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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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Por Guilhem de Encausse.

Fresco sobre la batalla.
A)
Antesala:
A
lo largo de los primeros veinte años del siglo XIV, Occidente empezó a
escuchar con mayor insistencia, los ecos de la embestida turca que, abriéndose
como una mano desde la muñeca de Bitinia, estaba desbordando rápidamente el
dique de contención que había sido el Imperio Bizantino durante tantos siglos.
En
1300, una tribu belicosa comandada por un tal Osmán (Otmán en árabe, de donde
proviene otomanos), declaró su independencia de los selyúcidas y empezó a
extender su poderío sobre lo que antes había sido el corazón del
Imperio de Nicea. La velocidad de su avance fue abrumadora tanto para
bizantinos como para el resto de las tribus turcas de Anatolia (selyúcidas
incluidos). En abril de 1326, los osmanlíes capturaron la ciudad de Brusa, en
junio de 1329 derrotaron a los bizantinos en Pelecano y más tarde en Filocrene.
Para Constantinopla, la dominación sobre Asia Menor (haciendo la excepción de
Trebisonda), empezaba a tocar a su fin. En 1331 caía también Nicea, la ciudad
de los doscientos cuarenta torreones; dos años después los bizantinos accedían
a pagar tributo a Orján, el sucesor de Osmán, y finalmente, en 1337, se perdía
Nicomedia, sobre el umbral casi de Constantinopla. ¡En el lapso de siete años,
los bizantinos habían entregado al Islam dos capitales romanas!. Todo un récord
en cuestión de decadencia.
Hacia
1340, la guerra civil entre Juan VI Cantacuceno y Juan V, llevó al primero a
pedir refuerzos a los turcos otomanos. Los
guerreros de Orján, desde entonces, empezaron afirmarse al otro lado de los
estrechos. Cantacuceno los empleó tanto contra sus enemigos internos, como
contra sus rivales externos (léase servios). En 1352 las tropas de Solimán, un
hijo de Orján, tomaron la fortaleza de Zimpe. Dos años después ocuparon Gallípolis.
Ya nunca más abandonarían esas latitudes de Europa.
Tras
la abdicación de Cantacuceno al trono, Juan V empezó a pedir con mayor
frecuencia ayuda a Occidente para contener la marejada turca que se le venía
encima. Y realmente, los otomanos rebasaron Constantinopla, eludiéndola a la
manera de una verdadera inundación. En
1359, luego de saquear sus arrabales, se dirigieron al interior de Tracia, y
tomaron sucesivamente Demótica y Filípolis. En 1365, Murad, el sucesor de Orján llevó su capital a Adrinópolis,
doscientos kilómetros tierra adentro. Cinco años después, servios y búlgaros,
avizorando un futuro poco promisorio intentaron frenar la embestida, pero fueron
barridos a orillas del río Maritza. En 1389, la batalla de Kosovo, significó
la tumba de la independencia servia. En treinta y cinco años, desde su
establecimiento en Gallípoli, los otomanos habían sometido los Balcanes
orientales hasta el Danubio y se hallaban ya a las puertas de Hungría. Bizancio,
Servia, Bulgaria y otros principados menores eran para ese entonces todos
vasallos sin excepción y algunos pronto se convertirían en meras provincias
del flamante Imperio Otomano.
En
1393, Bayazid, sultán al morir Murad en Kosovo, conquistó Tirnovo, la capital
del Reino Búlgaro Oriental. Poco más tarde ocupó Nicópolis, la fortaleza búlgara
más importante de las riberas del Danubio. En ese estratégico paraje chocarían
una vez más los ejércitos de la cristiandad y del Islam.
Las
razones del incontenible ascenso de los otomanos fueron muchas. Por un lado, la
debilidad de los bizantinos, enfrascados en luchas fratricidas desde los días
de la Cuarta Cruzada, aquejados por una visita desoladora de la peste bubónica
en 1348, separados por un cisma religioso entre hesicastas y barlaamistas,
acometidos por un proceso irreversible de feudalización, avasallados por las
ambiciosas repúblicas marítimas de Génova, Pisa y Venecia y gobernados por
soberanos ineptos (a excepción de unos pocos). Por otro lado, la intermitente
estrella de búlgaros y servios, que nunca se acababa de encender, como
consecuencia también de problemas comunes a los bizantinos (peste negra,
feudalización, guerras civiles, etc.). Y finalmente, una Anatolia ya casi
enteramente musulmana, con principados turcos en proceso de descomposición (danishmendíes
y selyúcidas) y un Imperio de Trebisonda insignificante.
