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La presente obra es una traducción efectuada en forma desinteresada por varios miembros de la lista de correo Imperio Bizantino, coordinados por Damián Rodriguez del Carlo.


En memoria de Angel Eduardo Rodriguez (1940/2004)


 

The Crusades from the Perspective of Byzantium and the Muslim World

 

editado por Angeliki E. Laiou y Roy Parviz Mottahedeh

 

Publicado por

Dumbarton Oaks Research Library and Collection

Washington, D.C.

  

© 2001 Dumbarton Oaks

Trustees for Harvard University

Washington, D.C.

Printed in the United States of America

  

http://www.doaks.org/etexts.html

 


 

Las Cruzadas desde la perspectiva de Bizancio y del mundo musulmán

 

editada por Angeliki E. Laiou y Roy Parviz Mottahedeh

 

Traducción efectuada bajo la dirección de Damián Rodriguez del Carlo

 

 

 

Prólogo.

Traducción de Damián Rodriguez del Carlo

 

 

 

I Introducción

 

 

Historiografía de las Cruzadas. 

Giles Constable. Traducido por Javier Solís

 

 

 

II Cruzadas y guerra santa


  

La idea de la Jihad en el Islam antes de las Cruzadas. 

Roy Parviz Mottahedeh y Ridwan al-Sayyid. Traducción en Breve

 

Defensores de la Cristiandad: Guerra santa en Bizancio.  

George T.Dennis. Traducido por Carlos Miranda Jiménez.

 

 

 

III Acercamiento y actitudes

  

La tierra de la guerra: Europa en el ciclo del Héroe árabe.

M.C.Lyons. Traducido por Jorge Segovia

   

Bizancio a través del prisma islámico del decimosegundo al decimotercer siglo. 

Nadia Maria El-Cheikh. Traducido por Damián Rodriguez del Carlo

 

Las Cruzadas a través de los ojos armenios. 

Robert W.Thomson. Traducción en Breve

  

Latinos y francos en Bizancio: percepción y realidad del decimoprimero al decimosegundo siglo. 

Alexander Kazhdan. Traducción en Breve

  

¿La bestia salvaje del oeste?

Elizabeth Jeffreys y Michael Jeffreys. Traducción en Breve

 

Percepción bizantina de los errores religiosos latinos.

Tia M.Kolbaba. Traducido por Javier Solís

 

 

 

IV Las Cruzadas y la economía del Mediterráneo oriental

 

 

Funduq, Fondaco, y Khan en la estela del comercio y de la Cruzada cristianos.

Olivia Remie Constable, Traducción Carlos Miranda Jiménez.

 

Comercio bizantino con cristianos y musulmanes y las Cruzadas. 

Angeliki E.Laiou, con apéndice de Cécile Morrisson. Traducción: Amparo Gómez 

 

Patrones de la economía que cambian en romania latina. 

David Jacoby. Traducido por Malcolm.

 

 

 

V Arte y Arquitectura

 

 

Los Cruzados y el desarrollo del arte islámico. 

Oleg Grabar. Traducido por Juan Antonio Millán Crespo

 

El impacto de la arquitectura franca. 

Charalambos Bouras. Traducción en Breve   

 

Arte e identidad en la Morea medieval.

Sharon E.J.Gerstel. Traducido por Juan Antonio Millán Crespo

 


 

 

 

 

Prólogo

 

Traducido por Damián del Carlo.

 

 

Los estudios en este volumen se originaron en un simposio organizado por Roy P. Mottahedeh y por mí mismo, que tuvieron lugar en Dumbarton Oaks del 2-4 mayo de 1997. Durante los dos años anteriores, un número considerable de conferencias se habían planeado, para conmemorar el 900 aniversario del Concilio de Clermont y sus resultados. La mayoría de éstos se enfocó en las cruzadas desde el punto de vista de europa occidental. De hecho, la considerable y excitante erudición producida durante las recientes décadas ha tenido también, para una gran extensión, interés en los aspectos internos occidentales  de este movimiento. Notables excepciones han, por supuesto, existido. Todavía, nos parecía que había una necesidad de una conferencia que mirara la cruzada desde la perspectiva de esas áreas a la que había sido principalmente dirigida, a saber, las áreas musulmanas orientales y el Imperio bizantino.  

 

El simposio Dumbarton Oaks tuvo lugar en el 900 aniversario de la aparición de los ejércitos cruzados fuera de la ciudad de Nicea. Nuestro propósito era examinar varios problemas importantes que, de una manera u otra, han afectado los mundos bizantinos y musulmanes en el tiempo de la Cruzadas o debido a ellas. El movimiento que ha sido largo y  recurrente, nuestro tiempo de estudio se extendió hasta finales del siglo XIII. El primer ensayo publicado aquí analiza el desarrollo de la historiografía de las Cruzadas. Los otros ensayos discuten varios temas que van desde el problema de la guerra santa en Bizancio y el Islam hasta las preguntas de las actitudes y percepciones, el efecto que tuvo en el arte, y el impacto del las cruzadas en las economías del este. Nosotros ni esperamos ni planeamos un examen comprensivo del movimiento de las cruzadas visto desde Constantinopla, Bagdad o El Cairo. Más bien, nosotros esperamos que este volumen, contribuyera a la discusión vivamente erudita en las Cruzadas, estimule más amplias investigaciones en el desarrollo que comprometió al Mediterráneo oriental, tanto el cristiano como el musulmán, y al mundo islámico en general.  

 

Angeliki E. Laiou

 

Universidad de Harvard y Academia de Atenas 

 


 

La historiografía de las Cruzadas

 

Giles Canstable

 

Traducido por Javier Solís

 

 

I  El desarrollo de la Historiografía de las Cruzadas

 

Las Cruzadas fueron vistas desde su origen bajo distintas ópticas. Cada narración o referencia a las fuentes debe ser valorada de acuerdo con  el lugar, la fecha y el interés de quién la aporta[1]. Cada uno de los actores – él o ella- hizo su propia cruzada. Cada jefe tuvo sus propios intereses, motivos y objetivos, que competían unos con otros en jerarquía. Todos fueron denunciados por el emperador Alexio Comneno, cuya visión se recoge en la Alexiada escrita a mediados del siglo doce por su hija Ana Comneno.

 

El sultán turco Kilij Arslan las miró con toda naturalidad desde otra perspectiva. Como lo hicieron también las poblaciones autóctonas cristianas, especialmente los armenios y los pueblos de  los principados musulmanes en el Mediterráneo oriental. Los gobernantes de Edesa, Antioquía, Alepo  y Damasco e incluso más allá, en El Cairo y Bagdad tuvieron cada uno una posición propia en relación con las Cruzadas, según se refleja en las fuentes. A estas visiones hay que añadir las de los pueblos cuyos territorios atravesaron los cruzados camino a Oriente, en particular los judíos, que fueron perseguidos por los seguidores de Pedro el Ermitaño[2].

 

La historiografía de las Cruzadas comienza así con las primeras narraciones, sus orígenes y su historia. Además de algunos estudios de fuentes individuales y de un número considerable de bibliografías y de artículos bibliográficos[3], la historiografía ha tenido poca atención por parte de los académicos. Las únicas obras generales son los apéndices a la primera edición de Geschichte des ersten Kreuzzugs de Heinrich von Sybels, aunque no están en la segunda, publicada en Dusseldorf en 1841 y traducida al inglés en 1861, así como los dos volúmenes en ruso de M. A. Zaborov bajo el título Vvedenie v istoriografju Krestovykh pokhodov (Introducción a la historiografía de las Cruzadas), que trata de las fuentes medievales la Istoriografja Krestovykh pokhodov (XV-XIX vv (historiografía de las Cruzadas. Siglo XV – XIX), publicados en Moscú en 1966 y más recientemente en 1971[4]. A esto hay que añadir un extenso artículo, parcialmente historiográfico y parcialmente bibliográfico, de Laetitia Boehm, titulado Gesta Dei per Francos'-oder 'Gesta Francorum'? Die Kreuzzüge als historiographisches Problem, así como el capítulo de The Crusading Movement and Historians de la obra en seis volúmenes Oxford Illustrated History of the Crusades [5]. Es interesante y no falto de significado que no haya un tratamiento sistemático de la historiografía en las historias de las Cruzadas de René Grousset, Steven Runciman y Hans Eberhard Mayer. Tampoco en los seis volúmenes de la obra colectiva editada por Kenneth Setton.

