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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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Por Leonardo Fuentes.
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Cuando
el gran emperador Justiniano I falleció, en noviembre de 565, lo sucedió
en el trono su sobrino, Justino II [1].
Por ese tiempo, el Imperio atravesaba una situación complicada: las
guerras y la enorme actividad constructora de Justiniano habían agotado
los recursos humanos y financieros, lo que obligó a aumentar enormemente
la presión fiscal. Además, la población sentía una creciente
insatisfacción ante la rigidez autocrática del gobierno. Justino empezó su reinado con una nota de resolución y sentido común: pagó deudas estatales, perdonó impuestos atrasados, redujo los gastos y restauró el consulado (que había sido eliminado en el año 541). Por otro lado, mostró cierta tolerancia hacia los monofisitas, liberando a los que estaban encarcelados y autorizando a regresar a los obispos exiliados. |
El
imperio que Justino II heredó se había extendido enormemente como resultado de
la política de reconquista de Justiniano. En el este, Bizancio poseía toda el
Asia Menor, la parte occidental de Armenia, una parte de la Mesopotamia, Siria,
Palestina, el desierto de Negev, la península de Sinaí, Egipto y Africa del
Norte hasta Mauritania. Septem (Ceuta) también era bizantina y, cruzando el
Estrecho de Gibraltar, el área alrededor de Málaga y Cartagena estaba bajo el
control imperial, así como las islas Baleares, Cerdeña, Córcega, Malta y
Sicilia, y casi toda Italia actual. El control bizantino sobre la frontera del
Danubio todavía era firme, pero al norte de ella eslavos, gépidos, lombardos y
ávaros se mostraban cada vez más amenazantes. Estos últimos habían enviado
embajadores a Justiniano y concluido una alianza a cambio de un “subsidio”
anual, que el nuevo emperador se negó a seguir pagando [2].
El mismo año en que Justino II subió al trono, estalló la guerra entre
lombardos y gépidos. Ante la superioridad de los primeros, el rey gépido
Cunimundo buscó la ayuda de Justino II, prometiendo entregar a cambio la
importante ciudad de Sirmium (actual Sremska Mitrovica). Los gépidos logran
salir victoriosos con la ayuda imperial, pero Cunimundo no cumplió su promesa y
retuvo Sirmium. Los lombardos entonces pidieron auxilio a los ávaros.
Enfrentado a una alianza lombardo-ávara, Cunimundo buscó una vez más el apoyo
de Justino, ofreciéndole nuevamente Sirmium. El emperador le hizo creer al gépido
que le enviaría ayuda, mientras, por otro lado, prometía a los lombardos que
permanecería neutral. La guarnición gépida de Sirmium, pensando que
Justino era aliado, entregó la ciudad a una fuerza bizantina y se fue a unir
con su ejército, que iba a combatir contra los lombardos. En la batalla que
siguió, los gépidos fue totalmente derrotados y su reino destruido. El rey
lombardo, Alboino, mató a Cunimundo, cortó su cabeza y la utilizó como copa:
un acto salvaje que despertó el odio de la hija de Cunimundo, Rosemunda.
Alboino tomó a Rosemunda como parte del botín, y se casó con ella. Fue una
acción imprudente: Rosemunda vengará a su padre en el futuro [3]. Los ávaros
llegaron demasiado tarde para tomar parte en la derrota de los gépidos, pero a
tiempo para compartir el botín: ellos obtuvieron los territorios gépidos
situados al este del Danubio. Justino II conservó Sirmium, aunque los ávaros
la codiciaban.
En 568 los lombardos, viendo que los ávaros eran unos vecinos demasiado
peligrosos, partieron para Italia guiados por Alboino. Paulo el Diácono, que
escribe un par de siglos después, relata que Alboino invitó a sus viejos
amigos, los sajones, a unírsele, y 20.000 hombres con sus mujeres y niños
respondieron a la invitación. La horda estaba integrada también por gépidos,
búlgaros, sármatas, noricos y panonios (probablemente habitantes de las
antiguas provincias romanas de Norica y Panonia), y suevos que todavía vivían
en sus propios pueblos en Italia en tiempos de Paulo. Los invasores ocuparon el
norte de la península con rapidez: la resistencia de la ciudad oriental de
Aquilea se extinguió en solo un mes y Alboino se apoderó del valle del Po; a
fines de la siguiente estación se adueñaba de Milán. En cambio, Pavía,
fuerte aún, le llevó más tiempo –de 569 a 572- y durante el sitio algunos
grupos de guerreros lombardos atravesaron los Apeninos, se dispersaron por la
Toscana y avanzaron hacia el sur. Las fuerzas bizantinas estaban mal preparadas,
e Italia estaba exhausta por los perdurables efectos de la larga guerra contra
los ostrogodos y por un reciente brote de plaga; debido a esto, a los pocos años,
sólo un tercio de Italia estaba en manos de los bizantinos.
