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El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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GEORGIA:

En los confines de la Cristiandad

por Guilhem de Encausse.

 

1)      Ficha física y geográfica: una breve introducción.

2)      Historia.

2.01)     Georgia en la Antigüedad.

2.02)     Georgia en vísperas del Medioevo.

2.03)     Bajo la influencia de Constantinopla y Ctesifón.

2.04)     La llegada del Islam.

2.05)     El reino unificado de Georgia.

2.06)     El breve interregno bizantino.

2.07)     La invasión de los turcos selyúcidas: el regreso del Islam.

2.08)     El apogeo del esplendor: la gran reina Tamara.

2.09)     El legado de Tamara.

2.10)     La cuesta abajo: khwarismianos y mongoles.

2.11)     De los mongoles a los otomanos: los años de penumbra.

2.12)     En busca de la protección de los zares.

2.13)     Protectorado ruso y anexión: de provincia imperial a república soviética.

2.14)     La República de Georgia.

3)      Notas bibliográficas (1 a 8).

4)      Notas del autor.

5)      Elenco de reyes y soberanos.

6)      Fuentes bibliográficas.

a)      Con traducción al castellano.

b)      Sin traducción al castellano.


 1)         Ficha física y geográfica: una breve introducción.

          Georgia está situada al Sur de las históricas “Puertas de Hierro”, entre los mares Caspio, al Este, y Negro, al Oeste. Gran parte de su territorio se halla comprendido en la Transcaucasia, donde los valles de Rioni y Kura cortan el ocre color de los macizos montañosos del Cáucaso. Su pico más alto, el monte Shkhara, mide 5.068 metros de altura y se halla cubierto por una capa de nieve eterna. El clima de la región está regulado por los vientos húmedos que soplan procedentes del mar Negro y los secos, que arremeten desde las mesetas y estepas del Este. En consecuencia, en el litoral del mar Negro, el clima es subtropical húmedo, alpino en los grandes y pequeños Cáucasos y seco, continental,  hacia las riberas del Caspio.

          El país se halla física y geográficamente dividido en dos por la cadena de los montes Likhi. Ambas regiones, conocidas como Georgia oriental y Georgia occidental, están cubiertas en sus 2/3 partes por agrestes y escarpadas montañas, de modo tal que se pueden precisar cuatro unidades geográficas: la cadena principal de los montes Cáucaso, las montañas medias (una especie de altiplano), la cadena de los montes Meshketi y Trialeti y la sección volcánica de Plateau. Haciendo las veces de nexo entre Crimea y las llanuras de Ucrania, al Norte, y el Jezireh y la media luna fértil del Eufrates y el Tigris, al Sur, Georgia posee una serie de pasos montañosos, siendo los principales Klukhori (2.782 m.), Nakra (3.203 m.), Becho (3.700 m.), Mamisoni (2.892 m.), Roki (2.995 m.), Tviberi (3.564 m.) y Jvari (2.379 m.). Flanqueadas, pues, por vastas extensiones montañosas, las tierras cultivables del país se concentran sobre todo en el litoral del mar Negro y en los valles de los ríos que surcan el país.

         El sistema fluvial de Georgia se compone de numerosos ríos, de los cuales tan solo 16 alcanzan una longitud de entre 100 y 500 kilómetros. Entre los mayores se encuentran el  Rioni (327 km.) y el Mtkvari o Kura, cuyo cauce fluye hacia el mar Caspio.  Georgia cuenta también con alrededor de 860 lagos que cubren una superficie de 170 kilómetros cuadrados, además de numerosos glaciares (unos 700 aproximadamente), casi todos situados en los montes Cáucaso.  Gracias a las abundantes reservas de agua dulce, gran parte del terreno está cubierto por bosques (casi el 40%).

       Denominado Sakartvelo en la lengua nativa (debido a Kartlos, un dios pagano de la Antigüedad);  Georgie, en francés; Georgien, en alemán; Gurjistan, en persa; Jurzan, en árabe; Georgianos, en griego; Vrastan, en armenio; Gruzia, en ruso y Georgia, en español e inglés (obviamente la pronunciación difiere), el país posee una historia tan vasta como cautivante. Aquí va parte de ella.

 


 


2)         Historia:

2.1)   Georgia en la Antigüedad:

         El primer estado georgiano empezó a cimentarse hacia principios del primer milenio antes de Cristo, cuando dos tribus, los Taochi (o Diaochi) y los Colchis, establecieron una especie de confederación en los territorios del sudeste. Existen tablas de la época de los reyes de Urartú, Argishti y Sardur II, que hacen mención a las luchas por el poder en el seno de dichas tribus. El mismo mito de los Argonautas también resalta el poderío de los Colchis.

         Pero a mediados del siglo VIII a. C., las invasiones de Urartú provocaron el colapso de los Taochi, quienes hostigados, además, por los jefes tribales Colchis, debieron resignar gran parte de sus territorios. La expansión y el predominio de sus antiguos aliados acabaron poco tiempo después, alrededor del 720 a. C., como consecuencia de la aparición en escena de los cimerios.

         Las uniones tribales subsiguientes mantuvieron relaciones comerciales y culturales con los reinos vecinos de Hatti (hititas, en el corazón de Anatolia), Mittani (Jezirhé) y Urartú (al norte del Lago Van) y con tribus de Armenia y del norte del Cáucaso. La región recibió luego la influencia de los medos y más tarde de los persas, quienes convirtieron el sur del país en una satrapía (la 19º). Los mismos Colchis, otrora poderosos e irreductibles, se vieron obligados a pagar tributo y a enviar a Persia cien mujeres y cien varones cada cinco años.      

         Hacia el siglo VI a. C., la colonización del litoral del mar Negro, realizada por los griegos, y la ascendente influencia del estado aqueménida de Persia, favorecieron el desarrollo económico de la región. Los griegos, establecieron colonias en Phassis (cerca de la actual Poti), Pityus (Bitchvinta), Dioscurias (Tskhumi), Gyenos (Ochamchire) y Anakopia (Akhali Atoni), mientras que los persas aprovecharon su ascendencia para comerciar con los pueblos del norte. En este período surgió el reino de Egrisi, levantado por los Colchis, que llegó a emitir sus propias monedas de plata. Según hallazgos arqueológicos, se ha podido comprobar que la circulación de las mismas no solo abarcó el litoral del mar Negro, sino también las tierras de los Kartlis (íberos) y sus alrededores.

         El progresivo desarrollo social y económico de las tribus, basado en los beneficios del comercio procedente de lugares tan remotos como India y Egipto, determinó el surgimiento de una nueva confederación de tribus, liderada por la de los kartlis o íberos, que tuvo su centro en la ciudad de Mtskheta. En el siglo IV a. C., Mtskheta alcanzó la cima de su apogeo, favorecida por su privilegiada ubicación geográfica, en la intersección de las rutas procedentes de los mares Negro y Caspio, por un lado, y las de Europa oriental y el Cercano Oriente, por el otro. Un aristócrata llamado Parnavaz levantó en esta época el primer reino georgiano, Iberia, con capital en Mtskheta, que reunía los territorios comprendidos entre los montes Cáucasos, al Norte, y las fuentes del río Eufrates, al Sur. La residencia de los reyes fue establecida en Armaztsikhe, frente a Mtskheta.       

 El reino de Iberia, regido por la dinastía de los Parnavázidas, estaba influenciado en el plano religioso por las creencias de sus vecinos, en especial, Hatti y Urartú. La deidad de la luna, Armazi y la diosa de la fertilidad, Zadeni (ambos nombres de origen hitita), se transformaron en la columna vertebral de la religión íbera, aunque ciertas reminiscencias de los ídolos y tótems tribales se mantuvieron vigentes.

La creciente estrella de Iberia  determinó muy pronto la sumisión del reino de Egrisi, lo que contribuyó a unificar  a las dispersas tribus georgianas, que desde entonces empezaron a actuar como una unidad. Hasta bien entrado el siglo II a. C., dicha unidad permitió a los íberos mantener la independencia, pero el nacimiento de un poderoso estado armenio y la expansión del reino del Ponto hacia la zona de Colchida (o Kolkhida), pusieron en peligro la cohesión de Iberia. Más tarde, la irrupción de los romanos terminó por precipitar el caos en la región.  Los iberos se unieron a Mitrídates VI en la guerra contra los romanos, pero Pompeyo consiguió infligirles una aplastante derrota en el 65 a. C. Su rey, Artag (81-65 a. C.), fue obligado a rendirse, tras lo cual el general italiano avanzó por Georgia occidental y alcanzó la ciudad de Phassis, en el litoral del Mar Negro, y Albania (no confundir con la región europea del Epiro), al otro lado del reino. Pero la ardua y obstinada resistencia de los iberos, salvó el país y desalentó a los romanos, quienes en adelante se inclinarían más que por la conquista, por una alianza que les permitiera frenar las periódicas invasiones persas.

         Luego del primer contacto con las legiones romanas de Pompeyo, el reino de Iberia o Kartli conoció un nuevo período de esplendor, especialmente bajo la dirección de Parsman o Farsman II (113-129 d. C.) y de Parsman III (131-182). Este último mantuvo un permanente intercambio de embajadas con el sucesor del emperador Adriano, Antonino Pío (138-161), y en un momento dado de su reinado visitó la Roma imperial, seguido de una impresionante comitiva. Los romanos le honraron con una estatua suya, que levantaron en pleno capitolio, al decir de Dio Cassius. Desde entonces, los emperadores identificaron al reino de Iberia más como una estado aliado que como uno vasallo, obligado a pagar tributo. Fue en realidad una acertada y oportuna política que posibilitó a Roma confrontar la amenaza de los partos de Persia (240 a. C. – 226 d. C.), sin tener que someter a sus desgastadas legiones a una lucha frontal con aquella dinastía iraní originaria de Circa. A lo largo de varios años, los georgianos pelearon contra los partos, al lado de los romanos, cuando no por su cuenta.

          Hacia el 298 d. C., los partos fueron reemplazados en Persia por una nueva dinastía iraní, la de los Sasánidas. La paz llegó a la región de la mano del tratado de Nísibe, tras lo cual, Iberia adquirió literalmente el rango de provincia imperial, con el consentimiento de los persas. No obstante, Mirian (265-342) consiguió mantener una relativa autonomía en los confines orientales de Georgia. Precisamente bajo su reinado, la fe cristiana fue escogida como la religión de Estado. Mirian se convirtió mediante su bautismo, y todos los descendientes de las antiguas tribus de Colchis, Diaochis, Karts, Chans, Svans, Mengrels y algunos resabios de cimerios, le emularon sin resistencia. Los días de  las viejas deidades Armazi y Zadeni, tocaban a su fin. El triunfo del cristianismo por sobre el zoroastrismo, el mazdeísmo (una variedad del dogma de Zaratustra) y  las antiguas creencias tribales, sucedido alrededor del 330, fue determinante para la futura evolución de las instituciones y de la conciencia nacional georgiana (al punto que, más adelante, el advenimiento del Islam no haría mella en la región). Iberia o Kartli permanecería bajo la influencia de Roma y, luego, de Constantinopla.

