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JORGE GEMISTO PLETÓN
Vida y pensamiento
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Jorge Gemisto Pletón. |
Nacido en Constantinopla entre 1355 y 1360, Jorge Gemisto murió en Mistra en 1452, apenas un año antes de que su ciudad natal cayera en manos turcas. Pletón vivió, por tanto, la práctica totalidad del último siglo del Imperio y los acontecimientos históricos, sociales y culturales que más definitivamente marcaron el camino del mundo que hoy en día conocemos. Perteneciente a una ilustre y antigua familia constantinopolitana, parece que fue a partir del Concilio de Florencia cuando comenzó a utilizar el sobrenombre de Pletón, sinónimo de su apellido Gemisto, que significa literalmente "lleno", para sentirse más cercano aún a Platón, el inspirador directo de su pensamiento. |
Solamente conservamos noticias sobre la juventud y periodo de formación de Pletón a través de la pluma de su más enconado enemigo, Jorge Escolario, que después de la conquista otomana se convertirá en patriarca ortodoxo de Constantinopla con el nombre de Genadio II por deseo expreso de Mehmet el Conquistador.
Este relato, por lo tanto, debe ser leído con extrema precaución. Hacia 1455 el patriarca dirige una carta a Teodora Asenina, esposa de Demetrio Paleólogo, el último déspota de Mistra, en la que intenta buscar el origen de las heréticas ideas de Pletón en la educación recibida. Así, según testigos que conocieron a Gemisto durante su juventud, el joven Jorge, antes de finalizar su formación y su instrucción en leyes, se había dejado vencer por las creencias de los helenos. Dejando a un lado el estudio del cristianismo, cuenta Escolario haciendo alusión directa al neopaganismo pletoniano, Gemisto se abandona a la lectura de los poetas y los filósofos clásicos y no sólo no se limitó a aprender la lengua como hacen los buenos cristianos, sino que se inició en las creencias de sus autores. Para colmo, “se fugó de su patria a la corte de los bárbaros”.
En efecto, numerosos eruditos y estudiosos griegos acudieron a las tierras recién conquistadas por los turcos ante el auge económico, y por tanto cultural, que causó el dominio otomano, y el joven Gemisto fue uno de ellos. Su presencia está atestiguada tanto en Adrianópolis como en Brusa, aunque lo más que se puede determinar es que estuvo en esta última ciudad en 1380. En la corte otomana siguió, según Escolario, las enseñanzas de un judío politeísta de gran influencia política —un misterioso Eliseo del que no se tiene más noticia salvo que murió “entre llamas”— profundo conocedor de Aristotéles a través de Averroes y otros comentaristas árabes y persas, y que le inició también en las doctrinas de Zoroastro. De esta época datan escritos de Pletón como el Tratado sobre los oráculos caldeos o la Historia del Islam desde la muerte de Mahoma hasta la conquista de Creta en 827-828. Parece que fue entonces cuando comenzó a fraguar la idea de que el Cristianismo había sumido al Imperio en la decadencia y de que una re-helenización —o lo que es lo mismo, una re-paganización, ya que en ese momento el término ‘heleno’ era sinónimo de ‘pagano’ y los bizantinos se llamaban a sí mismos ‘romeos’ porque eran en realidad los herederos del Imperio Romano— les devolvería todo su esplendor de antaño.
Después de su regreso a Constantinopla, Gemisto comienza a impartir enseñanzas impregnadas de los heterodoxos pensamientos que había desarrollado consiguiendo crear alrededor suyo grupos de fieles discípulos y alcanzar con su fama los altos más círculos de la corte. Todo esto alarma a los sectores religiosos más conservadores de la Ciudad, por lo que deciden expulsarlo. Manuel II le encarga el cuidado y la instrucción de su joven hijo Teodoro, a quien envía como déspota al Peloponeso en 1407 con tan sólo doce años de edad. Manuel quería tener la lejana Morea en manos de personas fieles y leales, de lo que se deduce la gran confianza que Pletón le inspiraba a pesar de sus extravagantes convicciones. No se sabe si llegó allí acompañando al joven déspota; el caso es que la última evidencia de su estancia en Constantinopla está fechada en 1405 y la primera de su estancia en Mistra data de 1409, cuando lee en público las Consideraciones preliminares a la oración fúnebre de Manuel Paleólogo a su hermano Teodoro.
