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Italia Bizantina
Historia de la segunda dominación bizantina
en Italia Meridional y Sicilia (867-1071)
por Roberto Zapata Rodríguez
NOTA PRELIMINAR:
El origen de este trabajo está en las páginas que tuve que dedicar a la situación de Italia en la biografía de Jorge Maniaces para explicar su aventura occidental en el contexto apropiado. Después de haber reflejado los acontecimientos de un momento tan destacado como fue el de la segunda invasión normanda de 1041 me pareció que sería una continuación lógica explorar el antes y el después de aquellos sucesos para obtener así una síntesis de la segunda dominación bizantina en el sur de Italia. Como el periodo ya tratado abarcaba los hechos del periodo 1030-1043, el objetivo inicial fue realizar dos trabajos por separado, uno que comenzase con el reinado de Basilio I y cubriese hasta el final de la gobernación de Basilio Boioannes y un segundo a modo de epílogo que resumiese los acontecimientos y la rápida decadencia de la dominación bizantina desde la rebelión de Maniaces en 1043 hasta la toma de Bari en 1071. Finalmente he optado por presentar el conjunto como un todo y para evitar el salto en la narración he reutilizado (ligeramente modificados) algunos pasajes y mapas que en el trabajo de Maniaces cubrían la historia general, lo que me ha permitido además incluir algunas hermosas ilustraciones del Skylitzés Matritensis a las que no tuve acceso en diciembre de 2003 cuando esa biografía estaba siendo redactada. El atento lector de aquel trabajo queda advertido pues del previsible déjà vu.
En segundo lugar un apunte referido a la transcripción de los nombres propios. He experimentado dudas con los correspondientes a los personajes lombardos, habida cuenta de la escasa presencia de éstos en textos en castellano que pudiesen servir de referencia. ¿Es preferible Landulfo o Landolfo? ¿Pandolfo o Pandulfo? ¿Ariquis, Arichis, Aricis, Arequis? Sinceramente en muchos casos es difícil optar por una de las opciones ya que todas ellas parecen aceptables, así que he intentado ser consistente en el uso confiando en la bondad de mi elección. Asimismo respecto a los nombres griegos también he intentado, en la medida de mis escasos conocimientos, realizar una transcripción siguiendo las sabias recomendaciones de Eva Latorre Broto, mi guía para estas ocasiones. Mi más sincero agradecimiento para Eva y desde este momento reclamo, estoica y enteramente para mi persona, la autoría y responsabilidad de cualquier despropósito en el trabajo que a continuación se desarrolla.
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· La reconquista de la Italia Meridional (880-886)
· El asentamiento de la dominación bizantina
· La organización administrativa
· La expedición a Sicilia de 964
· El regreso del Imperio Germánico
· Reformas administrativas: la instauración del catepanato
· El hostigamiento de los piratas musulmanes
· La aparición de los normandos
· La primera invasión normanda
· La época del catepán Basilio Boioannes
· La segunda invasión normanda
· El fin de la Italia bizantina: 1043-1071
· Las actividades del príncipe de Salerno
· El gobierno de Argyros y la batalla de Civitate
· Apéndice: Economía y Sociedad en la Italia bizantina
· La configuración de la ciudad
Cuando en 867 la flota del drongario del plöimon imperial Nicetas Ooryfas echaba el ancla ante las costas de Ragusa, hoy en día Dubrovnik, Bizancio estaba preparado de nuevo para reclamar su derecho a decidir en los asuntos de Italia tras la desaparición del exarcado un siglo atrás. En estos momentos los territorios controlados por el Imperio se reducían a algunos reductos en la región de Otranto y muy lejos quedaban ya los días en que en las tierras italianas se escuchaba con acatamiento la voluntad de Constantinopla. De entre los antiguos territorios dependientes el ducado de Nápoles había derivado insensiblemente hacia un estado de autonomía tácita que le llevó a seguir una línea política independiente alejada ya de la colaboración con Bizancio, como se puso de manifiesto en 812 cuando el duque Antemio contestó negativamente a la petición del patricio de Sicilia para que hostigase a los piratas que acababan de saquear Ischia ese mismo año. La ruptura de lazos de los napolitanos con su antigua metrópoli se reflejaba también en planos más simbólicos con la ausencia de consultas con el Imperio a la hora de decidir el relevo de sus líderes o la omisión del nombre del emperador en las monedas acuñadas por el ducado. Más al norte, Venecia seguía respondiendo afirmativamente a las solicitudes de Constantinopla pero ya como una entidad política que seguía su propio camino e intereses.
A mediados del siglo IX el principal actor de la política peninsular era Luis II, rey de Italia desde 844 y emperador de los francos en 850. Luis asumió como una de las principales tareas de su reinado, obligación heredada de su cargo como rey de los lombardos, el liderar la lucha contra los piratas árabes que asolaban sistemáticamente el litoral italiano. Ya en 812 tenemos noticias de incursiones piráticas en la región pero su presencia se hace mucho más sentida desde 836 cuando acuden al reclamo del duque Andrés de Nápoles para protegerse de las agresiones lombardas. Empleados como mercenarios a sueldo de todos los estados italianos en el sur pero también sirviendo a sus propios intereses y los de los Aglábidas de Sicilia y norte de África su presencia pasó a ser una amenaza demasiado clara, especialmente a partir de 839 cuando estalló la guerra civil en el principado de Benevento entre Radelquis y Sikenulfo que provocó diez años después la segregación de Salerno sancionada por la famosa Divisio de 849. Los árabes se mostraron infatigables en sus correrías: en 838 Brindisi fue saqueada y en 840 y 841 Tarento y Bari sufrieron la misma suerte. En 846 tuvo lugar la famosa incursión aguas arriba del Tíber y el saqueo de los suburbios de Roma, incluida la basílica de San Pedro que tanta conmoción provocó en la Cristiandad. Ese mismo año otra fuerza árabe volvió a ocupar Tarento y la convirtió en un emirato autónomo dedicado al comercio, fundamentalmente de esclavos, y al pirateo. Al año siguiente Bari sufrió la misma suerte. La propia Roma fue salvada de nuevo en 849 cuando una flota de napolitanos unida a barcos de Amalfi y Gaeta derrotó ante Ostia a una armada árabe. El victorioso Cesario, hijo del duque Sergio de Nápoles, fue honrado como salvador de Roma por el jubiloso pontífice.
En la década de 850 los recién llegados aprovecharon esas bases y el desorden político en las tierras italianas para recorrer el país en profundidad saqueando y sometiendo las poblaciones locales a su voluntad. Los señores lombardos habitualmente no corrían peligro resguardados en sus ciudades, pero carecían de los medios para defender su territorio adecuadamente, sin olvidar el hecho de que casi todos utilizaban los servicios de los mercenarios árabes para saquear las tierras de sus vecinos. Expulsar a los musulmanes de Italia requería de una fuerza mayor que sólo podía estar en manos del emperador carolingio. Desgraciadamente incluso para Luis II la tarea resultó ser mucho más dura de lo esperada, comenzando por la ciudad de Bari contra la que realizó sucesivas campañas en 847, 852, 866-67, 869 hasta tomarla finalmente dos años después.
En esos años la mirada de Bizancio volvió a posarse sobre Italia. La pugna sostenida con el Papado sobre el control religioso de la recién convertida Bulgaria había demostrado a Constantinopla que valía la pena presionar en Italia para persuadir al pontífice a inclinarse ante los intereses de Constantinopla. Por ello cuando a finales de la década la flota griega comenzó a mostrar su pabellón en aguas del Adriático, posiblemente poco después del establecimiento del thema naval de Dalmacia, muchas novedades se estaban gestando en el panorama político de la región.
Las depredaciones de los piratas sarracenos en las costas dálmatas hicieron por fin inevitable la llamada de socorro a Constantinopla en 867. Una escuadra de casi 400 chelandia, al decir de los fantasiosos historiadores francos y 140 según otras fuentes, se apostó frente a la ciudad de Ragusa y forzó la apresurada huida de los sitiadores que optaron por atravesar el Adriático y dedicarse a saquear las costas de Apulia en lugar de enfrentarse a los poderosos navíos imperiales. Pronto los jefes serbios de la región se apresuraron a acogerse a la protección de la remozada autoridad bizantina, lo cual fue aprovechado por parte del jefe de la expedición para reafirmar la influencia imperial sobre la zona. Al año siguiente, mientras Luis II se preparaba para una nueva tentativa contra Bari, se acordó el envío de apoyo naval bizantino para la empresa, aunque no está claro si la iniciativa partió del monarca franco o fue una sugerencia del emperador Basilio. En marcha estaba por aquel entonces el proyecto de alianza entre los dos Imperios mediante el compromiso entre el primogénito de Basilio, Constantino, y Ermengarda, la hija de Luis. Lamentablemente la empresa conjunta y la nonata alianza acabaron desastrosamente cuando la flota que había arribado ante las costas de Bari con la misión de ayudar en la campaña y recoger a la joven princesa se encontró con que Luis había hecho regresar a buena parte de sus tropas y sólo mantenía el sitio con algunos centenares de hombres. El propio Luis no estaba ya presente, pues se había retirado a Venosa a conferenciar con su hermano Lotario y no parecía muy dispuesto ahora a concluir el tratado. Furioso, el drongario Nicetas se alejó de la ciudad y llevó a la flota al golfo de Corinto no sin haber mostrado antes su cólera por la conducta de Luis, lo que estuvo a punto de provocar un enfrentamiento armado con los francos. Posteriormente el monarca intentó excusar su conducta y arreglar la situación aunque el proyectado matrimonio finalmente nunca tuvo lugar. La colaboración volvió a establecerse a partir del año siguiente en un período en el que la flota bizantina se mostró muy activa, realizando también incursiones contra los piratas eslavos apostados en la desembocadura del Narenta y contra sus bases en territorio dálmata.
Por fin, tras varias campañas infructuosas, las tropas de Luis II hicieron su entrada en Bari el 2 de febrero de 871. De inmediato el monarca se propuso extender su ofensiva a la ciudad de Tarento considerando que Apulia no se podría asegurar en tanto esta plaza continuase en manos musulmanas. Las dificultades para la empresa eran muchas debido a la fácil comunicación de los tarentinos con Sicilia. En esos momentos una pequeña escuadra bizantina al mando del patricio Jorge prestó su colaboración en las tareas del bloqueo, pero a sus escasos chelandia les resultó imposible establecer un cierre total del puerto. La desesperada necesidad de una fuerza naval de la que carecía el Imperio franco, unido a la nueva amenaza que suponía la alianza del Duque Sergio de Nápoles con los musulmanes, animó a Luis II a proponer a Basilio una alianza en firme en la que la tierra quedaría para los francos y el mar para los griegos. Como premio último Sicilia regresaría a las manos de sus antiguos dueños y Luis ofreció su ayuda para hacer avanzar la empresa bizantina en la isla.

