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La Iconoclastia.

 

Por Francisco Aguado

 

Ver Testimonios de la época iconoclasta.

 

 

Introducción.

 

"No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni de cuanto hay en las aguas abajo de la tierra. No las adorarás ni les darás culto, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos"
Dt 5, 8-10

"Está nuestro Dios en los cielos, y puede hacer cuanto quiere. Sus ídolos son plata y oro, obra de la mano de los hombres; tienen boca y no hablan; ojos y no ven; orejas y no oyen; narices y no huelen; sus manos no palpan, sus pies no andan, no sale de su garganta un murmullo. Semejantes a ellos serán los que los hacen y todos los que en ellos confían"
Sal 115,3-8

"leños cortados en el bosque, obra de las manos del artífice con azuela, se decoran con plata y oro y los sujetan a martillazos con clavos para que no se muevan. Son como espantajos de melonar, y no hablan; hay que llevarlos, porque no andan; no les tengáis miedo, pues no pueden haceros mal, ni tampoco bien"
Jer 10,3-5

"no debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o la plata, o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano. Dios, disimulando los tiempos de la ignorancia, intima ahora en todas partes a los hombres"
Act 17,29-30
 

La iconoclastia, en el sentir de la historiografía católica y ortodoxa,  se define como una herejía; tal vez la más peligrosa de ellas: se necesitó un siglo y medio de muy difícil pugna para superarla. Casi fue una lucha a vida o muerte, porque rugió con terrible intensidad en el seno mismo de la cima del poder, entre emperadores y prelados.

La iconoclastia, entendida sólo como opción dogmático-religiosa parece haber fracasado en su momento histórico sin dejar trazas apenas perceptibles en las épocas que le siguieron. Sin embargo, considerada como ese complejo movimiento regenerador político-social-cultural ‹todo ello a la vez que algunos estudiosos aciertan a ver en ella; su papel y permanencia se hacen mucho más importantes y duraderos. Tanto como para afirmar que "sin iconoclastia no hubiera habido renacimiento macedonio", y tal vez, ni siquiera supervivencia de Bizancio en el comprometido periodo del califato "imperialista"; cuya primera y decidida voluntad había sido aniquilar el Imperio Romano de Oriente, para asaltar después Europa y extender la nueva fe islámica hasta el confín de la tierra nor-occidental.


La iconoclastia se inicia, al sentir de la mayoría, en el periodo del emperador León III; en torno a los años 720 y finaliza durante la regencia de Teodora; casi con una fecha dada, el Sábado de Resurrección del 867. Ese día se celebró por vez primera el llamado "Triunfo de la Ortodoxia", hoy aún rememorado en cada aniversario anual, desde los púlpitos de las iglesias con piadosa emoción.

Intentaremos recoger los datos más relevantes de este periodo y exponer las preguntas, con respuesta o sin ella, que los historiadores se han formulado en referencia a la sorprendente y conmovedora historia de los "hombres que destruían iconos".

 

 

León III.

 

León III

León III "el Araboctótono" nació hacia el año 685 en la comarca próxima a Germanicea, (la actual Karaman), perteneciente entonces a la provincia bizantina de Siria. Algunos historiadores eclesiásticos y/o hostiles a su figura afirman que tal vez recibió en su infancia una educación de contenido maniqueo. Otros le han supuesto un entorno filo-judío y, para más escarnio, unos pocos hablan de cierta simpatía, entre los suyos, con el Islam. La mayoría de los autores modernos, no obstante,  no ven razones de peso para poder afirmar ninguna de tales cosas. De hecho, lo único seguro es que hubo de trasladarse  ‹en el marco de una emigración forzada o simple huída;  debido a las difíciles condiciones de lo que en aquellos años era la ardiente frontera con los árabes‹ hasta un nuevo hogar más pacífico en Mesembria, de Tracia.

 

Lo que también parece claro es que procedía de una familia de campesinos asalariados; por lo que no resulta extraño que entendiera a la perfección el grave problema agrario, (terratenientes versus pequeños propietarios y libres en arrendamiento). (Tal vez los dueños de la tierra para la que trabajaron fueran monjes y de ahí también el gran interés en abordar ese delicado tema).

Al final del periodo de la dinastía heracliana, el ejército bizantino padecía serias deficiencias. Justiniano II no había sabido ponerlas remedio aunque, al parecer, no le habían faltado buenas intenciones. León pudo vivir aquel ambiente de derrotas y necesidades siendo un soldado y oficial por méritos de guerra. Y también, seguramente, pudo comparar con el "desahogado" ambiente que se respiraba entre los clérigos.

Las tragedias se suceden, los árabes vuelven a saquear la llanura Anatolia y, a principios del 717, ya se hacen ver cerca de la capital. León es por entonces el general en jefe del tema de los Anatólicos. Y son sus soldados los que lo elevan sobre el pavés y le escoltan hasta Constantinopla. Allí entra el 25 de Marzo y es reconocido como nuevo basileo. La perspectiva que le recibe es desoladora; los árabes asedian la ciudad y la población inerme está al borde del pánico.

León es un táctico y estratega magnífico. Como pocos en la historia. Con medios muy limitados consigue rechazar el terrible ataque musulmán. Que dura hasta el año 722. No es extraño que tras la retirada de las huestes sarracenas, el "sirio" gozara de un prestigio enorme entre su pueblo.  Era el salvador y le saludan como el "araboctótono". Pero el líder es el que mejor sabe que ha sido necesario un esfuerzo inmenso; que había dejado bien a las claras las graves deficiencias internas del imperio. Un gobernante diligente y previsor intentaría poner solución. Y tal vez ello sería tarea más ardua que vencer a los árabes en Constantinopla.

Lo cierto es que urge la reforma interna, una profunda regeneración, aumentar el poder del estado y modificar el desequilibrado sistema social. Y las dos cosas tocaban de lleno el apartado religioso.


León no procede con demasiada premura. En el 726, se decide a actuar, (tal vez antes se aseguró bien ciertos resortes del poder ejecutivo). Primero realiza sutiles modificaciones ‹muy significativas pero no concluyentes‹ en su propio hogar; el Palacio Sagrado. Se trata de la destrucción del mosaico de Cristo sobre la Puerta Calcé, un hecho que ya provocó la movilización decidida de fervorosas mujeres y algunos monjes "locos de Dios". La "primera línea de respuesta", pero no más.

 

¿Adonde quería ir este emperador intratable y extraño?

Pronto no hubo ya ninguna duda. Un año después, el alto clero se mostraba muy inquieto. Era "vox populi" en los ambientes de poder que el emperador estaba dispuesto a dar un giro radical a muchas cosas.


El Estado necesitaba dinero. La Iglesia tenía muchos más recursos que cualquier otra clase social, incluso más que todas ellas sumadas. No era de extrañar. Los clérigos llevaban siglos beneficiándose de periodos muy largos con exención total de impuestos. Los monasterios eran titulares de inmensos terrenos y propiedades urbanas, que alquilaban, vendían, re compraban, (se conservan un buen número de textos relativos a litigios de propiedad entre abades) o simplemente explotaban como verdaderos posesores fundiarios.  Joyas, oro, piedras preciosas de todo orden se acumulaban entre las capillas y tesoros de los centros monásticos o iglesias parroquiales. También las figuras portátiles ‹iconos‹ generaban sustanciosas donaciones, (de hecho se vendían al mejor postor, de modo que los ricos se llevaban a su casa los más "preciados" y los pobres los menos...), los peregrinos pagaban sin rechistar un dinero ‹que a ellos les costaba lo suyo ahorrar‹ para adquirir gotas del exudado de cuerpos santos, (véase la "fuente" que realmente llegó a constituir en su momento el cuerpo de San Demetrio en Tesalónica, por citar sólo uno de los ejemplos más conocidos). En fin, un panorama rebosante de rendimiento y dividendos.

Entre 727 y el 737, una década vertiginosa, León fue "hincando el diente" a todas estas "empresas". No parece que intentara adornar tales medidas con un aparato ideológico muy sofisticado, su educación en letras y teología no eran amplias; pero se regía sin duda por un exacerbado sentido de la justicia y la eficacia.

 

Aceleró las reformas en torno al 730, después de atreverse a poner por escrito la "iconoclastia" y hacer sustituir al patriarca Germán. Y justo después, el dinero afluyó con abundancia al tesoro imperial: las iglesias abrieron sus arcas y caudales al dictado de autoridades eclesiásticas más "razonables".

Con este capital, León pudo con holgura pasar a la ofensiva. En el 740 consiguió una victoria decisiva frente a los árabes, en Acroinon. Nunca más volverían a representar un peligro vital para el imperio.


Ese mismo año se publica su código legal, la Ecloga, en la que se determinan iguales penas para iguales delitos, sin diferencia por rango o riqueza. (Por cierto tampoco se señalan condenas especiales para los adoradores de iconos, por lo cual parece evidente que la "represión" no debió ser tan dramática como luego se ha querido hacer ver).

Cuando murió, el 18 de Junio del 741, muchas cosas habían mejorado, no sólo en las fronteras, (ya aseguradas), también en el orden interior. Los estratiotas, (campesinos libres con una dote de tierras que cultivaban para sí y que a cambio servían en el ejército), conformaban una clase social pujante y bien dispuesta a batirse el cobre en defensa de su pan y el futuro de los suyos. Por eso, los soldados de León III le seguirán hasta el fin y lucharan con excepcional bravura en las guerras contra los árabes. Y, haciendo caso omiso de sermones en la iglesia, serán igual de fieles a la dinastía y la iconoclastia.

Como balance es encomiable: León logró vencer a los árabes, a los terratenientes, al patriarca Germán, a los monjes y a los papas de Roma, Gregorio II y Gregorio III. En varios "frentes" simultáneamente. Pocos hombres han tenido en su haber el superar a tan principales y poderosos enemigos.

 

Constantino V


"Cuando murió León, el diablo coloca en su lugar un ser aún más perverso,
como Achaz sucedió a Achab y como a Arquelao le siguió Herodes, peor el segundo que el primero"
.
 

(Esteban, diácono).

"...un monstruo ávido de sangre, una bestia feroz" "...un mago obsceno y
sanguinario que se complace en convocar a los demonios".
 

(Teófanes)

 

Constantino V

Constantino V "el Iconoclasta" nació hacia el año 718, y probablemente vió la luz primera en alguna sala del Palacio Imperial. Fue coronado como co - emperador muy pronto, en el año 720.

