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Constantino VI (780-797) e Irene (797-802)

Por Leonardo Fuentes

Irene

Constantino VI

 

 

La querella iconoclasta marca un momento capital en la historia de Bizancio. El emperador León III, prohibiendo el culto de las imágenes, provocó una crisis de proporciones que durará más de un siglo. Es en el contexto de esta crisis que surge la figura de una mujer, a todas luces excepcional: la emperatriz Irene.

 

    Irene nació en Atenas, probablemente entre los años 750 y 755 [1]. No se sabe porque el emperador  Constantino V la eligió como esposa para su hijo y heredero León IV pero, como su familia –los Sarandapechys- era muy importante en Grecia central, no se puede descartar que el matrimonio haya tenido motivaciones políticas. Posiblemente las simpatías de Irene respecto a los iconos no fueran conocidas en el momento de su matrimonio, o puede ser que una iconofilia tácita se aceptara en las mujeres “imperiales” [2].

 

    Irene y León se casaron en Constantinopla, en diciembre de 769. Su único hijo, Constantino, nació el 14 de enero de 771 y cuatro años después (agosto de 775), al morir su padre, León subió al trono a la edad de veinticinco años.

 

    León IV, llamado el Jázaro en recuerdo del origen de su madre, fue un iconoclasta más moderado que su progenitor: no abolió ninguna de las disposiciones contra el culto de las imágenes, pero cesó la persecución y tortura de los iconódulos. Al morir repentinamente, en septiembre de 780, lo sucede su hijo Constantino, que tenía apenas nueve años. La edad de Constantino VI implica la regencia de su madre, Irene, y por tanto, la atribución del poder imperial a una mujer. Si se considera la parte de guerra y victoria que pesa sobre el personaje imperial, se comprenderá que esto último entraña dificultades. Las intrigas de palacio, las opciones religiosas, las posiciones tomadas por los ejércitos provinciales cristalizan en torno a este problema, cuyos actores parecen cobrar vida de repente para nosotros gracias a la posesión de fuentes más directas, más numerosas y más elocuentes. Pero, sin duda hay una trampa, que no siempre los historiadores han evitado. Trazar un retrato que parece dado no consiste en reproducir las opciones y los agravios difuntos, ni tampoco en proyectar sobre el pasado la engañosa transparencia de una cultura y una moral actuales. Pero, a quien quiera hacer el esfuerzo de imaginación necesario, el siglo IX le ofrece un material abundante desde su comienzo: la biografía del patriarca Tarasio, redactada por el diácono Ignacio; la narración de las tareas del patriarcado; la historia familiar de María de Amnia, esposa de Constantino VI, escrita hacia 820 por uno de sus primos, el monje Nicetas; y, finalmente, la considerable obra de Teodoro de Studa; todos ellos capaces de enriquecer con su testimonio la trama establecida por la Crónica de Teófanes, escrita durante el reinado de Miguel II (813-820).

 

    Entonces, ¿cuál es la verdad sobre Irene? ¿Fue, para empezar, una madre preocupada por asegurar el futuro de un hijo demasiado joven frente a sus tíos paternos, en quienes convergían las fidelidades de los ejércitos de Oriente y de los allegados de Constantino V? ¿Percibió desde un primer momento la perspectiva de un imperio propio, ásperamente disputado, poco después, a su propio hijo? No lo sabremos nunca ¿Por el hecho de haber nacido en Atenas habría aportado al palacio la tradición de una piedad que ninguna disidencia regional pudo nunca enturbiar, lo que explicaría que, vivo aún León IV, hubiera sido condescendiente con los monjes? Es posible. Por otro lado, su condición de mujer en la familia imperial la consagraba a una vida palaciega y urbana, y le dictaba la elección de sus cartas y sus apoyos. El periodo que transcurre entre la muerte de León IV y su propia caída en 802 se puede dividir claramente en tres fases: la regencia, el gobierno de Constantino VI y el ejercicio del poder imperial por parte de Irene en soledad.