Tan buenos propósitos se vieron frustrados por un nuevo fracaso diplomático. Peor todavía, la embajada franca que se encontraba en Constantinopla a principios de 870 se enredó en disputas sobre la cuestión de Focio y la jurisdicción sobre la iglesia búlgara, dejando a un lado su misión original. El emperador acusó a los enviados de su mala disposición al tiempo que rehusó ratificar el título imperial al monarca franco que Focio había prometido hacer reconocer. La cuestión de fondo que yacía tras este enfrentamiento era la pretensión de Luis II de considerarse Emperador de los Romanos y no de los Francos, entrando así en conflicto directo con la posición del soberano de Constantinopla. Alejados, pues, por sus intereses divergentes ambos se decidieron a continuar la guerra en Italia contra los musulmanes por separado. La flota imperial abandonó en esos momentos las costas italianas para actuar sobre las bases piratas de Creta, persiguiendo a sus enemigos a lo largo de las costas del Peloponeso hasta dispersarlos. Por su parte Luis tampoco pudo continuar su campaña sobre el siguiente objetivo, Tarento. Una conspiración urdida por el duque Adelquis de Benevento en agosto de 871 le convirtió en prisionero de éste durante unos meses. Sólo la promesa de no buscar venganza sobre los conjurados y no amenazar el territorio de Benevento le permitió volver a recuperar la libertad. Muy afectado por este suceso no emprendería ya grandes acciones en Italia y su muerte en 875 marcó el fin de la intervención de la monarquía carolingia en el sur. Sólo entonces tras la desaparición del animoso y desafortunado Luis volvieron los barcos de Bizancio a luchar de nuevo contra los sarracenos en Italia.
El fracaso de los francos fue la señal para la reanudación de una vigorosa contraofensiva musulmana especialmente desde la colonia radicada en Tarento. Pronto sus algaradas recorrieron toda la Italia del sur llegando en sus incursiones a las cercanías de Benevento, mientras que por mar los corsarios árabes aprovecharon la falta de vigilancia en el Adriático para llegar hasta el fondo del golfo de Venecia y saquear Comacchio. Para entonces el gobierno bizantino estaba convencido de que el Adriático y las posesiones imperiales en Iliria estarían siempre a merced de los piratas en tanto que éstos encontrasen refugio y apoyo en el litoral italiano, Se hizo pues necesaria la intervención en tierra firme y la ocasión vino dada muy pronto por la petición de socorro que los lombardos de Apulia dirigieron al gobernador bizantino de Otranto, que acababa de recibir las promesas y juramento del príncipe Adelquis II de Benevento en 873. En obediencia a esos acuerdos se abrieron las puertas de Bari a las tropas encabezadas por el baiulos Gregorio, primicerio y protospatharios imperial, que se hizo dueño de la ciudad en nombre de Basilio el 25 de diciembre de 876 enviando luego a Constantinopla como rehenes a algunos de los principales ciudadanos junto con el gastaldo encargado de su gobierno hasta la llegada de las tropas bizantinas.
El rápido asentamiento de las fuerzas imperiales en Bari no fue muy del agrado de Adelquis, que no esperaba una presencia demasiado visible de los recién llegados, lo que le llevó a intentar tratar directamente con los musulmanes pero para entonces ya se había establecido en Bari una fuerte guarnición que aseguraba el dominio de la ciudad para los bizantinos. Constantinopla ganó así una posición privilegiada para controlar ambas costas del Adriático y afirmó su intención de reclamar protagonismo transformando la nueva posesión en la sede del strategos como una base firme desde la que empezar a desempeñar de nuevo un papel relevante en la política italiana. Basilio concedió plenos poderes a su representante para llevar adelante el juego diplomático con los estados lombardos y las dotes de gobierno y habilidades de Gregorio le permitieron desempeñar con eficacia las funciones de su cargo hasta 885.
Como representante del emperador Gregorio no tardó en establecer contacto con los actores relevantes en la escena italiana, particularmente con el papa Juan VIII, que en estos años buscaba ayuda desesperadamente para hacer frente a la amenaza de las flotas piratas sarracenas que a finales de 876 volvían a asomarse a la desembocadura del Tíber. El basileo respondió afirmativamente a la petición del pontífice y ordenó a Gregorio que enviase algunos barcos hacia el litoral de Campania. Sabemos que a finales de 879 un pequeño destacamento naval, al mando del espatario Gregorio, el turmarca Teofilacto y el conde Diógenes se apostó ante Nápoles y derrotó a los musulmanes. Aliviado, el papa felicitó calurosamente a sus salvadores pero insistió en que debían llegar hasta Roma y defenderla por tierra y mar de nuevas amenazas. Al año siguiente los barcos regresaron y colaboraron en la protección de las tierras de la Santa Sede. Durante ese periodo las relaciones entre Roma y Constantinopla alcanzaron una armonía que rara vez se volvió a disfrutar posteriormente.
El éxito de Bari, aunque valioso, no pudo compensar la calamitosa fortuna de las armas imperiales en otros frentes, particularmente en Sicilia. Mientras la flota de Nicetas Ooryfas se ocupaba de recorrer las costas griegas en busca de piratas el litoral siciliano quedaba a merced de los ataques de los musulmanes de Palermo. Siracusa estaba siendo sometida a un duro asedio en esos momentos y durante semanas esperó en vano el socorro de una flota que al mando del navarca Adriano debía llegar en su auxilio. Demorado en las costas del Peloponeso Adriano conoció la noticia de la toma de la ciudad en mayo de 878 sin tiempo ya para poder prestarle el socorro tan desesperadamente implorado. La conquista de Siracusa ofreció a los musulmanes una base ideal para emprender la conquista definitiva de Calabria por lo que, animado con el reciente triunfo, el emir de África envió de inmediato una flota de 60 galeras de buen porte hacia el Jónico para saquear las costas griegas.
Escarmentado Basilio por el fracaso en la empresa de Siracusa quiso atajar de raíz las nuevas incursiones y dirigió contra la flota sarracena al plöimon imperial al mando del sirio Nasar, que había sustituido entretanto en el cargo a Nicetas Ooryfas. La flota imperial, compuesta por 45 navíos, consiguió expulsar de las aguas del Jónico a los incursores, tras sorprender y aniquilar una escuadra árabe de 16 galeras en el puerto de Metona, y se dirigió después a toda vela hacia las costas de Sicilia. Las primeras velas de la armada se dejaron ver ante Nápoles en octubre de 879 y probablemente fue entonces cuando de la flota se separó el contingente destinado a proteger las costas de Campania a petición del papa. Tras reagrupar la escuadra Nasar inició su ataque en la costa septentrional de la isla, al este de Palermo. En Milazzo, en las cercanías de las islas Lípari, se libró un gran combate que resultó victorioso para los bizantinos, y tras el encuentro Nasar pudo dedicarse a perseguir el rico tráfico mercantil organizado entre Sicilia y el continente. De la riqueza del botín obtenido dieron cuenta los cronistas afirmando que el precio del aceite en Constantinopla cayó en aquellos días hasta alcanzar valores irrisorios. Animado por el éxito de la empresa la flota se aprestó a llevar adelante la segunda y más importante fase de la operación que tenía como objetivo desembarcar en tierra italiana los primeros ejércitos imperiales que esas costas veían en más de un siglo. Bizancio regresaba con fuerza a sus antiguos dominios y lo hacía reclamando su derecho de propiedad. Volver al comienzo
La reconquista de la Italia Meridional (880-886)
Tras dejar algunos navíos en los puertos sicilianos de Términi y Cefalú, Nasar dirigió la flota hacia Calabria y allí en 880, se produjo el desembarco del ejército bizantino. A partir de entonces no se trataría sólo de operaciones navales sino de la combinación de fuerzas por mar y tierra para reestablecer el dominio de Bizancio en la Italia del Sur. Los objetivos para la campaña estaban centrados en conseguir el dominio de Calabria para luego forzar la expulsión de los musulmanes de Tarento y unir esos territorios con la región de Bari ya controlada previamente. Los medios a disposición eran particularmente poderosos: los contingentes de los themata de Occidente (Sicilia, Cefalonia, Dirraquio y Peloponeso) apoyados por destacamentos de serbios y croatas todos ellos al mando del protovestiarios Procopio. Además formaban parte también de la expedición las tropas de Tracia y Macedonia al mando de su estratego León Apostypos. Aunque no conocemos las cifras exactas sin duda se trataba de un ejército imponente, particularmente en un escenario en el que Bizancio se había movido siempre con gran parquedad de medios.
El ejército imperial empezó a remontar la costa oriental de Calabria flanqueado en su marcha por la flota. Ésta mantuvo un combate victorioso con barcos sarracenos, posiblemente en las cercanías de Punta Stilo y les obligó a refugiarse en Palermo. Sin más contratiempos y recibiendo la sumisión de todas las plazas que encontraban en su marcha el ejército llegó a la llanura del Crati y se apostó ante Tarento donde les esperaban sus enemigos. Según parece Procopio detentaba el mando supremo durante la campaña, pero Apostypos era casi su igual en rango y de ahí se derivaron disputas entre ambos oficiales que tuvieron funestas consecuencias. Cuando las tropas formaron para el combate cada general estaba situado en una de las alas del despliegue. León Apostypos, que combatía en el ala derecha, se impuso fácilmente a las escasas tropas que se le oponían mientras que Procopio debió hacer frente al grueso del ejército enemigo que concentró el ataque por su lado. Incapaz de resistir fue derrotado por completo ante la pasividad de su colega que rehusó acudir en su ayuda. El resultado fue una completa derrota y la muerte del comandante en jefe. Asustado por las posibles consecuencias y deseoso de reparar el desastre Apostypos se apresuró a reunir las tropas restantes y con ellas emprender de inmediato el asalto a Tarento que consiguió forzar tras un violento combate. Tras la caída de la ciudad se envió a la esclavitud a los prisioneros y se estableció una guarnición bizantina. Nasar, una vez consolidada la posición tomó rumbo a Constantinopla con la flota imperial mientras que el general superviviente fue llamado a juicio por su comportamiento durante el combate. Hallado culpable de traición, Apostypos fue condenado al exilio en Kotiea.

A finales de 880 la dominación bizantina estaba firmemente establecida en la región del golfo de Tarento aunque quedaban todavía muchas plazas en Calabria en poder de los sarracenos, que desde villas como Santa Severina o Amantea podían todavía amenazar los territorios recién conquistados o presionar a los aliados de Bizancio, sobre todo Salerno y Nápoles. Contra ellas se dirigieron los siguientes movimientos.
La muerte de Juan VIII en diciembre de 882 coincidió con una reactivación de la lucha en Calabria contra los musulmanes. En 882 o 883, tras el regreso de León Apostypos, el emperador envió a Italia un nuevo ejército, esta vez al mando del estratego capadocio Esteban Majencio, en el que los contingentes asiáticos, anatólicos y de Carsiano, hacen por primera vez su aparición en las fuentes. Majencio comenzó su actividad en tierras italianas poniendo sitio a Amantea sin lograr ningún resultado y luego fue derrotado lamentablemente ante Santa Severina. Ante su manifiesta incapacidad Majencio fue prontamente reclamado de vuelta y en su lugar llegó, hacia 885, Nicéforo Focas el Mayor, el primer miembro destacado de esta familia que a partir del reinado de Basilio pasó a ocupar un puesto de primer rango entre la aristocracia bizantina.
