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Jorge Maniakes

 

Roberto Zapata Rodríguez

 

· Los orígenes

· Los primeros éxitos

· Victoria en Edesa

· La expedición a Sicilia

· Crisis en Italia

· De nuevo al mando

· Rebelión

· Consideraciones sobre la figura de Jorge Maniakes

· Bibliografía

 

 

Los orígenes

 

Los orígenes y la procedencia de Jorge Maniakes (ca. 1000-1043) siguen siendo controvertidos. Es posible que tuviese una ascendencia oriental, quizá turca o mongola en opinión de algunos historiadores. Ciertamente su apariencia impresionaba y le apartaba del común aspecto del bizantino medio. Miguel Psellos nos ha dejado este elocuente recuerdo personal en su Cronografía:

 

“Yo mismo he visto a este hombre y me maravillé por el modo en que la naturaleza le había adornado con todas las cualidades de un hombre destinado a mandar. Medía diez pies de alto y aquellos que lo contemplaban tenían que levantar su vista como ante una colina o la cumbre de una montaña. No había nada dulce o agradable en la apariencia de Maniakes. Antes bien era como un torbellino, con una voz atronadora y manos tan fuertes que podrían hacer tambalear una muralla y sacudir puertas de metal. Tenía la agilidad del león y su ceño fruncido era terrible de contemplar. Todo lo demás en este hombre estaba en armonía con esto, como no podía ser menos. Su fama hacía su apariencia más terrible y los bárbaros, sin excepción, vivían atemorizados por su causa, unos porque lo habían visto maravillados y otros porque habían oído contar terribles relatos de sus proezas.”

 

Psellos nos dice también que su carrera se inició desde abajo, ascendiendo poco a poco todos los rangos en la escala militar desde el puesto de skeuophoros o portaestandarte hasta el de strategos, por lo que podemos suponer que era un oficial en activo en los últimos años del reinado de Basilio II, aunque no sabemos si participó en las grandes campañas búlgaras y georgianas o por el contrario desempeñó puestos de guarnición en Asia. Ello no implica necesariamente que fuese aparejado a un nacimiento humilde, por cuanto los cronistas no dejarían de haberlo citado en sus obras. Conocemos el nombre de su padre, Gudelios Maniakes, y esa precisión sería insólita en caso de tratarse de un simple campesino o un soldado raso. Sabemos que en el reinado de Constantino VIII un Gudelios fue condenado por participar en una conspiración. Durante el mandato de Miguel IV el mismo u otro Gudelios participó en aquella en la que se vio implicado Constantino Dalaseno y tuvo como castigo la confiscación de sus bienes. Se nos dice que este Gudelios era un rico y notable personaje del Asia Menor. Cheynet nos informa de que el nombre Gudelios es un patronímico varias veces registrado en Asia Menor y que la familia Maniakes es mencionada en las narraciones históricas en diversos momentos, comenzando por un Constantino Maniakes, de raza armenia, Drongario del Arithmos en el reinado de Miguel III. No es seguro afirmar,  sin embargo, la relación entre esa familia y el general, aunque de ser así podríamos pensar en éste como perteneciente a una familia de la pequeña aristocracia microasiática. De hecho encontramos a otro miembro de la familia, Teofilacto Maniakes, entre los militares que se opusieron a la revuelta de Isaac Comneno en 1057. Todo hace pensar en una familia que se mueve en segundo o tercer plano, dependiente de clanes más poderosos pero con la que se cuenta en el momento de pasar a la acción.

 

 

 

Los primeros éxitos

 

La primera aparición en las crónicas de Jorge Maniakes se remonta a 1030, relacionada con la fallida expedición de Romano III Argyro a Siria que terminó en la lamentable derrota de A’zaz. En el verano de aquel año el emperador emprendió una expedición para someter el territorio de Alepo, vecino del ducado de Antioquía. La empresa fue mal desde el principio por la falta de una dirección adecuada de las operaciones y la deficiente conducción de las tropas. Acosados incesantemente por la caballería ligera alepitana la vanguardia del ejército imperial, comandada por León Coirosfactes, fue estrepitosamente derrotada con el resultado de comprometer el campamento imperial que se vió rodeado por el enemigo. Un intento de mejorar la situación a cargo de la caballería de Constantino Dalaseno no tuvo mejor suerte y finalmente todo el ejército imperial emprendió una vergonzosa y desorganizada huida que estuvo a punto de provocar la caída de Romano III en manos de los jinetes árabes.

La derrota de A’zaz provocó una grave crisis en la frontera siria y amenazó seriamente la estabilidad del ducado de Antioquía. Animados por el éxito numerosas partidas atravesaban las fronteras sin encontrar oposición y llevaban sus algaradas hasta los pies del Tauro. Por aquel entonces Maniakes era strategos del pequeño thema fronterizo de Teluk, en la región del Tauro. Ante los muros de su fortaleza se detuvo una tarde de septiembre de 1030 una tropa de algareros que regresaban al hogar acarreando el botín producto de sus saqueos en tierras imperiales. Eran ochocientos jinetes en total. Maniakes, que debía ser muy  joven todavía, sólo contaba con las reducidas fuerzas de su distrito para hacer frente a la situación. Los recién llegados le informaron con mucha insolencia del reciente desastre del ejército imperial y le anunciaron la muerte del emperador. En consecuencia, le dijeron, debería rendir de inmediato la fortaleza so pena de ser pasado a cuchillo junto a toda la guarnición si no capitulaba antes del alba del día siguiente. Maniakes recibió con mansedumbre estas exigencias y aparentó ceder a su intimación prometiendo a los saquedores entregar la plaza al día siguiente tal y como se le exigía. Para reafirmar su buena disposición les envió como presente una abundante provisión de víveres, agua y vino animándolos a reponer fuerzas con la plena garantía de que al alba abriría las puertas de la fortaleza y les entregaría la ciudad con todos sus habitantes y los bienes que en ella hubiese. Los árabes aceptaron complacidos ese razonamiento y esa noche se dedicaron a disfrutar de la comida y el vino que sus futuros cautivos le proporcionaban hasta el punto de relajar la guardia y descuidar la vigilancia. Maniakes aprovechó esa ganancia de tiempo para aprestar a sus hombres y se decidió por un golpe audaz. Durante la noche efectuó una salida por sorpresa y asaltó el campamento de los sitiadores matándolos hasta el último. Al inspeccionar el lugar se encontraron 280 camellos cargados con despojos del campamento imperial. Maniakes se apresuró a  cortar las orejas y narices de los algareros muertos y cargado con este macabro presente se apresuró a salir al paso del emperador, que todavía estaba en camino a Constantinopla. Maniakes lo encontró en Capadocia, donde Romano se reponía gozando de la hospitalidad de los Focas. Para recompensar al joven oficial por un éxito que aliviaba un tanto la amargura de la derrota el emperador ascendió a Maniakes al rango de protospatharios y decretó su nombramiento como catepán de la Baja Media, el territorio del valle del Alto Éufrates. En su nuevo destino el activo oficial encontró pronto nuevos y ambiciosos objetivos en los que concentrarse.

 

 

 

Victoria en Edesa

 

El flamante oficial estrenó su cargo trasladando su residencia a Samosata, lugar desde donde comenzó a controlar el gobierno de su circunscripción. Entre sus tareas principales estaba el supervisar los movimientos de los señores armenios sujetos al imperio  y vigilar y hacer frente a los gobernadores de las ciudades árabes limítrofes. Muy pronto concibió el audaz deseo de apoderarse de la vecina ciudad de Edesa, tanto tiempo atrás perdida para el Imperio, al considerar que la inestable situación política de la zona podía permitir un audaz golpe de mano con grandes posibilidades de éxito.

En aquellos momentos dos emires se disputaban el poder en la ciudad en medio de unas difíciles relaciones. Ibn Sibl, servidor del poderoso Abu Nasser ibn Marwan emir de Diyarbakir e Ibn Utayr, un jefe beduino cabeza de la familia de los Numairidas. Éste, como verdadero beduino, no visitaba con frecuencia la ciudad y se hacía representar por un tal Ahmed a quien en un momento dado hizo matar, lo cual provocó gran resentimiento en la ciudad.

Edesa estaba rodeada de una poderosa muralla y los dos emires se disputaban su control. Ibn Sibl poseía dos de las tres fortalezas que se erguían en el recinto así como dos tercios de la ciudad, mientras que Utayr controlaba la tercera fortaleza y el otro tercio de Edesa, pero este reparto de poder no había traído estabilidad y la tensión era constante por los continuados intentos de ambos de suprimir a su rival. Un día Ibn Sibl atrajo a su rival a las afueras bajo el pretexto de un festín con el propósito de asesinarlo pero fue cogido en la trampa y muerto por los hombres de Ibn Utayr que aparecieron por sorpresa en el lugar. Utayr intentó entonces  apoderarse por la fuerza de la fortaleza principal de Sibl. Ésta estaba al mando de Sulaiman Ibn al-Kurgi, un turco que debía su mando a la violenta pasión que la esposa de Ibn Sibl había concebido por él, por ello la mujer no dudó en darle el mando de las posesiones de su esposo a la muerte de éste y Sulaiman se atrincheró en los niveles superiores de la fortaleza para resistir los ataques de los hombres de Ibn Utayr. Pronto la situación se volvió insostenible y desesperado Ibn al-Kurgi envió mensajes a Ibn Marwan de Mayyafarikin y Diyarbakir para hacerle entrega de la fortaleza de Edesa.

