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MISTRA

 

Referencia cultural

 

Desde el momento de su entrega a los bizantinos en 1262, la población griega de los alrededores contempló la fortaleza de Mistra como un lugar donde vivir que, en una época tan agitada, les resguardaría de los peligros de la llanura.

El aumento de población y su consiguiente conversión en núcleo urbano fueron inmediatos, pues ya en 1263 se nombró a su primer obispo, Eugenio, quien inmediatamente puso en marcha las obras para la construcción de la Catedral que dedicó a San Demetrio.

 

 Lo que nació como un simple núcleo fortificado terminó convirtiéndose en el centro bizantino de referencia de todo el Peloponeso en 1289 cuando el gobernador bizantino de la zona traslada su sede de Monembasía a Mistra. En esa misma época, el monje Daniel inicia la construcción de la segunda iglesia de la ciudad, los Santos Teodoros, que se llevó a cabo entre 1290 y 1295 y fue finalizada por Pacomio. Los primeros signos de actividad intelectual no se hacen esperar: en julio de 1296, el notario Basilaces termina de copiar un manuscrito que contiene homilías de Juan Crisóstomo, el hoy Parisinus Graecus 708, por encargo de Pacomio. Será Pacomio también quien hacia el año 1300 tome la iniciativa de fundar el monasterio de Brontoquio, del que pasó a formar parte la iglesia de los Santos Teodoros.

 

En 1304, la llegada a Mistra desde Creta de Nicéforo Moscópulo como obispo de Lacedemonia supuso un gran empuje para el florecimiento y el prestigio de la nueva capital del Peloponeso. Nicéforo, que gozaba de relación con los sabios más ilustres de su época, como Máximo Planudes y el poeta Manuel Files, y que es mencionado por Paquimeres como un hombre que inspiraba el máximo respeto, apoyó desde el primer momento las ambiciosas gestiones de Pacomio animándole también a que comenzara a impartir enseñanza en el Brontoquio.

Nicéforo emprendió la reforma de San Demetrio, para lo cual contó con artistas y arquitectos constantinopolitanos que compartió con Pacomio cuando éste decidió levantar la Hodiguitria, el katholikón de Brontoquio, en 1310. Por otra parte, la protección imperial que Pacomio consiguió para su nueva iglesia y los privilegios y las numerosas propiedades que por todo el ámbito bizantino le otorgó al monasterio el emperador Andrónico II entre 1312 y 1322, son una prueba de la importancia que la recién nacida ciudad comenzaba a alcanzar dentro del Imperio. No debemos olvidar tampoco la exitosa gestión que en ese momento estaba llevando a cabo Andrónico Paleólogo, sobrino del emperador y administrador del Peloponeso hasta 1322, quien apoyó con todo su entusiasmo a los dos religiosos que tanto estaban haciendo por convertir a Mistra en un centro urbano de relevancia. Así lo demuestra la cesión que hizo a Brontoquion del monasterio de la Virgen de Vogali y de dos villas más capturadas a los francos en 1321.

 

 Hacia ese momento se levanta también la Períbleptos.

Desde la fundación de Mistra, y más aún desde su configuración como capital administrativa del Despotado de la Morea, toda la actividad intelectual del Peloponeso se concentra en ella, quedando relegada a un segundo plano la que se lleva a cabo en el resto de las ciudades de la región como Monembasía, Patras, Corinto o Modón. No obstante, entre 1325 y 1350 en algún otro lugar de la Morea franca, surge la brillante excepción de la mano probablemente de un gasmulo, hijo de griega de y franco, que escribe en griego demótico La crónica de la Morea, narración épica en verso en la que se rinde cuenta de los acontecimientos sucedidos bajo el mandato franco en el Peloponeso desde 1204 hasta 1292.