El talento y las dotes de Nicéforo tuvieron gran parte en la consolidación de las posiciones bizantinas en Italia al conseguir en un año la expulsión de los sarracenos de Calabria y Apulia. El nuevo estratego traía consigo refuerzos de los themata asiáticos, armenios especialmente, y contaba además con la ayuda de auxiliares entre los que descollaban los antiguos paulicianos cuyo jefe, Diaconitzes, había sido en tiempos lugarteniente del famoso Crisoquiro.
Nicéforo dividió a sus tropas en varios cuerpos asignándoles distintos objetivos. Mientras que él establecía el asedio de Santa Severina un destacamento atravesó Calabria para poner sitio a Amantea. Esta plaza no tardó en sucumbir, al igual que la villa de Tropea, y con ellas los dos bastiones principales en poder de los árabes en el occidente calabrés. Pronto fue el turno también para la propia Santa Severina y con su conquista a mediados de 886 toda Calabria quedó en manos de los bizantinos. Los vencedores se apresuraron a establecer guarniciones en las villas conquistadas tras deportar a Sicilia a la población musulmana, de acuerdo con los tratados de rendición.
El siguiente objetivo del general bizantino fue asegurar la comunicación del territorio recién conquistado con Tarento y Bari, por lo que se hizo necesario avanzar a lo largo del valle del Crati y obtener la sumisión de los señores lombardos en la franja comprendida entre Cosenza y Brindisi para incorporarlos a la órbita del Imperio. En estas regiones alejadas de Salerno y Benevento la autoridad señorial era muy débil y la ausencia de socorro ante las incursiones musulmanas facilitó sin duda la decisión de aceptar la protección de las tropas del basileo. Quedó entonces a la habilidad del estratego el convertir esa dominación en un establecimiento firme de la autoridad bizantina, un proceso que no era posible conseguir solamente por la fuerza sino que debía contar con la aquiescencia de las poblaciones locales y sus señores. Aunque faltan los detalles parece ser que precisamente en esa tarea sobresalió Nicéforo Focas, que fue considerado por León VI en su obra Taktika como un ejemplo de cómo un general debe organizar un país conquistado. Entre sus méritos expresos destacó el haber impedido a sus soldados en el reembarque en Brindisi llevar cautivos a un gran número de naturales del país. Recomienda el monarca en su obra que al tomar una ciudad se debe actuar con benevolencia y no asfixiar a sus habitantes con onerosas contribuciones ni aterrorizarlos con castigos y sigue...
“Es así como nuestro strategos Nicéforo trató a la nación de los lombardos. No solamente supo someterlos mediante campañas hábilmente dirigidas sino que fue moderado y clemente. Se mostró justo, benevolente y les concedió la libertad y la exención de impuestos.”
Tras las campañas de Nicéforo Focas el territorio controlado por Bizancio se extendía hasta Oria y Matera, donde en estos momentos residía ya una guarnición y están atestiguados diversos funcionarios bizantinos. Como señal inequívoca de la extensión de la influencia imperial se crearon entonces obispados griegos en Cosenza, Bisignano y poco después en Cassano, lo que da a entender que en estos años toda la región desde el valle del Crati hasta Tarento obedecía ya a Constantinopla, así como el tramo inferior del valle del Bradano y del Sinni, aunque no se sabe nada con certeza para los territorios al norte y oeste de Bari. Volver al comienzo
El asentamiento de la dominación bizantina
Más allá del territorio controlado directamente por la administración imperial se extendían los principados sobre los que Bizancio deseaba ejercer su influencia y protección aprovechando el estado de perpetua discordia que reinaba entre ellos. A la muerte de Basilio I en 886 el más importante era el de Salerno cuyo príncipe Guaimar solicitó la ayuda bizantina frente a las agresiones de la colonia musulmana de Agropoli. La respuesta del nuevo monarca León VI fue el envío de oro y trigo y el asentamiento en Salerno de una pequeña guarnición imperial que se mantuvo allí durante unos años. A cambio Guaimar debió reconocer la soberanía bizantina y para ello él mismo se trasladó a Constantinopla a finales de 886 donde recibió una calurosa acogida por parte de los emperadores León y Alejandro y fue por ellos honrado con el título de patricio.
El ejemplo de Salerno decidió al duque-obispo Atanasio II de Nápoles a imitar su ejemplo pidiendo el envío también de auxiliares para luchar contra los sarracenos. Se le enviaron trescientos soldados al mando de un oficial llamado Casano pero Atanasio se desdijo de sus aparentes propósitos y mostró sus verdaderas intenciones: los soldados imperiales constituían un precioso refuerzo y serían de gran utilidad en su guerra contra los señores de Capua. Pronto Casano fue reclamado y en su lugar llegó a Nápoles otro oficial, el kandidatos Juan, con más refuerzos. Atanasio continuó su guerra particular contra Capua, en el transcurso de la cual Juan consiguió liberar al antiguo conde Pandenulfo. A lo largo del año 887 continuaron las hostilidades entre los napolitanos y sus rivales con el paradójico espectáculo para los soldados bizantinos de ver combatir auxiliares sarracenos en ambos bandos.
Pronto Bizancio intentó extender su protectorado también sobre Benevento. Su antiguo príncipe Gaideris, depuesto en 881, consiguió escapar y buscar refugio en Bari. Se le envió a Constantinopla desde donde regresó revestido con la dignidad de protoespatario para gobernar en nombre del emperador la villa de Oria, al sur de Apulia, donde ejercía ya en 885 cuando se le encuentra junto al estratego Gregorio firmando como testigo un privilegio en favor de la abadía de Montecassino. Su sucesor en Benevento, Agión, se enfrentó en esos años a revueltas internas lo que fue aprovechado por el gobernador bizantino para apoderarse de algunas villas que hasta entonces reconocían la soberanía de Benevento. Ese oficial era Teofilacto, posiblemente el sucesor inmediato de Gregorio, que al comienzo del año 887 penetró en Campania con un pequeño ejército para combatir contra los sarracenos acantonados en el río Garellano. Tras ser obligado a retirarse por éstos regresó tomando la ruta de Nápoles aprovechando el camino de vuelta para entrar por la fuerza en algunas villas lombardas. Esta tentativa dio lugar a un levantamiento general en Apulia impulsado por Benevento, apercibida de la muerte reciente del emperador Basilio y considerando que éste era el momento más adecuado para intentar recuperar el territorio perdido. Agión avanzó con sus hombres hasta Bari y consiguió expulsar de la ciudad a la guarnición imperial, que sin duda debía ser muy débil en esos momentos. Mientras el estratego maniobraba para intentar recuperar Bari su aliado napolitano Atanasio, siempre con sus auxiliares bizantinos al lado, atacó Benevento por el oeste, lo que obligó a Agión a regresar a su principado dejando que los lombardos de Apulia se defendiesen por si mismos de sus señores bizantinos.
En 888 León VI reconoció que las fuerzas bizantinas en Italia eran demasiado débiles para poder inclinar decisivamente la situación en su favor, y que el análisis de la situación demostraba que era necesario el envío de nuevas tropas. El encargado de conducirlas fue un alto cargo, el patricio y epi tes trapezés Constantino que según las crónicas tenía a su mando “todas las tropas de Occidente”. Por su parte Agión había tomado a su servicio un cuerpo de auxiliares sarracenos y con su ayuda ofreció batalla a los recién llegados bajo los muros de Bari. El resultado fue una derrota total para los imperiales, cuyo jefe a duras penas consiguió salvar la vida. Tal derrota causó honda impresión en Constantinopla y los esfuerzos prosiguieron aunque esta vez intentando evitar una batalla campal. En lugar del combate abierto los bizantinos optaron por obligar a Agión a encerrarse en Bari donde fue bloqueado. Abandonado por sus sarracenos, el príncipe de Benevento intentó en vano pedir auxilio al duque de Espoleto y al conde de Capua Atenolfo. Éste último, que debía a Agión su dominio en Capua, cambió de alianzas y en lugar de ayudar a su benefactor se ofreció a Constantino para establecer un acuerdo con la esperanza de obtener un título imperial que le igualase a su rival de Salerno. Abandonado por todos, Agión optó por negociar con Constantino y en 888 Bari volvió a poder de Bizancio mientras el príncipe de Salerno regresaba sano y salvo a su tierra.

En esos momentos Bizancio era ya el principal poder en Italia meridional ante el que los principados lombardos se inclinaban, aunque debe recordarse en todo momento la fragilidad de las alianzas en la inestable política italiana. Los señores lombardos apoyaban en cada momento a aquel que pudiera beneficiarles más y no vacilaron nunca en cambiar de bando sin el menor escrúpulo cuando la ocasión lo aconsejaba. Esa había sido siempre la situación y los hechos demostrarían que tales prácticas seguirían siendo aplicadas en las décadas venideras.
La posición de Bizancio en la península había vuelto a ser tan fuerte como a principios del VIII y en consecuencia se beneficiaba de una actitud más complaciente por parte del papado, que en estos años intentaba afirmar su independencia respecto a los designios de los sucesores de Luis II y por ello estaba más que dispuesto a probar la vía bizantina. Los gobernantes del sur de Italia aceptaban presurosos los títulos otorgados por la corte imperial, imitaban sus usos y modas y reconocían, aunque con intermitencia, su autoridad como lo prueba que en estos años en Nápoles las monedas volviesen a a incluir el nombre del emperador después de más de un siglo, y más llamativo todavía que también en estos años se introdujesen iguales usos en las monedas acuñadas en Salerno y Benevento. Estos hechos sin embargo no pueden ocultar la realidad de la posición bizantina en Italia, que era muy diferente de la existente, por ejemplo, en Asia Menor. Buena parte del territorio oficialmente administrado por el Imperio en Italia estaba en realidad fuera del control directo del estratego. La autoridad bizantina, siguiendo una práctica sancionada por la experiencia de siglos, dependía de las habilidades diplomáticas de sus oficiales, del trato con las élites locales, del control de los rivales y también del pago de generosos tributos a los piratas de Sicilia y Norte de África, y sólo cuando era imprescindible se recurría al uso de la fuerza. Cuando el emperador León VI elogiaba a Nicéforo Focas por su trato cuidadoso a los lombardos evitando el pillaje y la toma de esclavos o renunciando a imponer pesadas contribuciones se reconocía implícitamente que la autoridad imperial sólo podía ser mantenida en Italia a través de su aceptación por parte de las poblaciones locales.
Mientras se desarrollaban así los asuntos italianos la protección de la recién conquistada Calabria exigía continua vigilancia. Hacia 888-889 los árabes sicilianos intentaron un nuevo ataque, esta vez en la región de Reggio. Una flota bizantina atravesó el estrecho de Messina pero fue derrotada por completo cerca de Milazzo. La noticia del desastre provocó el pánico en la región impulsando a los habitantes de las villas a abandonar sus hogares y buscar refugio en el interior. La situación mejoró poco después cuando el drongario Miguel hizo prisionero al jefe de la flota árabe y volvió a controlar el paso del estrecho. En los años siguientes las discordias internas en Sicilia permitieron que Calabria experimentara un breve respiro.