No obstante, nada hay más lejano a un exilio que el retiro de Gemisto en Mistra. Allí gozó siempre de la más elevada posición como juez y asesor personal de los mandatarios, y su estrecha relación con los miembros de la familia imperial se vio remunerada con prebendas y concesiones de tierras que le proporcionaron una situación de alto privilegio gracias a la cual pudo desarrollar su enseñanza y actividades con entera libertad.
No obstante, su pensamiento renovador y su consejo no tuvieron repercusión alguna en el comportamiento político del emperador Manuel y de sus hijos. A pesar de que Pletón le había desaconsejado la celebración de un concilio para la unión de las Iglesias, el emperador Juan VIII le pidió que, junto con Escolario, Besarión y otros, formara parte de la comisión que iba a acudir a Ferrara-Florencia en 1438 como último intento desesperado de conseguir ayuda militar de occidente contra el Turco. En Ferrara, en contra de los deseos del propio emperador, Gemisto se opuso firmemente a la unión de las Iglesias defendiendo la postura ortodoxa que dogmatiza que las tres personas de la Trinidad tienen la misma esencia constituyendo una única divinidad, pero cada una tiene capacidades distintas. Así, la capacidad de procrear pertenece en exclusiva al Padre, por lo que el Espíritu Santo no puede provenir “también del Hijo” (filioque) como rezaban los latinos en su credo. Esto, contrastado con sus convicciones paganas, no deja de provocar cierta perplejidad, pero siempre se debe tener en cuenta que. más que una defensa de la Ortodoxia, Pletón defiende la identidad griega —o helena— del Imperio frente a los latinos, y que esta defensa de la Ortodoxia no es más que un escudo para poder seguir manteniendo la heterodoxia.
Una vez que el concilio se trasladó a Florencia, Gemisto tuvo la ocasión de entrar en contacto con el círculo de los humanistas herederos de las enseñanzas de Manuel Crisoloras, el diplomático y erudito bizantino que con sus clases de griego en el Studio a finales del siblo XIV consiguió crear una escuela cuyos frutos serían los más afamados helenistas del Renacimiento. Cosme de Medici, Roberto Rossi, Leonardo Bruni y todos los estudiosos ávidos del saber griego cayeron rendidos de nuevo ante Pletón, que les descubría el Platón más puro de la tradición bizantina frente al aristotelismo tomista sobre el que se habían basado la teología y la filosofía occidentales. Para ellos escribe el tratado Sobre las diferencias entre Platón y Aristóteles, más conocido por su nombre latino abreviado De diferentiis, que constituirá el inicio del intenso debate sobre las filosofías platónica y aristotélica que se generó tanto en Oriente como en Occidente. Por un lado, Escolario le contestó en 1444 con su escrito Contra las dudas de Pletón sobre Aristóteles que Pletón a su vez refutó con la disertación Contra las objecciones de Escolario contra Aristóteles. Besarión, quien, a pesar de mantener posturas religiosas completamente opuestas a las de su maestro, siempre le respetó y defendió, entra en la discusión pidiendo a Pletón ciertas aclaraciones que el filósofo contesta puntillosamente en 1449. No obstante, aún después de la muerte de Pletón y ya refugiado en Italia, Jorge de Trebisonda escribe sus Comparationes philosophorum Aristotelis et Platonis atacando las concepciones platónicas. Besarión asume la defensa y escribe uno de los tratados fundamentales de toda la cuestión, su In calumniatorem Platonis (Contra el calumniador de Platón). Los sabios bizantinos se dividen: Jorge Escolario, Jorge de Trebisonda, Andrónico Calisto y Teodoro Gaza se inclinan por Aristóteles; Besarión, Juan Argirópulo y Miguel Apostoles por Platón.
