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Constantino VI e Irene

Por Jorge Segovia

 

Cincuenta y cuatro años después de que iniciara el conflicto religioso en el año 726 DC, y que dividiera a la sociedad y al imperio en dos bandos, los iconófilos y los iconoclastas, apareció una mujer en medio de la crisis, Irene, quien es la primera en ocupar el trono imperial de Constantinopla y que también recibiera el título de Basileus.

Irene nació en Atenas en el año 750, aunque esto no se sabe con precisión. Ella era huérfana de padres y fue criada bajo la tutela de su tío Constantino Sarantapekos, quien era patricio en Atenas y, posiblemente, strategos del thema de Helades. Irene era una bellísima joven, educada bajo los estándares conservadores de la época y de la región, lo cual la convirtió en una mujer creyente, de una piedad ardiente y exaltada, de una desmesurada devoción hacia las imágenes de la Theotokos y de los santos. Quizá ella en el momento adecuado supo esconder sus preferencias iconódulas, puesto que aún no se explica el por qué, el emperador Constantino V la escogió para ser la esposa de su hijo, León IV. No se da por un hecho que la selección de Irene haya sido el resultado final de una ceremonia del tipo de los concursos de belleza, que los cronistas de la época mencionan como una costumbre propia del imperio y que data de los siglos VII al XI.

La mañana del 1 de noviembre del año 768, la flota imperial arribó con Irene al muelle del Gran Palacio Sagrado de Constantinopla, procedente del palacio de Hieria, al otro lado del Bósforo. El 3 de noviembre, en una ceremonia solemne, Irene fue presentada ante su futuro esposo, el co-emperador León IV en la capilla de Nuestra Señora del Faro. El 18 de diciembre de ese mismo año, ambos contrajeron matrimonio en la capilla de San Esteban en el palacio Daphne, dentro del recinto del Gran Palacio.

El 14 de enero del 771, y como fruto de este matrimonio, nació Constantino VI. En agosto del año 775, a causa de la hidropesía y terribles fiebres, murió su suegro, Constantino V. Entonces, León IV asumió el trono, y la relación entre los esposos no podría haber sido mejor: en ese tiempo, León IV adoptó una posición tolerante ante los monjes y monasterios, quizá, influenciado por su mujer; los excesos y la severidad contra el culto mariano cesaron y se abandonó la política anti-monástica. No faltaron problemas familiares, como la conjura del César Nicéforo, medio hermano del emperador, que fue descubierta a tiempo; los culpables fueron azotados, tonsurados y exiliados a los monasterios de Querson y Kiblia.

Mientras el imperio se mantenía estable, cuentan los cronógrafos de esos tiempos que Antusa, hija única del emperador Constantino V, profesaba sin escrúpulos su devoción hacia los iconos prohibidos. Irene creyó poder imitarla y se decidió a restaurar el culto prohibido a las imágenes dentro del mismo recinto del palacio. Sin embargo, tanta audacia tuvo como resultado trágicas consecuencias. Corría el mes de abril del año 780, cuando algunas personas muy cercanas a la emperatriz Irene fueron detenidas por órdenes del emperador. Sometidos a suplicio confesaron su iconofilia. El mismo León IV descubrió dentro de los aposentos de la emperatriz Irene, dos iconos ocultos debajo de los almohadones de su recámara. El emperador montó en una cólera terrible, pero Irene con gran aplomo negó haber siquiera mirado aquellas imágenes y declaró ser víctima de un atentado en su contra. Sin embargo, su esposo ignoró las explicaciones de su mujer y la mantuvo confinada en sus habitaciones, hasta que el ocho de septiembre de ese mismo año y de manera súbita, el emperador León IV murió a consecuencia de una fiebre fulminante.

Tras la muerte de León IV, la viuda Irene ocupó el puesto de regente de su hijo Constantino VI, quien ya contaba con diez años de edad; de ahí en adelante compartirían el trono. En la corte bizantina, una emperatriz que no contase con el apoyo de un emperador fuerte, siempre estaba en desventaja ante los fuertes y ambiciosos cinco medios hermanos de León IV. No obstante Irene, que contaría con unos veinticinco años, era aún joven, hermosa y atesoraba diversos talentos: era inteligente, hábil negociadora, de palabra fácil y temible sangre fría, con una voluntad de hierro, entereza espiritual, y estaba seriamente comprometida con la causa iconódula, lo que ya le había granjeado aliados en la corte. Sin embargo la emperatriz no podía evitar los defectos subyacentes de su personalidad, el reverso de la moneda: su ambición sin medida por sobre cualquier sentimiento maternal, su pasión malsana que recaía sobre su enorme deseo por gobernar, falta de escrúpulos, hábil disimuladora e intrigante pudiendo llegar a la crueldad y a la perfidia.