         Del mismo modo que el reino de Iberia, el estado georgiano occidental de los Colchis, Egrisi, también luchó denodadamente contra los romanos, para mantener una cierta independencia. Los principales esfuerzos estuvieron dirigidos por un esclavo llamado Anicetus, que durante algún tiempo consiguió mantener en jaque a los legionarios. Pero aquí, como en Iberia occidental, la resistencia se fue relajando a medida que el cristianismo fue echando raíces en los valles y las montañas de los Cáucaso.

        El desarrollo económico, cultural y social del período clásico había alcanzado niveles sin precedentes, cuando la religión cristiana fue adoptada por Mirian. Trabajos en vidrio, pinturas, monumentos y construcciones, sobre todo en las regiones de Mtskheta, Armazi, Vani, Archaeopolis (Tskihh-Goji) y Uplitsikhh dan cuenta de ello. Hoy aún pueden admirarse los rastros de dicha cultura en la citadel de Armaz-tzikhé  o Armaztsikhe, la residencia de los antiguos reyes de Kartli. También, en las ruinas de  algunas fortalezas en el Cáucaso, como la de Zedan-tsikhh o Seusamora, emplazada en el distrito de Mtskheta, cerca de Tsitsamuri y en algunos emplazamientos mortuorios, ubicados en Bagineti e identificados como las tumbas de la realeza y la aristocracia.  En estos sitios arqueológicos fueron descubiertos trabajos de orfebrería y joyería ibera, anillos, aros, pendientes, brazaletes, diademas, collares, etc., caracterizados por su exquisita ornamentación en oro y piedras preciosas.

        El desarrollo del comercio, por su parte, no se resintió ni siquiera con la llegada de los romanos. Georgia, conformada entonces por los territorios de Egrisi, Iberia y Albania,  seguía estando dentro del itinerario de las rutas que unían Europa oriental con Asia y Egipto.  Los valles que bordeaban el curso de los ríos Rioni, Kura, Lori y Alazani (327, 1364, 320 y 351 Km. de longitud, respectivamente) constituían el trayecto obligado de las caravanas que unían Iberia con Albania, al Este, Armenia y su capital, Artashat, al Sur, las colonias griegas (luego romanas) del litoral del mar Negro, al Oeste, y los pueblos de las estepas de Ucrania, los escitas, al Norte. Georgia importaba artículos de lujo como piedras preciosas, desde lugares tan distantes como Arabia, India, Asia Central y Egipto, materia prima que utilizaba en definitiva, para abastecer su producción de artículos de joyería y orfebrería.

2.2)   Georgia en vísperas  del Medioevo:     

         A la irrupción de los romanos en los territorios de Georgia, siguió la difusión del Cristianismo, que se inició en los albores del siglo I d. C.(1). Pero no fue sino la proclamación realizada por Constantino I el Grande, oficializando la nueva fe, y la fundación de Constantinopla, relativamente a escasa distancia de Mtskheta (Asia Menor de por medio),  lo que  llevó a Mirian a emular el ejemplo del emperador. La adopción de la nueva religión implicó un cambio cultural muy grande en Georgia, como también lo supuso dentro del Imperio Romano. El desarrollo del arte y de la literatura tuvo entre los miembros de la alta sociedad de Iberia y Egrisi a sus mayores exponentes. Al igual que sucedía con el comercio, en el campo de las artes y el pensamiento, Georgia recibía las influencias de las corrientes filosóficas y artísticas de Oriente y Occidente, por las mismas vías que empleaban las mercancías.  Se fundaron en este período escuelas de retórica y filosofía, centros intelectuales de donde surgieron personajes de la talla de Juan de Lazistán  (Lazi, Lazika o Lazistán significa Egrisi en georgiano) y Pedro de Iberia (siglo V d. C.).

         El cristianismo, es cierto, destruyó la vieja literatura georgiana y creó una nueva, no menos brillante. La conocida “Pasión de Shushanik”, del siglo V y “El martirio de Evstatk Mtskheteli”, del siglo VI, son obras principalmente hagiográficas (la segunda de autor anónimo),  escritas siguiendo el método artístico de  separar el texto en dos columnas sobre una misma página (todavía no se las ornamentaba con ningún método de pintura). Los párrafos eran separados unos de otros mediante letras iniciales mayúsculas, que los autores y copistas estiraban alargándolas hacia los límites de las líneas verticales de las columnas del texto, en el margen. Dicha técnica sería desarrollada y perfeccionada más tarde para ornamentar los manuscritos de la época bizantina (siglos IX y X), decorados, ahora, con pinturas de colores brillantes.

         La arquitectura, al igual que la literatura, padeció una transformación radical. Hacia principios del siglo V, el país comenzó a poblarse de iglesias y basílicas, siendo el arquetipo de las mismas, los templos de Bolnisi y Urbnisi, sobre el Cáucaso menor.

2.3)   Bajo la influencia de Constantinopla y Ctesifón:

         La idea de un imperio universal fue heredada por Constantinopla, cuando el Imperio Romano se separó en el año 395. Como Georgia estaba situada en los límites orientales del estado bizantino, se hizo inminente el enfrentamiento con los emperadores, para mantener la independencia del país. Georgia fue entonces atacada intermitentemente desde dos frentes: Egrisi debió vérselas con las legiones de Constantinopla, mientras que Iberia tuvo que enfrentar a los ejércitos sasánidas de Persia.   

         A mediados del siglo V llegó al poder Vakhtang I Gorgasali (446-502), en Iberia (recordar que Iberia es la forma latina de la palabra georgiana Kartli). Bajo su reinado, la capital fue trasladada desde Mtskheta a Tiflis o Tbilisi (2), aprovechando el desarrollo económico y social que había experimentado ésta última en los dos siglos precedentes (la ciudad había surgido en torno de una fortaleza). Al poco tiempo, los persas de Ctesifón empezaron a acometer las regiones meridionales del reino desde Armenia,  a la que habían derrotado en la llanura de Arvarair, el 2 de junio de 451. Alarmado, Vakhtang I levantó una coalición que comprendía a los armenios, los egrisis o lazis y  los albanos. Con el espaldarazo que le dio esta alianza, a la que muy pronto se agregaron otros pueblos menores de Transcaucasia, el rey de Iberia pudo mantener a raya a los invasores, e inclusive arrebatarles algunos territorios. Pero los persas le vencieron en 502, una sangrienta batalla donde Gorgasali perdió la vida.

          Los sucesores de Vakhtang I, su hijo Dachi (502-514) y su nieto Bakur II (514-528), no pudieron impedir que el reino fuera sometido por los sasánidas, quienes completaron la conquista del país hacia el 523. Conquistada Iberia, los persas enfilaron hacia Egrisi, que por ese entonces reconocía la soberanía nominal de los emperadores de Constantinopla. Los lazos entre dicho reino y el Imperio Romano de Oriente se habían relajado bajo los antecesores de Justiniano I (527-565) y el avance de los inveterados rivales de Ctesifón hizo aún más endeble la presencia bizantina en el Lazi, cuyos pobladores intuían que había llegado el momento de recobrar la independencia. Pero en el 532, Justiniano I y Cosroes  I (531-579) firmaron una “paz eterna”, lo que forzó al reino de Egrisi a seguir sometido a Constantinopla. Al respecto, Franz Georg Maier señala literalmente en “Bizancio”, pags. 61 y 62, lo siguiente: “En los puntos críticos  de la frontera entre las dos grandes potencias existían verdaderos  estados independientes, como era el caso de Armenia o el principado árabe de los gasánidas, en el desierto sirio. Tras esta zona se encontraba la frontera defensiva que se extendía (en el caso del Imperio Bizantino), desde Crimea, pasando por las fronteras de Lazistán y Armenia, el curso superior del Tigris y del Eufrates, hasta la zona que precede a Petra y Palmyra”.

         Las hostilidades entre el estado sasánida y Constantinopla se reiniciaron con el advenimiento al trono bizantino de Justino II (565-578), quien se negó sistemáticamente a pagar los tributos con los que Justiniano I había comprado años antes la paz a los soberanos persas. La guerra fue aprovechada por los iberos para recuperar su independencia, que consiguieron en 572, cuando expulsaron a las fuerzas de ocupación de Ctesifón. El estado feudal que fundaron con la aquiescencia de Justino II, fue regido en sus inicios por el kuropalote Gvaram I (575-600), de la familia de los Bagrátidas y constituyó el embrión a partir del cual se generaría el reino unificado de Georgia

 

2.4)  La llegada del Islam:

        La aparición de los árabes, que venían de aniquilar al estado persa en Qadisyya (637) y Nihawand (642) y vapulear a los bizantinos en Yarmuk (636), encontró al estado feudal de Georgia dividido en una serie de principados: Kakheti, Hereti y Tao-Klarjeti, y en el Oeste, el reino de Abkhazia. La dispersión fue aprovechada por las huestes de Utman (644-656), para conquistar Tiflis en 645 y establecer un emirato.  El reino de Iberia era para entonces un doloroso recuerdo. No obstante, la cadena de los Grandes Cáucasos, representó un obstáculo insalvable para la bandera de la media luna; Georgia occidental logró mantenerse independiente, pese a los numerosos intentos musulmanes por conquistarla.

         Las tornas empezaron a cambiar hacia mediados del siglo VIII, cuando los gobernadores de Abuzgia (3) levantaron una alianza contra los árabes, que permitió en una primera instancia liberar a Georgia y más tarde, proclamar la revuelta contra los bizantinos. Uno de ellos, León, se autoproclamó rey de Abkhazia, liberó Egrisi y fundó el reino de Egrisi-Abkhazia, con capital en Kutaisi, en el centro de Georgia occidental. Los árabes pretendieron impedir la extinción de su soberanía más allá de Tiflis, pero todas las campañas punitivas que lanzaron desde el corazón del califato no alcanzaron éxitos duraderos.  La decadencia en que se sumió el estado islámico en los siglos IX y X y la contraofensiva bizantina que tuvo lugar en el Jezireh, Siria y en las islas del Mediterráneo oriental, aliviaron la presión ejercida por los árabes desde Bagdad. Las favorables condiciones externas, facilitaron la ascensión de los viejos principados, Kakheti, Hereti y Tao-Klarjeti, a la par del reino de Egrisi-Abkhazia. Solo Tiflis y sus alrededores permanecieron en poder de los musulmanes, aunque no sería por mucho tiempo.

 

2.5)   El reino unificado de Georgia:

         La unidad política establecida en el litoral del Mar Negro y hacia el centro del país, conocida con el nombre de Reino Egrisi-Abkhazia, contrastaba con su orientación cultural y con el sentir de la mayoría de su población, que eran esencialmente georgianos.  Hacia el siglo IX, los gobernantes de Kutaisi cortaron los últimos lazos con Constantinopla, y proclamaron la independencia  religiosa de su iglesia, que cayó bajo la órbita de influencia del catolicós de Mtskheta.  La unificación eclesiástica que sobrevino entre las regiones del Este y del Oeste de Georgia, alentaron la adopción de la lengua georgiana en el estado abjasiano, especialmente en los servicios religiosos, en los cuadros administrativos y en la vida cultural.

