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LA BATALLA DE PELAGONIA (1259)

Por Lluis Valls

 

Hacia 1258, el imperio de Nicea era la principal amenaza para todos los estados, latinos o griegos, que se repartían la parte europea el Imperio desde la época de la IV Cruzada: además de las posesiones de Nicea (centradas en Tesalónica), estaban el despotado de Epiro, el Imperio Latino (ya reducido a poco más que la ciudad de Constantinopla y alrededores), el principado franco de Acaya, el ducado también franco de Atenas y otros principados menores en Grecia y Tesalia, francos o griegos. El más poderoso de todos era, sin duda, el principado de Acaya, pero el déspota Miguel de Epiro había forjado un hábil sistema de alianzas, casando a dos hijas suyas con Guillermo de Acaya y con Manfredo, rey de Sicilia. Todos ellos, aunque tenían objetivos difícilmente compatibles, estaban unidos por su odio a Nicea, por lo que, impulsados por Miguel de Epiro, decidieron coaligarse contra Nicea.

En Nicea, Miguel VIII Paleólogo, excelente soldado y diplomático, estaba consolidando su poder tras hacerse coronar co emperador al lado del niño Teodoro Vatatzes, legítimo dueño de la púrpura imperial, e intentó conjurar el peligro por medios diplomáticos. Descartando poder neutralizar a Miguel de Epiro, envió una embajada al rey Manfredo, sin duda su adversario más ambicioso; la misión, sin embargo, fracasó rotundamente, siendo encarcelado durante dos años el propio embajador. También escribió al papa Alejandro, tentándole con la unión de las iglesias, pero éste no contestó. Finalmente, Balduino, el emperador latino, que temía casi tanto a Guillermo de Acaya como a Nicea, ofreció la paz, pero Miguel VIII consideró excesivas las contrapartidas territoriales que exigía.

Al final, no se pudo evitar la guerra. Miguel VIII reunió un ejército, integrado por tropas griegas, caballería eslava mercenaria y algunos mercenarios latinos, y lo envió a Macedonia, bajo el mando de su hermano Juan Paleólogo; este ejército, que debía contar con poco más de 10.000 hombres, sorprendió a las fuerzas de Epiro en Castoria, obligándole a retroceder hasta Epiro, mientras los niceanos tomaban Ocrida y las fortalezas vecinas.

Mientras tanto, los coaligados juntaban sus fuerzas; desde Italia, Manfredo envió a su suegro 400 caballeros alemanes, bien armados y con buenos caballos, junto a un contingente de infantería siciliana; desembarcaron en Avlona y se unieron en Arta a los restos del ejército de Epiro. Cerca de Arta se les unió Guillermo de Acaya, con un fuerte contingente de caballería franca e infantería, procedente de realizar la leva feudal en el Peloponeso. Juntos, se trasladaron a Tesalia; allí gobernaba Juan, hijo bastardo de Miguel de Epiro, que se les unió con un contingente válaco; finalmente, se incorporaron contingentes procedentes del ducado de Atenas y del resto de señoríos francos del norte de Grecia.

Completado el ejército, se dirigió a la llanura de Pelagonia, donde aguardaban Juan Paleólogo y sus tropas. Éste, superado numéricamente, tenía instrucciones de evitar el enfrentamiento, por lo menos hasta haber debilitado a los aliados por medios diplomáticos. A fin de cuentas, la coalición era débil, dado que por lo menos Guillermo de Acaya, Miguel de Epiro y Manfredo aspiraban a dominar Constantinopla, y el resto de potentados de la región debía temer que cualquiera de esos príncipes pudiese alcanzar sus fines. Y la animadversión tradicional entre griegos y latino sin duda no contribuía a aumentar la cohesión de ese ejército; aún así, su poder era formidable.

Juan Paleólogo estuvo sin duda a la altura de la tarea; al parecer, algunos caballeros de Acaya dispensaron demasiadas atenciones a la hermosa esposa de Juan de Tesalia y éste, al no conseguir satisfacción de Guillermo de Acaya, decidió abandonar la coalición; furioso, consiguió arrastrar a su padre en su defección, que se había convencido que la victoria aprovecharía mucho más a sus yernos que a él mismo; también es posible que algunos jefes epirotas hubiesen sido convenientemente sobornados. En consecuencia, durante la noche que precedió a la batalla, los contingentes de Tesalia y Epiro se retiraron.

El resto se puede atribuir sin duda al exceso de confianza de los latinos; confiados en su superioridad y despreciando al enemigo (pese a que en escaramuza previas la caballería pesada franca había hecho mal papel ante los jinetes ligeros de Nicea), debieron descuidar la guardia. Al amanecer, los sorprendidos latinos se encontraron con la defección de sus aliados y con que eran atacados por los de Nicea; sin tiempo para reagruparse y ante lo que se les venía encima, casi no ofrecieron resistencia y huyeron; bastantes de ellos fueron muertos, y muchos más apresados, incluidos buena parte de los señores francos de Grecia; entre ellos, Guillermo de Acaya, que si bien consiguió ocultarse durante unos días, al final fue reconocido y apresado.

La batalla confirmó la supremacía de Nicea en la región, y dejó al Imperio Latino sin otro aliado que la flota veneciana; sus días, sin duda, estaban contados.

El Imperio pudo establecer una cabeza de puente en el Peloponeso; aparte de los juramentos habituales de vasallaje y cese de cualquier hostilidad, para recuperar su libertad Guillermo de Acaya se vio obligado a entregar Mistra, Maina y Monemvasia, núcleo del futuro despotado de Morea. En otras regiones tuvo Miguel VIII menos suerte, pues pese a los esfuerzos realizados, tanto Miguel de Epiro como Juan de Tesalia consiguieron mantenerse en el poder hasta su muerte.

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