Máximo el Confesor  (580 - 662)

Miembro de una conocida y rica familia de Constantinopla, emprendió una feliz carrera en la corte de Constantinopla, llegando a ser  secretario del emperador Heraclio.

 

Nació estando Tiberio I en el trono de Constantinopla, y vivió su infancia bajo el gobierno de Mauricio. Su vida adulta comenzó durante el régimen de terror de Focas, siendo un personaje importante durante el largo reinado de Heraclio, y murió injuriado durante el reinado de Constante II.

 

Cerca de 630, a pesar de su seguro y prodigioso futuro de seguir en la corte de Heraclio, decide retirarse al monasterio de Crisópolis, situado frente a Constantinopla.

 

Decidido defensor de la separación de los poderes de Iglesia y Estado, es autor, entre otras obras, de "Tratado acerca del alma", "Cuestiones para Talasio", "Capítulos sobre el amor", "Seis Capítulos Teológicos", "El Mistagogo", "Las diversas aporías de San Dionisio y de San Gregorio Niseno", "Preguntas y Respuestas", "Cartas al arzobispo Juan y a Marino", "Comentarios a pasajes difíciles ded San Dionisio" y de San Gregorio Niseno".

 

Se opuso fervientemente a la "herejía" del patriarca Sergio, quien había creado el monotelismo, mediante una decisión eminentemente política y no religiosa, para poder acercar a los monofisitas a la ortodoxia, ya que estos dos grupos se distanciaban permanentemente.

 

Constante II había prohibido las discusiones acerca de este tema, pero como Máximo defendía la completa independencia de la Iglesia con respecto al Estado, siguió criticando al monotelismo, con lo cual se atrajo la desgracia y las persecuciones por parte del emperador, y murió desterrado, torturado y mutilado el 13 de agosto del año 662, con lo cual se ganó el título de Defensor de la Fe.

 

Toma sus fundamentos teológicos y filosóficos de Aristóteles, Dionisio el Areopagita, y los Padres de la Iglesia, en especial a San Gregorio Niseno, Leoncio de Bizancio y Evagro el Póntico.

 

Sus escritos están marcados por la lucha contra el monofisismo y la intención de lograr hacer manuales de vida útiles, e incluyen enormidad de textos bíblicos porque su intención era hacer hablar a Dios y pasar a ser él un simple intermediario. Sin embargo ha logrado pasar a la historia como uno de los autores más leídos por los fieles bizantinos en base a sus siempre acertados comentarios, hechos en un idioma simple y accesible, aunque el apuro por redactar (seguramente a veces pensando en que lo perseguían para martirizarlo) hizo que muchos de sus pasajes continuaran oscuros hasta el día de hoy, a pesar de los muchos comentarios que hizo revisando su obra y de los muchísimos comentarios que sus seguidores y lectores harían en el transcurso de los siglos.

 

Máximo fue un verdadero maestro del ascetismo místico bizantino, admirado, respetado y seguido por gran cantidad de generaciones de ciudadanos del imperio.

Máximo el Confesor por él mismo

El amor es el camino más corto hacia Dios; y este amor, lejos de ser un estado pasivo o de oponerse al conocimiento, se confunde con él.
Tratado acerca del alma

El alma solo puede ser reconocida por sus efectos, y no por los sentidos, sino por la inteligencia. Respecto de su existencia toda duda es infundada, pues la propia existencia del cuerpo nos obliga a establecer la del alma, ya que como el cuerpo no es movido desde fuera (como les ocurre a los objetos inanimados), ni desde dentro, por su misma naturaleza (como el fuego), necesita para su movimiento al alma, que constituye su principio vital. El alma es una sustancia idéntica a sí misma y puede recibir alternativamente a los contrarios sin perder su identidad. Es incorpórea, puesto que no tiene volumen, es alimentada por la razón y sus cualidades no son sensibles. Es también simple y, por tanto, inmortal, sin que pueda destruida ser alguno. Como además se mueve por sí misma, en ningún momento puede dejar de existir, pues ese automovimiento, ¿qué es sino moverse eternamente? Otra prueba de la inmortalidad del alma viene de que ni aun sus defectos (como el odio, por ejemplo) consiguen destruirla.

