esa situación de optimismo y exaltación generalizada, la vieja profecía de la “raza rubia” que rescataría Constantinopla volvió a adoptar una importancia de primer orden.

 

En 1914, con el estallido de la Gran Guerra, Venizelos quiso entrar en la guerra del lado de la Entente y cedió a Bulgaria importantes centros de los territorios recién conquistados, como era las ciudades de Kabala, Serres y Drama, bajo las vagas promesas que Gran Bretaña le hizo sobre ciertas concesiones en las costas de Asia Menor. La posibilidad de poner el pie al otro lado del Egeo cegó a los entusiastas convencidos del Gran Ideal, mientras que el rey Constantino, más pragmático y en buenas relaciones con Alemania, consideraba demasiado difuso el compromiso británico y veía que las arcas del estado, agotadas después de las Guerras Balcánicas, no podrían hacerse cargo de las posibles recompensas territoriales en Eolia. Éste fue el origen del llamado Cisma Nacional o Ethnikós Dijasmós. Venizelos dimitió y el rey se enfrentó tanto a la voluntad de su pueblo como a la de Gran Bretaña y Francia, quienes volvieron la vista hacia Bulgaria despertando el fantasma de la Gran Bulgaria al norte de Grecia y, por tanto, el fin del Gran Ideal.

 

Los acontecimientos de los años siguientes provocaron que Venizelos creara un gobierno paralelo en Salónica y, con la intervención directa de franceses y británicos, se consiguió que el rey abdicara en su segundo hijo Alejandro. Venizelos ya se vio libre para entrar de lleno en la guerra, aunque en general su papel fue secundario, sin demasiada trascendencia y a costa de muchas bajas. La firma del armisticio por parte de Turquía impidió que el ejército griego y británico llegara a entrar en Constantinopla cuando casi la rozaban, ya que les detuvo en Alexandrópolis.

 

El coste político para Grecia de esta aventura había sido tan alto que solamente podría compensarla la obtención completa de su Ideal. La verdadera batalla de Venizelos se llevó a cabo en la mesa de negociación de París. Las vagas promesas sobre Asia Menor que Gran Bretaña había hecho a Grecia eran incompatibles con las más concretas que le había hecho a Italia, que había sacrificado mucho más en la guerra. Para evitar la ocupación de Italia, que ante el incumplimiento de lo pactado se había retirado de la conferencia y había llevado buques de guerra a Esmirna, Venizelos pidió permiso a la conferencia para desembarcar tropas en Esmirna y proteger a la población griega. En mayo de 1919 los griegos se hacían cargo de la administración de Esmirna y de una amplia región de sus alrededores en medio del clamor popular, aunque ésta fuera sólo durante un periodo de cinco años y después decidiría su futuro en referéndum. Para redondear la jugada, Venizelos arrancó extensos territorios a Turquía en el Tratado de Sèvres de 1920. Cuando Grecia vio que la costa del mar de Mármara y la península de Gallípoli entre otras muchas zonas, volvían a ser suyas, el histerismo profético y nacionalista sobre la inmediata recuperación de la Ciudad estalló sin control. El restaurado Imperio Helénico se rozaba con los dedos, por eso la catástrofe final fue todavía más dura.

 

En medio del entusiasmo incontrolado, estallaron en Esmirna disturbios intercomunitarios de difícil manejo. La oleada de entusiasmo nacionalista griego se volcó contra la comunidad turca que se encontraba desamparada pero se defendía y, por otra parte, con graves problemas internos, Grecia no podía mantener el suministro ni soportar los gastos que su destacamento en Asia Menor exigía. Las fronteras eran difícilmente defendibles, lo que obligó al ejército a adentrarse demasiado en un territorio hostil de Asia Menor siendo continuamente instigados por el ejército turco. Para mayor desgracia de las aspiraciones griegas, en ese mismo año de 1920 Kemal Ataturk confirmó un nuevo parlamento mediante el que proclamó el Estado nacional turco, lo que a su vez dejaba sin efecto todos los pactos firmados por el sultán —poniendo en primer término el de Sèvres— y rechazaba por completo la intervención extranjera. La reacción de las potencias fue negociar en secreto con el nuevo poder turco y dar la espalda a Grecia.