 

La regencia

Seis semanas después del ascenso al trono del joven Constantino, su tío, el césar Nicéforo  –que encarna la continuación de la actitud iconoclasta y militar de Constantino V-, encabezó una conspiración en la que toman parte figuras poderosas (incluso un ex-general del thema de Armeniacos, un capitán de la guardia imperial y un consejero político de alto rango). Pero, la situación será resuelta satisfactoriamente por la regente: los conspiradores fueron arrestados, azotados, tonsurados (es decir, hechos monjes a la fuerza), desterrados y sus posiciones confiscadas por los partidarios de Irene. Nicéforo y sus cuatro hermanos fueron ordenados sacerdotes, un estado que los inhabilitaba para gobernar y qué se acentuó cuando se les obligó a administrar la comunión el día de Navidad en Santa Sofía.

 

    En estos momentos Irene es respaldada por dos hombres. Uno es un eunuco de su casa, Estauracio (Stauracius), que llega a ser logoteta del dromo (la posición ministerial más importante, ya que controla la policía, el correo político y los asuntos exteriores) y que conduce en 781 la campaña contra los eslavos sublevados en Macedonia y Grecia [3]. El otro es el jefe de una oficina de la cancillería imperial (secretis), Tarasio, un laico al que ella convierte en patriarca en 784, tras haber obligado a dimitir al patriarca iconoclasta Pablo. Irene hace que el “pueblo” reunido en el palacio de la Magnaura elija a Tarasio, imponiendo así la marca imperial a un antiguo procedimiento, y ambos preparan a partir de entonces la restauración del culto de las imágenes.

 

    Uno de los primeros actos diplomáticos de Tarasio fue enviar, en agosto de 785, una profesión de fe anti-iconoclasta al Papa Adriano. Al mismo tiempo, Irene le solicitó a este que convocara un concilio ecuménico, mientras Tarasio contactaba a los patriarcas de Alejandría y Antioquía. Adriano objetó que un seglar hubiera sido elegido patriarca, pero sus simpatías estaban firmemente del lado de los iconódulos por lo que aceptó la idea del concilio y envió representantes a la mencionada asamblea, que se reunió en la Iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, el 1 de agosto de 786. Pero, los obispos iconoclastas conspiraron para minar el concilio y, por instigación de sus oficiales, el tagmata (cuerpo de tropas estacionado en la capital, que era fiel a la memoria de Constantino V y por lo tanto iconoclasta) interrumpió las sesiones, amenazando matar a algunos de los delegados. El concilio tuvo que ser disuelto.

 

    Irene, con la ayuda de Estauracio, envió entonces a las tropas iconoclastas de la capital al frente de Asia Menor y las sustituyó por tropas partidarias de las imágenes, que hizo venir de Tracia y Bitinia. Se celebra entonces un nuevo concilio en Nicea (24 de septiembre al 13 de octubre de 787), que condena la iconoclastia como herejía y restaura el culto a las imágenes. Es el VII y último concilio reconocido como ecuménico por la Iglesia salida de Bizancio. El protocolo final es firmado en la Magnaura, donde Irene y su hijo son aclamados como “el nuevo Constantino y la nueva Helena” -referencia al modelo de emperador cristiano que refuerza la elección de la ciudad donde tuvo lugar el concilio de 325-. La asamblea de 787 subraya la distinción entre “veneración” y “adoración” de las imágenes, y da o recuerda disposiciones generales sobre los bienes de la Iglesia, la disciplina de los clérigos y los criterios de validez de la liturgia. Además, admite el regreso de los iconoclastas arrepentidos al seno de la Iglesia. Pero, de hecho, no es una asamblea homogénea ni unánime.

