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El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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LA BATALLA DE NICOPOLIS (25/09/1396)

Por Guilhem de Encausse.

Fresco sobre la batalla.

 A)      Antesala:

A lo largo de los primeros veinte años del siglo XIV, Occidente empezó a escuchar con mayor insistencia, los ecos de la embestida turca que, abriéndose como una mano desde la muñeca de Bitinia, estaba desbordando rápidamente el dique de contención que había sido el Imperio Bizantino durante tantos siglos.

En 1300, una tribu belicosa comandada por un tal Osmán (Otmán en árabe, de donde proviene otomanos), declaró su independencia de los selyúcidas y empezó a extender su poderío sobre lo que antes había sido el corazón del  Imperio de Nicea. La velocidad de su avance fue abrumadora tanto para bizantinos como para el resto de las tribus turcas de Anatolia (selyúcidas incluidos). En abril de 1326, los osmanlíes capturaron la ciudad de Brusa, en junio de 1329 derrotaron a los bizantinos en Pelecano y más tarde en Filocrene. Para Constantinopla, la dominación sobre Asia Menor (haciendo la excepción de Trebisonda), empezaba a tocar a su fin. En 1331 caía también Nicea, la ciudad de los doscientos cuarenta torreones; dos años después los bizantinos accedían a pagar tributo a Orján, el sucesor de Osmán, y finalmente, en 1337, se perdía Nicomedia, sobre el umbral casi de Constantinopla. ¡En el lapso de siete años, los bizantinos habían entregado al Islam dos capitales romanas!. Todo un récord en cuestión de decadencia.

Hacia 1340, la guerra civil entre Juan VI Cantacuceno y Juan V, llevó al primero a pedir refuerzos a los turcos otomanos.  Los guerreros de Orján, desde entonces, empezaron afirmarse al otro lado de los estrechos. Cantacuceno los empleó tanto contra sus enemigos internos, como contra sus rivales externos (léase servios). En 1352 las tropas de Solimán, un hijo de Orján, tomaron la fortaleza de Zimpe. Dos años después ocuparon Gallípolis. Ya nunca más abandonarían esas latitudes de Europa.

Tras la abdicación de Cantacuceno al trono, Juan V empezó a pedir con mayor frecuencia ayuda a Occidente para contener la marejada turca que se le venía encima. Y realmente, los otomanos rebasaron Constantinopla, eludiéndola a la manera de una verdadera inundación.  En 1359, luego de saquear sus arrabales, se dirigieron al interior de Tracia, y tomaron sucesivamente Demótica y Filípolis. En 1365,  Murad, el sucesor de Orján llevó su capital a Adrinópolis, doscientos kilómetros tierra adentro. Cinco años después, servios y búlgaros, avizorando un futuro poco promisorio intentaron frenar la embestida, pero fueron barridos a orillas del río Maritza. En 1389, la batalla de Kosovo, significó la tumba de la independencia servia. En treinta y cinco años, desde su establecimiento en Gallípoli, los otomanos habían sometido los Balcanes orientales hasta el Danubio y se hallaban ya a las puertas de Hungría. Bizancio, Servia, Bulgaria y otros principados menores eran para ese entonces todos vasallos sin excepción y algunos pronto se convertirían en meras provincias del flamante Imperio Otomano.

En 1393, Bayazid, sultán al morir Murad en Kosovo, conquistó Tirnovo, la capital del Reino Búlgaro Oriental. Poco más tarde ocupó Nicópolis, la fortaleza búlgara más importante de las riberas del Danubio. En ese estratégico paraje chocarían una vez más los ejércitos de la cristiandad y del Islam.

Las razones del incontenible ascenso de los otomanos fueron muchas. Por un lado, la debilidad de los bizantinos, enfrascados en luchas fratricidas desde los días de la Cuarta Cruzada, aquejados por una visita desoladora de la peste bubónica en 1348, separados por un cisma religioso entre hesicastas y barlaamistas, acometidos por un proceso irreversible de feudalización, avasallados por las ambiciosas repúblicas marítimas de Génova, Pisa y Venecia y gobernados por soberanos ineptos (a excepción de unos pocos). Por otro lado, la intermitente estrella de búlgaros y servios, que nunca se acababa de encender, como consecuencia también de problemas comunes a los bizantinos (peste negra, feudalización, guerras civiles, etc.). Y finalmente, una Anatolia ya casi enteramente musulmana, con principados turcos en proceso de descomposición (danishmendíes y selyúcidas) y un Imperio de Trebisonda  insignificante.