La mayor parte de los manuscritos griegos copiados en la Morea antes de la primera mitad del siglo XIV contienen textos religiosos, teológicos y litúrgicos y algunos otros de contenido eminentemente práctico, como tratados de medicina y leyes. A partir de 1349, cuando se convierte de forma oficial en Despotado con el nombramiento de Manuel Cantacuzeno, el Peloponeso comienza a hacerse cada vez más atractivo para la nobleza constantinopolitana. La necesidad de entregar la administración del Despotado a personas de confianza por un lado, unida a la situación general del Imperio, que era incapaz de absorber a todos los representantes de una clase social elevada que aspiraba, sin excepción, a formar parte de la vida pública, hacen que en la corte en miniatura de Mistra se reúnan los nombres de las grandes familias bizantinas. Así pues, la ciudad comienza a crecer en majestuosidad al ampliarse el Palacio de los Déspotas y empezar a construirse las grandes mansiones aristocráticas, muchas de las cuales aún se conservan hoy en día.

El auge político y económico de esta nueva capital del Imperio provocó de forma natural que los grandes intelectuales bizantinos comenzaran a prestar atención a aquella lejana región. La primera de esas figuras es Demetrio Cidones, uno de los eruditos más importantes del Imperio Bizantino del siglo XIV.

Descendiente de una familia de diplomáticos, durante los años de mandato de Juan VI Cantacuzeno (1347-1354) Demetrio estuvo constantemente a su lado como secretario, primer ministro y amigo. A cargo de toda la correspondencia del emperador, se vio obligado a aprender latín, para lo cual acudió a un fraile dominico del barrio de Pera. Avanzando en sus estudios, el fraile le propuso traducir la Summa contra gentiles de Santo Tomás de Aquino, lo que abrió a Cidones las puertas de la teología occidental. Su profundización en otros textos y sus viajes a Italia como diplomático lograrían que poco a poco se fuera convenciendo del dogma latino hasta convertirse sinceramente al Catolicismo y ser uno de los más fervientes defensores de la unión de las Iglesias.

En las cartas de Cidones dirigidas al déspota Manuel, a su hermano Mateo y a otros importantes personajes de Mistra, como Demetrio Casandreno, Juan Láscaris Calófero y Constantino Asen entre otros, demuestra una profunda fidelidad por los Cantacuzeno y su preocupación por todo lo que afecte al Peloponeso. Cidones llegó plantearse abandonar todas sus actividades y retirarse en Mistra para dedicarse al estudio, pero sus ocupaciones como embajador y diplomático se lo impidieron.

Fue uno de los embajadores presentes junto con Felipe Tzicandiles en el acto de conversión a la fe católica del emperador Juan V Paleólogo que se llevó a cabo en Roma en 1369. De vuelta de Italia en 1371, pasará una temporada en Mistra junto al déspota Manuel, y hacia los últimos años del mandato de Juan V y durante todo el mandato de Andrónico IV procuró vivir retirado de la corte, pero, a pesar de sus reticencias, el gran conocimiento que había adquirido del latín, su experiencia y su sabiduría le hacían imprescindible para las relaciones diplomáticas entre Oriente y Occidente. Sólo cuando Manuel II fue coronado emperador en 1391, volvió a tomar parte verdaderamente activa en sus asuntos.

Códice ambros. gr. D 538, que contiene, entre otras obras, las Vidas paralelas de Plutarco, copiado en Mistra en 1362 por Manuel Tzicandiles para Demetrio Casandreno.

Si bien los textos de Cidones suponen un elemento fundamental para reconstruir la historia del Peloponeso en ese periodo, será Manuel Tzicandiles, secretario personal de Cidones y ayudante suyo en la traducción de los textos de Santo Tomás quien deje una huella palpable en Mistra. Originario de Constantinopla y muy unido también a Juan VI Cantacuzeno, parece haber acompañado a éste en su retiro definitivo a Mistra cuando Juan volvió para ayudar a Mateo a gobernar hasta que llegara Teodoro I. Su presencia en la capital del Despotado está atestiguada documentalmente entre 1362 y 1370 por la gran cantidad de manuscritos que copió, tanto para sí mismo como por encargo. Así lo demuestran las copias que nos dejó de textos de Juan VI Cantacuzeno y Procoro Cidones (hoy Paris. gr. 1241 y Vatic. gr. 674) y la versión griega de la Summa de Santo Tomás anotada por el propio Cidones, y el ejemplar de las Vidas Paralelas de Plutarco (hoy Ambros. Gr. D 538), escrito para Demetrio Casandreno, noble tesalonicense llegado desde Constantinopla junto con el séquito del déspota Mateo.