 

    El problema de la reconciliación en el seno mismo de la clericatura abre un debate que se prolongará, por diversos motivos, hasta el siglo X. Por un lado, Tarasio inaugura el tipo de patriarca reclutado directamente en el servicio público, e inclinado a una actitud primordialmente política de colaboración con el soberano de legado de Cristo. Por otro lado, Platón y su sobrino Teodoro –máximos representantes del monaquismo- encarnan la exigencia de una prioridad absoluta de la Iglesia, investida de la misión de dictar el derecho a todos, incluido el emperador; y esta Iglesia es la Iglesia de los monjes. Platón había fundado en una propiedad familiar, en la región del Olimpo, el convento de Sacudión del que llega a ser higúmeno a partir de 781, pues la regencia de Irene supone, en primer lugar, la liberación del monaquismo. La rigurosa organización de Sacudión está elaborada sobre la base de un retorno a las fuentes, es decir, al modelo cenobítico de Basilio de Cesárea. Teodoro, nacido en 759, es hijo de la hermana de Platón, y toda su familia “ha abandonado el mundo”. Se convierte en monje en Sacudión y se adhiere a la reforma emprendida por Platón, al que sucederá. Sus seguidores no aceptan la reintegración de los obispos iconoclastas.

 

    En 788, Irene casa a su hijo. La esposa es María, nieta de Filareto, un hacendado de Amnia, en Paflagonia [4]. Otro nieto, el monje Nicetas, escribirá en 812 la historia de su abuelo y padrino, que, según cuenta, le consagró, siendo aun niño, al hábito religioso para que realizara esta tarea. El relato, importante fuente para nuestro conocimiento de la sociedad de su tiempo, se desarrolla en dos planos. El primero, edificante, suple la ausente descripción del linaje, en una época en que se empezaba a tener en cuenta, por la hagiografía de Filareto, a quien una caridad demasiado ardiente despoja poco a poco de todos sus bienes, como a un Job cristiano; el matrimonio imperial es fuente de una nueva prosperidad que el autor puede contemplar después de la beatitud eterna. El segundo plano es el familiar: el autor hace la relación exacta del estado de los hijos y de los nietos de Filareto, y describe el regreso de los enviados imperiales, que buscaban por las provincias una jovencita cuyo origen no importaba, pero que debía tener determinadas características [5]. Éste es el primer caso registrado de un "concurso matrimonial" (el próximo tendrá lugar en 807/8, cuando Teofano, pariente de Irene, se case con Estauracio, hijo de Nicéforo I) para la provisión de una esposa imperial, y probablemente haya sido Irene la que instituyó la costumbre. Quizás estuviera inspirada en la vieja costumbre irania ilustrada por la historia bíblica de Esther, pero, sea como sea, es sin duda el equivalente femenino de la elección viril por medio de la victoria militar.

 

 

El emperador “adúltero”

El segundo periodo del reinado de Irene y Constantino empieza en 790. Deseoso de tomar las riendas del poder, que su madre no resignaba, este último promovió una conspiración contra Estauracio [6]. Pero Irene consiguió dominar la revuelta en la primavera de 790 y exigió recibir sola el juramento de fidelidad de las tropas. Las de la capital aceptaron la medida, las de Asia Menor la rechazaron, en un contexto de dificultades militares con los búlgaros, los árabes y los lombardos. De hecho, en septiembre de 790, el thema de los Armeniacos se negó a prestar el juramento. Cuando Alejo Mosele (o Mousoulem), comandante de la guardia imperial, es enviado a tratar con los rebeldes, estos encarcelan a su general, designan a Mousele su comandante y aclaman a Constantino como único emperador. Las tropas de otros themas siguieron su ejemplo encarcelando a sus strategoi, designados por Irene, y aclamando a Constantino. En octubre de 790, todos estos regimientos rebeldes –más de la mitad de todo el ejército- se congregaron en Atroa (Bitinia) y exigieron que Constantino, que ahora tenía diecinueve años, fuese enviado allí. Irene tuvo miedo y le permitió ir. Las tropas confirmaron a Constantino como emperador. Cuando este volvió a Constantinopla, en diciembre de 790, hizo que Estauracio fuera azotado, tonsurado y desterrado al thema de los Armeniacos; el eunuco Aecio, otro íntimo confidente de Irene, y todos los otros eunucos también fueron desterrados. La propia Irene fue confinada en el palacio de Eleutherios, que ella había hecho construir.

