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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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DIGENIS AKRITAS (Poema épico bizantino del siglo X) |
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CANTO I o BASILIO DIGENIS AKRITAS |
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¡He aquí las alabanzas y las triunfales hazañas del tres veces feliz Basilio Akritas, del más valeroso y más noble, que como un don de Dios recibió su fuerza, quien ha avasallado toda Siria, Babilonia y Carsiana entera, y que sometió también Armenia y Capadocia, y también Amorío junto a Iconio, y aún la muy ilustre y alta fortaleza, poderosa y bien murada, a Ancira me refiero, y también toda Esmirna; de quien ha sojuzgado las regiones junto al mar! Al punto, pues, te mostraré sus recientes hazañas, las que él obró en la presente edad: cómo a pujantes y valiosos combatientes abatió, y a toda suerte de fieras, asistido de la gracia auxiliadora de Dios y de Su Madre invencible, y de los ángeles con los arcángeles, de los victoriosos y grandes mártires, y de los Teodoros gloriosísimos, el general y, junto a él, el soldado, del noble Jorge, de muchas victorias, del obrador de milagros y mártir de mártires, el ilustre Demetrio, guardián del honor y del nombre de Basilio, vencedor de sus enemigos, los agarenos y los ismaelitas, y los bárbaros escitas rabiosos como perros. Había un Emir, de los nobles con mucho el más rico, que participaba de sensatez y valor en extremo, no negro como los etíopes, sino rubicundo y lozano; apenas le despuntaba, ensortijada, su muy hermosa barba. Tenía unas cejas hermosas, como trenzadas, y una mirada brillante, gozosa, henchida de amoroso anhelo, que como una rosa brotaba en mitad de su rostro. Era arrogante como un espigado ciprés, cualquiera al vedo lo compararía a una imagen pintada. Junto a esto poseía una fuerza imbatible: cada día se ejercitaba en luchas contra las fieras por tentar su coraje y asombrar con su valor, como un prodigio aparecía a cuantos lo contemplaban. Ejemplo formidable supuso para los jóvenes su gloria. Ensalzado por su riqueza y la majestad de su valor, comenzó a reclutar turcos y dilemitas, árabes escogidos y trogloditas de infantería. Contaba también con una compañía de mil gulamios, alistados todos y merecidamente asoldados. Alentando furia vino a caer sobre la Romania. Ocupado que hubo las comarcas del país de Heracles, asoló muchas ciudades, dejándolas yermas, y tomó cautiva una multitud de gente sin cuento, pues aquellas tierras se hallaban desguarecidas por encontrarse sus guardianes en las fronteras, y como vio que podía obrar en franquía, tras cruzar Carsiana, alcanzó Capadocia y asaltó con gran violencia el palacio del general. Lo entonces acontecido, ¿quién valdría a contarlo? Pues dio muerte a cuantos allí se encontraban, robó muchas riquezas, saqueó el palacio y se llevó cautiva a una muchacha hermosa en extremo, a la hija del general, que resultaba ser aún doncella. Se hallaba entonces el general en el destierro y los hermanos de la muchacha en las fronteras. Su madre, que había escapado a las manos paganas, al punto escribió a sus hijos todo lo sucedido: el asalto de los gentiles, el rapto de su niña, la separación de su muy amada hija, el cúmulo de desgracias. Y, entre gemidos, al escrito añadió también lo siguiente: «Hijos míos tan añorados, apiadaos de vuestra madre, que tiene el alma afligida y se quiere morir. Acordaos del cariño de vuestra propia hermana y corred a libramos a ambas, hermana y madre, a ella de la esclavitud amarga y a mí de la muerte. Demos la existencia entera por nuestro ser más querido. No antepongáis vuestra vida a la suya; de vuestra propia hermana, hijos míos, compadeceos: partid, pues, con premura a su rescate, de lo contrario, muerta veréis a una madre por amor de su hija y recibiréis mi maldición y la maldición paterna si no hacéis esto conforme os he mandado». Tras escuchar sus palabras se lamentaron profundamente, y, anegados como estaban los cinco en lágrimas, unos a otros se urgieron a partir sin demora: «Partamos -decían-, por ella suframos degüello». Al punto montaron 'a caballo y emprendieron la carrera con un puñado de soldados que les escoltaban, y sin perder un instante, sin colmar el sueño, en pocos días alcanzaron los reales del enemigo, en la terrible garganta que llaman Difícil. Desmontaron