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El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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 La Juánide

 

CORIPO

 

 

LIBRO PRIMERO

 

 

 

Presentación del tema: guerra en África, empresas de Juan Troglita y restauración de los valores romanos Se refiere a la paz impuesta a Persia en 546.

 

 

Canto las enseñas, los caudillos, los pueblos feroces y las destrucciones de la guerra, las insidias y matanzas de hombres y las duras empresas, los de­sastres de Libia y los enemigos doble­gados en sus fuerzas, el hambre impuesta a los hombres y la escasez de agua que golpeaban ambos ejércitos con mortífera confusión; canto a los pueblos amotinados, abatidos y sometidos, canto al general que marcó su empresa con un gran triunfo: las musas desean volver a can­tar a los descendientes de Eneas.

 

La paz se devuelve a Libia tras el cese de la guerra. Más segura resplandece la Victoria con sus dos alas; ya la Piedad mira atenta a la tierra desde el al­to cielo; junto con la Justicia, también la Concordia, favorable y propicia, restablece el universo rodeándolo con sus dos bra­zos.

 

 Grandioso en medio de estas, Justiniano, levántate de tu alto trono complacido en tus triunfos, emperador, y como ven­cedor, proporciona leyes a los tiranos que no han sido abatidos: pues tus nobles plantas pisan a todos los reyes sin excepción y la púrpura se dispone ya a servir al imperio romano. Bajo tus pies se prostema el enemigo vencido, duras cadenas atan a los pueblos y con fuerte nudo aprietan las manos atadas a la espal­da, los cuellos soberbios se doblan con el peso de las cadenas  aunque mi pecho hiciera salir mi canto por cien bocas, no me bastaría a mí, poeta, la inteligencia ni el talento que despliega su vuelo por los solitarios senderos del ancho mundo. A grandes rasgos cantaría aquello: esto es digno de las mayo­res alabanzas.

 

Situación de África antes de la llegada del ejército

 

África vacilaba, agotada, bajo un gran peligro. Pues se había inflamado en las armas bárbaras una fiera locura, soberbia por sus insidias, espadas, in­cendios y hombres, que prendía fuego a todas las ciudades de la tierra saqueada y se llevaba, arrastra­dos de todas partes, prisioneros a los africanos. Ya no se hacía distinción alguna: a nadie fue posible respetar a los sacerdotes ni proporcionar a los viejos cansados la honra, cualquiera que fuese, de la pira. Quedó entonces tirado en el suelo todo cadá­ver, atravesado de puñaladas. A ningún hijo fue lícito poner ba­jo un túmulo de tierra los cuerpos asesinados de sus padres ni fue permitido derramar sobre las heridas las debidas lágrimas: mientras el padre es aniquilado, se arrastra a los hijos y a la es­posa y se saquean las riquezas, todo lo aplasta la malvada fuer­za de la guerra y se abandonan los debidos funerales a la tierra desierta. El noble y el pobre mueren con un mismo destino, por todas partes se deja oír el llanto y a todos inunda el terror y el funesto miedo y todo se trastorna con horribles peligros. ¿Quién podría describir las lágrimas, las matanzas, los botines, los incendios, las muertes, las insidias, los llantos, las torturas, las cadenas, los pillajes, quién enumerar los desgraciados sufri­mientos? África, la tercera parte del mundo, perece humeante en llamas.

 

Justiniano elige a Juan Troglita como salvador de África, recuerda sus campañas anteriores y le ordena venir

 

Y entonces el misericordioso empe­rador examinaba una y otra vez las pre­ocupaciones en su corazón, sopesándo­las y meditando qué general en jefe y caudillo supremo del ejército debía enviar a nuestras tierras, con la inten­ción de reparar tanto destrozo. Y al re­flexionar sobre todo esto, sólo le agrada Juan por su valor e in­teligencia y le parece digno por su valentía y su capacidad de decisión. Sólo él es capaz de atacar a los pueblos feroces y aba­tir, enérgico, a las tropas enemigas. Es más, la gloria del héroe y las pruebas de una empresa insigne y las durísimas guerras vencidas a un reino soberbio le son gratas: cómo expulsó a los persas, con qué golpe abatió a los partos, confiados en hacer frente con una multitud de hombres y apiñadas flechas; en la época en que los anchos campos de Nísibe manaron sangre de los persas, Nabedes, el primero después del rey parto, enta­blando el combate, confiado en su fiero valor, perdió las tropas aliadas, sobreviviendo él mismo, y al huir, llevado por su te­mor, apenas pudo cerrar las puertas y ya irrumpía en la ciuda­dela de Nísibe el jinete romano y Juan victorioso golpeaba con su venablo las altas puertas de los persas.

