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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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MISTRA
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En un abrupto promontorio de las estribaciones del Taigeto que domina todo el valle del río Eurotas, a 5 km. al noroeste de Esparta, se alzan las ruinas de Mistra, conocida también como Mistrás, su nombre actual griego. Sede del Despotado de la Morea, hoy es una ciudad fantasma donde resulta inevitable perderse en la evocación de sus glorias pasadas y echar al vuelo la imaginación entre sus desnudas paredes, sus preciosas iglesias y sus vertiginosas y espectaculares vistas, de las más hermosas que se pueden contemplar en todo el Peloponeso. |
Desde
la toma de Constantinopla por los latinos en el 1204, los francos intentaron
extenderse por toda Grecia, pero encontraron una dura resistencia en el
Peloponeso. Sólo en 1248, cuando Guillermo II Villehardouin rinde Monembasía
mediante asedio con ayuda de los venecianos, consigue reunir bajo su mando todas
las regiones que ésta controlaba: el sudeste del Peloponeso, Laconia, Maina y
las regiones eslavas del Taigeto. Para afianzar su dominio, Guillermo elige el
peñasco de Mistra, que hasta ese momento no presenta vestigios importantes de
ocupación, y comienza en 1249 la edificación una fortaleza que le serviría
como centro de control. Sin embargo, Guillermo cayó prisionero de los
bizantinos en la batalla de Pelagonia, en 1259, y en 1262, para salvar su vida
después de tres años de cautiverio, se vio obligado a entregar como rescate la
recién erigida fortaleza de Mistra junto con Monembasía y la Gran Maina.
Las tres fortalezas arrebatadas a Guillermo supondrán los puntos de partida para la reconquista del Peloponeso por los bizantinos. Así pues, a pesar de que en 1263 la sede del gobernador de las tierras recuperadas permaneció en Monembasía, el hecho de que Guillermo todavía controlara el valle del Eurotas fue lo que indujo a la población de Esparta, en continua hostilidad con los francos, a abandonar el llano y refugiarse en la fortaleza de Mistra, donde al menos podían vivir bajo autoridad griega. Paulatinamente, Mistra se fue convirtiendo en una ciudad que superaba ya con creces su primigenio concepto de fortificación militar, prueba de lo cual es el comienzo de la construcción de la Catedral en ese mismo año de 1263.
Los cargos de los gobernadores de las provincias se asignaban a miembros de la familia real o a cortesanos cercanos, pero se les reemplazaba con cierta regularidad al no durar mucho la confianza depositada en ellos. Como primer gobernador del Peloponeso, cargo ante todo militar pero que también gozaba de atribuciones civiles, fue designado un miembro de la saga de los Catacuzeno, Miguel —el que fuera bisabuelo del futuro emperador Juan VI—, que murió en un encontronazo con los francos. En 1289 se trasladó la sede del gobernador desde Monembasía a Mistra, inicio de las rivalidades entre las dos ciudades que sólo tendrían fin con la conquista otomana doscientos años después. A medida que los bizantinos habían ido arrebatando territorios francos en el Peloponeso, Monembasía se había ido quedando demasiado alejada del centro de los acontecimientos a pesar de su excelente posición como puerto y su importancia primordial como nudo de comunicaciones con la Ciudad, mientras que Mistra, perfectamente fortificada en el centro de la península, cada vez iba atrayendo a más población griega de toda la región. Hacia esa fecha hace su aparición en Mistra la figura del monje Pacomio que deja una marca indeleble en la ciudad fundando el monasterio de Brontoquio. En 1304 llega a Mistra Nicéforo Moscópulo, obispo de Creta expulsado por los latinos, quien, para limar las rivalidades entre Monembasía y Mistra, es nombrado obispo de Lacedemonia, es decir por encima de las autoridades eclesiásticas locales de las región, pero se le da sede en Mistra.
Como cuenta también la Crónica de Morea, el cargo de gobernador del Peloponeso tenía una duración aproximada de un año, pero hacia 1308 cambió este sistema. Las autoridades de Constantinopla pensaron que alargando la duración del cargo y cambiando el título de gobernador por el de ‘comisionado’, ligeramente superior, asegurarían el compromiso de fidelidad de esa región tan alejada. Por otra parte, la medida también respondía a cuestiones puramente prácticas y económicas, pues el aumento de la piratería en el Egeo cada vez hacía más difícil el envío anual de un administrador distinto con todo su acompañamiento.
