Literatura bizantina

Desde el comienzo del reinado de Constantino en el año 323 d.C., hasta la caída del imperio Oriental en 1453, la literatura griega careció del carácter homogéneo de los periodos primitivos y estuvo muy influenciada por elementos tanto latinos como orientales. La mayor parte de los escritos de esta época son teológicos y atacan las diversas herejías que surgieron durante el primer milenio de la era cristiana. Así, san Atanasio arremetió en el siglo IV contra el arrianismo y, más tarde, Anastasio de Antioquía y León de Bizancio (siglo VI) atacaron a los monofisitas. Los padres capadocios (san Basilio de Cesarea, san Gregorio de Nisa y san Gregorio de Nacianceno) fueron importantes escritores y teólogos, y sus ideas tuvieron una gran repercusión. En el siglo VIII, el último de los grandes teólogos griegos, san Juan de Damasco, escribió obras polémicas contra los iconoclastas (véase Iconoclasia), así como uno de los primeros libros del dogma cristiano, La fundación del conocimiento. Simeón Metafrastes destaca como editor de los Hechos de los mártires, en los que revisa y compara relatos anteriores de la vida de los santos. Romanus Melodus y los primeros padres de la Iglesia compusieron numerosos himnos, sobre todo san Gregorio de Nicianzo y Cosmas de Jerusalén.

La influencia eclesiástica hizo que decayera la literatura secular. Sin embargo, hubo un importante poema histórico y legendario, la notable epopeya popular Digenes Akritas (siglos X-XI), que fue difundido por transmisión oral hasta que se escribió (se conservan textos de los siglos XV y XVI).

También son importantes desde un punto de vista literario los historiadores, críticos y filósofos bizantinos. Cabe destacar entre los historiadores a Procopio, el emperador Constantino VII Porfirogéneta, Miguel Pselo, Ana Comneno, Georgius Pachymeres y Juan VI Cantacuzene. El más significativo de los críticos fue Focio, cuyos epítomes de 280 obras clásicas, que todavía existían en el siglo IX, nos han permitido conocer lo que de otra forma podría haberse perdido para siempre. En el siglo XII, Eustaquio de Tesalónica escribió un comentario sobre las obras de autores clásicos, entre los que se encontraban Hesíodo, Píndaro y los trágicos griegos. Entre los filósofos bizantinos destaca Georgio Gemisto Pletho, que introdujo la filosofía platónica en el renacimiento italiano.