  B) Los preparativos:

      En 1394, a solo un año de la caída de Tirnovo, Occidente empezó a pensar en serio en la posibilidad de una aventura al estilo Cruzada de antaño. Pero lo hizo, justo es decirlo, no porque temiera por la suerte de Constantinopla, sino porque Segismundo, el nuevo rey de Hungría, utilizó toda sus influencias en Francia para sacudir la modorra de sus hermanos de religión.

      Un siglo de gobierno de la dinastía angevina había estrechado los lazos de Hungría con la corona francesa, y la ascensión de Segismundo, el primero de los Luxemburgos no vino a torcer la historia. En agosto, una embajada húngara visitó París, donde relató las atrocidades que padecían los cristianos a manos de los turcos de Bayazid. Contaron como se los encarcelaba en mazmorras, se les secuestraban los hijos para convertirlos al Islam y se violaban las doncellas. Conmovidos, los franceses cedieron. Carlos, como jefe de los reyes cristianos dio su consentimiento. Eu, condestable de Francia, y Bouciccaut, mariscal, declararon que era deber de todo varón tomar las armas contra el infiel. Los embajadores magiares retornaron a su país con la mejor de las noticias: habría cruzada.  

C)      La partida:

Los cruzados dejaron Dijon el 30 de abril de 1396, en medio del alborozo general y en soberbio espectáculo. El cisma pontificio existente no importunó la expedición. Tanto Bonifacio, en Roma, como Benedicto, en Aviñon, bendijeron la cruzada con las acostumbradas absoluciones plenarias. Pero al decir de Meziers, la aventura comenzaba como casi todas las anteriores: prodigalidad e indisciplina, lujo y arrogancia. La vanagloria sería en realidad el enemigo a vencer.

Como siempre, los objetivos fueron desmedidos. Los cabecillas de la expedición pretendían expulsar a los turcos de los Balcanes, liberar a Constantinopla, pasar al Asia Menor y de allí marchar directo hacia Tierra Santa para reconquistar Jerusalén y el Santo Sepulcro. La vuelta la harían por mar.

La ruta escogida pasaba por Estrasburgo, Baviera, el Danubio superior y finalmente Buda, adonde les esperaban  Segismundo y su mesnada.  

D)     El ejército cruzado:

No existen fuentes confiables que permitan conocer la magnitud de la fuerza expedicionaria. Un cronista alemán que tomó parte de la cruzada,  un tal Schiltberger, cifró el número de la fuerza cristiana en 16.000. Los turcos seguramente debieron haber sido más numerosos, pero no tanto.

      Si sabemos, en cambio, que a su llegada a Buda (Budapest), la cruzada era un crisol de razas: había franceses, alemanes (especialmente de Sajonia, Renania y Baviera), caballeros hospitalarios dirigidos por el gran maestre de Rodas en persona, valacos, transilvanos, navarros, españoles, bohemios, polacos y por su puesto, húngaros.

La cuestión del mando, agregó un problema adicional. Se celebró un consejo de guerra en Buda, donde Segismundo, apelando a su experiencia en la lucha contra los turcos, aconsejó esperar a que Bayazid tomara la iniciativa. Sostenía, con razón, que sería más conveniente aguardar a que los otomanos se cansaran en una marcha forzada (pues se creía que para entonces sitiaban Constantinopla), en lugar de salir ellos en busca del sultán. Además estaba la cuestión del terreno. Segismundo también opinaba que el territorio al sur del Danubio era muy peligroso, dado que tanto Servia como Bulgaria eran vasallos de Bayazid, y en tal condición estaban obligados a prestar ayuda militar al sultán (eran por lo tanto enemigos). Los franceses le trataron de cobarde. Con sus ideales de caballería inflándoles el ego, aseguraron que ellos podrían expulsar a los turcos de Europa dondequiera que se hallaran. “Si el cielo se desplomase, nosotros lo sostendríamos con las puntas de nuestras lanzas” dijeron jactanciosos. Segismundo debió resignarse.  