La muerte de su padre fue una ocasión propicia que los iconófilos, (podemos entender con ello todas las fuerzas "reaccionarias" o agraviadas por las reformas de León III), no dejaron de aprovechar.


El general Artabasdo ocupó Constantinopla en el mismo año del 741 y todo parece indicar que contaba con el apoyo incondicional de obispos, monjes y arcontes.

 

Pero no acabó con un maduro Constantino que ya tenía una larga y acerada experiencia en el campo militar, (había acompañado  a su padre en Acroinon al mando de un ala del ejército). En Noviembre del 743 se las ingenió para asaltar las murallas y entrar en la capital. Aquel difícil periodo le enseñó que cualquier signo de debilidad sería peligroso, los enemigos seguían siendo muy poderosos y contaban todavía con bastos recursos.

Es evidente que sabía muy bien quienes habían sido los principales instigadores de los hechos. Y no paró en mientes. La iconoclastia más estricta íba a ser el principio único de su largo reinado. Una de las primeras y más significativas medidas fue su actitud frente al patriarca Anastasio, que se había atrevido a coronar al usurpador. A lomos de un burro, casi desnudo, hubo de pasar por las calles y el hipódromo, abucheado, insultado y ensuciado por la masa; para después... ¡volver a la sede patriarcal y continuar en su cargo!. Es evidente que no se trataba de ir sólo contra una persona, se buscaba "disminuir" el valor de la institución a la que se le negaba cualquier potestad en el orden de decidir quien era el emperador. (Constantino presentaría siempre a sus hijos ante el senado para que fueran reconocidos como co-emperadores y trataría de que aquella ceremonia fuera reconocida como la principal, al "modo original de los romanos"; conformaría la que Constantino VII tiempo después, en sus escritos llamaría "el viejo modo de entronizar")

Y siguió golpeando allí donde más dolía. Los martiria, iglesias que guardaban para veneración substanciosas reliquias de santos, fueron desacralizadas; los cuerpos y "parciales despojos" arrojados al mar o incinerados en público. Algunos de esos edificios fueron convertidos en cuarteles o termas públicas. Todos los monjes se vieron obligados a trabajar para su sustento. En ocasiones se les obligó a contraer matrimonio y procrear; la ideología oficial consideraba parasitaria y asocial la vocación eremita y la castidad. Cualquier imagen figurada religiosa era considerada inicua y se procuró la destrucción de todas ellas, sin excepción; además ahora su simple posesión constituiría un delito. (Sólo marcaría excepción el símbolo de la cruz que debería ir desprovisto de cualesquiera adorno o símbolo de riqueza, sin matices, algo así como un  "logotipo" no diferenciable en individualidad alguna). Por contra se fomentaría la representación de motivos laicos de cualquier orden, en particular los relativos a hechos bélicos o laudatorios a la nación romana y el emperador.

Constantino V, a diferencia de su padre, acompaña tales medidas "prácticas" con un adecuado soporte teórico-doctrinal. Su cultura era muy superior a la del padre.

 

Sabemos que discutía en pública dialéctica con los obispos y parece que dominaba la retórica y la historia. Algunos historiadores suponen que entre los años 743 y 750, el "segundo iconoclasta" lleva a cabo una verdadera campaña masiva de "concienciación" o "adoctrinamiento" entre sus súbditos. Lo cierto es que en torno al 752 puede contar con el apoyo de una inmensa mayoría de la población, al menos en Constantinopla y Anatolia."El veneno de la herejía se había extendido por todos los rincones", nos ha dejado dicho un hagiógrafo.

Y en el año 753 se atreve a convocar todo un Concilio. En el palacio de Hieria, frente a las islas de los Príncipes. Asisten 338 obispos y los debates son largos; duran desde el 10 de Febrero hasta finales de Agosto. Sabemos que terminan declarando a las imágenes religiosas
"como una cosa odiosa y abominable".


Por supuesto triunfaron las tesis que venían a bendecir el revolucionario cambio que estaba dándose en Bizancio. Por desgracia, de aquella reunión y sus actas no ha quedado apenas nada, un escogido conjunto de frases breves sacadas de contexto y solo reseñadas dentro de textos refutadores a cargo de "santos eruditos iconófilos".

La base ideológica, por ende, de la iconoclastia queda en la nebulosa. ¿Cual era el ideario religioso-político de Constantino?. Lo podemos suponer por sus hechos, pero desde luego no por sus propias palabras, (aunque sabemos que fue autor de varios y sesudos volúmenes, todos ellos, sin excepción, se hicieron desaparecer también a conciencia, con eficacia rara vez superada en la historia).


Los cronistas  ‹clérigos iconófilos como Teófanes‹ han acusado a Constantino V, (entre muchísimas otras cosas), de querer ser un "treceavo apostol" siguiendo la presuntuosa ideología del primero de los Constantinos. No tenemos modo de saber si ello responde a una verdad absoluta, a falta de la voz escrita del emperador, pero no es descabellado pensar que aquella autoridad ‹crecida y asegurada para el poder civil‹ deseara que también se extendiera, en una cierta y trascendental medida, hasta el ámbito religioso. ¿Emperador y Sumo Sacerdote?.. no tanto, pero sí tal vez, "emperador y guardián de la fe", considerado "in estrictu sensu".

 

Aunque ello no era una innovación; seguía la estela de los gobernantes más fuertes: no sólo Constantino I, también Justiniano I y Heraclio habían pretendido algo similar. Y, tal vez por ello, los agudos monjes no dejaron, en siglos posteriores, de señalar las "herejías" de las que la particular tríada fueron patrocinadores: Constantino I con el arrianismo, Justiniano I con el "apartodocetismo" y Heraclio con el "monotelismo".

Apenas perceptible entre el denso telón que se ha dejado caer sobre todo ello, nos atrevemos a percibir una filosofía personal en Constantino muy "social y vitalista".
Sabemos que reprochaba a los religiosos el que fueran capaces de abandonar a su familia y rechazar las obligaciones, (de servicio a la sociedad), en el ejército o la administración; le horrorizaba aquel mismo sayón negro de los monjes al que llamaba "el hábito de las tinieblas". Parece ser que gustaba por contra del color y de las "alegrías" de la vida. Apasionado del hipódromo, los caballos y el teatro satírico, entre sus amigos destacaban amén de soldados, actores, aurigas y juglares.

Entre tanto no abandona en absoluto sus tareas en la defensa exterior. Lleva acabo campañas devastadoras en territorio búlgaro, cada verano de los años 762 hasta el 765. En el 763, en Anchialos, obtiene una de sus victorias más impresionantes. Las tribus eslavas se doblegan y el reino búlgaro resta al borde del colapso; y, como nunca desde hacía siglos, la mayor seguridad se impone en todas las provincias balcánicas del imperio. Por si cabía duda, Constantino V también parecía tocado de la mano divina, (como su padre), en el campo de la guerra. Los soldados lo idolatraban.

Pero los monjes no. El emperador celebraba los triunfos "a la romana", con guirnaldas y laureles de victoria, entre aclamaciones populares. Al volver de una de las batallas y contemplar, por enésima vez, la terca disposición de no salir a aplaudir,("ignorar" sus méritos), entre los residentes de los monasterios; se decidió a actuar de modo aún más implacable.

"Este año,‹765‹ el emperador se volvió furioso contra todos los que temían a Dios", (Teófanes). Y se ha dicho que a partir de aquel tiempo, "sus ataques contra los monjes evolucionaron hacia una campaña contra el monasticismo como institución". Tal vez aplicó entonces severas penas sobre los más intransigentes, aquellos que rayaban en el desacato. ¿Hubo muchos mártires? Probablemente no tantos como momias después han aparecido y son veneradas, a día de hoy, en "olor" de santidad.

Nunca dejó Constantino de vigilar el aspecto de la seguridad exterior en su política. Actuaba en los dos frentes con una regularidad y cadencia que exasperaba a sus enemigos. Un año tocaba a los búlgaros, otro a los árabes; pero a veces cambiaba caprichosamente el orden... En el 756 tomó las ciudades de Teodosiopolis y Melitene; casi nadie ya recordaba que tiempo antes habían sido parte integrante del imperio, (en el 746 había recuperado también Germanicea, el remoto origen de su familia). En sus correrías se internó más allá del Eufrates y hasta Palestina. En el 775, otro de sus éxitos más notorios: la batalla de Lithosoria, en la que acabó con el rey Telerig.

Pese a tirios y troyanos, mientras vivió, el "sucio iconoclasta" cabalgó en el triunfo; nada pudo desviarle de su decidido camino, (golpes de estado, motines, insurrección civil, hostilidad en el occidente italiano, etc), con una inteligencia y entereza que pocos ponen en duda. Venció a los árabes y los búlgaros. Dio seguridad y prosperidad a los hombres de Anatolia y los Balcanes bizantinos.

Murió en su cama, el 14 de Septiembre del 775, abatido por la tuberculosis; una enfermedad que se cebó en su familia, (seguramente León III y León IV también murieron por la misma causa).

Contra lo que pudiera pensarse, el pueblo bizantino honró la memoria de Constantino V durante largo tiempo después de su desaparición.
Todavía en el siglo IX, (y así lo viene a reconocer con pena el mismo Teófanes), el pueblo le recordaba como "el emperador vencedor y profeta".


Bien es cierto que los hombres de ortodoxa fe nunca le han perdonado.

 

 

León V

 

"Las herejías antiguas surgían de una contestación sobre los dogmas y se desarrollaban progresivamente, en tanto que ésta proviene de la misma autoridad imperial".
 

Teostériktos, Vida de San Nicetas de Medikion.

"bruto, macaco, aunque rugiente como un león"
 

Pseudogregorio

 

León V

Al final del periodo de Irene, cuanto menos una parte considerable de los súbditos ordinarios, (sino la mayoría),  pudo albergar ciertas dudas sobre la idoneidad del camino seguido por la mujer-emperador. En aras a un triunfo precario de la iconofilia, muchas mermas y alguna desgracia habían acaecido.

No cabe extrañarse de que los intentos para desplazar a Irene fueran numerosos; la mayoría surgieron desde las filas del ejército aunque tampoco faltaron movimientos "en palacio" o a cargo de burócratas. Intentarán atraerse al inmaduro y joven Constantino VI.  Acabará con los ojos opacificados para siempre, a instancias de su propia y santa madre. (Irene emperatriz es celebrada como santa por las iglesias católica y ortodoxa).


