BIZANCIO!!!

El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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NICÉFORO I

Por Procopio.

En 802 la emperatriz Irene, defensora de la ortodoxia, es depuesta por un motín palaciego incruento. Tras veintidós años de buen gobierno, la Augusta acepta la situación sin alterarse y acepta retirarse a un monasterio que ella misma había favorecido con su patronazgo.

Los conspiradores triunfantes son el eunuco Aecio, estratega de los themas de Anatólicos y Opsicia, personaje de confianza de Irene y su hermano León, estratega de Macedonia y Tracia, que debía subir al trono. Pero es Nicetas Trifilio, domestico de las Escuelas, quien cosechará los frutos de su traición: tras deponer a los usurpadores, instaurará como basileus a su propio candidato: el logothetos general Nicéforo, ministro encargado de las finanzas imperiales.

La justificación para que este último subiera al trono es algo retorcida, como puede verse, pues se trataba de quitar la corona a un usurpador sin derecho a ello pero no para reponer a la emperatriz legítima, sino para dársela a su vez a otro usurpador, Nicéforo.

Éste era un veterano funcionario que por aquel entonces pasaba los cincuenta años. Su experiencia no se limitaba a l burocracia, pues se cree que fue él quien como estratega de Armenia tomó la fortaleza de Adata en 786. Era, al parecer, natural de esa región del imperio, y afirmaba ser descendiente del linaje árabe de los Gassánidas. Contaba además con el respaldo de buena parte del clero y el funcionariado, apoyo que a Irene le faltó en sus últimos años de gobierno.

Aún no había pasado un mes de su coronación cuando Nicéforo puso manos a la obra para reorganizar el Estado y afirmarse en el trono: para empezar depuso a Aecio de su cargo de estratega. Los dos themas antes a su cargo fueron confiados a Bardanes Turcus, el cual también recibió tres departamentos más de la región. A continuación el emperador decidió no pagar más el humillante tributo acordado por Irene con el califa. Evidentemente el nombramiento de Bardanes era una forma de preparar la frontera este de cara a un ataque.

Pero la solución no dio el resultado apetecido: en 803 el flamante estratega se hizo nombrar emperador por sus hombres en nombre de Irene. Sólo el thema de los Armenios se mantuvo fiel a Nicéforo, pero Bardanes no se quedó a someterlos: rápidamente sus rebeldes se pusieron en marcha hacia Constantinopla, pero al llegar a Crisópolis, en el Bósforo, le llegó la noticia de la muerte de Irene (por causas naturales). El estratega usurpador se detuvo a meditar sus opciones, pero al ver que sus hombres desertaban al otro bando, aceptó la oferta de Nicéforo de retirarse a un monasterio a cambio de impunidad. Así se abortó su rebelión.

Mientras el califa Harun aprovechó que la frontera estaba desguarnecida para saquear Anatolia a su voluntad. Finalmente aceptó retirarse a cambio de un tributo. Al año siguiente lanzaría otro ataque victorioso sin encontrar ninguna oposición.

En 805, pero, Harun tuvo problemas en Asia Central y Nicéforo vio la oportunidad del desquite contra los enemigos del Imperio.

Desde la muerte de Constantino V, los búlgaros y eslavos habían perdido el respeto por los bizantinos, y era hora de ponerlos en su sitio: el estratega de la Hélade expulsó aquel año a los eslavos del Peloponeso occidental con pocos problemas. La región, dividida en tres pequeños themas, fue repoblada por descendientes de griegos expulsados dos siglos antes, resultando así ser una operación rentable y duradera.

Mientras Nicéforo probó fortuna en el Este: mandó primero una expedición desde Armenia contra la gran fortaleza de Melitene, y luego otra desde Anatolia contra Cilicia. Las dos tuvieron que retirarse después de que Harun volviera de Asia, si bien la segunda consiguió saquear antes Tarso.

En 806, a los problemas exteriores del Imperio se sumaron otros de internos. Aquel año el patriarca Tarasio murió e iconoclastas y iconódulos empezaron a disputar sobre quién lo sustituiría.

Nicéforo decidió nombrar a otro Nicéforo, que era como él un antiguo burócrata y un ortodoxo moderado, partidario de la reconciliación entre los dos bandos. Esta elección no fue del agrado de los iconódulos más radicales: Teodoro de Estudios y su tío Platón. Éstos pusieron el grito en el cielo al oír que la primera medida del nuevo patriarca fue rehabilitar al monje José de Catara, una de sus bestias negras.