 

En efecto, aunque lejos de la Ciudad, la aristocracia que se iba asentando en el Peloponeso no quería renunciar bajo ningún concepto a los placeres y deleites de la vida intelectual capitalina, y así comienzan a introducirse entre los temas copiados en Mistra los autores clásicos, como el Plutarco ya mencionado, la Anábasis de Arriano (1370) y Herodoto (1372), y autores contemporáneos como Nicéforo Gregoras, erudito que, aunque hace muy breves alusiones al Peloponeso en su Historia romana, mantuvo constante relación epistolar con los déspotas Manuel y Demetrio.

A pesar de las duras circunstancias en que Teodoro I llevó a cabo su mandato en el Despotado de la Morea, nunca perdió ni el interés por las inquietudes intelectuales ni su contacto con el mundo cultural. A esto ayudó, sin duda, el nombramiento de su hermano Manuel como emperador en 1391, ya que las relaciones entre Mistra y la metrópoli se hicieron mucho más intensas propiciando la libre circulación de ideas. No obstante, los constantes conflictos y guerras que plagaron el mandato de Teodoro no generaron la situación más propicia para atraer a los intelectuales hacia ese rincón abandonado por la fortuna.

Como señala Zakythinos, el movimiento intelectual del Peloponeso debe todo su vigor al elemento venido de fuera. La producción literaria llevada a cabo en la propia Morea carece de especial relevancia e innovación, siendo epigramas de circunstancias o textos puramente retóricos redactados para actos oficiales o sociales. No obstante, uno de esos textos de alabanza circunstancial y de escasa calidad literaria se ha convertido en una fuente fundamental para reconstruir los pormenores del despotado de Teodoro y los problemas políticos que tuvo que afrontar. La llamada “inscripción de Parori” tiene una curiosa historia que hace todavía más preciosa su conservación. Se trata de un poema panegírico dedicado a Teodoro I que se encontraba grabado en una de las columnas de la iglesia de la Panayía de Parori, muy cercana a Mistra y hoy ya desaparecida, y que un tal abad Fourmont copió en 1730 en su diario de viaje.

 

 Escrita hacia 1389, hace mención a la toma de Argos, a las relaciones de vasallaje de Teodoro hacia Murad y a los incorformistas arcontes locales que obligaron a este “divino” déspota a utilizar a los “feroces hijos de Agar” por el bien del Imperio. El lamento fúnebre de Manuel II a su hermano también constituye otro de los monumentos escritos de enorme valor histórico de la Mistra de ese momento.

Manuel II tenía puestas sus esperanzas en la Morea, y su continua preocupación por la zona se puso de manifiesto cuando tras la muerte de su hermano en 1407 otorgó el título de Déspota a su joven hijo Teodoro y confió su cuidado a personas de su total confianza, como Francópulo y Jorge Gemisto Pletón. Nuncá apartó su vista de allí, como lo demuestran los viajes que realizó en 1408 y en 1415 para supervisar y poner en orden los espinosos asuntos internos. Ni siquiera todos los problemas que le acarreó la reconstrucción del Hexamilion durante su última estancia en el Peloponeso consiguieron que se diera por vencido, pero la situación del Despotado, y, sobre todo, la actitud de sus aristócratas, ya eran conocidas por todos. Así pues, incluso el género de la sátira, que en Bizancio se continuó cultivando con influencia directa de Luciano y Menandro, se hace eco de ella. De este momento se conserva una pieza satírica, El descenso de Mazaris al Hades, que, aunque escrita en Constantinopla hacia 1417-1418, merece su mención aquí por estar pensada principalmente para mofa y escarnio de los moreotas. El Despotado es un lugar corrupto, traidor e infiel a donde se dirige cualquiera que desee ascender rápidamente y no tenga escrúpulos para hacer dinero sucio. En palabras de Tozer, la lectura de esta pieza deja translucir “el desafecto de los habitantes de la provincia y aún más la ausencia de patriotismo, el egoísmo y la búsqueda del propio interés de la clase alta, y los estrechos y mezquinos asuntos que ocupan sus pensamientos muestran que no quedaba ya ningún espíritu sincero sobre el que pudiera basarse una resistencia vigorosa”. Como curiosidad, podemos mencionar que una de las copias del Mazaris fue encargada 1419 por un tal Mateo Cantacuzeno Láscaris, “peloponesio de Esparta”, tal y como reza en el colofón del que hoy es el manuscrito Paris. gr. 2991, con lo que podemos deducir que la aristocracia del Despotado era perfectamente consciente de lo que se pensaba de ella más allá de sus fronteras.