El primero que ostentó el cargo según esta nueva regulación fue otro Cantacuzeno, cuyo nombre de pila no nos ha llegado, nieto de Miguel Cantacuzeno y padre de Juan VI. Este joven de 21 años no defraudó las esperanzas puestas en él por Andrónico II, pues mantuvo el cargo hasta su inesperada muerte, sobrevenida ocho años después, también en el campo de batalla.
El siguiente gobernador del Peloponeso fue Andrónico Paleólogo Asen, nieto de Miguel VIII Paleólogo, quien también supo ganarse la confianza de su tío Andrónico II conquistando para el gobierno bizantino numerosos territorios francos —Ácoba, Caritena y otras zonas de Arcadia— y consiguiendo mantener a raya a la Compañía Catalana y a los turcos. Permaneció en el cargo hasta 1322, cuando volvió a Constantinopla para tomar parte a favor de Andrónico II en los acontecimientos políticos que estaban teniendo lugar allí.
Su
marcha dejó el Peloponeso a merced de los francos, los catalanes y los piratas,
que los siguientes gobernadores no supieron detener. Sólo cuando finalizaron
los conflictos en el seno de Constantinopla y Juan Cantacuzeno asumió el cargo
de emperador como Juan VI, pudo replantearse la restauración del orden en la
región.
En
1349 el emperador Juan VI Cantacuzeno otorga a su segundo hijo Manuel el título
de Déspota y lo envía como gobernador al Peloponeso con la orden de
pacificarlo y protegerlo tanto de los francos y de las fuerzas extranjeras como
de los enfrentamientos intestinos entre los pequeños terratenientes griegos de
la zona. El inteligente y diplomático Manuel conseguirá asentar su autoridad
en la zona en relativamente poco tiempo.
Ya podemos hablar, pues, del Despotado de la Morea, región muy ligada al Imperio pero prácticamente independiente, a pesar de que los propios bizantinos no tuvieron conciencia de esta entidad tal y como la comprendemos nosotros. En ese momento, el peso específico de la administración bizantina en el Peloponeso termina recayendo en Mistra, y Monembasía, a pesar de su importancia, queda reducida casi de forma exclusiva a puerto de la sede del Despotado. Es en ese momento cuando la corte de Mistra comienza a constituirse a imagen de la de Constantinopla, manteniendo vivas las tradiciones del ritual bizantino. Los grandes personajes que rodeaban al príncipe estaban investidos de dignidades cortesanas y pertenecían a la jerarquía del Imperio, obteniendo su promoción por orden imperial. Será a partir de aquí cuando se vayan instalando en la sede del Despotado las antiguas familias aristocráticas bizantinas, con privilegios y tierras concedidos en detrimento de la nobleza terrateniente local, que siempre había funcionado de manera casi autónoma incluso bajo los francos y que nunca llegó a aceptar un gobierno griego que les impusiera obligaciones fiscales o servicios de otro tipo. Esta naciente rivalidad entre la aristocracia extranjera y los arcontes locales será el germen de futuros y continuos conflictos que conducirán a situaciones críticas.
Antes de salir de Constantinopla, Manuel había contraído matrimonio con una princesa franca de la casa Lusignan de Chipre, Isabel, quien probablemente cambiara su nombre a María después de bautizarse ortodoxa. Quizá por influencia de su esposa, Manuel siempre tuvo un trato excelente con los latinos, con quienes llegó incluso a aliarse para luchar contra los griegos insurrectos. Los latinos aceptaron con agrado vivir bajo la égida de un griego contemporizador, y a fines del siglo XIV Mistra se llena de nombres de origen occidental: Francópulo (hijo de Franco), Raúl o Frantzés (adaptación griega de Francis).
Manuel tuvo que afrontar serios problemas internos durante sus años como déspota. Su hermano mayor, Mateo, que había sido coronado coemperador junto con su padre Juan VI, se negó a ponerse bajo las órdenes de Juan V Paleólogo cuando Juan VI abdicó del poder en su favor en diciembre de 1354 y se recluyó a escribir en el monasterio de San Jorge de Manganes. Las luchas entre Juan V y Mateo finalizaron con la derrota y encarcelamiento de éste último. Aprovechándose de su situación de fortaleza y de que en ese momento la nobleza local se había levantado contra Manuel en el Peloponeso, el emperador Juan V intentó arrebatárselo mediante dos primos suyos, Andrés y Miguel Asen, que llegaron a Morea a finales de 1355 y regresaron a Constantinopla sin haber conseguido sus propósitos. Manuel tuvo que luchar contra los nobles locales y contra las tropas del emperador, pero salió victorioso gracias a sus numerosos apoyos, tanto del pueblo bajo como de los venecianos y francos de la región.