Tras recuperar Bari Constantino y buena parte de sus tropas se embarcaron de vuelta a Constantinopla. El nuevo gobernante Simbaticio era probablemente de origen armenio y en su titulatura se proclamaba “protoespatario imperial, estratego de Macedonia, Tracia, Cefalonia y de Longobardia”, lo que constituye en el caso de ésta última la primera mención documentada de un thema con esa denominación. Simbaticio disponía al comienzo de su mandato de más tropas que sus antecesores por lo que se dispuso, para evitar el riesgo de una nueva revuelta, a someter directamente a la autoridad imperial a los lombardos de Benevento en donde entretanto Urso, todavía un niño, había sucedido a su padre Agión tras la muerte prematura de éste. El 18 de agosto de 891 Simbaticio llegó con su ejército ante los muros de Benevento y encontró una decidida resistencia por parte de la población local. Un asedio de tres meses obligó finalmente a los beneventanos a capitular el 18 de octubre. El estratego Simbaticio de inmediato transfirió la gobernación de la provincia desde su sede en Bari hasta la nueva posesión y fijó allí su residencia convirtiéndola en la nueva capital de los territorios imperiales en Italia. Debido al hecho de que la denominación bizantina para el principado de Benevento era Longobardia, término opuesto a Gran Longobardia que designaba al desaparecido reino lombardo, muy posiblemente cabe deducir que el thema de Longobardia fue constituido en ese preciso momento tras la conquista de Benevento en octubre de 891 y mantenido su denominación mucho después de que el principado abandonase la órbita de influencia del gobierno bizantino en Italia. Desde la nueva capital Simbaticio empezó a despachar la administración ordinaria, como lo muestran unos privilegios de confirmación de bienes en favor de Montecassino fechados en junio de 892. En ese mismo mes las tropas bizantinas ocuparon Siponto, al pie del Gargano.
En agosto de 892 Simbaticio fue relevado en el mando y sustituido por el patricio Jorge, protoespatario imperial, estratego de Cefalonia y de Longobardia al que ya en estas fechas vemos confirmando privilegios a los monjes de San Vicente de Volturno.
El nuevo estratego deseaba hacer con Capua y Salerno lo mismo que su predecesor había realizado con Benevento. Bajo el pretexto de combatir a los musulmanes del Garellano comenzó el asedio de Capua que se demostró infructuoso. Al no conseguir ningún resultado realizó una intentona por sorpresa sobre Salerno que consiguió cerrar sus puertas a las tropas bizantinas obligándolas a batirse en retirada sin obtener ningún resultado.
Tras la muerte de Jorge en julio de 894 llegó a Italia como sucesor el patricio Barsacio, que volvió a establecer su residencia en Bari dejando en Benevento como delegado al turmarca Teodoro. Fue éste el momento elegido por los beneventanos para intentar la expulsión de la guarnición bizantina y deshacerse así de un detestado ocupante. En su ayuda acudió Guido, margrave de Espoleto, que en agosto de 895 llevó sus tropas ante las murallas de la ciudad. Los intentos de Teodoro por recibir refuerzos desde Bari fueron inútiles ante la colaboración de la población local con los atacantes a los que hizo entrar en la ciudad en secreto y colaboró con entusiasmo en la expulsión de la pequeña guarnición bizantina que sólo pudo salir sin daño tras el pago de un fuerte rescate. Tras la victoria Guido retuvo durante dos años el control de Benevento en lugar de devolver al poder a la antigua dinastía. En los años siguientes la ciudad cambió de dueño en varias ocasiones hasta que en 899 Atenulfo de Capua, asociado con su hijo Landulfo, fundó una nueva dinastía que habría de prolongarse hasta finales del siglo XI. Volver al comienzo
Con el comienzo del siglo X la amenaza árabe volvió a hacerse omnipresente en Calabria y Campania. El foco principal del peligro estaba en la colonia musulmana en el Garellano, establecida alrededor de 880 en un enclave permanente solidamente protegido en las alturas de la orilla derecha del río y desde el que salían con regularidad bandas para saquear y pillar las ciudades lombardas. A la amenaza permanente de los piratas del Garellano se unió desde 900 la amenaza sobre Calabria de los árabes africanos liderados por el emir de Cairuán Ibrahim Ibn Ahmed. Tras haber consolidado su posición en África envió a su hijo Abdallah para someter a sus súbditos sicilianos en rebeldía. El desembarco del ejército africano en Mazara el 1 de agosto de 900 provocó un aluvión de refugiados que buscaron socorro entre los griegos de Taormina, todavía en posesión del Imperio, mientras otros optaron por la mayor seguridad del continente.
Dueño ya de Palermo Abdallah se dirigió contra los cristianos de Taormina y Catania mientras un ejército se concentraba en Reggio para apoyar a los cristianos de la isla y entrar en negociaciones con los musulmanes rebeldes. En 901 Abdallah pasó al continente, dispersó las tropas bizantinas que allí estaban apostadas y sometió Reggio a pillaje. El botín obtenido fue inmenso, acrecentado por las contribuciones que las ciudades de la región se apresuraron a ofrecer para ahorrarse la suerte de sus vecinos. Durante este tiempo hizo su aparición una escuadra bizantina a la altura de Messina pero fue derrotada por Abdallah que, tras una nueva incursión en Calabria, regresó a Palermo para poner en orden su administración. Al año siguiente su padre renunció al poder y reclamó a su hijo a África para que ocupase su puesto. Él antiguo emir proclamó entonces su voluntad de llevar la guerra santa a sangre y fuego a Sicilia y ese mismo año puso sitio a Taormina que sucumbió tras una heroica resistencia. El terror entre la población cristiana ante la crueldad demostrada por el antiguo emir provocó una oleada de refugiados que afluyó a Calabria, pero tras ellos llegaba el propio Ibrahim. El 3 de septiembre de 902 el sanguinario caudillo musulmán atravesó el estrecho con todo su ejército y avanzó arrasando todo ante si hasta el valle del Crati. Su avance fue tan rápido que imposibilitó la llegada a tiempo de los refuerzos bizantinos desde Constantinopla. Despreciando a los emisarios de las ciudades que corrían a someterse ante él Ibrahim llegó ante Cosenza a finales de septiembre. La noticia de esta repentina invasión provocó el terror en toda Italia meridional acrecentada por las amenazas del caudillo africano de llegar hasta Roma para destruir “la ciudad de ese ridículo viejo Pedro”. Las ciudades no se hacían ilusiones sobre la amenaza que se cernía sobre ellas. En Nápoles, por ejemplo, el cónsul Gregorio, tras consultar con el obispo Esteban y otros principales decidió destruir el Castellum Luculli, la fortaleza que se erigía en el cabo Miseno por temor a que los árabes lo utilizaran como base permanente. Toda la población tomó parte en el proceso de derribo del bastión y de él luego se trasladaron los restos de San Severino, que allí se custodiaban, para ser solemnemente transferidos a Nápoles en octubre.
Entretanto los habitantes de Cosenza, tras intentar en vano parlamentar con sus atacantes se prepararon para un asedio largo que comenzó con el asalto del 1 de octubre que consiguieron rechazar. Pero la muerte repentina de Ibrahim el 23 de ese mismo mes a causa de la disentería puso fin al bloqueo. El desmoralizado ejército árabe renunció al asedio y el sucesor de Ibrahim, su nieto, se contentó con cobrar un rescate de guerra y ordenó la retirada, lo que supuso un respiro para las atormentadas poblaciones de la región.
Tras este episodio no se registraron nuevos ataques en Calabria hasta 914. La atención musulmana estaba en esos momentos centrada en otras prioridades, en Sicilia donde la guerra civil había estallado y en África donde los Aglabíes fueron desplazados en 909 por los Fatimíes, lo que fue aprovechado por los sicilianos para romper sus lazos con África y pasar a depender directamente de Bagdad. El ataque de 914 tuvo escasas consecuencias por la disposición del gobierno bizantino a tratar con los sicilianos que se comprometieron a cesar en sus agresiones a cambio del pago de una contribución regular.
Pero si la situación en Calabria era más pacífica no ocurría lo mismo en Campania, donde continuaban los combates contra los árabes del Garellano. Entre 880 y 915 las bandas de saqueadores recorrieron libremente los valles del Volturno, el Liri y los afluentes del Tíber partiendo no sólo desde su base principal sino también desde otros enclaves en Sepino y Boiano. En 903 derrotaron a los cristianos en las orillas del río y dos años más tarde, en 905, se unieron a sus tradicionales aliados napolitanos para derrotar a las tropas de la ciudad de Capua. Poco después sin embargo Atenulfo, el señor de Capua, consiguió atraer a los napolitanos a una liga de la que también formó parte la ciudad de Amalfi. Los aliados pretendieron construir un puente sobre pontones para atravesar el río pero los sarracenos, ayudados por la gente de Gaeta, se arrojaron sobre los aliados y acabaron con buena parte de ellos.
Por esa misma época las bandas musulmanas hicieron de nuevo su aparición en las cercanías de Roma y ocuparon la región de la Sabina y las villas de Narni y Nepi. En su avance llegaron a controlar el valle del Tíber al norte de Roma y tras atravesar el río se adentraron en Tuscia y convirtieron en su base el monasterio abandonado de Farfa. Los efectos en la región se hicieron notar. Las crónicas de esos años nos hablan de un panorama desolador. En 905 las villas aparecían desiertas, las iglesias abandonadas se desmoronaban y en palabras del monje del Monte Soracto “desde hace treinta años los sarracenos reinan en el estado romano”. Los peregrinos que se dirigían a Roma experimentaban grandes dificultades para alcanzar la ciudad y con frecuencia se veían detenidos por bandas árabes que les obligaban a pagar fuertes cantidades para permitirles continuar su camino. Tal y como narra Gregorovius:
“Tan pronto como los peregrinos del Norte en ruta hacia Roma atravesaban los Alpes se encontraban con su camino cerrado por los moros de España que estaban fortificados desde 891 en Fraxinetum en el sur de Galia. Tras haberse rescatado a sí mismos allá los peregrinos caían luego en manos de los sarracenos en tierras de Narni, Rieti y Nepi. Ningún peregrino llegaba a Roma con ofrendas, y esta situación se prolongó durante treinta años. Cualquier traza de gobierno central en la región había desaparecido y cada villa, cada fortaleza y abadía estaban reducidas a sus propios recursos.”
Impotentes en su debilidad los señores lombardos sólo pudieron mirar hacia Oriente en busca de su salvación. Llegaba la hora de acudir de nuevo al basileo de Constantinopla.