 

    Sin embargo, en enero de 792, por razones inciertas, Constantino admite de nuevo a Irene a su lado, la designa co-gobernante y le restituye su título de emperatriz. Estauracio también fue traído del destierro. Durante este tiempo Constantino dirigió una serie de campañas en la frontera búlgara, sufriendo una contundente derrota cerca de Markellai (julio de 792). La huida del emperador del frente de batalla no ayudó a subir la decaída popularidad del joven Constantino VI. El pago de un fuerte tributo será la solución a este conflicto. Todo esto causó inquietud en el ejército y el tagmata de Constantinopla decidió sacar de su retiro al tío de Constantino, el césar Nicéforo, y hacerlo emperador. La reacción de Constantino frente a esta amenaza -quizás por consejo de su madre- mostró su propia vulnerabilidad.

 

 Nicéforo fue cegado y a sus cuatro hermanos se les cortó la lengua, ultrajando así la fidelidad, aun muy viva, al gran Constantino V. Alejo Mosele también es privado de la vista, acusado de conspirador, lo que provocó una gran revuelta en el thema de los Armeniacos, revuelta que es sofocada después de una dura represión. Constantino aparecía así como desleal e injusto con quienes le habían ayudado contra Irene en 790. Además, habiendo enajenado su propia base de poder, se vio obligado a confiar cada vez más en su madre y su “facción”.

 

    Constantino VI perderá también el apoyo de los monjes al repudiar a su esposa, la bella María de Amnia. El joven emperador detestaba a su cónyuge, quizás porque ella había sido elegida por su madre, y Teófanes considera que en el deterioro de la relación intervino Irene: “el emperador, que había concebido una aversión hacia su esposa María a través de las maquinaciones de su madre (porque ella anhelaba el poder y quería que él fuera condenado universalmente), la obligó a que se hiciera monja y, después de obtener su consentimiento, la hizo tonsurar en enero de la tercera indicción (795)”. Constantino había tomado como concubina a Teodota, una cubicularia, o camarera, de su madre y necesitaba divorciarse de María para casarse con ella. María parece haber ido de buena gana a un convento en las islas de los Príncipes, y sus dos hijas pequeñas (una de las cuales, Euphrosyne, seria más tarde esposa de Miguel II el Tartamudo) fueron con ella. Irene debe haber consentido el nuevo enlace de su hijo y quizás lo haya animado. Ciertamente no hizo ninguna objeción a que la emperatriz se convirtiera en monja en un convento que ella había fundado. En agosto de 795, Constantino coronó a Teodota como Augusta (un título que a María no le había sido concedido) y se casó con ella en septiembre, en el palacio de San Mamás.

 

    El emperador había desencadenado así no solamente el engranaje de su propia pérdida, sino también un conflicto revelador del estado de los poderes. El gesto de Constantino VI es, en efecto, contrario a la legislación sobre separación de los cónyuges elaborado por la Iglesia a partir del siglo IV y formalizada por la legislación de Justiniano: a falta de un acuerdo común, el repudio de una esposa se limitaba a casos poco numerosos y estrictamente definidos. El patriarca Tarasio no opone resistencia, ya que se sitúa, como vimos, en la línea del patriarcado político, en la que se situarán los patriarcas reclutados, como él, en el servicio público. En cambio, Platón y su sobrino Teodoro van a liderar la oposición monacal contra esta relación “adúltera” (esta cuestión se denomina a menudo la “Moechian”, o controversia “adulterina”). Ellos encuentran en este asunto el motivo para afirmar la autoridad primordial de la norma eclesiástica en todas las circunstancias, y al mismo tiempo la competencia prioritaria de la Iglesia de los monjes. Constantino los encarcela y luego los exilia, en marzo de 797. Se halla desde entonces aislado frente a las intrigas de palacio, conducidas por su madre.