 

Ante los ojos del emperador desfilan una tras otra todas las valerosas hazañas del fiel varón. Sopesa y examina sus empre­sas: cómo una concentración de enemigos había cercado Teodosiópolis con un difícil asedio; cómo él, atravesando veloz las sombras de la noche, vino a socorrer las murallas de la ciu­dad vacilante, entrando en las puertas amigas a través de los enemigos; cómo, aterrorizado, el poderoso Merméroes se ale­jó de aquellas murallas y cómo, más fiero por sus armas nume­rosas, se atrevió después a invadir Daras -cuya escarpada ciudadela rodea una muralla que se eleva hasta las estrellas y que gobernaba el general Juan con sus enseñas- y atacar las falanges latinas. Pero después que el general, vigilante, arreba­tó al enemigo la primera ciudad, persiguiendo a continuación a los que huían, toma primero posesión de los caminos y defien­de todos los campos, para que el atroz enemigo no los devasta­ra o dañara a alguien, y ocupa el primero la fortificación de ele­vada muralla. No soportó esperar más: pues inmediatamente, osando, más fuerte, atacar al enemigo en campo abierto, abatió en afortunado combate innumerables batallones, ilustres jefes y pueblos aliados. Puso en fuga a Merméroes, señor de los par­tos, que huía, vencido, por los campos. Entonces cada persa, te­miendo al romano que le perseguía, arrojó de su mano en mitad de los campos sus espadas y adornos resplandecientes. La espa­da oriental brilla sobre el campo de batalla y las ligeras vainas y las lanzas y escudos y penachos y los caballos yacen confun­didos con los cuerpos y los escuderos del general persa, sober­bios con sus armas. Y también él hubiera estado postrado en el campo de batalla si el magnánimo general no hubiera querido cogerlo vivo. Así pues, vencido, Merméroes vio la escarpada ciudadela cuando entró en ella en compañía de unos pocos hombres. Entonces de pie en medio del campo, bendijo al Se­ñor el sabio Urbicio, al que la corona imperial más poderosa del orbe tuvo entonces como primer súbdito y leal al imperio y que había enviado, elegido, a muchos territorios para conocer cuáles habían sido las causas de la cruel guerra. Éste, al ver a los vencedores romanos excitados y a los enemigos temerosos huir por los anchos campos, extendiendo las manos y levantan­do sus ojos al cielo, así dice complacido: «Gloria a ti siempre, Dios poderoso, porque finalmente merecí, después de tanto tiempo, ver a los persas vencidos por el valor de nuestro Juan».

 

 Mientras reflexionaba entonces el emperador en su ánimo una y otra vez sobre estas hazañas, juzga que sólo éste, por su pro­bada lealtad, puede defender a la oprimida Libia. Y sin más de­mora ordenó hacer venir al general desde los confines del mun­do. Éste, sereno, abandona las tierras enemigas para dirigirse a las aguas occidentales y en el breve espacio de un día obede­ció las órdenes de su señor y volviendo al instante victorioso pisó inmediatamente los umbrales de la dorada puerta roma­na. Complacido, permaneció ante los pies del emperador. Él con rostro sereno se volvió a mirar a su súbdito que se apresuró a dar besos solícitos a los bondadosos pies. Le ordena referir en pocas palabras los hechos de Oriente. Como se le ha ordena­do, notifica a los inalterables oídos las guerras que ha llevado a cabo. La corona imperial, complacida en su pupilo, desea que así venza siempre. Al instante lo envía a socorrer a Libia.

 

Preparativos para la flota

 

Por orden del emperador se cargan las naves de soldados, bagajes y armas y se envía al recluta inexperto que debe aprender a luchar bajo las órdenes del gran general que ganará la guerra. Ya un viento leve que soplaba sobre las velas hacía navegables las aguas en una época segura y Tetis, propicia para los marine­ros, aconsejaba la navegación.

 

Instrucciones del emperador a Juan antes de partir y despedida de ambos

 

Entonces el egregio emperador ins­truyó con inmensa benevolencia a su general, dirigiéndole estas palabras: «Nuestro estado recompensa con pre­mios dignos del esfuerzo demostrado, mientras sea yo el emperador, y ayuda a todos sin excepción y hace subir de puesto a cualquier hom­bre que siente acudir presuroso en defensa de sus tierras y sus pueblos. Ahora escucha mis palabras y conoce los asuntos de buen grado, reteniéndolos en tu mente. Llegó a nuestros oídos bajo cuántos peligros yace África, digna de compasión. La mi­sericordia empuja a socorrerla, en su agotamiento. Decidimos, y así pareció a nuestro ánimo, que tú, valerosísimo, podías ve­lar por Libia. Pon en marcha tus enseñas y sube veloz a las al­tas naves; alivia a los desgraciados africanos con tu acostum­brada valentía y abate con tus armas los ejércitos rebeldes de los laguantan y doblega el cuello colocado bajo nuestros pies, oprimido por tu valor. Conserva las antiguas leyes de los pa­dres, levanta a quienes están agobiados, derriba a los rebeldes. Éste es el afán de nuestra clemencia: perdonar a los que se so­meten; ésta la honra de nuestro valor: dominar a los pueblos soberbios. Estos preceptos míos, consérvalos en tu mente, fide­lísimo general. Que el resto esté en manos de Cristo, Señor y Dios nuestro, que todo restablece mejorándolo y que te guíe en todo con su favor. Que nosotros veamos tu honor aumentado justamente por tus méritos con mejores títulos».

