Juan Damasceno (Yahia ibn Sargun ibn Mansur) (Damasco, 675 - 749), Crisorroas, el Orador de Oro.

Mencionar a Juan Damasceno nos recuerda inmediatamente a la polémica de las imágenes, pero fue mucho más que eso dentro de la historia del pensamiento bizantino. Su gran capacidad para relacionar, para polemizar, y para relatar sobre asuntos teológicos lo convierte en una pieza fundamental de dicha historia. A pesar de su gran formación filosófica, ya que era gran conocedor de los escritos de los neoplatónicos y de Aristóteles, utilizó esos conocimientos solamente para dar base al pensamiento teológico de la ortodoxia, basado esencialmente en los trabajos anteriores de Leoncio de Bizancio, Máximo el Confesor y Anastasio el Sinaíta, con lo cual el imperio tuvo en él a uno de los máximos pilares de la religión que lo mantuvo unido en la grandeza hasta la decadencia y que aún hoy se encuentra vigente.

 

Como filósofo muestra una gran capacidad para asimilar los escritos de los antiguos al cristianismo, dándole un basamento que será inamovible a partir de él. Como polemista fue insuperable, destacando en la discusión sobre las imágenes, pero también por muchos otros escritos, por ejemplo aquél en el que refuta de manera notable al dualismo maniqueísta.

 

Nació en Damasco a mediados del siglo VII, menos de treinta años después de producirse la conquista de la ciudad por parte del Islam. Sin embargo su familia era cristiana, aunque estaban al servicio del califa de Damasco. Esta es una de las pruebas que podemos dar de la colaboración de la elite cristiana bizantina con los conquistadores árabes, que se mostraron extremadamente tolerantes con sus súbditos, especialmente con los que podían contribuir a una mejor administración, aunque con excepciones.

 

Fue compañero de infancia del príncipe Yazid, que años después lo tuvo como su ministro y asesor. Fue además años más tarde el representante civil de la comunidad cristiana ante las autoridades árabes.

 

Juan renunció a la corte y a su alto cargo, posiblemente por los actos malvados del nuevo califa contra muchos cristianos, aunque también es muy probable que su vocación fuera ya insostenible con su cargo. Luego se retiró al monasterio de San Sabas (cerca de Jerusalén), junto con su hermano Cosme. Allí estudió teología en un alto nivel y fue ordenado sacerdote. Años después recibió el cargo de predicador titular de la basílica del Santo Sepulcro.

 

Escribió mucho durante su vida en el monasterio, es autor de poemas, escritos teológicos y filosóficos y un libro fundamental, denominado "Fuente del Conocimiento". También del ya mencionado diálogo llamado "Contra los maniqueos"

 

Tuvo una gran importancia en la evolución del pensamiento bizantino defendiendo la causa de la adoración de las imágenes, o sea el culto a los íconos, en tiempos en los cuales los emperadores sirios León III y su hijo Constantino V desde el trono de Constantinopla atacaban esta costumbre, intentando desterrarla del imperio, y así Damasceno escribió varias obras en pos de esta defensa, aunque en realidad el patriarca Germán de Constantinopla ya había escrito muchos argumentos en contra de los iconoclastas, con lo cual los trabajos de Damasceno en ese sentido pierden en originalidad.

 

Hay una significativa leyenda con respecto a la lucha de Damasceno con León III, que dice que el emperador, (evidentemente furioso con el monje impertinente que desde Palestina y armado solo con sus escritos derribaba una y otra vez su forma de pensar sobre las imágenes), envió una partida de soldados al monasterio de San Sabas, donde se encontraba Damasceno, para cortarle las manos, a fin de que no pudiera escribir nunca más, cosa que cumplieron al pie de la letra. Pero Dios se apiadó de un monje tan importante para El, ya que acostumbraba a escribir las verdades del cristianismo ortodoxo, y no quiso permitir semejante barbarie. Esa noche el herido Juan Damasceno durmió plácidamente y soñó que le eran devueltas sus manos, y al despertar se dio cuenta de que el milagro estaba cumplido: amaneció sano y salvo, con sus manos íntegras. Esa era una clara señal de que Dios estaba de su lado, y de que Damasceno decía una verdad absoluta. Damasceno salía así victorioso de su desigual lucha contra el emperador de los romanos.
 

