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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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La Batalla de Mantzikert, 1071
Por Procopio.
- Situación histórica:
En 1071 el sultán turco Alp Arslan había tomado la fortaleza de Mantzikert, ciudad cercana al Eufrates.
El emperador Romano Diógenes reunió un gran ejército esperando que una victoria decisiva mejorara la decaida moral y reputación del Imperio Bizantino.
- Campo de batalla:
Una llanura al este de Manzikert, una importante fortaleza fronteriza cercana al lago Van.
- Contendientes:
Los generales.
Romano Diógenes era un emperador joven y dinámico, con experiencia militar, que había hecho lo posible para reorganizar el ejército tras el abandono de anteriores gobernantes des de Basilio II. Pecaba, pero, de ser en exceso impulsivo.
Romano no desdeñaba encabezar a sus hombres en medio de la melée, y al hacerlo despreciaba dos prudentes prácticas de la "conducta imperial en combate":
- El emperador debe tener siempre una visión en perspectiva de la batalla, para así no perder detalle del combate.
- La vida del Augusto es demasiada preciosa para arriesgarla en combate.
Alp Arslan, un veterano guerrero turco más cercano a los cincuenta que a los cuarenta, era un comandante prudente, que llevaba varios años hostigando con éxito al Imperio Bizantino.
El propio sultán había trenzado la cola de su caballo, se había vestido con un ropaje blando tras perfumarse con almizcle y encabezaba a sus compatriotas.
Como prueba de coraje, renunció a llevar su arco y empuñó la maza y la cimitarra.
Pidió que, en caso de morir en la batalla, le enterrien en el mismo lugar donde haya caído luchando.
Los ejércitos.
Romano Diógenes había agrupado un contingente de 100.000 hombres. Lo formaban sobre todo milicias reunidas en Constantinopla y los ejércitos de los themas de Capadocia y Frigia. Aunque durante su reinado Romano les había devuelto la disciplina y había mejorado su rendimiento en combate, seguían sin ser un cuerpo lo bastante fiable. Es de suponer que en su mayoría lo formaban psiloi (arqueros) y peltastas (infantería ligera con escudo y lanza).
Con todo, libraron en el plan de Romano una función de refuerzo: el peso del combate lo llevarían las tropas mercenarias y aliadas. Entre ellos había:
- Caballería ligera de los pechenegos, cumanos y uzos.
- Contingentes aliados de Bulgaria y Moldavia; los primeros a pie y los segundos a caballo.
- Caballeros occidentales con armadura al mando de Russell de Baielleul, un mercenario padre del rey de Escocia.
La élite propiamente bizantina eran los tagma de infantería macedonia, ya curtidas contra los turcos en la frontera oriental y alguna tropa de kataphracti y clibanari (coraceros). La famosa Guardia Varega se quedó en Constantinopla.
Lo más lamentable del ejército imperial eran los generales, pues muchos de ellos eran de lealtad dudosa: Andrónico Ducas, hijo del César Juan Ducas, era sin duda infiel a Romano IV, al que consideraba un advenedizo. Su hermano Constantino era del mismo parecer. Otros como Basiliasco eran tan sólo cobardes e ineptos.
Y la fuerza de choque montada más eficaz, los caballeros de Francia, tenían tamaña codicia, avaricia y rudeza que justifican hasta cierto punto la mala fama de los occidentales entre los bizantinos.
Por otra parte, Alp Arslan no podía materialmente reunir tantos combatientes como Romano, pero sus 40.000 endurecidos jinetes eran un ejército profesional, más compacto y coherente que los bizantinos. De esos 40.000, aproximadamente un tercio eran arqueros a caballo, el resto eran lanceros.
(Nota: algunos autores dan las cifras de 60.000 para los bizantinos y 10.000 para los turcos. Hay que valorar que hubo cambios en el número de imperiales).
Orden de batalla imperial:
Se suele acusar a Romano de no haber organizado su línea de batalla de forma ordenada, por lo que el ejército bizantino formaba una masa abigarrada y torpe.
A juzgar por lo que se deduce de su actuación, parece ser que el emperador no actuó de forma tan imprudente. Dividió sus hombres en dos líneas, la primera destinada a romper el frente enemigo y la segunda con la función de cubrir los flancos del grupo principal y cubrirlo en caso de necesitar reagruparse para un contraataque o simplemente retirarse. Confiaba seguramente en que si sus tropas conservaban el orden y presentaban un frente unido, su superioridad numérica derrotaría a los turcos. Seguramente lo que más se echó en falta después fue la existencia de alguna reserva, al margen de las dos líneas.
Orden de batalla turco:
Alp Arslan distribuyó su ejército enteramente a caballo en forma de media luna, de forma que los arqueros a caballo se repartían entre ambos extremos y los lanceros componían el centro del conjunto. La destreza y rapidez de los jinetes turcos les permitía usar una táctica de retirada fingida, en la que aparentaban ceder terreno para que el enemigo desordenara sus filas en la persecución.
Entonces el falso perseguido se daba la vuelta y se lanzaba sobre el confuso perseguidor.