 

 Cae ante sus pies y cubre de besos afectuosos las divinas plantas, regándolas con lágrimas. Paternal, el mismo empera­dor se entristeció al ver partir al general y el afecto conmovió el ánimo imperial.

 

Últimos preparativos de los marineros y partida de la flota

 

A continuación, dirigiéndose a la flota, el noble general exhorta a los marineros que dan gritos de alegría. Traen las naves de la playa; el primer tramo de mar es barrido por los remos que golpean una y otra vez las aguas; levan anclas rápidamen­te; se apresuran en medio de grandes gritos; aflojan las pesadas amarras con terrible rechinamiento y despliegan las velas. Y el aire mueve las naves, impulsándolas con soplo suave. Los bar­cos cubren el profundo mar y la superficie se oculta, ceñida por cientos de naves. Se intensifican los soplos favorables del co­ro propicio que empujan las naves: veloces, rasgan las aguas con sus broncíneas proas, surcan la superficie los espolones, el  agua espumosa murmura bajo las largas quillas.

 

Paso por Troya y recuerdo de los héroes homéricos

 

La flota atraviesa el estrecho de Tracia por una costa estrecha, allí por donde el mar separa Sesto de las llanu­ras de Abidos; vuela segura empujada por los vientos sobre las aguas del Sigeo y recorre la costa de la antigua y deplorable Troya. Enton­ces recitan los famosos versos del poeta de Esmirna y reco­nocen desde la alta nave los lugares de sus antepasados: aquí el palacio de Príamo, allí la casa de Eneas, que está retirada y ro­deada de árboles. Aquí el cruel Aquiles arrastró el cadáver de

Héctor en su carro veloz. En esta playa al gran Demóleo abatió, vencedor, nuestro antepasado Eneas con el que resplandecen las altas murallas de Roma y el excelso nombre del imperio y mantiene al ancho universo bajo el dominio del emperador. Y cantan todas las batallas de la guerra de Argos: cómo cayó Patroclo atravesado por la lanza de Héctor y el negro Memnón fue vencido por el golpe del Pelida y cómo lloró la Aurora la digna muerte de su poderoso hijo; cómo se desplomó la virgen guerrera Pentesilea en medio de sus tropas y en qué noche pereció Reso; cómo el joven Troilo se enfrentó con el fuerte Aquiles; conforme a qué ley cayó el vencedor herido por la fle­cha de Apolo y con qué herida murió atravesado el raptor Paris. y evocan después el último incendio de la exhausta Troya y la huida de Eneas: cómo entonces, tras perder a su esposa, se lle­vó con él en su barco, surcando veloz tantos mares azules, a su hijo, llamado con el ilustre nombre de Julo, y a su padre.

 

El hijo de Juan, se identifica con Julo, hijo de Eneas

 

Escucha el noble Pedro a los que narran las batallas. Al oír el ilustre nombre del niño Julo, su pecho infantil arde en un nuevo deseo de leer con la intención de conocer las guerras. Un profundo respeto le conmueve: se considera Ascanio, cree que su madre es Creúsa. Ésta era hija de rey: también su madre es hija de rey; entonces Eneas era el padre: y ahora es su padre el mismo Juan. Esto medita lleno de gozo, la alegría inunda su corazón; esto decía él mismo a su padre, esto decía a sus escla­vos, esto a todos por el mar cubierto de velas, Pedro, única sa­tisfacción de su ilustre progenitor, la otra esperanza para el Im­perio romano.