Irene estaba decidida a enfatizar su status como regente, y más que eso. En los primeros nomismata de su reinado, ella aparecía en el anverso de la moneda con el globo terráqueo en la mano en lugar de del emperador Constantino VI, lo cual la colocaba en la posición de Co-emperadora de su hijo, mientras el nombre de Constantino VI aparecía en segundo término, al reverso de la moneda.

Dos meses después de la muerte de León IV, la emperatriz Irene frustró una conspiración que pretendía la proclamación de uno de sus cuñados, el césar Nicéforo. La enérgica emperatriz ahogó rápidamente el movimiento rebelde, iniciado según parece por elementos iconoclastas con varios altos funcionarios en sus filas, incluidos un antiguo strategos del thema de Armeniakos, un capitán de la guardia imperial y un asesor político de alto nivel; los obligó a éstos y a los medios hermanos de su difunto esposo a tomar los hábitos monacales; así, quedaron descalificados para ocupar el trono del imperio, evento que se hizo público, al obligarles a administrar la comunión la navidad de ese mismo año en Santa Sofía. Las posiciones vacantes fueron ocupadas por personas leales a la emperatriz.

Para el año 781, la emperatriz Irene convino con Carlomagno, rey de los francos, para que su hija la princesa Rotruda, se casase con su hijo Constantino VI. El compromiso con la princesa elegida, quedó confirmado ante la corte de Carlomagno, cuando el eunuco Eliseo fue enviado a la corte franca, para enseñar a la joven prometida “el idioma griego, las artes de la escuela palatina, las letras griegas, y todo acerca de las costumbres en la corte bizantina”.

La posición de Irene no estaba del todo asegurada, puesto que a principios del año 781 Elpidio, strategos de Sicilia, se unió a los detractores que apoyaban la facción de los medios hermanos del césar Nicéforo; los sicilianos ocultaron a Elpìdio, por lo que Irene ordenó azotar, tonsurar y encerrar a su esposa e hijos. Una flota dirigida por el patricio Teodoro venció a los sicilianos, pero Elpidio huyó al norte de África donde se unió a los árabes.

Con el arribo de Irene al trono, la restauración de las imágenes estaba decidida, pero ésta fue preparada lentamente y con excesiva precaución. De hecho, no era posible un cambio brusco en la política eclesiástica, ya que el sistema iconoclasta se había mantenido en el poder, como se mencionó al principio, desde hacía más de medio siglo. Los cargos mas importantes del Estado y de la Iglesia estaban ocupados por hombres que, ya fuera por convencimiento ó bien, por conveniencia de adaptarse a las circunstancias, se habían convertido en iconoclastas; también la mayor parte del ejército, que guardaba un recuerdo leal al glorioso emperador Constantino V, eran partidarios de la iconoclasia.

Irene se apoyo en los burócratas que eran de mayoría iconódula, en los eunucos del palacio que no podían aspirar al trono, y en los sacerdotes que compartían ambas características.

El mismo año de 781, Irene envió al eunuco Juan para que supervisara las actividades administrativas en el thema de Anatolikos. Al eunuco con el que tenía más confianza, Estauricio, lo nombró logoteta del dromo. El nombramiento de distintos eunucos para que ocuparan elevadas posiciones ministeriales, demuestra la desconfianza de la emperatriz Irene hacia los patricios (quizá por su tendencia iconoclasta), mientras que sus decisiones equivocadas y superficiales al nombrar ministros incompetentes pero leales, destacaban su limitada habilidad para conformar un equipo competente y leal.