El marwanida se apresuró a despachar un cuerpo de 1000 jinetes al mando de Bar el Rais para hacerse cargo de la situación. Ibn Utayr se sintió furioso por esta inoportuna intervención e intentó asesinar al recién llegado durante unas conversaciones de paz. Pero al igual que en su momento ocurriera con Ibn Sibl también esta vez la víctima se convirtió en verdugo y Bar el Rais, advertido de los propósitos de su rival, le hizo matar en un banquete fuera de los muros de Edesa y se convirtió en el amo de toda la ciudad.

La viuda de Utayr tomó el mando de la resistencia y bajo una bandera negra se dedicó a recabar apoyos por toda la región intentando sublevarla contra los kurdos que, por este asesinato, se habían adueñado de una ciudad árabe. Una multitud acudió en su ayuda y se dirigió a Edesa para restablecer la antigua situación. Ibn Marwan, advertido por su subordinado, intentó oponerse pero fue batido y tuvo que retirarse. La situación se volvió entonces crítica para Bar el Rais que fue llamado y reemplazado nuevamente por Sulaiman Ibn al Kurgi. Este cambio no mejoró las cosas y los ataques incesantes contra las torres del recinto llevaron a Sulaiman a tomar una decisión desesperada y a hacer entrar en escena a un protagonista inesperado.

Entre octubre y  noviembre de 1031 Ibn al Kurgi envió una carta al strategos de la fortaleza bizantina más cercana, Samosata. En la misiva el atribulado comandante ofrecía entregar la soberanía de la plaza al subordinado del emperador a cambio de la concesión de una dignidad palatina y de un gobierno provincial.

El ambicioso Maniakes, que deseaba ardientemente encontrar ocasión para distinguirse, se alegró en extremo por el ofrecimiento. Se comprometió con Sulaiman mediante un solemne juramento a obtener del emperador lo que aquel demandaba y restituirle sus tierras asegurando la transmisión de éstas y las dignidades aparejadas a su descendencia. Ante Maniakes se abría la posibilidad de una empresa gloriosa, la de recuperar para el imperio y la cristiandad una ciudad bendecida por sus iconos milagrosos y que le había sido arrebatada hacía ya cuatro siglos.

Llegado a las inmediaciones de la ciudad en medio de una noche tormentosa, con la compañía de 400 hombres escogidos, se encontró en secreto con Ibn al Kurgi que le entregó las llaves de tres de las torres más poderosas del recinto amurallado. Edesa contaba por aquel entonces con más de ciento cuarenta en la muralla. Prosternándose ante él Suleiman prestó homenaje y se retiró luego a toda prisa a Samosata acompañado de su mujer e hijos. En recompensa por sus buenos oficios y animado por la promesa de dinero y títulos Al Kurgi partió prestamente hacia Constantinopla llevando con él unos papiros escritos en siríaco que contenían dos cartas intercambiadas entre el rey Abgar y Jesucristo. El emperador, el patriarca Alejo Estudita y todos los dignatarios imperiales salieron a las puertas de la ciudad para recibir tan venerado presente que supondría un excelente acompañamiento al mandylion que Juan Curcuas había traído también de Edesa en 944. Según se cuenta el emperador Romano recibió los presentes con una humilde sumisión y las depositó junto a las otras reliquias que reposaban en el palacio imperial, donde pronto se ocupó de hacerlas traducir al griego. Por sus servicios Sulaiman fue nombrado patricio anthypatos y se le confirió el mando de numerosos distritos además de grandes riquezas.

 

Por su parte Maniakes procedió de inmediato a tomar posesión de las torres y aprestarlas para la defensa en espera de los refuerzos que tenía preparados. El objetivo era tomar la posición como punto de partida para una vigorosa ofensiva que llevase al control del resto de la ciudad. Para ello no descuidó nada en sus preparativos, instalando en los terraplenes y caminos de ronda un gran número de máquinas de guerra con las que empezó de inmediato a bombardear la ciudad. Ante esta inaudita situación la población árabe espantada comenzó a huir precipitadamente.  Pero pronto las cosas cambiaron a peor. Tan pronto como el estandarte imperial se alzó en las torres de la ciudadela una muchedumbre enardecida, superado el impacto inicial, se armó apresuradamente para ir a su encuentro. Se sucedieron choques violentos en las calles y obligaron a los imperiales a retroceder y refugiarse en las torres. Ante la imposibilidad de llegar a las manos con ellos los frustrados musulmanes arremetieron contra los cristianos que vivían en la ciudad y mataron a algunos. Los supervivientes se retiraron a la iglesia catedral de Santa Sofía y allí se fortificaron para proteger sus vidas y sus riquezas.

Cuando Ibn Marwan tuvo noticia de los extraordinarios acontecimientos que habían tenido lugar en Edesa y cómo ésta había sido sustraída a su soberanía reunió a todas sus tropas y se presentó de nuevo ante los muros de la ciudad. Esta vez la entrada no ofreció dificultades al contar con el apoyo de la población árabe y se dirigió de inmediato a asediar la iglesia de Santa Sofía y las torres defendidas por los soldados bizantinos.

El sitio de la iglesia fue de una terrible violencia. Pronto el viejo edificio se derrumbó ante los impacto de los proyectiles lanzados por las catapultas. Cuando los muros cedieron los árabes arrojaron fuego al interior haciendo perecer así a muchos de los que allí estaban refugiados. Todas las riquezas y las provisiones que aquellos desgraciados atesoraban fueron presa de las llamas. Algunos supervivientes lograron abrirse paso espada en mano y se refugiaron con Maniakes. Éste, que de asediador había pasado a ser asediado, ofrecía una resistencia extraordinaria. En palabras de Mateo de Edesa, el único cronista que ha dejado constancia de estos sucesos:

 

“Parecía que la nación entera de los musulmanes se volcaba sobre ellos”

 

Pronto los sitiadores encontraron refuerzos que fueron acudiendo de todas partes llamados por ese ultraje al Islam. Entre ellos estaba Sibl, el poderoso emir de Harrán, pero la mano de Maniakes pudo alcanzarle incluso a distancia mediante un audaz golpe de mano. Un enviado de Maniakes al que las fuentes llaman Rusar (posiblemente un armenio o un ruso) acudió ante el emir pretextando transmitirle un mensaje de su comandante. Una vez llegado a su presencia le asestó un golpe mortal con su maza y a toda prisa volvió grupas y atravesó el foso del campamento. Milagrosamente el soldado consiguió salvarse al final a pesar de que su caballo fuese derribado durante la lucha. Pero este éxito no disminuyó la gravedad de la situación pues otros acudían a tomar el lugar del muerto. Los emires de Alepo, Damasco, Homs, Mosul, tropas famitas, beduinas y decenas de pequeños señores se contaron pronto entre aquellos que intentaban acabar con la resistencia de los bizantinos.

Atacado por todas partes Maniakes se batió desesperadamente a lo largo del abrasador verano de 1032. Los contingentes árabes y sus señores contendían entre ellos por el honor de apoderarse del strategos y acabar con la resistencia de sus tropas, pero los furiosos ataques se estrellaban una y otra vez contra la férrea resistencia de los imperiales. Durante los enfrentamientos se quemaron las puertas de la ciudad y se derrumbó una parte de la muralla. Llegaron abundantes las nieves en el otoño y la situación se tornó difícil para los sitiadores. En un momento de exasperación Ibn Marwan, ante la imposibilidad de tomar al asalto la posición que seguía estando bien pertrechada, resolvió retirarse no sin antes prender fuego a la ciudad. Toda Edesa ardió mientras el ejército sitiador se retiraba cargado con todos los bienes y objetos de valor que había arrancado a las llamas. El sitio había durado un año entero.

Aunque la situación mejoró Maniakes tuvo que seguir defendiéndose de los habitantes de la ciudad, que seguían acosándole noche y día. Finalmente los víveres comenzaron a faltar y no fue posible introducir nuevas provisiones en la fortaleza por lo que Maniakes tuvo que tomar una decisión arriesgada. Con toda la ciudad en pie de guerra, los  bizantinos, aparentemente intimidados, iniciaron conversaciones para un armisticio, lo que llevó a los edesanos a confiarse por la posición de fuerza de la que gozaban. Tal relajación fue bruscamente interrumpida cuando repentinamente los bizantinos efectuaron una salida por sorpresa y barriendo la oposición que tenían enfrente atravesaron la ciudad en llamas y ocuparon la ciudadela. Ésta había sido construida por Justiniano al noroeste de Edesa y se elevaba sobre un promontorio que se alzaba a 90 metros sobre el estanque llamado de la fuente de Abraham.