 

La falta de viento obliga a la flota a atracar en la costa de Sicilia

 

Se desliza la flota segura por el mar Egeo así como por las aguas del Adriá­tico y gracias a los vientos favorables surca más rápida alta mar. Apenas toca las costas sicilianas, el aire abandona las naves, el viento permanece callado y todo el mar se extien­de con aguas inmóviles; ni la más leve ola golpea la orilla. Se calló entonces la biforme Escila, se callaron los ladridos de los perros, el agua no obligó a las rocas a devolver, con un es­tremecimiento, los aullidos de los lobos. Aunque se unan aquí los extremos de una y otra tierra y ambas costas se agiten en un angosto estrecho, Caribdis, que nunca se aplaca, retuvo, inmó­viles, sus olas y no sorbió las claras aguas para volver a es­cupir1as. Caen las velas aflojadas y sin viento alguno que las hinche, se ataron a sus palos. Entonces, ordenando soltar los cables a sus aliados, les dice el general: «Entrad en el puerto tranquilo». Ante tales órdenes, rápidamente acuden volando los marineros sobre todos los aparejos: éste corre a soltar las velas, aquél recoge los pliegues; otro exhorta con agradables cantos a sus compañeros, alentándolos con su aguda voz. Los hombres se dan ánimos con sus gritos: la voz misma ayuda al esfuerzo, dando fuerzas y alegría a los marineros.

 

Se levanta el viento y la flota se pone en marcha de nuevo

 

Junto a las llanuras del siciliano Paquino se extiende Caucana, de curva­da costa, cuyo puerto hirió el ancla de la flota romana con corvo mordisco. Y   ya el Héspero encrespa las aguas del mar llenas de estrellas, llevando a la tierra la noche negra de sombras. Dormía entonces en su barco el noble general Juan, libre de preocupación, cuando el mismo timonel de su nave, vi­gilante, siente levantarse un suave viento. Corren aquí y allí los jóvenes veloces por todas las naves preparando los aparejos y desatan los cables que los unían a la costa, sin esperar las órde­nes del general. Los marineros alzan todas las velas, desplegán­dolas al viento.

 

 

 

Juan tiene dos apariciones

 

Ya la flota, empujada por los vien­tos, ganaba el mar abierto y surgía del lejano cielo la Aurora bañada de rocío, haciendo salir el día, cuando una si­niestra aparición, procedente de las tinieblas, surgió ante los pies del general. Parecía su rostro, es­pantoso por su negro color y sus ojos que daban vueltas cubiertos de llamas, el de un moro. Entonces comenzó a ha­blar así: «¿A qué costas diriges tu flota? ¿Crees que vas a atra­vesar el mar hasta Libia?». Como respuesta dice el general: « ¿Estás viendo atravesar el mar a nuestras naves y me lo pre­guntas?». Entonces la siniestra aparición con rostro amenazan­te, retorciendo los ojos espantosos por las apariciones inferna­les, «no atravesarás», le dice. Comprendió Juan que era el ángel maligno que fue precipitado del alto Olimpo. Y no temió, sin embargo, el rostro que imitaba fieros rasgos de hombre; lo sigue mientras huye e intenta darle alcance. Aquél delante, es­parciendo con su mano espesas tinieblas, impedía el paso al ge­neral con una negra nube de polvo. Pero por segunda vez baja del alto cielo un anciano de rostro sereno que vestía una túnica blanca y un manto resplandeciente y permaneció ante los ojos de Juan que buscaba sus armas; sujetó su mano y (esto) le dijo con santas palabras: «Que el arrebato no instigue tu corazón a una cólera tan grande; rechaza el mal con tu bondad; evita la disputa violenta con el maligno y no lo temas». A éste dijo el general: «Venerable padre y hombre de Dios, tú estás viendo al que se esfuerza y se empeña en cerrarme el paso». Entonces es­to dice el anciano de bondadoso espíritu: «¡Oh, afortunado! Si­gue nuestros pasos y camina teniéndome como guía». Hablan­do así, levantó sereno el resplandeciente fuego de su lámpara derramando una gran luz.

 

 

 

 

Se desata una tempestad: desánimo de los marineros ante el peligro

 

Es más, todos los timoneles enton­ces permanecen inactivos y con ánimos dudosos; huyendo, da la espalda al viento y reconoce que el auxilio de la técnica está vencido, sin saber adónde dirigir su barco. Las velas con sus plie­gues desgarrados no soportan el soplo del viento; nadie las ne­cesita: los marineros recogen todas las velas y abandonan al mismo tiempo las naves a los vientos y a las olas. En distintas direcciones se dispersa  por diversos puntos del mar, adonde los arrastra el azar y la fuerza del viento, errantes en la noche. La fortuna amenaza a los desgraciados con un duro naufragio. Creen que no queda salvación alguna y pierden la esperanza de vivir ante los inminentes peligros.