 

La historiografía de las Cruzadas miradas desde Occidente, que es el objetivo de este artículo, se puede dividir en tres períodos, de los cuales el primero y más extenso va desde 1095 hasta finales del siglo dieciséis. El segundo se extiende por los siglos dieciséis y diecisiete y el tercero arranca en los albores del siglo diecinueve y termina en el siglo veinte.

 

Hay un traslape entre los períodos, pero desde un punto de vista amplio, durante el primero, el Islam es percibido como una amenaza permanente para Europa occidental y la defensa de la Cristiandad como un deber. En el segundo, los cruzados son más asunto del pasado,  pero un pasado teñido por valores confesionales o racionalistas. Estos cambian en el tercer período, en el que las Cruzadas son objeto de investigaciones académicas serias, no siempre imparciales. Este tercer período irrumpe en medio del siglo diecinueve, en el que las Cruzadas eran generalmente bien vistas, y del siglo veinte, cuando se desata una oleada de críticas y, más recientemente, una creciente división entre la visión académica y la visión popular.

 

Todavía hoy el interés en las Cruzadas está bajo la influencia de intereses políticos e ideológicos, tomando también en cuenta las consecuencias del colonialismo europeo, las tensiones entre las sociedades orientales y occidentales, especialmente en el Cercano Oriente y, más ampliamente, la legitimidad de usar la fuerza para alcanzar objetivos justos y válidos [6] .

 

Esto tiene que ver con el cambio de actitud que pasa de una mirada favorable a las Cruzadas en el siglo diecinueve y principios del veinte a otra visión más crítica e incluso hostil. Steven Runciman, en la conclusión de su Historia de las Cruzadas, las califica como episodio trágico y destructivo y dice que la guerra santa en sí misma no fue otra cosa que un acto de intolerancia perpetrado en nombre de Dios, lo cual es un pecado contra el Espíritu Santo [7] . Geofrey Barraclough se hace eco de esta visión en 1970: ya no miramos a las Cruzadas... como un gran movimiento de defensa de la cristiandad occidental, sino como la manifestación de un nuevo espíritu violento, agresivo, que se ha convertido en el sello de la civilización occidental. Ya no miramos a los estados latinos de Asia Menor como avanzada de civilización en el mundo de los no creyentes, sino en forma radical como centros inestables de explotación colonial.  Atribuye este cambio en  nuestro veredicto de las Cruzadas a nuestra experiencia de guerra total y de nuestra suerte de vivir en una era termonuclear. La guerra es siempre el mal, aunque a veces sea un mal inevitable. La guerra santa es el mayor de los males[8]. John Ward describió las Cruzadas en 1995 como movimiento violento de la supremacía blanca[9]

 

Esta visión es ahora común en obras destinadas al público común, inclusive en presentaciones y películas populares. Una hoja distribuida en Clermont, durante la conferencia llevada a cabo en 1995 para conmemorar convocatoria de la Primera Cruzada, empezaba así: Las Cruzadas.¿Lo quiso Dios?, parafraseando la consigna de Deus le volt.  Y continuaba preguntando: ¿Puede la Iglesia recordar las Cruzadas sin pedir perdón? Y exhortaba al Papa a declarar que ninguna guerra puede ser santa ni que se puedan perdonar los pecados matando paganos.

 

Según esta óptica, las Cruzadas fueron inspiradas por la codicia y el fanatismo religioso y los musulmanes no fueron más que  las víctimas inocentes de una agresión expansionista. Hoy muchos académicos, sin embargo, rechazan este juicio adverso y enfatizan el carácter defensivo de las Cruzadas tal y como fueron percibidas por sus contemporáneos, que creían que la cristiandad  estaba amenazada por enemigos que ya habían destruido mucho del tradicional mundo cristiano, incluyendo Jerusalén y Tierra Santa, y que se erguía como amenaza ante lo que quedaba.

 

Casi todos los historiadores y cronistas de las expediciones que después se llamaron Primera Cruzada las consideraron como la respuesta a la amenaza musulmana a los santos lugares y a los pueblos de Oriente[10]. Escribieron, sin embargo, bajo distintos puntos de vista y usaron diferente terminología y diferentes pasajes bíblicos[11]. Guibert de Norgent explota los aspectos apocalípticos y milenaristas y Ekkehard de Aura los fenómenos físicos y sobrenaturales que precedieron y acompañaron la cruzada. Muchos escritores crearon sus propios héroes. El papel de Godofredo de Bouillon y de Pedro el Ermitaño fue central para Alberto de Aquisgrán; Bohemundo de Táranto lo fue en el anónimo Gesta Francorum; para Rafael de Caén fue su sobrino Tancredo; Raimundo de San Gil, para Raimundo de Aguilers; Balduino de Boloña, para Fulco de Chartrers; y Godofredo de Bouillon de nuevo para toda la épica cruzada que dominó la percepción popular hasta avanzado el siglo diecinueve. Odón de Deuil en su historia de  la Segunda Cruzada, concentrada en las actividades de Luis VII de Francia y las narraciones de la Tercera Cruzada en la Histoire de la Guerre Sainte  de Ambrosio y en el Itinerarium regis Ricardi exaltan las proezas de Ricardo I de Inglaterra. El más grande de todos los historiadores de las Cruzadas, Guillermo de Tiro, escribió su Cronicon desde el punto de vista de un cristiano latino nacido y radicado en Oriente con el fin, dijo, de recordar para la eterna memoria de la fe en Cristo el modo en que Dios quiso acabar con la prolongada opresión de su pueblo[12].

 

Inocencio III se pregunta en la bula Quia major que convoca a la cruzada de 1213, cómo podría alguien saber que sus hermanos, cristianos de fe y de nombre, guardan severa prisión entre los pérfidos sarracenos y yacen sometidos bajo el yugo de la esclavitud, y no emprender acciones efectivas para su liberación... Es cierto que los pueblos cristianos ocuparon casi todas las provincias de los sarracenos hasta el tiempo del bienaventurado Gregorio[13]. Más sorprendentemente, el magnate castellano del siglo catorce, don Juan Manuel, escribió en su Libro de los estados que los musulmanes habían conquistado y ocupado muchas tierras que pertenecían a los cristianos que habían sido convertidos a la fe de Jesucristo por los Apóstoles. En este relato se explica que hay guerra entre musulmanes y cristianos y la habrá hasta que los cristianos no hayan recuperado las tierras que les arrebataron los musulmanes,   

 

Porque no habría guerra entre ellos si sólo se mirara a la ley o a la religión (secta) que siguen[14].