E)     El prólogo de la batalla:

Las fuerzas combinadas de la cristiandad salieron de Buda y siguieron el curso del Danubio. Segismundo con sus aliados de Valaquia y Transilvania iban en la retaguardia, observando azorados el pillaje, los crímenes y el saqueo que cometían adelante los franceses. Al ingresar en territorio cismático (léase de cristianos ortodoxos), el bandidaje fue total. En casi doscientos años de Cruzadas los franceses no solo no habían aprendido nada de sus errores sino que su arrogancia y frivolidad eran ahora casi tan grandes como su ego.

La primera victoria de los cruzados fue la captura de Vidin, la ciudad que fuera capital del Reino Búlgaro occidental. El señor vasallo que la defendía prefirió rendirla cuando los sitiadores prometieron respetar las vidas y bienes de la población. En Rachowa u Oryekova sucedió lo mismo, con la diferencia de que, tras la promesa, los cruzados se desdijeron de lo dicho y robaron y asesinaron sin piedad a sus habitantes búlgaros.  El 12 de Septiembre de 1396 la vanguardia cruzada avistó en lo alto de un acantilado calizo a la ciudad Nicópolis.

  F)     Las estrategias:

      Si los cruzados no tomaron por asalto Nicópolis fue porque su improvisación era descomunal. No tenían máquinas de asedio, trabucos, balistas, catapultas ni nada que se le pareciese. Nos han llegado las palabras de Bouciccaut, el mariscal de Francia y un empedernido amante de la caballería. Según su “sano” juicio, las escalas a mano eran más rápidas de fabricar y valían más que las catapultas cuando eran hombres valerosos quienes echaban mano a ellas. La realidad fue muy diferente. Rebotando contra los muros sin hacer mella en ellos, los cruzados debieron contentarse con tender un cerco.

      Entretanto, Bayazid (apodado “el rayo” por la velocidad de sus desplazamientos), había dejado con su ejército Adrinópolis y avanzaba a marchas forzadas rumbo a Tirnovo.

      En el campamento cristiano se celebró un nuevo consejo de guerra para definir la estrategia para enfrentar al sultán. Del debate surgieron dos posturas abiertamente opuestas:

1º) Segismundo aconsejó emplear a los peones valacos como punta de lanza para extenuar a los ya de por sí cansados turcos. Conocía las tácticas de combate otomanas y por ello sabía que los turcos solían emplear también a gente ruda, “indigna”, como vanguardia. Luego de que los valacos desgastaran la primera línea enemiga, tocaría el turno a la caballería francesa de entrar en combate. El mismo en persona, con sus aliados transilvanos, se ocuparía de evitar que los sipahis (la caballería turca) arremetieran contra los flancos de los franceses. Según el rey húngaro, quién golpeaba último golpeaba mejor.

2º) Eu, el condestable de Francia, sostuvo por su parte que no habían viajado tan lejos para ver cómo al primer choque la chusma se desbandaba y huía. “Quedarnos atrás es deshonrarnos y exponernos al desprecio de todos”, dijo. Y no solo eso: exigió el primer puesto, amenazando que si éste le era arrebatado se sentiría agraviado. Bouciccaut y Nevers le apoyaron incondicionalmente. Los ideales de caballería seducían el ego mejor que las damas el corazón.

      Eu se impuso y Segismundo se retiró desilusionado. Cuando abandonaban la tienda llegó un mensajero con la noticia de que el sultán estaba solo a seis horas de distancia.

  G) La batalla:

      Y desdichadamente para tantas vidas en juego (Constantinopla incluida), Segismundo tuvo razón.

El 25 de septiembre de 1396, dando la espalda a Nicópolis, la caballería francesa con Eu y Coucy al frente avanzaron en orden de combate. En la retaguardia quedaron los hospitalarios de Rodas, los alemanes y Segismundo, que impotente, seguía rumiando su iracundia.

      Al primer choque, los caballeros de Eu aplastaron a la fuerza campesina que conformaba la vanguardia  de Bayazid. Como tanques de guerra tras sus brillantes armaduras, los franceses sobrepasaron esta primera línea y arremetieron contra la infantería, desafiando nubes de venablos y flechas. Superados no en número sino en fuerza, los soldados turcos de a pié fueron también derrotados y puestos en fuga hacia la tercera línea, la de los sipahis. Los caballeros más experimentados aconsejaron entonces una pausa. Era necesario restablecer contacto con la vanguardia, que había quedado muy atrás. Pero los caballeros más jóvenes, alentados por el éxito, bregaban por seguir adelante.  Y se salieron con la suya.