No obstante, es durante el mandato de Teodoro II cuando la ciudad de Mistra se convierte en el escenario del que fue el último renacimiento cultural de Bizancio. A pesar de su agrio y neurótico carácter, Teodoro fue un brillante intelectual, amante devoto de las artes y las ciencias. Desde mediados del siglo XIV, ante la decadencia y la falta de recursos de la Ciudad, los artistas se vieron obligados a buscar trabajo en otras partes más pujantes del imperio, principalmente Trebisonda y el Peloponeso, y si bien Mistra tenía ya tradición como foco de cultura, será bajo el mandato de Teodoro cuando este esplendor llegue a su cenit. No debemos olvidar que de esta época datan la última remodelación de San Demetrio, la construcción de la Pantanassa por Francópulo y la ampliación de la llamada “ala de los Paleólogos” en el Palacio de los Déspotas. La protección de Teodoro y Cléope atrajo allí no sólo a los mejores artistas, sino también a los más afamados filósofos del momento, que fueron reuniéndose en torno a la figura de Jorge Gemisto Pletón, juez, consejero y maestro de una pléyade jóvenes eruditos y eclesiásticos. Tenemos incluso el testimonio de un tal Hermónimo, alumno de Pletón, quien nos transmite en el elogio fúnebre que dedicó a su maestro lo difícil que era entrar a formar parte de ese selecto grupo.

No se tiene ningún dato concreto sobre dónde podría tener Pletón su centro de enseñanza dentro de la ciudad de Mistra, y las recreaciones románticas de la historia del Despotado gustan de imaginarlo paseando al aire libre rodeado de sus discípulos como hacían los peripatéticos de la época clásica. En su mayor parte, las enseñanzas del maestro no diferían de las que cualquier otro méntor bizantino pudiera impartir entre sus alumnos, aunque es bastante seguro que mantuviera un círculo cerrado de iniciados en el que difundiría sus doctrinas paganas y reformistas, la fratría —hermandad o secta— a la que hace alusión Escolario al hablar en 1451 de la ejecución de un pretendido seguidor de Pletón, el activista Juvenal. Desde luego, después de la muerte del viejo maestro en 1452, Juan Moscos asumió la enseñanza en la capital del Despotado y si en algún momento hubo una enseñanza mistérica, ésta murió con Pletón.

Pero la atracción que ejercía la figura de Jorge Gemisto no encontró sus límites en el Peloponeso y en el ámbito de los estudiosos griegos. Deseando volver a ver al venerable filósofo, a quien conoció durante su estancia en Florencia para acudir al concilio, Leonardo Bruni visita la Morea en 1441, llevándose una imagen lamentable de lo que vio allí. Gracias una carta sabemos que el Peloponeso le pareció un lugar horrible “de lengua depravada y costumbres bárbaras” —algo perfectamente lógico y comprensible si tenemos en cuenta que Filelfo era un exquisito florentino que había estudiado el dialecto ático de época clásica—, donde lo único que merece la pena es Pletón, “hombre sabio e ilustrado que ejerce en su país funciones de magistrado”. En 1447, Ciriaco de Ancona, pagano confeso, tampoco desperdiciará la ocasión de repetir una visita a Mistra, pues ya había estado allí en 1437, y pasar una temporada junto al anciano filósofo en la capital del Despotado. Durante su estancia Ciriaco trabajó con textos como la obra de Estrabón o el Dictis y Dares, y en 1448 escribió un breve tratado, Sobre el orden de los meses del año, que dedicó a Constantino Paleólogo, apoyando las teorías astronómicas de Pletón.