Es cierto que la meticulosidad y el realismo de este punto de vista puede ser cuestionado,  porque ignora la actitud de la mayoría de los cristianos en la Edad Media y durante todo el período de la historiografía de las Cruzadas. Muchos estudiosos han puesto de relieve la importancia de la doctrina de los territorios  irredentos como motivo de las Cruzadas. Entre ellos están algunos islamistas como Norman Daniel, que opina que toda referencia cristiana a territorios que alguna vez  habían sido cristianos, particularmente Tierra Santa, debe entenderse  bajo el supuesto de que  se trata de provincias perdidas que pertenecen por derecho a la iglesia latina[15]. El proceso de lo que se ha llamado la fabulación de la Primera Cruzada, por el que ésta resulta una obra de imaginación colectiva más que una realidad histórica[16] se puede percibir ya en las primeras narraciones que reflejan la visión de la Cruzada tal y como se desenvolvió y quizá tal y como debió haber sido, más que como la vemos hoy en día. Esas narraciones surgieron bajo el impacto de la toma de Jerusalén y el surgimiento del Reino Latino y los estados cruzados, que eran el signo respectivamente del triunfo y de la permanencia del dominio[17]. Esto se pude comprobar en la referencia que hacen Guibert de Nogent, Baldrico de Bourgueil y Roberto de Rheims del Gesta Francorum; así como la que hace Guillermo de Malmesbury de Fulcher de Chartres y Alberto de Aquisgrán del Liber christianae expeditionis pro ereptione, emundatione, restitutione Sanctae Hierosolymitanae Ecclesiae, que se escribió hacia 1130 y fue considerado por mucho tiempo el relato más confiable sobre las Cruzadas, pero que depende ampliamente de leyendas materiales, especialmente relativas a Pedro el Ermitaño. Caffaro de Caschifellone,   que escribió a mediados de 1150, además de reinvindicar la contribución genovesa a la Primera Cruzada, ve sus orígenes en la visita que hizo a Jerusalén Godofredo de Bouillon, quien a su regreso se asoció con Raimundo de San Gilles y otros once caballeros (entre los que estaba uno a quien se le apareció el Arcángel San Gabriel), para rescatar el Santo Sepulcro de los musulmanes[18]. La historia de las Cruzadas se convierte por lo tanto en parte de la propaganda, tanto oficial como popular, inherente al movimiento cruzado[19] y  es muchas veces imposible distinguir con claridad entre las que se llamarían fuentes primarias y los relatos secundarios, porque la preocupación histórica de hoy sobre los autores está traslapada. Según Riley-Smith, hacia 1140 las experiencias de las generaciones anteriores sobre las Cruzadas y el orgullo que generaban se habían bloqueado firmemente  en la memoria colectiva de alguna parentela [20]. El Papa Eugenio III dice en el principio de Quantum predecessores, que abrió la Segunda Cruzada, que sabemos por las crónicas de nuestros antepasados ... y vemos en sus hazañas cuánto se esforzaron nuestros predecesores los romanos pontífices por la libertad de la iglesia de Oriente, y avanza diciendo que Urbano II resonando como una sagrada trompeta aunó a los hijos de la Iglesia romana desde varias partes del mundo para liberar a Jerusalén y al Santo Sepulcro del dominio de los paganos[21].

 

La visión de las Cruzadas que se encuentra en crónicas escritas más tarde en la Edad Media es ampliamente tributaria de la fuente utilizada, aunque siempre se las presenta como una respuesta a ataques externos de los musulmanes o los paganos o como amenazas internas de cisma o de herejía. Las victorias turcas del siglo quince estimularon eel interés en las Cruzadas entre escritores que aunque parecían tratar del pasado, en realidad estaban preocupados por el presente[22]. La devoción de Felipe el Bueno de Borgoña a la Tierra Santa estaba inspirada en la ambición política tanto como en la piedad personal y la imagen de sí mismo como sucesor de Godofredo de Bouillon se vio fortalecida por la lectura de la épica vernácula de las Cruzadas[23]. Eneas Silvio, el futuro papa Pío II, no fue más allá en las referencias a las Cruzadas que la descripción contenida en las Décadas de Flavio Biondo y se refirió a los cruzados como a nuestros cristianos. La Historia Gotefridi seu de bello a Christianis contra barbaros gesto pro Christi sepulchro et Judea recuperandis, de Benedicto Ascolti, que apareció en 1464, fue usada para promover una cruzada contra los turcos, que se habían apoderado recientemente de Constantinopla. Se le incluyó, presumiblemente por esta razón, entre las fuentes primarias en el Recueil des historiens des croisades[24]Ascolti y otros historiadores humanistas esperaron encontrar en las crónicas de las anteriores cruzadas, especialmente en la Primera, tanto guía como inspiración para la campaña de su tiempo contra los turcos. Hasta el cronista judío Joseph ben Joshua ben Meir, que escribió en la primera mitad del siglo quince, quería que los hijos de Israel supieron todo los que ellos (los cristianos) nos han hecho a nosotros y veía en los musulmanes un instrumento de la venganza divina contra los cristianos[25]. En el siglo dieciséis se tendió a ver las Cruzadas como cosa del pasado y a ser tratadas como parte de la historia nacional, pero la ideología de cruzada se mantuvo viva no sólo gracias al avance de los turcos, sino también a la guerra de religiones. Etienne le Blanc escribió un ensayo en 1522 para demostrar que Luis IX no destruyó el reino (de Francia) por sus sacrosantos viajes a ultramar;  y hacia el final del siglo FranVois de la Noue y René de Lucinge echaron manos de la retórica cruzada en sus polémicas contra los turcos[26]. Tanto católicos como protestantes se ven a sí mismos como soldados de Cristo que libran una guerra santa en defensa del cristianismo contra las fuerzas del mal[27]. El Papa Gregorio XIII en 1580 ofreció a los irlandeses que participaran en la expedición contra la reina Isabel I de Inglaterra[28] la misma indulgencia que se ofrecía a los cruzados en Tierra Santa. Los ecos de la ideología de cruzada contuaron en el siglo diecisiete, como sucedió en la guerra civil en Inglaterra y posteriormente en los tiempos modernos cuando una empresa ideológica se podía llamar cruzada, como sucedió con la Cruzada de Jorge el Grande y la Cruzada de Dwight Eisenhower en Europa.  La realidad cambió después de la Batalla de Lepanto en 1571. Sin embargo, la amplia repercusión de la narración de ficción sobre la Primera Cruzada de Torcuato Tasso, La Gerusalemme liberata, que se publicó en 1581, muestra cuánto se había alejado la historia del realismo de los hechos para apegarse a la fantasía, en la que se refugió  la conciencia popular hasta bien entrado el siglo diecinueve[29].

 

Mientras tanto, ya el segundo período de la historiografía de las Cruzadas había aparecido en escena, a través de la publicación de la importante colección de fuentes primarias sobre las Cruzadas, editada por Jacques Bongars, bajo el título Gesta Dei per Francos sive orientalium expeditionum et regni Francorum Hierosolimitani historia y en 1639 Historie of the Holy Warre de Thomas Fuller, que ha sido calificada, a pesar prejuicios que contiene, la primera historia general de las Cruzadas, porque las ubica enteramente en el pasado y al mismo tiempo cuestiona su legitimidad[30].

 

Hay un magnífico frontispicio (Fig. 1) en el que aparecen varios grupos de cruzados de regreso a Europa desde una Jerusalén devastada por los ataques del ángel (debido a su perfidia y falsedad), los turcos y la muerte. Tiene un poema explicativo igualmente magnífico, firmado sólo con las iniciales J.C., que concluye: los que escaparon volvieron a casa tan llenos de aflicción como con saco vacío.