        Entretanto, en los comienzos del siglo IX, el estado de Tao-Klarjeti surgía a la par del reino de Abkhazia.  Sus primeros soberanos,  Ashot I (786-836), Bagrat I (836-876) y Davit I Kuropalote (876-881), administraron hábilmente el país, que hacia principios del siglo IX, se extendía hasta las riberas del río de Araxes. La expansión del reino continuó  bajo Davit III Kuropalote (+1001), quien consiguió liberar nuevas zonas que estaban en poder de los árabes. Los límites de Tao-Klarjeti alcanzaron entonces latitudes inimaginables: las riberas del lago Van, al Sur, y el poblado de Erzincan, al Oeste.  Davit III, rey y kuropalote, llegó inclusive a intervenir en las luchas civiles que desgarraron los comienzos del reinado del emperador bizantino Basilio II “Bulgaráctonos”.  Con ese fin, despachó un contingente bajo el mando de un monje-guerrero, Juan Tornices, que se puso a disposición de Bardas Focas, el general de Basilio II, para combatir a Bardas Sclerus, cuñado de Juan I Tzimisces (969-976) y gran Domestikos de Oriente, a quien sus tropas habían proclamado emperador en el verano de 976.

Las fuerzas georgianas encabezadas por Juan Tornices (Ioannes Torniké) se unieron a las de Focas en el Asia Menor, y juntas marcharon contra Cesárea, el baluarte de los Sclerus, ubicado en el tema de Carsiano, justo en el corazón de Anatolia. Bardas Sclerus, que había rebasado Nicea en su intento por apoderarse de Constantinopla, debió dar media vuelta y regresar precipitadamente para proteger sus territorios. En la llanura de Pancalea, cerca de la acrópolis de Sclerus, se enfrentaron las dos fuerzas y de la batalla resultante surgió vencedor el general de Basilio II. Bardas Sclerus se vio obligado a refugiarse en la corte califal y los georgianos fueron premiados por su ayuda, con tierras ubicadas en torno al lago Van.

Pero la política de Davit III no solo se concentró en los vaivenes que tenían lugar en la Anatolia bizantina. Al mismo tiempo que sus fuerzas recorrían los themas bizantinos tras Juan Tornices, él  en persona se entregó a la ardua tarea de unificar los principados de Georgia. Con este fin, y ayudado por su eristavi Juan Marushisdze, elevó a su hijo adoptivo, Bagrat III Bagrationi, al trono de Kartli (975) y al de Abkhazia (978).

         Davit III falleció en al año 1001, dejando un estado feudal semi unificado. Acerca de su figura y de su obra, el historiador armenio Stephanus Taronets, contemporáneo suyo, escribió: “El gran Davit kuropalote excedió todos los cánones de nuestro tiempo... Él restableció la paz y la buena voluntad en todos los estados orientales, especialmente en Armenia y Georgia, poniendo fin a las guerras y sometiendo a todos los pueblos de los alrededores...”

         La obra de Davit III fue continuada por Bagrat III (975-1014), el primer rey de Georgia unificada.   Bagrat ya era soberano de Iberia y de Abkhazia (de donde su madre era noble), y la muerte de su padre dejó también en sus manos el principado de Tao-Klarjeti. Kutaisi fue elegida nueva capital del reino.  Pero con la concentración del poder en las manos del sucesor de Davit, empezaron también los problemas. Muchos nobles pertenecientes a pueblos que se habían establecido en la región durante el siglo IX, se resistían a perder sus privilegios, al igual que un ala reaccionaria de la iglesia de Mtskheta. Ambos grupos estaban apoyados por los bizantinos, que ya en 1001, habían arrebatado a los georgianos algunas regiones de Iberia. Pero las fuerzas feudales no intimidaron a Bagrat III, que continuó ampliando las fronteras de su reino, al conquistar en 1110 los territorios de Kakheti y Hereti. A su muerte, acaecida en 1014, únicamente Tiflis, a la sazón capital de un emirato musulmán, y el sudoeste de Iberia, en poder de los bizantinos, no habían podido aún ser sometidas.

 

2.6)   El breve interregno bizantino:

         Hacia 1025, cuando murió Basilio II Bulgaróctonos, el Imperio Bizantino había alcanzado la cima de su apogeo. Semejante encumbramiento no pasó inadvertido en Oriente, donde armenios y georgianos se vieron obligados a luchar contra la creciente presencia de las tropas imperiales y la refinada diplomacia de los embajadores, espías y legados de Constantinopla. El Imperio laboraba en las tierras de los georgianos, sembrando la disensión entre los mismos, para minar el poder centralizado de Jorge o Giorgi I (1014-1027). Pero mientras los secuaces de Romano III Argiro (1028-1034) y Miguel IV (1034-1041), sucesores de Basilio II,  desplegaban todo su arsenal de tretas, engaños, ardides y  sobornos, desde el Kurdistán y el Califato abbasida hicieron su aparición los turcos selyúcidas. 

 

2.7)   La invasión de los turcos selyúcidas: el regreso del Islam.

         En el preciso momento en que Bizancio parecía consolidarse como la potencia mundial indiscutible del siglo XI, el Islam, enquistado en el Cercano Oriente, en el decadente Califato abbasida,  sacudió su modorra y jugó su mejor carta a través de los turcos selyúcidas. A grandes rasgos, los selyúcidas eran un pueblo turco, de origen uguz, que, saliendo de Djand (al Este del Mar de Aral), habían sometido rápidamente Transoxiana, el Jurazán, Jwarizm, Irán e Iraq.  En 1055, acudiendo al llamamiento del califa al-Qaim (1031-1075), entraron en Bagdad y poco tiempo después llegaban a las mismas fronteras del Imperio Bizantino y Georgia. En los diez años siguientes, sus campañas fueron gradualmente transformándose de simples algaradas en verdaderas campañas de conquista. En 1063 su primer gran líder, Toghrul Bey fue reemplazado por  su sobrino, Alp Arslán, quien preocupado por una posible alianza entre bizantinos y fatimitas, se decidió por la ocupación de Armenia para prevenirla.  Fue una sabia decisión, considerando que dicho país se hallaba sumergido en una profunda crisis producida, entre otros factores, por la reciente anexión de su capital, Ani (1045), y de otros principados menores (Vaspuracán y Kars, cedidos, el primero a cambio de tierras en torno de Sivas, y el segundo merced a la traición) a Bizancio. El ataque selyúcida se produjo en 1064 y tuvo como objetivo a Ani, emplazada  a orillas del río Arpatchai.  La ciudad, dotada  de cuarenta puertas, cien palacios y decenas de iglesias, era la urbe más floreciente del país, pero los turcos no le tuvieron misericordia.  Ani fue tomada por asalto y la sangre corrió como un torrente en las plazas y en las calles. Sus habitantes fueron pasados a cuchillo, y aquellos que consiguieron refugiarse en las iglesias y en los monasterios, corrieron una suerte trágica cuando los musulmanes prendieron fuego a los edificios.

En 1066, los selyúcidas volvieron a la carga, y en un sorprendente raid, se internaron por Anatolia, ocuparon los pasos de los montes Amánicos, devastaron  Cesárea, en Capadocia, y derrotaron a los ejércitos bizantinos frente a las murallas de Melitene y Sebastea. Sin embargo, el primer gran enfrentamiento entre los pesados ejércitos bizantinos, dirigidos por el mismísimo Romano  IV Diógenes (1068-1071) y los jinetes ligeros turcos, tuvo lugar en 1071, al norte del lago Van. En la sangrienta batalla de Manzikert, las fuerzas cristianas fueron derrotadas y a su término los atónitos selyúcidas asistieron a un hecho inédito en la historia del Islam: por primera vez un emperador bizantino caía en manos del archienemigo musulmán. Rebasada Armenia, desarticulado el sistema de themas anatólicos y maniatadas las fuerzas armadas imperiales por recortes presupuestarios y por la inoperancia de los sucesores de Basilio II, el único poder cristiano que quedaba aún por vencer al Este de Constantinopla era el reino de Georgia.

Le correspondió a Bagrat IV (1027-1072) la difícil  tarea de contener a los invasores. Ya en 1065 se había enfrentado con las avanzadas selyúcidas que venían de conquistar Ani, y tres años después debió asistir a la devastación de la provincia de Javakheti, a la destrucción de la ciudad de Akhalkalaki y a una incursión por el sur de Kartli.

                  Pero la verdadera dimensión del peligro que se avecinaba recién se hizo evidente tras Manzikert.  Los georgianos pronto comprendieron que el verdadero peligro no procedía de las huestes selyúcidas propiamente dichas sino de las oleadas de turcomanos que marchaban tras ellas, trayendo consigo sus petates, sus familias y sus rebaños. Bagrat IV murió, sin embargo, en 1072, y su hijo y sucesor, Giorgi II (1072-1089), tuvo que hacerse cargo de la pesada herencia.

         Históricamente se ha denominado “gran conquista turca de Georgia”, al período que se inicia en el año 1080, cuando los selyúcidas, bajo la sombra de Maliksah (1072-1092), empezaron invadir sistemáticamente las regiones ubicadas al Norte del río Kura. De pronto, las tierras que hasta entonces habían sido la base del sistema feudal sobre el cual se sustentaba el estado georgiano, fueron entregadas a las voraces quijadas de los rebaños que eran propiedad de los turcomanos. La economía del reino se debilitó, sus ciudades se llenaron de refugiados, la miseria se propagó y para colmo de males, un segundo frente de lucha desapareció para los selyúcidas cuando los bizantinos perdieron sus últimas posesiones en Asia Menor. Solamente una fracción diminuta del reino, Egrisi y Abkhazia, logró conservar su independencia, más que nada, porque Giorgi II accedió a comprar la complicidad de los turcos mediante el pago de un elevado tributo anual.

         Hacia 1089, agotado por la lucha contra los musulmanes y con la salud debilitada, Giorgi II abdicó en favor de su hijo de dieciséis años de edad,  Davit IV (1089-1125). Como Bizancio en Alejo I Comneno (1081-1118), Georgia encontró en la persona del nuevo soberano, a un líder decidido y capaz.  Davit IV inició su reinado golpeando a los turcos  en el punto donde se sustentaba el éxito de sus campañas: precisamente las bandadas de turcomanos que desalojaban a los nativos para usar sus campos como zonas de pastoreo de sus rebaños. No obstante, es innegable que, al igual que Alejo I Comneno, Davit IV también se benefició con la llegada los ejércitos de la I Cruzada.  