      Mientras tanto, a sus espaldas, los resabios de la primera y segunda línea turca, junto con algunos sipahis, se habían reagrupado y atacaban las posiciones de Segismundo y sus aliados. Hubo una estampida  de caballos sin jinetes pertenecientes a la caballería de reserva, que los pajes no pudieron contener. Los valacos y transilvanos creyeron que se trataba del preludio del desbande y se retiraron de la lucha. Con todo, Segismundo y el gran maestre del Hospital consiguieron mantener sus posiciones. Pero a último momento apareció un regimiento de 1500 servios comandados por el déspota Esteban Lazarevich, que odiaba a los húngaros más que a los propios otomanos. Estos servios, que componían el ejército de Bayazid en calidad de vasallos, decidieron la contienda. Segismundo debió ser retirado del campo de batalla y junto con el gran maestre de Rodas huyeron en una balsa por el Danubio.

      Adelante, entretanto, las cosas tampoco iban bien para Eu y Coucy. Avanzando hacia una altiplanicie, esquivando empalizadas, caballos despanzurrados y cuerpos aplastados, los franceses perseguían al resto de la infantería. Pero en lo alto, donde esperaban encontrar a un sultán desmoralizado, se hallaron cara a cara con un cuerpo fresco y descansado de sipahis de reserva. Supieron de inmediato que había llegado el fin. Algunos huyeron pero gran parte de los sobrevivientes luchó hasta que los abatió el cansancio. Eu, Nevers y Coucy cayeron prisioneros. Pero muchos otros nobles, entre ellos Philippe de Bar y Odard de Chaseron murieron en la batalla.

  H) Epílogo y consecuencias:

      La batalla de Nicópolis tuvo un impacto profundo en la relación de fuerzas, en los Balcanes. En lo inmediato, aseguró el sometimiento de búlgaros y servios a los otomanos y la estrangulación de Constantinopla (que se salvó de caer porque Bayazid fue luego destrozado por Tamerlán en Ankara), cada vez más aislada de Occidente. También fijó el dominio otomano sobre esas latitudes durante unos quinientos años más y dejó al Reino de Hungría en las fauces del Islam.

      Por el lado de Occidente, se hizo patente que las tácticas de combate vigentes, con la carga de caballería como piedra angular, no servían para enfrentar a los otomanos. Peor aún si consideramos además la falta de mando unificado,  la indisciplina, la disensión, la arrogancia, el orgullo, la inmoralidad y el adiestramiento que envolvieron el devenir de la expedición de 1396.

  I) Conclusión Final:

      Nicópolis fue el triste desenlace del movimiento cruzado que se había iniciado exitosamente con la toma de Jerusalén, allá por finales del siglo XI. Entonces, existía un estado tapón con sede en Constantinopla, que aún era una potencia de primer plano, garantizando el flanco oriental de la cristiandad.  Cuando las últimas cabezas de los caballeros cristianos rodaron a los pies de Bayazid, en 1396, la guerra entre cristianos y musulmanes se libraba ya a miles de kilómetros de Jerusalén, en la misma Europa y con una Constantinopla reducida a la condición de ciudad-estado. Más que nunca se hizo patente la locura de la Cuarta Cruzada y la inutilidad de todo el movimiento cruzado.

                                                                                                              Guilhem de Encausse 

Notas biográficas:

EU: Mariscal de Francia que dirigió la cruzada de 1396.

Bouciccaut: Mariscal de Francia, que participó de la batalla.

Coucy: Noble francés que dirigió la vanguardia, al lado de Eu, en Nicópolis.

Segismundo: Rey de Hungría (1387-1437), tomó parte en el desastre de Nicópolis.

Bayazid, el Rayo: Sultán otomano (1389-1402) vencedor en Nicópolis.

Esteban Lazarevich: déspota de Servia (1389-1427), que peleó al lado de los otomanos en su condición de vasallo.

Manuel II Paleólogo: emperador bizantino (1391-1425), mero espectador durante los sucesos de 1396.

Fuentes:

Steven Runciman (Historia de las Cruzadas)

Franz Georg Maier (Bizancio)

Bárbara W. Tuchman (Un espejo lejano)

George Duby (Atlas Histórico Mundial)  

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