En el transcurso de ese año, el terrible Miguel Lacanodracon, strategos del thema de los Tracesios, un militar de prosapia desde que Constantino V gobernara el imperio, anuló un ataque árabe en la frontera oriental. Desafortunadamente, este éxito fue neutralizado cuando Tatzates, el strategos del tagma de Bucelarios, traicionó a Estauracio, pasándose aquél al lado de los árabes. Con esta deslealtad, se abortó el plan para apresar al hijo del califa de Bagdad, Harún al-Rashid y derrotar al enorme ejército árabe. Cuando Harún al-Rashid pidió la paz para iniciar las negociaciones, Estauracio se acercó al enemigo, pero con tan poca precaución y también porque las tropas del tagma de Bucelarios lo traicionaron y se adhirieron al bando de Tatzates, que Estauracio y su guardia fueron sitiados y después apresados por el enemigo. La emperatriz Irene tuvo que pagar al califa el rescate exigido por el logoteta: el pago de un tributo anual por espacio de tres años equivalente a 70,000 a 90,000 dinares; además de 10,000 trajes de seda, guías, provisiones y acceso libre a los mercados bizantinos durante ese tiempo. Irene destituyó a varios comandantes militares.

Al año siguiente, Estauracio fue enviado al frente occidental de Tracia para que iniciase la conquista de la zona ocupada por los eslavos. Sin encontrar demasiada resistencia Estauracio recobró su reputación como líder militar pues conquistó el territorio hasta los Balcanes y abrió la ruta que unía la capital con la ciudad bizantina de Tesalónica, sometió al enemigo y le obligó a pagar tributo al imperio. En enero del año 784, hizo su entrada triunfal en el hipódromo, trayendo consigo prisioneros y botín. Como parte de la estrategia del imperio, Irene y su hijo Constantino VI visitaron Tracia; la ciudad de Beroia (Stara Zagora) fue reconstruida y renombrada como Irenópolis (ciudad de Irene ó ciudad de la paz), conformando así el nuevo thema de Macedonia.

Hasta finales del año 784 se hicieron públicos los planes del gobierno, después de haberse conseguido la dimisión del patriarca Paulo (31 de agosto del año 784) quien había asumido el cargo bajo el mandato de León IV. Según Teófanes, Irene dio forma al nombramiento del nuevo patriarca, como si hubiese sido una elección popular, pues reunió a todo el pueblo en el palacio de la Magnaura. La elección cayó sobre Tarasio, el protoasecretis, quien era un seglar culto, con buena formación teológica y visión política clara. Tarasio fue consagrado patriarca el 25 de diciembre de 784. El nuevo Patriarca exigió la celebración de un concilio ecuménico que condenase la iconoclasia, con el objeto de que se revocasen las decisiones del sínodo de 754, y restableciese la veneración de las imágenes. En agosto de 785 el patriarca envió una carta al Papa Adriano, que más bien era una profesión de Fé anti-iconoclasta. Al mismo tiempo, la emperatriz Irene pidió al Papa que enviara emisarios al concilio; Tarasio y las autoridades eclesiásticas bizantinas establecieron contacto con los patriarcados orientales, que festejaron el viraje de la política interna, y enviaron a sus delegados al concilio.

El 31 de julio de 786, el concilio se reunió en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Platón, abad del monasterio de Sakkoudion y uno de los más apasionados defensores de las imágenes, apenas pronunciaba una homilía apropiada a las circunstancias, cuando se produjo un incidente que puso de manifiesto la falta de precaución en los preparativos del concilio. Los obispos iconoclastas conspiraron para minar el concilio y ante su instigación, los soldados de los tagmata metropolitanos, personajes fieles a los decretos de la iconoclasia proclamados durante el reinado de Constantino V, irrumpieron en la iglesia con sus armas, y amenazaron de muerte a los prelados. Aunque la emperatriz Irene intervino, tratando de ordenar la situación, no consiguió nada; los sacerdotes ortodoxos fueron insultados y dispersados por los militares, ante la mirada complaciente y los aplausos de los prelados iconoclastas. Irene se vio obligada a disolver el concilio, salvaguardando la integridad de los asistentes. Poco después, con el pretexto de la partida de una gran expedición militar contra los árabes en Asia, la emperatriz aprovechó la oportunidad, para enviar primero a los oficiales de los tagmata rebeldes y, tan pronto salieron de la ciudad, los destituyó de sus cargos. Mientras esto sucedía, Irene hizo traer tropas de Tracia y Bitinia, fieles a su ideología, y creó la guardia personal llamada la Vigla, cuya principal responsabilidad era la protección y seguridad en el Sagrado Palacio Imperial de Constantinopla.