En los diez primeros años de su reinado, el joven monarca se adjudicó una serie de éxitos militares recuperando vastas extensiones de tierra, que restituyó inmediatamente a sus súbditos. En 1099, finalmente, decidió suprimir el tributo que su padre había acordado con los selyúcidas en su desesperación por salvar al reino de la ruina total. Simultáneamente, adoptó una serie de medidas para consolidar interiormente el reino. En primer lugar, se enfrentó con los altos dignatarios de la iglesia georgiana, cuya voracidad, había determinado que gran cantidad de minifundios pasara a manos del clero. No fue una tarea fácil y no transcurriría mucho tiempo para que Davit IV se diera cuenta que, de tanto acumular prebendas y derechos, la iglesia se había convertido literalmente en un estado dentro del mismo estado. Existía, además, otro problema  que se complementaba con el anterior y que era el hecho de que una gran parte de la nobleza se movía en sus dominios como verdaderos soberanos independientes, apoyados por la alta jerarquía religiosa. Para cortar de raíz con ambos, Davit resolvió a través de un concilio, someter la iglesia a la autoridad secular.

         El siguiente punto que concentró la atención del rey fue la reorganización del ejército y el diseño de nuevas tácticas de combate. Con este fin, Davit IV creó una fuerza regular de infantería y de destacamentos de caballería, incrementando el número de efectivos hasta casi 40.000 soldados. Para conseguirlo, se valió tanto de la población nativa como de extranjeros, pechenegos en su gran mayoría, a quienes  entregó tierras a cambio de servicio militar (1118-1120). La llegada de estos refuerzos permitió asimismo al rey, terminar con su dependencia respecto de los señores feudales. En cuanto a las tácticas de batalla, Davit adoptó la estratagema de atraer a sus enemigos a emboscadas  mediante retiradas fingidas a las que seguían ataques sorpresivos, generalmente de caballería.

         Con la iglesia sometida y el ejército equipado y profesionalizado, el monarca  marchó a la guerra, aprovechando la debacle en que se hallaban sumidos los turcos tras la I Cruzada. En 1104 logró liberar gran parte de Kartli y Kakheti, y al año siguiente enfrentó un contraataque selyúcida en Ertsukhi, adonde la fuerza del atabeg de Ganja fue derrotada sin atenuantes. Luego, acicateado por sus recientes victorias, reconquistó una a una las ciudades de Samshvildé (1110), Rustavi (1115) y Loré (1118) y la  fortaleza de Gishi (1117).

       Alarmado por los éxitos georgianos y temeroso de perder sus posesiones en el Cáucaso, el sultán Mahmud reunió un gran ejército que puso bajo el mando de uno de sus mejores generales: Radjin Al-Din Ilguzi. La gran fuerza expedicionaria avanzó raudamente hacia el Norte, pero Davit IV le cerró el paso cerca de Didgori, adonde venció a Radjin y sus secuaces, el 12 de agosto de 1121. Un año más tarde, tomaba Tiflis, convirtiéndola inmediatamente en su nueva capital.

         No conforme aún con la presencia de bolsones de dominación turca al sur de Iberia, el rey liberó la ciudad de Dmanisi en 1123, la última plaza fuerte musulmana al norte de Armenia. Al año siguiente, luego de conquistar Ani y Shirvan, daba de beber a su caballo en las aguas del río Araks, cerca de los confines septentrionales del antiguo thema bizantino de Vaspuracán. El 24 de enero de 1125, todo el reino de Georgia lloraba su muerte.

         Los éxitos conseguidos tanto interna como externamente por Davit IV, le valieron el mote de “el Edificador”. Bajo su reinado, Georgia no solo recuperó su antiguo prestigio militar sino que también conoció un período de esplendor en el plano social, económico y cultural, que hizo empalidecer los  logros de los anteriores soberanos. Hábilmente, Davit supo neutralizar el constante goteo que sufría la población rural en beneficio de las fuerzas armadas, trayendo millares de pechenegos que fueron asentados en la campiña, con la condición de empuñar las armas ante el primer llamado de ayuda. De esta manera, el rey consiguió no menos de tres objetivos simultáneos:

1º) Un ejército relativamente considerable, aunque, es cierto, en detrimento de su homogeneidad. 

2º) La repoblación de las zonas rurales del Este de Egrisi, afectadas seriamente durante el reinado de su padre, por la llegada de los turcomanos y sus rebaños (En este sentido, se aplicó una política muy parecida a la empleada por el emperador Alejo I Comneno respecto a los pechenegos o polovicianos).

3º) La consiguiente reinserción de los restablecidos minifundios al hasta entonces acotado sistema de producción agrícola (que se había reducido a Egrisi y Abkhazia), lo que redundó en un aumento de la actividad económica con la consiguiente percepción de mayores impuestos por parte del fisco.

         En el plano arquitectónico, la obra de Davit IV también justificó su apodo de “el Edificador”. El rey se preocupó por embellecer su estado con refinadas construcciones, cuyo máximo exponente fue el complejo de Gelati, ubicado a escasos 12 kilómetros al noreste de la ciudad de Kutaisi (capital de Georgia hasta la reconquista de Tiflis, en 1122). Dicho complejo, integrado por una serie de iglesias (San Nicolás, San Jorge), un monasterio, una academia, una eremita y un hospital, había sido concebido por Davit para contrarrestar la creciente influencia del Imperio Bizantino, que por esa época retomaba el camino hacia el pináculo de la gloria, bajo la dinastía de los Comneno. En su intento por transformar a Georgia  en un centro de cultura y arte, no menos importante que Bizancio y otras ciudades de la cristiandad oriental, el rey convocó a los más prestigiosos teólogos, filósofos y doctores en leyes del país, muchos de los cuales habían estudiado previamente en monasterios del exterior o en la academia de Mangana, en Constantinopla. 


 

2.8)   El apogeo del esplendor: la gran reina Tamara.

         Davit IV fue sucedido en 1125 por su hijo Demetre I (o Demetrio I), que reinó durante  los siguientes treinta años. Y como ocurriera en Bizancio con los sucesores de Alejo I Comneno, Juan II y Manuel I, los descendientes de Davit supieron mantener los lineamientos de la política con la que el gran rey había engrandecido el reino. Así,  en 1138, los soberanos de Tiflis tomaron Gandza (Ganja), en 1161 recuperaron Ani,  Dvin al año siguiente,  y entre 1167 y 1170, Sharuban y Daruban. Sin embargo, no fue sino con Tamara (1184-1215), la biznieta de Davit, que Georgia se convirtió en una potencia de primera fila.         

         La ascensión al trono de Tamara tuvo lugar en medio de una serie de acontecimientos que iban a transformar el panorama político del Cercano Oriente, imperante desde principios del  siglo XII. En el flanco occidental, el Imperio Bizantino acababa de perder a su último gran soberano, Manuel I Comneno (1143-1180), quien pese a su derrota frente a los selyúcidas de Iconio en Miriocéfalo, había tenido la personalidad suficiente como para convertir su estado en la salvaguardia de los cristianos de Asia. Bajo Manuel I, el eterno e inacabable Imperio Romano de Oriente había deslumbrado a Occidente con el lujo de su corte y el particular encanto de la figura de su emperador. Los mismos musulmanes de Siria, Egipto y Anatolia, gobernados por personajes de la talla de Nur ed-Din, Salah ed-Din Yusuf (Saladino) y Kilij Arslán II, se habían visto obligados a respetar los estados latinos de Ultramar, engendros de la I Cruzada, por temor a la ira del basileus. Pero la desaparición de Manuel pronto les dejó con las manos libres, no solo para atacar a los francos de Tierra Santa y Siria, sino también a las mismísimas posesiones del Imperio en el Asia Menor. No fue una señal buena para Georgia, como tampoco lo fue la derrota de las fuerzas cristianas ante Saladino en la batalla de los Cuernos de Hattin, acontecida en 1187.

El encumbramiento de Saladino auguró una nueva etapa de gloria para el Islam. Visir de Egipto durante los últimos días del califato chií con sede en El Cairo y vasallo directo de Nur ed-Din, Saladino inició la unificación de los musulmanes casi sin quererlo. En 1173, preocupado porque su señor deseaba eliminarle, conquistó Sudan y tres años después Arabia meridional, en un intento desesperado por hacerse de un refugio en caso de que Nur ed-Din lanzara una invasión contra Egipto. Pero el amo de Siria murió el 15 de mayo de 1174 y Saladino, que tan cerca parecía del colapso, surgió como una estrella en el firmamento.  Y como si tamaña suerte fuera poco, el 17 de septiembre de 1176, Kilij Arslán II terminaba en los desfiladeros de Miriocéfalo con la supremacía del único poder cristiano capaz de disputarle los laureles: el Imperio Bizantino. Desde entonces los triunfos de Saladino fueron desanimando a sus enemigos y pronto hicieron palidecer los logros de sus antecesores: Zengi y Nur ed-Din. Su victoria sobre el rey de Jerusalén en Hattin, permitió a los musulmanes reconquistar la Ciudad Santa y confinar a los usurpadores francos sobre el litoral del mar Mediterráneo. El Islam festejó sus brillantes éxitos y lo saludó como su campeón.

         Cuando la princesa Tamara sucedió a su padre Giorgi III, en 1184, era evidente que soplaban vientos de cambio. Pero la nueva reina aceptó el reto con la capacidad de un experimentado estadista y el valor de un curtido soldado. Ya en 1178 había asumido interinamente el gobierno cuando su padre, asediado por una conspiración de nobles,  se había visto obligado a abdicar. En 1184, cuando debió reemplazarlo definitivamente, volvió a hacerse evidente el deseo de la nobleza por recuperar sus antiguos derechos y privilegios.

         En los inicios de la segunda etapa de su reinado, Tamara se vio envuelta en las revueltas que desataron los nobles, con la complicidad de su ministro de finanzas y de algunos miembros del clero. Los visires adictos a la reina y que, vaya casualidad, no llevaban en sus venas sangre azul, fueron removidos de sus cargos por los conspiradores. Tal fue el caso de Qubasar y de Apridon, el jefe del palacio real. Acto seguido, los revoltosos, acaudillados ahora por el ministro de finanzas, alzaron sus voces para obligar a la reina a estatuir, junto a la “Darbazi” (una asamblea de representantes de la alta nobleza secular y espiritual), un tipo de parlamento, el “Karavi”, mediante el cual pretendían limitar la autoridad del poder central. Pero Tamara no convalidó la maniobra de su ministro, aunque de hecho debió aceptar la nueva posición de la nobleza.

         No se había solucionado todavía la cuestión del Karavi cuando surgió el problema de la sucesión. Había que conseguirle un esposo a la reina para que engendrara un heredero, y la Darbazi resolvió que el mejor partido era el príncipe ruso Yuri Bogolyubsky, hijo del gran duque de Suzdal, Andrei. En 1185 tuvo lugar la boda, y para decepción de Tamara, su flamante esposo no tardó en inmiscuirse en la lucha que la reina mantenía contra la nobleza. Con ello, Yuri selló su suerte. Disgustada, Tamara disolvió el matrimonio y en 1189 se casó con Davit Soslan de Osetia, pese a la oposición de algunos integrantes de la Darbazi.