Por otra parte, en medio de esta vorágine filosófica y aún bajo la viva impresión que Pletón le provocó durante su estancia en Florencia, Cosme de Medici funda por fin hacia 1459 ó 1460 la Academia Platónica, centro de estudios que bajo la dirección de Marsilio Ficino se convirtió en uno de los principales focos de actividad intelectual de la Europa occidental del siglo XV.
Relacionado también con la estancia de Pletón en el Concilio de Florencia ha circulado otro mito que Wilson, si bien no lo desmiente, sí al menos lo pone en tela de juicio. En principio, Pletón presentó ante sus nuevos amigos humanistas de Florencia la Geografía de Estrabón como complemento a la ya bien conocida de Ptolomeo. Esta obra de Estrabón contenía comentarios a teorías de geógrafos anteriores, como Eratóstenes o Poseidonio, que postulaban que, navegando siempre hacia el oeste, se podría llegar a la India después de haber recorrido una distancia de 70.000 estadios. Es muy posible que durante su estancia en Florencia Pletón entrara en contacto con Paolo dal Pozzo Toscanelli, quien después tuvo relación directa con Cristóbal Colón, de quien su propio hijo afirmaba en la biografía que de él escribió que estuvo muy influido por los textos de Estrabón. En efecto, está comprobado que Pletón realizó una antología de Estrabón y que, aunque Filelfo y Aurispa habían llevado a Italia textos de Estrabón en una fecha anterior al concilio, el geógrafo clásico no parece haberse difundido hasta algún tiempo después, para lo que resultó fundamental la traducción latina de Aurispa en 1458. Según esto, la presencia de Pletón en Italia habría contribuido de forma directa al descubrimiento de América.
No obstante, Wilson ha descubierto cierto desajuste entre las fechas. Al parecer, la antología que Pletón escribió sobre la Geografía de Estrabón es mucho más tardía, datada entre 1447-1448, en la época en que Ciriaco de Ancona se encuentra en Mistra como visitante, y será también Ciriaco el que lleve a Florencia un códice de Estrabón adquirido en Constantinopla. Aunque no se puede excluir categóricamente la posibilidad de que Pletón presentara a Estrabón en Florencia, resulta más probable que fuera incluso Besarión, también poseedor de un Estrabón, quien ya asentado en Italia, tuviera más tiempo y oportunidad para presentar allí la Geografía e insistir sobre ella hasta conseguir la traducción al latín en 1458, lo que inexcusablemente otorgó a Estrabón toda su proyección posterior.
Woodhouse, por el contrario, sí considera que hay pruebas de que Pletón presentó a Toscanelli, matemático y astrónomo de la Signoria de Florencia interesado en la filosofía platónica, el trabajo de Estrabón, y señala que veinticinco años después Toscanelli escribe al físico y eclesiástico portugués Ferdinand Martens de Roritz. Éste, casualmente, fue uno de los personajes que más animaron a Colón para atreverse a cruzar el Atlántico. Woodhouse también reconoce que esta relación está basada en hechos circunstanciales, pero la asociación del nombre de Jorge Gemisto con un hecho de tal envergadura como el descubrimiento de América resulta, en cualquier caso, trascendental.
Pletón fue un pensador profundamente preocupado por los problemas de su tiempo. Su pensamiento filosófico y religioso se aplica directamente a la reflexión sobre los problemas políticos, económicos y sociales que afectaban al Imperio y a la propuesta de soluciones que se han llegado a calificar de utópicas o de huida de la realidad, queriendo poner en línea la concepción ideal de Estado que defendía Pletón con utopías posteriores como la de Tomás Moro. Sin embargo, Juan Signes, el traductor al castellano del Memorial a Teodoro, hace una importante observación de punto de enfoque: “Aunque hoy a nosotros la perspectiva histórica nos haga afirmar tajantemente que a principios del siglo XV la suerte de Bizancio estaba ya echada y era cuestión de tiempo esperar su caída, los contemporáneos no debieron ver así las cosas. Las propuestas de Pletón no nacían de la desesperación, sino que eran un intento honesto de reformar el Estado bizantino aprovechando el respiro que se le concedía. Pletón supo ver muy bien la urgencia de la situación y se dio cuenta también de que la oportunidad que se daba a Bizancio sería probablemente la última.”