En 1361, los dos ex-emperadores, Juan VI y Mateo, visitaron a Manuel en su sede de Mistra. Como hermano mayor y ex-emperador, Mateo pretendía que Manuel le cediera el gobierno de la Morea, pero éste, hábil diplomático, consiguió convencerle de que ostentara un cargo honorífico como consejero mientras él seguía ejerciendo el poder real. Una vez instalado allí definitivamente, Mateo se dedicó a labores intelectuales y a escribir textos de contenido filosófico y religioso.
Manuel
murió en 1380 sin descendencia, pero su matrimonio con Isabel de Lusignan fue
feliz y afortunado en el sentido de que supieron crear en Mistra un espacio de
convivencia entre latinos y ortodoxos y conciliar las animosidades de las
distintas comunidades que habitaban en el Peloponeso. Consecuencia directa de
esto fue, lógicamente, un largo periodo de prosperidad y tranquilidad para el
pueblo.
Cuando ya había abandonado toda ambición de poder, Mateo se vio obligado a suceder como déspota de la Morea a su hermano Manuel. Aunque hubiera puesto el cargo a disposición del emperador Juan V con gusto, en ese momento el emperador luchaba contra su hijo Andrónico IV, quien le había usurpado el poder, le había encarcelado junto con sus dos hijos menores y fieles, Manuel y Teodoro, y conservaba como rehenes a su propia madre, la emperatriz Elena, y al anterior emperador Juan VI Cantacuzeno junto con su esposa y sus hijas. Fue precisamente el viejo y sabio Juan VI quien medió para que volviera a reinar la paz en la familia y, por ende, en el Imperio. Bien avanzado el año 1381 se llegó al acuerdo de que Juan V, Andrónico y Manuel compartirían el título de emperador permaneciendo el primero en Constantinopla, el segundo gobernando la Tracia y el tercero Tesalónica y lo que quedaba de Macedonia. A Teodoro se le concedió el título de Déspota del Peloponeso.
Juan VI se apresuró a viajar a Mistra para informar a su hijo Mateo del acuerdo alcanzado, quien no puso impedimento alguno y aceptó seguir gobernando la Morea con su viejo padre como consejero entretanto llegaba Teodoro. No obstante, quien sí tenía objeciones al respecto era Demetrio, hijo de Mateo, quien se consideraba el sucesor natural de su padre en el cargo. Demetrio logró poner de su parte a la nobleza griega local e incluso se ayudó de algunos piratas turcos para conseguir el control sobre casi toda la región, y cuando Teodoro llegó en diciembre de 1382, poco pudo hacer para asumir su nuevo cargo. Con su llegada, Mateo y Juan VI se retiraron de la corte. Juan murió el 15 de junio de 1383 en un monasterio cercano y Mateo sólo le sobrevivió nueve días.
Entretanto,
el Peloponeso siguió sumido en el caos. Sólo la muerte del insurrecto
Demetrio, acaecida hacia los comienzos de 1384, permitió a Teodoro ostentar por
fin el cargo que le había sido otorgado.
Teodoro tenía unos treinta años cuando fue nombrado déspota. Desde el momento de su llegada al despotado, actuó de manera completamente autónoma mientras en Constantinopla su padre, su hermano Andrónico y el hijo de éste, Juan VII, seguían luchando por el poder, pero cuando su hermano Manuel, a quien le unía un verdadero cariño fraternal, asumió el mando del Imperio en 1391, las relaciones entre la Ciudad y Mistra volvieron a ser estrechas y fluidas.
Las situaciones difíciles, los conflictos, las traiciones y las amenazas persiguieron a Teodoro desde el primer momento en que pisó el Peloponeso. Aunque lo hubiera deseado, le hubiera sido imposible llevar una política pacífica al estilo del anterior déspota Manuel Cantacuzeno. Sólo gracias a la muerte de Demetrio logró imponerse de manera provisional a los arcontes locales, cuya fidelidad jamás logró ganarse por completo, manteniéndose como foco irredento y amenazador liderado por la familia Mamonas, propietaria de toda la región de Monembasía. La Compañía Navarra había entrado con fuerza y se había ido apoderando de diversas posesiones francas y catalanas, pero no contenta con eso, intentaba ganar cada vez más territorios, obligando a Teodoro a un desgaste constante para contrarrestar su empuje.