 

Plegaria del general

 

Gimió el general y entristecido ele­vó su pensamiento a los cielos; guiado por su devoción, como el mismo mie­do le dictaba, busca, con lágrimas que brotan de sus ojos, la ayuda de Dios y postrado comienza, suplicante, su oración con estas palabras: «Todopoderoso padre del Verbo y creador de las cosas, princi­pio sin fin, Dios, todo te reconoce como autor y señor y tiem­blan los elementos ante ti, su hacedor; los vientos y las nubes te temen, el aire te sirve y por orden tuya truena ahora el alto éter y se mueve la enorme maquinaria del universo sacudido. Tú eres sabio, padre venerable, Tú conoces todo de antemano: ni con deseo de riquezas, ni con afán alguno de lucro me veo obli­gado a venir a Libia, sino para poner fin a la guerra y salvar vi­das desgraciadas. Éste es mi único objetivo, ésta toda la aspira­ción de mi corazón. Aquí sólo me trae la-sagrada voluntad del emperador. Nuestro emperador gobierna con tu beneplácito. Él mismo reconoce que te debe justa servidumbre, como está esta­blecido; Tú a él nos sometes a todos y nos ordenas servirle; yo he cumplido tus preceptos. Propicio, vuélvete a mirar, padre santo, nuestro infortunio y socorre, aplacado y bondadoso, tan gran calamidad. Pero si sus faltas condenan, sometido a tu jui­cio, al pecador Juan, aplástame con cualquier otra muerte, pero perdóname ahora por mi querido Pedro». Al pronunciar este nombre se le ahogó la voz en la garganta, tembló su corazón de padre, más frías que el hielo desfallecieron sus piernas y sus manos; todos sus miembros vacilaron. Derrama entonces lágri­mas como las aguas de un río, elevando hasta los cielos gran­des gemidos.

 

Dios escucha la plegaria y aplaca la tormenta

 

Acoge el Señor el llanto y las pala­bras del que así ora: ordena aplacarse a los fuertes vientos y a la tormenta reti­rarse a la gruta de un monte. Huyen las nubes de ligero vellón. Vuelve el sol y el sagrado día resplandece en el claro cielo con una brillante luz. La firme voluntad divina aplaca la superficie del agua: soplaron vientos favorables. Alegres, se ponen en movimiento los marine­ros, llenándolo todo con sus voces; despliegan las velas quietas en sus mástiles y se hinchan los pliegues. Acogen entonces de to­das partes a las naves aliadas y resplandecen por todo el mar las velas. Ya vuelan más y más veloces y los soplos favorables em­pujan a las naves que surcan el azul en su carrera.

 

Juan divisa la costa de la tierra africana y ordena desembarcar

 

Al fin divisó el general a lo lejos la costa de la tierra abrasada, reconociendo las indomables riendas de Marte y no se trataba de una incierta visión -pues los incendios dicen la verdad-: los vientos revolvían las llamas, encrespándolas en un torbellino y el humo y la pavesa, volando más allá de las estrellas, esparcían por el alto cielo pequeñas chispas. Se eleva y ya hierve la llama en medio del cielo, envolviendo todos los árboles de la tierra incendiada. Una mies abundante se quema, madura en los cam­pos cultivados. Y todos los árboles sirven al fuego de alimento, que crece con el follaje, y se deshace consumido en cenizas.

 

 Desgraciadas ciudades se destruyen con sus habitantes asesina­dos y todos los edificios con sus techos arrancados son pasto de las llamas. No de otro modo lo hubiera incendiado todo Faetónte por todas las regiones del mundo con el carro que le fue injustamente concedido, arrastrado por caballos que vomitaban llamas, si el padre todopoderoso, compadecido de la tierra, no hubiera desuncido los caballos jadeantes con su extraordinario rayo, sofocando el fuego con el fuego.

 

El general ardió en deseos de socorrer a la desgraciada tie­rra, encolerizado, con más compasión que de costumbre, y regó con lluvia abundante sus mejillas. Ardió su valor con el habi­tual deseo de luchar y la ira le empujaba a dirigir sus pasos pre­cipitados en medio de las olas. Pero a su afán se opone su natu­raleza y el valor unido a la moderación que, dirigiéndolo todo y equilibrando lo glorioso con lo pequeño, gobierna las empresas de los hombres. Rápidamente ordena volver las naves hacia la costa y penetró gozoso en la conocida arena.

 

Descripción del lugar del desembarco

 

El mar no baña con aguas unifor­mes la costa de Bizacio, pues la tierra opone resistencia. Una parte, más lisa, por la suavidad de la marea, se ofrece como abrigo a las curvas naves: los fondos marinos forman un puerto tranquilo en extremo. Aquí no hay fuerza del noto capaz de encrespar las suaves olas ni el viento hace temblar la clara superficie del agua. A la otra parte la golpean las aguas y el mar al retirarse de la orilla ruge estrellándose contra los escollos: resuena el agua penetrando en las rocas, aquí y allá derramándose sobre las negras algas. Allí el hinchado bóreas y el euro más violento por sus tormentas re­vuelven el mar desde su fondo profundo. Entonces perecen las desdichadas naves con el cable roto por la fuerza del mar: a menudo se extendieron sobre los escarpados campos las tablas de la nave junto a las proas putrefactas que yacen sobre las hier­bas. Por esto temen el lugar los marineros y huyen de los horri­bles peligros para dirigirse a las aguas seguras de una zona tranquila.