en la distancia, donde encontraron a los centinelas. Así, tras enviar un ruego por escrito, fueron conducidos ante el Emir por expreso mandato suyo. Se hallaba, el Emir, sentado sobre un elevado trono, tachonado en oro, majestuoso, en el exterior de la tienda; en tomo suyo se apostaba una multitud de hombres armados. Cuando estuvieron cerca, éste pudo escuchar sus palabras, pues habiéndose postrado ante él hasta tocar por tres veces el suelo, entre lágrimas, proclamaron ante el Emir lo siguiente: «¡Emir, siervo de Dios y primero de Siria, que te sea dado llegar a Panormo y contemplar su mezquita, y puedas postrarte, Emir, ante la Roca Colgante y merezcas abrazar el túmulo del Profeta y escuchar, de este modo, la plegaria sagrada! He aquí que raptaste a una dulce muchacha, hermana nuestra: véndenosla, siervo del Altísimo, que por ella te daremos cuanto dinero nos pidas. Nuestro padre no deja de llorada, puesto que no tiene otra hija, y nuestra madre se quiere morir al no poder contemplada; mientras que nosotros, presos de una añoranza infinita por ella, hemos jurado con los más estremecedores juramentos que habremos de ser degollados si no la llevamos de vuelta». Cuando escuchó sus palabras, el Emir admiró su coraje, y, por saber firmemente si en efecto eran valientes -conocía a la perfección la lengua de los romanos-, les contestó gentilmente diciéndoles lo que sigue: «¡Si deseáis rescatar a vuestra hermana escoged de entre vosotros a quien tengáis por más bravo, dejad que él y yo montemos a caballo, y dejad que los dos nos batamos en duelo! Si soy yo quien sale triunfante, os haré mis esclavos; pero si él me venciera, lejos de todo pretexto libraréis a vuestra hermana sin que sufráis menoscabo, así como a los otros cautivos que a mi lado se encuentran. De ningún otro modo me convenceréis de que os rinda a vuestra hermana, ni aunque me dierais las riquezas de la Romania entera. Marchad y sopesad qué os conviene». Al punto, los cinco partieron felizmente esperanzados, y, para no porfiar sobre quién lucharía, juzgaron echado a suertes, zanjando así la disputa. La suerte recayó sobre el menor, el pequeño Constantino, que resultaba ser mellizo de su hermana. Entretanto, el mayor, mediante consejos, le preparaba para el combate: «Sobre todo, hermano -le arengaba-, que no te arredren los gritos, que no te acobarden ni un poco, ni te dejes amedrentar por los golpes, y cuando veas desnuda la espada no te des a la fuga, y aun cuando te ocurra algo peor no te batas en retirada: no tengas en mayor consideración tu juventud que la maldición de tu madre, pues fortalecido por sus plegarias, acabarás derrotando a tu adversario, ya que Dios no va a consentir que nos convirtamos en esclavos. Parte animoso, criatura, y antes que nada no te amilanes». Y puestos en pie en dirección a Oriente invocaban a Dios: «No permitas, Señor, que nos convirtamos en esclavos». Tras darle un abrazo lo escoltaron diciéndole: «¡Venga la plegaria de nuestros padres en tu auxilio!» y él, a lomos de un soberbio caballo negro, una vez que se hubo ceñido la espada, tomó la lanza, y condujo la maza hasta su talabarte. Tras protegerse por todos los sitios con la señal de la cruz, dio espuelas a su caballo y salió a la llanura. Blandió primero la espada y con la lanza hizo lo propio, mientras tanto, algunos sarracenos así denostaban al joven: «Mirad al que han ido a escoger para batirse en duelo contra quien ha obtenido tamaños triunfos en Siria». Pero uno de ellos, un dilemita guardián de las fronteras, con sosiego, expuso al Emir lo siguiente: «Ya ves cuán diestra es su espuela, la parada de su espada y el volteo de su lanza; todo eso delata su destreza y su valor. Guárdate, pues, de ir a su encuentro sin precaución». Salió entonces el Emir a lomos de su corcel. Resultaba soberbio y pavoroso a la vista, sobre sus armas reverberaban los rayos del sol; enarbolaba una lanza azul y dorada. Y todos se arrimaban a presenciar el combate. El corcel caracoleaba con donaire, causando en todos un gran asombro, pues agrupaba sus cuatro uñas en un mismo punto, como atrapado en una lazada, y allí se tenía quieto hasta que arrancaba con un trote mantenido y sutil, de modo que, antes que hollar, parecía que sobrevolara el suelo. El Emir, sonriente como estaba, cuando se dio la señal, aguijó de repente su montura y partió al llano, chillando como un águila, silbando como una serpiente, y rugiendo como