Nerio
Acciaiuoli, señor de la ciudad y de la fortaleza de Corinto y del ducado de
Atenas, se convirtió en su mejor aliado contra los distintos enemigos, hasta el
punto de que en 1385 le ofreció a su hermosa hija Bartolomea en matrimonio con
la promesa de cederles Corinto cuando él muriera.
Por otra parte, durante estos primeros años de su despotado, Teodoro no tuvo que hacer frente aún a los turcos, e incluso contó con su ayuda en 1387 para sofocar las revueltas nobiliarias que seguían siendo intermitentes pero constantes. En 1388, incluso, Teodoro I acude al encuentro del sultán Murad, quien le confirma en el cargo de Déspota de la Morea. Confiado en los apoyos del sultán y de su suegro, en ese mismo año Teodoro I expropia Monembasía a los Mamonas como castigo y entra en hostilidades con Venecia para recuperar Argos y Nauplio, que pudo mantener mientras le duró el apoyo del sultán aunque le costara enemistarse con su suegro Acciaiouli hacia 1391.
Sin embargo, después de su victoria de 1389 sobre los servios en la batalla de Kosovo, el ahora sultán Bayaceto ya comenzó a mirar la península balcánica con otros ojos, por lo que entabló conversaciones con la Compañía de Navarra y la insumisa nobleza griega de Monembasía. En el invierno de 1393, Bayaceto citó a Manuel y a Teodoro en Serres, con quienes se comportó de manera humillante y ofensiva con toda la intención. Mandó sitiar Constantinopla y exigió a Teodoro que devolviera Monembasía a la familia Mamonas y entregara Argos a la Compañía Navarra, manteniéndole como prisionero hasta que lo cumpliera. Teodoro consiguió fugarse del campamento del sultán, lo que, junto con su negativa de entregar Argos, le hizo merecedor de castigo. En 1394, los turcos entraron en el Peloponeso arrasando todo lo que encontraron a su paso y llegaron a ocupar Monembasía. Aunque su incursión no alcanzó la región de Mistra, la situación que dejaron fue catastrófica. Abandonado ya de la protección del sultán y sin aliados, en ese mismo año Teodoro firma un acuerdo con Venecia entregándoles Argos con la única condición de que la Serenísima permitiera quedarse allí a la población griega que lo deseara, lo que provocará una dura represalia de las tropas del sultán contra los venecianos.
Por otra parte, Nerio Acciaiuoli, su suegro, no cumplió la promesa que les había hecho a su hija y a Teodoro de dejarles Corinto a su muerte, que pasó a manos de la hermana de Bartolomea, Francesca, esposa del conde Carolo Tocco de Cefalonia. Después de mil vicisitudes, Teodoro consiguió por fin hacerse con el control de tan crucial enclave en 1395 y reconstruyó el Hexamilion, la muralla que protegía la entrada al Peloponeso recorriendo el estrecho de Corinto de un lado a otro. No obstante, esto no fue obstáculo para que en 1397 los turcos volvieran a atacar la península, llevándose enormes despojos, asesinando y capturando miles de habitantes para venderlos como esclavos y arrasando todos los campos de cultivo.
En 1397, Teodoro intentó acercar sus posiciones a Venecia regalándoles Corinto a cambio de ayuda militar, pero la Serenísima no se dejó tentar con tan pequeña plaza ante los enormes problemas que podría causarle esta nueva afrenta al sultán. Justo en el momento en que Teodoro enviaba a Venecia a un legado suyo con esta propuesta, en 1399, un mensajero veneciano se encontraba en la Puerta firmando un tratado de no agresión.
Es en estos años cuando comienzan las conversaciones sobre Corinto entre Teodoro y los Caballeros de la Orden de San Juan de Rodas. Los estudiosos no se ponen de acuerdo en si aprovechando la crítica situación de Teodoro, cuyas arcas estaban vacías y no tenía ningún apoyo, los Caballeros le ofrecieron comprarle Corinto en 1397, o si fue el propio Teodoro quien se la ofreció para protegerla ante la negativa de Venecia. De un modo u otro, el déspota consultó con su hermano Miguel y su cuñada Elena y en el 1400 los Caballeros ocuparon Corinto de pleno derecho, mostrando desde el primer momento la clara intención de acrecentar sus dominios en el Peloponeso. Aumentando la presión sobre Teodoro, le obligaron a venderle Calabrita y la propia Mistra, permitiéndole de momento conservar la Arcadia y la llanura de Esparta si se retiraba en Monembasía. Agotado y enfermo, el déspota aceptó, pero cuando se encontraba de camino hacia su retiro, el pueblo, encabezado por el obispo ortodoxo de la ciudad, se rebeló y linchó a los primeros caballeros que acudieron a Mistra para asumir su gestión. Teodoro regresó a su sede apoyado por su pueblo e impelido por las advertencias del sultán, quien le volvió a amenazar con nuevos ataques si no conseguía mantener a la Orden lejos del Peloponeso. Después de varios años de tensiones y de intensas relaciones diplomáticas en las que resultó decisiva la intervención de Manuel II, los caballeros de la Orden desistieron de toda pretensión territorial en el Peloponeso, que abandonaron en 1404 después de que Teodoro les devolviera el dinero que habían pagado más una cantidad añadida en concepto de indemnización (48.500 ducados en total).
