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El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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JUSTINO II  (565-578)  

Por Leonardo Fuentes.

Cuando el gran emperador Justiniano I falleció, en noviembre de 565, lo sucedió en el trono su sobrino, Justino II [1]. Por ese tiempo, el Imperio atravesaba una situación complicada: las guerras y la enorme actividad constructora de Justiniano habían agotado los recursos humanos y financieros, lo que obligó a aumentar enormemente la presión fiscal. Además, la población sentía una creciente insatisfacción ante la rigidez autocrática del gobierno.

    Justino empezó su reinado con una nota de resolución y sentido común: pagó deudas estatales, perdonó impuestos atrasados, redujo los gastos y restauró el consulado (que había sido eliminado en el año 541). Por otro lado, mostró cierta tolerancia hacia los monofisitas, liberando a los que estaban encarcelados y autorizando a regresar a los obispos exiliados. 

La política exterior de Justino

El imperio que Justino II heredó se había extendido enormemente como resultado de la política de reconquista de Justiniano. En el este, Bizancio poseía toda el Asia Menor, la parte occidental de Armenia, una parte de la Mesopotamia, Siria, Palestina, el desierto de Negev, la península de Sinaí, Egipto y Africa del Norte hasta Mauritania. Septem (Ceuta) también era bizantina y, cruzando el Estrecho de Gibraltar, el área alrededor de Málaga y Cartagena estaba bajo el control imperial, así como las islas Baleares, Cerdeña, Córcega, Malta y Sicilia, y casi toda Italia actual. El control bizantino sobre la frontera del Danubio todavía era firme, pero al norte de ella eslavos, gépidos, lombardos y ávaros se mostraban cada vez más amenazantes. Estos últimos habían enviado embajadores a Justiniano y concluido una alianza a cambio de un “subsidio” anual, que el nuevo emperador se negó a seguir pagando [2].

    El mismo año en que Justino II subió al trono, estalló la guerra entre lombardos y gépidos. Ante la superioridad de los primeros, el rey gépido Cunimundo buscó la ayuda de Justino II,  prometiendo entregar a cambio la importante ciudad de Sirmium (actual Sremska Mitrovica). Los gépidos logran salir victoriosos con la ayuda imperial, pero Cunimundo no cumplió su promesa y retuvo Sirmium. Los lombardos entonces pidieron auxilio a los ávaros.

   Enfrentado a una alianza lombardo-ávara, Cunimundo buscó una vez más el apoyo de Justino, ofreciéndole nuevamente Sirmium. El emperador le hizo creer al gépido que le enviaría ayuda, mientras, por otro lado, prometía a los lombardos que permanecería neutral. La guarnición gépida de Sirmium,  pensando que Justino era aliado, entregó la ciudad a una fuerza bizantina y se fue a unir con su ejército, que iba a combatir contra los lombardos. En la batalla que siguió, los gépidos fue totalmente derrotados y su reino destruido. El rey lombardo, Alboino, mató a Cunimundo, cortó su cabeza y la utilizó como copa: un acto salvaje que despertó el odio de la hija de Cunimundo, Rosemunda. Alboino tomó a Rosemunda como parte del botín, y se casó con ella. Fue una acción imprudente: Rosemunda vengará a su padre en el futuro [3]. Los ávaros llegaron demasiado tarde para tomar parte en la derrota de los gépidos, pero a tiempo para compartir el botín: ellos obtuvieron los territorios gépidos situados al este del Danubio. Justino II conservó Sirmium, aunque los ávaros la codiciaban.

    En 568 los lombardos, viendo que los ávaros eran unos vecinos demasiado peligrosos, partieron para Italia guiados por Alboino. Paulo el Diácono, que escribe un par de siglos después, relata que Alboino invitó a sus viejos amigos, los sajones, a unírsele, y 20.000 hombres con sus mujeres y niños respondieron a la invitación. La horda estaba integrada también por gépidos, búlgaros, sármatas, noricos y panonios (probablemente habitantes de las antiguas provincias romanas de Norica y Panonia), y suevos que todavía vivían en sus propios pueblos en Italia en tiempos de Paulo. Los invasores ocuparon el norte de la península con rapidez: la resistencia de la ciudad oriental de Aquilea se extinguió en solo un mes y Alboino se apoderó del valle del Po; a fines de la siguiente estación se adueñaba de Milán. En cambio, Pavía, fuerte aún, le llevó más tiempo –de 569 a 572- y durante el sitio algunos grupos de guerreros lombardos atravesaron los Apeninos, se dispersaron por la Toscana y avanzaron hacia el sur. Las fuerzas bizantinas estaban mal preparadas, e Italia estaba exhausta por los perdurables efectos de la larga guerra contra los ostrogodos y por un reciente brote de plaga; debido a esto, a los pocos años, sólo un tercio de Italia estaba en manos de los bizantinos.