En esta disputa fundamentalmente teológica (aunque no desprovista de muchos elementos políticos y étnicos), formada por muy sutiles argumentos, Juan pudo demostrar toda su sabiduría en el campo teológico, que influyó en toda la Iglesia oriental. Muy probablemente, como he afirmado al principio, sus argumentos hayan sido la gran base del pensamiento ortodoxo que a partir de 843 se hace fuerte e invencible en Bizancio, con lo cual se muestra como uno de los pensadores más importantes e influyentes en el imperio.

 

                                                                                                                                                    Rolando Castillo

 

Juan Damasceno por él mismo

 

"Lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen".

“En la antigüedad, nadie hacía imágenes de Dios. Pero ahora, después de que Dios se ha manifestado en la carne y ha vivido en medio de los hombres, hacemos imágenes del Dios visible. No hago la imagen de la Divinidad invisible: hago la imagen del cuerpo de Dios que he visto...”

“Que nadie piense que los cielos y las estrellas están animados pues son, en realidad, inanimados e insensibles.”

"No maldigas a la materia por deshonrosa, según lo hacen los maniqueos, pues en verdad que no lo es, como nada de lo que Dios ha creado es deshonroso. Malo es aquello que, no teniendo su causa en Dios, se debe a nuestra propia invención, a saber: el pecado."

"Hay gentes que creen innece­sario estudiar la naturaleza, arguyendo que prefieren estudiar la teología; pero hay que precaverse contra tales palabras, que pertenecen a gentes ociosas y haraganas, pues la teología encuentra muy buenas pruebas en una naturaleza bien estudiada, que es el fundamento de dicha teología. Esto equivale a decir que no hay oposición entre la razón y la fe."

"Tanto que el cielo sea una esfera, o un hemisferio, como aseguran otros, lo esencial es que todo está hecho por orden divina."

"Si la verdad no necesita muchos argumentos, se emplearán éstos en abatir a los adversarios y a sus falsos conocimientos."

"La naturaleza es la ley o la potencia conferidas por el Creador desde el principio, y según las cuales cada cosa se mueve o no."

"La angustia es el sexto y supremo grado del miedo."

"Tres cosas no tienen cantidad: la unidad, el punto y el momento presente. La reunión de unidades forma la cantidad; el punto, por no tener dimensión alguna, no es susceptible ni de medida ni de cálculo; y las mínimas partes del tiempo tienen un solo término común que las une y que carece de cantidad: el momento actual."

"La razón no es una fuente de conocimiento y de verdad, sino que meramente nos permite acercamos a la verdad. La única fuente de conocimiento y de verdad es la fe, según lo prueba el hecho de que, para quienes examinan las cosas divinas por medio de los razonamientos humanos y naturales, las cuestiones de fe son estupideces, ya que todo lo que trata de Dios está más allá de la naturaleza, de la razón y de los razonamientos."

"Dios, que es la base y seguridad de todo conocimiento y la causalidad universal, es incomprensible e inefable, y sólo nos es dado por la fe y no por la búsqueda racional. Así como no nos ha comunicado su esencia, tampoco nos ha comunicado el conocimiento de tal esencia, por lo que no es ésta lo que captamos, sino lo que está en torno de ella, o sea, ciertos atributos de su sustancia, negativos casi todos. Dios no es ninguno de los seres, y no porque no exista, sino porque está más allá de todos los seres, llenándolo todo."

"El nombre que mejor le corresponde a Dios es, simplemente, EL SER, o a la vez EL BUENO, pues a Dios no se le puede aplicar primero la calificación de "ser" y después la de "bueno". La bondad se da en Dios a la vez que la esencia, por lo que ser y ser bueno son en El datos idénticos."

"Dios puede todo lo que quiere, pero no quiere todo lo que puede."