 Nicéforo I, un miembro civil de la corte, acabará haciéndose con el poder. En el interior busca una vía de compromiso y, en el exterior pretende emular a los grandes emperadores militares isaurianos, (sirios en realidad). Pero no está a la altura y perece ignominiosamente a manos de los búlgaros, en la batalla de Pliska. Su hijo Estauracio apenas le sobrevive. El yerno y sucesor, Miguel Rangabé, tan piadoso como torpe, prefiere retirarse cuando el humo de los incendios provocados por las huestes de Krum se pueden ya divisar desde Constantinopla. Parecía de nuevo, el fin de Bizancio.

Y reaparece el hombre providencial, un soldado forjado en la escuela iconoclasta que se llama León y es de origen armenio. No es de alta cuna, carece de "feudo familiar"; en suma, no responde al arquetipo del jefe militar de la época macedonia o comnena, aristócratas como Nicéforo Focas o Alejo. Es un veterano de las campañas de Asia, sólido estratiota producto de la reforma que otro León, el tercero, había activado en el ejército.  


Aunque con un historial errático, incluso inquietante.

El que sería León V nació en algún lugar del viejo reino de Armenia, tal vez en el año 775. Se afirma que en el seno de un hogar de cierto rango, la estirpe de los Gnuni. Podría esperar una vida regalada, sin demasiadas preocupaciones y el adorno de la buena educación. Pero los árabes iban a quebrar ese futuro, a raíz de la guerra que alteraría profundamente el reino, pocos años después. (Tal vez este relato sobre el "noble origen" sea sólo uno más de los laudatorios "árboles genealógicos" que siempre se han volcado sobre los grandes personajes, absolutamente falso por lo demás. No es descabellado pensar que su familia fuera una entre las miles que sufrían, desde abajo, en la meseta armenia de los siglos VII y VIII)

Hacia el año 788, arrasadas su villa y campos, la familia huyó hacia territorio bizantino. Allí, imperante el sistema "estratiótico", recibieron una modesta "tierra militar" en la comarca de Pidra, área central de Anatolia. La adolescencia de León, (cuando se conforma la personalidad), cualquiera que hubiera sido su primera infancia, corrió pués en un ambiente duro y en relación al mundo rural de pequeños propietarios.

Y llegado el momento, en el marco de las obligaciones con el Estado, León se enrolará en el ejército temático; tal vez corría el año 790. El comandante en jefe de la región era otro armenio, Bardanes Turcus. Que lo escoge para su guardia personal,(amén de un físico imponente, tal vez tenía alguna referencia o ligazón lejana, en orden al mismo origen étnico). De hecho, se convierte en uno de sus favoritos; hasta el punto de contraer matrimonio con una de sus hijas. En ese momento, León es capitán (centarca de la compañía); la misma en la que sirven otros dos tenientes (pentacontarcas), también de futura brillante trayectoria: Miguel el Amoriano (que se casó con otra de las hijas de Bardanes) y Tomás el Eslavo.

En el año 803 Bardanes se rebela contra Nicéforo I. No sabemos bien la causa, pero en plena lid, León y Miguel se pasan al bando del emperador. Y superada la crisis, el primero es recompensado con el cargo de Turmarca, (2º jefe), del tema de los anatólicos. Por esta fecha, Miguel Rangabé, el yerno de Nicéforo, será el padrino del primero de los hijos de León. (Esta unión, pese a que hoy tiene un valor menor, revestía en aquel tiempo una trascendencia importante.

 

Seguramente entre ambos personajes, León y Rangabé, se dio una cierta amistad-filia que perdurará en el tiempo, a pesar de todo).

A continuación, la estrella de León luce y parece apagarse con increíble confusión.

 

Hacia el 811 Nicéforo I le nombra jefe del tema de los armeniacos. Pero apenas unos meses después sabemos que lo condena al exilio; unas fuentes hablan de cierta acusación de "negligencia frente a los árabes" aunque no es descabellado pensar que tras esa frase se esconde una fundada sospecha de traición en ciernes.
Sea como fuere; el 25 de Julio de ese fatídico 811, Nicéforo perece en Pliska y, cuando recoge el poder, Miguel I Rangabé hace llamar casi de inmediato a León para otorgarle de nuevo el trascendental mando del tema de los anatólicos, el más importante de todos los regimientos del ejército bizantino.

En los dos años siguientes León puede mostrar su valía militar. En el 812 derrota a los árabes y en el 813 participa en la batalla de Versinika, donde sus unidades serán las que mantengan una orientación y táctica más adecuadas; y las que saldrán mejor paradas de aquel desastre. (No está claro el papel del general León en esta compleja ocasión. Algunos autores, casi la mayoría, le adjudican una actitud de felonía premeditada; la que habría precipitado el resultado de derrota.

 

Otros no lo ven así. En verdad, depende de la credibilidad que se otorgue a las fuentes, por lo general muy hostiles al emperador. Es difícil imaginar que alguien de la inteligencia táctica que luego demostró poseer León, se arriesgara a una retirada del género con la que se especula, casi temeraria. Y más extraño aún es que, a renglón seguido, contara con el apoyo de los tagma, pese a la mortandad de camaradas que había sobrevenido).

Justo después, los soldados le reclaman como emperador. Aparentemente intenta mantener su lealtad pero, como en la vieja Roma, los oficiales le amenazan con la muerte si rehúsa. En realidad nadie se opone y el patriarca Nicéforo I le impone la corona imperial el 12 de Julio en Santa Sofía. Es muy ilustrativo el hecho de que por tal motivo, (la aceptación de la corona de mano del patriarca), Teófanes le catalogara en una de sus obras como el "muy legítimo emperador de los romanos"; prueba de que otros no respetaban tal norma y se ceñían al "arcano uso". (Claro está, que lo escribe en un momento en el que no puede adivinar que León relanzará el iconoclasmo).

Y de nuevo, la situación es mala tendiendo a desastrosa. El kan de los búlgaros, el temible Krum, arrasa Tracia, amenaza Constantinopla y durante casi un año es el inmisericorde dueño de las áreas rústicas en los Balcanes bizantinos. Apenas algunas ciudades y plazas fuertes resisten. En cuanto al ejército romano, la situación es crítica. Los regimientos europeos están diezmados y los anatólicos, aunque superan a las huestes búlgaras, sería una verdadera temeridad emplearlos en una incierta batalla campal. León, con sumo tacto, se mantiene a la defensiva, sin dejarse arrastrar a la acción precipitada. Resiste tras los muros de la capital y deja que las ciudades hagan lo propio. Anatolia está a salvo. Krum acaba retirándose, eso sí, con enorme botín.

Superado lo peor de la crisis, el futuro se dibujaba muy comprometido. Lo cierto es que se necesitan de nuevo recursos y, sobre todo, una potente inyección de moral.


Hacia el mes de Junio del 814, León encarga a una comisión, (presidida por el abad Juan Morocharzanius, del monasterio de los Santos Sergio y Baco), que elabore un informe sobre la tradición religiosa "ortodoxa" desde los Santos Padres hasta aquellos días. Un proyecto que no parece haber sido del agrado del patriarca; suspicacias no debían faltar. El resultado fue un elaborado y sólido proyecto "iconoclasta". (Juan será conocido por la historia como "el Gramático" por su amplia cultura, adquirida en el sistema académico laico, donde ejerció como docente antes de ingresar en la carrera eclesiástica). Se dice que también un selecto grupo de oficiales con los que se reunió el emperador se mostraron abiertamente favorables a la vuelta de los principios que habían regido en lo que muchos llamaban "los buenos tiempos" de Constantino V.

El 24 de Diciembre de ese mismo año, León V hace llamar al patriarca Nicéforo. Le enfrenta al informe de Juan y discute la necesidad de convocar un nuevo concilio, para tratar el tema de los excesos en la iconofilia. Está claro que el emperador de pocas palabras, todas con fuerte acento armenio, pretende volver a retomar el escabroso tema de la iconoclastia. Y ahora no parece tanto una cuestión de hacienda y supremacía de poder civil versus Iglesia; es posible que en las nuevas circunstancias primara más una cuestión de "ideología o propaganda del poder".

 

Dicen que alguien le recordó a León que "todos los emperadores iconófilos habían muerto en batalla o en el exilio, los iconoclastas habían vencido y muerto en su cama, de muerte natural". La mayoría de los obispos, Nicéforo incluido, ponen el grito en el cielo.  Parece una gran verdad aquello que nos ha dejado dicho el piadoso Teostériktos: era fatalidad que la herejía se gestaba siempre en el mismo corazón del Palacio Imperial. Así, el primer signo del mal se manifestó de nuevo: volvieron a suprimir el mosaico de la Puerta Calcé, (recién rehabilitado por el celo de Irene); verdadero "mosaico mártir" en esta larga querella.

Las discusiones entre iconoclastas e iconófilos dentro del orden eclesiástico se mantuvieron hasta febrero del 815. Monjes, la mayoría de obispos y el patriarca celebraron "asambleas" que se enfrentaban a los miembros de la comisión de Juan. Grupos de soldados aprovechaban sus idas y venidas en la ciudad para gritar cuantos eslóganes iconoclastas les venían a la cabeza. Un ambiente, en verdad, tenso. Algunos afirman que León propuso un acuerdo parcial: los iconos no serían prohibidos pero sólo podrían estar situados en la parte más alta de los muros, allí donde no estuvieran accesibles a la veneración ni tampoco a los encendidos labios de los fieles que tanta pasión ponían en el beso sobre la madera y la pintura de oro. Por supuesto, no hubo arreglo posible y Nicéforo fue desentronizado, (en teoría dimitió ante el Santo Sínodo). El 25 de Marzo, Sábado de Ramos, Teodoro de Estudios sacó a la calle a sus monjes, en una genuina "manifestación" de protesta. Tuvieron que ser "disueltos" por escuadrones de la guardia. Teodoro también acabó en el exilio.