El desarrollo del combate
Las operaciones propiamente dichas sucedieron a lo largo de tres días, pero antes nos referiremos a las previas, que se desarrollaron una vez Romano IV Diógenes dejó Armenia camino de Mesopotamia donde se hallaba Manzikert, su objetivo.
En primer lugar, los uzos desertaron. No se sabe exactamente las causas de esto, aunque los mercenarios son de por sí volátiles y más los bárbaros, que solían negarse a luchar fuera de su país. Quizá tuvieron que ver los generales de la familia Ducas, claramente desleales. En todo caso Romano los dejó marchar.
Luego sucedieron dos reveses menores en principio, pero luego importantes:
- Un destacamento avanzado, al mando del domestikos (general) Basiliasco fue derrotado por los turcos. Este cobarde oficial fue perdonado por Romano, si bien lo destinó ahora a la retaguardia.
- Mientras el emperador en persona se presentaba ante los muros de Mantzikert, que se rindió poco después a cambio de respetar a los ciudadanos. Tras este éxito aparente, al mercenario Russell de Baillieul se le envió a tomar Chliat, fortaleza cercana a Mantzikert, pero en el lado musulmán de la frontera. Los francos cumplieron su parte, pero justo entonces llegó a dicha plaza el sultán con sus hombres. Alp Arslan había levantado el cerco de Edesa para llegar a toda prisa a Chliat y expulsó rápidamente a los caballeros. Éstos se retiraron, pero no a Manzikert donde estaba el grueso del ejército amigo, sino que simplemente se largó. Realmente Romano tenía mala suerte con los francos.
Antes de que empezara la verdadera batalla, Alp Arslan ofreció una última oportunidad para llegar a una paz negociada. Romano se negó. Seguramente por aquel entonces un tratado hubiera sido parcialmente beneficioso para el Imperio, pues hubieran recuperado Mantzikert y mantenido el statu quo ante. Pero el emperador se daba cuenta de que si quería asegurar realmente la frontera tendría que derrotar a los turcos de una vez por todas.
Nunca más se presentaría una oportunidad como ésta de aplastar al huidizo y traicionero ejército del sultán.
Por lo tanto presentó batalla. Aquella mañana de 26 de agosto de 1071, el sultán de los turcos oró para que Alah le perdonara la muerte de los caídos por la fe del Islam y se puso al frente de sus hombres. El basileus de los romanos de Oriente se puso en marcha inmediatamente, con tanta prisa, dicen algunos, que varios generales no acabaron de comprender su estrategia de combate.
Durante dos días y parte del tercero, la vanguardia bizantina, dirigida directamente por el emperador (tocado por su casco de oro y acompañado siempre por el estandarte de la Virgen), hostigó victoriosamente a los turcos. Estos se mostraban incapaces de frenar la embestida de los bizantinos y retrocedían. Pero con un enemigo como éste, tan aficionada a atraer a los incautos a emboscadas y contraataques.
Dándose cuenta de que pese a los éxitos iniciales, corría el riesgo de adentrarse demasiado en campo contrario, Romano enfrió su entusiasmo bélico, hizo caso de los consejos más prudentes y ordenó una retirada al campamento. Entonces surgieron los problemas.
A partir de aquí muchos autores han tratado a Romano directamente como si hubiera hecho una estupidez irreversible al dar orden de retirada. Estupidez que llevó directamente al desastre, no fue así necesariamente.
Aunque retirarse delante de un enemigo aún resuelto y con fuerzas es una maniobra complicada y peligrosa, era factible realizarla si, como hemos dicho anteriormente, la segunda línea de frente hubiera cumplido su función de cubrir a la primera. Es decir, permitir a la primera reagruparse o retirarse mientras ellos mantenían el enemigo a raya. Con una retaguardia fiable que se atuviera al plan de batalla original, Romano hubiera podido salir con bien de su atrevida maniobra.
Pero su retaguardia era, eufemísticamente hablando, poco fiable: no sólo la formaban los elementos menos profesionales del ejército, sino que estaban ahí Basiliasco y los hermanos Ducas.
El primero era un cobarde, los segundos estaban implicados en un complot contra el advenedizo Romano junto con su padre el César Juan Ducas. Su parte consistía en traicionar al emperador reinante en medio de la batalla. Y cumplieron su parte: al recibir el mensaje de que su rival en la púrpura retrocedía con la vanguardia, ellos lo tergiversaron, diciendo que en realidad Romano había escapado o muerto y que la batalla estaba perdida.
Y naturalmente Basiliasco, que no necesitaba mucha persuasión a la hora de huir ante el enemigo, puso pies en polvorosa. La enfermedad del pánico se propaga rápidamente en un ejército en campaña, y en aquella ocasión la moral ardió y se consumió como la hierba de un campo de verano. Dos terceras partes del ejército se dieron la vuelta y corrieron directos al campamento sin esperar a que se les uniera la vanguardia.
Romano, que no daba crédito a sus ojos, intentó reunir a su confundido contingente; era demasiado tarde. Las dos alas de la media luna turca han descubierto el fatal error y se abalanzan contra el segundo cuerpo, hostigándolo a flechazos. Pronto se produce la previsible estampida; pero los jinetes asiáticos no se entretienen en perseguir a los fugitivos. Rápidamente cierran el círculo, dejando al emperador y a la vanguardia del ejército (agotada y agobiada tras tres días de avance continuo) completamente aislado.