"Dios es el único ser cuya esencia es existir."

"Aunque inconcebible, Dios es visible para cualquiera que desee verlo, pues está en todas partes y en todo lo creado; y dado que toda criatura depende del ser, su existencia no es posible si no tiene su fuente en Dios, que es el ser."

"Por ser Dios el ser único, de ello se sigue necesariamente que todas las criaturas que poseen el ser son sus efectos."

"Los seres son o creados o increados; los primeros están sujetos a cambios, los segundos no; por tanto, los seres cambiantes han sido creados por algún ser increado y no cambiante, y ese ser es Dios."

"Dios es necesariamente uno, pues quien admitiera varios, admitiría dioses imperfectos, ya que la perfección implica un solo Dios."

"El acto creador es en Dios totalmente libre. Dios va creando mientras piensa y lo que piensa queda como obra suya, la que fue completada por el Verbo y acabada por el Espíritu Santo. Si bien el Dios de los cristianos es uno, la verdad es que no está solitario, pues la soledad es cosa triste; por eso, el acto creador queda consumado con las tres hipóstasis de la Trinidad."

"El amor de Dios por el hombre conduce necesariamente al amor del hombre por sí mismo y al deber de no permitir a los herejes que le priven de su salvación."

"El hombre es el producto de la unión de las dos naturalezas, la corporal y la anímica, en una sola hipóstasis, que es la persona o individuo. Esta unión presenta los tres caracteres siguientes: la unidad de la hipóstasis, la persistencia de las naturalezas unidas y de sus propiedades naturales, sin cambio, mezcla ni confusión, y la indestructibilidad de tal unión, manteniéndose siempre la misma esa hipóstasis única para las naturalezas unidas. Alma y cuerpo fueron creados al mismo tiempo; a todo el cuerpo (y no a una parte) está unida toda el alma (y no una parte de ella), la cual contiene al cuerpo más bien que es contenida por él."

"La emanación o energía divina es una, simple e indivisible; aunque se diversifica en los seres divisibles, para bien de ellos, acordando a cada uno los elementos constitutivos de su naturaleza, siempre se mantiene simple, pues se multiplica en los divisibles indivisiblemente, denominándolos y reuniéndoles en su propia simplicidad."

"La energía divina se manifiesta en cada ser bajo la forma apropiada a la naturaleza de tal ser, y bajo esa forma constituye un llamamiento a la perfección indicada para la naturaleza de dicho ser. Cada ser debe buscar la forma de emanación divina que lleva en sí, para apropiársela y hacerse simple como ella, dejando atrás la divisibilidad que comporta como criatura que es. El hombre, pues, resultará deificado a su manera, de acuerdo con la forma bajo la cual se presenta en él la energía divina."

"Verdadero microcosmo es el hombre y, por tener alma y cuerpo, ocupa el punto medio entre la inteligencia y la materia; es el lazo que une lo visible con lo invisible, o sea: lo sensible con lo inteligible. Lo que une al hombre con las potencias incorpóreas e inteligibles es, naturalmente, su espíritu, que es la parte más pura del alma, y no distinto de ella, y el apetito racional del espíritu, que es la voluntad, el primer movimiento del espíritu. El hombre razona impulsado por un apetito racional, y juzga razonando. Se entiende que este apetito racional es libre. El espíritu es la esencia del hombre, la forma que la ener­gía o emanación divina toma en él. Por eso, cuando Dios es captado por el espíritu, ese solo hecho basta para que se efectúe la deificación de este animal racional que es el hombre."

"El deseo le fue dado al hombre para de­sear a Dios, y su voluntad, así como la cólera, le fue dada para servirse de ella contra el diablo y el pecado."

"La verdad es conocer a los seres; es un habitus y, por tanto, un ser; el error, por el contrario, es ignorar a los seres, es decir: una privación, un no-ser. El bien es un ser, mientras que el mal, que es un error (o sea, una privación), es un no-ser. Por tanto, el mal en sí no existe."