El nuevo patriarca Teodoto convocó el inevitable Concilio. El día 1 de abril, en la primera sesión, los padres ya reconocían la idoneidad del Concilio del 753 (Hieria) y repudiaban el segundo de Nicea (787). Así pues, las conclusiones estuvieron muy claras desde el principio. Los iconos fueron destruidos, (suponemos que aprovechando el contenido), y también una enorme cantidad de "vajilla sagrada" provista de imágenes, (que raudo también se fundieron para engrosar el tesoro del estado).

Y León estuvo entonces en condiciones de responder al desafío exterior. Krum había muerto y ahora el líder de los búlgaros era su hijo Omurtag. También estaba empeñado en horrorosas razias fronterizas. A principios de Abril del 816, León preparó una celada, digna de Krum, al grueso de las fuerzas búlgaras. Muchos perecieron y aún más tuvieron que rendirse para ser encerrados con suma atención en muy vigilados campos. (El lugar sería conocido durante mucho tiempo después como "la colina de León") El kan se vio obligado a pedir la paz. Tuvo que sufrir algún golpe donde los bizantinos procuraron devolver los mismos daños, vertiendo especial crueldad con los niños y mujeres. El nuevo tratado significó una vuelta  a la línea de fronteras que casi correspondía a la que había al inicio del reinado de Irene. El aquilatado intercambio de cautivos permitió que muchos "romanos esclavos", arrastrados durante las expediciones búlgaras de los años anteriores, retornaran a su tierra. Los temas de Macedonia y Tracia se articularon de nuevo en su vieja estructura. Eran tierras fértiles que muy pronto dieron frutos y de las que incluso se pudieron levar nuevas unidades militares, en poco tiempo.

Ese mismo año, León ordenó construir un buen número de fortalezas y reedificar ciudades, tanto en los Balcanes como en la frontera del Este. En marzo del 817 se lanzó sobre los árabes y obtuvo también beneficios de una serie de calculados encuentros. La flota asoló el puerto egipcio de Damietta.
El Dios de los iconoclastas volvía a mostrarse "pródigo con los que respetaban la prohibición y combatían la idolatría, como los apóstoles". Dicen que algunos obispos reacios aceptaron, a la vista de los resultados, "la doctrina de los emperadores aguerridos".

León V murió asesinado la noche del 24 de Diciembre del 820, por esbirros del que había sido su camarada desde la primera hora, Miguel el Amoriano. Su cuerpo se expuso en el hipódromo y después lo trasladaron hasta la isla de Proti, en donde le acogería una sencilla tumba.


Si alguno pensó que volvía la iconofilia, (tal vez, San Teodoro el Estudita estaba entre ellos), se equivocaba radicalmente: Miguel II, el antiguo teniente nacido en Amorium, era también un curtido soldado y, en aquellos años, eso significaba por igual ser un convencido iconoclasta. Aunque, al principio, y tal vez sólo para ganarse ciertos apoyos, "se dejara querer por los adoradores de iconos".

 

 

Miguel II

 

Miguel II

A finales del año 820, en trance de asentarse con firmeza el iconoclasmo y la dinastía de León V, al partido iconófilo sólo le cabía el magnicidio y el "golpe de estado" cruento. Probablemente se rumiaban varios contubernios diferentes.

Tal vez, el más peligroso giraba en torno a uno de los personajes íntimos del emperador, el compañero de la primera hora conocido como Miguel el Amoriano.


 Prueba de la confianza es que León le había nombrado jefe de la guardia, (domestico de los excubitores) y se preciaba de ser el padrino de su hijo mayor, un niño vivaz y despierto, al que habían puesto por nombre Teófilo, "el que ama a Dios".

La ambición personal permitía ciertas alianzas dudosas. Parece claro que, en su fuero interno, Miguel creía en la corrección de la política iconoclasta; pero, para conseguir el poder, los clérigos iconófilos y su trasfondo de poder económico-fáctico podrían resultar preciosas ayudas. Sin duda se metió de lleno en una conspiración palaciega.

En Diciembre, Miguel era detenido y arrojado a prisión; sólo un resquicio de vieja filia le salvó de ser ejecutado. Piedad que  resultó fatal al insigne armenio. La noche del 24, mientras participaba en el canto de la misa, León cayó abatido por las dagas asesinas de ciertos cortesanos desleales. Esa misma madrugada, el amoriano era reconocido por el senado y la corona la recibía de manos del patriarca Teodoto.

Parece cierto que aquellos primeros días la sensación de alivio entre los iconófilos fue grande. Miguel promete abstenerse de toda violencia contra ellos y restaura a muchos cargos públicos que habían sido depuestos por su antecesor. Aunque no al patriarca; Nicéforo permanecerá alejado pese a las exhortaciones que San Teodoro de Estudios le hace llegar con terca insistencia.

El nuevo líder no parece convencer del todo a ninguno de los bandos. El círculo que le rodea pertenece a la flor y nata de la iconoclastia pero sus más fervientes valedores parecen del lado opuesto. Solícito, recibe en audiencia a los principales cabecillas clericales; no obstante, lo único que se compromete a respetar es la libertad general en el pensamiento y modo de ejercer la fe cristiana. Y, (la medida que menos gustó al combativo monje Teodoro), en primera instancia prohíbe la discusión pública sobre aquel signo-tema de los iconos.

Ese mismo año 821 muere el Patriarca Teodoto Casiteras y el sínodo nombra un nuevo prelado: Antonio, obispo de Syllaeum, un hombre dócil al poder civil, que defiende sin ambages la iconoclastia. Aquello fue el final de la "luna de miel". Los monjes de Estudios son echados, una vez más, a la calle; la voz de Teodoro atruena en el púlpito y tiene amplio eco en la mayoría de las parroquias, ¡qué ocasión perdida, Nicéforo debería haber vuelto!, ¡qué insulto para su Iglesia! El santo se lame las heridas en varias cartas que dirige a los obispos y patriarcas de Occidente y Oriente, en las que plasma tales lamentaciones y otros disgustos.
En cualquier caso, y pese a las dolidas frases que nos ha legado San Teodoro, los hechos abogan a favor de una dulzura exquisita en los modos de Miguel II. Al menos hasta el año 823, cuando una latente insurrección ‹que se alargaba desde la muerte de León V‹ complicará, y mucho, las cosas.

Resulta muy curioso, pero otro antiguo oficial de Bardanes había entrado en liza. Tomás el Eslavo, a la sazón comandante de los anatólicos se mantenía en rebeldía reuniendo bajo su mando una importantísima agrupación de fuerzas. Su ideario es abierta y radicalmente pro-iconófilo. Había sido coronado por el Patriarca de Antioquía, que rechazaba por "hereje e ilegal" a Antonio en Constantinopla. Además le apoyan contingentes árabes. En verdad, la amenaza que se cernía sobre el emperador y Constantinopla en aquel verano era formidable.

Miguel nunca demostró ser una buen táctico, pero sí un ágil ‹aunque tambaleante‹ estratega. Resistió el embate cobijado por la muralla de la capital y buscó la alianza de Omurtag y sus temibles huestes. Por suerte, el kan respetó el viejo tratado y acabó prestando una inestimable colaboración. También es cierto que le empujaba a ello la presión que el reino franco ejercía sobre la frontera norte, en Croacia. En el otoño, diezmado el ejercito rebelde por el enfrentamiento con los búlgaros, (y probablemente también por la deserción de oficiales y soldados iconoclastas), Tomás resultó derrotado y no hubo piedad para él y los suyos. Miguel estaba salvado, pero la tarea de sostenerse en el poder había sido muy dura y sucia. Un despilfarro de hombres y medios.

Es evidente que aquella gruesa guerra civil cambió la perspectiva de Miguel. A principios del 824, sin un vuelco total ni recurrir a persecuciones, se acercó a posiciones mucho más perseverantes en la iconoclastia. Promulgó algunas medidas muy originales, entre la simple inocencia y la inaudita tolerancia. Los niños deberían eludir la lectura de los textos paganos y también los patrísticos; recomendaba comenzar directamente con la Biblia, para no "distorsionar el buen entender del libro" principal. Abolió las taxas que penaban a ciertas minorías religiosas, en particular los judios, (lo que  ha servido para que algún perspicaz historiador le tache de "filosemita" o "athinganista"). No proscribe los iconos pero señala la "drástica" orden de evitar que se escriba sobre ellos la palabra "santo". Y recomienda con energía que en ningún caso "se adore" el contenido; sólo a Dios se le debe adoración. Es posible que la base socio-económica de la controversia estuviera perdiendo entonces significado: la riqueza y poder clerical de una u otra manera se habían visto mermados; el balance de los poderes se mostraba más equilibrado. Pero subyacía un enfrentamiento ideológico que, como es norma en la psique humana, trascendía a su origen o "fundamento estructural".

Por entonces, el Papa se había convertido en la principal referencia de los adictos a la iconofilia; de hecho, la Sede Petrina era el refugio y la instigadora de su brazo más radical. Teodoro el Estudita, agradecido, por ello al borde está de sostener la supremacía absoluta del obispo de Roma, visto "el desastre" que acaecía en el Patriarcado de Constantinopla. (Ello si las cartas del santo no han sido, como otros muchos textos, tergiversadas o modificadas con suma habilidad y a su interés por los correspondientes "especialistas" de los "talleres paleográficos" vaticanos).  El papado, distante lo suficiente de la mano poderosa de Bizancio, se podía permitir el desacato. Se conserva una carta de Miguel al rey franco Luis el Piadoso, del mismo año 824, en la que, con suma cortesía y no menos sensatez le insta a poner coto a la insolencia de los que se arriman con "aviesas intenciones" al obispo de la Vieja Roma; ni el emperador bizantino ni ningún otro jerarca laico o religioso de la época, (salvo ‹ y con serias dudas‹ San Teodoro), parecen reconocer en el obispo de Roma superioridad alguna. El monarca occidental se mostró "comprensivo", a nivel teórico, con las tesis de su colega oriental, (en el Concilio de París del 825 se mantienen cánones muy "iconoclastas" que no habrían gustado a los ortodoxos y que no satisficieron de hecho al Papa), pero razones políticas les harían tomar las cosas de forma muy laxa.