 

    En el verano de 797, Irene depone a su hijo y lo hace cegar “en la habitación púrpura donde le había traído al mundo”. Entonces, prosigue la Crónica de Teófanes, “el sol se oscureció, las naves equivocaron su rumbo, y todo el mundo convino en que si el sol ocultaba sus rayos era porque se había dejado ciego al emperador”. El cronista da así la clave de un relato cuya atrocidad literal ha llamado mucho la atención de los historiadores. La “habitación púrpura” es la del nacimiento imperial, que cobrará una creciente importancia en el siglo IX, y sobre todo después, en la descendencia de Basilio I, como criterio de legitimidad durable del poder: Constantino VI es, pues, descalificado por la ceguera en el corazón mismo de su herencia; y, por otra parte, la equivalencia, más explicita aun en griego, entre los rayos del sol y la vista, remite al carácter solar de la soberanía imperial, bien conocido desde el siglo III y desde Constantino, y permite comprender por que la ceguera es escogida en Bizancio como la mutilación incompatible con la posesión o la esperanza del poder supremo. Constantino se limita, a partir de entonces, junto a Teodota, a una vida puramente privada[7]. Deja dos problemas sin resolver: el conflicto provocado por su matrimonio en el seno mismo de la Iglesia, y el ejercicio del poder imperial por una mujer, que lo asume sola y sin poder invocar en lo sucesivo ninguna delegación temporaria. Es la tercera parte del periodo que acabará en 802 con la caída de Irene.

 

Irene, una mujer emperador

Su nuevo status imperial parece no haberle causado a Irene ninguna turbación: de hecho acuñó monedas de oro con su retrato en ambos lados para enfatizar que ella era el único gobernante y en por lo menos una de sus Novelas usó el título de emperador (“Irene el devoto emperador”), no el de emperatriz; aunque ella usó el título femenino de basilissa o augusta en sus monedas, así como en sus sellos. El hecho que el trono oriental estuviera ahora ocupado solamente por Irene puede haber animado a Carlomagno a asumir el título de "emperador de los romanos": él fue coronado por el Papa León III el 25 de diciembre del año 800. El Papa arguyó que el trono imperial estaba técnicamente “libre”, ya que lo ocupaba una mujer.

 

    En Constantinopla había también claras preocupaciones sobre la aptitud de Irene para gobernar. Los hermanos de Constantino V estuvieron de nuevo el centro de una conspiración en octubre de 797, cuando ellos fueron persuadidos para que se refugiaran en Santa Sofía, con la idea de que uno de ellos sería proclamado emperador por el populacho. Pero, ningún levantamiento popular tuvo lugar y Aecio, el eunuco de Irene, los engaño para que dejaran la iglesia; después se los desterró a Atenas. Una nueva conspiración, en marzo de 799, para poner en el trono a uno de ellos provocó que los cuatro fueran cegados. Obviamente, las tropas de los themas tenían reservas sobre el nuevo régimen. Ciertamente, desde que Irene asumió sola el poder, la actividad militar se redujo al mínimo y Bizancio reconoció la supremacía del califa árabe Harun al-Rashid en la frontera oriental: en 798/9 los árabes realizaron varias incursiones en el Imperio e incluso infligieron una severa derrota a las tropas del thema de Opsikion. Harun aceptó luego una tregua de cuatro años a cambio de que los bizantinos pagaran un tributo anual.

 

    Por otro lado, para conseguir mayor popularidad, Irene disminuyó los tributos, favoreciendo a los monasterios y a la población de Constantinopla: eximió de los impuestos cívicos a la capital y suprimió los derechos que se cobraban en las aduanas de Hieron y Abydos, que controlaban el tráfico de mercancías que llegaba a Constantinopla por mar. Ella también parece haber dispensado a las instituciones filantrópicas, orfanatos, asilos de ancianos, iglesias y monasterios de los impuestos de fogaje (kapnika); éstos serán restaurados por su sucesor Nicéforo.