 

Fuller fue un ministro protestante que escribió con fuerza desde una óptima  anticatólica. Todo lo contrario que Luis de Mainburgo, cuya historia de las cruzadas en clave pro católica vio la luz hacia 1670, con una dedicación a Luis XIV, y que fue sucesivamente reimpresa y traducida a distintas lenguas. Esta obra se distingue, según Von Sybel, por la autoestima del autor, su religiosidad y una característica de sentido modernidad.  Su balance entre entusiasmo y  escepticismo fue remplazado en el siglo dieciocho por una acelerada y fuerte oposición[31]. Para los escritores racionalistas de todo pelaje en el Siglo de la Luces, las Cruzadas estuvieron inspiradas en el celo religioso, motivos seculares e interferencia religiosa en asuntos civiles. Voltaire, en su libro sobre las Cruzadas publicado en 1751 y que fue incorporado (con algunos cambios) en su   Essai sur les moeurs , tilda a los cruzados de aventureros y bandidos que estuvieron motivados por la sed de  pillaje[32]. Para Edward Gibbon la norma de los cruzados era el fanatismo salvaje, aunque expresa una contenida admiración por su espíritu de proeza[33]. Los escritos históricos de la Ilustración, dice Boehm, no tuvieron más que solo enfoque de las Cruzadas del que sólo lentamente se liberó el siglo diecinueve[34] y que persistió por largo tiempo tanto en Europa como en los Estados Unidos. Ralph Waldo Emerson consignó en su diario en 1826 que en la opinión pública, las Cruzadas ocuparon un lugar entre los monumentos a la locura y la tiranía. Escribió asimismo a Charles Emerson en 1828 acerca del  estridente y demoniaco ruido  de una voz fanática que grita “es la voz de Dios[35].

 

Ya para ese tiempo la orientación de la opinión había cambiado en Europa,  adentrándose en el tercer período de la historiografía de las Cruzadas. Surgió una nueva actitud de simpatía hacia la Edad Media, que incluía a las Cruzadas, a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, bajo la influencia del romanticismo y del nacionalismo. Se puede comprobar en su reflejo en la literatura, el arte y la música, especialmente en las novelas de Sir Walter Scott, de las cuales algunas tratan de las Cruzadas mismas[36]. Éstas eran una guerra santa para purificar la Tierra Santa, para Thomas Rowley, y una respuesta al llamado de la piedad y el honor, para Kenelm Digby, que se convirtió al catolicismo en 1825 y cuyo Broad Stone of Honour, publicado en 1822, fue ampliamente leído en el siglo diecinueve[37]. Al entusiasmo por la literatura medieval en Francia en ese tiempo se le llamó una revolución mitológica. El tema de las Cruzadas se hizo presente con frecuencia tanto en la literatura como en el arte[38].

 

En lo que se refiere a los escritos históricos, este cambio estuvo marcado por la aparición de dos historias de la Cruzadas en varios volúmenes. Una en Alemania  y la otra en Francia. La primera, de Friedrich Wilken fue publicada entre 1807 y 1832 y mantiene todavía valor académico. La segunda, de J.F. Michaud, apareció entre 1812 y 1822 y ha sido reimpresa varias veces, inclusive en una edición en París en 1877 con una serie de ilustraciones hechas por Gustave Doré, que marcaron en Francia un punto culminante en el entusiasmo religioso y nacionalista por las Cruzadas[39]

 

La decisión del rey Luis Felipe de incluir los apellidos de los franceses que participaron en las Cruzadas en la Salle des Croisades de Versalles produje un movimiento de olvido de algunas instituciones cruzadas, que ocasionalmente aún desorientan a los historiadores[40]. Un trabajo académico más serio fue motivado por los tres volúmenes de documentos de prueba que acompañaron la obra de Michaud y todavía más por los cuatro volúmenes de fuentes traducidas, incluida una del árabe. El Recueil des historiens des croisades, que incluye la edición de fuentes primarias en latín, griego, árabe, armenio y francés arcaico y que se mantiene como rutinaria referencia, fue apadrinada oficialmente por la  Académie des Inscriptions et Belles lettres en 1824[41].  Avanzados los años 1830s, Leopoldo von Ranke dio el primer impulso a un examen crítico de las fuentes sobre las Cruzadas en su seminario en la Universidad de Berlín y su estudiante Von Sybel puso el estudio de la Primera Cruzada sobre una nueva base académica  en  su  Geschichte des ersten Kreuzzüges, que incluye, como se mencionó arriba, el primer estudio historiográfico de consideración sobre las Cruzadas[42].

 

En la segunda mitad del siglo diecinueve estos estudios continuaron floreciendo en Alemania, donde aparecen nombres como el de Reinhold Röhricht y Heinrich Hagenmeyer. En Francia, Paul Riant fundó la  Société de l'Orient latin en 1870. Investigadores de Inglaterra e Italia aportaron también importantes contribuciones. Más tarde también en Estados Unidos, donde Dana C. Munro promovió ampliamente el estudio de las Cruzadas[43]. La primera tarea de estos investigadores fue preparar ediciones críticas de las fuentes, certificar su valor y establecer los hechos históricos. Esto allanó el camino para la aparición en la primera mitad del siglo veinte de algunas historias generales nuevas, dirigidas tanto al publico como a los académicos.

 

Las más influyentes de éstas fueron dos obras, ambas en tres volúmenes, respectivamente de René Grousset, publicada entre 1934 y 1936, y de Steven Runciman, cuya History of the Crusades fue completada en 1954. Éstos son básicamente trabajos narrativos, pero tanto Grousset en su condición de orientalista como Runciman en la de bizantinista ven las Cruzadas en términos de relaciones Oriente-Occidente, cristianos-musulmanes, latinos-griegos[44]. La nueva e internacional Society for the Study of the Crusades and the Latin East  se ha reunido en Cardif, Jerusalén, Siracusa (N.Y.) y Clermont-Ferrand.

 

Mientras tanto, un grupo de académicos americanos con base en la Universidad de Pensilvania y luego en Wisconsin, emprendió colectivamente la elaboración una historia de las Cruzadas de gran envergadura, que se publicó en seis volúmenes en 1955 y 1989. Es interesante seguir el itinerario de esta obra desde su concepción en 1930 y 1940 hasta su terminación y comparar su difusión con la otra, más corta pero también colectiva, titulada Oxford Illustrated History of the Crusades, que trata detalladamente los hechos de cada cruzada hasta el siglo quince y tiene un volumen sobre el arte y la arquitectura y sobre su impacto tanto en Oriente como en Occidente. El plan original era dedicar el quinto volumen a las instituciones políticas y económicas,  la propaganda, las misiones occidentales, las minorías religiosas y las historia social. El sexto debería contener un atlas y un diccionario geográfico. Pero la obra terminó por incluir todo esto en un solo volumen, incluyendo un capítulo sobre numismática y una larga bibliografía, además de otros temas. 

 

Este amplio tratamiento dado a las últimas cruzadas medievales, al arte y a la arquitectura y al impacto que produjeron en Oriente, se reflejaron en el desarrollo de los nuevos estudios durante el final del siglo diecinueve y comienzos del veinte[45].

 

La Historie  de Oxfort dedica aún más espacio a las Cruzadas de la última Edad Media, a las órdenes militares ( a las que Wisconsin dio poco espacio, con excepción de un capítulo a las caballeros teutónicos) y sobre todo a la ideología y a la espiritualidad cruzadas. Éstas han despertado gran interés entre los historiadores de las Cruzadas desde la publicación en 1935 de Carl Erdmann  Entstehung des Kreuzzugsgedankens , que apareció en inglés en 1977 como  The Origin of the Idea of Crusade[46].