Los sentidos nos engañan. La sensación es la parte irracional que refleja lo que hay de bestia en nosotros. La sensación no es sino un órgano del alma, cuyo papel es percibir todo lo que impresiona exteriormente a los sentidos. Empero, las cosas son comprensibles, pues la inteligencia las percibe y las capta como en realidad son. La inteligencia es la parte razonadora del alma, su porción más pura y racional, destinada a la contemplación de los seres y aún de lo que está antes del ser, mientras que el espíritu es la sustancia todavía informe que precede todo movimiento.

Hay dos clases de verdades, según que para alcanzar lo verdadero nos sirvamos de la razón o de la inteligencia.

 

La primera clase se nutre del conocimiento humano y es el resultado del razonamiento. Cada uno de estos dos mundos sirve de alegoría y símbolo del otro para aquellos que tienen ojos aptos para verlo así. El mundo inteligible halla, de modo místico, su forma concreta en las especies simbólicas del mundo sensible; análogamente, éste entra, mediante el conocimiento, en la inteligencia y se siente organizado en ella por las razones. También el mundo sensible expresa por medio de sus tipos el mundo inteligible y en éste se halla aquél bajo la forma de razonamientos. Gracias a lo cual los no fenómenos pueden captarse mediante los fenómenos, y lo que es más: que por medio de aquéllos y de la contemplación espiritual se pueden captar los fenómenos. En vista de todo ello, la alegoría y el simbolismo presuponen una teoría totalmente racional del conocimiento.

 

La segunda clase de verdad es la intuición, que une al hombre con Dios, equivale a vivir en Dios. Por eso, para llegar a ella hace falta la ascesis y ciertas virtudes como el amor, la templanza y la plegaria, sin las cuales no puede el alma entrar en perfecta comunión con Dios. La primera virtud suaviza la ira, la segunda amortigua los deseos, y la tercera, la plegaria, separa a la inteligencia de todos los pensamientos, presentándola a Dios íntegramente desnuda. Los pensamientos son concepciones de seres, tanto de los sensibles como de  os inteligibles; cuando la inteligencia se aplica a las cosas, gira en torno de los conceptos que de ellas se desprenden; entonces la gracia de la plegaria la despega de ellas y la une a Dios, con lo que la inteligencia, volviéndose hacia Dios, se convierte en divina, aunque ninguna ascesis que esté privada del amor llevará hasta Dios. El amor hace que nos convirtamos en Dios gracias a Jesucristo, quien se hizo hombre por amor al hombre. Para que la inteligencia se eleve por encima de sus concepciones, es necesario que tome conciencia de que el ser es superior al conocer. Solamente entonces es cuando la inteligencia puede entrar en familiaridad con Aquel que es causa de todo; y los hombres que logren seguir durante toda su vida terrenal semejante educación santa y divina, tendrán como recompensa su deificación, ya que recibirán la gracia de Dios.

Así como hay dos clases de conocimientos, también hay dos grados de perfección humana: el conocer y el ser. El primero es propio del hombre, el segundo es peculiar de Dios. Sin embargo, el hombre puede llegar al ser mediante la gracia divina, mas a condición de que borre de su alma todo razonamiento, todo concepto, a condición de que se purifique, tras lo cual resultará inundado de ser.  El conocer es el primer grado: y hay que ejercitarse en su escuela y prepararse en él antes de alcanzar la intuición y, por ella, la deificación.

El movimiento de la inteligencia y de la razón en torno de Dios es eterno, puesto que no hay término allí donde no hay espacio.

Os limitáis a rezar en el atrio cuando, contrariando a vuestra naturaleza, os abandonáis al conocimiento sensible; en cambio, presentáis vuestros sacrificios en el propio templo cuando, tal como corresponde a vuestra naturaleza, vais en pos de la verdad mediante el alma, la razón y la inteligencia; y, finalmente, rendís adoración en lo íntimo del santuario cuando os entregáis exclusivamente a la actividad sobrenatural de la inteligencia.

La Iglesia es la imagen y figura típica de Dios; también es la imagen del universo, constituído de sustancias visibles e invisibles; del mundo sensible puede ser solamente imagen, como es imagen simbólica del hombre y también imagen y tipo del alma, tomada en absoluto, en cuyo caso representa a la inteligencia mediante el santuario y a la razón mediante el templo, a la vez que lo unifica todo en el misterio del altar. Todo aquel que en verdad sepa iniciarse de manera sabia y clara, hará de su alma una Iglesia de Dios. En efecto, cada hombre es una Iglesia mística.