 

    Un acontecimiento decisivo en los comienzos del reinado de Irene es la instalación de Platón y Teodoro, con sus monjes, en la capital. Un número de monjes demasiado grande para Sacudión, una amenaza árabe, pero sobre todo, sin duda, la coyuntura llegada a su punto culminante, todo esto comporta la instalación definitiva de la comunidad en la capital, donde vuelve a abrir un viejo convento abandonado, el convento de Studa o Studiu (en genitivo), llamado así en recuerdo de un patricio que lo habría fundado en el siglo V. Con Irene, los monjes de Studa conseguirán ejercer una gran influencia en la corte.

 

    Sin embargo, la muerte de Constantino había cambiado la dinámica de poder en la corte y ya en 797/8 Irene tuvo problemas para controlar a los poderosos eunucos Estauracio y Aecio, ya que ambos aspiraban a asegurar el Imperio para sus parientes después de la muerte de Irene. Esta rivalidad se intensificó cuando la emperatriz cayó enferma en mayo de 799. Aecio, que había logrado el apoyo de Nicetas Triphyllius, doméstico de los Scholae (uno de los regimientos de la guardia imperial), informó a la emperatriz que Estauracio estaba conspirando para ocupar el trono. Irene celebró un consejo de estado en el palacio de Hiera donde Estauracio se disculpó por su conducta y -sorprendentemente- retuvo su puesto. En febrero de 800, como parte de su venganza contra Aecio y Nicetas, éste preparó una rebelión sobornando a la guardia imperial con dinero y regalos. Aunque ningún eunuco había sido alguna vez emperador, él parece haber tenido ambiciones imperiales, quizás debido al grado de poder que le habían permitido manejar.

 

 Consciente de la situación -probablemente advertida por Aecio- Irene convocó otro consejo de estado en el Gran Palacio y prohibió cualquier contacto con Estauracio. Aecio, como premio por sus servicios, fue nombrado strategos de Anatolia. La situación se podría haber complicado aun más, pero Estauracio, que preparaba una nueva sublevación, enfermó de gravedad y murió al poco tiempo. El Gobierno estaba obviamente desquiciado: no sólo el ejército sino también la administración deben haberse visto perturbados por un estado de cosas en el cual los eunucos de la emperatriz se disputaban abiertamente el trono y eran premiados, por delatarse uno al otro, con la dirección de themas.

 

    Es en este clima que Carlomagno se coronó emperador en diciembre, lo que debe haber dañado seriamente el prestigio de Irene en el escenario internacional. Según Teofanes, Carlomagno, luego de dar aquel paso, consideró primero organizar una expedición naval contra la Sicilia bizantina y luego el matrimonio con Irene. Aecio estaba ahora prácticamente a cargo del gobierno y del ejército, y en 801/2 él intentó hacer a su hermano León emperador: lo nombró strategos de Tracia y Macedonia, mientras él controlaba dos themas Asiáticos (Anatolia y Opsikion). Estos cuatro themas estaban estratégicamente cerca de Constantinopla y poseían un tercio o más de las tropas del imperio. El propio Aecio había comandado las tropas de sus themas y logrado una victoria sobre los árabes en 800, aunque él fue derrotado al año siguiente. La conducta de Aecio se volvió cada vez más autocrática: “estando lleno de orgullo, él humilló a dignatarios que estaban en posiciones de autoridad y no los tomó en cuenta para nada”. Uno de estos dignatarios era evidentemente Nicéforo, ministro de finanzas de Irene (logoteta del genikon o tesorería). Los cortesanos enfadados decidieron sublevarse, y sus planes se vieron favorecidos por la llegada de los embajadores de Carlomagno y del Papa León, que venían a pedirle a Irene que se casara con Carlomagno y unir así los dos imperios. Sin embargo, Aecio impidió que se llegara un compromiso firme. Mientras los embajadores de Carlomagno todavía estaban en la ciudad (probablemente el momento fuera deliberadamente escogido), al alba del 31 de octubre de 802, Nicéforo tomó el poder. Él fue respaldado por varios conspiradores de elevada posición jerárquica, entre ellos Nicetas Triphyllius el doméstico de los Scholae.

