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CONSTANTINO XI PALEÓLOGO

Por Eva Latorre.

Constantino Paleólogo Dragases, infancia y juventud

La fecha de nacimiento de Constantino Paleólogo Dragases que se considera más verosímil es el 8 de febrero de 1405, aunque algunas fuentes afirman que nació el año anterior, en 1404. Fue el cuarto de los siete hijos del emperador Manuel II Paleólogo. Su madre fue Elena Dragases, hija del príncipe serbio Constantino Dragases, a quien siempre se sintió especialmente unido, lo que viene demostrado por el hecho de que siempre utilizó su apellido serbio con gran orgullo. Poco se sabe de su infancia y juventud. Al parecer, era un gran cazador además de un excelente jinete, y se entregaba con devoción a su entrenamiento en el manejo de las armas. Su tutor fue el tío de Jorge Esfrantzés, y gracias a eso entabló desde muy joven una profunda relación de amistad con el futuro cronista que duraría hasta la muerte. Cuando su hermano Juan VIII ascendió al trono de Constantinopla, se mostró reticente a que Constantino conservara a Esfrantzés para su exclusivo servicio, ya que era un elemento de incalculable valor como embajador, diplomático y consejero imperial, pero el mismo Esfrantzés renunció a todos esos honores en pro de servir a Constantino, quien desde la infancia había despertado en él la más profunda admiración. Cuando el sultán Murad II lanzó el asalto sobre Constantinopla en junio de 1422, un Constantino de diecisiete años tuvo ocasión de revelar el valor y coraje que le caracterizarían hasta el mismo momento de su muerte. Cuando en septiembre de ese mismo año el emperador Manuel sufrió un ataque de apoplejía que le paralizó un lado del cuerpo, Juan, quien había sido previamente designado coemperador, asumió ya por completo todas las responsabilidades del trono. En noviembre de 1423 emprendió viaje hacia Hungría y Venecia para pedir ayuda contra el sultán, y nombró a Constantino regente del imperio otorgándole el título de Déspota. Aconsejado por su padre, Constantino desempeñó sus obligaciones con dignidad y relativo éxito, ya que en 1424 firmó un tratado de paz con Murad que, aunque resultaba humillante por tener que aceptar el vasallaje hacia el sultán, otorgaba a los bizantinos el dominio de una franja de la costa del Mar Negro con capital en Mesembria además del puerto de Selimbria, enclaves fundamentales para al menos tener vigilados los movimientos turcos en los alrededores de la Capital. Juan regresó de su viaje en noviembre de 1424, y cuando en julio de 1425 murió el emperador Manuel, Constantino pasó a hacerse cargo de Mesembria.

 

Constantino Paleólogo Dragases, déspota de la Morea

Teodoro, el hermano que ostentaba el cargo de déspota de la Morea, había hecho saber repetidamente su intención de abrazar la vida monástica y abandonar las obligaciones políticas. Juan consideró que su hermano Constantino desempeñaría una excelente labor como gobernador del Peloponeso, pero cuando se tomó la decisión de que Constantino sucediera como déspota a su hermano, Teodoro había cambiado de opinión. Sin embargo, el desembarco de Carolo Tocco, conde de Cefalonia y del Epiro, en la costa nordoccidental del Peloponeso, ocupando Clarenza y la Élide, provocó que Juan acudiera al Peloponeso en 1427 acompañado de Constantino para expulsar a Tocco de las regiones recién tomadas. La expedición fue un éxito y Carolo Tocco fue vencido, pero ante el amargor de la derrota propuso un trato que intentaba evitar la vergüenza de haber perdido toda su flota, y ofreció a su sobrina Madalena Tocco como esposa para Constantino otorgándole como dote tanto la Élide como Clarenza. Constantino aceptó y se casó con Madalena, que adoptó el nombre de Teodora, el 1 de julio de 1428 en un pueblecito cercano a Patras. Por su parte, Teodoro ofreció a su hermano como regalo de bodas las regiones de Mesenia y Maina, y al hermano más joven, Tomás, le cedió la región de Calavrita, con lo que el Despotado pasó a ser compartido por los tres hermanos. El 1 de marzo de 1429 Constantino organiza el sitio de Patras para arrebatarla de manos venecianas. En el ataque definitivo que lanzó contra la ciudad el 20 de marzo, un soldado hirió a su caballo desde abajo y Constantino cayó quedando malherido. Su amigo Esfrantzés le salvó la vida aunque le costó que le hicieran prisionero, siendo liberado un mes más tarde en un estado lamentable. Al final, debido al abandono del gobernador veneciano Pandolfo Malatesta, Patras terminó entregándose.