un león, con la intención de devorar al joven. Mas he aquí que éste lo recibió con rapidez y presteza, chocaron sus lanzas y las dos se quebraron sin que ninguno pudiera desarzonar al contrario. Desenvainaron, pues, las espadas, lanzáronse tajos, y así se estuvieron batiendo durante horas y horas: los montes retumbaban y los cerros parecían albergar truenos, la sangre corría empapando toda aquella tierra, los caballos se encabritaban y el espanto hacía presa en todos. Se hallaban plagados de heridas, pero ninguno se alzaba con la victoria. Pero cuando los sarracenos vieron lo inesperado, se admiraron del arrojo del joven, de su empuje infinito y su noble coraje, y, todos a un tiempo, le gritaron a su Emir: «Concierta una tregua, cede en la liza, el romano es poderoso, procura que no te inflija quebranto». En ese instante, el Emir se batió en retirada; él, que tanto se había jactado, caía severamente vencido, pues en nada aprovecha ninguna clase de vanagloria. Entonces, arrojó a lo lejos su espada, alzó al cielo sus manos, cruzó los dedos, según en ellos es costumbre, Y al muchacho le dirigió las siguientes palabras: «¡Tente, buen joven, que tuya es la victoria. Llévate a tu hermana y al resto de los cautivos!» Disolviendo el corro, se retiraron a la tienda. ¡Era digna de ver la alegría que embargaba a los hermanos! Alzando sus manos al cielo glorificaban al Señor, diciendo a coro: «¡A Ti, Dios único, corresponde la gloria, pues quien en Ti cifra su esperanza no se verá defraudado!» y a su hermano abrazaban con grande contento; unos le besaban las manos, otros la cabeza. Luego, todos al Emir le extendieron calurosamente este ruego: «Devuélvenos, Emir, a nuestra hermana, tal y como nos prometiste, y consuela nuestro corazón, que abrumado está por la pena». A lo que el Emir respondió mendazmente: «Tomad mi sello, recorred los pabellones, preguntad por todas partes, registrad el campamento, y cuando hayáis reconocido a vuestra hermana, cogedla y marchaos». Ellos recibieron el sello con gran alegría y, ajenos al engaño, emprendieron con celo su búsqueda. Después de recorrer todos los sitios sin que encontraran nada, regresaban ya ante el Emir completamente apenados. cuando por el camino se toparon con un campesino sarraceno que se dirigió a ellos por medio de su trujimán: «Decidme, jóvenes, ¿a quién buscáis? ¿Por quién os lamentáis?» A lo que, entre sollozos, ellos contestaron: «Cautiva tomasteis a una muchacha que es nuestra hermana, y como no la encontramos ya no queremos seguir con vida». Compungido, el sarraceno les refirió esta noticia: «Atravesando por la quebrada, hallaréis un arroyo en el que ayer pasamos a cuchillo a algunas hermosas doncellas porque no convinieron en aquello a lo que las urgíamos». Entonces, espolearon los caballos y partieron hacia el regato. Allí encontraron a muchas jóvenes degolladas, bañadas en sangre; a unas les faltaban las manos, cabezas y pies, otras aparecían completamente desmembradas y con las entrañas sacadas; resultaba del todo imposible que alguien las pudiera reconocer. Cuando contemplaron esta visión, en ellos prendió el desconsuelo, cogieron polvo de la tierra y se lo echaron sobre sus cabezas. Plantos y lamentos surgían de sus corazones: «¿Por qué mano hemos de contristamos, qué rostro vamos a llorar? ¿Cómo reconocer miembro alguno que entregar a nuestra madre? ¡Bellísima hermana! ¿Por qué te han degollado inicuamente? ¡Dulcísima alma nuestra! ¿Por qué te ha sucedido esto a ti? ¿Por qué en la flor de la vida transpuso tu luz privándonosla a nosotros? ¿Cómo fuiste despedazada miembro a miembro a manos de bárbaros? ¿ Por qué no se entumeció la mano del despiadado asesino que no se compadeció de tu tierno talle ni tuvo clemencia de tu voz encantadora? ¡Alma en verdad noble, pues antes que el ultraje preferiste la muerte y el degüello funesto! ¡Bellísima hermana, corazón y alma nuestros! ¿Cómo vamos a distinguirte del resto de los cuerpos? ¿Tendremos acaso ese pequeño consuelo? ¡Hora maldita y día insidioso; ojalá nunca hubieras visto el sol ni para ti hubiera amanecido su luz! ¡Ojalá Dios te hubiera cubierto de tinieblas cuando a nuestra hermana, sin piedad ni motivo, la descuartizaron sus asesinos! ¿Qué noticia habremos de dar a nuestra desconsolada madre? ¡Oh Sol! ¿Por qué sentiste celos de nuestra hermosa hermana? ¡Injustamente la has matado porque a ti te eclipsaba!» Mas como no fueron capaces de hallar