Entre el 24 de septiembre y el 13 de octubre del año 787, se llevó acabo el séptimo concilio ecuménico al que acudieron representantes del Papa, y de los Patriarcas melquitas de oriente. El concilio se llevó a cabo en Nicea, recordando el primer concilio ecuménico bajo el reinado de Constantino el Grande en el año 325, y también con el fin de evitar interrupciones desagradables. Se sostuvieron siete sesiones, bajo la presencia del patriarca Tarasio, 350 obispos y gran número de monjes. Los obispos consagrados bajo los regimenes iconoclastas, abjuraron la doctrina anterior. Durante la última sesión, una solemne ceremonia fue conducida en el palacio de la Magnaura donde, contrario a la costumbre, la emperatriz Irene en primera instancia y su hijo Constantino VI después, firmaron los cánones donde la iconoclasia fue declarada herejía. De ahí, que se ordenara la destrucción de los escritos iconoclastas y la reinstauración oficial del culto a las imágenes.

La emperatriz fue una entusiasta promotora del arte y hay evidencias de que el dinero nuevamente fluyó hacia los monasterios. La construcción y rehabilitación de cierto número de iglesias se pueden atribuir a su mandato como Santa Sofía en Tesalónica, Byzan en Tracia, las iglesias monásticas en Bitinia, una iglesia dedicada a San Anastasio, la remodelación de la iglesia de la Theotokos en Pege, el monasterio de Santa Eufrosina, y las iglesias dedicadas a San Lucas y San Eustacio. También se realizaron obras escultóricas, como la estatua de Irene que se colocó en el hipódromo y los mosaicos de Pege. En este período se llevaron a cabo diversas actividades con sentido filantrópico como la construcción de asilos para ancianos, hostales para viajeros y cementerios para los pobres.

Después de siete años de hábiles y pacientes negociaciones, Irene había dado un paso muy importante y satisfactorio para la iglesia; esa piedad profunda que manifestaba la emperatriz, se convertiría en la plataforma de lanzamiento para su ambiciosa carrera política.

A pesar de estos logros, los elementos iconoclastas recalcitrantes no estaban vencidos del todo. Éstos no fueron obligados a convertirse inmediatamente. Irene fue precavida para no herir susceptibilidades. Sin embargo, los destructores de iconos resurgieron cuando la querella estalló entre la emperatriz Irene y su hijo Constantino VI. De acuerdo con los comentarios de Miguel Psellos en su Historia –Syntomos-, el interior de la casa imperial se convirtió en un campo de batalla: “se enfrascaron en una lucha donde Irene golpeaba y su hijo Constantino devolvía el golpe; de pronto la primera detentaba el poder absoluto y después, el segundo gobernaba solo en el palacio; así, uno tras otro, hasta que el conflicto se convirtió en un desastre para ambos”. En el año 788, Irene rompió el compromiso que había hecho con los francos, en relación con la alianza matrimonial entre su hijo y Rotruda, la hija de Carlomagno. Entonces, Irene organizó la búsqueda de aspirantes a la mano de su hijo dentro de las fronteras del imperio, en parte para hacerse propaganda y también para dejar en claro que el imperio no requería de alianzas con extranjeros. Un selecto grupo de jueces, con parámetros de belleza previamente identificados, buscaron afanosamente por todas las provincias una joven digna del Basileus. De las trece finalistas, Irene y Estauracio –más entusiasmados que Constantino VI- se inclinaron por una bella y piadosa joven armenia, que entre otras características, parecía ser una persona dócil y sumisa a la voluntad de la emperatriz: María de Amnia. La novia era originaria del thema de Paflagonia, y provenía de una familia modesta, de firmes creencias iconódulas, nieta de Filareto, un magnate armenio que poco a poco se desprendería de toda su fortuna, y gracias a ese gesto de pobreza se ganó la santificación. Irene no dejó espacio alguno para que Constantino VI hubiera podido hacerse a un lado de ese compromiso; el matrimonio se consumó en noviembre de ese mismo año.

Rota la alianza con Carlomagno, el ejército bizantino encabezado por Juan, el nuevo strategos del ejército, fue derrotado por el ejército franco en Italia. Ésta y otras derrotas sufridas ante los ejércitos árabes y búlgaros, debilitaron la posición de Irene. No obstante la delicada situación, personajes de la corte influyeron de manera decisiva en la emperatriz, al grado de instigarla por medio de oráculos y profecías de adivinos a mantenerse en el trono sin su hijo; Irene que era una mujer sumamente decidida y ambiciosa, pero también supersticiosa como muchos de sus contemporáneos, se convenció que debía seguir esos designios al pie de la letra. En ese momento, Constantino VI harto de la tutela de su madre, pues ya estaba en condiciones de gobernar por él mismo, conspiró contra el insolente y todopoderoso logoteta Estauracio, aunque pocas personas dentro de la corte apoyaban al joven emperador. En aquel entonces, un terremoto sacudió la ciudad y la corte se mudó por seguridad hacia el palacio de San Mamás. Estauracio tuvo tiempo para descubrir el complot e incitó a la emperatriz a tomar una revancha. Los conspiradores leales a Constantino VI fueron flagelados, tonsurados y exiliados; el mismo emperador fue encerrado en el Palacio Sagrado por varios días.