En noviembre de ese mismo año, muere en la Élide la esposa de Constantino, sumiéndolo en una gran pena ya que había llegado a amarla sinceramente a pesar de su breve convivencia. Fue enterrada primero en Clarenza, aunque luego sus restos fueron trasladados al monasterio de Cristo Zoodotes de Mistra, la actual iglesia de Santa Sofía. La toma de Patras irritó tanto al papa y a Venecia como al sultán, por lo que Esfrantzés se vio obligado a ejercer durante los meses siguientes una frenética actividad diplomática, y cuando en 1430 ya se había calmado la tormenta, el fiel amigo de Constantino recibió su recompensa siendo designado gobernador de Patras. En ese momento, pues, prácticamente todo el Peloponeso se hallaba en manos bizantinas. El sultán, molesto por esta repentina expansión griega, mandó a Turaján Bey para que demoliera lo poco que quedaba del Hexamilion y recordara a los déspotas que, lo quisieran o no, seguían siendo sus vasallos. El emperador Juan no había tenido descendencia a pesar de sus tres matrimonios, con lo que quedaba claro que debería sucederle uno de sus hermanos. En 1435 llamó a Constantino a la Capital para hablar con él el tema, ya que era su favorito, pero Teodoro, que como hermano mayor se consideraba el legítimo heredero, sospechando de qué se trataba, acudió también a Constantinopla para reclamar sus derechos. La disputa entre los dos fue tan fuerte que rompieron relaciones, regresando por separado al Peloponeso, y el emperador Juan, para evitar un guerra civil en el despotado, envió después a dos mediadores para que calmaran los ánimos. Cuando en 1437 Juan debió marchar a Italia para acudir al Concilio de Florencia, se consiguió que Teodoro consintiera en encargarse él de la administración de las tierras de Constantino para que éste fuera a Constantinopla en calidad de regente. El 1 de febrero de 1440 Juan regresó del Concilio habiendo sellado la unión de las Iglesias, y obtuvo un frío recibimiento por parte del pueblo, que lo consideraba un chantaje de los latinos y un abandono de la propia fe que resultaba vendida por cuestiones materiales. Constantino apoyaba la unión más que por convicciones teológicas porque, como su hermano, sabía que ése era el único clavo ardiendo al que se podían agarrar. No pensaba así Demetrio, otro de los hermanos, quien incluso llegó a hablar con el sultán para que apoyara su candidatura al trono y gozaba de un buen número de adeptos entre el pueblo por su ardiente postura en contra de la unión. Las obligaciones de Constantino como regente terminaron, pues, en febrero de 1440, aunque permaneció en la Ciudad durante algunos meses más con el objetivo de encontrar una nueva esposa. La elegida fue Catalina Gattilusi, la hija del gobernador genovés de Lesbos.