"Poner dos principios equivale a no poner ninguno y a cometer una locura. Sólo puede haber un principio, el único que por naturaleza es sin principio desde todos los puntos de vista, ya se considere su causa, tiempo, lugar, dominio, etc. Toda cosa existe precisamente en el momento en que Aquel que manda quiere que ella se mueva. Tal creación no ha causado alteración alguna en el principio creador, pues éste crea de la nada, ex nihilo, y ya había decidido desde la eternidad que lo creado apareciera en el momento prefijado."

"El mal es un no-ser, una privación, un relativo, que supone siempre un bien y que, finalmente se encuentra siempre con el bien. Dado que el bien es idéntico al ser y que el mal es un no-ser, se dice que éste es mal justamente por su privación del ser. El no-ser es un mal consumado."

"Fuente y causa del mal es el libre albedrío; el mal moral es una desviación voluntaria de lo que es concorde con la naturaleza, para dirigirse a lo que es contrario a ella. Si se sigue a la naturaleza, no hay mal alguno."

"Si bien se le permitió al diablo tentar al hombre con sus sugerencias no le es dado arrastrarle por la fuerza, sino que depende siempre del hombre el aceptar o rechazar las incitaciones del diablo. La creación del diablo la realizó Dios llevado por su bondad extrema, pues con ello quería mostrar que no tenía nada que temer de la rebeldía de su servidor, a la vez que nos enseñaba que había que ser bienhechor incluso con los malos."

"Si alguien pregunta además por qué Dios no se limitó a crear exclusivamente a los que habían de ser buenos, que piense que sólo Dios es la perfección del bien. Comparados con  El, todos los seres son imperfectos; pero cuanto más participan de El, más avanzan en la perfección. El mayor castigo del diablo es estar incesantemente devorado por el fuego del deseo del mal y del pecado y consumido por el incendio del deseo insatisfecho. El suplicio eterno del diablo consiste en desear y jamás conseguir el objeto de sus ansias; y esto le ocurre porque desea no-seres. En cambio, quienes desean el bien (o sea: sólo a Dios, que es el ser), se ven llenos de gozo cuando logran alcanzar el objeto deseado."

"Si Dios se hubiera abstenido de crear al hombre por saber (según su divina presciencia) que tal criatura, haciendo mal uso de su libre albedrío, había de cometer el mal, resultaría que el mal había vencido a la bondad de Dios, además de que el Creador sabe sacar del mal el bien. Tampoco Dios es la causa de nuestro castigo, sino que lo somos nosotros mismos. Dios es el juez y, por serlo, es la causa de la justicia. En tanto que juez, no nos juzga según su voluntad antecedente, que quiere que todos los hombres se salven, sino según su voluntad consecuente, que tiene su fuente en nuestros actos y quiere que se nos castigue sólo para lograr nuestro bien."

"Todo ser está dotado de propiedades naturales, sin las cuales no puede existir. Las facultades propias del alma racional son: la vida, el pensamiento, el apetito racional, el hecho de vivir en un cuerpo y de trasmitirle la vida y el movimiento, el hecho de dirigir voluntariamente al cuerpo y al apetito irracional y, finalmente el hecho de ser dueño, ya por naturaleza, del cuerpo, que es su servidor natural. Esta última facultad hace que el hombre se asemeje más a la imagen de Dios que el ángel, pues éste no es dueño, ya que no tiene ningún servidor natural. La voluntad, por ser racional, es naturalmente libre y no es mandada por ninguna necesidad, sino que es una propiedad natural de la vida racional e inteligente, como para la vida vegetativa lo son la nutrición y el movimiento. Por ser natural, la voluntad no es objeto de enseñanza, como tampoco lo son el hambre ni la sed. Por eso, cuando decimos que la virtud consiste en el cumplimiento de la ley de Dios, hay que entender que su papel consiste en hallar el modo de emplear justamente nuestras facultades naturales."