El conjunto del pensamiento de Jorge Gemisto Pletón tomó su forma definitiva en el Tratado sobre las leyes, obra que fue redactando, rodeado de cierto secretismo ya que era perfectamente consciente de los riesgos que corría, a lo largo de toda su vida. En ella, al igual que Platón en Las Leyes, el filósofo detalló todas sus concepciones filosóficas sobre lo divino y lo humano. Después de la muerte del filósofo en 1452, el ejemplar pasó a manos de Teodora Asenina, esposa del déspota Demetrio Paleólogo, quien, ante su provocador y herético contenido, envió el libro a Escolario pidiendo instrucciones sobre qué hacer. Escolario, escandalizado fue tajante en cuando al mandato de destruir el libro, diciéndole a Teodora que gracias a la destrucción de un texto impío y herético ganaría su salvación. No obstante, la déspina, a pesar de su aversión a Pletón y a sus ideas, no se atrevió. Sin embargo, cuando en 1460 Mehmet se apodera del Despotado y lleva a Constantinopla a Demetrio y a su esposa, ésta entrega en mano el libro a Escolario, quien ya no se demora en quemarlo en público. Curiosamente, conservamos el índice completo del tratado de Pletón en una carta de Escolario al exarca José en la que le detallaba los ridículos y paganos contenidos del escrito, y otros capítulos sueltos han llegado hasta nosotros gracias a que se publicaron sueltos o a que algunos devotos de Pletón los habían copiado para su propio uso. Así pues, la obra se ha trasmitido muy fragmentaria, siendo el desastroso balance la conservación actual del prefacio, quince capítulos y el índice, y la pérdida de ochenta y cinco capítulos.
En el prefacio Pletón comienza asentando las bases de su concepción religiosa del mundo mediante su teogonía personal: existe Zeus, el más grande, el superior en divinidad a todos los demás dioses, increado, padre y creador de los demás dioses. Su hijo mayor, Poseidón, engendrado sin madre, es segundo dios y está encargado por su padre del gobierno del universo ayudado de los dioses olímpicos y del Tártaro, también hermanos suyos generados sin madre, y subordinados a él, y de otros dioses generados por él ayudado por Hera, que son los celestes o astros y los terrestres o démones. El Sol, el mayor de sus hijos, es el encargado de gobernar el mundo, y en colaboración con Cronos es el creador de los mortales que habitan en él. Los dioses se ocupan de nuestros asuntos y son la fuente principal de nuestros bienes siempre según la voluntad suprema de Zeus, de quien mana un destino inmutable e inevitable. Así pues, el futuro está marcado de antemano de la mejor manera posible, pues está decidido por Zeus, y las súplicas humanas mediante ofrendas nada pueden hacer para cambiarlo.
Vemos, pues, que toma las formas y los nombres de la mitología clásica griega, y que el dios supremo va comunicando su esencia en grados descendentes, corporeizándose paulatinamente hasta alcanzar el mundo sensible. El hombre participa de dos naturalezas, la humana y la divina, el cuerpo y el alma, y en esta doble esencia reside el conflicto de la eimarmene o destino: por un lado, el destino está prefijado, pero el hombre es libre. En el Tratado sobre las Leyes (II, 6) Pletón afirma: “los hombres son dueños de sí mismos en la medida en que se rigen a sí mismos, aunque rijan siendo regidos a su vez. Son libres y de algún modo tampoco lo son.” La solución a esta paradoja, contradictoria y poco convincente, consiste, por tanto, en que la mente humana es libre al actuar sobre el cuerpo que está regido por ella, pero no lo es en sus relaciones con los dioses por los que a su vez está regida, y aquí engarza la defensa del castigo divino. Dado que el hombre es libre para elegir el camino, los dioses pueden castigarlo si no elige el correcto para llevarlo siempre por la senda del bien, puesto que Zeus sólo quiere lo mejor para nosotros.