Finalmente la ayuda llegó y tropas de refuerzo venidas desde Samosata penetraron en la ciudad y liberaron de su asedio a Maniakes, que con los nuevos contingentes a su disposición pudo por fin ocupar toda la ciudad y eliminar los último reductos de resistencia. Dueño de la plaza Maniakes ordenó que se reconstruyeran las puertas destruidas y se recompusiese el muro exterior para prevenir futuros asaltos. Pronto se estableció en Edesa una guarnición pertrechada con las armas y víveres suficientes.

 

 

El último acto del drama a modo de pequeña compensación para los árabes lo constituyó el ataque de represalia sobre Samosata. Frustrados por sus fracasos ante los muros de Edesa, se dirigieron hacia esa ciudad, que por aquel entonces estaba desprovista de soldados, ocupados en Edesa (y sin duda con Maniakes al frente). Sin oposición pudieron saquearla y matar o hacer prisioneros a muchos de sus habitantes. A la vuelta un buen número de sus cautivos perecieron durante el paso por el Éufrates.

No sabemos con certeza si por entonces Jorge Maniakes estaba todavía al mando en Edesa o por el contrario se había retirado ya a Samosata, tras dejar a algún oficial competente al mando, aunque podemos pensar que es posible que el strategos no quisiera abandonar su preciada presa sin antes haber asegurado la posición.

Maniakes había triunfado finalmente en la arriesgada empresa y devuelto al Imperio una ciudad largo tiempo perdida. Esta preciosa conquista daba a Bizancio el control de la orilla izquierda del Éufrates y suponía también una fuente de importantes ingresos para el Estado al ser Edesa el centro de una muy activa red de caravanas. Pronto Maniakes trasladó la sede de su gobierno desde Samosata a la nueva conquista y el emperador, que experimentó una gran alegría al conocer la noticia, la dotó de una poderosa guarnición y reconstruyó las murallas. Estratégicamente además suponía una cuña en los territorios musulmanes fronterizos y Bizancio pronto se lo hizo sentir al tomarla como base para saquear los territorios de Harrán y de Saruj, el país al sur de Edesa, además de forzar a pagar tributo y reconocer la sumisión a las tribus de los árabes numeritas y al gobernador fatimita de Siria del norte. Los musulmanes finalmente tuvieron que aceptar la derrota y la presencia permanente en la plaza de los soldados de Bizancio. Además los edesanos se comprometieron a pagar un tributo anual de cincuenta libras de oro. El prestigio del oficial creció extraordinariamente hasta ser conocido como el terror de los árabes y el recuerdo de sus hechos sobrevivió largamente en la memoria: todavía en el siglo XII la ciudadela de Edesa seguía siendo recordada con el nombre de “fortaleza de Maniakes”

 

La carrera de Jorge Maniakes siguió adelante y en 1035, tras cuatro años de permanencia en Edesa, fue sustituido por León Lependrenos  por orden del emperador Miguel IV. Su nuevo destino fue el Vaspurakán, la región de la Alta Media recientemente anexionada que estaba empezando a sufrir los primeros asaltos de los turcos. Por aquel entonces su ascenso en el orden de dignidades le había llevado al codiciado título de patricio, posiblemente una recompensa por su hazaña de 1032. Éste debió ser el tiempo en que contrajo matrimonio y adquirió grandes propiedades en Asia Menor. Poco permaneció en este destino, pues poco después se le encomendó la dirección de la empresa imperial en Italia, donde se pretendía continuar el proyecto que Basilio II había dejado inconcluso con su muerte y someter finalmente la isla de Sicilia.

 

 

 

La expedición a Sicilia

 

La muerte de Basilio II en diciembre de 1025 frenó las operaciones que se habían comenzado a desarrollar con el ambicioso objetivo de la conquista de Sicilia. El emperador había enviado a Italia al eunuco Orestes con un ejército considerable compuesto en su mayor parte de mercenarios. Allí se reunió con las milicias locales conducidas por el catepán de Italia Basilio Boioannes que aprovechó para fortificar Reggio como punto de apoyo de la operación. La invasión comenzó con el desembarco en Messina de las milicias de Bari pero pronto las cosas se torcieron por la incapacidad militar de Orestes que fue prontamente derrotado. La ofensiva se estancó falta de medios y en los dos años siguientes no se registraron progresos. En 1028 Orestes fue reclamado a Constantinopla y el excelente catepán Boioannes se vió relevado de su puesto. Las consecuencias de este segundo hecho se pusieron de manifiesto muy pronto en el reinado de Romano III con la vuelta de las incursiones árabes en las costas italianas, principalmente en Apulia y el norte de Calabria. Los sucesores de Boioannes, Cristóforo y Pothos Argyro murieron combatiendo contra los piratas en 1029 y 1031. El emperador, deseoso de reemprender las grandes empresas de Basilio II, fijó sus ojos también en la desvalida Italia y envió refuerzos con el protospatharios Miguel y posteriormente con el nuevo catepán Constantino Opos en 1034. Fueron éstos años de guerra naval en los que las naves del strategos de Nauplia Nicéforo Karantenos y la flota del chambelán Juan barrieron los mares y eliminaron la amenaza pirata. Una vez dominado el mar el emperador pudo negociar en mejores condiciones con los árabes de Sicilia y su emir Akhal. En agosto de 1035 el diplomático Jorge Probatas firmó la paz en nombre del basileo, que concedió al emir el título y los honores de magistros. Un comportamiento tan amistoso por parte del emir sólo pudo estar justificado por la guerra civil que estalló por aquel entonces en Sicilia y la necesidad que aquél tenía del apoyo de Bizancio.

Pero esta situación favorable duró poco. El emir de África envió a su hijo Abdallah en apoyo de los rebeldes sicilianos. Vencido Akhal tuvo que buscar el refugio del catepán. Éste, decidido a actuar, reunió sus tropas poco numerosas y pasó el estrecho para combatir contra el ejército africano en 1037.

Por aquel entonces en Constantinopla se había decidido dar un empuje decisivo a la cuestión siciliana. Consciente el emperador de la debilidad de las fuerzas locales preparó una flota para asestar un golpe decisivo. Esta armada transportaba a las mejores tropas del imperio entre las que destacaban las fuerzas armenias al mando de Katakalon Kekaumenos, contingentes rusos y los varegos del luego célebre Harald Hardrada. Y al frente se colocó al hombre del momento, célebre por sus éxitos en Asia frente a los árabes, Jorge Maniakes. Su misión como “strategos autokrator de las fuerzas del thema de Longobardia”, como lo llama Skylitzés, consistía en apoyar al bando opuesto al emir africano. Rápidamente los árabes entendieron que era mejor llegar a un acuerdo entre ellos que permitir la entrada de las tropas imperiales en la isla y se prepararon en secreto para expulsar de la isla a los cristianos. Ante la falta de medios Constantino Opos tuvo que retirarse al continente, llevándose con él a 15.000 cristianos sicilianos rescatados del cautiverio. El emir Akhal murió asesinado en la ciudadela de Palermo y Abdallah estableció su autoridad sobre toda la isla.

 

         

 

Acompañado por el almirante Esteban, cuñado del emperador, cuya flota debía navegar a lo largo de la costa oriental de la lista y estar dispuesta a colaborar con las necesidades del ejército Maniakes penetró con su ejército en la isla y se apresuró a unir sus tropas con los contingentes que debían ser proporcionados por los themas italianos.  El plan estratégico de la campaña permitía a Maniakes  plena independencia de movimiento sin depender en modo alguno del catepán de Italia. Entretanto acababa de llegar a Bari el patricio y duque Miguel Spondyles, antiguo gobernador de Antioquía, para unirse a la expedición. Quizá también entre sus obligaciones estuviese la de reemplazar a Opos, que desaparece de la narración histórica en estos momentos, aunque al año siguiente ya encontramos a  Nicéforo Dokeianos como catepán de pleno derecho. En cualquier caso Spondyles fue el encargado de realizar las levas de las milicias de Apulia y Calabria, una acción que provocó un vivo resentimiento en las poblaciones italianas. A estas fuerzas se unió un cuerpo de entre 300 y 500 caballeros normandos de élite proporcionados por Guaimar de Salerno, al que el emperador Miguel había solicitado ayuda para combatir al enemigo común. Al frente de estos brillantes guerreros estaban Guillermo Brazo de Hierro y Drogón, hijos de Tancredo de Hauteville, que acababan de llegar de Normandía. Guaimar estuvo más que gustoso de poder desembarazarse de sus turbulentos huéspedes los cuales, ansiosos de botín y tierras, acudieron prestamente a unirse a Maniakes a Reggio en una aventura que prometía grandes beneficios.

Junto a ellos se alistó también el lombardo Arduino, un antiguo hombre de armas de la iglesia de San Ambrosio en Milán, que había acudido con un grupo de sus compatriotas a sumarse a la aventura italiana sirviendo además de intérprete gracias a su conocimiento del griego. La inestabilidad en su tierra le habían llevado a probar fortuna en otras empresas y su astucia pronto le permitió convertirse en tácito portavoz de todos los auxiliares latinos y francos en el ejército. Esa preeminencia le animaría a jugar bazas más ambiciosas en un momento posterior de la historia.