 La boda se celebró en agosto de 1441, y en septiembre Constantino parte hacia la Morea dejando a su esposa al cuidado de su padre. Sin embargo, Constantino debió volver rápidamente a la capital en abril de 1442 ante la llamada de auxilio de su hermano Juan, ya que Demetrio se disponía a atacar la Ciudad con tropas que le había suministrado el sultán. De camino, paró en Lesbos para recoger a Catalina y llevarla consigo, pero los turcos recibieron noticia de su llegada y acudieron a su encuentro acorralándolo en la isla de Lemnos durante varios meses. Durante ese tiempo, Catalina enfermó para terminar muriendo en agosto de ese año. Junto a todos los demás desastres, Constantino volvió a sufrir la pérdida de su esposa y el dolor de no haber alcanzado descendencia. Cuando Constantino consiguió llegar a la Capital en noviembre, Juan ya había puesto a Demetrio bajo control, aunque designó gobernador de Selimbria a su hermano favorito para tenerle cerca en caso de apuro. Entretanto, Teodoro, celoso de sus derechos como heredero, propuso intercambiar con Constantino sus respectivas propiedades, ya que deseaba encontrarse lo más cerca posible de Constantinopla. Aceptado el trato, en octubre de 1443, Constantino partió para hacerse cargo del Despotado de la Morea, esta vez desde su centro, Mistra. Tomás mantenía el gobierno de la región del norte del Peloponeso. Con Constantino Dragases al cargo de la Morea, el Imperio Bizantino conoció la que sería su última expansión territorial. Sus buenas relaciones con Tomás despertaron en Constantino un gran optimismo que le llevó a reconstruir el Hexamilion en 1444. Por otra parte, sabía lo difícil que resultaba gobernar la Morea y las continuas insurrecciones que habían sufrido los anteriores déspotas por parte de la aristocracia local, por lo que intentó ganarse su confianza y fidelidad otorgándoles prebendas y rentas que han quedado registradas en varias argirobulas. No obstante, esto no le impidió dejar las ciudades más importantes a cargo de personas de su entera confianza como por ejemplo Esfrantzés, quien fue nombrado gobernador de Mistra y su provincia. Al parecer, incluso intentó despertar entre la población el espíritu de lucha organizando juegos atléticos que fomentaran la convivencia y el conocimiento entre todos los súbditos del Despotado. En el plano personal, intentó tomar una tercera esposa, pero las negociaciones que emprendió con el príncipe de Tarento para casarse con su hermana Isabel Orsini no alcanzaron resultado alguno. A pesar de los sabios consejos que el cardenal Besarión le dirigía desde Roma, con los que calmaba el irrefrenable carácter de Constantino diciéndole que se mantuviera dentro del Peloponeso y que intentara afianzar allí su posición, el déspota arremetió contra sus vecinos cristianos del ducado de Atenas y Tebas bajo el gobierno del florentino Acciaiuoli, quien a su vez era también súbdito del sultán.

 Encontró una inesperada ayuda en Felipe V, duque de Borgoña, que en 1445 le envió una compañía de 300 soldados con la que Constantino emprendió la conquista de Beocia y la Fócide hasta llegar al Pindo, donde al parecer su autoridad fue muy bien recibida por las distintas comunidades que habitaban esas tierras, valacos, albaneses y, por supuesto, griegos. No obstante, poco duró la gloria de esta repentina expansión griega por la Grecia central. En el invierno de 1446, Murad reunió una fuerza de 60.000 hombres y emprendió el camino hacia la Morea. Constantino se vio obligado a replegarse detrás del Hexamilion, y después de una afanosa resistencia, envió un mensajero al sultán para tratar los términos de la paz. El sultán exigió que el muro fuera demolido, a lo que Constantino se negó, aunque sin servirle de nada, ya que el 10 de diciembre el Hexamilion volvía a ser un montón de ruinas y los déspotas a duras penas consiguieron escapar de la masacre. Las consecuencias del castigo turco fueron arrasadoras para todo el Peloponeso, aunque al parecer la capital Mistra se salvó de la debacle gracias a que en invierno al ejército turco le resultaba muy arriesgado atravesar las montañas. En 1447 la necesidad de tomar una tercera esposa se imponía, por lo que envió a Esfrantzés a Constantinopla para tantear las posibilidades que ofrecían el Imperio de Trebisonda y el Reino de Georgia. Sin embargo, los acontecimientos que siguieron dejaron este tema en un segundo plano. En junio de 1448 muere su hermano Teodoro en su principado de Selimbria, y en octubre de ese mismo año muere el emperador Juan. Constantino, que había designado heredero del trono imperial por su hermano en el lecho de muerte y que contaba con el total apoyo de su madre Elena Dragases, supo que sería el nuevo emperador. Sin embargo, Demetrio contaba con un nutrido número de partidarios que estaban de acuerdo con sus ideas antiunionistas. La emperatriz madre, afrontando una crisis que podía llevar a una guerra civil, asumió su derecho de ostentar la regencia hasta que llegara a Constantinopla el legítimo emperador.

 Esto aplacó los ánimos de las distintas facciones, y en diciembre de 1448 Esfrantzés es enviado a la corte de Murad II con el objeto de pedir su aprobación para la coronación de Constantino. Al mismo tiempo, la emperatriz envía dos emisarios a Mistra para que le proclamen emperador.