En estos primeros años del siglo el gobierno bizantino, ocupado en otros frentes, no había prestado mucha atención a los asuntos de Campania, más allá de la concesión de algunos subsidios a los príncipes de la región. Por ello el señor de Capua y Benevento, Atenulfo, se decidió por la apelación directa al basileo enviando en 909 a su hijo Landulfo para solicitar el envío de un ejército imperial. León acogió favorablemente la embajada y prometió su apoyo a condición que el príncipe reconociese expresamente su condición de vasallo del Imperio. Durante estas negociaciones murió Atenulfo y su hijo regresó a Capua con el permiso del emperador e investido con el título de patricio imperial. Con él gobernaba su hermano Atenulfo II pero era Landulfo con su nueva dignidad quien se podía codear en la jerarquía oficial con su par el príncipe de Salerno o el gobernador del thema. Para resolver el problema que planteaba la colonia árabe del Garellano era indispensable separar a Nápoles de la alianza con los sarracenos, lo que se consiguió en 911 tras la firma de un tratado con el duque Gregorio que tuvo como punto principal la constitución de una alianza ofensiva entre Nápoles y Capua-Benevento contra los árabes, aunque este acuerdo demostró tener tan poca vida como el que se firmó en tiempos de Atanasio pues cuando lleguen las tropas bizantinas poco tiempo después Nápoles y Gaeta seguirán estando de nuevo en paz con los musulmanes.
La muerte de León VI en 912 y los tiempos de inestabilidad que se sucedieron retrasaron el envío de las tropas prometidas. Mientras tanto el papa Juan X, en la sede pontificia desde marzo de 914, buscó el concurso del margrave Alberico de Espoleto para expulsar a las bandas sarracenas del valle del Tíber. Tras contactar también con Landulfo y aconsejado por éste envió una embajada a Constantinopla para pedir como sus antecesores Juan VIII y Esteban V la ayuda de la corte imperial. En tanto se intensificaban las acciones diplomáticas la defensa se fue organizando alrededor de Espoleto y Salerno. Un notable de Rieti encabezó un pequeño ejército que consiguió expulsar a los musulmanes del valle alto del Anio. Poco después los habitantes de Nepi y Sutri consiguieron otra victoria cerca del Tíber lo que obligó a las bandas árabes a un repliegue táctico a través de la llanura del Lacio para fortificarse en el campamento del Garellano, mientras tras ellas llegaban las tropas de Roma y Espoleto acaudilladas por el Papa y el margrave Alberico.
Pronto llegaron refuerzos de importancia al campamento cristiano: el nuevo estratego de Longobardia, Nicolás Picingli, acudió a Campania con las tropas a su mando reforzadas por destacamentos enviados directamente desde Constantinopla. En su marcha hizo un alto ante Nápoles para obligar al duque Gregorio a abandonar la alianza con los árabes. La demostración de fuerza unida a la seducción del oro y la promesa de un título oficial convencieron al duque y a su socio el hypatos de Gaeta para reconocer la autoridad bizantina y romper su alianza con los musulmanes. Por su parte el señor de Gaeta obtuvo la confirmación de la donación papal de la villa de Fondi que ya le había sido concedida por Juan VIII en 882.
Tras solucionar esta cuestión en 915 la liga cristiana se reunió por fin a orillas del Garellano. La flota bizantina comenzó a entrar en la desembocadura del río en el mes de junio mientras las tropas terrestres maniobraron para formar un cerco sobre el campamento fortificado. En la acción estaban presentes todos los señores principales de la Italia Meridional: el duque Gregorio, Atenulfo de Capua y Guaimar de Salerno acompañados del conde Berenguer de Friuli y del margrave de Espoleto que combatían al frente de sus tropas al igual que el Papa. Al mando de la coalición se situó el estratego Picingli que comenzó a dirigir las operaciones al pie de la colina principal donde se concentraba la defensa sarracena. Durante tres meses se bloqueó concienzudamente el recinto hasta que, acuciados por la necesidad, los asediados se decidieron a intentar la salida en agosto siguiendo el consejo en secreto de los señores de Nápoles y Gaeta. Tras incendiar el campamento los árabes intentaron la huida en grupos reducidos a través de los montes vecinos por donde fueron perseguidos por los cristianos de modo que pocos pudieron escapar con vida.
La victoria del Garellano hizo desaparecer de la península la última colonia musulmana y liberó la Campania y la Italia central de sus incursiones. El beneficio para Bizancio fue ver su autoridad reconocida en toda la Italia meridional desde Gaeta hasta el monte Gargano, con los señores de Nápoles y Gaeta portando orgullosamente las dignidades conferidas por el emperador. En recuerdo de la gran victoria el hypatos Juan I hizo construir en la orilla del río una torre fortificada sobre la tierra en la que ahora Gaeta volvía a señorear. Volver al comienzo
La organización administrativa
Tras la caída de Taormina en 902 nada quedaba ya del antiguo thema de Sicilia del que Calabria había sido en tiempos un ducado. Desde el siglo VIII su estratego tenía a su cargo, además de la propia isla, los ducados de Calabria y Otranto junto con Nápoles, que desde 755 empezó a desarrollar una política independiente del Imperio liderada por el duque Esteban, miembro de la aristocracia militar local y elegido por vez primera por sus conciudadanos en lugar de serlo por su superior en Sicilia. Estos ducados sufrieron desde mediados del IX la transformación administrativa que los convirtió en turmas igualándolos así con la tipología organizativa vigente en el resto del estado bizantino.
Ahora un estratego pasó a residir en Reggio, prueba quizás de la relación estrecha que todavía debía existir con las comunidades cristianas que mantenían un cierto grado de independencia en algunas comarcas al oeste y al sur de Messina. En la propia Calabria el territorio comprendido por la demarcación administrativa era mayor que el existente a principios del VIII al extenderse también al valle del Crati con las villas de Cosenza y Bisignano. Por contra la tierra de Otranto que antes había formado parte de la región calabresa pasó a depender del nuevo thema de Longobardia. En esta época se produjeron algunas actuaciones de repoblación. Basilio I reconstruyó Galipoli y la repobló con griegos de Heraclea del Ponto. En Calabria se asentaron parte de las tropas auxiliares armenias que llegaron a Italia con Nicéforo Focas, así como 1.000 esclavos liberados de la viuda Danielis, la famosa terrateniente del Peloponeso. Otros 3.000 libertos de la misma procedencia fueron enviados a Apulia más tarde, ya durante el reinado de León VI. En el terreno eclesiástico sin embargo las circunscripciones fijadas en la época de León VI reprodujeron la antigua distribución, y así por ejemplo el obispado de Galipoli en la tierra de Otranto siguió dependiendo de la sede calabresa de Santa Severina. Desde el reinado de Basilio I la villa de Otranto fue residencia de altos funcionarios bizantinos, pero fue la ciudad de Bari, tras la ocupación por el baiulos Gregorio la que desde el principio se constituyó en capital del nuevo thema de Longobardia y residencia por tanto del gobernador bizantino en la península.
El estratego radicado en Bari estaba encargado de una doble misión militar y diplomática: como político debía entrar en contacto con los príncipes lombardos y coordinar su participación en las luchas contra los sarracenos. Y debido a que Bizancio consideraba que todos los estados de Italia meridional seguían estando bajo su soberanía el gobernador era el encargado de hacer llegar a los señores de Benevento, Capua, Salerno, Nápoles, Amalfi y Gaeta los despachos que la cancillería imperial enviaba significativamente en forma de órdenes (keleusis), procedimiento administrativo utilizado con los súbditos del Imperio en contraposición a grammata, las cartas imperiales dirigidas a aliados independientes. Durante todo el período las relaciones con los pequeños estados pasaron por fases alternantes de paz y tensión que pueden ser seguidas e interpretadas fácilmente por el estudio de la datación de la documentación de la época que utilizaba los años de gobierno del Imperio cuando estaba en buenas relaciones con Constantinopla o los de la autoridad local en momentos de desencuentro. De la misma forma en el primer caso eran citados los títulos otorgados por Bizancio o bien silenciados si las relaciones no eran buenas en el momento de la redacción del documento.
El estratego debía también intervenir en Campania para influir sobre la política local en defensa de los intereses del Imperio. Pero también tenía que guerrear en colaboración con los estrategos de otros themata que acudieron a Italia sucesivamente enviados por el emperador para afirmar el dominio de Bizancio en la península. Probablemente el primer gobernador de Longobardia fue Gregorio, sucedido por Teofilacto en 886 y en el desempeño de su cargo no deben ser confundidos con hombres como Esteban Majencio o Nicéforo Focas, militares investidos con poderes extraordinarios para una campaña específica a cuyo término debían regresar a Constantinopla. Sabemos también del patricio Jorge, que residía en Tarento hacia 887-888, donde quiso obligar a sus habitantes a escoger un obispo griego que reconociese la jurisdicción de Constantinopla, pero no podemos conocer con absoluta certeza si este oficial era o no gobernador de Longobardia.
El primer oficial que se declara expresamente estratego de Longobardia es Simbaticio, el conquistador de Siponto y Benevento en 891. Resulta significativo en estos años que los oficiales al mando lo son también de Cefalonia en las islas del Jónico, que parecen haber compartido durante unos años al mismo gobernador posiblemente hasta que las necesidades organizativas en Italia exigieron de nuevo la división en dos circunscripciones. Por estos mismos años, perdida prácticamente Sicilia salvo las plazas de Taormina, Aci y Rametta que cayeron en 902, se fue afirmando en las fuentes la denominación de Calabria como thema aunque en la nomenclatura oficial el cargo de estratego de Sicilia siguió apareciendo regularmente. Sólo entre 938 y 956, según Falkenhausen, puede datarse la creación oficial del thema de Calabria, pues ya en esa última fecha Mariano Argiro utilizó esa titulación aunque probablemente la reorganización administrativa llevaba ya algunos años en funcionamiento. En ocasiones puntuales los themata de Calabria y Longobardia fueron reunidos temporalmente en un único mando, como fue el caso durante los gobiernos de Basilio Cladon en 938, de Mariano Argiro en 956 o de Nicéforo Hexacionites en 965, debido posiblemente a la necesidad de reemplazar a un general caído en combate o reclamado a Constantinopla. En otros casos el motivo fue agrupar más eficazmente las fuerzas de ambas circunscripciones, pero en cualquier caso la administración de ambos themata volvió luego a recibir sus gobernadores independientes.
Aunque en estos años no se advierte una delimitación clara de los límites de la provincia se pueden distinguir tres zonas reconocibles en la Italia meridional. En primer lugar la región del litoral del Adriático alrededor de Bari y Siponto, Tarento y el valle del Crati en donde la autoridad bizantina estaba solidamente establecida. En segundo lugar las tierras del antiguo condado de Capua, alrededores de Benevento y Salerno donde los príncipes lombardos seguían ejerciendo el control. Y en tercer lugar una zona intermedia en la que la autoridad no estaba claramente definida y se inclinaba sucesivamente a favor de unos u otros en medio de una lucha sorda de influencias en la que se pueden apreciar los intentos por parte de la administración bizantina de ir sustituyendo pacientemente el protectorado vago por un control más directo. Los medios empleados para atraer a los indecisos incluían el soborno, el otorgamiento de títulos y dignidades y la promesa de ingresos regulares en metálico por parte de la administración imperial. La generalización de tales prácticas derivó en excesos que fueron ya denunciados por León VI en sus obras, en las que se queja de las malas costumbres adoptadas por los oficiales que permanecían durante un tiempo prolongado en Italia contagiados, según sus palabras, “por la avidez de los lombardos y su deseo de lucro”. Una práctica política de estas características costaba cara y debía ser financiada mediante contribuciones siempre en alza, pero los gobernadores italianos no recibían ingresos de Bizancio con regularidad, tal y como nos informa Constantino VII en el Libro de las Ceremonias, por lo que en muchas ocasiones debía ser el propio thema el que subviniese a sus necesidades. El peligro de sublevaciones y descontento ante las cargas económicas impuestas por ello a las poblaciones locales era pues un peligro real del que se dieron alguna muestra las rebeliones de 887 en Bari y 894 en Benevento. Sin embargo durante los primeros años del siglo X la situación se mantuvo tranquila y sólo sería a partir de la década de 920 cuando comience a reproducirse un ciclo constante de revueltas e inestabilidad política en la región.