Pletón no sólo se limita a exponer esta nueva concepción de la divinidad, sino que traza en detalle también los ritos con los que el hombre debe rendirle culto. Así, basándose en complejos cálculos astronómicos, propone un nuevo calendario luni-solar de doce meses a los que no da nombre estableciendo además algunos de los himnos con los que los dioses deben ser honrados y el momento y el modo en que deben ser recitados. Es en este apartado donde más influencia del Islam se puede apreciar en el credo pletónico, ya que acude a ritos como las tres oraciones diarias que deben realizarse en un sitio libre de impurezas, las genuflexiones rituales o los heraldos que convoquen al rezo.
El capítulo del Tratado sobre las leyes que aludía a la organización política del estado se encuentra entre los perdidos. No obstante, sus memoriales al déspota Teodoro (entre 1407 y 1415) y al emperador Manuel (1418), exponen esas ideas reformadoras e insisten sobre la urgencia de su puesta en marcha para comenzar a aliviar cuanto antes la desesperada situación que se vivía, por lo que gracias a ellos podemos reconstruir en su mayor parte el ideal político-filosófico de Pletón. Desde luego, en ningún caso los escritos del filósofo dirigidos a los miembros de la familia imperial, ya sean memoriales o discursos fúnebres, se quedan lejos de ser simples adlocuciones laudatorias de circunstancia. Incluso en el Discurso fúnebre por Cléope Malatesta, leído en 1433, donde expone su teoría sobre la inmortalidad del alma y el consuelo que esto supone para el ser humano, aprovecha sus argumentos para instar a Teodoro a superar su dolor y a concentrarse en las tareas de gobierno en un momento de grandes conflictos.
Pletón concebirá la organización del Estado como un reflejo de esta jerarquía celestial, aunque el concepto de la elección divina del emperador se encuentra muy lejos del pensamiento del filósofo. Por consiguiente, toda la sociedad debe estructurarse en torno a un único monarca que rige los destinos de sus servidores rodeado de buenos consejeros para tomar las mejores decisiones y dotar a su pueblo de una constitución de leyes justas.
El punto de partida de todas las propuestas de Pletón es la defensa del país. Las tropas mercenarias ya se han demostrado nefastas, y sólo la creación de una armada nacional puede garantizar la seguridad. Pero para que esas fuerzas militares estén consagradas en exclusiva a su labor, deben estar exentas de cualquier otra obligación y de pagos al estado. Para conseguir este objetivo, es necesario reformar toda la estructura. La sociedad se divide en tres clases: la clase productiva, es decir, la que trabaja la tierra; otra formada por artesanos y comerciantes; y la tercera constituida por los gobernantes, entre los que se encuentra el propio emperador, que garantiza el perfecto funcionamiento de todos los elementos. Para Pletón, las clases sociales deben ser estancas, y ningún miembro de una clase determinada podrá dedicarse a labores propias de otra.
La organización fiscal es uno de los factores más importantes de la prosperidad de las naciones. Pletón propone la unificación de los innumerables pequeños impuestos en uno solo, el que él considera más justo, que consistiría en la entrega al Estado de una cantidad proporcional de los ingresos anuales de cada ciudadano. La estructura económica del Peloponeso está basada principalmente en la agricultura y en la ganadería y debido a que la tierra es la principal fuente de ingresos del Estado, debe ser trabajada en su integridad. Es en este reparto de la tierra donde se muestra una de las facetas de Pletón que más ha llamado la atención por la modernidad de su concepción: la tierra es un bien común a todos, y a cada uno se le dará tanta tierra como pueda trabajar. Esta afirmación ha hecho hablar a algunos estudiosos sobre el ‘socialismo’ o el ‘comunismo’ de Pletón, pero parece responder más bien a una reacción del filósofo de Mistra para intentar controlar los excesos de los grandes propietarios —que acumulaban cada vez más tierras, no pagaban impuestos y eran fuente continua de conflictos— frente al debilitado poder central. Así pues, lo que se busca es una producción intensiva controlada directamente por el Estado para que los beneficios redunden en el bien común, no tanto el simple bienestar individual.