 

Constantino XI Paleólogo, emperador de Constantinopla

El tema de la coronación de Constantino es controvertido. La tradición quiere que fuera coronado en San Demetrio, la catedral de Mistra, donde hoy se puede apreciar una losa encastrada en el suelo frente al altar que ostenta el águila bicéfala, emblema de los Paleólogos. Sin embargo, la coronación de un emperador debe ser hecha por un patriarca, y en ese momento no había ninguno en Mistra.

 Así pues, aunque hubiera habido ceremonia religiosa ésta no habría sido válida, y aunque hubiera habido una ceremonia civil en el Palacio de los Déspotas, ésta tampoco habría validado plenamente la investidura de Constantino como emperador. Esfrantzés, sabiamente, pasa de puntillas sobre el tema diciendo que los dos legados enviados a Mistra «hicieron emperador a Constantino», y otras fuentes, como Ducas afirman que, dado que Constantino nunca fue coronado, el último emperador de los romanos fue Juan VIII. En cualquier caso, la fecha que se da para la investidura de Constantino como emperador es el 6 de enero de 1449. Por otra parte, de haberse celebrado la ceremonia religiosa por parte del entonces patriarca Gregorio III a su llegada a la Ciudad, se hubieran causado con seguridad serias revueltas entre la población, ya que al ser Gregorio prounionista, la mayoría de los griegos no lo tenían en cuenta como autoridad espiritual, y mucho menos como patriarca. Intentando evitar la abierta provocación al pueblo que supondría este acto, la ceremonia religiosa de coronación se dejó correr, aunque exaltados antiunionistas como Juan Eugénico se quejaran de que tenían un emperador sin corona y le exhortaran a abrazar la fe verdadera de la Ortodoxia. Tal era entonces el lamentable estado del Imperio que Constantino tuvo que pedir prestado un barco al capitán veneciano de Candía para poder viajar desde Mistra hasta Constantinopla. El capitán veneciano se lo negó muy cortésmente, y el nuevo emperador se vio obligado a llegar hasta su capital en un barco catalán, llegando a su destino el 12 de marzo de 1449. La primera gestión que lleva a cabo después de su llegada consistió en asegurarse unas relaciones pacíficas con el sultán, solicitando la paz también para sus hermanos Tomás y Demetrio, que quedaron compartiendo el Despotado de la Morea. El asunto de la descendencia cobraba ahora más urgencia que nunca. Esfrantzés, que ya había iniciado investigaciones para conseguir una nueva esposa, fue enviado en 1449 como emisario a Trebizonda y Georgia en un largo viaje que duró dos años. La noticia de la muerte del sultán Murad en febrero de 1451 le llegó cuando estaba en Trebisonda, por lo que se apresuró a escribir a su amigo el emperador para sugerirle que tomara como esposa a la viuda del sultán, Mara Brancovic, hija del déspota de Serbia, con el objeto de estrechar lazos de parentesco con la corte del nuevo sultán. Esta solución pareció agradar a todos excepto a la propia Mara, quien había prometido que si enviudaba se consagraría a la vida religiosa, y nada pudo hacerla cambiar de opinión. Ante esta negativa, Esfrantzés decidió que su señor debía tomar por esposa a una dama de la corte de Georgia, cuyo nombre no se ha conservado y que, al parecer, poseía mayores atractivos y ventajas que la princesa propuesta por Juan Comneno de Trebisonda. El 14 de septiembre de 1451, Esfrantzés desembarca en Constantinopla acompañado de un emisario georgiano al que otorga el documento de compromiso matrimonial, y el trato quedó cerrado con la promesa de que Esfrantzés volvería a Georgia para recoger a su prometida durante la primavera siguiente. Entretanto, Constantino se dedicaría a pedir ayuda a Occidente para asegurar su posición. Nadie le atendió. Venecia, más preocupada por sus propios intereses económicos que por los de la Cristiandad en general, desatendió la llamada mientras intentaba ganarse las simpatías del nuevo sultán Mehmet II al mismo tiempo que amenazaba al emperador con trasladar sus puntos de comercio a otros puertos bajo el dominio turco si Constantino insistía en subir las tasas sobre sus mercancías. Incluso ofreció a la comunidad de Ragusa la posibilidad de comerciar libremente y con impuestos bajos con el fin de atraer hacia allí algún contingente militar. Alfonso V de Aragón y Nápoles le respondió diciendo que su gran ilusión sería convertirse en Emperador de Constantinopla. Para colmo, el nuevo papa Nicolás V, a quien Constantino recordó todos los problemas que le había generado la aceptación de la unión de las Iglesias, le contestó que no se había esforzado lo suficiente en convencer a su pueblo para que aceptara el catolicismo, y que todos los clérigos reacios a la unión debían ser enviados a Roma para recibir un curso de formación en los nuevos dogmas. La renuncia del patriarca católico de Constantinopla Gregorio III, que no pudo soportar la intimidación a la que se vio sometido, tampoco ayudó a que la Santa Sede se preocupara entonces ni lo más mínimo por la situación del agonizante imperio. Para aumentar aún más la presión haciendo si cabe más difícil la posición de Constantino frente al pueblo, Nicolás V se empeñó en enviar un legado para que celebrara oficialmente la unión de las Iglesias en Santa Sofía.