La paz de que gozaba Calabria se interrumpió bruscamente en 917 con la reanudación de los ataques piráticos, esta vez encabezados por los gobernantes fatimíes que en ese año habían derribado el emirato independiente de Palermo. Desde Mahdia se enviaron nuevas expediciones que asolaron las costas calabresas sin otro objetivo que saquear y tomar prisioneros y descartando objetivos más ambiciosos a excepción del incidente aislado que fue la toma temporal de Reggio en 918. La respuesta de las autoridades bizantinas ante la reanudación de los ataques fue tratar de llegar a un acuerdo económico. El estratego de Calabria Eustacio, uno de los chambelanes del emperador, ofreció a los musulmanes el pago de un tributo de veintidós mil piezas de oro, posiblemente a finales de ese mismo año, lo que puede explicar el cese de las incursiones en el período siguiente.
Poco tiempo después Eustacio fue sustituido en el cargo por Juan Muzalon (también llamado en las fuentes Bizalon). El nuevo estratego tomó una decisión impopular al elevar los impuestos para poder hacer frente al tributo y su actuación dió lugar a una revuelta en la que pereció asesinado, poco tiempo después de la llegada al poder de Romano I Lecapeno, posiblemente entre 921 y 922. En su ayuda los sublevados pidieron auxilio a Landulfo de Capua. En abril de 921 se produjo también la muerte en Ascoli Satriano del estratego de Longobardia Ursileon durante un enfrentamiento contra los príncipes lombardos venidos en ayuda de los habitantes de Apulia en rebeldía. Tras hacerse dueños de Ascoli, Landulfo de Capua y su hermano Atenulfo extendieron su dominio a toda la región en un acto de declarada rebeldía a la autoridad imperial. Una fuente alternativa para estos hechos está disponible en las cartas del patriarca Nicolás Mstikos que en esos años mantuvo una activa correspondencia con diversos personajes de relevancia en Italia, entre ellos el propio Landulfo. Por ellas se conoce que los sublevados se apresuraron a enviar cartas a Constantinopla responsabilizando de los hechos al fallecido estratego y reafirmaban su voluntad de mantenerse leales a Bizancio a condición de que no se castigase a los culpables y se nombrase como nuevo gobernante de Longobardia al propio Landulfo. La corte bizantina respondió con cautela ante esas propuestas sabedora del peligro que encerraban. Aunque no se conocen los detalles exactos de las negociaciones se documenta a partir de 925 en los documentos oficiales de Capua la desaparición de los títulos de patricio y anthypatos que antes portaba el príncipe, signo inequívoco de la ruptura de relaciones. Sabemos también que Landulfo se retiró finalmente de Apulia porque volvió a invadirla pocos años después.

En el año 922 se registró en tierras de Campania la aparición de las temidas bandas húngaras que por esos años saqueaban toda la Europa Central. Simultáneamente a esta amenaza los piratas árabes volvieron a la actividad en el mismo año en las costas de Calabria donde ocuparon la villa de Santa Agata. A partir de 924 le tocó el turno a Apulia donde los piratas eslavos hicieron su aparición actuando desde sus bases en las islas del Adriático o al servicio de los jefes árabes. En 925 un ejército árabe llegado de África desembarcó cerca de Tarento al mando de Abu Ahmed Jaffar Ibn Obeid y avanzó en dirección a Oria. En esta ciudad rica y populosa, que contaba con una abundante colonia judía, se había refugiado el estratego de Calabria. Su resistencia duró poco y tras una breve lucha la ciudad cayó en manos de los atacantes el 1 de julio librando un enorme botín. El oficial bizantino debió pagar por su libertad un fuerte rescate y la entrega de un tributo aseguró a la región la paz durante algunos meses. De estos hechos tenemos cumplidas noticias por las crónicas de un miembro de la numerosa comunidad judía de Oria, el juez Sabbatai Donnolo, entonces un niño de 12, hecho prisionero en la villa. Donnolo fue liberado en breve y en su carrera posterior, famosa por sus conocimientos de medicina y astrología fue médico personal del gobernador de Calabria Eupraxio, emprendió viajes en busca de conocimiento que le llevaron hasta Bagdad y mantuvo correspondencia con importantes personajes de la época como Nilo el Menor, abad de Grotta-Ferrata.
Parece ser que en este año 925 tuvo lugar el curioso episodio de la detención de unos embajadores búlgaros y árabes de regreso de África a la altura de las costas calabresas. El rey Siméon, que en estos momentos se encontraba en guerra con Bizancio, había iniciado contactos con los fatimíes para establecer una alianza contra su enemigo común. Los barcos bizantinos que apresaron a los diplomáticos regresaron con sus valiosos prisioneros a Constantinopla donde haciendo gala de prudencia Romano Lecapeno ordenó la retención de los búlgaros y la devolución de los árabes a su hogar con la promesa de la renovación del tributo regular acordado en 918/19 que volvería a ser pagado por el estratego de Calabria aunque esta vez reducido a la mitad del montante original, unos 11.000 nomismata en total.

El Mahdi aceptó la ratificación de la tregua que se había firmado en Oria poco antes aunque la paz demostró ser poco duradera ya que al año siguiente se produjo un nuevo ataque, esta vez a cargo del emir de Sicilia acompañado por el jefe eslavo Sabir al mando de una armada de más de cincuenta galeras que llegaron para asediar Tarento. El 15 de agosto de 928 la ciudad cayó por asalto y según las fuentes árabes más de 6.000 cristianos perecieron y los supervivientes fueron deportados como esclavos a África. Ese mismo año otro jefe eslavo, Miguel Vysevic de Zaclumia, atacó y saqueó Siponto. Por su parte Sabir, tras la toma de Tarento remontó las costas del Tirreno e impuso cuantiosos rescates a las ciudades de Salerno y Nápoles. Tras volver sobre sus pasos Sabir entró en el Adriático y superando el promontorio del Gargano entró en Térmoli tras haber dispersado a unos cuantos navíos bizantinos que intentaron ofrecerle resistencia.
Tras la muerte del Mahdi en 934 las ciudades y villas de Calabria dejaron de pagar el tributo anual y la revuelta en Sicilia de los habitantes de Agrigento de 937 a 941 que arrastró a buena parte de la isla distrajo la atención de los musulmanes que dejaron tranquilas las costas italianas por algunos años. Los bizantinos, muy interesados en la prolongación de ese conflicto, sostuvieron la causa de los rebeldes enviándoles entre 937 y 939 barcos cargados de trigo para asegurar su sustento.
La delicada situación ante los repetidos ataques musulmanes fue aprovechado a su vez por los príncipes lombardos para liberarse de un protectorado no deseado ya. En 926 Landulfo de Capua, esta vez aliado con Guaimar de Salerno, invadió nuevamente Apulia. La ruptura simbólica con Bizancio había tenido lugar ese año ya con el cese de las menciones a títulos bizantinos en las cartas y privilegios otorgados por esos príncipes pero ahora la rebeldía abierta se tradujo en el recurso a las armas. Las tropas aliadas de ambos principados atacaron a los bizantinos pero fueron vencidas en un primer encuentro. En socorro de los coaligados acudió Teobaldo, margrave de Espoleto, y con su ayuda los aliados consiguieron derrotar a su vez a los imperiales. La rebelión afirmada con estos apoyos externos se prolongó hasta 934.
Mientras estos acontecimientos tenían lugar el príncipe de Salerno por su parte había invadido Lucania y el norte de Calabria. Sólo se tienen noticias confusas de los combates en la región aunque hay registros de un enfrentamiento en Basentello, entre Acerenza y Venosa, contra las tropas del estratego Anastasio. Según un testimonio posterior de Liutprando de Cremona Landulfo permaneció en Apulia durante cinco años antes de ser desalojado por un contraataque bizantino.
La respuesta de la corte imperial llegó en 934 cuando el patricio Cosmas fue despachado rumbo a Italia con una pequeña escuadra compuesta por once chelandia a la que acompañaba un contingente de 415 rusos en siete barcos largos. Excepcionalmente para esta expedición contamos con cifras precisas que se nos han conservado en el Libro de las Ceremonias. Los soldados escogidos que la componían eran sobre todo de caballería: 200 hombres de los themata de los Tracesios y de Macedonia, y una representación de la guardia imperial compuesta por 98 scholarioi, 608 neoi scholarioi, 31 soldados de la gran Heteria y 46 de la Heteria media, 71 basilikoi, 35 hombres del Arithmos y un grupo de federados entre los que aparecían turcos, armenios y jázaros hasta un total de 1.453 soldados. Una fuerza tan pequeña no desembarcaba para combatir sino para ofrecer una escolta rutilante a su jefe, llegado como embajador en nombre del emperador para negociar con los príncipes lombardos.
Pronto tuvo lugar una entrevista entre Cosmas y Landulfo en la que el primero, que había conocido tiempo atrás a su interlocutor, razón por la cual había sido elegido por el emperador para esta misión, invitó al lombardo a abandonar las tierras ocupadas y a volver a la gracia de su favor exponiéndole los peligros a los que se enfrentaba por su rebeldía ante su señor. A pesar de sus esfuerzos la cuestión quedó indecisa, aunque Landulfo posteriormente accedió a retirarse de Apulia.
Para convencer con argumentos persuasivos al renuente Landulfo en 935 una nueva misión llegó de Constantinopla, también formada por once barcos de la flota imperial, que trasladaba a Italia al protoespatario Epifanio encargado de transportar los presentes que sellaban la alianza del Imperio con Hugo de Provenza, rey de Italia desde su coronación en Pavía en 926, contra los señores lombardos. Epifanio traía un rico cargamento de telas de seda, mantos finamente bordados, perfumes, incienso y joyas destinados a sus nuevos aliados entre los que descollaba el margrave de Espoleto, vecino de sus rivales lombardos y que ahora cambiaba de bando. Una alianza de estas características era demasiado para Salerno y Capua. Atenulfo en nombre de Capua y Benevento, y Guaimar y Guaifer, como señores de Salerno aceptaron a regañadientes firmar la paz y acabar con la revuelta aunque su mala disposición al entendimiento se puso de manifiesto al año siguiente cuando Atenulfo volvió a atacar territorio bizantino, esta vez en Siponto pese a la oposición del estratego Basilio Cladon. Los enfrentamientos se reproducirían años después, pues hay noticia de un combate en Matera alrededor del año 940 contra el nuevo estratego de Longobardia, probablemente Teognosto Limnogalacto.