         Hacia 1191 la nobleza, molesta con la política de Tamara, promovió una nueva rebelión y llamó en su ayuda al príncipe Yuri, quien a la sazón, se encontraba en Constantinopla. Yuri se colocó a la cabeza de los díscolos nobles y, pronto, la revuelta se generalizó al plegarse casi todos los señores feudales del país a las fuerzas del ex marido de la reina.  Pero Tamara no se desesperó, y apelando a los fieles cuadros de sus fuerzas armadas (aquí quedó demostrado el acierto de la política de su bisabuelo, Davit IV), venció a los insurgentes y expulsó del reino a Yuri.  

         El siguiente paso, como no podía ser de otra manera, fue la reanudación de la ofensiva contra los turcos. Hacia 1195 los georgianos marcharon una vez más a la guerra y vencieron a los musulmanes sucesivamente en las batallas de Shamkor y Vaziani. Entonces sucedió inesperadamente un acontecimiento que permitiría a Tamara extender su influencia hacia las costas septentrionales del Asia Menor. 

         En 1203 el Imperio Bizantino se debatía en su propia agonía. Había perdido vastas extensiones de tierra a manos de los Selyúcidas en Anatolia y de los serbios, búlgaros y valacos, en los Balcanes. Su situación era tanto o más desesperada que la que había heredado Alejo I Comneno  en 1081. Pero en esta ocasión existía la circunstancia agravante de que un gran ejército cruzado, manipulado por Venecia, acampaba frente a las murallas de Constantinopla a la espera de que el emperador Isaac II  Angel y su hijo, Alejo IV, cumplieran con el trato que había permitido al primero, con la ayuda de los occidentales, recuperar el trono. En esa misma época, los territorios ubicados en el litoral del mar Negro, con las ciudades cabeceras de Amastris, Sínope, Amisus, Oinea y Trebizonda, estaban gobernados por los parientes del difunto emperador Manuel I Comneno, los descendientes de su primo Andrónico  I (1183-1185). En desacuerdo con la política de los Angel (dinastía que había reemplazado a los Comneno en Constantinopla), David y Alejo, nietos de Andrónico I, solicitaron a Tamara  tropas para proclamar su independencia de Bizancio. Tamara puso a disposición de los hermanos un nutrido contingente de caballería que les permitió ocupar  las costas del mar Negro, hasta la misma Heraclea de Bitinia. De esta manera, el Imperio de Trebizonda nacía para la misma época en que la IV Cruzada tomaba Constantinopla (1204). El reino de Georgia heredaba entonces el papel de defensor de la Cristiandad oriental, que hasta ese momento había ostentado el Imperio Bizantino.

         La expansión de los georgianos bajo Tamara continuó luego hacia los emiratos musulmanes vecinos del Imperio de Trebizonda, Erzincan y Erzurum, que se reconocieron vasallos casi sin presentar resistencia. Entre 1208 y 1209,  les tocó el turno a las ciudades de Marand, Tabriz, Miyaneh, Zenjan y Kasvin, que fueron obligadas a pagar tributo,  y en el Norte, sobre el mar Negro, Nicofsia fue incorporada al reino. Los pueblos montañeses de Transcaucasia  aceptaron de buen grado la influencia  de Georgia y se convirtieron en fieles aliados de la reina de Tiflis. Cuando en 1213 Georgia estaba cosechando los frutos de los éxitos internos y externos de su soberana, murió súbitamente Tamara.

2.9)   El legado de Tamara:

         Un estado floreciente y en la cima de su esplendor, un poder fuertemente centralizado, una iglesia obediente, una próspera economía y un desarrollo social y cultural sin precedente fueron el legado que dejó Tamara a su hijo y sucesor Giorgi IV (1215-1223). Pero vayamos por parte.

         El fortalecimiento del poder central en detrimento de los señores feudales, aunque no se inició en tiempos de Tamara, se consolidó bajo su reinado. Tal fortalecimiento permitió el desarrollo de las ciudades y pueblos, gracias a que la actividad mercantil y artesanal de sus pobladores, dejó de enriquecer únicamente a los grandes latifundistas  a los que antaño habían rendido relaciones serviles. En este sentido, Tiflis y Kutaisi lideraron el proceso de crecimiento económico, seguidas de cerca por Rustavi, Gori, Artanuji, Dmanisi, Khunani, Telavi y muchas otras. Actividades tales como la artesanía, la producción de perfumes, el horneado de pan, la copia de manuscritos, la carpintería, el maleado de estaño, los trabajos en vidrio, oro, plata y cobre, el tejido y la agricultura sirvieron de pilares de la economía del reino. Algunas de estas actividades alcanzaron tal grado de refinamiento que llegaron a constituirse en artículos de exportación (engastes en oro y plata, ornamentos de oro, artículos de artesanía, materiales de construcción, etc.). La ruta comercial que unía los mercados de India, China y Persia, con el Imperio Bizantino, Rusia y Occidente pasaba precisamente por Georgia, gracias a lo cual, los artículos de lujo fabricados en el reino transpusieron fácilmente sus fronteras. Entretanto, caravanas de mercaderes procedentes de los más recónditos países, arribaban a Georgia con azúcar, textiles, seda, lana, armas, etc. Aunque no llegaron a formar una clase propiamente dicha, los comerciantes constituyeron un importante estrato social, muy apreciado por los monarcas de Kutaisi y luego de Tiflis. Pronto, ellos mismos accederían a contratar mercaderes para especializar los intercambios de la corona.

         Enriquecidos por sus pingues ganancias, los comerciantes no tardaron en establecer lazos con la aristocracia feudal y, a través de compras de títulos al estado, en convertirse inclusive en señores feudales. A poco, constituían su propia cofradía o gremio, cuyo funcionamiento copiaron a los de las repúblicas marítimas de Génova y Venecia. El representante de los comerciantes era el encargado de manejar los asuntos del gremio, controlar el tráfico de caravanas y tratar con los embajadores comerciales de otros países.  Hacia 1185 el poder de la cofradía era tal, que su máxima figura, Zankan Zorababel, participó en los arreglos matrimoniales para casar a Tamara y en la selección del novio, el príncipe ruso Yuri Bogolyubsky.

         El desarrollo del comercio fue paralelo al de la agricultura. Como en el caso del primero, las medidas para  mejorar las actividades del campo fueron adoptadas mucho antes de la ascensión al trono de Tamara, pero correspondió a ella extraer lo mejor del jugo. La amplia difusión del arado largo (favorecida por las condiciones naturales de las tierras bajas de Kakheti y Egrisi) y de otros artefactos como el azadón, la pala, la hoz y el cuchillo de poda, dieron una mayor productividad a los campos. Para el transporte de las cosechas y de los granos, fueron mejoradas las carreteras, al mismo tiempo que se perfeccionaban los medios de movilidad (trineos para la alta montaña, carros de dos ruedas para la llanura y vehículos mixtos para las zonas semi montañosas). La fertilidad de la tierra fue aumentada mediante la construcción de canales de riego y la ampliación de los existentes. La irrigación de las tierras del valle del Tiriponi y de las comarcas circundantes de Ruisi, Urbnisi, y Samggori, en Kakheti, se logró gracias a un canal que tenía casi 120 km. de largo y que fue obra de la reina Tamara (cronistas de la época aseguran que abastecía de agua a un área de 53.000 hectáreas). También fueron erigidos acueductos para llevar agua a las ciudades de Tiflis, Vardzia, Geguti y Dmanisi, lo que mejoró el nivel de vida de sus pobladores.

         Dotado de una mejor infraestructura y de nuevas técnicas y tecnologías, el campo fue sembrado preferentemente con cereales y legumbres, aunque también la viticultura recibió un tratamiento privilegiado. Los georgianos llegaron a desarrollar en esta época unas 400 variedades de uva, lo que a su vez diversificó la producción de vinos. El lino, cultivado desde la Antigüedad, siguió teniendo la importancia de antaño. Los campesinos también se dedicaron a la apicultura, y sus productos, cera y miel, engrosaron el intercambio comercial con los países limítrofes.

         En el plano cultural, el impulso dado a las artes por Davit IV “el Edificador”, rindió sus mejores réditos en tiempos de la bisnieta del gran rey. Los éxitos de Tamara inspiraron al gran poeta humanista georgiano Shota Rustaveli a escribir el poema épico “El Caballero en la piel de la Pantera” (principios del siglo XIII), donde, entre otras cosas, el autor se ocupa de encumbrar el amor y enaltecer valores tales como la amistad, la lealtad, el esfuerzo como base para la superación, el valor, la generosidad, el conocimiento, etc.:

 

“El amor es sagrado y tierno, difícil de reconocer y definir.

No está emparentado con la lujuria, sino que tiende a lo divino.

El amor es una cosa, la lujuria otra. No hay modo que ambos se mezclen.

Entre el amor verdadero y la mentirosa lujuria, yace un límite infranqueable”

(extracto 24 de “El Caballero en la piel de la Pantera”

 

         La iglesia y obras como “El Caballero en la piel de la Pantera” servirían de inspiración durante los años de opresión que sobrevendrían y mantendrían encendida la llama de la independencia, que finalmente eclosionaría a finales del siglo XX.

         Sin embargo, al auge de la cultura no habría sido posible si los soberanos georgianos, incluyendo a Tamara, no hubieran puesto énfasis en la educación de su pueblo. El sistema educativo estuvo desde un principio subordinado a los principios de la ideología cristiana. Por tal motivo las escuelas o seminarios  fueron levantados en las proximidades de los monasterios (Gelati, Opiza, Oskhi, Berta, Shatberdi, etc.). Bajo el mecenazgo del estado y encauzadas por la iglesia local, las escuelas y academias enseñaban himnografía, teología, escritura de manuscritos, leyes, etc. La influencia de Constantinopla en este sentido fue enorme. Muchos georgianos de las clases altas enviaban a sus hijos a estudiar a la capital del Imperio Bizantino, deslumbrados por el alto nivel que ostentaban las academias y seminarios de la gran ciudad del Bósforo.  El mismo Davit IV costeó los gastos de cuarenta estudiantes, que fueron internados en academias de Constantinopla, al decir del cronista armenio Vardan Bardzmerts, “para ser instruidos en el lenguaje y traer de vuelta traducciones hechas por ellos mismos en aquellas tierras”. Con la construcción del complejo de Gelati, Davit IV colocó la piedra angular del movimiento ideológico que encendería más tarde la mecha del gran renacimiento cultural de finales del siglo XII. Otros centro de irradiación de arte y cultura fueron la academia de Gremi y la de Iqalto, cuyo fundador y primer rector, Arsen Iqaltoeli, procedía de Gelati (1120).