    Los ávaros volvieron también su atención sobre Justino a quien ellos acusaron de dar asilo a algunos gépidos fugitivos. No obstante, el khan ávaro Baian esperó hasta que los bizantinos sufrieron una derrota a manos de los persas. Entonces, en 573 o comienzos de 574, los ávaros cruzaron el Danubio y derrotaron a un ejército comandado por Tiberio, Conde de los Excubitores. Por ese tiempo, la mente de Justino había comenzado a fallar y la emperatriz Sofía logró que su marido promoviera a este Tiberio al rango de César (virtual co-emperador). Tiberio hizo la paz con los ávaros: logró conservar Sirmium, pero debió pagarles 60.000 solidi de oro.

    También en España las limitaciones del poder bizantino se pusieron en evidencia durante el reinado de Justino. Allí, el rey visigodo Leovigildo (568-586) emprendió la unificación política de la península y estableció una capital real en Toledo, a imitación de Constantinopla. Éste fue un periodo de fuerte influencia bizantina: Leovigildo y los reyes godos que lo sucedieron adoptaron el ceremonial de la corte bizantina y la gala imperial y tomaron al Imperio como su modelo. Pero la dominación cultural no fue de la mano con la política. Entre 569 y 572, Leovigildo intentó reducir el enclave bizantino en España, y capturó Asidona y Corduba; en 572 él hizo la paz con Justino en base al reconocimiento mutuo de territorios. No será hasta 624 que un rey visigodo (Suintila) desaloje al Imperio de Cartagena y Málaga.

    En el Africa bizantina se libró una guerra, pobremente documentada, con los beréberes. Estos se rebelaron, liderados por un rey llamado Garmul, y mataron al prefecto del pretorio Teodoro en 569. En los siguientes dos años, dos sucesivos magister militum también encontraron la muerte, y pasaron varios años antes de que la paz volviera a la región.

    En lo que respecta a Persia, Justiniano había firmado un tratado con el rey Cosroes I por el cual se suspendían las hostilidades entre ambos imperios. Este tratado no satisfizo a Justino, que aprovechó la primera oportunidad que se le presentó para repudiarlo. Esta oportunidad se la brindaron los habitantes de Persarmenia -la porción de Armenia controlada por Persia-, que se sublevaron y mataron al marzpan (gobernador persa) Chihor-Vshnasp. La causa de la revuelta fue el intento persa de erigir un "templo del fuego" zoroastriano en Duin, asiento no sólo del marzpan sino también del patriarca armenio o katholikos. El historiador Evagrio afirma que los persarmenios quisieron ser súbditos del Imperio para poder practicar su religión con libertad, y enviaron una misión secreta ante Justino II, que llegó a un acuerdo con ellos. Cuando Cosroes se quejó, Justino contestó que él no podía rechazar las súplicas de sus hermanos cristianos, y en todo caso, el tratado de paz había expirado. No obstante, Evagrio agrega con desaprobación, que Justino no se preparó adecuadamente para la guerra.

    La lucha empezó bastante bien para los bizantinos. El magister militum Marciano, que era sobrino de Justiniano, venció en algunas escaramuzas y puso sitió la ciudad de Nisibis. Pero este sitio se prolongó demasiado y Justino, impaciente, reemplazó a Marciano con un comandante que el ejército se negó a aceptar; el motín que se produjo a continuación acabó con el cerco de Nisibis. Además, mientras duraba el sitio, Justino riñó con sus aliados ghassanidas [4]. El jeque ghassanida Mundhir había derrotado a los lakhmidas en 569 y 570, pero  había sufrido pérdidas importantes en su fuerza militar y le solicitó oro a Justino para reclutar más guerreros. Justino, excesivamente prudente en materia de gastos y propenso a las explosiones de ira, se enfureció ante la demanda de Mundhir. Por ello, envió un despacho a Marciano donde le ordenaba matar a Mundhir, pero dicho despacho cayó en manos del jeque (otoño de 572). Profundamente ofendió y probablemente un poco asustado, Mundhir se fue con los miembros de su tribu al desierto, y no fue hasta la primavera de 575 que él decidió volver a sus “viejas lealtades”. El retiro de los ghassanidas abrió el camino para una incursión de los lakhmidas en Siria en 573, y para un ataque persa en dos direcciones: una fuerza, comandada por el propio Cosroes, avanzó para auxiliar a Nisibis, mientras otra fuerza asoló Siria, saqueó Apamea, y luego, uniéndose con Cosroes, puso sitio a la gran fortaleza de Daras. Después de cinco meses, Daras cayó en noviembre de 573. Evagrio refiere los rumores de que el comandante había sido negligente, o que él había traicionado a la ciudad. Todas estas noticias fueron demasiado para Justino, que perdió la razón. El imperio estaba en crisis, y como si la locura del emperador y la derrota en la frontera oriental no fueran suficientes calamidades, hubo un brote de peste bubónica en Constantinopla. 