II

Tendencias actuales de la historiografía de las Cruzadas

 

El libro de Erdmann ha cambiado la dirección de los estudios sobre las Cruzadas, más que cualquier otro libro escrito en el siglo veinte[47]. Se inició como teólogo, estudió con Paul Joachimsen en Munich y trabajó para las series de Papsturkunden y para Monumenta Germaniae Historica. A partir de allí combinó la intelectualidad de la tradición de estudios históricos alemanes o Geistesgeschichte, que enfatiza las ideas que subyacen en los hechos observables de la historia, con un severa crítica de las fuentes. No estuvo solo en este interés y en esta visión. Etienne Delaruelle y Paul Alphandéry en especial, escribieron en líneas paralelas casi al mismo tiempo que Erdmann, aunque sus trabajos salieran después. La serie de artículos publicados por Delaruelle entre 1941 y 1954 bajo el título Essai sur la formation de l'idée de croisade y reeditados en 1980 tuvieron origen en una tesis presentada en el Instituto Católico de Paris en 1935, el mismo año en que apareció el libro de Erdmann[48]. Los dos volúmenes póstumos de Alphandéry sobre La chrétienté et l'idée de croisade, publicados en 1959, se basaron en sus lecciones en la École des hautes études, hasta su muerte en 1932[49]. En cuanto historiador de la religión, Alphandéry estaba interesado en el aspecto de espontaneidad y carisma de las Cruzadas, cuya esencia le pareció encontrar en la expedición de Pedro el Ermitaño y en las llamadas cruzadas populares. A este aspecto habían dedicado las historias de Wisconsin y Oxfort comparativamente poca atención, con excepción de un capítulo sobre las Cruzada de los Niños en la historia de Wisconsin.

 

Los contemporáneos de las Cruzadas en su mayor parte no tuvieron un concepto claro de la ideología que las subyacía, de lo que estaba por debajo de la superficie de los acontecimientos. Ni siquiera hubo un término único de aceptación general para las Cruzadas[50]. En sus orígenes y ciertamente a través de toda la Edad Media, lo que nosotros llamamos Cruzadas se designaba normalmente con términos tanto latinos como vernáculos que indicaban viaje o movimiento, tales como peregrinatio, iter, via, expeditio y más tarde passagium. Los verbos correspondientes, a menudo estaban combinados con una referencia a Jerusalén, el Santo Sepulcro, Tierra Santa, la Cruz y en lengua vernáculo con ultramar o übermeer. Generalmente expresaban un compromiso o deseo religioso (negotium, bellum, causa, opus, voluntas o más tarde simplemente crux) y se referían a su carácter sagrado, Dios, Cristo o Jerusalén. Los primeros cruzados eran designados con frecuencia como portadores de la cruz[51]. La cruz no se convirtió en la marca de las Cruzadas, como algo distinto de la peregrinación, sino hasta el final del siglo doce. El primer uso conocido del término cruzada se registra en España y en el suroeste de Francia a principios del siglo trece, aunque no fue común, como tampoco croiserie o croisade. En inglés la palabra crusade  tampoco  fue común hasta el siglo dieciocho[52]. El propagandista francés de las Cruzadas en el siglo catorce, Philippe de Mézière llamó a las Cruzadas la caza de Dios... para obtener un rico precio[53]. En el siglo diecisiete para Fuller fue simplemente una guerra santa. Los que tomaban parte en las Cruzadas normalmente son designados en las primeras fuentes como peregrinos o simplemente cristianos. También, dependiendo del escritor, como milites Dei o Christi, pauperes, Hierosolimitani; más tarde, cruciferi y crucesignati, aunque algunos de estos términos se aplican a los peregrinos. En las antiguas fuentes francesas a los cruzados se les llama pélerins, croisés o francos. Colectivamente eran populus, plebs, gens, militia exercitus Dei; sus enemigos eran  infideles, barbari, pagani. Nada en esta terminología permite distinguir claramente a las Cruzadas de las peregrinaciones. Ofrecen muy poco o ninguna guía al investigador que busca cómo caracterizar las Cruzadas. Los que buscan una definición rigurosa aceptan comunmente las expresiones de tomar la cruz, hacer votos, recibir del Papa privilegios espirituales y materiales, aunque permanezca en la incertidumbre si el perdón de los pecados se aplica tanto a penas eternas como temporales. No están de acuerdo, sin embargo, en el objeto central de las Cruzadas. Los llamados tradicionalistas sostienen que la verdadera cruzada debe estar dirigida a Oriente, sea para prestar allí ayuda a los cristianos, sea para liberar a Jerusalén o al Santo Sepulcro[54]. Para los  llamados pluralistas el rasgo característico de las Cruzadas, cualquiera que sea su objetivo, es la autorización papal. Los tradicionalistas preguntan ¿a dónde va la cruzada?, para contestar inmediatamente que hacia Oriente. Los pluralistas, por otra parte, preguntan ¿cómo se inicia y se organiza una cruzada? y llegan a identificarla no sólo geográfica sino también cronológicamente, incluso hasta tiempos recientes[55].

 

Ambos grupos contemplan problemas actuales. Los tradicionalistas rechazan e llegan incluso a mirar como una corrupción de su legitimidad  cualquier cruzada no dirigida al Oriente, incluso aquellas realizadas en España o en el Norte de Europa. Lo mismo piensan de cualquier campaña contra heréticos, cismáticos u otros enemigos de la Iglesia convocada por el Papa y premiada con privilegios espirituales. Esas campañas, sin embargo, no presentan problemas para los pluralistas, que no tienen dificultad con su definición de cruzada popular, que definen como no autorizada ni promovida por el Papa, pero que reúne las otras características esenciales de cruzada[56]. Ambos bandos mantienen dudas sobre las llamadas precruzadas o protocruzadas, que no fueron dirigidas hacia Oriente ni estuvieron promovidas por el Papa. Yo mismo he sido catalogado entre los pluralistas debido al artículo en el que demostré que en ese tiempo los contemporáneos veían las expediciones contra los sorabos y contra los musulmanes de la península ibérica como parte de la Segunda Cruzada[57]. Pero mantengo mis dudas en cuanto a excluir las cruzadas populares o a negar que el requisito esencial era estar orientada espiritualmente hacia Jerusalén.

 

Von Ranke fue el primero, hasta donde sé, en distinguir lo que él calificó como el llamado jerárquico u oficial del impulso (moment)  popular[58]. Erdmann también acepta la distinción fundamental entre el origen jerárquico de las Cruzadas y el popular. Usa el término Ideen, para enfatizar la ideología, en vez del de moment  empleado por Von Ranke[59]. Tanto los tradicionalistas como los pluralistas tratan de ver el lado oficial de las Cruzadas, pero otro grupo de académicos se alinean con lo que se podría llamar una definición espiritual o sicológica, que pone el énfasis en el espíritu interior y en los motivos de las Cruzadas y de sus dirigentes. Alphandéry sostuvo que en Occidente las cruzadas fueron un proyecto impulsado por fuerzas escatológicas, la idea de la  inminente venida del Anticristo, la conquista de los últimos días, la creencia en la habitación de los santos en Jerusalén[60].

 

Para Delaruelle la cruzada fue un milagro permanente que  originalmente se presentó como un momento de exaltación colectiva, como un hecho profético por el que un hombre de Dios anuncia a todo un pueblo que la hora ha llegado, como el encuentro con el Salvador..., un momento privilegiado que no tiene mañana[61].

 

Estos autores y sus seguidores ven en las Cruzadas un mar de fondo religioso de los elegidos social y religiosamente, los pauperes, los humiles, que se hicieron  niños por el amor de Dios[62].

 

Para ellos la única verdadera Cruzada fue la primera, que estuvo marcada por un amplio entusiasmo religioso y respuesta popular[63]. Algunos proponen dos Cruzadas: una oficial, dirigida por los príncipes que respondieron al llamado de Urbano II y la otra popular, dirigida por Pedro el Ermitaño, cuyo papel como promotor de la primera Cruzada (basado en la crónica de Alberto de Aquisgrán y plasmado en el frontispicio de la Historia de Fuller) ha encontrado recientemente defensores, en contraposición a los ataques de los académicos del siglo diecinueve que ponen más el acento en la Cruzada oficial[64]. Alphandéry estuvo particularmente interesado en las visiones, milagros y signos apocalípticos que acompañaron a la primera Cruzada. Ya durante la cuarta Cruzada dijo: el centro de que anima el hecho de las cruzadas tiende a convertirse en simbólico... La Cruzada está comprendida en el interior del combate y llegó a su fin con la negociada recuperación de Jerusalén de Federico II y el relanzamiento de las peregrinaciones toleradas en la temprana Edad Media[65].