 

Mientras tanto, en la Grecia continental, moría el rey Alejandro por la mordedura de un mono y Venizelos, imprevisiblemente, era derrotado en las urnas. Había confiado demasiado en su poder de persuasión y en el poder moral del helenismo en el tablero de juego internacional, pero todo se vino abajo. La propaganda tradicional ya no podía ocultar que la consecución del Gran Ideal estaba siendo demasiado costosa para el pueblo. Al regresar el rey Constantino a Grecia, las potencias ya no tuvieron que mantener ocultos sus tratos con la nueva Turquía, puesto que se le consideraba traicionero desde su actitud en la Gran Guerra.

 

En una reacción imprudente y desesperada, en marzo de 1921 Constantino ordenó a las agotadas tropas de Asia Menor que lanzaran una ofensiva definitiva contra Ankara, lo que fue el principio del fin de la milenaria presencia griega en Anatolia. A pesar de su heroica insistencia, las tropas griegas se vieron forzadas a abandonar. Los abusos que cometió en su retirada contra la hostil población turca despertaron un odio de consecuencias irrefrenables, dejando a su vez a un millón y medio de griegos expuestos a la venganza. La situación era tan caótica que Constantino se mostró dispuesto incluso a aceptar la soberanía turca de Esmirna, pero Kemal estaba demasiado seguro de vencer como para hacer concesiones. En un intento de hacer negociar a Kemal, Constantino reunió todas las tropas griegas que pudo en la Tracia oriental para emprender un ataque directo sobre Constantinopla, pero las potencias se lo impidieron.

 

Ya nada pudo parar el ataque turco contra Esmirna a finales de agosto de 1922. Las tropas griegas huían en desbandada, y ahora la población griega civil pagaba por los abusos y venganzas cometidas en pro del atávico Gran Ideal. La masacre y la destrucción de Esmirna y la llegada a la Grecia continental de los miles de refugiados que consiguieron salvar a duras penas la vida resultó una verdadera catástrofe en todos los aspectos. La economía se colapsó, los sueños nacionalistas ya no servían, y los griegos echaban la culpa de todas sus desgracias a los hermanos bajo el yugo otomano que soñaban con liberar desde hacía un siglo. Los griegos de Asia Menor, algunos de los cuales ni siquiera hablaban ya griego, se encontraron desamparados y rechazados en su madre patria. No obstante, no sólo fueron los refugiados griegos las víctimas de la tendencia ultranacionalista que había surgido paralelamente a ambos lados del Egeo en aquel momento. Sin olvidar a los armenios, también cientos de miles de turcos, muchos de los cuales ni siquiera hablaban ya turco, sufrieron el éxodo que imponía la filosofía de las nuevas naciones-estado teniendo que abandonar las tierras en las que habían vivido hacía cientos de años y establecerse en una inhóspita Anatolia que no los reconocía como suyos.

 

En el Tratado de Lausana, firmado el 30 de enero de 1923, se negociaron los términos del intercambio forzoso de población entre Grecia y Turquía bajo la supervisión de la Sociedad de Naciones. Los dos países afectados se mostraron de acuerdo ante tan traumática medida. Renunciando a que Grecia llegase a dominar territorios en Asia, Venizelos alegaba «el derecho primordial de todo hombre de habitar en su país de origen y de vivir allí en libertad», y la delegación turca del gobierno de Ankara veía cumplida la fórmula básica de su programa, que consistía en poner fin al Imperio Otomano con su mezcla inextricable de razas, nacionalidades, de protegidos y privilegiados más o menos extranjeros, y dar comienzo a una Turquía para los turcos. Sólo hubo algunas excepciones: el Patriarcado ortodoxo permanecería en Constantinopla, aunque sería privado de toda atribución política, y el intercambio forzoso no afectaría ni a los griegos de Constantinopla y a los turcos de la Tracia occidental.