Se obligó al ejército a jurar fidelidad a la emperatriz: “Durante toda la vida de la emperatriz, no aceptarán a Constantino VI como gobernante, y el nombre de la emperatriz será aclamado en primera instancia, antes que el de su hijo”. Sin embargo, en septiembre del año 790, el regimiento del thema de Armeniakos, se negó a prestar el juramento, e insistieron en pronunciar en primer orden el nombre del emperador Constantino VI. La emperatriz envió a Alejo Mausoleo, el Doméstikos de la Viglia, a negociar con los rebeldes. Los soldados armenios detuvieron al propio strategos de su thema, quien sí había jurado fidelidad a la emperatriz y lo encerraron, mientras elegían a Mausoleo como su nuevo comandante. Más de la mitad de los regimientos de los diversos themas, hicieron lo mismo con sus generales. Los rebeldes exigieron el reconocimiento de Constantino VI como único y venerable emperador. Los amotinados, que ya estaban acantonados en Bitinia, obligaron a la emperatriz a que liberara a su hijo, y éste a la edad de diecinueve años fue aclamado sobre el pavés como el nuevo emperador. El regimiento de Armenia juró ante el general Miguel Lacanodracon lealtad a Constantino VI; Mausoleo fue confirmado general en jefe de los ejércitos imperiales. Estauracio fue azotado, tonsurado y exiliado a Armenia, mientras Aecio, el protospatario y otros colaboradores cercanos a la emperatriz Irene, también fueron exiliados. La emperatriz Irene, por su propia voluntad se encerró en el palacio de Eleuterio, mismo que ella había construido y donde guardaba valiosos tesoros. La emperatriz no fue depuesta, su nombre e imagen siguieron apareciendo en las monedas, aunque Constantino VI ocupaba ya el anverso y no el reverso del nomisma. Miguel Lacanodracon fue nombrado parakoimomenos, y los iconoclastas recuperaron sus cargos.

Por razones desconocidas, en enero del año 792, Constantino VI llamó a su madre para que gobernaran juntos el imperio. Irene regresó al Sagrado Palacio Imperial ávida de poder y con sed de venganza. Las nuevas monedas aparecieron con la imagen de Irene y el título de Augusta en el anverso, y en el reverso aparecía la imagen juvenil de Constantino VI con el título de Basileus. Estauracio regresó a Constantinopla desde su exilio, para ocupar la vacante de strategos, pues Mausoleo, por rumores de una supuesta conspiración, fue azotado, tonsurado y confinado en el Pretorio.

El panorama que se cernió sobre el joven emperador, no pudo haber sido más sombrío; habiendo sido heredero de victoriosos emperadores, él no había logrado éxito militar alguno; peor para él fue la derrota sufrida ante los búlgaros en Markella en julio del 792, donde literalmente el emperador huyó del campo de batalla, y fue obligado a pagar tributo. El ejército estaba muy preocupado por la falta de liderazgo enérgico y capaz, por lo que los tagmata de Constantinopla, sacaron del retiro al César Nicéforo y lo apoyaron en una conspiración en contra del emperador. El complot fue descubierto y Nicéforo, por órdenes de Constantino y el consejo de Irene, fue cegado y a sus cuatro hermanos les arrancaron la lengua; por si esto no fuera poco, Mausoleo también fue cegado por insistencia de Estauracio, que así se vengaba de su enemigo. Estas acciones fragmentaron el soporte que el joven emperador había recibido del ejército del thema de Armeniakos. Hubo entonces una revuelta, donde Teodoro Kamuliano, el nuevo strategos armenio fue apresado. Una primera expedición enviada por Constantino VI en noviembre del 792 fue repelida y sus comandantes cegados. En mayo del 793, con el apoyo del ejército de otro thema, Constantino VI sometió a los rebeldes; sus líderes fueron ejecutados y al resto se les confiscaron sus bienes. Mil prisioneros fueron llevados a Constantinopla, encadenados con las palabras “Conspirador armenio” marcadas sobre el rostro. El emperador, por su imprudencia y crueldad perdió el soporte de las fuerzas fieles a él y cada vez era mayor su dependencia hacia los miembros de la facción ortodoxa que eran leales a Irene.