Los ávaros volvieron también su atención sobre Justino a quien ellos acusaron
de dar asilo a algunos gépidos fugitivos. No obstante, el khan ávaro Baian
esperó hasta que los bizantinos sufrieron una derrota a manos de los persas.
Entonces, en 573 o comienzos de 574, los ávaros cruzaron el Danubio y
derrotaron a un ejército comandado por Tiberio, Conde de los Excubitores. Por
ese tiempo, la mente de Justino había comenzado a fallar y la emperatriz Sofía
logró que su marido promoviera a este Tiberio al rango de César (virtual co-emperador).
Tiberio hizo la paz con los ávaros: logró conservar Sirmium, pero debió
pagarles 60.000 solidi de oro.
También en España las limitaciones del poder bizantino se pusieron en
evidencia durante el reinado de Justino. Allí, el rey visigodo Leovigildo
(568-586) emprendió la unificación política de la península y estableció
una capital real en Toledo, a imitación de Constantinopla. Éste fue un periodo
de fuerte influencia bizantina: Leovigildo y los reyes godos que lo sucedieron
adoptaron el ceremonial de la corte bizantina y la gala imperial y tomaron al
Imperio como su modelo. Pero la dominación cultural no fue de la mano con la
política. Entre 569 y 572, Leovigildo intentó reducir el enclave bizantino en
España, y capturó Asidona y Corduba; en 572 él hizo la paz con Justino en
base al reconocimiento mutuo de territorios. No será hasta 624 que un rey
visigodo (Suintila) desaloje al Imperio de Cartagena y Málaga.
En el Africa bizantina se libró una guerra, pobremente documentada, con los beréberes.
Estos se rebelaron, liderados por un rey llamado Garmul, y mataron al prefecto
del pretorio Teodoro en 569. En los siguientes dos años, dos sucesivos magister
militum también encontraron la muerte, y pasaron varios años antes de que la
paz volviera a la región.
En lo que respecta a Persia, Justiniano había firmado un tratado con el rey
Cosroes I por el cual se suspendían las hostilidades entre ambos imperios. Este
tratado no satisfizo a Justino, que aprovechó la primera oportunidad que se le
presentó para repudiarlo. Esta oportunidad se la brindaron los habitantes de
Persarmenia -la porción de Armenia controlada por Persia-, que se sublevaron y
mataron al marzpan (gobernador persa) Chihor-Vshnasp. La causa de la revuelta
fue el intento persa de erigir un "templo del fuego" zoroastriano en
Duin, asiento no sólo del marzpan sino también del patriarca armenio o
katholikos. El historiador Evagrio afirma que los persarmenios quisieron ser súbditos
del Imperio para poder practicar su religión con libertad, y enviaron una misión
secreta ante Justino II, que llegó a un acuerdo con ellos. Cuando Cosroes se
quejó, Justino contestó que él no podía rechazar las súplicas de sus
hermanos cristianos, y en todo caso, el tratado de paz había expirado. No
obstante, Evagrio agrega con desaprobación, que Justino no se preparó
adecuadamente para la guerra.
La lucha empezó bastante bien para los bizantinos. El magister militum
Marciano, que era sobrino de Justiniano, venció en algunas escaramuzas y puso
sitió la ciudad de Nisibis. Pero este sitio se prolongó demasiado y Justino,
impaciente, reemplazó a Marciano con un comandante que el ejército se negó a
aceptar; el motín que se produjo a continuación acabó con el cerco de Nisibis.
Además, mientras duraba el sitio, Justino riñó con sus aliados ghassanidas
[4]. El jeque ghassanida Mundhir había derrotado a los lakhmidas en 569 y 570,
pero había sufrido pérdidas importantes en su fuerza militar y le
solicitó oro a Justino para reclutar más guerreros. Justino, excesivamente
prudente en materia de gastos y propenso a las explosiones de ira, se enfureció
ante la demanda de Mundhir. Por ello, envió un despacho a Marciano donde le
ordenaba matar a Mundhir, pero dicho despacho cayó en manos del jeque (otoño
de 572). Profundamente ofendió y probablemente un poco asustado, Mundhir se fue
con los miembros de su tribu al desierto, y no fue hasta la primavera de 575 que
él decidió volver a sus “viejas lealtades”. El retiro de los ghassanidas
abrió el camino para una incursión de los lakhmidas en Siria en 573, y para un
ataque persa en dos direcciones: una fuerza, comandada por el propio Cosroes,
avanzó para auxiliar a Nisibis, mientras otra fuerza asoló Siria, saqueó
Apamea, y luego, uniéndose con Cosroes, puso sitio a la gran fortaleza de Daras.