 

Finalmente, existe un grupo de historiadores que se podría llamar generalistas, que identifican la Cruzada con la guerra santa y la justificación del combate en defensa de la fe, es decir, el increíble esfuerzo por bautizar la guerra, como lo indica Michel Villey[66]. Todos ellos enfatizan sobre todo el concepto tradicional de guerra justa, el ideal de la caballería cristiana que surgió en el siglo décimo, el movimiento regional conocido como Paz y Tregua de Dios, llamado a proteger a determinadas categorías de gente y a prevenir las luchas en determinado momento y los intentos del pueblo en el siglo once para movilizar los milites Sancti Petri en apoyo y defensa del papado. Ernst-Dieter Hehl en un artículo titulado Was ist eigentlich ein Kreuzzug? (¿Qué es lo esencial de una Cruzada? Se opone tanto a la definición tradicionalista como a la pluralista por ser demasiado restrictivas. Arguye que una cruzada era una guerra peleada a las órdenes de Dios y con su autoridad –Deo auctore-. También defiende que la innovación de Urbano II fue ponerla dentro de un esquema teológico-histórico[67]. Según este punto de vista, la característica esencial de una Cruzada era poner en práctica la voluntad de Dios en la tierra a fin de obtener el perdón de los pecados, con la aprobación del Papa o sin ella. Jerusalén se convertía, de esa manera, en símbolo espiritual y la cruzada podía liberarse contra cualquiera que fuera percibido como enemigo de Dios, aunque las Cruzadas en Oriente, según los establece Christopher Tyerman, siguieran aportando una lenguaje cruzado[68].  

 

De todos modos, el Hijo de Dios no vino al mundo ni sufrió la cruz para conquistar tierras sino para redimir a los cautivos y llamar a los pecadores al arrepentimiento[69]. Estos puntos de vista dentro de una amplia definición de Cruzada, tal y como lo anota Riley-Smith, como una guerra santa llevada a cabo contra todos los que se percibe como enemigos externos o internos de la cristiandad, con el fin de recuperar las propiedades cristianas o en defensa de la Iglesia o del pueblo cristiano, y, alguno podría añadir, acompañada con una expectativa implícita o explícita de perdón de los pecados para los que tomen parte en ella[70].

 

La perspectiva de los historiadores modernos que ven en las Cruzadas el principio del colonialismo y la expansión europeos hubiera sorprendido a la gente de ese entonces. No hubieran negado ciertos aspectos de satisfacción egoísta, como la búsqueda de la salvación y el deseo de escapar de incómodas obligaciones y de encontrar otro estilo de vida fuera de casa. Pero el énfasis predominante estaba en la defensa y la reconquista de tierras que antes eran cristianas y en el sacrificio personal, más que en la autosatisfacción de los involucrados. No habiendo un concepto claro de cruzada, sin embargo, sus características cambiaron con el tiempo. Por una parte, se institucionalizaron a medida que sus componentes iban siendo definidos por el Papa y los canonistas del siglo trece[71]. La prudencia y la eficiencia remplazaron al entusiasmo como prerrequisitos y se puso más atención en la regulación de la organización, en convenios fiscales y mecanismos administrativos[72]. Sin embargo, aún así se mantienen disidencias incluso sobre la naturaleza de una cruzada oficial. En el siglo trece, cuando el Papa echó mano de la cruzada contra los enemigos de la Iglesia, Hostiensis consigna que alguna gente consideraba injusto y deshonesto enarbolar la cruz contra fieles cristianos. En el Concilio de Basilea en 1420, Alfonso de Cartagena sostuvo que la guerra santa debía ser sólo contra los infieles[73] 

 

Al mismo tiempo, sin embargo, las Cruzadas fueron espiritualizadas e interiorizadas, en la medida en que las predicaciones proclamaban la idea de que enrolarse por Cristo era indisociable de la idea de cruzada como una imitación de Jesucristo y de una renovación moral y espiritual que conducía a los cruzados a sufrir la cruz de Cristo y a la muerte física en la batalla[74]. El concepto de cruzada se convirtió en una categoría penitencial e imitacionista. La verdadera cruzada nunca fue una institución, según Alphandéry, que acota que en el siglo trece el monje-caballero de los tiempos anteriores desaparece ante el “vir spiritualis”, pobre, débil, predestinado a la gloria de los santos[75]. No muchos académicos irían hoy tan lejos, pero existe una tendencia de alejarse de la historia fáctica de las Cruzadas y de su proceso de definición –algunos dirían deformación- a cargo del Papa y de los canonistas y asumir una perspectiva más flexible en cuanto acontecimiento y no en cuanto institución[76]. La Cruzada está tomando la apariencia de un espectro de iniciativas, escribió Riley-Smith, cada una con su personalidad, unidas por elementos comunes[77]. En un artículo provocativamente titulado ¿Hubo alguna cruzada en el siglo doce?, Tyerman argumenta que lo que nosotros llamamos “las Cruzadas” designan de hecho una serie fragmentada de actividades militares y religiosas que carecen de coherencia y que la primera Cruzada sólo apareció retrospectivamente como el principio de un movimiento definido en el momento en que ese movimiento se dio, después de 1187[78]. Surge aquí la cuestión que no ha tenido respuesta satisfactoria todavía, de la numeración de las Cruzadas, que se relaciona tanto con las fuentes como con la historia posterior. Mayer escribió: la numeración de las Cruzadas carece de toda consistencia. Muchos investigadores no cuentan del todo la Cruzada de Damietta y sostienen que la cruzada de Federico II en 1228-1229 es la primera y que la primera cruzada de San Luis (1248-1250) es la sexta. Otros cuentan la de Damietta, pero no la Federico II. Otros todavía sostienen que la de Damietta es la quinta, la de Federico II la sexta y la de San Luis la sétima[79]. Recientemente escribió también que aún la numeración de la primera a la cuarta cruzada es un asunto dudoso. Todos la aceptan, pero ellas incluyen sólo las expediciones generales en las que más o menos todo Europa estaba involucrada. Esto oculta las cruzadas más pequeñas[80]. Nadie, tanto entre los tradicionalistas como entre los pluralistas, asigna un ordinal a las cruzadas en España o en el noreste de Europa, a la de los Niños ni a ninguna de las populares, a las que se hicieron contra los albigenses, los mongoles en 1241 ni a ninguna de las otras expediciones que parecen cobijarse bajo la definición de cruzada y que son presentadas comúnmente como tales.

 

No obstante, hubo en el siglo doce una numeración de las cruzadas precedentes, aunque, según muestra el llamado de la Quantum Predecessores, no había costumbre de numerarlas. Cuando en 1130 Ordericus Vitalis se refiere a la Cruzada de 1107 como la tercera expedición de los occidentales a Jerusalén, presumiblemente estaba contando las de 1096-97 y la de 1101-02 como la primera y la segunda[81].