Al emperador Constantino VI le disgustaba su esposa, María de Amnia, quizá porque se había sentido forzado por su madre, ó también, por las intrigas de Irene que hacían parecer a María de Amnia como una mujer ambiciosa y sin escrúpulos. En enero del año 795, Constantino repudió a María de Amnia y ella, obligada por las circunstancias, se hizo monja, pues fue tonsurada y enviada junto con sus hijas Eufrosina e Irene a un convento en las islas de los Príncipes. La emperatriz intrigó en el rompimiento, porque el joven emperador se enamoró de Teodote, una joven cubicularia de la corte de la emperatriz; en consecuencia lógica, el emperador exigió el divorcio. El escándalo fue mayúsculo, puesto que la mayoría de la población, devota a los principios ortodoxos de la fé, y la misma Iglesia, se oponían a algo que se había convertido ya en escándalo. En agosto de ese mismo año, Constantino coronaría a Teodote como Augusta –título que María de Amnia nunca obtuvo- y, tras vencer la resistencia del patriarca Tarasio, se casaron en septiembre en el palacio de San Mamás; la fiesta se prolongó por espacio de cuarenta días.

La conducta del emperador, contraria a todos los mandamientos de la Iglesia, aumentó la indignación entre los ortodoxos. El partido monástico radical de los zelotas, encabezado por Platón, abad del monasterio de Sakkoudion en Bitinia, y por su muy conocido sobrino Teodoro, abad del monasterio de Stoudion en Constantinopla, se dirigieron con particular hostilidad contra el emperador adúltero en un asunto que se le conoció como la querella moiqueana. La disputa entre los miembros del partido zelota y el patriarca Tarasio ya de por sí difícil, se agravaría porque este último había aprobado la tonsura de María de Amnia y permitido que José, abad del monasterio de Cataria, oficiase la ceremonia nupcial entre Constantino y Teodote. La situación se tensó al grado que los zelotas disolvieron la comunión eclesiástica que los unía con el patriarca. Irene, astutamente estaba del lado de la ortodoxia zelota y, por supuesto, en contra de su hijo y del patriarca.

Con el fin de reconciliarse con el pueblo, en julio del año 796 Constantino VI junto con su madre y Estauracio celebraron públicamente el retorno a la capital de las reliquias de Santa Eufemia. Se creía que decenas de años antes, Constantino V las había arrojado al mar, pero milagrosamente una galera las había recuperado y llevado a la isla de Lemnos. Por ese motivo la iglesia de Santa Eufemia, conocida como el Martyrion, fue reconstruida y re-consagrada.

A pesar de estos actos de piedad pública, que fortalecían a la emperatriz iconódula, a Constantino VI le causaban serios problemas; el abad Platón llegó a insultar al emperador diciéndole en su propia cara “eres el nuevo Herodes”, lo cual colmó su paciencia; Platón y varios monjes fueron arrestados, otros flagelados y exiliados a Tesalónica. La opinión pública estaba exasperada con su joven emperador, cuyo gobierno se había caracterizado por su aspereza; Irene vencía de nuevo a su hijo y continuaría tramando el golpe final.

Durante el otoño del año 796, Constantino e Irene disfrutaban en compañía de la corte de una agradable estancia en las termas de Brusa. Teodote permanecía en la capital, pues estaba embarazada. A mediados de octubre, se dio a conocer la noticia de que Teodote había dado a luz un bebé prematuro al cual se le daría el nombre de León; Constantino no pudo esperar y partió de inmediato hacia la capital. Irene, gracias a su capacidad de convencimiento y a sus promesas, logró seducir a los principales jefes de los tagmata para que la apoyaran a conducir un golpe de estado, que la dejaría sola en el trono.

En aquel momento, sólo un éxito militar hubiera podido cambiar el rumbo de las cosas. A mediados del mes de marzo del año 797, Constantino VI encabezó un ejército en contra del enemigo árabe, acompañado por Estauracio y personajes fieles a Irene. Un soborno y unos supuestos espías reportaron al emperador que los árabes se habían batido en retirada. Triste y con las manos vacías, Constantino VI regresó a la capital y enterró a su hijo León, que muriera el 1 de mayo. Unos días mas tarde, a su regreso al palacio después de que asistiera a una competencia hípica, la guardia imperial por orden de Irene, intentó arrestarlo, pero Constantino VI escapó, cruzó el Bósforo y se refugió en el thema de Anatolikos, en la ribera asiática, junto con Teodote que también había podido escapar de la capital. Irene organizó en el palacio de Eleuterio a los oficiales que le eran leales y una vez que entró en el Sagrado Palacio Imperial, asumió por completo el poder con el título de Basileus. Rodeado de traidores, Constantino VI trató de reunir fuerzas, pero fue secuestrado y enviado a la capital.