Son las primeras horas de la tarde, y la suerte de la batalla está decidida en gran parte. La esperanza o el encono de Romano, pero, consiguen prolongar la resistencia del núcleo del ejército hasta bien entrada la noche. Finalmente, rodeado por todos lados, con sus hombres muriendo o siendo apresados pero aún incólume y luchando, Romano pierde su montura por un lanzazo.
Intenta resistir a pie con sus fieles reunidos alrededor del estandarte, pero se le abalanzan varios guerreros encima y le aplastan por el número. Quiere el irónico destino que el que lo ha reconocido y apresado sea un turco que asistió a su coronación ¡como esclavo del servicio doméstico!
Romano derrotado, agotado, polvoriento y sediento, no tiene más opción que dar la orden de rendición a los escasos hombres que aún siguen la resistencia. A estas alturas tal mandato es sólo un reconocimiento de hechos consumados. Sus principales tropas han sido desechas, y aunque si algún oficial competente hubiera reunido a la retaguardia (que se escapaba casi indemne y sin ser perseguida) se hubiera podido salvar el día.
(Nota del autor: se ignora el número de bajas de cada bando).
- Consecuencias inmediatas de la batalla:
El Emperador es despojado de sus insignias y vestido con ropas vulgares. Luego lo llevan a la tienda del sultán. Éste, incapaz de creer en su propia suerte, en principio duda de que este cautivo andrajoso sea realmente el fiero Diógenes en persona.
Manda traer a Basiliasco, que había sido hecho prisionero y éste le reconoce personalmente. Derramando lágrimas de vergüenza, éste suplica a su señor que le perdone, pero Romano le responde sólo con su silencio. Finalmente se llevan al desgraciado cobarde.
Entonces Alp Arslan, aún en plena euforia de una victoria inesperada, ordena a su cautivo que se arrodille. Éste en principio se niega, pero luego no puede más que obedecer.
Entonces en un arrebato de engreimiento el turco ordena a sus esclavos que doblen la cerviz de su prisionero hasta que su frente toque la alfombra del suelo. Cuando lo han conseguido, el sultán victorioso planta el pie sobre la nuca del vencido. ¡Sin duda des de que el persa Sapor usaba el emperador Valeriano como banqueta para subir a caballo ningún oriental humilló así a un romano desde el siglo III!
Pero este es sólo un momento de soberbia transitoria. Luego Alp Arslan se controla y pregunta a su regio cautivo si, en caso de haber salido vencedor del trance en lugar de vencido, cual habría sido el destino del cautivo. Con su dignidad aún intacta, Romano IV Diógenes le responde:
- Si yo hubiera resultado victorioso en el campo de batalla, turco, ahora no estaríamos teniendo esta conversación... tu cabeza ya habría rodado en el polvo.
Alp Arslan se ríe, pero interiormente admira la entereza ante el desastre de aquel joven león. Manda a sus sirvientes traer bebida, comida y ropas dignas para el que ahora más bien parece su huésped. Luego se sienta a su lado y conversa amigablemente con él. Le regaña incluso, con cierto tono paternalista, sobre los errores que ha cometido en la batalla.
Finalmente, tras llegar a un tratado de paz no en exceso desigual para los bizantinos, que incluye una alianza y el pago de una compensación, Alp Arslan hace jurar a su cautivo que cumplirá lo pactado y lo dejará marchar. Incluso hará que le acompañe una guardia de honor. Puede sorprender al lector de que Romano partiera tan fácilmente, pero hay que tener en cuenta que éste tenía problemas para conservar su corona, y que el ejército bizantino aunque desperdigado, seguía existiendo. Si se aferraba demasiado a su rehén, el sultán corría el riesgo de perder todo lo ganado.
En todo caso, Romano tenía intención de cumplir lo pactado. Y seguramente lo habría hecho si no se hubiera activado la segunda parte de la conspiración Ducas estando él alejado del Imperio; el César Juan Ducas había tomado el poder can ayuda de la Guardia Varega. Miguel VII, hijastro de Romano y marioneta de sus parientes Ducas, fue puesto en el trono. A los dos traidores de Mantzikert se les encargó capturar al que traicionaron antes. Para el desventurado Diógenes empezaba la segunda parte del calvario.
Consecuencias a largo plazo:
Los themas de la frontera oriental quedarían prácticamente disueltos, y los thagma destrozados por lo que la existencia de un ejército nacional bizantino fue más bien precaria de ahora en adelante. Los emperadores Comnenos intentarían rehacer la situación, pero se verían abocados a confiar cada vez más en los mercenarios... o aún peor, los cruzados.
La caída de Romano del poder poco después libró a Alp Arslan de cumplir su promesa de paz, por lo que él y sus sucesores se lanzarían sobre las provincias orientales, conquistándolas tras diversas luchas en pocos años (en 1075 caería Antioquía para no volver ya más a manos bizantinas, por ejemplo).