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Constantino IV (668 -685)
Por Leonardo Fuentes
Constantino IV [1], nacido alrededor de 650, era el hijo mayor de Constante II y Fausta. A raíz del asesinato de su padre en Sicilia en 668, él se convirtió en emperador junto con sus dos hermanos más jóvenes, Heraclio y Tiberio.
Arabes, eslavos y búlgaros
La primera amenaza importante a la que Constantino debió hacer frente durante su reinado fue el avance de los árabes. Confiado en continuar con la sucesión de victorias obtenidas durante el reinado de Constante II, el califa Muawiya (Moavia) atacó Sicilia, Africa del Norte y Anatolia. Pero pronto quedó claro que el principal objetivo de Muawiya era la propia capital del Imperio: Constantinopla. En 670 las fuerzas navales árabes ocuparon Cyzicus, estableciendo allí una base para los futuros ataques contra la ciudad, y en 672 capturaron Esmirna. En 674 la flota árabe empezó su ataque contra Constantinopla. Con la atención del emperador enfocada en los árabes, los eslavos pusieron sitio a Tesalónica.
Sin embargo, los árabes fueron incapaces de conquistar Constantinopla y, después de sitiarla a lo largo del verano, debieron retirarse a su base de Cyzicus. La flota musulmana volvió durante los siguientes tres veranos, hasta que en 678, gracias a la utilización del fuego griego, los bizantinos fueron finalmente capaces de derrotarla y obligarla a que se retirara [2]. A la vez, el ejército árabe sufría una importante derrota en Asia Menor. Estas dos victorias bizantinas llevaron a Muawiya a pedir la paz. Constantino IV pudo así negociar un tratado favorable con el califa, que estuvo de acuerdo en pagar un tributo anual de 3.000 piezas de oro.
Las victorias bizantinas en el Oriente le permitieron a Constantino volver su atención a la región occidental de su imperio. Un ejército, enviado en auxilio de Tesalónica, derrotó a los eslavos y levantó el sitio de la ciudad. Los ávaros, impresionados por los éxitos bizantinos, se apresuraron a rendir homenaje a Constantino y reconocer su supremacía. En 679, el kan búlgaro Asparuch cruzó el Danubio y penetró en territorio del Imperio. Una fuerza conjunta, naval y terrestre, bajo el mando del emperador intentó expulsarlos del área en 680, pero sufrió una grave derrota. Al año siguiente, debido a este revés, Constantino IV firmó un tratado que reconoció el control búlgaro sobre la región disputada. Los búlgaros establecieron su capital en Pliska, y pronto pudieron controlar el acceso de los bizantinos al Danubio, lo que llevó a la formación definitiva de un Estado eslavo-búlgaro en el territorio de la antigua provincia de Mesia, entre el curso del Danubio y las cadenas montañosas balcánicas. Con ello se configuraba ya la situación política típica de los Balcanes de la alta Edad Media bizantina.
Constantino estableció a muchos ávaros fugitivos en Tracia, como una especie de valla contra los búlgaros. Por otro lado, las disensiones entre los árabes permitieron a los bizantinos saquear Ascalon, Acre y Cesárea, y reconquistar la mayoría de Cilicia.
La detención del avance islámico en Asia Menor y en el Egeo no parece que pueda separarse de la adopción por el Imperio en estos difíciles años de una nueva estructura administrativo-militar, que se conoce con el nombre de “Reforma Temática”. En líneas generales ésta consistió en romper definitivamente con la vieja separación entre gobierno civil y militar en la administración provincial, heredada de los tiempos de Diocleciano, continuando el camino marcado con los predecesores de Justiniano y de Mauricio. De esta forma las viejas provincias y sus funcionarios perderían casi todas sus atribuciones, subsumidas en unos nuevos poderes y circunscripciones de funcionalidad fundamental-mente militar: los Temas o Themas. Éstos recibían su nombre del cuerpo de ejército allí acuartelado, confiando a su comandante -que recibía el nombre de estratego- todos los resortes de poder fiscal y judicial necesario para el sostenimiento del ejército y la defensa en profundidad de la nueva circunscripción territorial a él confiada. Esta militarización y descentralización administrativas, a la par que nueva defensa en profundidad del Imperio, aparece ya configurada en sus líneas maestras a mediados de la década de 680, cuando ya se testimonian los grandes Temas primitivos de Tracia (Balcanes), Opsiquion, Anatólicos y Armeniacos (Asia Menor), y de los Carabisinos (para los distritos marítimos del Egeo).

Constantino IV, reconociendo que algo debía hacerse respecto a la disensión religiosa que afectaba a su imperio, convocó el Sexto Concilio Ecuménico (Constantinopla III); este se reunió desde noviembre de 680 hasta septiembre de 681. Durante sus 18 sesiones, 12 de las cuales fueron presididas por el propio Constantino, el concilio intentó lograr una conciliación entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla. Desde que la mayoría de las regiones monofisitas/monotelitas del Imperio bizantino estaban controladas ahora por los musulmanes, el concilio pudo condenar al monotelismo y excomulgar a sus principales dirigentes. Se decretó que Cristo tenía ambas voluntades -divina y humana- y que él es verdadero Dios y verdadero hombre, y por tanto, capaz de unir a los hombres con Dios. Esto reafirmó la Doctrina Calcedoniana de 451, ayudando así a promover un sentimiento de unidad entre las iglesias de Roma y Constantinopla.
Desgraciadamente para el Imperio los últimos años del reinado de Constantino IV se vieron nuevamente ensombrecidos por una crisis familiar y dinástica, reflejada en su conflicto con la nobleza senatorial y militar que prefería un poder imperial compartido entre Constantino IV y sus hermanos Heraclio y Tiberio.
Constantino, interesado en asegurar el trono para su hijo Justiniano, intentó privar a sus hermanos de los derechos imperiales y despojarlos de su rango de co-emperadores. El Senado y parte del ejército no estuvieron de acuerdo con esto, y una parte de las tropas se amotinó en Anatolia. Para solucionar el problema, Constantino ordenó cortar la nariz a sus hermanos y ejecutó a los principales líderes del motín.
En septiembre del año 685, a la edad de treinta y cinco años, Constantino IV murió de disentería, siendo sucedido por su hijo Justiniano II.
Fossier, Robert: La Edad Media. La formación del Mundo Medieval 350-950, Barcelona, Crítica, 1988.
Haldon, J. F.: Byzantium in the Seventh Century: the transformation of a culture, Cambridge, 1990.
Roma y Bizancio, en “Orígenes del Hombre”, t. 68, Barcelona, Ediciones Folio, 1995.
Scott Moore, R.: Constantine IV, en www.roman-emperor.org/
The Oxford Dictionary of Byzantium, Oxford University Press, 1991.
Vasiliev, A. A.: Historia del Imperio Bizantino, Barcelona, Iberia, 1946.
[1] Durante mucho tiempo se creyó que el apodo Pogonatos (barbudo) correspondía a Constantino IV, pero la opinión actual es que dicho mote designaba a su padre, Constante II.
[2] El fuego griego era un líquido inflamable inventado por Callinicus de Heliopolis, un refugiado cristiano de Siria, que se lanzaba a través de una especie de “sifón” contra las naves enemigas, provocando su incendio. El conocimiento de los ingredientes para la elaboración de este líquido inflamable fue considerado un secreto de estado por los bizantinos, y se guardó tan celosamente que sus elementos esenciales permanecen desconocidos hasta el momento.