Exhausto y desesperanzado, renunció al cargo de déspota en 1407 y adoptó los hábitos monacales con el nombre de Teodoreto. Murió pocos días después y fue enterrado en la iglesia de la Hodiguitria de Mistra donde se conserva aún su retrato. Su unión con Bartolomea quedó sin descendencia, y sólo consiguió tener una hija, engendrada fuera del matrimonio. Su hermano, el emperador Manuel II, le dedicó un emocionado discurso fúnebre, texto que, aunque retórico y lleno de lugares comunes, conmueve profundamente por dejar traslucir el amor que los dos hermanos se tenían, y resulta también una valiosa fuente de información para analizar los acontecimientos que tuvieron lugar en el Imperio y en el Despotado durante esta agitada época.
Teodoro II Paleólogo (1407-1427)
A la muerte de Teodoro I, el único territorio de cierta envergadura que le quedaba ya al agonizante Imperio eran las regiones del Peloponeso bajo dominio bizantino. En estas condiciones, no resulta extraño que Manuel II sintiera una gran necesidad de mantener bajo control el Despotado, por lo que cuando le llegó la noticia de la muerte de su hermano, designó a su segundo hijo, también llamado Teodoro, para que le sucediera.
En 1407, cuando su padre lo envió a Mistra para hacerse cargo del Despotado, Teodoro tenía unos doce años de edad, por lo que su regencia corrió a cargo de Manuel Francópulo, miembro de una de las más nobles y fieles familias de la Morea —fundadora de la iglesia de la Pantanassa— quien ya había servido a Teodoro I como embajador. Junto con Teodoro aparece en Mistra el filósofo Jorge Gemisto Pletón, hombre de plena confianza de su padre, alejado de Constantinopla por las controversias que sus teorías provocaban y enviado allí para que actuara como consejero del joven. Al año siguiente, en cuanto pudo abandonar la Ciudad durante un tiempo, Manuel II acudió a la Morea para asegurarse de que su hijo se encontraba en buenas manos y de que la levantisca nobleza griega de la región acataba su gobierno.
A comienzos del despotado de Teodoro II el asfixiado Imperio vivió unos veinte años de relativa tranquilidad que el joven déspota empleó en aprender el ejercicio del poder y formarse intelectualmente. El sultán fue derrotado por Tamerlán en la batalla de Ankara en 1402 y en las luchas intestinas por el poder entre los hijos de Bayaceto, Manuel II apoyó afortunadamente a Mehmet I, que se alzó victorioso en 1413, por lo que el avance turco se vio, al menos temporalmente, frenado. Manuel II aprovecha esta calma pasajera para abandonar la capital y visitar en 1414 a su hijo Andrónico en Tesalónica y a su hijo Teodoro en la Morea en 1415, donde permaneció cerca de año y medio para intentar poner en orden los asuntos del Despotado debido a que la situación interna era difícilmente controlable. La gran aristocracia feudal no estaba dispuesta a soportar la soberanía de un príncipe sin poder. Los impuestos eran recaudados a duras penas, los campesinos preferían refugiarse en territorios extranjeros como las colonias venecianas, donde para atraer mano de obra se ofrecían exenciones fiscales, antes que pagar gravosos impuestos que les eran cobrados sólo a ellos. Entre la aristocracia cortesana la situación no era mejor: tenemos incluso el ejemplo de un tal Jorge Eudemonoyanis, con el cargo de gran estratopedarca de Teodoro II, que tenía toda su fortuna depositada en Corón y Modón, por supuesto, en moneda veneciana, ya que la devaluada moneda bizantina de los últimos tiempos de los Paleólogos no inspiraba confianza alguna.
