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En septiembre de 1056 la
emperatriz Teodora, última superviviente representante de la dinastía
macedonia, se encontraba a las puertas de la muerte debido a su avanzada
edad. No teniendo hijos ni parientes, nombró heredero del trono a Miguel
el Viejo. Esta elección es una muestra de la pugna entre el funcionariado
civil de la capital y la aristocracia militar de las provincias, que marcó
aquella época.
Miguel era el candidato de
los primeros, por entonces en el poder, y como muchos emperadores de aquel
periodo, era una dócil marioneta de sus partidarios, "menos capaz de regir
que de ser dirigido", como nos dice Miguel Psellos. Éstos aprovecharon que
la veleta imperial apuntaba hacia ellos para vengarse de sus enemigos.
Tras su ascenso al solio de
Constantino, Miguel VI colmó de títulos y prebendas a los senadores, pero
se negó a recibir una delegación de strategas de los themas. Fue la gota
que colmó el vaso del partido militar, ya de por sí descontentas con el
nuevo emperador. A la vuelta a sus provincias, los delegados iniciaron un
motín contra el poder central. El líder de la revuelta, Isaac Comneno,
anciano miembro de una familia noble de Capadocia, fue nombrado emperador
el ocho de julio 1057 en Paflagonia.
Se sumaron a la revuelta
contingentes de Aisa Menor y pronto estuvo a las puertas de Nicea, a tres
días de Constantinopla, donde derrotó al ejército imperial. Miguel tuvo
que sentarse a negociar y mandó una delegación a los rebeldes dirigida por
Miguel Psellos, Constantino Leichoudes y León Alopos ofreciendo a Isaac el
título de César y la sucesión al trono; esto sólo sirvió para exacerbar a
la oposición.
En Constantinopla estalló
otro motín favorable a Isaac, apoyado por el patriarca Miguel Cerulario.
Los rebeldes se concentraron en Santa Sofía. Tras mostrarse incapaz d
entenderse con Cerulario, Miguel dimitió y se retiró como monje, tras un
reinado de casi un año de duración. El 1 de septiembre Isaac Comneno entró
en la capital, siendo coronado emperador por el patriarca.
Esto representaba un triunfo
de la nobleza militar sobre los cortesanos palatinos, que no encajaron muy
bien el golpe. Isaac, por su parte, no se mostró con ellos más amable de
lo que Miguel VI lo fue con él, negándose a recibir a los senadores que le
visitaron tras su coronación. Con todo, se mostró moderado, y los
senadores que mediaron entre el anterior emperador y él fueron ascendidos:
Psellos recibió el alto título de proedros, Leichoudes fue jefe de la
administración estatal y más tarde patriarca.
Isaac I, militar de carrera
(se hacia representar en las monedas con la espada desenvainada), actuó
firmemente contra los enemigos exteriores: defendió las fronteras
orientales con éxito, rechazó una incursión húngara y recortó las
actividades de las tribus pechenegas, contra las cuales sus sucesores se
mostraron impotentes. Finalmente consiguió llegar un tratado con ambos
enemigos.
Estas victorias consiguieron
devolverle al ejército su orgullo y confianza, pero las duras campañas
agotaron al anciano emperador. Le afectó especialmente presenciar como,
tras volver victoriosos de la campaña pechenega, presenció como se
ahogaban muchos soldados cruzando un río crecido por las lluvias.
Pero después de los miopes
recortes presupuestarios de Constantino IX y con las alteraciones que
sufría el sistema themático por la creciente feudalización, las tropas
necesitaban una reorganización en profundidad que no vio la luz.
Isaac también tomó cartas
contra los abusos del sistema de gobierno anterior: el enorme tesoro
dejado por Basilio II estaba muy mermado y, en sus intentos de ganar
partidarios, los anteriores emperadores habían regalado buena parte del
patrimonio de la corona a potentados y sicofantes. Isaac reaccionó
confiscando tierras, incluidas las de la Iglesia, lo que le enemisto con
el poderoso patriarca.
Estalló entonces una pugna
entre el poder secular y el religioso. Como recompensa por ayudar a Isaac
a subir al trono, Cerulario consiguió que se subordinase al patriarca la
administración de Santa Sofía y que aquél se comprometiese a no mezclarse
en asuntos eclesiásticos. Cuando el emperador empezó su "desamortización",
el pontífice ortodoxo dictaminó que el poder espiritual estaba por encima
del estatal y amenazó al emperador con deponerlo.
Éste, pero, no se dejó
intimidar. La popularidad del patriarca Cerulario en la capital impedía
que actuara contra él directa e inmediatamente, pero en una salida que
hizo para visitar un familiar, la Guardia Varega lo arrestó y lo mandó al
exilio (8 de noviembre de 1058).
Ahora bien, para nombrar un
nuevo patriarca primero se ha de celebrar un sinodo donde se deponga al
anterior (el cual no tenía la menor intención de dimitir). Se convocó pues
a los jefes de la Iglesia y Miguel Psellos dirigió un escrito acusatorio
contra el que fue su antiguo amigo: en éste se le condenaba de gran
variedad de delitos, desde los teológicos hasta los criminales. Aún en
pleno debate, llegó la noticia de la muerte de Cerulario, por lo que ahora
nombrar un nuevo patriarca era una necesidad. Constantino Leichoudes fue
el elegido, mientras que el infiel Psellos ascendió a primer ministro.
Parecía que el emperador
había ganado la partida, pero la figura de Cerulario se convirtió en
mártir y símbolo de todos los que se oponían a Isaac (especialmente el
funcionariado civil). Cada vez más aislado, Isaac acabó aceptando la
oferta de Miguel Psellos de dimitir en favor de Constantino Ducas y se
retiró a un monasterio.
El reinado de Isaac I, como
el posterior de Romano Diógenes (1069-1071) fue un intento de detener el
deterioro del Imperio, amenazado por los partidismos de los poderosos y
las invasiones extranjeras. Su fracaso se debió a no conseguir formar un
partido lo bastante poderoso a su alrededor y no conseguir reformar lo
bastante el ejército, se ha argumentado que el programa de expropiaciones
de Isaac era en realidad un intento de reunir fondos para iniciar una
remodelación necesaria de las fuerzas armadas.
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