Por fin, a mediados de 1038 y tras dos largos años de preparativos el ejército de Jorge Maniakes abandonó Reggio y atravesando el estrecho de Faro desembarcó en Sicilia y avanzó sobre Messina.

 

 Ante los muros de la ciudad tuvo lugar un combate en el que los normandos se cubrieron de gloria y rechazaron una tumultuosa salida de los defensores. Luego atravesaron las puertas pisándoles los talones y ganaron la ciudad al primer combate. Este primer éxito, aunque importante, carecía de gran valor estratégico. En cambio la plaza de Rametta, al sudeste de Messina, dominaba la ruta que conducía por el litoral norte de Messina a Palermo, y hacia allí se dirigió de inmediato el ejército.

La llegada del cuerpo expedicionario bizantino puso fin a las discordias internas de los musulmanes sicilianos que acordaron unir esfuerzos para hacer frente a la invasión. Cerca de Rametta salieron al paso de las tropas imperiales con una fuerza estimada en 50.000 hombres. La batalla que tuvo lugar de inmediato fue encarnizada y tras una dura pugna finalmente los bizantinos lograron imponerse. Este éxito abrió las puertas de Sicilia al ejército de Maniakes que pudo así proseguir su marcha bordeando la costa oeste. A finales de 1038 habían sido conquistadas ya trece poblaciones pero estos éxitos no lograban ocultar la dificultad de la campaña por la naturaleza agreste de las tierras sicilianas. Sólo tras muchos padecimientos pudo llegar el ejército ante los muros de Siracusa en el comienzo de 1040. De inmediato se puso sitio a la ciudad y los imperiales se vieron envueltos en continuas escaramuzas y choques en las frecuentes salidas que intentaban los defensores. En estos enfrentamientos destacó especialmente Guillermo Brazo de Hierro, que alcanzó fama por matar en combate singular a un caid que había sembrado el terror entre los sitiadores por sus proezas en la lucha. Las poderosas defensas de Siracusa provocaron que el sitio se prolongase dando tiempo al emir Abdallah para reunir fuerzas llegadas de toda Sicilia y de África y agruparlas en la región montañosa de la isla. A la cabeza de más de 60.000 soldados intentó un movimiento audaz atacando por retaguardia al ejército acampado ante Siracusa. Ante esta maniobra Maniakes se vió obligado a levantar el sitio y retroceder con su ejército para hacer frente a la nueva amenaza. Avanzando por las laderas occidentales del Etna el ejército imperial hizo alto en la llanura de Troina, al noroeste del volcán, en una localidad donde tiempo después se construiría un castillo que llevó el nombre del general bizantino.

En Troina le estaba esperando Abdallah con todo su ejército atrincherado en un campamento fortificado. Los árabes habían tenido tiempo para preparar cuidadosamente su posición y sembraron la llanura circundante con abrojos metálicos para estorbar el ataque de la caballería imperial. Lamentablemente para sus intereses no tuvieron en cuenta la costumbre bizantina de herrar sus cabalgaduras, lo que convirtió en inútil esta estrategia.

Con el enemigo a la vista Maniakes dispuso sus tropas según la acostumbrada formación en tres cuerpos que deberían entrar sucesivamente en combate. Cuando se entabló el combate cuerpo a cuerpo la fortuna acompañó a los bizantinos al descargar una fuerte tormenta que levantó grandes nubes de polvo que cegaron a los árabes. Desorganizadas las filas el ejército de Abdallah fue incapaz de resistir el ímpetu incontenible de la primera carga de caballería pesada. Pronto la batalla se convirtió en una masacre en la que perecieron a millares los soldados musulmanes y en la que nuevamente los normandos encontraron ocasión para sobresalir por la fuerza de su brazo.

El derrotado emir huyó con muchas dificultades y sólo a duras penas consiguió llegar hasta la costa desde donde se dirigió a Palermo. Mal recibido por la población local se vió obligado a abandonar la isla y refugiarse en África. Su lugar fue ocupado por Hassan Ad Daula, hermano del fallecido Akhal. Fue una gran victoria que tuvo un gran éxito en toda la isla y que ha dejado para el recuerdo en Troina el nombre de “Fondaco dei Maniaci” dado a la llanura en la que tuvo lugar.

La batalla, que tuvo lugar en la primavera o el verano de 1040, proporcionó a Maniakes el control de la zona oriental de la isla y abrió las puertas de Siracusa al ejército imperial que hizo en ella una entrada triunfal en medio del entusiasmo de la población cristiana local. El descubrimiento por esas fechas de los restos de la vírgen y mártir Santa Lucía en la ciudad contribuyó a un clima de exaltación general que ponía en boca de todos el nombre del artífice de tantos éxitos. En la memoria local ha sobrevidido este recuerdo con la denominación de “castillo de Maniakes” que se le dió a la fortaleza bizantina que se erige en la ciudad.

Fiel a su temperamento Maniakes no se relajó en el momento de la victoria. Antes de Troina había encargado al almirante Esteban la tarea de vigilar cuidadosamente las costas de la isla para impedir la huida del emir en caso de derrota. Pero la ineptitud de Esteban le hizo incapaz de cumplir con su misión. Abdallah escapó y sobre el almirante cayó de inmediato la ira implacable de Maniakes. Haciendo acudir a su presencia al inepto oficial lo cubrió de injurias y le acusó ante el emperador de traición y cobardía. Tan grande fue su cólera que llegó a maltratarlo físicamente acusándole de cobarde, afeminado y “proveedor de los placeres del emperador”. Este acceso de cólera provocaría muy pronto funestas consecuencias para la carrera del general.

Tras la toma de Siracusa Maniakes comenzó de inmediato los trabajos de reparación y consolidación de las murallas de la ciudad para ponerla en el mejor estado posible de defensa. El siguiente paso, tras la victoria de Troina,  era la ocupación del interior de la isla, pero todos los planes tuvieron que suspenderse cuando mensajeros llegados de Constantinopla ordenaron imperiosamente al general que abandonara el mando y regresara a la capital.

El ofendido Esteban, enfurecido por el humillante tratamiento a que había sido sometido por Maniakes, había aprovechado su influyente posición en la corte para denunciar al general ante el todopoderoso Juan el Orfanotrofo, hermano del emperador, acusándole de traición y de aspirar a la púrpura. Juan no dudó en reclamar la vuelta de Maniakes ordenando que se le trajera encadenado junto con su camarada de armas Basilio Theodorokanos.

Con Maniakes languideciendo en prisión el mando en Sicilia recayó en el incapaz Esteban ayudado por el prepositos Basilio Pediadites y Miguel Dokeianos

 

 

 

Crisis en Italia

 

Por desgracia los sucesores de Maniakes eran muy inferiores en talento y su desgraciada dirección provocó un rápido empeoramiento de la suerte de las armas bizantinas. Maniakes había desarrollado una meticulosa actividad de construcción de kastra en cada una de las plazas conquistadas con vistas a preparar puntos de apoyo sólido para futuras operaciones en la isla e impedir simultáneamente sublevaciones de las poblaciones musulmanas locales. Tras la marcha del general esas fortificaciones fueron abandonadas por negligencia e imprevisión y en pocos meses las plazas en las que habían sido edificadas fueron recuperadas una tras otra por sus antiguos dueños. En mayo de 1041 sólo quedaba Messina en manos del ejército imperial, y ésta gracias a la enérgica actuación del protospatharios Katakalon Kekaumenos, strategos del thema de los Armeníacos, que hace aquí su primera aparición en las crónicas. El 10 de mayo Kekaumenos obtuvo una brillante victoria sobre las fuerzas que asediaban la ciudad. Después de mantenerse oculto tras los muros por un espacio de tres días realizó una salida repentina con todas sus tropas, 300 jinetes y 500 infantes. El éxito fue total y los árabes, tomados por sorpresa, fueron aplastados. Su jefe encontró la muerte a manos de Kekaumenos y sus bienes pillados. Los supervivientes huyeron a toda prisa hacia Palermo, permitiendo un respiro momentáneo para Messina.

 

 

Desgraciadamente hacía meses ya que el resto de la isla había caído de nuevo en manos de los musulmanes. Muy pronto los generales al mando fueron reclamados a la península ante el estallido de la revuelta de los contaratoi y la declaración de guerra de los normandos. Ambos sucesos exigieron de las autoridades bizantinas en Italia toda su atención dejando los asuntos sicilianos abandonados a la espera de tiempos mejores.

De acuerdo con las órdenes recibidas el resto del ejército repasó el estrecho y fue conducido de nuevo a Calabria y Apulia donde tuvo que enfrentarse a una nueva amenaza que ponía en grave peligro la seguridad de los themas italianos, la invasión de los normandos de Campania. Una gran masa de refugiados cristianos acompañó a las tropas en su regreso a Calabria, temerosos de la venganza árabe.