El joven sultán Mehmet II fue infravalorado desde el primer momento por todos al ser considerado de una manera precipitada como un joven incompetente al que sería fácil manejar. No mucho más tarde, esta idea sobre Mehmet se demostraría equivocada, pero las consecuencias ya serían irreparables. En el otoño de 1451, los emiratos musulmanes de Asia Menor se alzaron contra el nuevo sultán para intentar recuperar su independencia, pero fueron aplastados de manera inmediata por Mehmet. No obstante, Constantino, al ver que los turcos afrontaban problemas internos, recordó que su padre, el emperador Manuel II, se había encontrado en la misma situación cuando los hijos de Bayaceto luchaban por el poder después de la muerte de éste, y que apostando por Mehmet I ganó unos años de tranquilidad para el Imperio. Así pues, Constantino se apresuró a recordar al sultán que en Constantinopla se encontraba Orján, el único competidor legítimo que tenía Mehmet por el poder en el Imperio Otomano, quien era mantenido con una pensión que debía ser doblada si quería mantener la situación como estaba. Constantino jugó demasiado fuerte y perdió. Mehmet encontró en esta imprudente provocación de Constantino la excusa perfecta para declarar rota la paz entre ambos, y a su regreso de Asia Menor desembarcó en la costa europea del Bósforo sin pedir permiso aunque era oficialmente bizantina. No perdió tiempo en edificar allí precisamente el Rumeli Hissar en la primavera de 1452. A Constantino sólo le quedó protestar ante la construcción de un enclave cuyo objetivo inmediato era aislar a la Ciudad, pero que más adelante sería la base desde donde se lanzara un nuevo asedio. Comenzado el 15 de abril, la fortaleza fue terminada en el mes de agosto de ese mismo año no sin que su construcción generara incidentes violentos con los habitantes de la zona. Estos altercados fueron vistos en Constantinopla como el principio de una guerra, lo que provocó que se cerraran todas las puertas encontrándose dentro algunos oficiales del sultán. Aunque fueron liberados con escoltas y sin haber sufrido daño alguno, Mehmet estaba enfadado, y pronunció su primera amenaza: "Entregad la Ciudad o preparaos para la batalla". Lo único que se pudo hacer entonces fue comenzar a almacenar la mayor cantidad posible de víveres y de armamento y prepararse para un nuevo asedio. Constantino volvió a hacer promesas desesperadas de recompensas a todo aquel que le enviara ayuda y refuerzos, pero las respuestas que obtuvo fueron desesperanzadoras. Ninguna potencia extranjera ayudaría si no ayudaban las restantes, y ninguna estaba interesada en dar el primer paso. El papa Nicolás V sí que había intentado conseguir ayuda, pero atendiendo a su orden de prioridades, en octubre de 1452 envió al cardenal Isidoro para que confirmara la unión de las Iglesias mediante una misa solemne en Santa Sofía. Isidoro trajo con él una fuerza de 200 arqueros como si fueran la avanzadilla de la futura ayuda para camuflar ligeramente su primera intención, lo que no consiguió ante los exaltados ojos de los antiunionistas liderados por Genadio que emprendieron una apasionada campaña de propaganda que puso a Constantino en una difícil situación. Para intentar acercar posiciones, en el mes de noviembre convocó una reunión conciliatoria en la que los antiunionistas expusieron todas sus objeciones contra los latinos. Unos días después, los turcos hundieron el primer barco veneciano que se atrevió a pasar por delante del Rumeli Hissar sin detenerse y pagar tributo. La materialización de las amenazas y la exhibición de fuerza de Mehmet despertaron tal pánico entre toda la población que Isidoro creyó llegado el momento de celebrar en Santa Sofía la solemne misa de la proclamación de la Unión entre las Iglesias. Con la aquiescencia del emperador, la misa se celebró el 12 de diciembre de 1452. A lo largo del invierno, Mehmet empezó a tomar posiciones para lanzar el que sería el ataque definitivo contra la Reina de las Ciudades. Los acontecimientos que se vivieron allí durante los últimos meses antes de la caída son ampliamente conocidos. No obstante, aunque aquí no hagamos referencia a ellos, no podemos pasar por alto la constante valentía y serenidad del emperador, inasequible al desaliento, animando a su pueblo a trabajar día y noche para reforzar las murallas sin mostrar ni sus dudas ni su desesperanza, y consiguiendo que los grupos más variopintos, y a veces enfrentados entre sí, como las propias familias de los Paleólogos y los Cantacuzenos, venecianos y genoveses, o unionistas y antiunionistas, sumaran sus fuerzas en pro de la defensa común.