"La predestinación es la sentencia eterna que Dios ha dictado acerca de cada uno de nosotros después de haber consultado su presciencia. Pero esta predestinación antecedente es condicional, por consideración a la libre voluntad del hombre. Dios lo prevé todo, pero no lo predetermina todo; conoce por anticipado todos los actos cuya ejecución depende de nosotros y que, en efecto, vamos a hacer; pero no los predetermina, sino que solamente los prevé, pues no quiere ni que el mal sea cometido, ni que se haga a la fuerza el acto virtuoso."

"Nosotros no somos la causa del hecho de que Dios prevea lo posible, sino que somos la causa del hecho de que Él prevea lo que vamos a hacer. Precisamente porque vamos a hacer tal cosa es por lo que Dios la prevé. Por eso, la presciencia divina, aun siendo indispensable, como lo es, no es la causa de lo que sucederá; la causa de aquello es nuestro libre albedrío. La naturaleza humana padece de impotencia radical para salvarse. Aunque por la libre elección de nuestra voluntad seamos los artífices de nuestro destino eterno, absteniéndonos de la colaboración y de la ayuda divina, nos es imposible querer el bien ni realizarlo."

"Dios lo ha visto todo antes de que exista, más allá del tiempo, y ha visto a cada ser de acuerdo con su noción intemporal."

“El cuerpo de aquella cuya virginidad permaneció sin mancha al parir fue conservado incorruptible y fue tomado a un mejor lugar. Así como el sol glorioso pude ser ocultado momentáneamente por la opaca luna, sus rayos iluminan la oscuridad, puesto que la luz le pertenece a su esencia. Tiene en sí mismo una fuente perpetua de luz, o mejor aún es la fuente de luz como Dios lo ha creado. Así que no llamaré a la sagrada transformación muerte, sino descanso o regreso a casa”.

"El silencio es la expresión adecuada de la relación del hombre con Dios, a causa de la trascendencia Divina. El silencio, por lo tanto, no debe ser pretexto para dejar de hacer teología, sino más bien una ruta para arrimarnos al conocimiento."

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro

al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi

causa, que quiso tener su morada en la materia y que a

través de la materia forjó mi salvación.”

“No adoro la materia, adoro al Creador de la materia, quien se hizo materia por mi causa, que quiso tener su morada en la materia y que a través de la materia forjó mi salvación.”

"Malo es aquello que, no teniendo su causa en Dios, se debe a nuestra propia invención, a saber: el pecado.” 

"El día de la natividad de la Madre de Dios es festividad de alegría universal, pues a través de Ella se renovó todo el género humano, y la aflicción de la madre Eva se convirtió en alegría."

La fuerza de la Cruz

 

Todas la obras y milagros de Cristo son sobresalientes, divinos y admirables; pero lo más digno de admiración es su venerable cruz.  Porque por ninguna otra causa se ha abolido la muerte, se ha extinguido el pecado del primer padre, se ha expoliado el Infierno, se nos ha entregado la resurrección, se nos ha concedido la fuerza de despreciar el mundo presente y la muerte misma, se ha enderezado nuestro regreso a la primitiva felicidad, se han abierto las puertas del Paraíso, se ha situado nuestra naturaleza junto a la diestra de Dios, y hemos sido hechos hijos y herederos suyos, no por ninguna otra causa—repito—más que por la cruz de nuestro Señor Jesucristo. La cruz ha garantizado todas estas cosas: todos los que fuimos bautizados en Cristo, dijo el Apóstol, fuimos bautizados en su muerte (Rm 6, 3). Todos los que fuimos bautizados en Cristo nos revestimos de Cristo (Gal 3, 27). Cristo es la virtud y la sabiduría de Dios (2 Cor 1, 24). 

Por tanto, la muerte de Cristo, es decir, la cruz, nos ha revestido de la auténtica sabiduría y potencia divina. El poder de Dios es la palabra de la cruz, porque por ésta se nos ha manifestado la potencia de Dios, es decir, la victoria sobre la muerte; y del mismo modo que los cuatro extremos de la cruz se pliegan y se encierran en la parte central, así lo elevado y lo profundo, lo largo y lo ancho, esto es, toda criatura visible e invisible, es abarcada por el poder de Dios. 