La verdad, es que los problemas no dieron cuartel al balbuceante Miguel, (se recuerda su ligera tartamudez que le ha valido un sobrenombre peculiar).  Los árabes dirigen su afán expansionista ahora hacia el sur de Italia. En la primavera del 825, un grupo de expulsados desde Hispania, bajo el mando de un tal Abu Hafs se hacen dueños de la isla de Creta. Se genera entonces un gravísimo problema estratégico. El emperador reacciona algo tarde y aunque envía al año siguiente tres grandes expediciones, una tras otra, todas son rechazadas. Para colmo, el turmarca de Sicilia se subleva y llama en su ayuda a los mismos sarracenos. En el 827, los árabes al mando de Asad ponen el pié en la fértil isla y nadie será capaz de expulsarlos. Aquel trienio, la única noticia "menos mala" fue, tal vez, la muerte del ireductible Teodoro,  (11 de Noviembre del 826), en su convento de Bitinia; el que su riquísimo tío Platon había edificado a propias expensas y donde todos los hermanos profesarían, amén de su padre, casi "obligados" por la madre, "líder" que a su vez profesaría en otro monasterio de monjas. (¡Una familia entera que se sumerge y diluye en el monasticismo!, ¿representaba tal "hazaña" un fenómeno común o no tan extraño en aquel entonces?. ¿Era aquello lo que León IV y Constantino V habían combatido con porfía?).

El último año de vida, Miguel padeció terriblemente de alguna enfermedad renal.

 

Poco antes de morir, el 2 de Octubre del 829, decretó una amnistía general. Tuvo una cuna muy humilde y por lecho de muerte la lujosa cama del basileo en los aposentos del Palacio Imperial de Constantinopla. No se  definió en política; al menos no tanto como su antecesor y como lo había de hacer su propio hijo. Fue... "un moderado".

 

 

Teófilo

 

Teófilo

El  3 de Octubre del 829 Teófilo asume el poder con relativa tranquilidad. Y salvo detalles, (como la ejecución de los autores materiales del asesinato de León V, que parece un prurito "legalista" del joven basileo o tal vez una muestra de sincera filia hacia aquel que había sido su benévolo padrino), nada apunta a que se vayan a producir cambios importantes.
 

 La moderación ofrece grandes ventajas, cuando los extremos se muestran débiles; no tanto si alguno de ellos insiste en la absoluta supremacía de sus principios. Y algo así pasará en el ajetreado reinado del emperador Teófilo, un hombre que creemos "obligado" a la intolerancia relativa, a fuerza de coyunturas externas siempre al borde de lo crítico; y otras internas al cabo del fanatismo.

En el año 831 va a dar comienzo una larga, intermitente pero contumaz, serie de guerras fronterizas entre Bizancio y el Califato. Han sido objeto de sesudos debates, porque se ha querido ver en ellas ‹según su diferente suerte‹ las claves del comportamiento "iconoclasta" de Teófilo. En la primavera, eco de la mejor tradición isauriana, el emperador lanzó una expedición fulminante sobre los árabes que se habían atrevido a invadir la región armenia. Cerca del fuerte de Carsianum sorprende y derrota al enemigo para retornar con casi 7000 prisioneros. Hará una entrada triunfal en Constantinopla, por la Puerta de Oro y agasajado con flores y guirnaldas en el recorrido de la "vía Mesé" hasta el Augusteon, donde los senadores y su esposa Teodora, embarazada de su primer hijo, le reciben oficialmente.


Sin embargo; las celebraciones ‹se vería muy pronto‹ eran bien precipitadas. Aquel mismo verano, el califa desencadenó una triple incursión punitiva que afectaría en particular a la región de Capadocia. Teófilo, seguramente sin estar suficientemente preparado y con muy mala o escasa información, avanzó para mostrar sus banderas pero fue duramente castigado por el jefe Abbas. Para finales de Septiembre, los árabes retornaban a Siria con considerable botín.

Y no sólo eso, las noticias que llegaron al tiempo de Italia no podían ser peores.

 

Los bizantinos no disponían de una adecuada flota, (las pérdidas del año 829 se dejaban notar), y su capacidad para reforzar las provincias allende el Adriático se hallaba muy mermada. A principios de Septiembre, la plaza de Palermo, exangüe y sin esperanza de recibir refuerzos se había rendido a los árabes.

Se afirma que las derrotas en Asia Menor y Sicilia, mantenían a Teófilo, (quizás un hombre con alto sentido de la responsabilidad y perfeccionista), muy agitado. Para mayor pesar, llegó a su conocimiento que los iconófilos estaban haciendo circular un panfleto en el que un "santo monje" profetizaba la pronta muerte del emperador, amén de su descenso al infierno y la posterior "vuelta de la luz". Las pesquisas llevaron hasta los patrocinadores de semejante maldad. El "guionista" parece haber sido un tal Metodio, antiguo legado del Papa en Sicilia que ya había tenido problemas con Miguel II, pese a toda su mesura. No obstante, la autoría "intelectual" correspondía a un verdadero "colectivo",  en el que se incluían personajes como Eutímio, obispo de Sardes, y José de Tesalónica, uno de los hermanos de Teodoro de Estudios.

Al parecer, en mesiánico remedo de la supuesta actitud irreductible de los primeros cristianos, los detenidos llegan a la insolencia, incluso profiriendo graves insultos a la persona del augusto. Amén de arrojados en prisión, serán sometidos a castigo corporal: una tunda de latigazos. Los dos más jóvenes resisten bien, pero, según parece, el viejo Eutimio no se repone y fallece, (el obispo engrosará la lista de mártires de la ortodoxia). De todo ello se traduce que hay agitación "monástica" y es evidente que la autoridad imperial no lo tiene todo "bien atado".

El caso es que las navidades de aquel año resultan sombrías en palacio. Teófilo se sabe rodeado de peligros. Hasta su esposa y la suegra parecen tener amistades "peligrosas". Un tal Nicetas Monómaco, un robusto monje que atrae a numerosas damas piadosas, (se nos antoja un personaje de manifiesto paralelismo con aquel célebre Rasputín en la Rusia de finales del zarismo), parece tener cierto ascendiente sobre Teoctista y Teodora. Lo hace expulsar de los alrededores de Constantinopla donde había improvisado una suerte de particular asciterio. El basileo estará obligado a reafirmar su potestad; en años sucesivos la actitud de Teófilo tenderá a ser cada vez menos tolerante.

Al siguiente año, 832, apenas llegado el buen clima, Mamún volvió a cargar sobre Capadocia, poniendo sitio a la plaza fuerte de Lulum, la última que mantenían los bizantinos. Un intento de rescate por parte de Teófilo tampoco termina bien. El emperador no quiere aumentar la escala del enfrentamiento y envía una importante embajada al califa para solicitar un armisticio; se compromete a devolver prisioneros y pagar cierta compensación, (con gran humanidad recuerda al musulmán las ventajas de la paz, la prosperidad y bienestar que traen siempre el comercio y la convivencia). Mamún responde con altanería; su obligación es procurar la conversión al Islam de los bizantinos o, en su defecto, hacer pagar una fuerte tasa a los recalcitrantes infieles, según manda el Corán.

En esta tesitura Teófilo arranca con una acelerada reafirmación "iconoclasta"; en política interior y exterior Con la dirección "espiritual" de Juan el Gramático, (que había sido su principal maestro), el Santo Sínodo viene a reconocer la idoneidad del Concilio del 815, (época de León V). En Junio promulga un edicto contra los iconófilos, ordenando el arresto de laicos, clero y monjes que así se manifestaran, amén de cerrar y confiscar todas las propiedades individuales o de los centros que rigieran. Tal vez pensó que todo ello era necesario para consolidar cierto orden y seguridad en la "retaguardia".

En Julio, Mamún conduce un ejército imponente y parece decidido a una guerra total, con el deseo confesado de "conquistar todo el imperio romano" y establecer colonias de guerreros árabes a regulares intervalos de tierra. Durante un mes parece invencible en sus correrías fronterizas. Teófilo permanece a la expectativa, reservando las fuerzas para el ataque principal que debía venir. Pero, de muy imprevista manera, el califa cae enfermo y apenas en unos días fallece, (tal vez una intoxicación alimentaria o por agua contaminada). Su sucesor Al- Mutasim tiene que hacer frente a insurrecciones en su propio territorio y se ve obligado a evacuar Asia Menor con urgencia. Para muchos, en particular los iconoclastas convencidos, no cabía mayor prueba de la manifestación divina.

Algo más tarde, en Enero del año 834, un grupo muy numeroso de Kurramitas, guerreros y familias persas pasa a territorio bizantino y pide cobijo. Habían sufrido mucho enfrentados al califato. Ahora decidían convertirse en masa y hacerse súbditos del magnánimo Teófilo. Este, por supuesto, los recibió con los brazos abiertos y acertó a integrarlos entre los estratiotas; pero con un valor y movilidad muy superiores a lo ordinario. Podrían ser una importante baza a favor de las armas de Bizancio. Y más buenas noticias siguieron llegando. Después de tener 3 hijas sucesivas, nace un primer varón, (no sobrevivirá mucho tiempo). La relativa  paz permite relanzar la actividad económica en casi todas las provincias y fruto de la bonanza será un aumento del metal circulante, (que hoy se detecta en los estudios numismáticos), el desarrollo y la mejora de las ciudades, (en particular la capital) y el progreso de la cultura. Se sucederán algunos años de relativa tranquilidad.

Pero no pasividad o desidia. En el verano del 837, Teófilo pasó a la ofensiva. Tomó por asalto la ciudad de Sozopetra y arrasó la región de Melitene. Destruyó todos los asentamientos árabes y se apropió de un enorme caudal y numerosos cautivos. El reino de Armenia, temeroso del poder que el emperador desplegaba en su vecindad, se declaró vasallo del emperador y envió un jugoso tributo. Está fuera de toda duda, que Teófilo no quiso prolongar la contienda; su objetivo era el de una genuina "guerra preventiva", golpear antes para evitar ser atacado. Nunca puso empeño en guerras largas de conquista, atroces y dañinas. Creía más en la vida y la convivencia.

A principios del 838 murió el patriarca Antonio. Nadie mejor que Juan el Gramático para sucederle; el erudito fue consagrado el 21 de Abril. Poco después, reunido un amplio Concilio, (aunque de orden regional), en la que era iglesia favorita de Teófilo, (aquella de Santa María de las Blachernas), se lanza anatema sobre todos "los herejes" que veneran o hayan venerado antaño los iconos. Y se explicitan una larga serie de nombres, (la mayoría hoy engrosan las filas de "santos" oficiales). Tras esta segunda asamblea de obispos, Teófilo publica otro edicto en el que reitera la orden de destruir todos lo iconos, incluso los que se guardaban en el hogar. Al amparo de tales normas, algunos monjes acabarán en prisión. Entre ellos uno de los más encumbrados representantes del "martirologio" iconoclasta: Lázaro el Pintor.  