Por otra parte, además de controlar los medios de producción, el Estado también debe participar en los intercambios económicos, en las exportaciones e importaciones, regulando que estas actividades estén en consonancia con las necesidades del país. El proteccionismo estatal, por tanto, establecerá aranceles obligatorios para los productos de importación que no sean de primera necesidad y para impedir la exportación de los productos que resulten imprescindibles para la subsistencia de la población. En esta suerte de economía autárquica, quedarían exentos de tasas aquellos productos cuyo intercambio se deseara incrementar, como por ejemplo el hierro y las armas, y el sistema de trueque se propone como el más recomendado, renunciando al dinero, ya que prácticamente todas las transacciones se efectuaban en moneda extranjera, principalmente veneciana, y en su gran mayoría eran falsas.
Pero para que todas estas reformas económicas sean viables, deben fundarse sobre profundas reformas sociales, ya que un sistema de máximo rendimiento no puede aceptar en su engranaje elementos improductivos. La Iglesia, poder paralelo al del Estado que desvía una parte importante de los recursos no sólo mediante exenciones de impuestos y subvenciones sino también mediante ofrendas y donaciones de particulares, se convierte en un cáncer para la comunidad que debe ser extirpado. Los eclesiásticos que dan servicio a la comunidad son aceptados en el sistema, pero los monjes que se dedican a la vida contemplativa y a rezar por su salvación son calificados como un “enjambre de vagos” en su Memorial a Manuel, y son además impíos por añadidura, pues ninguna súplica ni dádiva, que Pletón compara con un “intento de compra”, puede alterar las sublimes decisiones que la divinidad ha tomado en cuanto a nuestro destino.
Un factor fundamental para conseguir la implantación y el buen funcionamiento de estas reformas era el aumento de la población. Diezmados por las pestes, agobiados por las malas cosechas, los impuestos y las incursiones constantes a las que eran sometidas sus tierras, los campesinos huían hacia los territorios en poder extranjero donde podían vivir con una mínima estabilidad. Así pues, en el ámbito de la vida civil, todo lo que se desvíe de la norma matrimonial y resulte un impedimento para la procreación debe ser duramente castigado. La homosexualidad, el bestialismo, el incesto, el adulterio y la violación son castigados con la hoguera, aunque con excepción de la mujer adúltera, que será entregada a la prostitución para que sirva de desahogo a los hombres débiles y así éstos no molesten a las mujeres ajenas. Con todo, Pletón, lejos de defender la castidad, considera el ardiente e irrefrenable deseo sexual como un don de los dioses, don que debe ser empleado correctamente para asegurar la procreación y la continuación de la especie humana, vínculo entre las esferas celestiales.
Tan sólo Besarión continuó su línea de pensamiento reformista tal y como lo expresa en la larga carta que escribe en 1444 desde Roma a Constantino Paleólogo, todavía déspota. En esa carta, Besarión incide en las propuestas pletonianas que se relacionan con la reforma de las leyes y la eliminación de toda costumbre ajena a la tradición griega, la defensa de una vida sobria, la economía tendente a la autarquía y la división de la población en clases, aunque Besarión distingue únicamente dos: la guerrera y la productora. Como Pletón, consideraba fundamental la repoblación del Peloponeso, pero el cardenal contempló en su análisis otro factor primordial: la formación. Él proponía mandar maestros desde Italia para que impartieran enseñanzas en suelo imperial y también enviar a los más jóvenes y capacitados a que se formaran en Occidente. La formación no se limitaba al ámbito humanístico en el que Besarión como intelectual se hallaba inmerso, sino que se daría prioridad a las enseñanzas técnicas con el objeto de crear una industria local que permitiera la explotación de las riquezas naturales del país, como la mecánica, la siderurgia y la fabricación de armas y barcos. Optimista, Besarión sugiere que más adelante, cuando la situación esté estabilizada, se podrán desarrollar industrias secundarias, como las técnicas de manufacturación de seda y lana, así como la tintorería.