a su hermana, cavaron una tumba común y enterraron a todas y, al punto, entre llantos, regresaron ante el Emir, vertiendo fervientes lágrimas, brotadas del fondo del corazón: «¡Emir, devuélvenos a nuestra hermana o bien danos la muerte, pues ninguno de nosotros volverá a palacio sin ella; antes bien, todos seremos degollados por su causa!» Tras escuchar sus palabras y contemplar su quebranto, el Emir comenzó a interrogarles: «¿De quién sois y de dónde venís? ¿Cuál es vuestro linaje? ¿Qué región habitáis?» «Venimos de la región anatólica y procedemos de nobles romanos; nuestro padre desciende de los Cinnamades, y nuestra madre es una Ducas, estirpe de Constantino: entre tíos y primos suman doce generales; tales son nuestros deudos y los de nuestra hermana. Nuestro padre se halla en el destierro en virtud del castigo que le han procurado ciertos calumniadores. Ninguno nos encontrábamos presentes en el momento de tu incursión, ya que estábamos de generales en las fronteras, que, de haber estado allí, nada de esto habría sucedido, pues jamás hubieras asaltado nuestro palacio. Pero como no estábamos, bien te puedes jactar. Ahora bien. ¡Altísimo Emir v Primero de Siria! ¡Que dado te sea acudir a postrarte en Bagdad! Dinos quién eres tú. y sabe que si nuestros parientes regresan de campaña y se traen a nuestro padre de vuelta del destierro, te habremos de buscar donde quiera que estés, pues no vamos a permitir que quede impune tal desafuero». A lo que el Emir contestó: «Yo, bravos jóvenes, hijo soy de Criso Berges, Pantia es mi madre, mi abuelo era Ambrón y tío mío era Caroes. Mi padre murió cuando yo aún era niño y fui encomendado por mi madre a mis parientes árabes, los cuales me educaron en el amor a Mahoma. Viendo que la fortuna me sonreía en todas las batallas, dueño me hicieron de Siria entera y me entregaron tres mil lanceros escogidos. Sometí toda Siria y me apoderé de Kufah, y -blasonaré un poco ante vosotros sin faltar a la verdad- inmediatamente después arrasé Heraclea, y, tras conquistar desde Amorio hasta Iconio, sometí a multitud de bandidos y todo tipo de fieras. Ni generales ni ejércitos pudieron resistir mi embate, mas he aquí que una mujer me venció, la más hermosa con Su belleza me abrasa, sus lágrimas me consumen, mucho. sus suspiros me inflaman, y no sé qué hacer. Por ella os he puesto a prueba, para conoceros certeramente, pues no cesa jamás de llorar por vosotros. Por completo me confieso y os hablo con total sinceridad: si no os supone baldón tenerme por cuñado, por el amor de la encantadora beldad de vuestra hermana, me haré cristiano y marcharé a la Romania. y sabed con certeza, ¡por el gran Profeta!, que jamás me dio beso alguno, ni llegamos a trabar conversación. Vamos, pues, a mi tienda y ved allí a la que buscáis». Aquéllos, así como lo oyeron, impelidos por el gozo, descorrieron el cortinaje del pabellón y pasaron a su interior. Encontraron un lecho guarnecido de oro, pero la niña yacía en el suelo. Así tendida, por Cristo, refulgía como los rayos del sol, mas tenía los ojos arrasados en lágrimas. ¡ Nada más verla, los hermanos la alzaron con tiento, y, llenos de estupor, la besaban todos y cada uno, pues cuando, perdida la esperanza, sobreviene un gozo imprevisto, los que lo obtienen de forma tan inesperada se alegran muchísimo. Ya la zozobra, los lloros y los quebrantos que habían experimentado se les unió la extraordinaria alegría que sentían en ese momento. De modo que mientras la abrazaban llenos de felicidad, vertían lágrimas y proferían gemidos: «¡Estás viva -decían-, hermana, estás viva, corazón y alma nuestros! Nosotros te creíamos muerta, cortada en pedazos por una espada, pero tu beldad te ha mantenido con vida, queridísima hermana, pues la belleza incluso a los bandidos atempera el ánimo y los enemigos se muestran clementes ante la juventud y la hermosura». Y acto seguido, al Emir le prometieron bajo juramento que le tomarían como cuñado si marchaba con ellos a la Romania. Entonces sonaron las trompetas y al punto emprendieron el regreso, y todos manifestaban su asombro diciéndose unos a otros: «¡Qué prodigio este que acabamos de contemplar, la fuerza de los romanos, que liberan cautivos y debelan mesnadas, que hacen renegar de la fe y no temen a la muerte!» Así, gran resonancia alcanzó en el mundo entero que una noble muchacha, por su tierna hermosura, llegó a derrotar a los gloriosos ejércitos de Siria. |