Los orígenes del enfrentamiento, aunque obedecen a causas más profundas que tienen que ver con la complicada estructura política de la región, se desencadenaron a raíz de la campaña siciliana. Durante las operaciones militares se puso de manifiesto la falta de entendimiento entre los auxiliares normandos y los generales imperiales. Los normandos, representados por sus jefes Guillermo Brazo de Hierro y Drogon, se quejaron airadamente ante Maniakes al considerar que la parte del botín que se les había concedido no premiaba suficientemente sus méritos en los ataques a Messina y Siracusa. Junto a ellos se alineó Arduino,  que esperaba guardar para sí un hermoso caballo que había ganado en Troina después de haber matado a su jinete. Pero Maniakes, sin que conozcamos el motivo, le ordenó que devolviese el animal. Arduino se negó por tres veces a cumplir la orden y desoyó todos los avisos que se le transmitieron hasta que, agotada la paciencia, Maniakes decidió aplicar un castigo ejemplar por desobediencia que sirviese de lección al resto de sus subordinados y ordenó que se le despojara de sus vestimentas y lo azotaran con varas desnudo en medio del campamento.

Arduino, después del humillante castigo, disimuló su resentimiento y a partir de entonces sólo tuvo en su pensamiento el proyecto de regresar al continente. Por su parte los normandos, indignados por el maltrato de que se había hecho objeto a su camarada y por la mezquindad del botín que les había tocado en suerte, tachaban de avariciosos a los bizantinos y atribuían a mala fe su comportamiento, con lo que también desearon regresar al otro lado del estrecho. Arduino logro sobornar al secretario de Maniakes para que expidiese un permiso de retorno para sí mismo y para los normandos, con lo que pudieron llegar a la costa italiana sin contratiempos. Los normandos, a partir de entonces enemigos irreconciliables de Bizancio, regresaron a Aversa y Salerno.

Parece ser que por la misma época Harald Hardrada también se enemistó con Maniakes y como consecuencia los escandinavos abandonaron la campaña italiana. No conocemos las fechas concretas, aunque es bastante probable que la partida de unos y otros fuese bastante cercana en el tiempo. En cualquier caso en octubre de 1041 Hardrada y su gente se encontraban ya en Tesalónica luchando contra el insurgente búlgaro Pedro Delian y el emperador le había recompensado con el título de manglabites. Seguramente el perdón imperial por el abandono del puesto de combate fue facilitado por la caída en desgracia de Maniakes que había sucedido entre tanto.

 

 

También había mucha agitación entre las poblaciones italianas, el descontento contra las autoridades bizantinas, la ausencia de las tropas empeñadas en la campaña siciliana y las levas forzosas produjeron sublevaciones ya desde mediados de 1038, poco después de la entrada del ejército en Sicilia. Toda Apulia estaba muy agitada y en Bari se produjeron revueltas en ese año con el resultado de la muerte de varios oficiales y ciudadanos griegos. Estas movilizaciones ciudadanas tuvieron su origen en las levas de milicias locales (contaratoi o conterati) con destino a la campaña siciliana y posiblemente a un alza de los impuestos para costear las operaciones. Con la misión de arreglar los asuntos italianos llegó a Bari el catepán Nicéforo Dokeianos en febrero de 1039. El nuevo gobernador traía órdenes expresas de acabar con los tumultos y lo consiguió por algún tiempo, aunque a los pocos meses la reanudación de las levas forzosas produjo nuevas revueltas populares y con ellas el derramamiento de sangre de varios funcionarios imperiales. La ocasión llegó durante la gira de Dokeianos por la zona norte del thema con la misión de reclutar más tropas ligeras para la guerra. Los contaratoi se negaron a ser alistados y se sublevaron contra los oficiales bizantinos matando a algunos. El primero de ellos el propio catepán Nicéforo, muerto en Ascoli en enero de 1040. El 5 de mayo le llegó el turno al krites Miguel Coirosfactes, asesinado por contaratoi amotinados en el kastron de Móttola y en el mismo día otro oficial, Romano, fue muerto en Matera.

Los rebeldes intentaron aprovechar la debilidad de las guarniciones bizantinas para ocupar las grandes ciudades del litoral y señalaron Bari como su objetivo principal. En el camino se les unió Argyros, hijo de aquel Meles que se había rebelado contra el Imperio en 1009/1010 y nuevamente en 1017, que había regresado en 1029 de Constantinopla donde se había educado y ocupaba ahora un lugar entre los prohombres de Bari, y se dispusieron a entrar por la fuerza en la capital del thema. Sin embargo pronto surgieron disputas entre ellos, las milicias se dispersaron y el 7 de mayo Argyros se reconcilió de nuevo con las autoridades bizantinas tras derrotar a los contaratoi y apresar a sus jefes. Era un éxito importante, pero en el resto de los territorios la situación empeoraba..  

Para sustituir al fallecido catepán llegó en el otoño de 1040 su pariente el protospatharios Miguel Dokeianos. Éste intentó en Bari restablecer la situación mediante detenciones y ajusticiamientos, pero la situación general se había deteriorado a causa de las sublevaciones populares en Apulia por los abusos de su antecesor en el cargo y los problemas con los mercenarios normandos. El lombardo Arduino, que hasta entonces se había mantenido en un discreto segundo plano, se decidió a un audaz movimiento para perjudicar los intereses de Bizancio. Su motivo principal era la venganza, por la humillación sufrida tiempo atrás a manos de Maniakes. Ganándose el favor del nuevo catepán con atenciones y demostraciones de celo, consiguió que éste lo nombrara candidatos y lo enviara a Apulia para asumir el mando de algunas plazas entre las que destacaba la ciudad fronteriza de Melfi, llave de la entrada a Apulia. Desde allí Arduino empezó a desarrollar sus planes de venganza incitando a la población a sublevarse contra la tiranía de los griegos. La ocasión era favorable, pues buena parte de las tropas bizantinas se encontraban todavía en Sicilia y muchas ciudades en Apulia se habían alzado en armas.

Esta situación en el continente fue la que provocó el regreso desde Sicilia de buena parte de las tropas allí destinadas, y para finales de 1040 Miguel Dokeianos hizo de nuevo su entrada en Bari. Decidido a castigar el comportamiento de la población local comenzó a actuar en Ascoli, lugar donde había perecido su predecesor en el cargo. Poco después le tocó el turno a la cercana población de Bitonto, donde se ensañó con los representantes de la nobleza del lugar. Desde allí se dirigió de nuevo a Bari para aguardar la llegada de los refuerzos de Constantinopla antes de emprender nuevas acciones.

Tras el paréntesis invernal Dokeianos salió en campaña a comienzos de la primavera de 1041 para enfrentarse a los invasores normandos que por entonces, con la ayuda de Arduino, acababan de ocupar Melfi, en el valle del Ofanto. Esta población fronteriza, en la que Arduino residía con el cargo de topoteretes, se hizo eco de la llamada a la insurrección que había partido de Ascoli y que se expandió por el descontento de las poblaciones locales. Arduino se esforzó en animar a ricos y humildes a tomar las armas para luchar contra la opresión militar y fiscal de los funcionarios bizantinos. En marzo de 1041, pretextando dirigirse a Roma en peregrinaje, estableció contacto con los Hauteville en Aversa  y les animó a emprender una nueva campaña en Apulia contra sus antiguos aliados tentándoles con la visión de un fabuloso botín y la esperanza de una resistencia escasa al estar el ejército imperial ocupado en Sicilia.

Los normandos, todavía pocos en número pero creciendo día a día, estuvieron más que dispuestos a intentar la empresa. Buscaron la alianza de algunos señores locales, tomaron el título de condes y procedieron a repartirse de antemano las tierras que pensaban conquistar, con la promesa de ceder a Arduino la mitad de todo lo que consiguiesen. De las tierras de Benevento partieron 300 caballeros de fortuna que fueron introducidos de noche en la ciudad de Melfi. Los recién llegados se encontraron con una gélida bienvenida por parte de la población local, que percibía el peligro de su presencia y a duras penas consiguió Arduino apaciguar los ánimos y evitar que intentasen expulsarlos de la ciudad. Al calmarse los ánimos los normandos fueron aceptados a regañadientes y éstos contaron al fin con una sólida base de operaciones desde la que intentar nuevas conquistas. Por el contrario, en las vecinas Venosa, Lavello y en la propia Ascoli los alarmados ciudadanos se apresuraron a pedir ayuda al catepán para expulsar a esos bárbaros invasores. Sin duda el recuerdo de la primera invasión normanda de Apulia en 1017 y de sus desmanes estaba muy vivo en la memoria colectiva.

Miguel Dokeianos salió de Bari con las tropas que tenía a su disposición, auxiliares rusos, contingentes del Opsikion y los Tracesios además de las milicias locales, sin esperar a que se le unieran el resto de sus fuerzas, todavía en camino desde la isla. Sicilia quedó desguarnecida con la excepción de Messina, que también sería abandonada poco después a pesar de los éxitos de Katakalon Kekaumenos.  El ejército imperial era superior al de los normandos, que contaban con poco más de 2000 o 3000 guerreros tras la llegada de lombardos de Benevento y de otros capitanes del norte. El choque tuvo lugar cerca de Venosa, el 17 de marzo de 1041 y los griegos llevaron la peor parte, teniendo que retirarse a la zona montuosa cercana para proteger su posición.