 A finales de abril Constantino solicitó la paz a Mehmet, pero el sultán veía demasiado clara su victoria como para ceder. Le ofreció la vida y la paz a cambio de entregarle la Ciudad, pero el emperador ni se molestó en responder. Días después llegó un mensajero turco reiterando la proposición: los griegos podrían quedarse donde estaban pagando un tributo anual de 100.000 monedas de oro o podrían abandonar Constantinopla con todos sus bienes sin ser importunados. Consultando a los miembros de su Consejo sobre la propuesta, algunos le impelieron para que huyera mientras todavía estuviera a tiempo y reorganizara la defensa desde otras regiones aún libres, como era el Peloponeso. Constantino se negó. Si la Ciudad caía bajo los turcos, sería por la voluntad de Dios, y él caería con ella.

 Mehmet tendría todo lo que él quisiera excepto la Ciudad. Ésta fue la última comunicación entre el emperador y el sultán. La noche del 28 de mayo Constantino se dirigió a su pueblo con un discurso que Gibbon llamó "oración fúnebre por el Imperio Romano", después del cual se dirigieron todos a Santa Sofía para celebrar allí la que sería la última liturgia. Cuando el ataque definitivo comenzó en la madrugada del 29 de mayo, Constantino se encontraba en la muralla de tierra reforzando las unidades del genovés Giustiniani. Cuando éste cayó herido y pidió ser retirado del combate, el emperador le rogó que no se marchara, sabedor del efecto psicológico que el abandono del valiente capitán tendría entre los defensores de la Ciudad. A esto se sumó la entrada de algunos jenízaros por el portón llamado Kerkoporta, que presuntamente alguien había olvidado abierto. Cuando los defensores vieron la bandera turca ondeando sobre el Palacio de Blaquernas, todo se perdió. El pánico se apoderó del pueblo. Los turcos habían entrado. La Ciudad había sido tomada.