La Escritura simboliza al hombre; su cuerpo está representado por el Viejo Testamento, y su alma, su espíritu y su inteligencia por el Nuevo. Las históricas palabras de toda la Escritura simbolizan al cuerpo, mientras que el alma se halla simbolizada por el sentido de lo escrito y por el fin a que esto tiende. Así como el hombre es mortal en lo que se refiere a su parte visible, e inmortal en cuanto a su parte invisible, análogamente la Sagrada Escritura es perecedera en lo tocante a su parte visible, sus letras, pero es eterna en lo que atañe al espíritu encerrado en esas letras.

"LA JERARQUÍA CELESTE" (c. 500)

(I) Todo don excelente, toda donación perfecta, viene de lo alto y desciende del Padre de las luces. Pero todo proceso que bajo la moción del Padre, revela su luz, cuando ella nos visita generosamente, de vuelta, a título de potencia unificante, suscita nuestra tensión hacia lo alto y nos convierte a la unidad y a la simplicidad deificante del Padre concentrador. Porque todo es de El y para El, como dice la santa palabra.

Es por ello que, en lo que concierne también a nuestra santísima jerarquía, el Principio iniciador que instituyó los ritos sagrados -habiéndola juzgado digna de imitar de forma supramundana las jerarquías celestes y habiendo presentado dichas jerarquías inmateriales bajo una confusa mezcla de figuras materiales y de composiciones aptas para darles forma- nos ha entregado esta tradición a fin de que, en la medida en que estamos constituidos, seamos, a partir de estas muy santas ficciones, elevados a las elevaciones y asimilaciones simples y sin figura, porque nuestro espíritu no sabría alzarse a esta imitación y contemplación inmaterial de las jerarquías celestes, a menos que sea conducido por imágenes materiales que convengan a su naturaleza, de tal modo que considere las bellezas aparentes como copias de la belleza inaparente, los perfumes sensibles como figuras de la difusión inteligible y las luces materiales como imágenes del don de luz inmaterial, de suerte de que los rodeos de los cuales hacen uso las enseñanzas sagradas representan para él la plenitud de contemplación según el espíritu, el orden de las disposiciones de acá abajo el hábito adaptado y ordenado a las realidades divinas, la recepción de la santísima eucaristía la participación en Jesús, de modo que sepa que todos dones transmitidos a las esencias celestes sobre un mundo supramundano, nos han sido entregados a nosotros en forma de símbolos.

...es por imágenes sensibles como El ha representado los espíritus supracelestes, en las composiciones sagradas que nos ofrecen los Dichos, a fin de elevarnos por medio de lo sensible a lo inteligible y, a partir de los símbolos que figuran lo sagrado, hasta las cimas simples de las jerarquías celestes.

(III) La jerarquía a mi entender es un orden sagrado, una ciencia, una actividad asimilándose, tanto como es posible, a la deiformidad y, según las iluminaciones de las que Dios le ha hecho don, elevándose en la medida de sus fuerzas hacia la imitación de Dios. Y si la Belleza que conviene a Dios, siendo simple, buena, principio de toda iniciación, es enteramente pura de toda diferencia, Ella hace participar a cada uno, según su valor, en la luz que está en Ella y Ella lo perfecciona en una muy divina iniciación dando forma armoniosamente a los iniciados en la inmutable semejanza de su propia forma.

(XII) O aún, para hablar más claramente, haciendo uso de imágenes apropiadas, inadecuadas seguramente para Dios que está separado de todas las cosas, pero más evidentes a nuestros ojos, digamos que la difusión del rayo solar atraviesa la primera materia, la más traslúcida de todas y a través de ella hace brillar más luminosamente sus propios resplandores, pero que, desde que se encuentra con materias más opacas, más reducida es su manifestación difusora, en razón de la inaptitud de las materias iluminadas a poseer un hábito transmisor del don de la luz, ella decrece poco a poco de este nivel hasta que finalmente la transmisión llega a ser casi imposible.

(XV) Si la Palabra de Dios representa aún las esencias celestes bajo las especies del bronce, el electro y las piedras multicolores, es porque el bronce, uniendo en él la doble apariencia del oro y la plata, manifiesta la pureza incorruptible, inagotable, sin defecto e intangible del oro y al mismo tiempo el resplandor brillante, luminoso y celeste de la plata; es porque al electro, por las razones ya dadas, es preciso atribuirle sea la figura del oro, sea la del fuego; y en cuanto a las imágenes multicolores de las piedras, es preciso pensar que ellas simbolizan, si son blancas, la figura de la luz, rojas la del fuego, amarillas la del oro, verdes la juventud y la flor del alma, y para cada forma encontrarás imágenes capaces de elevar el espíritu.