         Como en tiempos de Davit IV y sus sucesores, Demetre I y Giorgi III, bajo Tamara también floreció la arquitectura mediante la construcción de todo tipo de edificios públicos y religiosos: canales, fortalezas, carreteras, iglesias, catedrales  y monasterios.  El diseño de las fortalezas tenía en cuenta las características del terreno en el que se erigían. Cuando se asentaban sobre piedra adquirían un aspecto tan impresionante que parecían una sola estructura (Khertevisi, Tmogvi, etc.). La importancia dada a la construcción, remodelación y reacondicionamiento de fuertes, tenía relación directa con la trascendencia que iba adquiriendo el comercio: en breves palabras, había que proteger las rutas de  caravanas que usaban a Georgia como nexo entre Oriente y Occidente.

 

2.10) La cuesta abajo: khwarismianos y mongoles.

         Lo malo de llegar a la cima es que hay más probabilidades de iniciar el camino de descenso que de mantenerse en su vértice haciendo equilibrio. Le sucedió al Imperio Bizantino, primero tras Basilio II y después, tras Manuel I Comneno, y le ocurriría también al reino de Georgia. La diferencia con el caso bizantino, es que la grandeza conseguida por éste fue, en ambos casos (períodos pos Basilio y pos Manuel), minada por factores internos: corrupción generalizada, gobernantes ineptos, debilitamiento del poder central, fortalecimiento de los grandes propietarios, privilegios de la Iglesia, etc. Las razones de la decadencia de Georgia hay que buscarlas por otro lado. Si hubiera sido por la mentalidad de los soberanos georgianos y por su habilidad para gobernar, el país del Cáucaso hubiera perdurado varios siglos más. Pero el  sucesor de Tamara, su hijo Giorgi IV (1215-1222), tuvo la mala fortuna de que, a poco de iniciar su reinado, aparecieron en las fronteras las primeras avanzadas de los temibles mongoles.

         Las vicisitudes entre khwarismianos y mongoles, que les habían llevado a enfrascarse en una sangrienta lucha por el dominio de Asia central, pronto alteraron la relación de fuerzas en el Cercano Oriente.  En 1220 los mongoles ya habían derrotado reiteradamente a las fuerzas khwarismianas, cuando Gengis Khan  comisionó a Subotai y Chepé Noyon para capturar al líder de las mismas, Mohammed Sha. Los lugartenientes del gran khan, saliendo desde Samarcanda en abril, condujeron a sus veinte mil hombres hacia el Sur.  Sin poder prender a Mohammed, que acabaría muerto en la soledad de una isla del mar Caspio, Subotai y Chepé Noyon se dirigieron hacia Azerbaiján, ignorando la suerte corrida por el primero. En el Kurdistán, Subotai engrosó sus tropas con el aporte de milicianos nativos, tras lo cual, sitiando y saqueando las ciudades que hallaba a su paso, ingresó a Georgia desde Tabriz, cuyo emir consiguió salvar la ciudad dinero mediante.

         Cuando el rey Giorgi IV fue puesto al tanto de la situación, reunió a todas las levas del reino, nobles incluidos, y marchó para enfrentar a los invasores. Subotai y Chepé Noyon, que estaban informados de los movimientos del enemigo, prepararon a los georgianos una emboscada al Sur de Tiflis.  En uno de los extremos del extenso valle que conduce a la capital, el segundo se ocultó con una parte del ejército, mientras que Subotai, fingiendo una desesperada retirada, atraía hacia él al desprevenido rey de Georgia.

         Al espolear sus caballos para perseguir a los mongoles, la caballería georgiana lo hizo con la ingenuidad de quien  se cree vencedor sin haber peleado aún. Al llegar al extremo del valle adonde se había preparado la emboscada, los cinco mil hombres de Chepé Noyon abandonaron sus escondites y cayeron sobre los horrorizados cristianos. En la batalla de Junani, además de perder la fama de invencibles que se habían ganado en el último siglo, los georgianos vieron con estupor como el poderío del reino se derrumbaba como un castillo de naipes.

         La muerte de Giorgi IV, acaecida en enero de 1223, fue un golpe terrible para los georgianos. Inmediatamente, el gobierno del reino fue asumido por la hermana del difunto monarca e hija de Tamara y Davit Soslan, Rusudan (1223-1245), de 41 años de edad. Para darnos una idea de la situación que halló Rusudan tras Junani podemos echar mano al ejemplo del Imperio Bizantino tras Manzikert o Miriocéfalo: el prestigio seguía flotando como una aureola sobre el derrotado estado, pero su sustento había quedado hecho añicos en una sola batalla.

         A poco de asumir el poder, la sucesora de Giorgi IV realizó cuanto estuvo a su alcance para recomponer la situación del reino, pero el daño era irreparable. Cuando parecía que los mongoles iban a concederle algunos meses de respiro, hicieron su aparición las hordas khwarismianas de Jelal ad-Din, hijo de Mohammed Sha, quien habiendo abandonado su exilio en la India, intentaba reconstruir el estado de su padre.

         En 1225, luego de conquistar la meseta persa, Bagdad y Azerbaiján, Jelal ad-Din condujo a su mesnada  contra Georgia. Rusudan le opuso lo mejor de sus tropas, pero en Garnhi, como antes en Junani, la caballería georgiana volvió a sucumbir ante las fuerzas más numerosas de los turcos nómadas de Khwarizm. Pronto, la derrota de Garnhi se convirtió en calamidad para los cristianos. Jelal ad-Din, sin oposición, invadió la mitad oriental del reino, ocupó Tiflis (4) y se anexionó todas las tierras ubicadas en el valle del río Kura (5). Rusudan no tuvo más remedio que llevar su capital nuevamente a Kutaisi y conformarse con reinar momentáneamente sobre Egrisi y Abkhazia.

 El colapso definitivo del estado de Jelal ad-Din a manos del general mongol Chormagan, en 1232, no supuso ninguna ventaja para los georgianos, ya que el lugar de los khwarismianos fue rápidamente ocupado por los sucesores de Gengis Khan. En 1236, el propio Chormagan invadió Georgia, conquistó Tiflis (que había vuelto a las manos de Rusudan tras la caída de Jelal ad Din) y sometió Albania, Iberia, Osetia y Alania, además de las tierras de los lezgins. Siete años después Rusudan puso fin a las tensiones, pactando con los mongoles un acuerdo que le permitió salvar parte del país. Según sus términos, Davit Narin VI (1245-1293), su hijo y sucesor, conservaría el reino y lo gobernaría bajo la soberanía mongólica. Pero Rusudan debía, además, colaborar con tropas en cada invasión mongola, en su nueva condición de vasalla, obligación que también estarían obligados a  cumplir sus sucesores (6).

Al producirse la muerte de Rusudan en 1245 surgió, pese a los tratados con los mongoles, el problema de la sucesión. Había dos pretendientes al trono: el mencionado Davit Narin “el Joven” y Davit Ulu VII “el Viejo” (1257-1270), que era hijo de Giorgi IV, el fallecido hermano de Rusudan. El problema fue resuelto finalmente por los mongoles, quienes dispusieron que el reino fuera dividido entre los primos hermanos. De esta manera se sentaron las bases para la futura disgregación de la unidad georgiana, por la cual tanto habían batallado Bagrat III y sus descendientes (7)

2.11) De los mongoles a los otomanos: los años de penumbra.

         Los mongoles causaron un daño irreparable a la economía de Georgia. Si bien bajo su poderío, Asia conoció la “pax mongola”, las devastaciones, las matanzas y los altos tributos destruyeron la agricultura, el comercio y la producción artesanal del reino. Los acueductos se deterioraron, la irrigación de los campos padeció por falta de mantenimiento de los canales de riego,  muchos poblados quedaron en ruinas o semi abandonados, los centros de estudio y academias se resintieron, las actividades mercantiles pasaron a manos de comerciantes extranjeros, y gran parte de las riquezas, en lugar de engrosar las arcas de Georgia, siguieron de largo hacia la corte de los khanes.

         Hubo, no obstante, varias tentativas por recobrar la independencia. Algunas terminaron  desastrosamente como la de Demetre II el Mártir (1271-1289), que murió en el intento y fue canonizado por la iglesia georgiana. Pero otras alcanzaron resultados duraderos. La más efectiva tuvo lugar bajo el reinado de Giorgi V el Brillante (1314-1346) y se inició cuando éste se negó a pagar el tributo acostumbrado. Giorgi V expulsó a los mongoles del país y se anexó Georgia occidental Sus medidas tendientes a mejorar la economía, incluyeron el establecimiento de relaciones comerciales con Bizancio, Génova y Venecia. Serían  precisamente las embarcaciones de los mercaderes occidentales las que depositarían la peste bubónica en los puertos georgianos del mar Negro, alrededor de 1348.

         Pero nuevamente hacia el último cuarto del siglo XIV, los mongoles, dirigidos ahora por Timur-i-Lang,  volvieron a la carga para reunir los restos del antiguo imperio de Gengis Khan. Entre 1386 y 1403, Timur atacó ocho veces Georgia, destruyendo el incipiente renacimiento económico y social que el país vivía desde los días de Giorgi V el Brillante. Las devastaciones que ocasionaron  los mongoles en esta ocasión fueron mucho peores que las de antaño: los campos fueron asolados, las viñas incendiadas, los canales de riego destruidos, los monasterios y fortalezas derruidos, las iglesias mancilladas, la población asesinada... nada se salvó.

         Para colmo de males, el 29 de mayo de 1453 se extinguió el Imperio Bizantino y en octubre  de 1461, su Imperio hermano de Trebizonda. A finales del siglo XV Georgia era una isla cristiana en medio de un océano islámico. La decadencia se agravó con el enquiste de los conquistadores de Constantinopla a cada lado del Bósforo. El comercio dejó de fluir en Georgia, la economía colapsó definitivamente y el país se dividió en tres reinos y un principado, Kartli, Kakheti, Imereti y Samtskhe, subdivididos a su vez en pequeños estados que apenas reconocían la autoridad de sus respectivos soberanos. Las fuerzas centrífugas eran de tal magnitud que inclusive el reino de Imereti se vería obligado a reconocer la independencia de sus antiguas provincias, Odishi, Svaneti, Abkhazia y Guria.

         Durante el siglo XVI Georgia asistió como mera espectadora a la lucha por el control del Cercano Oriente, que se desató entre el Imperio Otomano e Irán. Para entonces el poder de los señores feudales, llamados tavads o tavadis, era tal, que cada uno manejaba la administración de los impuestos y de la justicia en sus respectivos feudos. Lejos de la unificación, con el campesinado más atado a la gleba (excepto en las montañas) y las antiguas clases de mercaderes y artesanos reducidas a su mínima expresión, Georgia fue repartida en 1555, tras la Paz de Amasea. Los otomanos se quedaron con la mitad occidental y los iraníes, con la oriental, pese a la heroica resistencia que opusieron los reyes de Kartli,  Luarsab I (1534-1558) y Simón I (1558-1600) (8).