A Constantino VI se le mantuvo confinado en el salón de la Porphyra, del palacio donde había nacido veintiséis años antes. El 19 de agosto de ese año, por órdenes de la Basileus Irene, Constantino VI fue cegado brutalmente, pero no murió. Teodote le dio un segundo hijo, a quien siempre se le consideraría un bastardo; fue con ellos dos, con quienes pasó sumido en una tranquila oscuridad, el resto de su vida ya sin acceso al trono imperial. Los creyentes mas fervorosos, se inclinaron por decir que ése era el castigo divino a un emperador adúltero; Teodoro de Studios comentó: “Ésta, es una lección para que los emperadores aprendan a no violar las leyes de Dios, y a no promover persecuciones impías”. Los ciudadanos más ortodoxos reconocieron a la muy piadosa Basileus Irene, como su libertadora. Sin embargo Teófanes escribió: “Durante diecisiete días el cielo se oscureció, las naves en el mar extraviaban el rumbo, pues se negaba a resplandecer sobre el trono de Irene, la madre del emperador”.

Irene ocupó el trono del imperio y fue la primera mujer bizantina que acuñó nomismata con su imagen vestida con el traje de los emperadores, sosteniendo un crucifijo en una mano, el globo terráqueo en la otra, y con el título de Basileus inscrito en el anverso y reverso de las monedas. “Irene, la piadosa, Gran Basileus y Autocrátor de los romanos” es el título que aparecía tanto en los edictos y en las nuevas leyes (novelas), como en los dípticos de marfil. La nueva Basileus organizó un magnífico desfile para presentarse ante su pueblo. El lunes de pascua del año 799, Irene, en una solemne peregrinación, fue conducida de la iglesia de los Santos Apóstoles hacia el Sagrado Palacio Imperial, sobre un carruaje de oro tirado por cuatro caballos blancos, montados por cuatro elevados dignatarios; tal y como era la costumbre de los cónsules romanos, ella, vestía de oro y púrpura, y a su paso entre la entusiasta multitud, arrojaba monedas de oro y plata. Así fue de apoteósica la recepción que tuvo Irene; fue el momento culminante de su grandeza.

Bajo su mandato, los monasterios, como el de Sakkoudion y el de Stoudion se desarrollaron con una prosperidad sin igual. Se inauguraron distintas clases de establecimientos filantrópicos y de caridad. Al mismo tiempo que Irene disfrutaba de su máxima popularidad, trataba de reafirmarse ante la mayoría de su pueblo, con medidas que impactaron las finanzas del imperio. Redujo sustancialmente los peajes en las aduanas de mar y tierra; rebajó el pago de impuestos a los productos de importación requeridos para la industria.

Sin embargo, otros dudaban de su capacidad para el ejercicio de un buen gobierno. En octubre del 797 ocurrió un nuevo levantamiento de los hermanos de Constantino V, que no cesaban en su tenacidad y ambición por el poder. No obstante bajo la sombra del engaño, fueron persuadidos de esconderse en Santa Sofía, donde supuestamente el pueblo escogería a alguno de ellos para nombrarle emperador, pero fueron atrapados y condenados al exilio en Atenas.

En la corte imperial bizantina, se fraguaban intrigas entre los dos eunucos sobre quienes recaían las responsabilidades del gobierno Estauracio y Aecio, pues ambos se sentían con derechos para ocupar el trono, una vez que éste estuviese vacante. Por más de un año, Irene y la corte fueron testigos de una serie de conjuras palaciegas entre ambos eunucos. En mayo del año 799, Irene enfermó de gravedad.

Aecio, con el apoyo de Nicetas Trifilios, Domestikos Scholae, informaron a la Basileus que Estauracio preparaba un golpe de estado. Nada sucedió e Irene perdonó a Estauracio, quien al año siguiente intentó rebelarse de nueva cuenta. Descubierto, Estauracio fue aislado y cayó victima de una enfermedad que le causó la muerte en junio de ese año. Aecio se convirtió en un autócrata, pues él solo dominaba el ejército y el gobierno imperial e hizo lo imposible por elevar al trono a su hermano León.