(En: Yarza, J., et alt., Textos y Documentos para la Historia del Arte, II, Arte Medieval, I, Edad Media y Bizancio, Ed. Gustavo Gili, 1982, Barcelona., pp. 30 y ss.)

La misericordia de Dios para con los penitentes

"Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina; cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar en sus respectivos tiempos la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.

Y para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó mediante su encarnación convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.

Pues no solo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros; sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte, como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa, nos liberó, mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos, y en fin, nos aconsejó con múltiples enseñanzas que nos hiciéramos semejantes a él, imitándole con una calidad humana mejor dispuesta y una caridad más perfecta hacia los demás.

Por ello clamaba: «No vine a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores». Y también: «No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos». Por ello añadió aún que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que precisamente había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había venido para recuperar la imagen empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: «En verdad os digo que hay alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta».

Así también, alivió con vino, aceite y vendas al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, le dejó en el mesón para que le cuidaran; y después de haber dejado lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió dar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente.

Consideró como padre excelente a aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo y le abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y le agasajó a su vez con amor paterno y no pensó en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido.

Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones.y amenazas, ni de malas maneras; sino que lleno de misericordia la devolvió al redil incólume y sobre sus hombros.

Por ello dijo también: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Y también: «Cargad con mi yugo»; es decir, llama yugo a los mandamientos o vida de acuerdo con el evangelio, y carga, a la penitencia que puede parecer a veces algo más pesada y molesta: «porque mi yugo es llevadero», dice, «y mi carga es ligera».

Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: «Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos, como lo es vuestro Padre celestial». Y: «Perdonad y se os perdonará». Y: «Todo cuanto queráis que los hombres os hagan, hacédselo de la misma manera vosotros a ellos»."

De las Cartas del abad San Máximo, confesor (Epístola 11: PG 91, 454-455)

De los Capítulos sobre la caridad.

(Centuria 1, cap. 1,)

Sin la caridad, todo es vanidad de vanidades

La caridad es aquella buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. Nadie que esté subyugado por las cosas terrenas podrá nunca alcanzar esta virtud del amor a Dios.

El que ama a Dios antepone su conocimiento a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden continuamente hacia él.

Como sea que todo lo que existe ha sidocreado por Dios y para Dios, y Dios es inmensamente superior a sus criaturas, el que dejando de lado a Dios, incomparablemente mejor, se adhiere a las cosas inferiores demuestra con ello que tiene en menos a Dios que a las cosas por él creadas.

El que me ama -dice el Señor- guardará mis mandamientos. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Por tanto, el que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios.

Dichoso el hombre que es capaz de amar a todos los hombres por igual.

El que ama a Dios ama también inevitablemente al prójimo; y el que tiene este amor verdadero no puede guardar para sí su dinero, sino que lo reparte según Dios a todos los necesitados.

El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discriminación alguna, en lo que atañe a las necesidades corporales, entre buenos y malos, justos e injustos, sino que reparte a todos por igual, a proporción de las necesidades de cada uno, aunque su buena voluntad le inclina a preferir a los que se esfuerzan en practicar la virtud, más bien que a los malos.

La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales.

El que, renunciando sinceramente y de corazón a las cosas de este mundo, se entrega sin fingimiento a la práctica de la caridad con el prójimo pronto se ve liberado de toda pasión y vicio, y se hace partícipe del amor y del conocimiento divinos.

El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, según dice el profeta jeremías, sino que soporta con fortaleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie.

No digáis -advierte el profeta jeremías-: Somos templo del Señor. » Tú no digas tampoco: « La sola y escueta fe en nuestro Señor jesucristo puede darme la salvación. »

Ello no es posible si no te esfuerzas en adquirir también la caridad para con Cristo, por medio de tus obras. Por lo que respecta a la fe sola, dice la Escritura: También los demonios creen y tiemblan.

El fruto de la caridad consiste en la beneficencia sincera y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas.

De las Cuestiones  a Talasio

(Cuestión 63)

La luz que alumbra a todo hombre

La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, .Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es ,decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

Él, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres.. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentí espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina.

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