La muerte de Constantino XI Paleólogo Defendiendo una causa perdida, Constantino fue visto vivo por última vez luchando cuerpo a cuerpo cerca de la Puerta de San Román. La muerte del último emperador de los romanos es controvertida por la gran cantidad de versiones que se conservan sobre ella. En el informe que Leonardo de Quíos escribió al Nicolás V el 16 de agosto de 1453, el arzobispo cuenta que cuando Constantino vio que Giustiniani abandonaba la batalla, su entereza se vino abajo y pidió a uno de sus oficiales que le atravesara con su espada para no ser capturado vivo. Nadie tuvo valor para hacerlo, y entretanto los turcos entraron en multitud y Constantino cayó entre la turba. El cardenal Isidoro, que escribía desde Creta al cardenal Besarión el 6 de julio de 1453, decía que Constantino había luchado hasta la muerte añadiendo un nuevo detalle: que su cabeza había sido cortada y entregada como regalo al sultán, quien la llenó de insultos llevándola como un trofeo a Adrianópolis. Este relato aparece también, aunque más elaborado, en los historiadores Ducas y Calcocondilas. La narración de los hechos que se ha transmitido en el testimonio de un jenízaro polaco del contingente serbio coincide en su mayor parte con esta versión. El emperador fue muerto luchando en una brecha de la muralla. Un jenízaro llamado Sarielles cortó su cabeza para llevarla ante el sultán. Arrojándola a sus pies, le dijo que era la cabeza de su peor enemigo, y Mehmet, para confirmarlo, llamó a algunos de sus prisioneros griegos. Cuando éstos hubieron reconocido la cabeza como la de Constantino, el sultán premió al jenízaro con enormes recompensas, la península de Anatolia entre otras. Si bien la gratificación es exagerada, el resto de detalles de esta narración se repite como una constante entre las versiones turcas de la conquista, y desde luego, no podemos perder de vista el especial interés que tendría Mehmet en confirmar y difundir la muerte del emperador para que nada ya le hiciera sombra. Otras versiones turcas pintan menos gloriosa la muerte de Constantino, como por ejemplo la de Tursun Bey, que estuvo presente en la toma de la Ciudad y cuenta que el emperador huyó aterrorizado buscando un barco en el que escapar. Por el camino se encontró a un grupo de marineros turcos que le interceptaron el paso. Constantino atacó a uno de ellos desde lo alto de su caballo dejándole malherido, pero a pesar de todo el turco consiguió derribarlo, matarlo y cortarle la cabeza para enviarla al sultán. No obstante, las narraciones occidentales siguen defendiendo el heroísmo del emperador. El veneciano Nicola Sagundino insiste en el informe que envió a Alfonso V de Aragón en la circunstancia de que Constantino pedía a los suyos que le mataran y que nadie tuvo valor suficiente para ello. No obstante, Sagundino aumenta la versión con el romántico detalle de que el emperador se arrancó las insignias imperiales y se lanzó a morir matando, aunque luego su cuerpo fue encontrado entre los montones de cadáveres que cubrían la Ciudad y decapitado.

 Así pues, tanto de un lado como del otro parece seguro que Constantino murió en la batalla y su cuerpo decapitado, aunque hay otras fuentes ?en concreto sólo tres? que defienden que el emperador consiguió huir por mar como es el testimonio de Samuel, un obispo griego que logró escapar a Transilvania. Esta versión de los acontecimientos debe ser, por muchos otros detalles, desechada como fruto de la esperanza popular que se negaba a darlo todo por perdido, esa misma esperanza que terminó convirtiendo a Constantino en el Emperador de Mármol que esperaría por los siglos de los siglos al ángel que viniera a despertarlo cuando hubiera llegado el momento de recuperar el Imperio de manos de los infieles. En el siglo XVI comienzan a aparecer versiones reelaboradas a partir de las fuentes originales en las que se aprecia cómo la legenda va agrandando el mito y enriqueciendo la historia con detalles novelescos, como es el caso del Treno de Hierax, escrito en 1580, en el que se cuenta cómo Constantino confesó sus pecados junto con su mujer y sus hijos, y una vez estuvieron todos en paz con Dios, el mismo emperador mató a su familia para que no cayeran en manos turcas y él se dirigió al encuentro de su propia muerte junto con sus compañeros. En la batalla murió partido en dos por una espada enemiga. Otro lamento anónimo por la toma de la Ciudad de época tardía cuenta cómo, cuando los turcos entraron en bandadas por la Puerta de San Román, una Reina acompañada de eunucos se dirigió hacia Constantino y le hizo entrar en la cercana iglesia de la Virgen. Allí, la Reina, que no era otra que la Virgen María rodeada de ángeles, le confiesa que ha defendido la Ciudad durante muchos siglos, pero que ahora ya no había conseguido mantenerla más frente al Señor y a su Hijo debido a los grandes pecados de los cristianos. Le pidió que le entregara el cetro y la corona imperiales para que ella los guardara hasta que esos pecados se hubieran redimido y entregárselos a otro emperador cuando Dios lo considerara oportuno. Constantino mostró su obediencia ante los designios divinos y salió para volver a luchar hasta la muerte. Pelearon valerosamente pero fueron vencidos. El cuerpo de Constantino fue decapitado y su cabeza entregada al sultán quien dio enormes muestras de júbilo. Estas refecciones legendarias de los hechos históricos son una vez más el producto de esa esperanza en la recuperación futura de Constantinopla y de esa visión ortodoxa de la existencia que justifica como castigo divino todas las desgracias.