Los normandos aprovecharon la ocasión para saquear la comarca de Venosa, Ascoli y Lavello convirtiendo Melfi en su base de operaciones y centro de recogida del botín. Ante una situación que empeoraba más la población local volvió a pedir socorro a Dokeianos. Éste se preparó para un nuevo encuentro tras recibir refuerzos y avanzó con un ejército que incluía soldados de los themas asiáticos, auxiliares de Pisidia y Licaonia, rusos y milicias locales de Calabria y Capitanata. El 4 de mayo, en Montemaggiore (Cannas) se produjo el segundo enfrentamiento. Fue una lucha confusa y cruenta en la que de nuevo los imperiales llevaron la peor parte. Dokeianos fue derribado de su caballo pero consiguió huir, no así muchos de sus soldados que murieron ahogados en las aguas del río Ofanto, víctimas de una súbita crecida. Entre los muertos se contaban además los obispos de Troia y de Acerenza.

Este desastre debilitó gravemente al ejército imperial y obligó al catepán a volver a Bari y solicitar nuevos refuerzos, lo que supuso la retirada de Messina de los últimos contingentes allí emplazados y con ello la pérdida de todas las conquistas de los años anteriores. Cuando la noticia de estas derrotas llegó a Constantinopla el emperador ordenó la destitución de Dokeianos y su sustitución por el hijo de Boioannes, el antiguo catepán que venciera a Meles. El nuevo gobernador llegó con tropas rusas de refuerzo que se vinieron a sumar a las tropas sicilianas de Maniakes, soldados del thema de Macedonia, paulicianos y reclutas locales.

Por su parte los victoriosos normandos veían como sus fuerzas aumentaban día a día por el prestigio ganado tras las dos victorias del año y nuevos contingentes de los principados lombardos del norte de Italia venían a sumarse a sus filas. Con ellos estaba también Atenulfo, hijo del príncipe de Benevento Pandolfo II, al que reconocieron como su jefe en Melfi.

El nuevo catepán no esperó mucho a probar fortuna con las armas. El 3 de septiembre tuvo lugar la tercera batalla, esta vez en Montepeloso, tras el frustrado intento de los imperiales por sorprender a Melfi. Tras un enconado combate en el que los bizantinos estuvieron a punto de imponerse la batalla se decidió por la intervención en el último momento del conde normando Gautier. Boioannes fue hecho prisionero y conducido a Benevento desde donde fue liberado poco después tras el pago de un fuerte rescate.

 

Tras estas victorias la voluntad de los normandos de consolidar sus conquistas fue imparable. Aunque en un primer momento, antes de la batalla de Venosa habían prometido fidelidad al emperador con la condición de retener las tierras que poseían entonces, ahora era imposible contener su ambición. En el otoño de 1041 los normandos dominaban ya la zona de Melfi y la región oeste de Apulia hasta las cercanías de Matera. Bizancio no controlaba ya más que el litoral, salvo en Capitanata y la tierra de Otranto. Incluso las grandes ciudades costeras comenzaron entonces a tratar individualmente con los invasores arreglando acuerdos concretos con la esperanza de preservar sus territorios. Bari, Giovinazzo y Monopoli aceptaron pagar tributo, como en su momento habían hecho con los árabes. Por esa época llegó a la zona un funcionario bizantino, Sinodianos, para tratar con las ciudades que habían parlamentado con los normandos pero falto de recursos renunció a la acción y se encerró en Tarento. Como él otros oficiales se vieron obligados a guarecerse tras los muros de las ciudades que todavía mantenían fidelidad al imperio, dejando el territorio libre para las correrías de los invasores. En breve sólo quedaron en manos de Bizancio cuatro plazas en Italia: Brindisi, Otranto, Tarento y Bari. Ante esta situación de deterioro Constantinopla se vió obligada a llamar de nuevo al único hombre capaz de hacer frente a la situación. Llegaba de nuevo la hora de Jorge Maniakes.

 

 

 

De nuevo al mando

 

Miguel IV, el emperador que había enviado a prisión a Maniakes, falleció en diciembre de 1041. Su sucesor Miguel V y su esposa Zoé, deseosos de enderezar la suerte de los asuntos occidentales, liberaron al general y lo reenviaron a Italia con el título de magistros, catepán de Italia y strategos autokrator de los tagmata de Italia tras hacer llamar de vuelta a Sinodianos. Maniakes desembarcó en Tarento a finales de abril de 1042 con un nuevo ejército reforzado con contingentes albaneses, los arvanitai que pasaron luego a constituir uno de los cuerpos extranjeros permanentes en el ejército imperial. En el momento de su llegada sólo seguían en poder de Bizancio las plazas de Brindisi, Otranto, Tarento, Trani y Oria.

Entre tanto sus adversarios no habían permanecido ociosos, habían tenido cinco meses de desgobierno bizantino para maniobrar y establecer alianzas con las ciudades de Apulia. Tras haberse malquistado con el principado de Benevento negociaron con los principales de Bari y propusieron a Argyros reconocerlo como su señor. Éste, seducido por la propuesta, repitió el comportamiento de Arduino e hizo entrar de noche a los normandos en la ciudad y allí concluyó un acuerdo definitivo con ellos recibiendo en febrero de 1042 el título de duque y príncipe de Italia con los guerreros normandos como vasallos. Éstos seguían el mismo procedimiento utilizado con éxito en otras ocasiones: imponer su participación, hacerse temer y reconocer en teoría la soberanía de los antiguos amos del país. Es posible que en lo tocante a Argyros su proyecto fuese llegar a una futura reconciliación con Bizancio previa aceptación de los hechos consumados y con la secreta esperanza del catepanato por entonces vacante.

La llegada de Maniakes trastornó todos esos cálculos y dejó a Argyros como un simple rebelde, como su padre lo fue en tiempos, por lo que tuvo que vincular su destino más estrechamente a los recién llegados del norte. Avanzando en su propósito reclamó la ayuda de los normandos de Aversa y reunió varios miles de soldados que se aprestaron a combatir al ejército imperial acampado bajos los muros de Tarento. Pero Maniakes rehuyó el combate y optó por refugiarse tras los muros de la ciudad a la espera de una oportunidad favorable. Los normandos intentaron en vano provocar a los bizantinos a un encuentro en campo abierto y se contentaron con saquear la región de Oria. Tras reconocer la imposibilidad de asediar una plaza poderosa como Tarento se replegaron pronto hacia el norte en mayo de ese año.

En el litoral adriático Trani, la plaza más importante después de Bari, mantuvo la fidelidad al emperador y rehusó negociar con Argyros. Su ejemplo fue imitado por Giovinazzo con peor suerte pues Argyros apostó su ejército ante la plaza y la tomó el 3 de julio de 1042 después de tres días de sitio sometiéndola a pillaje  y asesinando a los funcionarios bizantinos en ella refugiados. De allí pasó a Trani, a la que sometió a asedio durante más de un mes hasta que los acontecimientos de Constantinopla provocaron un vuelco en la situación.

Entretanto Maniakes había salido en junio de Tarento con su ejército barriendo delante de sí las bandas de normandos que encontraba a su paso. Castigó cruelmente a los habitantes de Matera acusándoles de trato con el enemigo y demostró ser tan despiadado como sus enemigos normandos, arrasando los campos, quemando las cosechas y asesinando a centenares de campesinos. Desde Matera Maniakes se dirigió hacia el este y sometió a Monopoli al mismo castigo y a la misma demostración de crueldad y ensañamiento: muchos ciudadanos fueron ahorcados y otros enterrados vivos, pero las ciudades no le abrieron sus puertas. Con todos estos hechos Maniakes se ganó una reputación de tirano abominable en la región y perjudicó muy gravemente la suerte de la causa bizantina en Italia. Mientras tanto en Constantinopla se sentaba en el trono un nuevo emperador y la llegada al poder de Constantino Monómaco en julio no presagiaba nada bueno para la fortuna de Maniakes.

Durante la época de sus mandatos en Asia Menor el general había adquirido grandes propiedades en el thema de los Anatólicos. Algunas de esas tierras eran vecinas de las de un poderoso señor, Romano Skleros, nieto del famoso Bardas. Pronto las relaciones entre ambos se deterioraron y Maniakes, que debió ser un hombre de genio pronto, amenazó de muerte a Skleros. Éste, amedrentado, abandonó sus tierras y desde entonces experimentó un odio feroz por su antiguo vecino. La situación era delicada para Maniakes por cuanto Romano tenía muy buenas conexiones en la corte, al ser su hermana la amante del emperador. El momento para la venganza llegó cuando su rival tuvo que ausentarse para guerrear en Italia. Romano, seguro del apoyo de Monómaco, saqueó las propiedades de Maniakes y yendo más allá en la ofensa, ultrajó a su mujer. Cuando el general fue informado de estos penosos acontecimientos experimentó una cólera indecible, cólera que se convirtió en exasperación al saber que el emperador, a instancias de su rival, había decidido finalmente destituirlo de su puesto. En ese momento Maniakes, considerando muy peligroso regresar a Constantinopla como un simple particular optó por la única solución que veía a su alcance, la revuelta.