Es en estos años de frecuentes contactos con el rey Hugo cuando la flota bizantina, aprovechando la paz momentánea con los árabes sicilianos, hizo aparición con frecuencia en el Mediterráneo occidental dejándose ver por las costas de Córcega y Cerdeña y persiguiendo a los piratas árabes hasta las costas francesas. La operación más significativa tuvo lugar en Fraxinetum (actual La Garde-Freinet, al norte de Saint-Tropez) en la costa provenzal en 941 y a petición del monarca franco que deseaba la colaboración de los barcos imperiales provistos de fuego griego para desalojar a los piratas árabes allí establecidos. Romano Lecapeno contestó afirmativamente a la petición de ayuda al tiempo que solicitó el envío de una hija del rey para su nieto Romano, el hijo de Constantino VII y futuro emperador. Hugo se apresuró a contestar atemorizado que sólo tenía una hija, ilegítima pero muy hermosa. Tras considerar la cuestión Romano consideró finalmente aceptable a la joven Berta y aprobó el ofrecimiento. En 944 el estratego de Longobardia Pascual acudió a la corte para recoger a la muchacha que marchó hacia el este acompañada por el antiguo obispo de Parma y un suntuoso cortejo. A su llegada a Constantinopla Berta fue rebautizada como Eudocia y en septiembre de ese año contrajo matrimonio con el joven Romano, aunque la joven princesa no llegó a ver consumado su matrimonio al morir prematuramente en 949. Si la alianza matrimonial fracasó en último término tampoco fueron satisfactorias las operaciones militares pues, si bien la flota bizantina consiguió dispersar a los barcos árabes establecidos en la costa provenzal, la colonia musulmana resistió todavía medio siglo más antes de ser eliminada.
En estos últimos años del reinado de Romano I Bizancio también reestableció relaciones con Cerdeña, que desde la caída del exarcado de África había quedado abandonada a sus propios medios al igual que Córcega que probablemente carecía entonces de cualquier estructura política estable. Por la sigilografía se conocen los nombres de algunos hypatoi y duques sardos durante los siglos VII y VIII lo que permite suponer que la estructura administrativa imperial se mantuvo en cierta medida. Sabemos también que en 935 la isla fue saqueada por los piratas árabes lo cual nos informa indirectamente de la ausencia de una administración musulmana en Cerdeña. Precisamente de mediados del X se conservan referencias en el Libro de las Ceremonias a los arcontes sardos que, según se explica, recibían órdenes directas (keleusis) del gobierno de Constantinopla. Han sobrevivido de esta época algunas inscripciones en varias iglesias en las villas de Villasor y Sulcis datadas entre 930 y 1000, en las que se hace referencia al arconte denominándolo Torquitorio como portador en un caso del título de protoespatario imperial y en otro de espatario lo cual ha llevado a Runciman a sugerir que se tratase de un cargo local más que de un nombre propio.
En enero de 945 comenzó la etapa de gobierno personal de Constantino VII tras la exitosa conspiración contra su suegro en diciembre anterior. Constantino quiso mantener el papel de Bizancio como actor principal en los asuntos italianos e intercambió embajadas con Berenguer, el sucesor de Hugo. Precisamente en una de ellas en 949 figuró ya Liutprando, el obispo de Cremona que nos ha dejado un testimonio de su primer viaje a Constantinopla en su Antapodosis.
Italia meridional gozó de un tiempo de paz en sus relaciones con los sarracenos de Sicilia y África, todavía ocupados en sus contiendas civiles. A pesar de todo, las autoridades bizantinas mantuvieron una prudente vigilancia en prevención de posibles sorpresas especialmente en momentos delicados como la preparación de la expedición a Creta de 949. En los meses previos la flota imperial se mostró muy activa en los apostaderos occidentales para supervisar los movimientos de los árabes de Sicilia y África. En Dirraquio se estacionaron siete navíos ousiai y en Calabria otros tres para prevenir posibles incursiones en Grecia y Dalmacia. Tres de estos barcos al mando del ostiario y nipsistiario Esteban llegaron incluso hasta las costas españolas en sus misiones de vigilancia mientras que ante África se apostó el protoespatario y asekretis Juan con tres chelandia y cuatro dromones. Similares precauciones se tomaron en el resto de las costas del Imperio.
La agitación política en Sicilia redundó en beneficio de Bizancio y no sólo por la tregua en las incursiones sino también por las oportunidades comerciales que surgieron entonces al tratar con los sublevados sicilianos que necesitaban urgentemente grano del continente. El tráfico de trigo en dirección a los mercados árabes proporcionó enormes ganancias al entonces estratego de Calabria Crinités Caldos al obtener el grano de los calabreses a muy bajo precio y revenderlo luego a sus clientes más allá del mar. El escándalo provocado por estos manejos provocó una investigación imperial que supuso el cese de Crinités y la pérdida de todos sus bienes.
En 947 la guerra civil concluyó por fin en Sicilia y el nuevo emir Al Hassan se apresuró a reclamar al estratego de Calabria el pago del tributo que desde hacía años había sido descuidado. Ante la amenaza de nuevas incursiones los calabreses pidieron auxilio a Constantinopla que contestó preparando una nueva expedición a occidente. La flota al mando de Macroioannes transportaba un ejército a las órdenes del patricio Malaceno y desembarcó en Otranto en 951 para unir sus fuerzas a las tropas del estratego Pascual. Por su parte Al Hassan, después de recibir un refuerzo de 7.000 jinetes y 3.500 infantes desde África, comenzó en julio el asedio de Reggio que al poco se rindió tras la huida de sus habitantes a las montañas. Remontando hacia el norte atacó la plaza fuerte de Gerace pero la noticia de la llegada inminente del ejército bizantino obligó al emir a pactar una tregua con los lugareños a cambio del cobro de un tributo. Tras arreglar este asunto Al Hassan condujo a su ejército en busca del enemigo. En su avance barrió la débil resistencia de las avanzadas imperiales y sin oposición atravesó el Crati y puso sitio a Cassano donde también recibió tributo. Tras comprobar que el ejército rival no aparecía por ningún lado Al Hassan dio media vuelta y regresó a Messina.
En la primavera de 952 el ejército árabe volvió a atravesar el estrecho y chocó con el ejército imperial cerca de Gerace el 7 de mayo. En el combate encontró la muerte Malaceno y Pascual logró escapar a duras penas. Tras la victoria se reinició el asedio a Gerace interrumpido el año anterior pero de nuevo no llegó a su término por la llegada en verano del asekretis Juan Pilato venido de Constantinopla para tratar de la paz. En el acuerdo posterior los bizantinos debieron aceptar la construcción de una mezquita en Reggio obligándose a respetar sus actividades y reconociendo el derecho de asilo en ella para los refugiados musulmanes que pudiera haber en la región. De cualquier modo esta tregua no detuvo los ataques de los piratas que siguieron azotando la región y en algunos casos obligando a las poblaciones de algunas villas a huir hacia el norte en busca de condiciones de subsistencia más seguras.
En estos años el thema de Longobardia había sido atacado repetidas veces por los húngaros. Hacia 938 habían sometido a tributo al monasterio de Montecassino y sembrado el terror en la región de Salerno. En 947 volvieron a hacer su aparición en Apulia llegando en sus incursiones hasta Otranto. Posiblemente la acción combinada de sus ataques y la miseria provocada en las poblaciones locales supuso un acicate para la renovación de las contiendas civiles en la región con el estallido de nuevos conflictos entre las autoridades bizantinas y la población lombarda. Tenemos noticias de una sangrienta revuelta en Bari en 946 y entre ese año y 950 Ascoli y Conversano se declararon en rebeldía y cerraron sus puertas a los funcionarios imperiales. La respuesta fue la organización de una nueva expedición.
En 955 llegó a la península el anthypatos y patricio Mariano Argiro con tropas tracias y macedónicas. Su misión, además de vengar la derrota ante los árabes en Calabria, era la de someter de nuevo a la autoridad imperial a Nápoles, cuyo duque Juan había establecido una alianza con Capua y Benevento. El patricio, investido de la autoridad absoluta en Italia como lo atestigua su título de estratego de Calabria y Longobardia, se dirigió desde Otranto al encuentro de los napolitanos mientras una flota al mando de Crambeas y Moroleon avanzaba a lo largo del Tirreno sirviéndole de apoyo. A su paso por Campania Mariano Argiro entabló contacto con Gisulfo, príncipe de Salerno, que en 956 retomó nuevamente el título de patricio y una vez ante Nápoles la sometió por la fuerza imponiendo la renovación de los antiguos juramentos de fidelidad al Imperio. Tras restablecer la situación en el norte Argiro regresó para enfrentarse a los árabes. Un nuevo ejército sarraceno al mando de Ammar, un hermano de Al Hassan, acantonado en Palermo desde el invierno de 956, se preparó para pasar en la primavera del año siguiente a Calabria pero su acción fue retrasada por las operaciones del protokarabos Basilio que al mando de una pequeña fuerza naval destruyó la mezquita de Reggio y hostigó las costas sicilianas llegando a tomar Termini. En 958 por fin los dos hermanos reunieron sus tropas y se dispusieron a pasar al continente. Sin embargo no se conoce bien cómo terminó la campaña pues las fuentes griegas hablan del retorno apresurado de los árabes a Sicilia y las crónicas musulmanas celebran una victoria sobre Mariano Argyro y el envío de numerosos prisioneros a Sicilia. Durante su regreso la flota árabe se vio sorprendida por un temporal en el que perdió la vida Ammar. Pronto se acordó una nueva tregua que duraría hasta la época de la desastrosa expedición a Sicilia ya durante el reinado de Nicéforo Focas pero la paz llegaba tarde para Calabria. Los testimonios de los contemporáneos hablan de un país despoblado por las invasiones y arrasado por la depredación que obligó incluso a la marcha de muchos de los ascetas y monjes moradores de las cavernas que allí estaban asentados.
Tras la llegada de la paz a Italia meridional llegó la hora de que Bizancio volviese su mirada sobre Sicilia. La isla había sido teatro de continuos combates desde principios del siglo IX y su control por parte de los árabes condicionó siempre la vida de las provincias italianas del continente. Con la llegada de un gobierno decidido a pasar a la ofensiva quizá el Imperio podría recobrar las posesiones tanto tiempo perdidas y afirmar así su dominio en el Mediterráneo occidental. Volver al comienzo
Aunque los árabes comenzaron la conquista de Sicilia durante el reinado de Miguel II su presencia se había hecho notar desde mucho antes y ya a mediados del siglo VII las costas sicilianas vieron aparecer los primeros barcos musulmanes. En 652 una flotilla proveniente de Siria al mando de Moawya Ibn Hodaig fue la primera en explorar las posibilidades que la gran isla ofrecía. La expedición fue un simple tanteo y tras enfrentarse a las tropas del exarca Olimpio se retiraron sin ser molestadas. Una nueva expedición llegó esta vez desde Alejandría en 669 con casi 200 barcos, aprovechando la confusión tras el asesinato de Constante II en Siracusa el año anterior. Tras saquear el país y obtener un rico botín regresó a su base nuevamente sin tropiezos. La buena fortuna de las empresas realizadas movió a los gobernantes en Egipto a preparar una base adecuada para sostener nuevas campañas y en 700 la isla de Cossyra (Pantelaria) a 60 millas de Sicilia se convirtió en la cabeza de puente de la ofensiva sobre la isla. Durante la primera mitad del siglo VIII los ataques fueron constantes, aunque hacia mediados de siglo se alcanzó una situación de tregua. En 805 el gobernador de África Ibrahim Ibn al Aglab acordó con el patricio de Sicilia Constantino una tregua de diez años, aunque la inestabilidad política en África del Norte, con los Idrisíes tomando el poder en Túnez y Tripolitania y los Omeyas españoles saqueando las islas de Córcega y Cerdeña convirtieron la tregua en ineficaz. Afortunadamente para los intereses bizantinos omeyas, idrisíes y aglabíes estaban demasiado ocupados luchando entre sí para formar un frente común.