En el apartado exterior; Teófilo sufrirá un ligero traspiés. Cree que, por fín, está en condiciones de procurar los tan necesarios refuerzos para Sicilia. En la primavera del 838 envía una flota al mando del general Alejo Mosele. Parece confiado en una pronta recuperación de plazas y territorios.


No tardará en arrepentirse. Porque en la frontera oriental no hay descanso. Vuelven los belicosos árabes; casi 80.000 guerreros al mando de Al-Mutasim con el declarado objetivo de destruir Amorium, la cuna de la dinastía. Y probablemente bien conocedores del teatro de operaciones al otro lado del mar. Teófilo intenta no perder la iniciativa en Italia y sólo moviliza a una parte menor de sus tropas.

 

Durante algún tiempo ello no fue impedimento para sostener la situación con pundonor. El 21 de Julio, en la llanura de Dazimon, se enfrentaron las tropas bizantinas con una superior hueste árabe en la que predominaban mercenarios turcos. En un momento de la batalla, el mismo emperador se vio rodeado de un nutrido grupo de enemigos. Teófilo con la espada en la mano se enfrentó a ellos y aunque con dolorosas heridas se mantuvo firme. La táctica podría haber funcionado, porque aquella resistencia entretenía muchas unidades árabes, abandonando los flancos. Pero algunos batallones bizantinos, creyéndole muerto, se dejaron llevar por el pánico y retrocedieron en desorden. Sólo el valor sin medida del doméstico Manuel y los excubitores pudo salvar la vida del emperador que consiguió zafarse y alcanzar territorio seguro. Parece que Teófilo sólo pensaba en reagrupar sus fuerzas y retornar lo más pronto posible a la lucha. Pero le llegaron noticias, (probablemente una carta de su madrastra Eufrosina), en la que le advertían de que, animados por el rumor de que había acaecido un desastre y perecido el basileo, (extendido a través del relato de algunos desertores), destacados notables ya se preparaban para hacerse con el poder. Teófilo volvió raudo a la capital y pudo detener el proceso justo a tiempo. (Sin duda algunos iconófilos estaban en el movimiento y, tal vez, entre ellos el eunuco y logoteta Teoctisto que fue depuesto de su cargo aunque no se tomaron otras medidas más serias contra él; contaba ya con el amparo de Teodora y será más tarde el principal artífice de la vuelta a la iconofilia).

El orden se impuso en Constantinopla; pero sobre la frontera, la emblemática ciudad de Amoriom fue presa y destruida, (15 de Agosto del 838). Representó un golpe terrible para la moral de Teófilo. Las fuentes nos hablan de que padeció por aquellos días una breve pero demoledora enfermedad que le postró en cama con fiebre. Después, por siempre, restaron secuelas que le "dificultaron la digestión y el pulso". No es descabellado pensar que sufrió un infarto de miocardio, con el corolario de una insuficiencia cardiaca más o menos moderada; causa adecuada para explicar su, a partir de entonces, laxitud para el ejercicio en general y la difícil vida militar en campaña, en particular. (Otros autores hablan de un "colapso nervioso" debido al exceso de preocupaciones y contrariedades).

Lo cierto es que Alejo Mosele y sus tropas volvieron sin poder actuar en Sicilia, (se perdería la ciudad de Tarento), y se enfrentaron con éxito a los árabes en Anatolia-Siria. La guerra intermitente que se jugaba entre las dos potencias, había ya entrado en esa fase cansina, sin vencidos ni perdedores en grado absoluto, que llamamos de "posiciones".

El Teófilo maduro es un hombre de leyes y proyectos. Hábil en la táctica y aún mejor en la gran estrategia y la planificación logística. Será en el 839 cuando plasme la reforma militar que llevaba cierto tiempo gestando. Estará entre las más importantes de todo el periodo bizantino medio, a la altura, en trascendencia, de aquellas que llevaron a cabo Heraclio y León III. Amén de la redistribución y creación de nuevos temas, (con aguda perspectiva de enemigos potenciales, medios y dificultades), aplicó un cambió valiente y genial en organización interna de todos ellos. Del "drungus" mandado por un drungario con su corrspondiente unidad de 1000 soldados, Teófilo pasa al "bandus", con unos 200 integrantes. Los centarcas tendrían a su cargo apenas 40 hombres. El resultado fue la proliferación de comandantes con responsabilidad en la defensa de territorios muy específicos, con tropas de irreprochable cohesión y dominio del terreno. Otra cuestión, no menos importante, fue la elevación, (al doble), de sueldos en los estratiotas, (6 nomismata más representaban el precio de un caballo o el yugo del buey, una mejora productiva por entonces muy codiciada del colectivo campesino). Gracias a ello aceptaban de buen grado una mayor movilidad geográfica de los batallones, incluso la permanencia fuera de su área específica durante un cierto tiempo. La disponibilidad y moral de las tropas aumentó enteros. El sistema estratiótico de León III alcanzó, con todo ello, la cima de su desarrollo y eficacia.

¿Necesitó dinero adicional para llevar a cabo aquella renovación?, ¿se añadía a ese fortalecimiento del ejército, la vindicación de un estado fuerte y ‹como obligada contrapartida‹ una iglesia más débil? ¿Explicaríamos así el brote de persecución a los iconófilos de aquel año?

Sostienen los hagiógrafos que hacia el mes de Julio, el emperador hizo llamar a los hermanos Teodoro y Teófanes, (monjes que por encargo del patriarca de Jerusalén realizaban proselitismo iconófilo en el imperio y por ello presos en Afusia), para que renunciaran a su creencia. Siguen diciendo que, ante el rechazo, Teófilo en persona ordenó que les fueran marcados con fuego ciertos versos iconoclastas en la frente, (serán por ello los mártires "graptos”). En muchos tratados esta versión se da por cierta, con poco o ningún criticismo. Pero parece ser más bien una piadosa leyenda posterior. Si hubiera sido así se explicaría muy mal el hecho de que al ser elevado al obispado de Nicea (por el patriarca Metodio en el 843), nadie señale tal hecho y no goce del apoyo de los estuditas que harán precisamente de este nombramiento un caballo de batalla contra el cabeza de la Iglesia de Oriente.

El famoso pintor Lázaro sufriría también por entonces la mutilación de sus manos con hierros calientes. Difícil, muy difícil saber el grado de verdad en tales macabras descripciones. Probablemente, lo único seguro sea que aquel verano y otoño arreció la represión, pero sobre todo sustentada en encarcelamientos y exilios, afectando casi en exclusiva a monjes recalcitrantes.

El 9 de Enero del 840, Teodora dará a luz otro hijo varón, el  futuro Miguel III, (antes de terminar el año será co-emperador). El excelente general y "heredero" oficioso hasta el momento, Alejo Mosele, obtiene permiso para retirarse a un monasterio en la vertiente asiática del Bósforo. Por ese mismo tiempo, León el Matemático, que pasa por ser el más insigne intelectual profano de Bizancio, recibe el encargo de ocupar la sede arzobispal de Tesalónica. Es un hombre laico iconoclasta, versado en ciencias físicas y de una capacidad fuera de norma. (Al-Mutasín ofreció por sus servicios la enorme suma de 2.000 pesos de oro, unos 144.000 nomismata, pero Teófilo no concedió el permiso oportuno). Con personajes como Juan (el Gramático) y León (el Matemático), (ambos eran primos), se desmonta la manida coletilla del "ignorante" mundo de la iconoclastia que, con pocos escrúpulos, se desliza en muchos textos.

El año 841 será el último que gobernará Teófilo. Entra en una decadencia física acelerada y en el verano ya necesita un auxilio permanente y cercano, incluso para desplazarse. La camarilla familiar de Teodora, que puede palpar el incierto futuro que se avecina, cierra filas y mantiene un férreo cerco en torno a la Magnaura, la sala más querida del emperador y donde permanece la mayor parte del tiempo, verdadero hogar y oficina.


Afirman que al sentir la muerte ya cercana, el último emperador impío reunió a un grupo de oficiales y notables al pié de su cama. Es difícil saber a ciencia cierta cuales fueron sus últimas voluntades; si bien hay pocas dudas de su preocupación para que hubiera continuidad de la política iconoclasta, (exigió que se respetara en su puesto al patriarca Juan) y por que su  hijo heredara el poder, previa regencia. ¿Quienes deberían formar ese consejo?

Algunos hablan de Teoctisto, el eunuco de conocida doblez, Petronas y Bardas, (hermanos de Tedora) amén de la viuda. Todos demostraron no tener ningún respeto por la voluntad del emperador, salvo la salvaguarda física del príncipe que será en buena medida su propia justificación para mantenerse en el poder

El 20 de Enero del 842, Teófilo dejó de existir, justo un día después de su trigesimonoveno cumpleaños.

 

Se ha querido ver en Teófilo a un hombre supersticioso, que valora a cada paso la verdad/eficacia de su fe iconoclasta en relación a sus éxitos militares. Pero esto supone, tal vez, una visión harto estrecha de una personalidad que, en todos los órdenes, se muestra muy sólida y profunda. Teófilo dejó un recuerdo de gloria y magnificencia entre el común de Bizancio. Una memoria que ni siquiera los cronistas iconódulos terminan de repudiar. No fue un militarista, (aunque sí un buen militar); antes bien destaca como un hombre de paz, atento sobre todo al bienestar de su pueblo y, con muy especial énfasis, a la justicia y la honorabilidad en todas y cada una de las parcelas de la colectividad humana. Creyó en conciencia que la iconoclastia era superior en coherencia y eficiencia a la otra alternativa: el jesuítico mundo que preconizaban los monjes. No vivió lo suficiente. O tal vez, como en el caso de Juliano unos siglos antes, gobernó en un tiempo en el que ya había pasado la oportunidad para fundar un nuevo orden. Sus oponentes no le superaron, pero le rodeaban en la sombra; la traición estaba en su hogar. Pese a todo, insistimos en opinar que una parte notable de su obra perduró y daría buenos frutos en manos de hombres enérgicos; en aquel "renacimiento macedonio" que habría de seguir.