En 1394, a solo un año de la caída de Tirnovo, Occidente empezó a
pensar en serio en la posibilidad de una aventura al estilo Cruzada de antaño.
Pero lo hizo, justo es decirlo, no porque temiera por la suerte de
Constantinopla, sino porque Segismundo, el nuevo rey de Hungría, utilizó toda
sus influencias en Francia para sacudir la modorra de sus hermanos de religión.
Un siglo de gobierno de la dinastía
angevina había estrechado los lazos de Hungría con la corona francesa, y la
ascensión de Segismundo, el primero de los Luxemburgos no vino a torcer la
historia. En agosto, una embajada húngara visitó París, donde relató las
atrocidades que padecían los cristianos a manos de los turcos de Bayazid.
Contaron como se los encarcelaba en mazmorras, se les secuestraban los hijos
para convertirlos al Islam y se violaban las doncellas. Conmovidos, los
franceses cedieron. Carlos, como jefe de los reyes cristianos dio su
consentimiento. Eu, condestable de Francia, y Bouciccaut, mariscal, declararon
que era deber de todo varón tomar las armas contra el infiel. Los embajadores
magiares retornaron a su país con la mejor de las noticias: habría cruzada.
C)
La partida:
Los
cruzados dejaron Dijon el 30 de abril de 1396, en medio del alborozo general y
en soberbio espectáculo. El cisma pontificio existente no importunó la
expedición. Tanto Bonifacio, en Roma, como Benedicto, en Aviñon, bendijeron la
cruzada con las acostumbradas absoluciones plenarias. Pero al decir de Meziers,
la aventura comenzaba como casi todas las anteriores: prodigalidad e
indisciplina, lujo y arrogancia. La vanagloria sería en realidad el enemigo a
vencer.
Como
siempre, los objetivos fueron desmedidos. Los cabecillas de la expedición
pretendían expulsar a los turcos de los Balcanes, liberar a Constantinopla,
pasar al Asia Menor y de allí marchar directo hacia Tierra Santa para
reconquistar Jerusalén y el Santo Sepulcro. La vuelta la harían por mar.
La
ruta escogida pasaba por Estrasburgo, Baviera, el Danubio superior y finalmente
Buda, adonde les esperaban Segismundo
y su mesnada.
D)
El ejército cruzado:
No
existen fuentes confiables que permitan conocer la magnitud de la fuerza
expedicionaria. Un cronista alemán que tomó parte de la cruzada,
un tal Schiltberger, cifró el número de la fuerza cristiana en 16.000.
Los turcos seguramente debieron haber sido más numerosos, pero no tanto.
Si sabemos, en cambio, que a su llegada a Buda (Budapest), la cruzada era
un crisol de razas: había franceses, alemanes (especialmente de Sajonia,
Renania y Baviera), caballeros hospitalarios dirigidos por el gran maestre de
Rodas en persona, valacos, transilvanos, navarros, españoles, bohemios, polacos
y por su puesto, húngaros.
La
cuestión del mando, agregó un problema adicional. Se celebró un consejo de
guerra en Buda, donde Segismundo, apelando a su experiencia en la lucha contra
los turcos, aconsejó esperar a que Bayazid tomara la iniciativa. Sostenía, con
razón, que sería más conveniente aguardar a que los otomanos se cansaran en
una marcha forzada (pues se creía que para entonces sitiaban Constantinopla),
en lugar de salir ellos en busca del sultán. Además estaba la cuestión del
terreno. Segismundo también opinaba que el territorio al sur del Danubio era
muy peligroso, dado que tanto Servia como Bulgaria eran vasallos de Bayazid, y
en tal condición estaban obligados a prestar ayuda militar al sultán (eran por
lo tanto enemigos). Los franceses le trataron de cobarde. Con sus ideales de
caballería inflándoles el ego, aseguraron que ellos podrían expulsar a los
turcos de Europa dondequiera que se hallaran. “Si el cielo se desplomase,
nosotros lo sostendríamos con las puntas de nuestras lanzas” dijeron
jactanciosos. Segismundo debió resignarse.