 

Es posible, sin embargo, ver a todo el período de 1095 a 1107 y aún más tarde, como parte de la respuesta a la convocatoria de la Primera Cruzada, cuyo mensaje se difundió lentamente y al que los participantes respondieron en momentos diferentes[82]. El ordinal dado a las Cruzadas por autores posteriores, durante el primer período de la historiografía, también merece una revisión[83]. Fuller, que se ubica en el segundo período, llamó a las Cruzadas the Holy Warre (la guerra santa) en singular, pero en su tabla cronológica enumera trece viajes (o peregrinaciones, como los llama en el texto) entre 1095 y 1269, una tras otra, además de la actual numeración, las expediciones de 1101, Enrique de Sajonia en 1197, el Rey de Hungría en 1216, Teobaldo de Navarra en 1239 y Ricardo de Corswall en 1241. Mainbourg y Gibbon cuentan ambos siete Cruzadas, pero Wilken no propone un sistema de numeración. Algunos investigadores modernos identifican simplemente las Cruzadas por su fecha.

Este enfoque ha llevado a reformular y revisar varias cuestiones relativas a las Cruzadas. Entre ellas está la motivación, que tradicionalmente se consideraba que incluía motivos tanto seculares como religiosos, cuya importancia era valorada según las creencias religiosas y los cánones del tiempo de cada autor. A esto hay que agregar un componente emocional o sicológico que no tenía que ser religioso ni secular[84]. El sentimiento y no la estrategia fue siempre el factor dominante en los asuntos palestinos, dijo una recensión de una libro reciente sobre una retrospectiva de las conflictos israelo-palestinos. Una comprensión de los problemas de los árabes y los judíos [o musulmanes y cristianos] en Tierra Santa debería empezar por esclarecer el confuso desorden de la estrategia y por comprender los sentimientos, o para decirlo con mayor precisión, las pasiones de los protagonistas[85]. Conocemos muy poco acerca de los sentimientos de los cruzados, aparte de su apasionamiento, pero debieron experimentar una lealtad orgullosa a Jesucristo y un ultraje por el hecho de que su patrimonio y su tumba estuvieran en manos de infieles y pudieran ser visitados por los cristianos sólo con sufrimiento. Hace muchos años Adolf von Harnack dijo que  el entusiasmo de las Cruzadas era el fruto directo de la reforma monástica del siglo once[86]. Erdmann asoció el concepto de guerra santa con los esfuerzos del Papa, especialmente de Gregorio VII, por liberar a la Iglesia del control de poder secular. Si el control del poder secular y su posesión de las propiedades y rentas de la iglesia era combatido por los reformadores, cuánto más el dominio de los musulmanes sobre los lugares sagrados de los cristianos. Esto no quiere decir que todos los cruzados fueran reformadores religiosos. Pero la opinión de que estuvieran motivados casi exclusivamente por la codicia y afanes egoístas ha sido corregida sensiblemene por la aceptación de su sinceridad y su idealismo, aunque se acepte que su altruismo estuviera mezclado inconscientemente en su mente con el egoísmo. Según Riley-Smith, poca duda cabe de que los que tomaban la cruz y las familias que los financiaban estaban motivados en su conjunto por el idealismo. La única explicación de su entusiasmo parece ser que el mensaje de Urbano II cayó en un laicado con crecientes aspiraciones, de modo que la mano que le tendió la Iglesia fue aceptada inmediatamente[87].

 

No todos los estudiosas aceptan esta interpretación idealista y de alguna manera defensiva. Algunos autores recientes han puesto en evidencia la incapacidad de los historiadores para explicar las variables sicológica, sociológica y económica de la motivación de los cruzados. En un artículo sobre Los motivos de la Primera Cruzada: análisis sico-social, publicado en Journal of Psychohistory de 1990, las Cruzadas fueron presentadas como la manera de resolver la tensión o la disonancia endémica cognoscitiva entre los ideales religiosos y la violencia de la sociedad medieval. La cruzada de Urbano II ofrecía una nueva reconciliación entre el deseo de salvación y la necesidad de combatir y se convirtió en un movimiento de masas porque fue al encuentro de una extendida necesidad sicológica[88]. John Ward estudió la Primera Cruzada bajo la teoría del desastre, usando la escala Foster. Concluyó que fue una reacción medicinal al desastre ante la fuerza inflamatoria milenarista, los avances de los musulmanes en Oriente y la conciencia de pecado en el tardío siglo once. La llamó una deconstrucción posmoderna y una reconstrucción del mito de cruzada social y jerárquica del siglo diecinueve y concluyó que la Cruzada es interesante no tanto por lo que fue,... sino por lo que los contemporáneos creyeron que pudo ser[89]. Una visión muy diferente avanzaron cuatro economistas, ninguno de ellos especialista en las Cruzadas, en un artículo titulado Interpretación económica de las Cruzadas de la Edad Media, publicado en el Journal of European Economic History en 1992. Ven a las Cruzadas en clave de la teoría económica contemporánea, como (a)una respuesta tangencial a los esfuerzos de los musulmanes y turcos para establecer un costo competitivo (al de la iglesia latina)sobre el mantenimiento de la credibilidad de su producto y (b) una iniciativa de demanda tangencial de la iglesia medieval para mantener y maximalizar el valor de su riqueza mediante la expansión del mercado y el control monopólico. Sin embargo, las Cruzadas deben ser vistas primordialmente como motivadas por el fervor ideológico y teológico. Fueron de hecho parte esencial de una estrategia de miximalización de la riqueza, tanto por parte de la Iglesia, cuyo monopolio sobre la salvación, concebida como un bien de pura creencia religiosa, que estaba amenazado por los musulmanes;  como por parte de los cruzados individualmente que esperaban hacer fortuna en Oriente[90]. El enfoque de Voltaire y de Gibbon ha sido resucitado de esta manera por los teóricos economistas modernos.

 

Otra vieja cuestión que ha tenido un interés renovado en los años recientes es la retrospectiva y el origen de las Cruzadas. Algunos autores creen  que surgieron prácticamente de la nada, como Atenas de la cabeza de Zeus, según  lo expresó Alphandéry. Casi espontáneo brote de un poder prodigioso de animación colectiva, las llama[91].

 

Otros se adentran en la extensa prehistoria, sondeando en la temprana tradición cristiana de la peregrinación, el desarrollo de las teorías del martirio y de la guerra justa, las campañas bizantinas contra el Islam, el cambio que tuvo Jerusalén en la espiritualidad cristiana, tanto celestial como terrenal, el surgimiento de los valores caballerescos y los esfuerzos por vincularlos con los intereses de la ley y el orden local mediante la Paz y Tregua de Dios y la política del papado, que Erdmann examina especialmente en la segunda mitad del siglo once. La reciente defensa de la autenticidad de la encíclica sobre las Cruzadas atribuida a Sergio IV, que por mucho tiempo fue considerada una falsificación, va retrotraer la prehistoria papal de las Cruzadas otro medio siglo[92]. Surge de nuevo la cuestión de hasta dónde las campañas en España en la mitad del siglo doce y más tarde en Italia, deben ser consideradas auténticas cruzadas[93].

 

Esta investigación tiene importantes consecuencias para el estudio de la Primera Cruzada, que ha sido objeto de sesudas investigaciones con ocasión de su noningentésimo aniversario. En las muchas preguntas surgidas están no sólo esas mencionadas antes, relativas al llamado a la Cruzada de Urbano II, especialmente la importancia que éste dio a la ayuda a los cristianos en Oriente y a la liberación de Jerusalén; el papel de  Pedro el Ermitaño y su ejército; las masacres de judíos (¿elemento intrínseco o aberración de las Cruzadas?); la influencia de las crónicas y historias sobre el desarrollo de las Cruzadas[94]; asimismo cómo se extendió el mensaje de Urbano II y cómo lo captaron los ejércitos; la participación en las expediciones y su financiación[95]; la naturaleza de los juramentos tomados por los cruzados al emperador bizantino[96]; y la relación de las crónicas e historias latinas con las viejas cruzadas francesas.