 

Se recuerda una expedición de Belisario al mismo lugar en la que perdió la vida el hermano de Juan

   

En aquella costa había fondeado la flota romana en la época en que Beli­sario  pisó el suelo de Libia para do­minar el poder vándalo: los antiguos marineros llamaron a este puerto Punta de los Vados, por la distinta naturaleza de sus partes. Al venir aquí también soltó sus velas el noble ge­neral Juan, de idéntico valor. ¡Afortunado aquel lugar que fue abrigo seguro y propicio para la flota latina! Entonces el ancla, sujeta por su bocado, mantuvo a las naves seguras en la costa.

 

 Reconoció aquel puerto el valerosísimo general y, complacién­dose en el lugar, lo mostró con el dedo desde el mar, diciendo así a sus compañeros de buen grado: «Mientras las naves ven­gadoras ocupaban por primera vez estas tierras, yo mismo fui el primero en pisar la arena de esta playa, confiado en mis ar­mas juveniles: pues yo era uno de los capitanes. Cuando el pér­fido tirano Géilamir ostentaba el poder en los territorios de Libia, esta arena la pisó por vez primera la tropa romana y aquí bebió el agua de Libia; en esta orilla estableció entonces su campamento el ejército que venía con sus primeras armas.

 

 Aquel cerro a lo lejos, cerca de las aguas del mar, ¡.lo veis cómo crece y es aumentado por la fina arena que transporta el noto? Allí en lo alto colocó el general Belisario su tienda con todas las enseñas; en tomo a él se establecieron los capitanes junto con los oficiales. Yo acampé en este lugar acompañado de mi difunto hermano. ¡Ay, durísimo destino, enemigo de los gozos humanos! ¡Ay, cuántas alegrías de los hermanos que se aman arrebata la muerte brutal que llega de repente! ¡Con qué valor derribó encolerizado al enemigo aquel hermano mío! ¡Con qué prudencia, al ejercer el mando, conservó, benévolo, a sus alia­dos! ¡A qué gran hombre lloró el Estado! No arrebató el desti­no de la guerra a mi valeroso hermano que volviera tantas ve­ces vencedor del cruel enemigo. ¡Ay, muerte atroz, tú vences a los justos! Tú eras, Papo, para mí la imagen de mi padre y de mi hijo... el único consuelo digno de tanta desventura es que desprecias, victorioso, el agua de la Estigia. Estos lugares me han hecho recordar a mi difunto hermano, provocando mis lá­grimas. ¡Qué guerras llevó a cabo en el pasado aquel héroe! Que Dios mismo me secunde en mejores empresas. Sea ventu­roso este lugar, más que en aquel año, con la benevolencia di­vina. Pero mientras permanece inacabado este campamento, ante tanta amenaza de guerra, ¡a cuántos pueblos se les quita la posibilidad de salvación! Si la Victoria favorece a mis enseñas en la guerra, yo terminaré la fortificación iniciada en este lugar, reforzándola con dura piedra».

 

El ejército bizantino se traslada desde Cartago a los campos de Bizacio

 

Hablando así se compadeció de las ciudades desiertas de habitantes y de las casas vacías y lloró apiadándose de los desastres de Libia; ordenó desa­tar los cables de la playa y abandonó las velas al viento deseado. El tercer día ofreció ante la vista, después de tanto tiempo, las murallas de Cartago, devolviendo al general a la exhausta ciudad. Apenas había dejado la huella de su pie en la playa, ordenaba al ejército salir en dirección al campo y da orden a los capitanes de formar las tropas en apiña­das filas y avanzar en formación. Un profundo dolor provoca su ira: más aún, el sufrimiento ante la destrucción de la tierra que él mismo había conocido lo empuja a levantar el campa­mento. Obedeciendo a sus órdenes la tropa, despertando del sueño, va y viene agitada y todos los soldados, volviendo a co­ger las espadas, reclaman la batalla. Entonces los cantos roncos del retorcido bronce provocan el ardiente deseo de combatir. Y ya nueve escuadrones irrumpen en las anchas puertas y todas las murallas derraman tropas cubiertas de hierro: aquí avanza la caballería, una parte de la infantería se mueve lenta por mil di­recciones y gime la seca tierra, golpeada por los pies.