 

Constantinopla cayó para siempre en 1923, en el momento en que pasó a llamarse Estambul. El Gran Ideal se derrumbó dolorosamente dejando unas heridas tan profundas en los millones de refugiados de ambos países que aún hoy, tres o cuatro generaciones después, permanecen abiertas.

 

En la Grecia de hoy en día todavía quedan algunas minoritarias organizaciones políticas consideradas extremistas que proponen la recuperación de Constantinopla, aunque en líneas generales, bajo una política pragmática y más acorde con las necesidades reales de un país moderno, esos anhelos que durante siglos marcaron el devenir histórico de un pueblo han quedado reducidos al ámbito del folklore y de los dichos populares. Eusebi Ayensa i Prat recoge algunas expresiones y tradiciones: «En el Epiro, para envalentonar a los niños cobardes, se les dice a menudo: “¿Así reconquistaremos Constantinopla?” [...] En el Ponto tenemos documentado un juego llamado lajtas en el que se enfrentan dos pandillas de muchachos con el objetivo de recuperar Constantinopla. [...] La pandilla vencedora corona su victoria con un lacónico pero expresivo: “¡Hemos recuperado Constantinopla!”. En la lejana isla de Chipre [...] en los versos de una canción de amor el protagonista identifica sus deseos amorosos con sus afanes de reconstrucción nacional: “Dios, mío, que amanezca un día radiante de sol / y que pueda yo conquistar a mi amada y Constantinopla su reino”».

 

Personalmente, quiero añadir el recuerdo de infancia que me contó una querida amiga también en la isla de Chipre. Cuando era pequeña, veía que todos los martes su abuela procuraba no salir de casa y hacía únicamente las tareas domésticas más imprescindibles. Cuando la niña le preguntó por qué se comportaba así, la abuela le dijo: «porque el martes es día de luto, mi niña, porque en martes cayó la Ciudad».

 

Eva Latorre Broto

Octubre 2003

 

 Bibliografía consultada:

E. Ayensa, “Folclore y nacionalismo griego. Ideologías en torno a la caída de la Ciudad.” Erytheia, 24 (2003), pp. 179-206.

T. Boatswain – C. Nicolson, Un viaje por la historia de Grecia. Madrid, 1991.

E. García Hernán, “Intento de unión entre la Iglesia latina y la iglesia ortodoxa en 1571.” Erytheia, 24 (2003), pp. 159-178

J. von Hammer-Purgstall, Histoire de l'Empire ottoman: Despuis l'avènement du sultan Moustafa III jusqu'au traité de paix de Kaïnardjé: 1757-1774. Tome seixième. París, Londres, San Petersburgo, 1839.

F. Hölderlin, Hiperión o el eremita en Grecia. Traducción y prólogo de Jesús Munárriz. Madrid, 2003.

M. F. de Jessen, “Grèce et Turquie, Echange obligatoire des populatios turques et grecques.” Revue general de droit international public, t. 30, 1923, pp. 514-518.

D. M. Nicol, The Immortal Emperor. The life and legend of Constantine Palaiologos, Last Emperor of Romains. Cambridge University Press, 1994.

R. Puaux, La muerte de Esmirna. Un testimonio de la catástrofe microasiática. Prólogo, introducción, traducción y notas de Roberto Quiroz Pizarro. Centro de estudios griegos, bizantinos y neohelénicos, Universidad de Chile, 2000.

D. A. Zakythinos, Le despotat grec de la Morée. Vol. I: Histoire politique; vol. II: Vie et institutions. Londres, 1975.

María López Villalba, Traducir la Revolución. La Nueva Constitución Política de Rigas de Velestino. Colección Nueva Roma nº 18, CSIC, Madrid, 2003.

 

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