 Desde luego, la Reina de las Ciudades nunca se dio por perdida, y esta visión se fue transformando a lo largo de los siglos de dominación otomana hasta llegar a cuajar social y políticamente en la formulación del Gran Ideal.

Aunque es generalmente alabado su porte en las fuentes de la época, nada en concreto se sabe de su apariencia física pues no se conservan retratos contemporáneos de él a excepción de las efigies que aparecen en algunas monedas y sellos, pero éstas están tan estilizadas y estandarizadas que no se pueden considerar verdaderos retratos. Sólo dos de sus sellos se conservan: el de la carta que envió al marqués de Ferrara en abril de 1451, y el de la crisobula que envió a Ragusa en junio de ese mismo año y que ahora se encuentra en Dubrovnik. En ellos sin embargo se aprecia más el simbolismo de su imperial majestad que sus rasgos verdaderos. Aparece representado con corona imperial y sosteniendo una cruz en su mano derecha y un libro o un rollo en la izquierda. El único rasgo facial destacable es su barba. No obstante, debido al carácter mítico que ha alcanzado la figura de Constantino, ha sido uno de los emperadores bizantinos más recreados e idealizados, siendo su heroica efigie modelo de inspiración de innumerables artistas y de elevados sentimientos patrióticos.

Resumen extraído del libro de D. M. Nicol, The Immortal Emperor. The Life and Legend of Constantine Palaiologos, Last Emperor of the Romans, Cambridge University Press, 1992.

Como colofón a la vida de Constantino XI Paleólogo, y debido a que el tema de la acuñación de moneda durante su breve pero intenso reinado saltó a la lista algunos días atrás, os traduzco lo que Donald M. Nicol dice con referencia a este tema en el libro del que me he servido durante estos días (The Immortal Emperor. The Life and Legend of Constantine Palaiologos, Last Emperor of the Romans, Cambridge University Press, 1992, pp. 71-72). "Otra de las obligaciones de un emperador era acuñar moneda que portara su propia efigie. También era costumbre distribuir estas monedas en la ceremonia de coronación, aunque Constantino nunca tuvo oportunidad de hacer esto. No obstante, él acuñó su propia moneda, aunque en cantidad muy limitada. Dos testigos del sitio de Constantinopla, Niccolò Barbaro y Leonardo de Quíos, documentan que en los meses más críticos Constantinó ordenó que los cálices sagrados fueran retirados de las iglesias para ser fundidos y así poder acuñar moneda para pagar a los soldados, zapadores y albañiles que estaban trabajando en la reparación de las murallas. No nos es conocido qué cantidad de moneda fue producida, y, desde luego, debió ser un fácil botín para los turcos después de la conquista. Incluso se había llegado a creer que esa moneda no había existido hasta 1974, cuando una pequeña y gastada pieza de plata fue identificada como perteneciente a su reinado. Ésta muestra un tosco busto de un emperador barbado, coronado y encerrado en una aura, y lleva la leyenda: "Const (antino) Pal (eólogo)". El reverso muestra el busto de Cristo. Su valor facial es el de un cuarto de hyperpyron, lo que tiempo atrás había sido la moneda de oro universal del Imperio Bizantino. Durante el siglo XV el hyperpyron no volvió a acuñarse, siendo reemplazado por la moneda de plata equivalente a la mitad de su valor y conocida como stavraton. En estos últimos años han salido a la luz muchas más monedas de Constantino; en concreto, en una colección de 154 monedas de la época de los últimos Paleólogos, no menos de 86 pertenecen a su reinado. Entre ellas se encuentran los tres valores faciales de stavraton, medio stavraton y un octavo de stavraton. Representan el busto de un emperador barbado y coronado, y su leyenda, no siempre enteramente legible, es como sigue: "Déspota Constantino Paleólogo emperador de los Romanos por la Gracia de Dios". El título es exacto, pero la imagen permanece confusa e indistinta. Su rareza les ha otorgado un enorme valor en la actualidad, pero en realidad son una triste y elocuente constatación del colapso de una civilización que tiempo atrás se había apoyado en una avanzada economía monetaria."

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