La Emperatriz Sofía y el ascenso de Tiberio

Fue la emperatriz Sofía quien se puso en la brecha. Ella solicitó ayuda al Conde de los Excubitores, Tiberio, un servidor fiel con una gran reputación militar que su reciente derrota ante los ávaros no había empañado. Quizás la emperatriz hubiera preferido gobernar sola, pero el Imperio no estaba preparado para tener a una mujer como única regente, y el 7 de diciembre de 574, cuando Justino tuvo un momento de lucidez, ella lo persuadió de nombrar César a Tiberio. Para solucionar la apremiante crisis en la frontera persa, Sofía envió una carta a Cosroes pidiendo la paz; el rey persa  –según algunos conmovido por el contenido de la misiva- aceptó pactar una tregua de un año de       duración (excluyendo Armenia) a cambio de 45.000 solidi. Esto proporcionó a los bizantinos un respiro, que les permitió reconstruir su ejército.

    Tiberio sentía que Justino II habían sido demasiado conservador en materia financiera, e inmediatamente empezó a gastar dinero, logrando mucha popularidad y apoyo. Financió varios proyectos edilicios importantes, abolió los impuestos sobre el pan y el vino, dio regalos caros a sus partidarios e incluso acabó con la persecución de los monofisitas. Él además pagó 60.000 solidi al año a los avaros por guardar la frontera de Danubio, lo que a su vez le permitió transferir las tropas allí estacionadas al este y enfocarse exclusivamente en las futuras acciones militares contra los persas. Su generosidad, sin embargo, pronto diezmó los tesoros acumulados por su predecesor.

    En 575, Tiberio inició también una gran campaña de reclutamiento para acrecentar las fuerzas bizantinas en Oriente en preparación de una posible campaña contra Persia. Cuando el tratado de paz de un año de duración expiró, los persas ofrecieron renovarlo por 5 años más, pero Tiberio sólo aceptaría una renovación por 3 años con un tributo reducido a 30.000 solidi por año (excluyendo Armenia una vez más). Esta extensión del tratado de paz le permitió ocuparse de otras áreas del imperio. En Italia, el asesinato de dos reyes lombardos sucesivos, Alboino en 573 y Cleph en 574, había producido una división temporal de las fuerzas lombardas bajo varios duces. Tiberio, esperando aprovecharse de la situación, envió a Italia tropas comandadas por Baduarius, yerno de Justino II, para ver si la situación incierta de los lombardos podía ser explotada en pos de la expansión bizantina. Esta esperanza acabó en 576 cuando Baduarius perdió la vida en una batalla importante contra los lombardos, lo que les permite a estos adquirir aun más tierras en Italia. Antes de que Tiberio pudiera enviar más tropas a la península, los persas invadieron Armenia. Incapaz de comprometerse más en la lucha contra los lombardos, Tiberio se vio obligado a recurrir a la intriga política y gastar más de 200.000 solidi para comprar la amistad de numerosos duces y evitar la elección de un nuevo rey lombardo.

    En Armenia, el rey persa tuvo un éxito inicial contra los bizantinos capturando las ciudades de Sebastea y Melitene. Pero, el comandante de los ejércitos orientales bizantinos, Justiniano, pudo finalmente obligar a los persas a retirarse. Esto sólo demostró ser una tregua temporal, desde que en el verano siguiente de 577 los persas invadieron de nuevo y derrotaron a Justiniano que murió poco después de su derrota. Tiberio designó entonces al Conde de los Excubitores, Mauricio, como reemplazante de Justiniano y comprometió más tropas en la guerra contra los persas. En 578, poco antes de que el tratado de paz de tres años expirara, los persas invadieron el territorio bizantino de Mesopotamia. En venganza, Mauricio invadió el territorio persa y capturó las ciudades de Aphumon y Singara.

    Mientras esto sucedía, Justino seguía afectado por la locura y apartado de toda actividad, aunque nominalmente todavía era emperador. En octubre de 578, luego de abdicar -en un raro momento de lucidez- y coronar emperador a Tiberio, Justino fallece en Constantinopla. 