E)
El prólogo de la batalla:
Las
fuerzas combinadas de la cristiandad salieron de Buda y siguieron el curso del
Danubio. Segismundo con sus aliados de Valaquia y Transilvania iban en la
retaguardia, observando azorados el pillaje, los crímenes y el saqueo que cometían
adelante los franceses. Al ingresar en territorio cismático (léase de
cristianos ortodoxos), el bandidaje fue total. En casi doscientos años de
Cruzadas los franceses no solo no habían aprendido nada de sus errores sino que
su arrogancia y frivolidad eran ahora casi tan grandes como su ego.
La
primera victoria de los cruzados fue la captura de Vidin, la ciudad que fuera
capital del Reino Búlgaro occidental. El señor vasallo que la defendía
prefirió rendirla cuando los sitiadores prometieron respetar las vidas y bienes
de la población. En Rachowa u Oryekova sucedió lo mismo, con la diferencia de
que, tras la promesa, los cruzados se desdijeron de lo dicho y robaron y
asesinaron sin piedad a sus habitantes búlgaros.
El 12 de Septiembre de 1396 la vanguardia cruzada avistó en lo alto de
un acantilado calizo a la ciudad Nicópolis.
Si los cruzados no tomaron por asalto Nicópolis fue porque su
improvisación era descomunal. No tenían máquinas de asedio, trabucos,
balistas, catapultas ni nada que se le pareciese. Nos han llegado las palabras
de Bouciccaut, el mariscal de Francia y un empedernido amante de la caballería.
Según su “sano” juicio, las escalas a mano eran más rápidas de fabricar y
valían más que las catapultas cuando eran hombres valerosos quienes echaban
mano a ellas. La realidad fue muy diferente. Rebotando contra los muros sin
hacer mella en ellos, los cruzados debieron contentarse con tender un cerco.
Entretanto, Bayazid (apodado “el rayo” por la velocidad de
sus desplazamientos), había dejado con su ejército Adrinópolis y avanzaba a
marchas forzadas rumbo a Tirnovo.
En el campamento cristiano se celebró un nuevo consejo de guerra para
definir la estrategia para enfrentar al sultán. Del debate surgieron dos
posturas abiertamente opuestas:
1º)
Segismundo aconsejó emplear a los peones valacos como punta de lanza para
extenuar a los ya de por sí cansados turcos. Conocía las tácticas de combate
otomanas y por ello sabía que los turcos solían emplear también a gente ruda,
“indigna”, como vanguardia. Luego de que los valacos desgastaran la primera
línea enemiga, tocaría el turno a la caballería francesa de entrar en combate.
El mismo en persona, con sus aliados transilvanos, se ocuparía de evitar que
los sipahis (la caballería turca)
arremetieran contra los flancos de los franceses. Según el rey húngaro, quién
golpeaba último golpeaba mejor.
2º)
Eu, el condestable de Francia, sostuvo por su parte que no habían viajado tan
lejos para ver cómo al primer choque la chusma se desbandaba y huía. “Quedarnos
atrás es deshonrarnos y exponernos al desprecio de todos”, dijo. Y no
solo eso: exigió el primer puesto, amenazando que si éste le era arrebatado se
sentiría agraviado. Bouciccaut y Nevers le apoyaron incondicionalmente. Los
ideales de caballería seducían el ego mejor que las damas el corazón.
Eu se impuso y Segismundo se retiró desilusionado. Cuando abandonaban la
tienda llegó un mensajero con la noticia de que el sultán estaba solo a seis
horas de distancia.
Y desdichadamente para tantas vidas en juego (Constantinopla incluida),
Segismundo tuvo razón.
El
25 de septiembre de 1396, dando la espalda a Nicópolis, la caballería francesa
con Eu y Coucy al frente avanzaron en orden de combate. En la retaguardia
quedaron los hospitalarios de Rodas, los alemanes y Segismundo, que impotente,
seguía rumiando su iracundia.
Al primer choque, los caballeros de Eu aplastaron a la fuerza campesina
que conformaba la vanguardia de
Bayazid. Como tanques de guerra tras sus brillantes armaduras, los franceses
sobrepasaron esta primera línea y arremetieron contra la infantería,
desafiando nubes de venablos y flechas. Superados no en número sino en fuerza,
los soldados turcos de a pié fueron también derrotados y puestos en fuga hacia
la tercera línea, la de los sipahis. Los caballeros más experimentados
aconsejaron entonces una pausa. Era necesario restablecer contacto con la
vanguardia, que había quedado muy atrás. Pero los caballeros más jóvenes,
alentados por el éxito, bregaban por seguir adelante.