La cruz se nos ha dado como señal en la frente al igual que a Israel la circuncisión, pues por ella los fieles nos diferenciamos de los infieles y nos damos a conocer a los demás. Es el escudo, el arma y el trofeo contra el demonio. Es el sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Escritura (cfr. Ex 9, 12). Es el instrumento para levantar a los que yacen, el apoyo de los que se mantienen en pie, el bastón de los débiles, la vara de los que son apacentados, la guía de los que se dan la vuelta hacia atrás, el punto final de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la que ahuyenta todos los males, la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado, la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna. 

Así, pues, ante este leño precioso y verdaderamente digno de veneración, en el que Cristo se ofreció como hostia por nosotros, debemos arrodillarnos para adorarlo, porque fue santificado por el contacto con el cuerpo y sangre santísimos del Señor. También hemos de obrar así con los clavos, la lanza, los vestidos y los sagrados lugares donde el Señor ha estado: el pesebre, la cueva, el Gólgota que nos ha traído la salvación, el sepulcro que nos ha donado la vida, Sión, fortaleza de la Iglesia, y otros lugares semejantes, según decía David, antepasado de Dios según la carne: entraremos en sus mansiones, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies (Sal 131, 7). 

Las palabras que se exponen a continuación demuestran que David se refiere a la cruz: levántate, Señor, a tu descanso (Ibid., 8). La resurrección sigue a la cruz. Pues si entre las cosas queridas estimamos la casa, el lecho y el vestido, ¿cuánto más queridas serán para nosotros, entre las cosas de Dios y de nuestro Salvador, las que nos han procurado la salvación? 

¡Adoremos la imagen de la preciosa y vivificante cruz, de cualquier materia que esté compuesta! Porque no veneramos el objeto material— ¡no suceda esto nunca!—, sino lo que representa: el símbolo de Cristo. Él mismo, refiriéndose a la cruz, advirtió a sus discípulos: entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo (Mt 24, 30). Y, por eso, el ángel que anunciaba la Resurrección dijo a las mujeres: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado (Mc 16, 6). Y el Apóstol: nosotros anunciamos a Cristo crucificado (2 Cor 2, 23). Hay muchos Cristos y muchos Jesús, pero uno solo es el crucificado. No dijo atravesado por la lanza, sino crucificado. Hay que adorar, por tanto, el símbolo de Cristo; donde se halle su señal, allí también se encontrará Él. Pero la materia con que esté construida la imagen de la cruz, aunque sea de oro o de piedras preciosas, no hay que adorarla después de que se destruya la figura. Adoramos todas las cosas consagradas a Dios para rendirle culto. 

El árbol de la vida, el plantado por Dios en el Paraíso, prefiguró esta venerable cruz. Puesto que por el árbol apareció la muerte (Gn 2 y 3), convenía que por el árbol se nos diera la vida y la resurrección. Jacob, que fue el primero en adorar el extremo de la vara de José, designó la cruz, porque al bendecir a sus hijos con las manos asidas al bastón, delineó clarísimamente la señal de la cruz. 

También la prefiguran la vara de Moisés, después de golpear el mar trazando la figura de la cruz, de salvar a Israel y de sumergir al Faraón; sus manos extendidas en forma de cruz y que pusieron en fuga a Amalec; el agua endulzada por el leño y la roca agrietada de la que fluía un manantial; la vara de Aarón, que sancionaba la dignidad de su jerarquía sacerdotal; la serpiente hecha, según la costumbre de los trofeos, sobre madera, como si estuviera muerta (aunque esta madera fue la que dio la salvación a los que con fe veían muerto al enemigo), como Cristo fue clavado con carne incapaz de pecado. El gran Moisés exclamó: veréis vuestra vida colgada en el leño ante vuestros ojos (Dt 28, 66). E Isaías: todo el día extendí mis manos ante el pueblo que no cree y que me contradice (Is 15, 2). ¡Ojalá los que adoramos la cruz participemos de Cristo crucificado! 

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