 

 

El triunfo de la Ortodoxia
 


No tengais temor, mis amigos. ¡Veneraz las imágenes!
La sombra de Satán deja paso a la luz de los Cielos.
Pues la imagen de Cristo, estad seguros, ¡Es el Cristo!...

Teodoro de Estudios

 

 A la muerte de Teófilo la situación político-religiosa es bien compleja.

 

En muchos personajes clave, resulta sumamente difícil adivinar cuales eran las convicciones personales y/o los intereses de grupo a los que servía.

Por un lado se articula la camarilla de la emperatriz viuda, con sus ambiciosos hermanos y el eunuco Teoctisto como principales adláteres. La primera meta de todos ellos será afianzarse en el poder. En una incómoda posición quedan los que habían sido leales servidores del emperador, "iconoclastas" de corazón y pensamiento racional. El patriarca Juan Gramático y algunos generales no pueden observar el futuro sin cierta ansiedad. Más esperanzados se muestran los iconófilos, miembros destacados del alto clero y funcionarios civiles de la corte, (con una iconofília moderada). Enfrente están los "radicales"; en particular monjes que no ocultan su afán revanchista.

Teodora

El grupo de Teodora es el que debe llevar la iniciativa. No dudan en desmontar el aparato militar-burocrático iconoclasta, que pudiera tal vez ser el semillero de otro nuevo "hombre providencial". Y muy pronto establecen contactos con el partido iconófilo moderado, el más apropiado y acorde con sus intereses, (es muy probable que tales intercambios ya se dieran desde años antes del final de Teófilo).

Los unos podrían otorgar buenas ventajas al estamento religioso ‹aunque sólo fuera "respetar" ciertas parcelas de poder clásicas del clero que se habían visto muy mermadas en el iconoclasmo‹  y los otros darían una cobertura ideológica y económica incondicional a la dinastía.

El responsable delegado de la difícil maniobra será un obispo inteligente y cauto, un antiguo archidiácono de Nicéforo que había compartido prisión con Eutimio de Sardes aunque después retornaría en favor al palacio; se llamaba Metodio. Ante todo, era fundamental evitar la condenación "post mortem" de Teófilo, (de otro modo la "legitimidad del príncipe" quedaría en entredicho) y a la vez tampoco debería ser una ruptura brusca y radical.

 

 El sínodo que se reúne en el Palacio de Kanikleion asume una vuelta al espíritu y la letra del Concilio de Nicea II. El 11 de Marzo del 843 ("Domingo de la Ortodoxia"), se harán públicas las conclusiones, (apenas hace un año de la muerte del emperador Teófilo) y Metodio, que ese día es consagrado, pronuncia un discurso sobrio y prudente. Desde luego hay llamadas a la eterna memoria de las "víctimas del iconoclasmo" y se proclama con orgullo la victoria "definitiva y eterna" sobre todas las herejías, (la historia posterior tendrá a bien refutar tal equívoco), pero no deja de ser un documento "conciliador". Algunos obispos iconoclastas están presentes; ahora reconocen su "error" y gracias a ello continuarán en sus privilegiados puestos. No habría "purga" sólo "reintegración".

Apenas Juan Gramático y algún otro decoroso personaje no entrarán en ese juego de doblez y muda. Por supuesto serán apartados y sufrirán prisión en celdas monacales alejadas de la capital.


Pero no todo iba a ser fácil y suave. Metodio, como buen reformador las tendrá tiesas con el ala "dura" de la iconofília. Los monjes estuditas son su fuerza principal en Constantinopla, que es tanto como decir en el imperio. El monasterio alberga casi el millar de profesantes y sirvientes de todo orden. Su riqueza, pese a todos los graves golpes sufridos, aún es grande. Y su vigor mesiánico está intacto.

 

El mismo nombramiento de Metodio no había sido del agrado de los estuditas, quienes hubieran preferido uno de sus propios candidatos. (Los estuditas proponían a Juan Katasambas, Naucracio - higúmeno de Estudios- o Atanasio, -higúmeno de Sakudion-)

Metodio designa un número importante de nuevos obispos, intenta que sean iconófilos moderados e incluso acepta algún iconoclasta "reconvertido". Los estuditas protestan... "de hecho, ellos habrían querido establecer su monopolio sobre el episcopado; como en los tiempos de Tarasio y Nicéforo, lo cual procede de una concepción de los monjes, encargados a su entender de la vigilancia y de la inquisición en la vida de la Iglesia" (pag, 76, Michel Kaplan). De poco valdría que en Enero del 844, el mismo patriarca recibiera el cuerpo de San Teodoro en olor de santidad, para ser sepultado como "mártir" en la nave de la tremenda basílica de San Juan, corazón de su sede.

En unos meses, la oposición estudita de "firme" pasa a "pendenciera". La agitación zelota aquellos días resulta espectacular, los monjes saben maniobrar "en la calle", son verdaderos especialistas de la agitación y la subversión. Metodio responde criticando en público algunas de las ideas más extremas que había plasmado por escrito San Teodoro. Pondrán "el grito en el Cielo" y de ello resulta una verdadera y belicosa ruptura entre iconófilos; será el llamado "Cisma estudita" del año 846. (Los monjes llegarán a ser excomulgados oficialmente por el líder ecuménico).

Metodio muere pronto, (tal vez un fin demasiado precipitado para la tranquilidad del mundo bizantino), el 14 de Junio del 847. (Durante su funeral habrá de leerse un emocionante y bellísimo himno poético; su autor: un joven íntegro y excepcionalmente culto, se llamaba Focio y tendrá mucho que hacer y decir en años sucesivos). En el testamento del esforzado patriarca se recomienda reintegrar a los rebeldes monjes en tanto éstos acepten anatemizar los párrafos exagerados de Teodoro. Seguramente fue consciente de que estaba a punto de abrirse otra profunda brecha en la Iglesia, tan seguida del iconoclasmo; y, en cierto modo, heredera natural de aquella. Moderados, (partidarios de un poder civil fuerte al lado de una Iglesia Autónoma, cuyo símbolo será la aceptación "restringida" de los iconos), que incluirán en sus filas sobre todo a obispos cultos y políticos o pensadores laicos que habrán de pasar a menudo al ámbito eclesial, apoyados en fuerzas interiores del imperio y, de especial modo, en la institucionalidad del Imperio. Frente a Radicales, (seguidores de un orden clerical severo, ilusionados con el ideal de una Iglesia Todopoderosa detentadora de la verdad absoluta, origen y justificación de todo poder terrenal; que, como corolario, puede "corregir", si es menester, la actividad imperial que se considere no acorde con la fe), (el ideograma será la "elevación" al máximo nivel de los iconos y las reliquias, "tótems" privilegiados cuya posesión confiere una extrema honorabilidad); integrados por monjes y obispos "poco ilustrados" que encontrarán apoyo exterior, en particular en el papado de Roma que por entonces intenta desplegar una "ideología" de supremacía a la que le vendrá "como anillo al dedo" aquella disputa en Bizancio. Tal vez aquí esté el origen y explicación del futuro "Cisma fociano".

 

 

Focio, el Cisma de Oriente y final de la iconoclastia
 

Recién sepultado el esclarecido patriarca Metodio en un sarcófago de brillante mármol blanco, la convulsión en las calles de Constantinopla es casi permanente; día y noche del cálido principio de verano se suceden los altercados. La emperatriz Teodora está asustada. No se atreve a convocar el sínodo de los obispos pues sabe que los prelados van a contrariar a los monjes y opta por la que cree ser una genial solución: nombra directamente ella al abad Ignacio.

Éste era por entonces un personaje secundario, de proverbial ignorancia y un tanto "pancista" o proclive a la acomodación dentro del poder cambiante del momento. No se le conocía una especial oposición al iconoclasmo; de hecho, había mantenido sus cargos "sin privación alguna" durante todo aquél azaroso tiempo para tantos otros higúmenos. Sin embargo, gozaba de una inmejorable "prosapia" para los zelotas: era un hijo, hecho eunuco, del emperador Miguel I Rangabé, el que fuera "la espada de los iconófilos".

Los estuditas estarán encantados por algún tiempo con tan "inspirada" elección de la basilisa. Aquellos "celosos" zelotas no parecían caer en la cuenta de la "ilegalidad" manifiesta de tal procedimiento para aupar un personaje a la sede patriarcal.

Como era de prever, nada importante se encaminaría a mejor al sustituir una persona ágil y operante por otra torpe e inactiva. No era difícil entender que, casi de inmediato, surgiera una oposición de signo bien contrario. Los excesos "iconófilos" hacían plantearse a muchos la "justificación" de los emperadores-soldado. Lo que había pretendido evitar Metodio, (la vuelta de la iconoclastia reactiva en el propio corazón del palacio o ejército), se abría paso; con velocidad directamente proporcional a la envergadura del "celo" estudita.

El césar Bardas sabe que aquello llevará pronto al desastre y dará su propio golpe de timón. Teodora permanece ciega a todo lo que no sean los deseos del afable eunuco Teoctisto, con quien tan buena y sospechosa relación la unía. A mediados del 856, Bardas y un taimado Miguel III detienen al logoteta y encierran a la emperatriz en el convento de Gastria. Poco después, en el 858, vista la irrenunciable ligazón entre patriarca y ex-regente; Ignacio es obligado a dimitir y el Sínodo reunido según los cánones elige patriarca a un civil: el profesor Focio. (El ascenso meteórico de un seglar hasta el patriarcado no era algo nuevo ni será éste el último caso. Lo mismo puede decirse para un buen número de Papas).

Poco antes de estos acontecimientos, el mismo Bardas ha llamado para ocupar el "rectorado" de la Universidad de Constantinopla al insigne León el Matemático; y no le importa nada que el intelectual haya sido o fuera aún un convencido iconoclasta; sabe bien que no hay mejor candidato para tan importante puesto. El resultado será un verdadero renacimiento y nuevo brillo de la institución y de la cultura bizantina en general.

Focio desempeña una labor estrictamente continuista de la obra de Metodio.