Pletón no fundamenta su oposición a la unión en sutiles argumentos teológicos, que conocía a la perfección, sino en la profunda convicción de que el Imperio no debía doblegarse ante los latinos por la hipotética ayuda que Occidente pudiera enviar. La autonegación que exigía la unión era absoluta. En 1418, en su Memorial a Manuel II, Pletón ya había dicho: “Nosotros, sobre los que vos reináis, somos de raza griega, tal y como lo demuestran la lengua y la educación paterna”. Con una conciencia tan clara de su identidad, lo que Pletón deseaba era evitar la hipoteca con Occidente y ganar tiempo para, siguiendo sus teorías, renovar el Imperio desde la base. Una vez renacido y fortalecido por sus propios medios, podría enfrentarse al Turco y recuperar su perdido y pasado esplendor. Muchos años después, en su tratado Contra el dogma latino, escrito en 1448/9, afirma: “mientras sigamos siendo como somos no tenemos ninguna esperanza de salvación; y lo mismo si nos ponemos de acuerdo con los latinos o con otros hombres cualesquiera”. Es esta postura de ruptura inspirada por la reivindicación de la tradición clásica griega lo que ha hecho que algunos estudiosos, como Zakythinos, se refieran a él como “el último de los bizantinos y el primero de los neogriegos”. No obstante, nada hay más lejos del ideal de Pletón que la idea de Estado moderno. Aunque proponga el alejamiento del Cristianismo y la vuelta al espíritu clásico para recuperar el vigoroso espíritu clásico, él siempre tiene presente tanto la idea del renacer del Imperio como la de la subordinación del Peloponeso a Constantinopla. El Peloponeso tenía un doble mérito para ser la cuna de esta idea de regeneración: por un lado, era la patria de los antiguos y poderosos espartanos y, por otro, era el único territorio de envergadura que le quedaba al Imperio para poder poner en marcha sus planes de reforma. Por otra parte, Pletón en ningún momento se considera a sí mismo un innovador, sino que se sitúa en corrientes filosóficas milenarias (zoroastrismo, pitagorismo, platonismo y neoplatonismo) que adapta a las circunstancias de los agitados tiempos que le ha tocado vivir.
Debido a que su oposición a la unión de las Iglesias se debía más a su paganismo reformista que a convicciones dogmáticas ortodoxas, cuando Constantino dejó el Despotado en 1448 y marchó a Constantinopla ya como emperador, sus relaciones con el déspota Demetrio —y sobre todo con la déspina, Teodora Asenina, muy azuzada por Escolario— no parecen haber sido demasiado fluidas. No obstante, Constantino siguió amparándole desde la Ciudad, y en 1449 una bula imperial confirma el carácter hereditario de los privilegios sobre las tierras otorgadas al filósofo en beneficio de sus hijos Demetrio y Andrónico. Por otra parte, en marzo de 1450 Constantino le encarga que escriba el Discurso fúnebre a la emperatriz madre Elena Paleóloga, que murió dedicada a la vida religiosa con el nombre de Hipomone, “Paciencia”. Ante esta protección imperial, en julio de 1450 el déspota Demetrio vuelve a ratificar mediante una argirobula las condiciones de las posesiones de Pletón, lo que parece haber sido causa de que el anciano maestro le correspondiera con el que sería ya el útimo de sus escritos de circunstancia, el Discurso al señor déspota Demetrio porfirogeneta, una breve felicitación al déspota por haber alcanzado la reconciliación con su hermano Tomás, aunque en realidad ésta hubiera sido forzada por el emperador Constantino desde la capital del Imperio.
En
el margen de un manuscrito custodiado actualmente en Munich reza la breve
anotación: “El 26 de junio de 1452, indicción decimoquinta, lunes, el
maestro Gemisto murió a primera hora del día”. En 1464, Segismundo Malatesta,
pariente de Cléope Malatesta, la esposa de Teodoro II, y ferviente admirador de
Pletón, intentó una incursión en el Peloponeso para arrebatar a los turcos
los territorios recién conquistados. Su esfuerzo fue en vano, pero consiguió
alcanzar la ciudad baja de Mistra, y allí encontró la tumba de Pletón. Cuando
se vio forzado a retirarse, trasladó los restos del filósofo a Rímini, donde
descansan hoy en día en la iglesia de San Francisco dentro de un sarcófago con
una inscripción dedicada al “príncipe de los filósofos”.