 

 

 

 

Rebelión

 

En esos momentos las noticias llegadas de Constantinopla le decidieron a rebelarse, sabedor de que la pérdida de favor de la corte y la llamada a la capital suponían de nuevo la prisión. La llegada al poder de Constantino Monómaco y el favor que éste propiciaba a su mortal enemigo Romano Skleros no auguraban más que desgracias para su carrera. Puesto al corriente de todos los detalles comenzó a incitar en secreto a sus soldados contra Monómaco. 

En septiembre de 1042 desembarcó en Otranto una representación del basileus. El patricio Pardos, el protospatharios Tubaki (¿Tubakes?) y el arzobispo Nicolás llegaron portadores de un crisóbulo dirigido a Maniakes con el que el emperador pretendía reconciliarse con su exasperado general, Pardos además debía sucederle en el cargo de catepán. Maniakes, conocedor en secreto del contenido del documento, al principio les dispensó una favorable acogida pero la torpeza del enviado muy pronto empeoró las cosas. Psellos nos relata así el encuentro que tuvo lugar entre ambos:

 

“Los enviados que le mandó (Monómaco) no pretendían ni halagarle (a Maniakes) ni siquiera tranquilizarle en sus quejas y volver a conducirlo por el sendero de la virtud. Su misión, por decirlo claramente, era matarlo o, al menos amonestarlo a conciencia por su inamistosa actitud hacia el emperador. Podían hacer cualquier cosa menos azotarlo, arrojarlo en prisión o echarlo fuera de la ciudad. El jefe de los embajadores (Pardos) además, no era un hombre que hubiese probado su valía en misiones de ese tipo con anterioridad. Ni siquiera tenía experiencia previa en ningún asunto de tipo civil o militar. Era de hecho un advenedizo salido de las calles que se había arrastrado hasta hacerse con una posición en palacio. En la época en que navegó para encontrarse con Maniakes éste último se había decidido por la rebelión abierta y estaba ahora al mando de un ejército y esperando a su rival con desconfianza. El enviado ni siquiera le dió garantías de que su misión fuese pacífica. De hecho no le comunicó su llegada. Por el contrario apareció repentinamente ante él a caballo como si se dispusiese a atacarle y sin una palabra de apaciguamiento, sin ninguna presentación comenzó a reprenderlo con unos modales insolentes y le amenazó con los castigos más terribles. Maniakes, convencido ahora de que su desconfianza era fundada y nervioso por desconocer otras posibles intenciones que le eran desconocidas se encendió por la rabia y levantó su mano contra el embajador, sin pretender golpearlo sino sólo para infundirle miedo. El otro, como si desde ese momento lo hubiera sorprendido en un acto de rebelión, puso a los presentes como testigos de su audacia. Le dijo a Maniakes que no escaparía a las consecuencias, porque era una cosa muy grave haber hecho tal cosa. Naturalmente Maniakes, y su ejército con él, sintieron que su posición era desesperada. Todos a una cayeron sobre el enviado y le dieron muerte. Creyendo que de cualquier forma el emperador renunciaría a negociar, desde ese momento y lugar se mostraron en abierto desafío.”

 

Esa exhibición fue demasiado para el genio del general que dió órdenes de inmediato a sus hombres para detener al patricio al que al cabo de pocos días hizo asesinar en unas caballerizas tras someterlo a muchas vejaciones. El protospatharios Tubaki sufrió la misma suerte pocos días después. El secreto se había desvelado y tras la favorable reacción de sus hombres Maniakes se decidió por fin en octubre de 1042 a asumir las insignias imperiales del poder supremo y se hizo proclamar emperador por sus tropas, decidido a emprender la lucha a vida o muerte por el poder. Su empresa requería oro y Maniakes lo encontró apropiándose de los fondos de la embajada, unas fuertes sumas destinadas a comprar la retirada de los normandos.

Maniakes encontró una calurosa acogida a sus proyectos  entre sus tropas, tal y como nos cuenta Psellos:

 

“No es sorprendente que los soldados en masa corriesen a unirse a un hombre tan bravo y maestro de la guerra como Maniakes, y no sólo soldados experimentados sino también muchachos y ancianos. Él sabía que las victorias no se ganaban por la fuerza del número, sino por la habilidad y la experiencia, así que seleccionó para su ejército a los más experimentados en la guerra, hombres con los que había saqueado muchas ciudades y obtenido mucho botín y prisioneros. Después cruzó con este ejército a la costa opuesta después de evitar a aquellos que vigilaban en el mar. Ninguno de sus adversarios se atrevió a atacarle, todos, sin excepción, se mantuvieron a distancia tal era su terror.”

 

Anteriormente, en julio, otra delegación imperial se había encontrado con Argyros, que estaba asediando Trani en esas fechas, y le presentaron un crisóbulo en el que se le comunicaba el perdón del emperador y se le conferían los títulos de patricio y vestes si demostraba su fidelidad al imperio y atraía a los normandos al servicio de Bizancio. Ello suponía aceptar definitivamente la presencia de éstos en los territorios bizantinos intentando obtener a cambio un provecho para los intereses del imperio. Argyros aceptó el trato y obligó a los normandos a levantar el sitio de Trani, quemó las máquinas de asedio y se dirigió de nuevo a Bari hacia donde también se encaminaba su rival. Maniakes, después del asunto de la embajada partió a marchas forzadas desde Otranto con parte de su ejército. Pretendía presentarse en Bari y utilizar el oro recién ganado para comprar el favor de los magnates de la capital y atraerlos a su causa. Pero la brutalidad que había demostrado en el trato con la población local lo había vuelto odioso e impopular, y los magnates decidieron mantenerse fieles a Argyros y a Bizancio. Tras ser incapaz de llegar a un acuerdo con Argyros Maniakes se volvió hacia los normandos, pero éstos, con el recuerdo fresco de sus difíciles relaciones en Sicilia rehusaron también y sólo un pequeño número se unió a su ejército. Ante este fracaso Maniakes decidió no perder más tiempo en Italia y llevar su ejército al otro lado del Adriático para intentar su suerte hacia el corazón del imperio, allí donde se jugarían todas las bazas. Por ello tras ser rechazado de Bari se replegó sobre Tarento que se había convertido en la base de operaciones de su ejército y preparó el embarque de sus tropas hacia Grecia. Los normandos saqueaban la región y la población local mostraba una disposición muy poco amistosa hacia el rebelde por el duro trato que había recibido de su parte, por lo que Maniakes decidió abandonar la ciudad y marchar sobre Otranto para desde allí dejar Italia.

En estos momentos, en febrero de 1043 llegó a Bari Basilio Theodorokanos, antiguo compañero de armas de Maniakes y nuevo catepán de Italia. Argyros con las milicias locales de Bari y contingentes normandos rodearon Otranto mientras que una flota bizantina mandada por Theodorokanos bloqueó el puerto. Pero siempre un hombre de recursos Maniakes logró apoderarse de unos barcos, forzó su salida de puerto en ese mismo mes y puso proa rumbo a Dirraquio. Desde allí su ejército, en el que se alineaban parte de los tagmata de élite orientales, varegos, mercenarios latinos, con el tagma de Hervé Francópulo a la cabeza, famoso después en Asia, y reforzado con tropas albanesas y búlgaras, avanzó por la Via Egnatia sometiendo todo a su paso de camino hacia Macedonia. Su objetivo era avanzar con la mayor celeridad para no dejar tiempo a Monómaco a organizar una resistencia efectiva. En todas las regiones muchos notables que encontraba a su paso se le unían, probablemente por el terror que inspiraba su carácter implacable. Pronto se encontraron con las avanzadas  que le salían al encuentro y en un primer enfrentamiento derrotó al duque de Occidente Constantino Kabasilas que se le opuso con las tropas que tenía en la zona. Tras este primer revés Constantino IX envió otro ejército al mando del sebastóforo Esteban Pergameno para salir a su paso. La batalla tuvo lugar en marzo de 1043, en Ostrovo, en la alta Macedonia. Allí, la revuelta finalizó dramáticamente.

Cuando el ejército rebelde ponía en fuga ya a las tropas del sebastóforo y éstas comenzaban a saludar como emperador a aquel que las había vencido Maniakes, que se desplazaba a caballo a lo largo del campo de batalla, fue alcanzado fortuitamente por una flecha y falleció casi en el acto. El desánimo cundió de inmediato entre las tropas faltas de su líder carismático y de inmediato se desbandaron y abandonaron la lucha. La cabeza de Maniakes fue enviada a Constantinopla y paseada por sus calles clavada en la punta de una pica para demostrar el castigo que le esperaba a quien quisiera rebelarse contra la autoridad del basileo. Su vencedor pudo gozar de un desfile triunfal como premio a una hazaña más celebrada por lo inesperado, pues no cabe duda de que el emperador se vió así libre de una amenaza que, por la entidad del rebelde, sin duda consideró como un gravísimo peligro para su permanencia en el trono.