 

Algunas partes de la historiografía del ciclo de las Cruzadas son más antiguas y están más cerca de las fuentes históricas de lo que se pensaba[97]. Entre los avances más importantes en los estudios de las Cruzadas en la segunda parte del siglo veinte han estado el realce dado por investigadores como John La Monte, Hans Mayer y Jonathan Riley-Smith a la historia del Reino Latino y de otros estados cruzados. Prawer, en la introducción de su Crusader Institutions, hace notar el cambio de interés de las Cruzadas como un movimiento hacia la historia de las instituciones cruzadas en Oriente y hacia las colonias europeas en riveras orientales del Mediterráneo, especialmente su historia constitucional, legal, cultural, eclesiástica, social y económica[98]. Ya este cambio se puede observar en la History of the Crusades de Wisconsin, que incluye capítulos no sólo sobre la historia política e institucional, sin o también la cultural. Mayer en particular ha estudiado el papel de la Iglesia y de las instituciones eclesiásticas y de la cancillería de los reyes latinos de Jerusalén[99]. La antigua visión del Reino Latino como un clásico reino feudal, basada ampliamente en fuentes legales, ha sido progresivamente remplazada por otra que acentúa significativamente más el poder de la monarquía[100]. Entretanto, se ha desarrollado un vigoroso debate en torno a considerar los estados latinos como colonias en el sentido moderno (y con carácter peyorativo) del término[101].

Otra avalancha de cuestiones similares rodea la historia de las últimas Cruzadas. Entre ellas están el decreciente entusiasmo y ascendente espíritu crítico que se percibe con fuerza entre grupos relativamente pequeños en el siglo doce, que empieza con una reacción contra el fracaso de la segunda Cruzada hasta el coro de dudas reflejadas en los informes solicitados por el Papa Gregorio IX, como preparación para el Concilio de Lyon en 1274[102]. Norman Housley en The later Crusades, sin embargo, sostiene que desde el principio del movimiento existió un cuestionamiento fundamental de su validez, que llegó a su máximo vigor a mitades del siglo doce... Menos dudas aparecieron en el siglo trece, cuando ya las Cruzadas habían sido enmarcadas dentro de la guerra justa por canonistas como Hostiensis y el Papa Inocencio IV[103]. Para algunos autores, no obstante, el marco teórico ya estaba vacío antes de colocarse la armadura. La cruzada terminó con la Cuarta, cuya orientación a Zara y a Constantinopla ha sido objeto de discusiones académicas por más de cien años[104]. Ésta es básicamente una cuestión estéril, dijo Mayer, y probablemente nunca será zanjada, aunque no exista hoy signo alguno de que la producción literaria al respecto vaya a cesar[105]. Esto es debido no sólo al número y complejidad de las fuentes, que fomentan distintas interpretaciones, sino también porque la Cuarta Cruzada se presta para tantas críticas en la historia y la naturaleza de las Cruzadas.

 

El viraje de las Cruzadas contra los cristianos ha levantado las mayores protestas tanto entre sus contemporáneos como entre los autores posteriores[106]. No sólo entre los tradicionalistas que consideran la liberación de Jerusalén y de la Tierra Santa como su objetivo esencial, sino también entre los pluralistas, porque Inocencio III desaprobó la Cuarta Cruzada, aunque después los papas llamaran y promovieran cruzadas contra los cristianos. Algunos investigadores ven todavía las Cruzadas en términos primordialmente europeos, con relativa importancia en relación con el Islam[107]. Incluso un islamita como Claude Cahen describe las Cruzadas como fenómeno occidental y un hecho de Occidente. Francis Robinson las llama meras muecas como referencia al Islam[108]. Sin embargo, en distintas partes del mundo islámico han tenido una enorme influencia desde su principio[109]. Su impacto en Oriente ha inspirado puntos de vista como el de Runciman y mucha de la hostilidad en su contra. Los autores tampoco se han puesto de acuerdo sobre hasta dónde llega la importancia del trabajo misionero y de la conversión. El deseo de exaltar (exaltare) y de extender (dilatare) la fe cristiana es algo ya presente en las primeras fuentes cruzadas, incluso en el primer francés y en el medio alto alemán épico[110]. Sin embargo, la conversión parece que sólo jugó un papel comparativamente pequeño antes del siglo trece, cuando se las comenzó a ver como un instrumento para abrir un territorio a la misión[111].

 

 

De esta manera, en años recientes, se ha reinterpretado prácticamente cada aspecto de las Cruzadas, a menudo desde diferentes puntos de vista. Tanto el mundo especializado como el público en general  han mostrado gran voracidad por todas las obras relativas a las Cruzadas. Probablemente, más que cualquier otro fenómeno de la historia de Europa, las Cruzadas son el espejo en el que Occidente se ve a sí mismo y es visto por los demás. Y a medida que da vuelta el ángulo del espejo, en esa misma medida cambia la percepción de las Cruzadas. En la Edad Media hasta el final del siglo diecinueve, eran parte de la historia contemporánea. Los musulmanes, paganos, herejes y cismáticos eran percibidos como una amenaza, real o imaginaria, para la estabilidad de Occidente. A partir del siglo diecinueve se desplazaron progresivamente hacia el pasado y provocaron una posición de rechazo o, posteriormente, de admiración o nostalgia, que se transformaron en mito, bárbaro y heroico al mismo tiempo, que la investigación no logrado todavía desdibujar. Mientras tanto han surgido nuevos mitos y nuevas hostilidades en un esfuerzo por relacionar las Cruzadas con el desarrollo del mundo moderno y por dejar de mirarlas desde un punto de vista exclusivamente occidental.

 

No hay ninguna razón para creer que esa revisión esté por llegar a su fin o que se llegue a un acuerdo sobre su naturaleza o su impacto, si tomamos en cuenta las preocupaciones de la sociedad contemporánea. Hoy, no menos que en el pasado, los trabajos sobre las Cruzadas han de ser interpretados bajo  la luz de las posiciones distintas que las generan. 

 


 

[1] Este artículo es una versión revisada de la ponencia presentada en este simposio. Está limita a los problemas generales de las Cruzadas en Oriente. Las referencias a obras secundarias tiene por objeto ampliar la ilustración y no completar una bilbiografía sobre las Cruzadas. Agradezco las sugerencias de Benjamin Z. Kedar. Un resumen en ruso de la parte primera aparecerá en Festchrift for Aaron Burevich.

[2]  Eidelberg, S. (ed. y traductor), The Jews and the Crusaders: The Hebrew Chronicles of the First and Second Crusades, Madison, Wisc. 1977. Entre otras V. Lohrmann, D., Albert von Aachen und

die Judenpogrome des Jahres 1096, Zeitschrift des Aachener Geschichtsvereins 100 (1995-96): 129-51.

 

[3] H. E. Mayer, Bibliographie zur Geschichte der Kreuzzüge. Hannover, 1960, y and H. E. Mayer  y J. McLellan, Select Bibliography of the Crusades, in A History of the Crusades, ed. K. M. Setton, Madison, Wisc., 1955-89, 6:511-664. Otras bibliografías generales se encuentran en L. de Germon and L. Polain, Catalogue de la bibliothèque de feu M. Le Comte Riant, pt. 2, Paris, 1899, y A. S. Atiya, The Crusade: Historiography and Bibliography, Bloomington, Ind.- London, 1962, que tiene una sección sobre historiagrafía (17-28). Entre los artículos de revistas V.  G. Schnürer, Neuere Arbeiten zur Geschichte der Kreuzzüge, HJ 34 (1914): 848-55; T. S. R. Boase, Recent Developments

in Crusading Historiography, History, n.s., 22 (1937): 110-25; J. La Monte, Some Problems in Crusading Historiography, Speculum 15 (1940): 57-75; J. A. Brundage, Recent Crusade Historiography: Some

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