 

 Como el dueño de una hermosa parcela, cuando cambia de sitio las colmenas, ordena a la apretada multitud de abejas salir de los panales y avanzar en formación ante sus doradas tierras o si, provocada su ira casualmente por un jefe enemigo, prepara batallas o se apresura en alejar a los mezquinos zánganos y la tropa presurosa, obedeciendo a sus órdenes, deja las colmenas por numerosas entradas y salidas y con roncos chillidos llama al enemigo: no de otro modo salen los soldados a la llanura por toda Cartago, contentos de avanzar con los estandartes en alto.

 

 De aquí se encrespa una mies compacta de manípulos cubiertos de bronce: unos llevan aljabas y arcos, a otros les resuenan en sus anchos hombros las armas resplandecientes; brillan lanzas y escudos y las pesadas corazas y los penachos erguidos sobre la punta de los cascos. A continuación un extraño torbellino de oscuro polvo se levanta; la pezuña remueve la tierra pisoteán­dola continuamente y el polvo de la arena sometida arremolina el aire.

 

Entre los primeros, el general mismo va a caballo exhortan­do a sus filas e inflama, como de costumbre, a sus capitanes de­seosos de luchar recordando los antiguos combates llevados a cabo en Persia. No podría de otro modo excitar los espíritus de sus soldados sin alabar las empresas de la guerra. Así el mismo Júpiter, según dicen los antiguos poetas en versos paganos, mientras Flegra era ocupada por la cruel rebelión de los gigan­tes 42, daba a conocer la voluntad de los hados a la multitud de dioses: cómo podría derribar a los nacidos de la tierra con su rayo fulminante, con qué lanza desgarraría Marte las articula­ciones (del enemigo), a quiénes transformaría Palas en piedra, después de ver a Górgona; a quién daría muerte el arquero con abundantes flechas, a quiénes atravesaría la veloz Delia con su dardo.

 

Los romanos establecen su campamento en Antonia Castra. Discurso del moro Macco y respuesta de Juan

 

Y ya el ejército, apresurándose por las anchas llanuras de Bizacio, em­prendía el camino del lugar que llama­ron los antepasados Campamento de Antonio. Aquí, apenas asentó Juan su campamento, vinieron los embajadores del tirano. Hace llamar a éstos a su tienda el ilustre general pa­ra que le transmitan las disposiciones del cruel tirano. Entonces Macco, que hablaba la lengua latina, dice, obedeciendo a su or­den: «El noble jefe del aguerrido pueblo de los laguantan, el héroe Antalas, hijo de Güenfan, nos ordena decirte esto. Así que tú, Juan, a quien conoció la tropa masila en tiempos del cruel Solomón, que fuiste general cerca de nuestros territo­rios y en otro tiempo protegiste la costa lindante con el mar, ¿no oíste que cayeron los escuadrones de Solomon, todos por igual, en dura batalla y cómo llenó el río de muerte el ejércitos romano y cuántos hombres vuestros cubrieron, muertos, los campos y la gran derrota en la guerra de tu general? ¿Tú vas a atreverte a atacar a pueblos invencibles? ¿No conoces el valor en el combate del pueblo de los ilaguas, que tanto celebra la antigua fama eterna? Cuyos antepasados ya conoció en la gue­rra Maximiano, emperador que poseía el cetro de Roma sobre el orbe. Tú, con unos pocos soldados, tú que ya vas a morir, ¿te atreves a mirar mis escuadrones? ¿Vas a poder resistir nuestro ataque y mirar a la cara de mis hombres, general romano, en el campo de batalla? Mejor, date la vuelta, coge tus estandartes, emprende la retirada y guárdate de la muerte. Pero si piensas que puedes entablar batalla conmigo, si te agrada morir y ya te llama el día último, ¿por qué cansas a tus hombres? Contésta­me cuál es tu decisión y vendré a donde quiera que desees, para no hacer esperar al destino. Estas órdenes me dio nuestro jefe valerosísimo, tú da la respuesta que quieras».

 

Entonces sereno en su firmeza de carácter, sin encolerizarse contra el enemigo, dice el general: «No es necesario responder ahora al cruel enemigo. Debo meditar durante algunos días las instrucciones del feroz tirano y después os daré las mías». Ha­blando de este modo, ordenó tenerlos bajo vigilancia mientras preparaba valerosas empresas. ¿Quién pudo esperar que quedara una salvación para aquellos hombres? ¡Cuánta tolerancia la del gran general! ¡Cuánta su bondad y su moralidad en el man­do! Los corazones bárbaros se hinchan, inflamados por una có­lera desmesurada: éste actúa con clemencia, gobernando con dignidad romana. N o quiso castigar a los soberbios con una muerte inmediata, sino salvar a los humillados y aliviar a los sometidos. Así permanece y permanecerá siempre la virtud ro­mana: reprime y salva, promete el perdón desde la ira.