Política religiosa de Justino

No podemos dar por concluido nuestro trabajo sin hacer un breve comentario sobre la política seguida por Justino en materia religiosa. Al inicio de su reinado, este se encontró con un antiguo problema si resolver: la feroz disputa entre ortodoxos –o calcedonianos- y monofisitas.

    Estos últimos, muy numerosos en Siria y Egipto, habían constituido una jerarquía separada, con sus propios clérigos y obispos metropolitanos. Justiniano había adoptado una actitud intransigente respecto a ellos, pero su sucesor, en principio, se mostró conciliador e intentó seguir un rumbo medio entre calcedonianos y monofisitas.

    Después de suspender toda persecución, Justino invitó a los principales prelados monofisita, incluso al propio Jacobo Baradaeus, a Constantinopla y patrocinó una serie de reuniones que no condujeron a nada. Ante la necesidad de llegar a algún tipo de solución pactada, el emperador produjo un nuevo Henotikon (fórmula de conciliación) a imitación del Henotikon del emperador Zenón (474-491). Un emisario imperial presentó el nuevo compromiso de Justino al clero y a los monjes monofisitas, congregados en Callinicum. Jacobo Baradaeus se mostró partidario de la conciliación, pero la reunión acabó con una riña violenta dentro de las filas monofisitas, entre los moderados y los extremistas.

    Justino continuó con las negociaciones, pero como los monofisitas seguían obstinados, en marzo de 571, él inauguró una política de persecución y emitió una larga profesión de fe antimonofisitica que todo el clero debía firmar bajo pena de encarcelamiento.

    La persecución continuó hasta que Justino perdió la razón y Tiberio llegó al poder. A este le faltaban los instintos de un perseguidor, o en todo caso, él quiso mantener buenas relaciones con los ghassanidas monofisitas, cuya amistad era necesaria para la seguridad de las provincias orientales. Pero finalmente bajo la influencia de Mauricio, que lo sucederá como emperador, Tiberio también se inclinó por la represión [5]. 

                                                                                                                                                Leonardo Fuentes.


[1]  Hay pocos trabajos de investigación dedicados a este emperador. En Internet, la mejor biografía que puede consultarse, por lejos, es la elaborada por James Allan Evans para www.roman-emperors.org/; este autor también hace allí un interesante comentario sobre las fuentes que hablan del reinado de Justino.

[2]  La política de Justiniano de pagar a los enemigos potenciales para que se mantuvieran fuera de las fronteras y conservar así la paz fue criticada amargamente, como cualquier lector de la Historia secreta de Procopio comprenderá pero, juzgada desde un punto de vista estrictamente fiscal, tenía sentido: las guerras eran más caras que los subsidios, y algo del oro enviado a estos enemigos potenciales volvía por la frontera, para  comprar productos del Imperio. Justino II no continuó con esta política.

[3]  Alboino fue asesinado en 573 durante un abortado coup d'état instigado, entre otros, por su esposa.

[4]  Los ghassanidas eran una tribu árabe establecida al este de Siria. Vasallos de los bizantinos, servían como “amortiguadores” de los ataques que los árabes del desierto y los sasánidas lanzaban contra el Imperio. Su poder fue aplastado por la gran invasión sasánida de 613-614 y sucumbieron definitivamente con la conquista musulmana.

[5]  El emperador Mauricio (582-602) prosigue una política activamente calcedoniana, quizá para recobrar una unidad que se deshace. Incluso intenta imponer el credo imperial en Armenia, y deja a su primo Domiciano, obispo de Melitene, ejercer en Mesopotamia una brutal represión religiosa, por lo demás sin resultado. Muchos autores atribuyen las rápidas derrotas frente a persas y árabes en Siria y Egipto, durante las décadas de 610 y 640, a la política religiosa llevada adelante por los sucesores de Justiniano.


BIBLIOGRAFÍA

 

 

Baynes, Norman: El Imperio Bizantino, México, FCE, 1996.

 

Bizancio el magnífico, en “Los Grandes Imperios y Civilizaciones”, vol. 6, Madrid, Sarpe, 1985.

 

Evans, J. A. S.:  The Age of Justinian: The Circumstances of Imperial Power, Londres/Nueva York, 1996.

 

Justin II, en www.roman-emperors.org/

 

Fossier, Robert:  La Edad Media. La formación del Mundo Medieval (350-950), Barcelona, Crítica, 1988.

 

Historia Universal, Buenos Aires, ANESA, 1974.

 

Vasiliev, A. A.: Historia del Imperio Bizantino, Barcelona, Iberia, 1945.

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