         Las disputas entre ambos estados continuaron en los primeros años del siguiente siglo, con suerte diversa. Al principio el Sha de Irán, Abbas I, logró expulsar a los turcos de  Kartli y Kakheti pero en 1609, Ahmed I (1603-1617), invadió Kartli con la ayuda de los tártaros de Crimea, aunque pudo ser contenido por  Luarsab II (1606-1615). En 1616, aprovechando la muerte de Luarsab, Abbas I regresó a las tierras del Cáucaso y las asoló con singular crueldad. Las iglesias, los monasterios y los palacios fueron saqueados, las fortalezas reducidas a cenizas, los huertos y viñedos arrasados. Los cronistas de la época cuentan que alrededor de 100.000 georgianos fueron encadenados y conducidos a Irán (donde aún hoy pueden encontrarse sus descendientes en la provincia de Fereidan).

         Con Georgia sometida, el Sha de Irán se concentró a continuación, en minar el sentimiento de nacionalidad de sus habitantes. Sabía que sus mejores posibilidades estaban en tratar de islamizar el país mediante el establecimiento de inmigrantes turcomanos entre las fincas de los campesinos cristianos. La resistencia no tardó en  organizarse, y si bien, tuvo su momento de gloria tras la victoria de Martqopi, los iraníes consiguieron neutralizarla poco tiempo después, cuando se tomaron revancha en  Marabda. Con las manos libres, el Sha Abbas II finalmente pudo conducir a 80.000 turcomanos y radicarlos en Kakheti, ante el descontento y la indignación de los cristianos nativos (1659).

 

2.12) En busca de la protección de los zares:        

         Las calamidades padecidas a manos de los turcos otomanos y de los iraníes, empujaron a los georgianos cada vez más a las manos de los rusos. Aunque ya se habían establecido en el pasado contactos entre éstos dos pueblos (recordar el casamiento de Tamara con el príncipe de Suzdal Yuri Bogolyubsky), el primer pedido formal de ayuda de los monarcas georgianos fue realizado a mediados del siglo XVI, en tiempos del zar Iván IV el Terrible (1530-1584). Los rusos aceptaron de buen grado, alentados por sus recientes triunfos sobre los khanatos de Kazán (1438-1552) y Astrajan (1466-1556), y enviaron destacamentos para defender el reino de Kakheti. Pero primero las quejas y después las amenazas del Sha de Irán obligaron al rey Levan (1520-1574) a repudiar la ayuda rusa.

         Un intento más serio de acercamiento tuvo lugar en la primera mitad del siglo XVIII. Vakhtang VI, rey de Kartli entre 1703 y 1724, solicitó la protección del zar Pedro I el Grande (1672-1725) a los fines de expulsar de sus territorios a los iraníes. El Imperio Ruso se perfilaba entonces a convertirse en una potencia mundial, y le interesaban sobremanera las tierras allende el Cáucaso. En 1722 Pedro I hizo público su deseo de unirse a los georgianos y a los armenios en una campaña contra Irán, pero a último momento problemas domésticos le obligaron a permanecer en sus dominios. Georgianos y armenios, reunidos cerca de Ganja, descubrieron tarde que el zar les había dejado plantados. Enterado de las aventuras de sus díscolos vasallos, el Sha de Irán resolvió deponer a Vakhtang y elevar en su lugar a Constantine (1722-1733), soberano de Kakheti. Constantine hizo efectivo el mandato de su señor, gracias a la ayuda de mercenarios de Daguestán, que le permitieron tomar Tiflis en 1723. Vakhtang debió refugiarse primero en Shida y el 15 de junio de 1724 se exilió con su familia y sus principales colaboradores en Rusia. Previamente los rusos se habían repartido Georgia con los turcos, quedando los primeros en posesión del litoral del Mar Caspio y los segundos de Iberia oriental, Armenia y Azerbaiján. De modo que entre 1727 y 1744 Georgia se quedó sin reyes nativos.

         En la segunda mitad del siglo XVIII emergieron dos reinos de los antiguos territorios de Georgia. En el Este, Kakheti y Kartli, bajo la dirección de Erekle o Heraclius II (1744-1798) y en el Oeste, Imereti, gobernado por Salomón I (1751-1784). Ambos monarcas acordaron una alianza en 1758, pero en ningún momento dejaron de enviar embajadas a Moscú, para asegurarse el apoyo ruso.

         Hacia 1768, al estallar el conflicto ruso-turco, los georgianos se pasaron como un solo hombre al bando eslavo. Al año siguiente una fuerza conjunta atacó la fortaleza turca de Akaltzikhé, en el Cáucaso menor, pero en la batalla por la posesión de Atsquri, el general ruso Todtleben abandonó el campo, dejando a los georgianos solos en la lucha. En 1774, turcos y rusos firmaron la paz y en el tratado, los rusos reconocieron la soberanía de los primeros sobre Imereti.

 

2.13) Protectorado ruso y anexión: de provincia imperial a república soviética.

         El 24 de julio de 1783 consciente de la fragilidad de su situación frente a los enemigos islámicos, Erekle II acudió a Catalina II la Grande (1762-1796), que por entonces pregonaba  el restablecimiento del Imperio Bizantino mediante la conquista de Constantinopla y de Santa Sofía. Los dos soberanos firmaron el tratado de Georgievsk,  según el cual Georgia (excepto Imereti) se convertía en un protectorado de Rusia. Pero una segunda guerra turco-rusa estalló en 1787, obligando a la emperatriz a retirar sus tropas del Cáucaso. La ocasión fue aprovechada por Agha Mohamed Khan, Sha de Irán, quien con una fuerza de 35.000 soldados invadió el país, derrotó a Erekle II en Krtsanisi, tomó Tiflis y asesinó a gran parte de la población (1795).

         La debilidad subsecuente obligó al sucesor de Erekle, Giorgi XII (1798-1800), a pedir a los rusos la renovación del tratado de 1783, principalmente para detener las razias de los saqueadores daguestanos. Pero la respuesta que llegó de San Petersburgo fue tan sorprendente como decepcionante: el zar proclamaba en 1801 la anexión de Georgia oriental a Rusia, firmando con ello el certificado de defunción del reino de Kartli y Kakheti. Diez años más tarde, Imereti corría la misma suerte, ante la mirada impotente de los turcos otomanos. Convertida en provincia imperial, Georgia se liberó finalmente del yugo musulmán.

         Bajo el régimen zarista, los territorios del Cáucaso experimentaron profundos cambios sociales y económicos. El viejo reino fue dividido en distritos o “uezds”, gobernados por oficiales rusos que debían hacer cumplir la ley y el orden. La opresión a que fueron sometidos los campesinos, provocó sendos levantamientos populares entre 1804 y 1830, pero todos terminaron aplastados por las fuerzas imperiales.

         En la década del 30, el país asistió a un mejoramiento de su situación socio-económica. A la vez que se terminaban de liberar las últimas regiones de manos del Islam (Poti, Akhaltsikhk, Akhalkalaki y Saingilo), nuevas relaciones de producción iban tomando forma, determinando la gradual desaparición de la servidumbre. Pero nuevas revueltas campesinas hacia 1841 y 1856, fueron castigadas con la abolición de los principados supervivientes de Mingrelia (1857), Svaneti (1858) y Abkhazia (1864) y la instauración de una política colonialista, tendiente a rusificar las tierras cultivables del litoral del Mar Negro. Tal política fue rigurosamente implementada en las tierras de Abkhazia y hoy Georgia sigue pagando sus consecuencias a través de esporádicos movimientos independentistas, dirigidos por los abjasianos.

         Con el advenimiento del comunismo en Rusia, el régimen zarista dio paso al régimen soviético. En Georgia, la caída del imperio de los zares fue aprovechada por un concilio nacional para proclamar la independencia, que de hecho fue reconocida  por los bolcheviques en un tratado firmado el 7 de mayo de 1920. Pero tan solo siete meses más tarde, las fuerzas de Lenin invadieron el país y entraron en Tiflis, suprimiendo la soberanía de los georgianos. La ascensión al poder en la Unión Soviética de José Vissarionovich Stalin, acontecida en 1924, no benefició en nada a Georgia, pese a que el sucesor de Lenin había nacido en la misma Tiflis.

2.14) La República de Georgia:

         Después de padecer horribles ejecuciones  (en 1924 fueron asesinados no menos de 5.000 georgianos por el régimen comunista), sufrir las consecuencias de la depresión económica de 1930, y perder 300.000 soldados en la II Guerra Mundial, el parlamento de Georgia declaró la independencia, el 9 de abril de 1990, poco después de la caída del muro de Berlín. El primer presidente, Zviad Gamsakhurdia pronto se manifestó como un gobernante intolerante e incapaz, salpicado por numerosos casos de corrupción.  Sus tendencias totalitarias, combinadas con la creciente oposición surgida hacia su persona en todos los estratos sociales, fueron su perdición. Una rebelión militar en el invierno de 1991-1992 le obligó a dejar el poder y abandonar Georgia. En octubre de 1992, Eduard Shevardnadze triunfó en las elecciones con una mayoría aplastante y se convirtió, acto seguido, en presidente del Parlamento de la república. El 24 de agosto de 1995 Georgia adoptó una nueva constitución y en las elecciones presidenciales que se realizaron poco después, volvió a imponerse Eduard Shevardnadze.

         En la actualidad, la República de Georgia posee una población de 5.500.000 habitantes (aproximadamente), de los cuales, 70% es georgiano, 8% armenio, 6.4% ruso, y el resto se reparte entre abjasianos, osetianos, azeríes, griegos, ucranianos, kurdos, judíos, etc. La capital es Tiflis, con 1.265.000 habitantes. Entre las mayores ciudades se encuentran, además de Tiflis, Kutaisi (235.000), Rustavi (159.000), Batumi (136.000) Sokhumi (119.000), Gori (69.000), Poti (50.000), Zugdidi (47.000) y Tshinvali (42.000). El idioma oficial es el georgiano, aunque también se habla el osetiano, el ruso y el abjasiano. Los habitantes son en su mayoría ortodoxos (75%, repartidos entre georgianos –65%– y rusos –10%–); el 10% es musulmán, el 8% apostólico armenio, y el resto católico apostólico romano y judío.

 

3)      Notas bibliográficas:

(1) Acorde con las fuentes, la iglesia georgiana fue fundada por el Santo Apóstol Andrés, quien bendijo la creación del primer episcopado del país con sede en Atskuri.

(2) Dice la leyenda acerca de la fundación de Tiflis, que el rey Vakhtang I Gorgasali estaba cazando en el bosque cuando súbitamente su halcón se lanzó en picada sobre un faisán. El ave herida cayó sobre una vertiente (el río paradisíaco que en el folclore hebreo tradicional estaba asociado con Alejandro el Grande) y haciendo sonidos y reponiéndose, volvió a volar. Viendo ésto, Vakhtang ordenó construir en el lugar una ciudad.                               

 (3) Abuzgia era el territorio georgiano ubicado al norte del río Kodori. De sus antiguos pobladores, los Abjaz-Adighe, surgirían los modernos abjasianos.