  

 

 

Consideraciones sobre la figura de Maniakes

 

La revuelta de Jorge Maniakes y su trágico fin en el mismo momento de su triunfo causó una honda impresión entre sus contemporáneos. Una de las consecuencias de gran calado fue la de reforzar el partido antimilitarista en la corte ante el temor a que intentos similares pudiesen prevalecer. El resultado fue un proceso de desmilitarización que perjudicó gravísimamente al Imperio en los mismos años en que empezaban a asomarse las primeras bandas turcas en las fronteras de Bizancio.

A la luz de lo que sabemos sobre el general no podemos considerarle un advenedizo o un aventurero. En tal caso las fuentes no habrían dejado de citar cualquier dato al respecto. En ningún caso se hace mención de un origen humilde y su padre es mencionado sin ningún tipo de apreciaciones negativas. Los cronistas, en general, nos han legado testimonios favorables de su figura y aunque no pretendieron excusar su revuelta no esconden la simpatía y la admiración que le profesaban, opuestas al indigno comportamiento de sus adversarios. Con el tiempo la figura de Maniakes fue considerada como la única que pudo haber salvado a Bizancio de los normandos en Europa y de los turcos en Asia.

La carrera de Jorge Maniakes floreció cuando el fuerte impulso de la época de Basilio II se empezaba a desvanecer, cuando el imperio se conformaba ya con mantener sus conquistas. En años posteriores, cuando hubieran hecho falta hombre de su temple para hacer frente a tantos enemigos del imperio naturalmente se produjo la reivindicación de su figura que adquirió entonces cierto grado de mitificación. Efectivamente hay signos inequívocos de la fuerte impresión que produjo entre sus contemporáneos, no sólo en el Imperio, que llevaron a perpetuar su nombre en odas y dejar su impronta en tierras de Asia y Europa en las que se conservaron trazas que recordaron en el futuro las hazañas que allí había realizado el militar bizantino. Gran parte de esa fascinación puede ser atribuida a una existencia en la que no cupo el término medio, la de un hombre aureolado por una vida y una muerte dramáticas. Maniakes no respondía al prototipo de hombre bizantino y bien podría haber sido llamado “el bizantino normando” pues como ellos era astuto, individualista, cruel, valeroso, lleno de recursos y falto de escrúpulos. Eran estas cualidades que le hacían un hombre singular entre los de su época. Un hombre apasionado y violento, que gozó del triunfo y padeció en la prisión, que alcanzó la victoria en el campo de batalla y fue humillado en su hogar, que fue aclamado como la salvación del Imperio y sin embargo condenado por su señor. Que se alzó en rebeldía y murió cuando ya tenía al alcance el triunfo supremo. Que en definitiva nunca fue derrotado, ni siquiera en el momento de su muerte aunque en muchos momentos padeció por la venganza de sus enemigos.

Podríamos establecer un curioso paralelismo entre la figura de Jorge Maniakes y la de otro de los más grandes militares de la historia de Bizancio, Belisario, como paradigmas dramáticos de los cambios de fortuna. Ambos triunfaron en su juventud y asumieron el generalato proporcionando grandes victorias al imperio. Dos veces fueron enviados a Italia y en ambos casos saborearon el triunfo en la primera y la decepción en la segunda. Sufrieron por igual la desconfianza de su señor y, en el caso de Belisario sólo en la leyenda, acabaron calamitosamente su carrera. Las de ambos fueron vidas de características novelescas, movidas a golpe de valor, fortuna y contratiempos que sin duda ofrecerían campo abierto a la recreación literaria para las generaciones posteriores. Ése fue el caso de Belisario, cuya fortuna adversa deformada por la leyenda inspiró a dramaturgos y novelistas. Es curioso que por contra Maniakes no haya encontrado un autor que rememorase su tiempo, circunstancia tal vez achacable a la ausencia de un Procopio para legarnos el relato fiel de sus acciones.

Sin embargo el retrato del general ofrece también sombras y las crónicas de Apulia nos proporcionan una imagen muy diferente, la de un soldado brutal y sanguinario cuyo comportamiento le hizo perder el favor de las poblaciones locales y, paradójicamente, reafirmó el apoyo a las autoridades bizantinas, vistas como la instancia de poder legítima frente al tirano. En el balance final de las campañas italianas el resultado final no fue favorable a Bizancio. Para obtener el éxito frente a árabes y normandos y reinstaurar así el poder del imperio en Italia hubiera hecho falta combinar el talento de hombre de guerra con la habilidad de un político y en ésto último Maniakes fracasó por completo.

 

Todos los historiadores bizantinos de su época coincidieron en alabar sus cualidades y es evidente que su personalidad causó honda impresión entre sus contemporáneos, como nos lo recuerda la descripción ya citada de Psellos. Otro escritor, Miguel Ataliates, valoró de este modo el papel del general:

 

“[…] Y si a Jorge Maniakes, a quien se le había encomendado el mando de todo el ejército, no se le hubiera quitado de enmedio acusado de intento de usurpación y sustituido por otros en el mando de la guerra, quizá los romanos serían todavía hoy los amos de isla tan grande y afamada, rodeada de grandes ciudades y no carente de ningún bien. Pero la envidia aniquiló al hombre y a sus gestas e impidió tal hazaña, pues los generales que le sucedieron se condujeron de un modo tan vergonzoso e innoble, de modo que los romanos perdieron tanto la isla como a la mayor parte de su ejército.”

 

Y más adelante nos proporciona este juicio sobre él:

 

“Un hombre sanguinario y valiente […] sometió a una dura prueba a los soldados imperiales y los atemorizó con su impulso irresistible y con los golpes asestados con sus propias manos (pues luchaba al frente de sus hombres, era el primero en exponerse al peligro y no había quien, herido por su daga, no dejara al menos medio cuerpo destrozado en la refriega; ésa era la fama de este hombre invencible y duro, de gran altura y anchas espaldas, aspecto terrorífico y experto en estrategia).”

 

Y todavía muchos años después de su muerte se mantenía vivo el recuerdo de sus hechos, como lo testimonia Ana Comneno en su Alexíada con la mención de los maniakates, las unidades reclutadas por él entre los francos para las guerras de Sicilia y que se consolidaron como un destacamento especial en la organización del ejército. Su nombre aparece también en las sagas escandinavas como Girger Jarl, el señor Jorge, compañero de tantas luchas al lado de Harald Hardrada.

Aunque Maniakes estuvo casado no sabemos si tuvo descendencia, pero nos gustaría creer que el sebastos Constantino Maniakes, que es citado en las Actas del Sínodo de las Blaquernas en 1094 entre los primeros dignatarios asistentes, era un descendiente del gran militar y que, en su persona y en los honores de su alta posición Bizancio, suavizados los recuerdos por el paso del tiempo, quiso rehabilitar y honrar la memoria del gran militar.

 

 

Roberto Zapata Rodríguez, Vigo (España)  Diciembre de 2003

retvizan@recynet.com

 

 

 

 BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL:

 

· Schlumberger, G. (1905) L’Epopée Byzantine á la fin du dixième siècle, Troisième partie: Les porphyrogénètes Zoe et Théodora. Paris: Hachette.

· Gay, J. (1904) L’Italie Méridionale et l’Empire Byzantin depuis l’avènement de Basile 1er. jusqu’a la prise de Bari par les normands (867-1071). Paris: Bibliothèque des Écoles Françaises d’Athènes et de Rome.

· Guilland, R. (1971) “Patrices du règne de Constantin IX Monomaque”, Sbornik Radova Vizantoloshkog Instituta XIII, Belgrado pp. 1-25 en Guilland (1976) Titres et fonctions de l’Empire Byzantin. Londres: Variorum Reprints.

· Cheynet, J.C. (1990) Pouvoir et Contestations á Byzance (963-1210). Paris: Byzantina Sorbonensia, 9.

· Miguel Psellos: Fourteen Byzantine Rulers, ed. y trad. de E.R.A. Sewter. Harmondsworth, Penguin Books, 1966.

· Histoire de Yahya Ibn Sa’Id d’Antioche, III. ed. de I. Kratchkovsky, trad. de F. Micheau y G. Troupeau. Patrologia Orientalis 47. Brepols, 1997.

· Miguel Ataliates: Historia, ed y trad. de I. Pérez Martín. Nueva Roma 15. C.S.I.C., 2002.

 

Como añadido a la bibliografía debe citarse sin duda el libro de Vera von Falkenhausen sobre la Italia bizantina que desgraciadamente no he podido consultar. Esta obra sustituye a la ya antigua de J. Gay sobre el mismo tema y período histórico: Von Falkenhausen, V. (1978) La dominazione bizantina nell'Italia meridionale dal IX all'XI secolo, Bari.

 

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