Decidido a mantener el Peloponeso al precio que fuera, a su paso por Corinto, el emperador ordenó volver a levantar el destruido Hexamilion para proteger la península de un posible ataque turco, lo que provocó las iras de la nobleza griega local por el impuesto extraordinario que se le exigió. Los arcontes más rebeldes llegaron incluso a intentar demoler la muralla, por lo que Manuel tuvo que enfrentarse a ellos y consiguió ahogar la revuelta en Calamata, ganarse el respeto de todos y afianzar momentáneamente la autoridad de su hijo.
Por otra parte, en su intento de estrechar los lazos con occidente, Manuel buscó esposas latinas para todos sus hijos con el compromiso de que no se les obligaría a abrazar la Ortodoxia. A Teodoro le tocó en suerte Cléope Malatesta, pariente del papa Martín V, con quien se casó en 1421. Después de unos primeros años de desencuentros, en los que el neurótico Teodoro no cesó de expresar su deseo de tomar los hábitos, Cléope conseguiría gracias a su belleza e inteligencia que su matrimonio con el déspota fuera una unión feliz bajo cuya égida se reunieron los más brillantes eruditos y artistas del momento, atraídos además por la figura de Jorge Gemisto Pletón. Tuvieron sólo una hija, Elena Paleóloga, que más tarde se casaría con Juan II Lusignan, rey de Chipre.
La precaria calma que vivía el Imperio Bizantino se rompe. También en 1421, Manuel II deja el gobierno en manos de su hijo Juan VIII y muere Mehmet I, a quien sucede su hijo Murat II. Comienzan de nuevo los ataques y las devastaciones de los turcos, a los que el Hexamilion tampoco consiguió detener y que esta vez llegaron a entrar en la propia Mistra en 1423, aunque sólo fuera con una incursión puntual. Por otra parte, las insurrecciones y los ataques de los señores latinos del Peloponeso, como Centurione Zaccaría de Acaya, la Compañía de Navarra y Carolo Tocco, que dominaba las islas jonias y una gran parte del Epiro, volvieron a convulsionar el gobierno bizantino de la península.
Mistra se convirtió en el centro de reunión de los seis hermanos Paleólogo. Juan, el hermano mayor, fue enviado allí por su padre en 1416, donde permaneció durante casi dos años ayudando a Teodoro y adquiriendo experiencia como gobernante a la vez que ayudó a su hermano a conquistar la mayor parte de la Acaya latina de Centurione Zaccaría. En 1418 Manuel envió también a Tomás, el hermano más pequeño, cuando todavía era muy joven, de manera que creció en el Peloponeso junto a su hermano Teodoro. Andrónico se refugió y murió en Mistra después de entregar Tesalónica a los venecianos en 1423, y también acudió allí Constantino para asumir el Despotado a instancias de su hermano Juan, ya emperador, debido a las repetidas manifestaciones de Teodoro sobre su deseo de dedicarse a la vida monástica a pesar de su matrimonio con Cléope. A Demetrio, que permanecía en Constantinopla, todavía no le había llegado su momento de protagonismo en Mistra como último déspota de la ciudad.
Teodoro, Constantino y Tomás Paleólogo (1427-1442)
Dejando Mesembria, en las costas del mar Negro, Constantino llega a Mistra en 1427. Teodoro ya se había arrepentido de su vocación religiosa, pero consintió en compartir el poder con su hermano. Constantino tomó por esposa a Teodora Tocco, sobrina de Carolo Tocco, conde de Cefalonia, uno de los más encarnizados enemigos de Teodoro, quien dio como dote a su sobrina la ciudad de Clarenza. Constantino recibió de su hermano las posesiones de Mesenia y Maina, con lo que su fortuna quedaba asegurada. Al mismo tiempo, Teodoro concedió a Tomás, el hermano más joven, una pequeña región que tenía como centro Calavrita.
En 1429 Constantino arrebata Patras de manos de los venecianos, a pesar de las reticencias de Teodoro por miedo a las represalias de la Serenísima, y, paralelamente, Tomás ataca a Centurione Zaccaría, quien, abandonado por los venecianos, ofrece a su hija en matrimonio para Tomás, otorgándole como dote las posesiones que le quedaban en Acaya.