Desde que Irene asumiera por completo el poder, la actividad militar hacia los enemigos externos del imperio había disminuido notablemente; en la frontera oriental, conducidos por el califa Harun al-Rashid, los árabes habían avanzado hasta Malagina, apoderándose de los pastizales y de los caballos que pertenecían al imperio. Inflingieron severas derrotas a los regimientos del thema de Opsikion. Irene no encontró otro remedio que firmar un tratado por cuatro años forzosos que implicó el pago de tributo.

Mientras tanto, el hecho de que el trono del imperio romano de oriente estuviese ocupado por una mujer, tal vez fue la razón que motivó al Papa León a coronar al rey de los francos, Carlomagno, como emperador del sacro imperio romano-germánico el 25 de diciembre del año 800.

Entonces surgió un proyecto de enormes dimensiones: unir el vasto imperio, aún más extenso que en la época de César Augusto, de Constantino ó de Justiniano; que se cumpliese el sueño de la unión del mundo romano, mediante el matrimonio entre Carlomagno e Irene.

La idea de unir los dos imperios en uno solo era magnífica, al grado que Carlomagno y el papa León enviaron a sus emisarios a Constantinopla para recibir el consentimiento de Irene. Sin embargo, el partido iconoclasta tomaría su revancha. El 31 de octubre del año 802, un grupo de conspiradores dirigidos por Nicetas Trifilios y Leon Sarantapekos, junto con enemigos de Aecio, parientes de Constantino VI y oficiales iconoclastas, entraron a las diez de la noche al Sagrado Palacio Imperial por la puerta Calcé, y anunciaron el nombramiento de Nicéforo, el logoteta del tesoro, como el nuevo emperador. Rodearon el palacio de Eleuterio, donde residía la Basileus; al amanecer Irene fue confinada dentro del Sagrado Palacio Imperial, mientras Nicéforo era coronado por el patriarca Tarasio en Santa Sofía.

Nicéforo, el nuevo Basileus, permitiría a Irene residir en el palacio de Eleuterio, a cambio de los tesoros que ella escondía en el palacio. No obstante, Nicéforo rompió su promesa y envió a Irene exiliada al monasterio en la isla de los Príncipes. No satisfecho con esta medida, Nicéforo, en noviembre de ese mismo año y a pesar del mal tiempo, exilió a Irene hasta la isla de Lesbos, en el Egeo.

Sola y muy enferma, Irene murió tristemente en el mes de agosto del año 803. Su cuerpo fue depositado en monasterio de la isla de los Príncipes; después fue se enterrada en la capilla imperial de la iglesia de los Santos Apóstoles, en Constantinopla.

GLOSARIO

Augusta: Emperatriz

Basileus: Emperador bizantino.

César: Príncipe

Cubicularia/o: Dama ó acompañante de la corte

Dinar: Moneda árabe

Doméstikos: Comandante

Doméstikos scholae: Comandante-jefe de los tágmata

Écloga: Resumen del código Justiniano, editado por León III.

Eunuco: Hombre castrado que llegaba a ocupar cargos ministeriales en el gobierno

Iconoclasta: Destructor de imágenes.

Iconódulo: Adorador de imágenes. Sinónimo de iconófilo.

Logoteta del dromo: Director del despacho del correo imperial

Nobilísimo: Personaje que ocupa la más alta posición en la nobleza imperial

Nomisma: Moneda bizantina de oro (singular)

Nomismata: Moneda bizantina de oro (plural).

Parakoimomenos: Mayordomo del palacio

Pavés: Gran escudo sobre el cual llevan los soldados al nuevo emperador

Porphyra: Sala del palacio decorada con mármol rojo, destinada a los nacimientos imperiales.

Primicerii: Arcipreste

Protoasecretis: Jefe de la chancillería imperial

Protospatarios: Primer porta-espada

Strategos: General del ejército bizantino

Tagma: Regimiento elite del ejército acantonado en la capital (singular).

Tagmata: Regimientos elite del ejército acantonado en la capital (plural).

Thema: Territorio bien delimitado dentro del imperio y gobernado por un militar (Strategos).

Theotokos: María madre de Dios

Viglia: Guardia responsable de la protección del Palacio Sagrado

Zelota: Fanático por una causa

BIBLIOGRAFIA

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