Después de cinco meses, Daras cayó en noviembre de 573. Evagrio refiere los
rumores de que el comandante había sido negligente, o que él había
traicionado a la ciudad. Todas estas noticias fueron demasiado para Justino, que
perdió la razón. El imperio estaba en crisis, y como si la locura del
emperador y la derrota en la frontera oriental no fueran suficientes
calamidades, hubo un brote de peste bubónica en Constantinopla.
Fue
la emperatriz Sofía quien se puso en la brecha. Ella solicitó ayuda al Conde
de los Excubitores, Tiberio, un servidor fiel con una gran reputación militar
que su reciente derrota ante los ávaros no había empañado. Quizás la
emperatriz hubiera preferido gobernar sola, pero el Imperio no estaba preparado
para tener a una mujer como única regente, y el 7 de diciembre de 574, cuando
Justino tuvo un momento de lucidez, ella lo persuadió de nombrar César a
Tiberio. Para solucionar la apremiante crisis en la frontera persa, Sofía envió
una carta a Cosroes pidiendo la paz; el rey persa –según algunos
conmovido por el contenido de la misiva- aceptó pactar una tregua de un año de
duración (excluyendo Armenia) a cambio de 45.000 solidi. Esto proporcionó a
los bizantinos un respiro, que les permitió reconstruir su ejército.
Tiberio sentía que Justino II habían sido demasiado conservador en materia
financiera, e inmediatamente empezó a gastar dinero, logrando mucha popularidad
y apoyo. Financió varios proyectos edilicios importantes, abolió los impuestos
sobre el pan y el vino, dio regalos caros a sus partidarios e incluso acabó con
la persecución de los monofisitas. Él además pagó 60.000 solidi al año a
los avaros por guardar la frontera de Danubio, lo que a su vez le permitió
transferir las tropas allí estacionadas al este y enfocarse exclusivamente en
las futuras acciones militares contra los persas. Su generosidad, sin embargo,
pronto diezmó los tesoros acumulados por su predecesor.
En 575, Tiberio inició también una gran campaña de reclutamiento para
acrecentar las fuerzas bizantinas en Oriente en preparación de una posible
campaña contra Persia. Cuando el tratado de paz de un año de duración expiró,
los persas ofrecieron renovarlo por 5 años más, pero Tiberio sólo aceptaría
una renovación por 3 años con un tributo reducido a 30.000 solidi por año
(excluyendo Armenia una vez más). Esta extensión del tratado de paz le permitió
ocuparse de otras áreas del imperio. En Italia, el asesinato de dos reyes
lombardos sucesivos, Alboino en 573 y Cleph en 574, había producido una división
temporal de las fuerzas lombardas bajo varios duces. Tiberio, esperando
aprovecharse de la situación, envió a Italia tropas comandadas por Baduarius,
yerno de Justino II, para ver si la situación incierta de los lombardos podía
ser explotada en pos de la expansión bizantina. Esta esperanza acabó en 576
cuando Baduarius perdió la vida en una batalla importante contra los lombardos,
lo que les permite a estos adquirir aun más tierras en Italia. Antes de que
Tiberio pudiera enviar más tropas a la península, los persas invadieron
Armenia. Incapaz de comprometerse más en la lucha contra los lombardos, Tiberio
se vio obligado a recurrir a la intriga política y gastar más de 200.000
solidi para comprar la amistad de numerosos duces y evitar la elección de un
nuevo rey lombardo.
En Armenia, el rey persa tuvo un éxito inicial contra los bizantinos capturando las ciudades de Sebastea y Melitene. Pero, el comandante de los ejércitos orientales bizantinos, Justiniano, pudo finalmente obligar a los persas a retirarse. Esto sólo demostró ser una tregua temporal, desde que en el verano siguiente de 577 los persas invadieron de nuevo y derrotaron a Justiniano que murió poco después de su derrota. Tiberio designó entonces al Conde de los Excubitores, Mauricio, como reemplazante de Justiniano y comprometió más tropas en la guerra contra los persas. En 578, poco antes de que el tratado de paz de tres años expirara, los persas invadieron el territorio bizantino de Mesopotamia. En venganza, Mauricio invadió el territorio persa y capturó las ciudades de Aphumon y Singara.
Mientras esto sucedía, Justino seguía afectado por la locura y apartado de
toda actividad, aunque nominalmente todavía era emperador. En octubre de 578,
luego de abdicar -en un raro momento de lucidez- y coronar emperador a Tiberio,
Justino fallece en Constantinopla.