Así pues, prácticamente todo el Peloponeso se encontraba en manos griegas, y los tres hermanos lo compartieron de forma pacífica hasta que en 1436 surgió la disputa por el trono de Constantinopla. Juan quería como sucesor a Constantino, pero Teodoro quiso hacer prevalecer sus derechos como hermano mayor. Después de fuertes disputas entre los hermanos en las que resultó decisiva la mediación de Juan VIII, Teodoro estuvo de acuerdo en que fuera Constantino quien se hiciera cargo de los asuntos del Imperio mientras Juan estuvo ausente para acudir al concilio de Florencia en 1437, gobernando él mismo la parte del Peloponeso que correspondía a Constantino. Éste regresó allí desde la Ciudad en 1441, pero debe volver al año siguiente para ayudar a Juan frente a la insurrección del otro hermano, Demetrio, que estaba en completo desacuerdo con la política unionista con occidente que estaban llevando a cabo sus hermanos. Para estar cerca de Constantinopla, Constantino se hace cargo de Selimbria, en el mar de Mármara, propiedad que pertenecía a Demetrio. No obstante, en 1443 Teodoro le propuso intercambiar Selimbria por Mistra, a lo que Constantino accedió.
Constantino y Tomás Paleólogo (1443-1449)
Ya como déspota de Mistra, Constantino mantuvo buenas relaciones con su hermano Tomás. Inició la reconstrucción del Hexamilion, destruido por la incursión turca de 1423, y animado por las conquistas de tierras a los latinos, decidió enfrentarse a los turcos preparándose para la reconquista de la Grecia continental. En 1445 llegó hasta la cordillera del Pindo, pero el triunfo fue breve. En 1446 el sultán Murat II recupera los territorios perdidos y castiga a Constantino destruyendo el Hexamilion y devastando el Peloponeso con terribles consecuencias. No parece probable que llegara a alcanzar Mistra, pero los déspotas se vieron obligados a reconocer la autoridad del sultán.
Cuando en 1448 llega la noticia de la muerte de Teodoro, Constantino ya sabe que será el sucesor de la corona imperial. Antes de emprender el camino a la Ciudad, muere el emperador Juan. Ante los recelos que la población de la capital sentía hacia Constantino por su actitud prounionista y las simpatías que Demetrio, antiunionista radical, despertaba en algunos círculos de poder, la emperatriz madre, Elena, decide que Constantino debe ser coronado cuanto antes, por lo que la coronación se llevará a cabo en Mistra. No se sabe con certeza si la ceremonia tuvo lugar en la Catedral o en Santa Sofía, la iglesia de palacio, pero el 6 de enero de 1449 Constantino se convierte en Constantino XI Paleólogo, el que sería último emperador de Constantinopla.
Tomás y Demetrio Paleólogo (1449-1460)
Una vez en la Ciudad, Constantino decide que los dos hermanos restantes compartan el Despotado de Morea. Tomás se asienta en Patras y Demetrio se queda en Mistra. A pesar de haber jurado ante su madre y su hermano una convivencia pacífica, la ficticia armonía fraternal no tardó en romperse.
Demetrio veía el avance del Turco como algo irremediable pero Tomás todavía confiaba en la ayuda de Occidente. Ante las tendencias de Tomás, Mehmet decide castigar duramente el Peloponeso en 1448, pero al menos Mistra se salvó de la devastación. Además de esto, el sultán, queriendo asegurarse de que los dos hermanos no ayudarían a Constantino en el sitio de Constantinopla, mandó a finales de 1452 una fuerza invasora que mantuviera controlada la Morea y que, paradójicamente, en 1453, después ya de la caída de la Ciudad, ayudó a los déspotas a someter a diferentes grupos de albaneses y nobles griegos insurrectos. Anulados todos los núcleos de rebeldía, los dos hermanos se sometieron humildemente al sultán consintiendo en pagar cada uno un tributo anual de 12.000 ducados que fueron incapaces de reunir.
En lugar de unirse, los dos hermanos continuaron con sus rivalidades. El sultán se cansó de esta situación y, para neutralizar el posible peligro de que una cruzada venida de occidente pudiera emplear el Peloponeso como centro de operaciones, el 29 de mayo de 1460, exactamente siete años después de la toma de Constantinopla, los ciudadanos de Mistra divisan a un enorme ejército turco apareciendo en el horizonte. El 31 de mayo, el sultán en persona llega al pie de la muralla de Mistra, que Demetrio le entrega sin oponer resistencia.
A pesar de que fue tratado con gran respeto por su actitud sumisa frente a los turcos, Demetrio es obligado a entregar a su mujer y a su hija para el harén del sultán, y acompaña a la comitiva de éste hasta Tracia, donde se le habían concedido algunas tierras como compensación. Le fue devuelta su mujer, pero no su hija, que, a pesar de todo, jamás formó parte del harén.
El déspota Tomás y su familia esperaban acontecimientos en Porto Longo, al sudoeste del Peloponeso, y finalmente embarcaron rumbo a Corfú, desde donde llegaron a Italia para ponerse bajo la protección del papa Pío II, a quien entregaron las reliquias de San Andrés que se custodiaban en Patras. Tomás murió en Roma en 1465.