El "crimen" de este hombre había sido oficiar las segundas nupcias de Constantino VI, el cual se había separado de su primera mujer de forma un tanto irregular (se habló entonces de un matrimonio adúltero). Los dos Nicéforos no lo hicieron de forma espontánea, pues le debían a José que hubiera persuadido al rebelde Bardanes a rendirse pacíficamente en 803.

Para intentar calmar a los iconódulos, el emperador nombró al hermano de Teodoro, José, arzobispo de Tesalónica. Pero ni siquiera esto les bajó los humos y se negaron a comulgar con el nuevo patriarca. De nuevo se reabrió la controversia moeciana.

Antes de poder solucionarse los problemas internos, los externos se agudizaron. En 806 los duques de Dalmacia y el Véneto renegaron de su lealtad al Imperio y se pusieron bajo la tutela de Carlomagno, cuyo rango imperial nunca reconoció Nicéforo.

Después de todo el papa coronó a ese franco argumentando que, Irene no podía ocupar el cargo al ser mujer, pero el actual basileus no tenía tal "problema". El año siguiente (807) una flota bizantina remontó el Adriático y devolvió las provincias díscolas al redil.

En el Este, los árabes del califa Harun volvieron al ataque, esta vez con un vasto ejército de 135.000 hombres. Des de los tiempos de la guerra persa de Heraclio, ningún invasor dispuso de fuerzas semejantes. Sobrepasado por la situación, Nicéforo se avino a negociar una tregua a cambio de 30.006 nomismata (las últimas seis monedas tenían que pagarlas el emperador y su hijo personalmente, con lo que se agravaba la humillación del tributo).

Habiendo despejado el frente oriental, Nicéforo decidió concentrarse en los Balcanes. Operando a una doble escala (mediante campañas militares y repoblamiento del territorio) el emperador esperaba restablecer la posición del Imperio como potencia predominante en la región.

Para eso pero era necesario un tesoro lleno. Nicéforo, actuando como el ministro de Hacienda que fue en otro tiempo, ordenó un censo general del cobro de impuestos, la primera desde 733: se contaron graneros, casas, almacenes, tierras y esclavos. También se revisaron los pagos pasados de tributos, a la caza de irregularidades y morosos. Las exenciones fiscales dispuestas por Irene para los mercaderes urbanos y la iglesia y sus instituciones de caridad fueron canceladas; tuvieron que pagar con efecto retroactivo todos los impuestos a partir del primer año de reinado de Nicéforo. Aquellos incapaces de satisfacer su deuda veían parte de sus tierras confiscadas por el Estado.

Para evitar también que quedaran demasiadas tierras vacías y sin trabajar en Asia Menor, Nicéforo forzó a los armadores de barcos mercantes de Constantinopla a comprar grandes parcelas de las mismas.

Estas medidas contribuyeron sin duda a mejorar la igualdad fiscal, pero causaron descontento entre la Iglesia y los que antes se beneficiaban de las exenciones. En 808 Nicéforo descubrió una conspiración fraguada entre clérigos y funcionarios. Al parecer Teodoro de Estudios y los suyos tenían alguna relación con ella, y aunque el emperador no pudo probar que estaban implicados, quiso obligarlos a recibir la comunión del patriarca Nicéforo. Cuando se negaron a hacerlo, Nicéforo perdió la paciencia y consiguió que un concilio eclesiástico les condenara al exilio.

En 809, la expansión balcánica de Bizancio los puso en conflicto con su principal rival en la zona, el reino de Bulgaria. El khan Krum reaccionó con alarma a estos movimientos y a principios de año derrotó a una fuerza imperial cerca del rio Strimon. Luego saqueó Serdica (actual Sofía) y derribó sus murallas. La respuesta de Nicéforo no fue menos enérgico y en primavera atacó por sorpresa la capital búlgara en Pliska y la saqueó a su vez.

Luego recuperó Serdica, pero al negarse sus hombres a hacer los trabajos necesarios para fortificarla de nuevo, tuvo que retirarse a Constantinopla para restaurar su disciplina.

Mientras su duque en el Véneto se veía obligado a retirarse debido a la presión de los francos.