No
podemos dar por concluido nuestro trabajo sin hacer un breve comentario sobre la
política seguida por Justino en materia religiosa. Al inicio de su reinado,
este se encontró con un antiguo problema si resolver: la feroz disputa entre
ortodoxos –o calcedonianos- y monofisitas.
Estos últimos, muy numerosos en Siria y Egipto, habían constituido una jerarquía
separada, con sus propios clérigos y obispos metropolitanos. Justiniano había
adoptado una actitud intransigente respecto a ellos, pero su sucesor, en
principio, se mostró conciliador e intentó seguir un rumbo medio entre
calcedonianos y monofisitas.
Después de suspender toda persecución, Justino invitó a los principales
prelados monofisita, incluso al propio Jacobo Baradaeus, a Constantinopla y
patrocinó una serie de reuniones que no condujeron a nada. Ante la necesidad de
llegar a algún tipo de solución pactada, el emperador produjo un nuevo
Henotikon (fórmula de conciliación) a imitación del Henotikon del emperador
Zenón (474-491). Un emisario imperial presentó el nuevo compromiso de Justino
al clero y a los monjes monofisitas, congregados en Callinicum. Jacobo Baradaeus
se mostró partidario de la conciliación, pero la reunión acabó con una riña
violenta dentro de las filas monofisitas, entre los moderados y los extremistas.
Justino continuó con las negociaciones, pero como los monofisitas seguían
obstinados, en marzo de 571, él inauguró una política de persecución y emitió
una larga profesión de fe antimonofisitica que todo el clero debía firmar bajo
pena de encarcelamiento.
La persecución continuó hasta que Justino perdió la razón y Tiberio llegó al poder. A este le faltaban los instintos de un perseguidor, o en todo caso, él quiso mantener buenas relaciones con los ghassanidas monofisitas, cuya amistad era necesaria para la seguridad de las provincias orientales. Pero finalmente bajo la influencia de Mauricio, que lo sucederá como emperador, Tiberio también se inclinó por la represión [5].
Leonardo Fuentes.
[1] Hay pocos trabajos de investigación dedicados a este emperador. En Internet, la mejor biografía que puede consultarse, por lejos, es la elaborada por James Allan Evans para www.roman-emperors.org/; este autor también hace allí un interesante comentario sobre las fuentes que hablan del reinado de Justino.
[2]
La política de Justiniano de pagar a los enemigos potenciales para que se
mantuvieran fuera de las fronteras y conservar así la paz fue criticada
amargamente, como cualquier lector de la Historia secreta de Procopio
comprenderá pero, juzgada desde un punto de vista estrictamente fiscal, tenía
sentido: las guerras eran más caras que los subsidios, y algo del oro
enviado a estos enemigos potenciales volvía por la frontera, para
comprar productos del Imperio. Justino II no continuó con esta política.
[3]
Alboino fue asesinado en 573 durante un abortado coup d'état instigado,
entre otros, por su esposa.
[4] Los ghassanidas eran una tribu árabe establecida al este de Siria. Vasallos de los bizantinos, servían como “amortiguadores” de los ataques que los árabes del desierto y los sasánidas lanzaban contra el Imperio. Su poder fue aplastado por la gran invasión sasánida de 613-614 y sucumbieron definitivamente con la conquista musulmana.
[5]
El emperador Mauricio (582-602) prosigue una política activamente
calcedoniana, quizá para recobrar una unidad que se deshace. Incluso
intenta imponer el credo imperial en Armenia, y deja a su primo Domiciano,
obispo de Melitene, ejercer en Mesopotamia una brutal represión religiosa,
por lo demás sin resultado. Muchos autores atribuyen las rápidas derrotas
frente a persas y árabes en Siria y Egipto, durante las décadas de 610 y
640, a la política religiosa llevada adelante por los sucesores de
Justiniano.
BIBLIOGRAFÍA
Baynes,
Norman: El Imperio Bizantino, México, FCE, 1996.
Bizancio
el magnífico, en “Los Grandes Imperios y Civilizaciones”, vol. 6, Madrid,
Sarpe, 1985.
Evans,
J. A. S.: The Age of Justinian: The Circumstances of Imperial Power,
Londres/Nueva York, 1996.
Justin
II, en www.roman-emperors.org/
Fossier,
Robert: La Edad Media. La formación del Mundo Medieval (350-950),
Barcelona, Crítica, 1988.
Historia
Universal, Buenos Aires, ANESA, 1974.
Vasiliev, A. A.: Historia del Imperio Bizantino, Barcelona, Iberia, 1945.