 

Se levanta el campamento de los romanos que avanzan hacia el enemigo. Discurso de Juan

 

Cuando Lucífero extendió sus ra­yos resplandecientes saliendo de las aguas del Océano, entonces el general da orden de levantar todo el campa­mento y de salir a las falanges en api­ñadas filas. Dando la señal, gime terrible, con espantoso canto, la trompeta de hueco bronce, arrojando del pecho el dulce sue­ño. Se dan ánimos los soldados -el clamor llena las tiendas­ y exhortan al compañero; entonces los escuderos arrancan la tela de las tiendas, fijada al suelo, traen de las altas caballerizas a los caballas adornados con placas de metal y recogen todas las armas. Pero cuando el ejército empieza a avanzar, formados los escuadrones, y a mostrar por la llanura las águilas victorio­sas, poniendo así orden a las preocupaciones en su corazón, siempre atento, advierte él mismo a sus capitanes, refriéndoles y mostrándoles la situación: « ¡Oh, ejército romano, oh, fidelísi­ma esperanza del Estado, oh, valor y honra del mundo, el más

 sólido sostén y lealtad del Imperio y recompensa a nuestras empresas, aunque bien conocéis la confianza que debemos po­ner en este pueblo, yo mismo os recordaré, sin embargo, las in­sidias, los engaños y las traiciones pronosticando lo que hay que temer y exponiendo lo que hay que hacer.

 

Las duras bata­llas nunca carecieron de malvadas traiciones: el ejército moro siempre combatió mediante insidias y acechó, confiado en dudosas armas; sólo el engaño mantiene a las fuerzas masilas y hace luchar a los cobardes, mientras las rocas ofrezcan escon­drijos en los más altos montes o los ríos de extensas orillas o el campo donde se extiende la verde oliva o los árboles de fron­dosa copa permiten al ejército permanecer escondido en el campo. Con estas astucias provoca el moro la lucha, de modo que, al aparecer de repente con rapidez, atemorice al enemigo desprevenido y lo asedie, inseguro, confiado en su número, en el terreno y en los caballos domados; entonces se envían mali­ciosamente unos pocos guerreros a los llanos campos para pro­vocar el combate y huyen al ser vistos para atraer a más enemi­gos. El moro blande lanzas con punta de hierro y no cesa de dar vueltas con su caballo domado; pero cuando se acerca el ene­migo, huye con habilidad para dispersar, astuto, las filas orde­nadas mientras lo persigue una tropa numerosa que se cree vencedora, extendiéndose en los campos en todas direcciones. Con estas estratagemas actúa el moro cobarde simulando la lucha, hasta conducir al ejército contrario en medio de los enemigos y lo encierra en valles sitiados. Entonces cuando se descubre el engaño, afloja las duras riendas y hace venir de todas partes a las bandas que permanecían ocultas. Él, que es presa de un mie­do atroz, huye en el primer tumulto: a éste, que el mismo miedo hace temeroso, abate el moro con duro golpe. Pero si valerosa­mente los soldados les hacen frente con firmeza, ninguna tropa perseguirá a quienes se atreven a luchar, sino que huirán vol­viendo los suaves cuellos de sus caballos: de este modo aban­donan el combate. Así cae el ejército que huye, así resiste el fume. Pues la fortuna abatirá a los cobardes y ayudará a los prudentes y valerosos: pues con frecuencia volvió a ver a muchos y cuántos obtuvieron la victoria de esos mismos peligros! Como deben ser los capitanes, prudentes, fuertes y fieros, que demuestre cada uno sus fuerzas en el momento crítico de la ba­talla. Que ésa sea la empresa digna de vuestro valor. Disponed las tropas en escuadrones y que avancen todas las enseñas en manípulos ordenados. Que se actúe sobre todo con la mayor prudencia, seguid, vigilantes, estas recomendaciones: de este modo venceréis a los enemigos. Que precedan los oficiales, ca­da uno en su orden, a la tropa y que mientras vayan los capita­nes a explorar los valles sospechosos y a preparar caminos ac­cesibles. Todo el ejército estará seguro con estas disposiciones: y el enemigo no vendrá por sorpresa al que es prudente y per­manece rodeado de los suyos; Pero si el ejército moro, acos­tumbrado a las oscuras trampas, ataca, antes un veloz mensajero a caballo lo traerá hasta mis oídos y hará apresurarse a las cohortes con cautela. Recordad esto, capitanes: confiad en la justa salvación».

 

 Esto dijo el general y el ejército lo acepta con palabras de aprobación: lo alaban, le aplauden y lo aprueban, se regocijan en su corazón y, alegres, ejecutan sus órdenes con solicitud.

 

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