(4) Acorde con algunos cronistas de la época, los khwarismianos pasaron a cuchillo a unos 100.000 habitantes de Tiflis, lo cual parece exagerado si consideramos que, en el mejor de los casos, en 1225 la población de la capital de Georgia apenas superaba esa cantidad.

(5) En 1228 Rusudan intentó recuperar infructuosamente las provincias perdidas del reino. La nueva derrota significó el ocaso de Georgia como avanzadilla nororiental de la Cristiandad frente al Islam (Steven Runciman, “Historia de las Cruzadas”, vol. 3, pág. 234).

(6) Cuando los mongoles conquistaron Bagdad en 1258, los regimientos de caballería georgianos que servían en su ejército bajo el mando de Hulagu, mostraron un ensañamiento con la población musulmana digno de los días de la I Cruzada. Parte de los 80.000 habitantes que perdieron la vida tras el asalto a la ciudad, perecieron degollados en sus manos. Dos años después de la conquista de Bagdad, la caballería georgiana también resultó determinante en la captura de Mayyafaraqin.                             

(7) En 1259, Davit Narin se rebeló contra los mongoles, molesto por el elevado tributo que su reino debía pagar anualmente. Consciente que la represión mongólica no tardaría en llegar, Narin se trasladó a Georgia occidental, donde proclamó su independencia. Entretanto, Davit VII Ulu permaneció en la parte oriental del reino, que gobernó siempre bajo la tutela de los ilkhanes de Persia (y donde habrían de sucederle sus descendientes). De esta manera, la división de Georgia se formalizaba, ruptura mediante.

(8) Una alianza con Rusia e Irán, alentó al rey de Kartli, Simón I, a atacar a los turcos a finales del siglo XVI. Sus tropas consiguieron capturar el fuerte de Gobi, pero la rápida reacción del sultán  le impidió a los armenios explotar la situación. En 1599 Mehmet III (1595-1603), envió a lo mejor de sus tropas para conjurar la amenaza, y en la batalla de Nakhiduri, los georgianos fueron vencidos y su rey hecho prisionero.

 

 

4)      Notas del autor:

Kartli: Georgia central, Iberia.

Kartlis: íberos, habitantes nativos de Georgia central.

Kakheti: Georgia oriental. Telavi fue la capital del reino entre los siglos XVI y XVIII.

Imereti: Georgia occidental.

Mtkvari: nombre georgiano del río Kura.

Sakartvelo: nombre que se da en el lenguaje nativo a Georgia.

Lazi, Lazika o Lazistán: Egrisi (antiguo reino de los Colchis). Kólchida.

Egrisi-Abkhazia: Georgia noroccidental (entre los ríos Bzipi, al Norte, y Rioni, al Sur).

Albania: nombre de la región ubicada al Este de Kakheti, habitada por los albanos.

Mingrelia: porción de territorio ubicada al Norte de Adzharia.

Trebizonda: Trapezunta de la Edad Antigua. Actual Trabzon.

Daguestán: territorio al Oeste del Mar Caspio, comprendido entre los ríos Terek, al Norte, y Kura (al Sur)

Tiflis: Tbilisi, capital de Georgia.

Azeríes:  habitantes de Azerbaiján.

Osetianos: alanos.

5)      Elenco de reyes y soberanos.

REYES DE KARTLI O IBERIA (322 a.C. a 786 d.C.)

322 a.C.:    Samara

322-302:    Ason

302-237:    Parnavaz

237-162:    Saurmag

162-112:    Mirvan I

112-93:      Farnadjom I

93-81:        Arshak I                                                                                Dinastía Arashakuniana

81-66:        Artack

66-33:        Bartom

33-23 a.C: Mirvan

23-2 a.C:   Arshak II

2-1 d.C.:    Adreki

55-72 d.C. Bartom II y Qartam                                                               Período de los dos reyes

72-87 d.C. Farsman I y Kaeos

87-103:      Armazel y Azork

103-113:    Derok y Amzasp

113-129:    Mirdat y Farsman II

129-132:    Adam

132-182:    Farsman III

182-186:    Amzasp II                                 

186-213:    Rev                                                                                        Dinastía Sasánida

213-231:    Vache

231-246:    Bakur

246-262:    Mirdat II

262-265:    Asfagur

265-342:    Mirian                                                                                   Dinastía Cosroeiana.

342-364:    Bakur I

364-379:    Mirdat III

378-393:    Varaz Bakar II

393-405:    Mitridat

405-408:    Farsman IV

408-410:    Mirdat IV

410-434:    Archil I

434-446:    Mirdat V

446-502:    Vakhtang I Gorgasali

502-514:    Dachi

514-528:    Bakur II

528-542:    Farsman V

542-557:    Farsman VI

557-560:    Bakur III

575-600:    Gvaram                                                                                 Dinastía Bagrátida

600-619:    Stephanoz I

619-639:    Adarnase

639-663:    Stephanoz II

663-668:    Mir

668-718:    Archil II

718-786:    Ioanne

 

REYES DE KARTLI y TAO-KLARJETI (786-1008)

786-836:    Ashot I                                                                                 continua Dinastía Bagrátida

836-876:    Bagrat I

876-881:    Davit I

971-891:    Gurgen I Kuropalates

888-923:    Adarnase II

923-937     David II

937-954:    Ashot II
954-958:    Sumbath
958-961:    Adarnase III Kuropalates
937-994:    Bagrat II
1001:          Davit III el Grande 
994-1008:  Gurgen II, rey desde 1001

 

REYES DE GEORGIA  (975-1478)

975-1014:   Bagrat III                                                                             continua Dinastía Bagrátida

1014-1027: Giorgi I
1027-1072: Bagrat IV
1072-1089: Giorgi II
1089-1125: Davit IV Aghmashenebelis, el Constructor
1125-1156: Demetre I
1155-1155: Davit V
1156-1184: Giorgi III
1184-1213: Tamara
1213-1222: Giorgi IV Lasha
1222-1245: Rusudan
1245-1292: Davit VI el Joven (Davit VI Narin; junto con David VII Ulu)
1247-1270: David VII Ulu o el Viejo
1270-1288: Demetre II Tavdadebuli, el Mártir
1289-1292: Vakhtang II
1293-1311: Davit VIII
1302-1308: Vakhtang III
1299-1346: Giorgi V el Brillante
1311-1313: Giorgi VI
1346-1360: Davit IX
1360-1393: Bagrat V el Grande
1393-1407: Giorgi VII
1407-1411: Constantine I
1412-1443: Alexandre el Grande
1443-1446: Vakhtang IV
1446-1466: Giorgi VIII
1466-1478: Bagrat VI de Iberia y I de Imereti

REYES DE KARTLI O IBERIA (1479-1762)

1479-1505: Constantine II
1505-1525: Davit X
1525-1534: Giorgi IX
1534-1558: Luarsab I
1558-1601: Simón I
1564-1579: Davit XI
1601-1606: Giorgi X
1606-1615: Luarsab II (martirizado por los iraníes)
1615-1619: Bagrat VII
1619-1631: Simón II
1632-1658: Rostom
1658-1675: Vakhtang V
1664-1675: Archil
1676-1688: Giorgi XI

1688-1703: Erekle I (rey de Kakheti)

1703-1709: Giorgi XI (2º vez)

1703-1716: Vakhtang VI
1719-1724: Vakhtang VI (º vez)

1709-1711: Kaikhosro
1714-1716: Levan Iesse
1724-1727: Levan Iesse  (2º vez)

1717-1719: Bagrat

1736:          Archili

1736:          Alexandre

1727-1744: Dominio turco
1744-1762: Teimuraz II (rey de Kakheti 1733-1744)

REYES DE KAKHETI  (1466-1762)
1466-1476: Giorgi VIII
1476-1511: Alexandre I
1520-1574: Levan
1574-1605: Alexandre II
1601:           Davit I
1601-1616: Teimuraz I

1623-1648: Teimuraz I (2º vez)
1688-1703: Erekle I
1703-1722: Davit II
1722-1733: Constantine
1733-1744: Teimuraz II (rey de Kartli de 1744 a 1762)
1744-1762: Erekle II

REYES DE KARTLI Y KAKHETI  (1762-1800)
1762-1798: Erekle II
1798-1800: Giorgi XII

1800-1801: Davit XII

1801-1918: DOMINIO RUSO (régimen zarista)

REPUBLICA DE GEORGIA (soviética) 1918-1990

REINO DE  IMERETI  (1466-1810)
1466-1478: Bagrat I
1484-1510: Alexandre II
1510-1565: Bagrat II
1565-1585: Giorgi I
1585-1590: Levan
1590-1604: Rostom
1604-1639: Giorgi II
1639-1660: Alexandre III
1660-1681: Bagrat III
1683-1695: Alexandre IV
1690-1699: Giorgi III
1699:           Simón
1703-1720: Giorgi IV
1720-1751: Alexandre V
1751-1784: Salomón I
1784-1810: Salomón II

1815-1918: DOMINIO RUSO (régimen zarista)

REPUBLICA de GEORGIA (soviética) 1918-1990

 

6)      Bibliografía consultada:

a)      Con traducción al castellano:

·        Rusia, de C. Goehrke, M. Hellman, R. Lorenz y P. Scheibert, 1975.

·        Atlas Histórico Mundial, de G.  Duby, 1992.

·        Historia de las Cruzadas, volúmenes I, II y III, de Steven Runciman, 1973.

·        Bizancio,  de F. G. Maier, 1974.

·        El Islam, desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio Otomano, de C. Cahen, 1972.

·        Genghis Khan, de H. Lamb, 1985.

·        Historia del Estado Bizantino, de G. Ostrogorsky, 1963 y 1984.

·        Armenia, de J. P. Alem, 1963.

·        Historia de Armenia, de E. Boré, 1838 (U.N.C.)

·        Los imperios del antiguo oriente, volúmenes I, II y III, de E. Cassin, J. Bottéro y J. Vercoutter, 1970 (vol. I y II y 1971, vol. III).

·        Las Cruzadas, de J. Lehmann, 1989.

·        La marcha de los bárbaros, de H. Lamb, 1943.

 

b)      Sin traducción al castellano:

·        The New Encyclopaedia Britannica, edition 2000 (para datos generales y biografías)).

·        The Empire of Trebizond and the Pontos, Bryer Anthony A.M., 1980.

·        The last years of the Georgian Monarchy, 1658-1832, de M. Lang, 1957.

·        Sakartvelo: The Making of the Georgian Nation, de R. G. Suny, 1987.

·        A Modern History of Soviet Georgia, de W. E. Allen, 1978.

·        Tbilisi, from the 13th to the 19th century, de J. Wright.

·        The River of the Paradise and the Legend about the city of Tbilisi: a literary source of the legend, Folklore, electronic journal of folklore.

Guilhem de Encausse

           (2003)

 Agradecimientos: 

A Suny, por su apoyo en traducciones de textos.

A Rolando, por sus permanentes palabras de aliento.

A mis hijos por su paciencia.

 Principal