En 813 Abu’l Abbas, hijo de Ibrahim, acordó una nueva tregua de diez años y un intercambio de prisioneros con el patricio Gregorio. En el tratado también se examinó la cuestión de la seguridad de los mercaderes griegos y árabes que en flujo continuo circulaban entre Sicilia y África, pero a pesar de estos acuerdos las incursiones árabes se reanudaron en la década de 820 con el resultado de logros territoriales permanentes. En opinión de Treadgold la defensa de Sicilia en estos años estaba a cargo de un destacamento no superior a 1000 soldados apoyados por una fuerza de similar porte en Calabria. Las fuerzas navales del thema debían ser también de tamaño modesto, posiblemente una decena de barcos.
El desencadenante último de la invasión de la isla en 827 fue la disputa entre el estratego de Sicilia Constantino Sudes y el turmarca Eufemio. Éste último, al mando de los destacamentos de la flota apostados en la isla, se había rebelado en 826 contra el gobierno imperial. Eufemio se había destacado poco antes al realizar exitosas incursiones en la costa africana en el transcurso de las cuales había logrado apresar varios mercantes y apoderarse de un cuantioso botín y numerosos prisioneros. En esos momentos Constantino Sudes recibió órdenes de Constantinopla para detener a Eufemio y someterlo a juicio (las fuentes griegas explican esa orden repentina aludiendo a una trama novelesca según la cual Eufemio había raptado dos o tres años antes a una monja y la había forzado a casarse con él. Las quejas de sus familiares ante el emperador llevaron a una investigación a cargo del patricio de Sicilia que supondría para Eufemio, en caso de confirmarse su culpabilidad, la pérdida de su nariz. Conocedor del peligro, Eufemio expuso la causa ante sus hombres y la flota, que le apoyaba, se declaró por su causa. En opinión de Vasiliev las causas deben verse más bien en el aprovechamiento por parte de Eufemio de la revuelta de Tomás el Eslavo y el ataque musulmán a Creta que favorecieron sus propios proyectos, sin duda meditados desde tiempo atrás).
Cuando el turmarca tuvo noticias de lo que se preparaba contra él se decidió a tomar la iniciativa atacando Siracusa. Tras conocer la toma de la ciudad Constantino Sudes se dirigió a su encuentro pero fue vencido y tuvo que refugiarse en Catania. Acosado por su rival intentó huir pero pronto fue hecho prisionero y muerto. Tras su victoria Eufemio se proclamó emperador a finales de 826 y empezó a organizar el gobierno de la isla apoyándose en sus partidarios. Confió el control de la región occidental a uno de sus oficiales llamado Platón, el Palata de las fuentes árabes, seguramente con la esperanza de que pudiese atraer a la causa a su primo hermano Miguel, que era gobernador de Palermo en esos momentos. Pero los cálculos de Eufemio se demostraron erróneos cuando Platón se mostró más que dispuesto a cambiar de bando y formar de nuevo bajo la insignia imperial y no dudó en reunir un ejército para enfrentarse a su antiguo comandante. En el combate que siguió Eufemio fue derrotado y fue expulsado de Siracusa desde la que tuvo que reembarcarse con lo que le quedaba de sus tropas y zarpó hacia África. En su desesperación pidió auxilio al emir de Kairuán Zidayat Ala prometiendo reconocer su soberanía y compartir con él las rentas de la isla. Tras consultar con su corte el emir se decidió por enviar una expedición al mando del qadi Abu Abdala Asad Ibn al Furat Ibn Sinan. La flota comprendía entre 70 y 100 barcos y transportaba a 1000 infantes y 700 caballos sin contar con las fuerzas de Eufemio. Ambas armadas se reunieron en la bahía de Susa el 14 de junio de 827 y al cabo de tres días alcanzaron el punto más cercano de Sicilia, la villa de Mazara, donde Eufemio tenía partidarios, evitando pasar junto a Lilibeo que se encontraba bien fortificada. Los destacamentos de vigilancia en la zona opusieron una débil resistencia y las tropas de Asad pudieron capturar a los soldados con facilidad aunque éstos fueron liberados en breve cuando prudentemente se declararon partidarios de Eufemio. En cualquier caso Asad desconfiaba de sus aliados y le pidió a Eufemio que él y sus hombres se mantuvieran al margen de los combates que iban a tener lugar, no sin antes haber recomendado a su aliado que utilizase algún distintivo en su vestimenta para evitar ser confundido otra vez con las tropas imperiales.
Entretanto Platón seguía ejerciendo el mando en la isla y a la espera de refuerzos que no acababan de llegar se decidió por reunir todas las tropas posibles y marchar al encuentro de los invasores. Llegado a mediados de julio a la llanura de Balata (en opinión de Amari a la salida de Mazara en dirección a Marsala) allí se trabó de inmediato una reñida batalla de la que salieron vencedores finalmente las tropas de Asad. Según los árabes los bizantinos huyeron en dirección a la plaza de Enna y dejaron el camino libre a la penetración de los invasores en el interior de la isla. Por su parte Platón pasó a Calabria con el propósito de reunir más tropas pero fue asesinado antes de poder regresar a la isla.
Asad no perdió tiempo en reemprender la marcha. Tras dejar custodiada Mazara partió en dirección a Siracusa siguiendo la costa sur de la isla. En su camino pasó por Licata y poco después salieron a su encuentro embajadores griegos con la promesa de un tributo y la petición de que detuviese su avance. Asad consintió en detenerse durante unos días por su necesidad de reagrupar sus tropas aún a sabiendas de que la tregua era aprovechada por sus enemigos para fortificar Siracusa, reunir víveres y poner a salvo bienes y tesoros. En breve los siracusanos se negaron a pagar el resto del tributo acordado alentados en secreto por Eufemio que les animaba a ofrecer resistencia a unos árabes más poderosos de lo conveniente para sus propósitos. Ante estas circunstancias Asad optó por reemprender la marcha y tras saquear el país llegó ante los muros de Siracusa y la bloqueó por mar y tierra a la espera de refuerzos de África. La falta de víveres en el campamento árabe provocó un amago de motín que fue sofocado autoritariamente por Asad. Entretanto ambos bandos estaban recibiendo refuerzos. De África llegaron contingentes nuevos que se vieron aumentados con la aparición de los futuros conquistadores españoles de Creta. Por su parte el emperador consiguió convencer al Dogo veneciano Justiniano Partecipazio para que acudiera en auxilio de la ciudad con sus barcos de guerra. Pronto tuvo lugar un nuevo enfrentamiento ante los muros de Siracusa en el que el uso de un foso por parte de los árabes provocó un gran revés para las tropas bizantinas conducidas por el comandante de la guarnición de Palermo. Tras esa victoria el cerco a Siracusa se hizo más estrecho a finales de 827 y las condiciones de los asediados más penosas hasta el punto de iniciar conversaciones con los árabes que fueron rechazadas por éstos ante la esperanza de un rico botín no limitado por ninguna capitulación pactada. Finalmente los siracusanos se vieron favorecidos por un golpe de fortuna en el momento de mayor peligro. La falta de alimentos entre los árabes apostados ante los muros de Siracusa afectó gravemente la moral musulmana y facilitó un brote epidémico en el campamento que terminó por cobrarse la vida de Asad a comienzos del verano de 828. Sin tiempo de consultar a Cairuán el ejército escogió como jefe a Mohamed Ibn Abi’l Gawari. En ese momento, cuando Siracusa parecía al alcance de la mano, aparecieron ante la costa los barcos de la flota enviada por el emperador en auxilio de la ciudad. Esta vez el gobierno imperial era consciente del peligro de la situación y de lo difícil que sería recuperar Siracusa si los árabes llegaban a apoderarse de ella por lo que se habían reunido todos los medios navales posibles incluyendo la flota de los Cibyrreotas con su estratego Cratero al frente. Con ellos llegaban otra vez los venecianos a los que se había recurrido nuevamente tras el fracaso anterior.
Habiéndose convertido de asediantes en asediados, debilitados por el hambre y la enfermedad y a la vista de una flota mucho mayor que la suya el ejército árabe sólo pensó en regresar a África por lo que procedieron de inmediato a embarcarse e intentaron salir por la estrecha bocana de la bahía. La flota imperial maniobró para cerrar el paso y atrapó a sus adversarios dentro. Ante la imposibilidad de poder forzar el paso a mar abierto los árabes optaron por quemar sus embarcaciones e internarse en la isla.
El ejército musulmán se dirigió hacia el noroeste guiado por Eufemio y en su camino tomó la localidad de Mineo, a un día de marcha de Siracusa. Otro destacamento se apoderó de Agrigento, en la costa meridional. Mientras tanto la gran flota imperial había tenido que zarpar de nuevo ante la acuciante necesidad de hacer frente al ataque de Abu Hafs en Creta con lo que Sicilia volvió a quedar abandonada a sus propios medios. Mientras tanto los árabes seguían progresando. Tras dejar guarnición en Mineo siguieron ruta hasta llegar a la gran fortaleza natural de Enna (la futura Castrogiovanni). Las negociaciones fueron confiadas a Eufemio al que los lugareños prometieron someterse si alejaba a los árabes de su tierra. Cuando el antiguo turmarca acudió con algunos de sus hombres al lugar convenido para la entrevista la delegación de la ciudad repentinamente se arrojó sobre él y lo acuchilló hasta la muerte. Seguramente los árabes no lamentaron mucho la muerte de su aliado pero este acto presagiaba un restablecimiento de la confianza de la población en la pronta llegada de refuerzos.
A comienzos de la primavera de 829 el emperador envió al patricio Teodoto, que posiblemente había sido anteriormente estratego de Sicilia y conocía por tanto la región, con parte de la flota imperial ya que los Cibyrreotas estaban fuera de combate por un tiempo tras su derrota en Creta en el otoño anterior. Tras desembarcar, Teodoto condujo a sus tropas directamente contra los árabes, que todavía estaban en los alrededores de Enna. Los bizantinos atacaron pero fueron derrotados por sus rivales y padecieron muchas bajas además de la captura de 90 oficiales de alto rango. Tras su derrota Teodoto tuvo que refugiarse en la fortaleza pero su habilidad le perm