Y se salieron con la suya.
Mientras tanto, a sus espaldas, los resabios de la primera y segunda línea
turca, junto con algunos sipahis, se habían reagrupado y atacaban las
posiciones de Segismundo y sus aliados. Hubo una estampida
de caballos sin jinetes pertenecientes a la caballería de reserva, que
los pajes no pudieron contener. Los valacos y transilvanos creyeron que se
trataba del preludio del desbande y se retiraron de la lucha. Con todo,
Segismundo y el gran maestre del Hospital consiguieron mantener sus posiciones.
Pero a último momento apareció un regimiento de 1500 servios comandados por el
déspota Esteban Lazarevich, que odiaba a los húngaros más que a los propios
otomanos. Estos servios, que componían el ejército de Bayazid en calidad de
vasallos, decidieron la contienda. Segismundo debió ser retirado del campo de
batalla y junto con el gran maestre de Rodas huyeron en una balsa por el Danubio.
Adelante, entretanto, las cosas tampoco iban bien para Eu y Coucy.
Avanzando hacia una altiplanicie, esquivando empalizadas, caballos
despanzurrados y cuerpos aplastados, los franceses perseguían al resto de la
infantería. Pero en lo alto, donde esperaban encontrar a un sultán
desmoralizado, se hallaron cara a cara con un cuerpo fresco y descansado de
sipahis de reserva. Supieron de inmediato que había llegado el fin. Algunos
huyeron pero gran parte de los sobrevivientes luchó hasta que los abatió el
cansancio. Eu, Nevers y Coucy cayeron prisioneros. Pero muchos otros nobles,
entre ellos Philippe de Bar y Odard de Chaseron murieron en la batalla.
La batalla de Nicópolis tuvo un impacto profundo en la relación de
fuerzas, en los Balcanes. En lo inmediato, aseguró el sometimiento de búlgaros
y servios a los otomanos y la estrangulación de Constantinopla (que se salvó
de caer porque Bayazid fue luego destrozado por Tamerlán en Ankara), cada vez más
aislada de Occidente. También fijó el dominio otomano sobre esas latitudes
durante unos quinientos años más y dejó al Reino de Hungría en las fauces
del Islam.
Por el lado de Occidente, se hizo patente que las tácticas de combate
vigentes, con la carga de caballería como piedra angular, no servían para
enfrentar a los otomanos. Peor aún si consideramos además la falta de mando
unificado, la indisciplina, la disensión, la arrogancia, el orgullo, la
inmoralidad y el adiestramiento que envolvieron el devenir de la expedición de
1396.
Nicópolis fue el triste desenlace del movimiento cruzado que se había
iniciado exitosamente con la toma de Jerusalén, allá por finales del siglo XI.
Entonces, existía un estado tapón con sede en Constantinopla, que aún era una
potencia de primer plano, garantizando el flanco oriental de la cristiandad.
Cuando las últimas cabezas de los caballeros cristianos rodaron a los
pies de Bayazid, en 1396, la guerra entre cristianos y musulmanes se libraba ya
a miles de kilómetros de Jerusalén, en la misma Europa y con una
Constantinopla reducida a la condición de ciudad-estado. Más que nunca se hizo
patente la locura de la Cuarta Cruzada y la inutilidad de todo el movimiento
cruzado.
Notas
biográficas:
EU:
Mariscal de Francia que dirigió la cruzada de 1396.
Bouciccaut:
Mariscal de Francia, que participó de la batalla.
Coucy:
Noble francés que dirigió la vanguardia, al lado de Eu, en Nicópolis.
Segismundo:
Rey de Hungría (1387-1437), tomó parte en el desastre de Nicópolis.
Bayazid,
el Rayo: Sultán otomano (1389-1402) vencedor en Nicópolis.
Esteban
Lazarevich: déspota de Servia (1389-1427), que peleó al lado de los otomanos
en su condición de vasallo.
Manuel
II Paleólogo: emperador bizantino (1391-1425), mero espectador durante los
sucesos de 1396.
Fuentes:
Steven
Runciman (Historia de las Cruzadas)
Franz
Georg Maier (Bizancio)
Bárbara
W. Tuchman (Un espejo lejano)
George
Duby (Atlas Histórico Mundial)