 

Insiste, por activa y pasiva, que lo contrario llevaría directo al peligro de la herejía "que surgía del corazón del imperio". Además de culto y racional, el flamante patriarca parece un sincero creyente. Se conserva, entre otras, la homilía que pregonó el Sábado de Resurrección del año 867, (delante del pueblo, lo más granado de la corte y los co-emperadores Miguel III y Basilio II), para celebrar la inauguración de una nueva decoración iconófila en Santa Sofía. Muy difícil resulta exponer con mejor retórica y más claro los argumentos tradicionales de los supremos pensadores iconófilos y también en extremo difícil parece decirlo de alguna manera menos áspera y zahiriente. Resulta un excelente ejemplo de diplomacia y aquilatamiento.

Sin embargo, antes de lo que se pensaba los zelotas iban a tener ocasión de tomar su revancha; será cuando suba al poder, en solitario, Basilio I. El "macedonio" era un mozo de cuadras apolíneo, bizarro y seguramente descreído. Pero no le pareció oportuno respetar al patriarca; quería "borrón y cuenta nueva". Ignacio "volvió" en el 869 y, tal vez, así el emperador creyó conseguir un deseado acercamiento a occidente y un refrendo general de la Iglesia. La verdad es que en el concilio que se propuso apenas se superó la docena de asistentes; quedaba bien patente la escasa aceptación del viejo monje-eunuco por parte de los obispos orientales. Y aún más, pronto incluso ambos, Ignacio y Basilio, se toparon de bruces con una sorprendente y novedosa pretensión del Papa: su derecho a decidir en cuestiones propias de la sede constantinopolitana. Por el tono de los documentos conservados de la época aquello al principio se tomó como una especie de "farol", sin demasiada importancia; y que no merecía ni siquiera comentario; después, ante la insistencia relativa y el confesado deseo de "adquirir" potestad sobre Sicilia y Bulgaria, tuvo que optarse por un rechazo más tajante: aquella absurda pretensión era intolerable a los ojos de todos, incluso de los estuditas y de Ignacio, por muy "bruto" que pareciera.

Por entonces, (y parece lógico sobre todo teniendo en cuenta la severa personalidad de Basilio), se produjo cierta reconciliación en el seno de la Iglesia bizantina. En el 873 Focio es llamado de nuevo a Constantinopla donde disfrutó del favor imperial, incluso de la benevolencia de Ignacio. Y a la muerte de éste, casi de manera "natural" el erudito es designado, por aclamación, Patriarca de la Nueva Roma; tal vez, un poco a su pesar, porque Focio, amén de "santo" para los ortodoxos y "agente de Satán" para los católicos, fue sobre todo y antes de nada un excepcional intelectual, un hombre sabio en el pleno significado de la palabra, honesto hasta donde es posible serlo en la alta política y el no menos alto clero; un hombre, en suma, que demostró preferencia por "el saber" antes que el "mandar".

La labor de Focio significa la liquidación plena y definitiva del iconoclasmo.

 

Después de su  doble patriarcado, nadie parece haber necesitado poner de nuevo en marcha una reforma del orden que preconizaron los isaurianos, León V y los amorianos. A pesar de recaer las riendas del poder en manos tanto o más varoniles, activas y guerreras, (véase Nicéforo Focas, Juan Tzimisces o Basilio II, entre otros). Cierto equilibrio se mantuvo entre Iglesia y Estado, hasta el final de Bizancio. No hubo ningún otro cisma importante en la grey oriental, si acaso pequeños "encontronazos" personales que no durarían más allá del breve periodo activo de sus protagonistas; sin llegar nunca a poner en peligro, de verdad, la unidad de la Ortodoxia. Tal vez, en éste sentido, tenía razón el patriarca Metodio en su consideración-deseo expresado en el "triunfo de la Ortodoxia"; el mismo que varios centenares de millones de fieles repiten hoy en los templos del ecumene, aquellos que consideran todavía al patriarca que reside en Estambul como la cabeza honorífica de su rebaño.


El abad Jean Nicolás Jager, (Canónigo honorario de París y de Nancy, profesor de Historia en la Sorbona), dedicó a Focio un voluminoso tratado
, (Histoire de Photius, Patriarche de Constantinople, auteur du schisme des grecs d'après les monuments originaux la plupart encore inconnus, Paris: Aug. Vaton, 1844) que es una verdadera "joya" de la historiografía oficial católica. A la carcajada inicial ‹por el tono simplón y maniqueo‹ puede suceder un profundo estupor ‹por la desfachatez en incluir flagrantes falsedades‹ que al final se cierra, en el clímax de la sofocación, con la siguiente y sublime frase:


"... las precauciones de los griegos han sido inútiles: a pesar de todos sus esfuerzos nos han llegado bastantes documentos para conocer bien a Focio. Sus propios autores, en los cuales nosotros tan a menudo hemos bebido, han contribuído a describirnos su mala fe, su impostura insigne, su detestable perfidia y su horrible crueldad" (pag. 393).

Entre otras muchas "lindezas", sin ruborizarse, suponemos, acusa al buen Focio, nada más y nada menos, de haber "asesinado" a Ignacio, mediante alguna pócima tan en boga de los magos y "brujos".
 

Podéis estar tranquilos, el libro goza del visto bueno del oportuno censor de la Iglesia Católica; ya sabéis aquello de "Nos los Inquisidores Apostólicos..."

 

                                                                                                                                    Francisco Aguado

 

Bibliografía comentada.

La bibliografía sobre el iconoclasmo bizantino es abundante; aunque todos los autores coinciden en señalar gruesas lagunas todavía pendientes. Destaco a continuación algunos de los escritos que he tenido ocasión de consultar y que, estoy convencido, pueden abrir un saludable camino al conocimiento, tan oscuro por voluntad de fuerzas poderosas, de los "iconoclastas" en la Nueva Roma medieval.

KARLIN-HAYTER, Patricia: "Iconoclasm", en The Oxford History of Byzantium,
(Ed. Cyril Mango), pags: 153-162. Oxford, New York: Oxford University Press,
2002. (ISBN: 0-19- 814098-3).
Un resumen o introducción al tema con una perspectiva "a día de hoy".

DUCELLIER, Alain: L'Église byzantine. Entre Pouvoir et Esprit (313-1204).
(Col. Bibliothèque d'Histoire du Christianisme, nº 21).
Paris: Desclée, 1990
(ISBN: 2-7189-0445-3)
Un trabajo "de ideas básicas" en el que abundan las notas y traducciones de fuentes.

KAPLAN, Michel: La Chrétienté Byzantine. Du début du VIIe Siècle au Milieu du XIe Siècle. Images et Reliques. Moines et moniales. Constantinople et Rome. Paris: SEDES, 1997 (ISBN: 2-7181-9184-8)
Roma era en un principio el "puesto avanzado" de Bizancio en Occidente. Las circunstancias políticas la alejarán más abocándola a una independencia con complejo de "orfandad". La crisis iconoclasta será el detonante de una separación definitiva; cuando débil Constantinopla, Roma se sienta capaz de asumir una "rebelde" supremacía ejecutiva. Un libro imprescindible.

PERRONE, Lorenzo: "El Cuarto Concilio de Constantinopla (869-870)" en Historia de los Concilios Ecuménicos, (Giuseppe Alberigo, ed.), pags: 135-156. Salamanca: Sígueme, 1999.
Un volumen traducido al castellano que ofrece cierta imparcialidad, tan a menudo herida en estos aspectos demasiado tiempo tergiversados y semi-ocultos.

GRABAR, André: La Iconoclastia bizantina. Dossier Arqueológico. (trad. Ana
López Álvarez), Madrid: Akal,1998. (ISBN: 84-460-0438-0)
Tal vez demasiado énfasis en el aspecto "estético" de la iconoclastia y escasa referencia a otros condicionantes históricos, sociales y económicos, de la época. De hecho se incluye en una colección de textos especializados en arte.

LOMBARD, Alfred: Constantin V, empereur des Romains, (740-775). (Col. Études
d'Histoire Byzantine, XVI). Paris: Félix Alcan, 1902.
Un clásico pionero y "aislado". Ha pasado el tiempo pero no hay otra elección más sencilla si se busca un trabajo monográfico sobre el gran emperador.

TREADGOLD, Warren: The Byzantine Revival, 780-842. Stanford: Stanford
University Press, 1988. (ISBN: 0-8047-1896-2)
Obra académica para un periodo difícil, a cargo de uno de los más reconocidos "bizantinistas" de hoy.

BARBE, Dominique: Irène de Byzance. La femme empereur. Paris: Perrin, 1990.
(ISBN: 2-262-00738-1).
La emperatriz Irene en un grueso volumen, tan ameno como extenso. Dónde será difícil echar de menos información alguna de verdadero interés.

KAEGI, Walter: "The byzantine Armies and Iconoclasm" en Byzantinoslavica,
27, (1966), pags: 48-70.
El profesor Kaegi incide en los rasgos clave de la milicia "iconoclasta".

DAGRON, Gilbert: "Leon III et les empereurs iconoclastes: Melchisédech ou
l'Antéchrist" en Empereur et prêtre. Étude sur le "césaropapisme" byzantin.
pags: 169-201. Paris: Gallimard, 1996 . (ISBN: 2-07-074204-0)
El papel crucial del emperador en la Iglesia Cristiana primitiva, desde que Constantino el Grande iniciara la tradición de convocar y presidir los concilios, ejerciendo como en la etapa pagana, el cargo de "Sumo Pontífice". La iconoclastia se reafirmará en este papel.

GERO, Stephen: Byzantine Iconoclasm during the Reign of Leo III, with
Particular Attention to the Oriental Sources
, CSCO 346; SUbsidia, 41 Lovain:
1973.
Fuentes y comentarios en torno al periodo del primer emperador iconoclasta

GERO, Stephen: Byzantine Iconoclasm during the Reign of Constantine V, with
Particular Attention to the Oriental Sources
, CSCO 348; SUbsidia, 52 Lovain:
1977.
Continuación del anterior, al mismo nivel.

WORTLEY, John: "Iconoclasm and Leipsoclasm, Leo III, Constantine V and
Relics" en Byzantinische Forchungen, (1982), pags: 253-279.
El profesor canadiense incide sobre el apartado de las reliquias; tal vez menos considerado, pero por igual significativo en la "iconoclastia".

DEROCHE, Vincent:" Le Mouvement Iconoclaste et son Rejet"  en Entre Rome et l'Islam. Les Chrétientés d'Orient, 610-1054. Pags: 147-220. Paris: SEDES, 1996. (ISBN: 2-7181-9173-2)
Excepcional trabajo, claro y razonado.

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