En Mistra se reúnen representantes de las dos posturas eclesiásticas que se enfrentaban en ese momento en el Imperio. Entre los unionistas encontramos a dos futuros cardenales de la Iglesia de Roma: Besarión, que fue alumno de Pletón y cuya posterior labor en Italia resultó fundamental para la difusión de los textos griegos entre los renacentistas de la época, e Isidoro, que llegó a ser metropolita de Kíev y patriarca latino de Constantinopla; entre los contrarios encontramos a Juan Eugénico, quien después de los problemas que le causó su firme oposición en Florencia se retiró definitivamente en Mistra, donde fue nombrado obispo de Lacedemonia y continuó su actividad antiunionista, a Jorge Escolario, quien probablemente fue alumno de Pletón aunque luego se convirtiera en su más encarnizado enemigo y que llegó a ser patriarca de Constantinopla después de su toma por los turcos, y al propio Pletón.

La actitud de Pletón y su pensamiento regenerador en aquellos momentos de lenta agonía cuando ya se daba todo por perdido provocaron la reacción tanto de los partidarios de sus ideas como de sus detractores. Sus ideas filosóficas y políticas, basadas en la tradición platónica, sus concepciones religiosas y su defensa del paganismo se enfrentaban al cristianismo tanto ortodoxo como católico, ya de por sí enfrentados, y no es de extrañar que en esta época el tema principal de las diatribas intelectuales sea la religión y la unión de las Iglesias. Por otra parte, después de la confusión generada a partir del concilio de Ferrara-Florencia, la Morea parece haber sido el lugar donde existía mayor libertad de pensamiento y mayor tolerancia ante las distintas posturas y, desde luego, la altura del pensamiento de Pletón, criticado o alabado, fue admirado y respetado por todos.

Las cartas y los escritos que se dirigen entre sí los eruditos y la aristocracia culta, sin olvidar a los déspotas, autores también de una nutrida colección epistolar, constituyen un precioso corpus a través del cual se pueden reconstruir las preocupaciones filosóficas y religiosas y los acontecimientos históricos que ocupaban en ese momento a la clase intelectual. Por citar un ejemplo, en 1436, cuando ya se había completado prácticamente la reconquista bizantina del Peloponeso y la situación se presentaba si no prometedora sí al menos tranquila, surge la disputa entre Constantino y Teodoro por el trono del Imperio.

 

 Besarión, que se encontraba en Mistra probablemente siguiendo las clases de Pletón, escribe en marzo-abril de ese año a Teodoro intentando reconciliarle con su hermano y con el emperador. No podemos saber con exactitud qué influencia pudo tener esa carta en el ánimo de Teodoro, pero la reconciliación, aunque frágil, se llevó a cabo a final de la primavera. Diametralmente opuesta fue la actitud de Juan Dociano, intelectual de segunda fila pero muy cercano a los ilustrados déspotas, quien, adicto incondicional de Teodoro y con retórica exageración, afirmaba que la llegada de Teodoro a la capital y su acceso al puesto de co-soberano bastaban para reconducir al linaje de los romeos en el camino de su prosperidad de antaño. Resulta al menos digno de mención que fuera este mismo Dociano el autor de un encomio a Constantino cuando éste ejercía la regencia de su hermano Juan VIII (1437-1440) y de otra breve dedicatoria al mismo en su segundo despotado.

No obstante, el registro de los libros de Juan Dociano nos proporciona una excelente idea de los intereses culturales de la época en Mistra durante la agitada primera mitad del siglo XV: Esquines, Jenofonte, Homero, Aristóteles, Hesiodo, Gregorio de Chipre, Zonaras, Manuel Files, Jorge Acropolita y muchos otros autores entre otros textos científicos de astronomía y derecho. El propio Dociano se copió su ejemplar personal de la Ilíada (hoy Paris. gr. 2685).