En cuanto al repoblamiento de los Balcanes, Nicéforo dictó un edicto mediante al cual miles de familias de Asia Menor debían instalarse en Europa durante el otoño y el invierno. Luego se reorganizaron los themas de la región: el de la Hélade se dividió en dos: el del norte incluía la Grecia central y el del sur pasó a llamarse thema del Peloponeso. Los dos arcontados de Cefalonia y Tesalónica se expandieron y se convirtieron en themas. Los regimientos de esta zona, conocidos como los Mardaitas Occidentales, también fueron reforzados. Nicéforo además aumentó el ejército central añadiéndole un nuevo tagma, el Hicanati. En total unos 10.000 hombres extra entraron en el ejército.

Con este proceso Nicéforo conseguía rellenar las arcas imperiales (con los impuestos de los nuevos colonos y las vendas de sus antiguas tierras), recuperar toda Grecia para el Imperio, contrarrestar la excesiva presencia de pueblos eslavos y reforzar el ejército.

Viendo al Imperio más restablecido, Nicéforo aprovechó su nueva fuerza: en 810 una flota retomaba el control del Véneto. Para mejorar la situación defensiva, el nuevo duque trasladó la capital a unas islas, que serían el núcleo de la futura Venecia.

En el Este, el califa Harun había muerto poco antes y estalló una guerra entre sus sucesores. Uno de ellos, pero, encontró tiempo libre para hacer una visita a sus vecinos bizantinos, destruyendo la ciudad de Euchatia en el Thema de los Armenios.

Nicéforo consideró culpable de este fallo de la defensa al estratega León (que era nada menos que el futuro emperador León el Armenio), que había huido. Con todo eso no hacía presagiar ningún ataque a gran escala, por lo que Nicéforo se puso a concentrar sus fuerzas en el Oeste.

Para liquidar de una vez la amenaza búlgara, el emperador reunió el mayor ejército visto en Bizancio en varias generaciones, juntando tropas de los tagma y los themas. El Khan Krum pidió negociar, pero Nicéforo, seguro de si mismo, se burló de él.

Luego, tras esperar algún tiempo en la frontera para dejar que los búlgaros se fueran asustando, los imperiales se pusieron en marcha. Tomó Pliska al asaltó, pasando a cuchillo su guarnición.

Las tropas bárbaros que debían reforzar la capital llegaron tarde y también fueron derrotadas. De nuevo Krum pidió la paz, pero de nuevo Nicéforo se negó. Tras saquear concienzudamente la comarca, se retiró hacia el oeste en dirección a Serdica.

Pero el Khan estaba al acecho. En un momento de su trayecto, el ejército bizantino debía pasar por un estrecho valle cruzado por un río. Cuando se adentraron por esa ratera, los imperiales se encontraron con el otro extremo cerrado por una empalizada de troncos. La otra salida quedó bloqueada por la misma barrera. Estaban atrapados por los búlgaros.

Nicéforo no se decidía a asaltar la barricada, y ocultó a sus hombres su difícil situación para evitar el pánico. La segunda noche, pero, los búlgaros atacaron. La sorpresa fue total, y el emperador y la mayoría de sus hombres cayeron. El resto del ejército huyó aterrorizado. Muchos murieron pisoteados por sus compañeros o se ahogaron en un pantano. Finalmente Estauracio, el hijo de Nicéforo, consiguió agrupar algunos hombres, atravesar la empalizada y retirarse hasta Adrianópolis.

Entre les bajas más destacadas se contaban, aparte del emperador, el doméstico de los Ecubitores, el drungario de la Guardia. Aparte, el estratega de los Anatólicos, el estratega de Tracia y el doméstico del nueva thema de Hicanati fueron capturados.

Krum, ensoberbecido por su triunfo, hizo cubrir de plata el cráneo de Nicéforo y hizo que sus nobles brindaran con ella.

Perdiendo completamente el miedo al Imperio, juró que no descansaría hasta clavar su lanza en la puerta de Oro de Constantinopla.

El horrible fin de Nicéforo, provocado por su excesiva agresividad (sus enemigos lo consideraron un castigo divino por su temeridad y codicia), no debe hacernos olvidar lo exitoso de su reinado, pese al golpe que supuso la derrota de Pliska. Gracias a él por primera vez desde Heraclio Grecia volvía a estar bien afianzada en manos imperiales y se había restablecido la coherencia del sistema impositivo.

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