La conquista de todo el Peloponeso se llevó a cabo de forma inmediata. Sólo una ciudad, Salmenico, cerca de Patras, resistió un duro asedio hasta julio de 1461 bajo el mando de su gobernador, Constantino Paleólogo Gretsas, de quien el propio Mehmet II dijo: “es el único hombre que encontré en el Peloponeso”.
La
rendición sin condiciones de Demetrio al abrir las puertas de Mistra al sultán
no tuvo, desde luego, ni un ápice de heroica, pero evitó que las tropas
entraran a sangre y fuego en la ciudad y, sin él ser consciente, conservó para
la Historia una joya bizantina inigualable.
Después
de su captura, Mistra perdió su importancia como capital, a pesar de seguir
siendo la sede del sanyak turco del Peloponeso e importante centro económico,
sobre todo por su producción de seda. En 1464, el veneciano Segismundo
Malatesta intenta una incursión sin éxito, pero al menos consigue capturar
como botín la reliquia más codiciada en Occidente: los restos del filósofo
Pletón, venerado en Italia por el papel que desempeñó en el mundo intelectual
del Humanismo y del Renacimiento. Así pues, los venecianos la ambicionaron
durante largo tiempo, pero no se apoderaron de ella hasta 1687, y en 1715 vuelve
a caer en manos turcas, convirtiéndose entonces en una base militar. En 1770
los albaneses la arrasaron por completo matando a todos sus habitantes, de
manera que quedó abandonada durante diez años.
A
pesar de que la Revolución griega de 1821 liberó la ciudad, Mistra jamás
volvió a recuperarse de ese golpe, y su puntilla fue el devastador incendio que
sufrió de manos de los egipcios en 1825. La fundación de la nueva Esparta en
la llanura por el rey Otón I, que quería revivir la Grecia clásica
despreciando la medieval, supuso el fin definitivo en 1834.
Algunas familias habitaron en las viejas mansiones de Mistra hasta aproximadamente 1950, época en que la ciudad bizantina fue convertida en espacio arqueológico y se inauguró el museo. Actualmente sólo habita allí una congregación de monjas ortodoxas en el monasterio de la Pantanassa. Viven de la venta de llamativos bordados tradicionales y otros objetos de recuerdo a los visitantes, a quienes invitan a un delicioso lukumi.
Desde 1989 sus ruinas han pasado a formar parte del Patrimonio Universal de la Humanidad http://whc.unesco.org/sites/511.htm . El gobierno griego está haciendo un gran esfuerzo porque se reconozca la importancia de Mistra, y hoy sus edificios y callejones están siendo objeto de unos importantes trabajos de restauración. La exposición Momentos de Bizancio. Trabajos y días en Bizancio, celebrada en el año 2001 de forma simultánea en las ciudades de Atenas, Salónica y Mistra, ha devuelto a la olvidada ciudad bizantina el protagonismo y la relevancia que merece. Superando el tradicional concepto museístico de objetos encerrados en vitrinas, Mistra es ahora un hermoso museo al aire libre donde los objetos expuestos son los propios edificios e iglesias, la propia ciudad, la hermosa llanura de Esparta que se extiende ante los sorprendidos ojos del visitante, que tiene ante sí un escenario sobre el que han pasado siglos de mitos e historia.
En la ribera del Eurotas, la tierra del valiente Leónidas, donde Zeus sedujo a Leda en forma de cisne engendrando a la Bella Elena, la moderna ciudad de Esparta también reserva algunas sorpresas al viajero, no por más humildes menos interesantes. No debe dejar pasar la ocasión de visitar el Palacio de Menelao, situado en las afueras, que le llevará a la época micénica y, ya dentro de la ciudad, el templo de Ártemis Ortia, de época arcaica, las ruinas romanas y el museo arqueológico, edificio neoclásico de la época de Otón, que posee una excelente y desconocida colección de objetos procedentes de las excavaciones locales.
Como ya vaticinó Tucídides, poco o nada queda de la Esparta clásica. No hay ningún Partenón que testimonie el poderío de la región de Lacedemonia en ese periodo de la historia de Grecia, pero el hueco queda ampliamente cubierto por la ciudad levantada en un espolón del Taigeto, que llena nuestros ojos de grandezas bizantinas de la época en la que Constantinopla estaba ya cercada, exhausta y condenada, y Mistra fue el centro neurálgico del mundo griego.