**Las narraciones históricas de los escritores contemporáneos, como Gregoras, Ducas, Critóbulo, Sfrantzés y Calcocondilas, conscientes de la importancia estratégica que tenía para el Imperio, también tienen muy presentes los acontecimientos que se desarrollaban en el Peloponeso. Más en concreto, Jorge Sfrantzés llegó a Mistra en 1446 y fue nombrado gobernador de la ciudad y de sus regiones circundantes por el entonces déspota Constantino. Laónico Calcocondilas es descrito por Ciriaco de Ancona en 1447 como un “joven ingenuo” que formaba parte del círculo de alumnos de Pletón. El narrador del advenimiento del Imperio Otomano no parece presentar en su obra huellas evidentes de las heterodoxas enseñanzas de su maestro, aunque sí conserva la esperanza del renacimiento de un nuevo imperio griego.

Al parecer, cuando Constantino abandonó Mistra para dirigirse a Constantinopla en 1449, las continuas disputas y enemistades entre los dos últimos déspotas Tomás y Demetrio Paleólogo provocaron que las posturas en lo que a tolerancia religiosa se refiere se radicalizaran. Demetrio y su esposa, Teodora Asenina, eran conocidos por su oposición a la unión de las Iglesias, por lo que se ganaron la fidelidad incondicional de los eclesiásticos más radicales en esta cuestión, aunque la figura de Pletón permaneció intocable hasta su muerte. En 1451/2, esto es, aún en vida de Pletón, Jorge Escolario, dirige una carta a un oficial de la Morea llamado Manuel Raúl Oises felicitándole por su severidad en la ejecución del pagano Juvenal, y aunque no se atreve a mencionar a Pletón todavía abiertamente, las alusiones que hace a las ideas y a las exaltadas actividades del agitador, al que menciona como perteneciente a una “hermandad peloponesia”, apuntan directamente al viejo filósofo. Oises ejecutó al apóstata cortándole la lengua, las orejas, los brazos y las piernas y lanzándolo al mar, y Escolario le anima a que siga castigando con igual dureza a todos aquellos defensores del diabólico paganismo. Por otra parte, en 1452 Juan Eugénico, metropolita de Lacedemonia, fanático antiunionista, no duda en escribir un informe al déspota denunciando a otros obispos de la Morea como latinizantes y a exhortar a Demetrio a que depure la Iglesia.

 

Retrato del cardenal Besarión en una miniatura del marcianus graecus 53 (1471), donde se representa al humanista Guillaume Fichet ofreciéndole un tratado de retórica.

La efervescencia dialéctica surgida en Mistra hace que, lógicamente, la producción de manuscritos se multiplique, y podemos observar ya que los clásicos entran de lleno.

 

La polémica desatada a instancias de Pletón entre Platón y Aristóteles también provocará un estudio en profundidad de estos autores, pero la copia de sus obras se realizará principalmente en las regiones griegas ocupadas por Venecia despues de la caída del Despotado en 1460. Algunos de estos copistas moreotas refugiados en occidente llevarán a cabo una silenciosa pero enorme labor de copia y de difusión de las obras griegas a su alcance, a veces por encargo, a veces por simple y desinteresado “amor a la patria”, como el copista Miguel Suliardos de Argos anota en sus colofones.

 

 Caritónimo Hermónimo, Demetrio Tríboli, Miguel Apostoles y Demetrio Raúl Cavaces pertenecieron todos al círculo de Pletón que realizaron en el exilio una labor de inapreciable valor copiando manuscritos en Italia y Francia y difundiendo por la Europa renacentista los textos griegos.

 

Más en concreto, gracias a Cavaces, quien se declara “adorador del sol” como su maestro, conocemos los detalles de la destrucción del Tratado sobre las Leyes, la obra cumbre de Pletón, y se han transmitido algunos de los pocos fragmentos que conservamos hoy en día. Otros alumnos del viejo filósofo, como el cardenal Besarión o Juan Argirópulo, tuvieron un papel decisivo en el afianzamiento del griego en la Europa del Renacimiento.

 

El estudio y el mantenimiento de la cultura y de la lengua griega, principalmente de la tradición clásica, recayó ya casi de manera exclusiva sobre la Europa occidental.

 

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