 

    La rebelión parece haber sido causada por el temor a que el muy detestado eunuco Aecio lograra instalar a su hermano en el trono antes de que Irene pudiera aceptar la propuesta matrimonial de los francos. La emperatriz fue desterrada a un convento que ella había construido en las islas de los Príncipes; pero en noviembre fue trasladada a Lesbos y severamente vigilada (es posible que en el ínterin ella hubiera estado envuelta en una conspiración para recobrar el poder). Irene murió el 9 de agosto de 803 y su cuerpo fue trasladado a su monasterio en las islas de los Príncipes.

 

                                                                                                                                            Leonardo Fuentes.

 

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[1] La fecha exacta de su nacimiento se desconoce, pero difícilmente ella fuera mayor que su marido, León IV, quién había nacido en enero de 750. The Oxford Dictionary of Byzantium indica que Irene nació h 752.

[2] Al final de su reinado, Constantino V toleró los favores pro-monacales de su propia familia: según el Synaxarion, su tercera esposa, Eudoxia, hizo donaciones generosas al monasterio de Santa Anthusa de Mantineon, a dónde ella había concurrido durante un embarazo difícil. Por su parte, Teófanes nos dice que la primera esposa de Constantino, también era conocida por su piedad (es decir, por su iconofilia). Las creencias iconófilas de Irene, por consiguiente, pueden no haber sido vistas como una barrera para su promoción al rango de emperatriz.

[3] Era costumbre que los emperadores confiaran en ministros eunucos; pero la dependencia de Irene respecto a los eunucos en todos los aspectos de gobierno demuestra su desconfianza hacia los aristócratas (quizás debido a las tendencias iconoclastas de la mayoría de estos).

[4] En 781, Irene había convenido el casamiento de su hijo con Rotrud (Rotrude), hija de Carlomagno. Pero, el matrimonio nunca se llevó a cabo, ya que siete años después, la emperatriz rompió dicha alianza matrimonial con el rey de los francos.

[5] La altura de las muchachas, el tamaño de sus pies, y probablemente de sus cinturas, fueron objeto de medición por parte de los enviados.

[6] Los eunucos consejeros y ministros de Irene, principalmente el todopoderoso Estauracio, estaban obviamente en contra de la asunción de Constantino al poder y a favor del régimen de Irene, en el que ellos controlaban el poder.

[7] Si Constantino murió inmediatamente a causa de las lesiones que se le infligieron es una cuestión que ha sido muy debatida. Si fue así, esto ciertamente se calló. De hecho, parece que él murió en el destierro, en las islas de los Príncipes, y fue enterrado en el monasterio de Santa Euphrosyne en Constantinopla, junto a su primera esposa.

 

Bibliografía

 

Bizancio el Magnifico, en “Los grandes imperios y civilizaciones”, t. 6, Madrid, SARPE, 1985.

 

Fossier, Robert: La Edad Media. La formación del Mundo Medieval 350-950, Barcelona, Crítica, 1988.

 

Garland, Lynda:  Constantine VI, en  www.roman-emperor.org/

 

Garland, Lynda: Byzantine Empresses: Women and Power in Byzantium, AD 527-1204, Londres - New York, Routledge, 1999.

 

Mango, C. y Scott, R.: The Chronicle of Theophanes Confessor: Byzantine and Near Eastern History AD 284-813, Oxford, Clarendon Press, 1997.

 

Roma y Bizancio, en “Orígenes del Hombre”, t. 68, Barcelona, Ediciones Folio, 1995.

 

The Oxford Dictionary of Byzantium, Oxford University Press, 1991.

 

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