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La Potencia Sasánida

 

Por Leonardo Fuentes

 

Palacio de Crosroes en Ctesifonte.

 

 

 

El origen de los Sasánidas

Las reformas de Ardashir
Sapor I y sus luchas contra Roma
El profeta Mani y el sacerdote Kartir
Sapor el Grande
El dominio del Oriente
Cosroes, el del alma inmortal

La importancia del comercio

Los últimos momentos de gloria
Los últimos sasánidas

Religión

Organización del Imperio

Economía

Literatura
Escultura
Arquitectura
Decoración arquitectónica
Artes aplicadas
Sedas y joyas

Reyes Sasánidas

Las Provincias del Imperio Sasánida en tiempos de Sapor I

Bibliografía

Notas
 

 

 

 

 

La Potencia Sasánida

 

 

La historia narra como los poderosos ejércitos romanos marcharon hacia Oriente para atacar a los partos, una y otra vez, cual se estrellan las olas contra las rocas de una costa acantilada. Estos partos eran hombres fuertes y guerreros, soberbios jinetes y arqueros, famosos por disparar sus saetas hacia atrás, por encima de los hombros, mientras aparentemente se retiraban (“el tiro parto”). Reinaron sobre un imperio que iba desde Siria al Asia Central y frenaron la expansión romana hacia el este, amenazando incluso Palestina y el Asia Menor.

 

    Pero, sería erróneo considerar a los partos como herederos de los aqueménidas. Partia no constituyó nunca un imperio poderoso. Más bien se trataba de provincias y principados que mantenían un grado de sumisión diferente con respecto al rey parto. Así, el Estado dependía, para su cohesión, de la autoridad personal del monarca, la cual se vio seriamente deteriorada, a partir del siglo II d.C., por las derrotas ante los romanos. El declive económico, junto con la fragmentación interna, aceleró el fin del imperio. Llegado el momento, del reino vasallo de Persia, en el sur de Irán, surgiría el estímulo para un cambio dinástico: los arsácidas partos serán sustituidos por los sasánidas persas.

 

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Ahura Mazda corona a Ardashir I. Relieve en la roca.

 

 

El origen de los Sasánidas

 

Las informaciones acerca del origen de esta dinastía, tal y como sucede con los relatos sobre los primeros movimientos de los aqueménidas y de los arsácidas, están entrelazadas con leyendas. La versión más famosa la narra el gran poeta persa Firdusi: Sasán era el nombre de un humilde pastor que cuidaba los rebaños de Papak, soberano de la ciudad de Istakhr, en la provincia de Fars –la antigua Persia-. Sasán descendía en línea directa de los aqueménidas, que habían mostrado el poder de los persas a todo el mundo conocido hasta entonces. Un día, Papak tuvo un sueño profético: sería justamente un hijo de Sasán, su pastor, quien restauraría el antiguo poder de los reyes persas. Confiando ciegamente en su sueño, ciertamente fruto de la voluntad divina, Papak dio a su propia hija como esposa a Sasán, y de esta pareja precisamente nació Ardashir, el restaurador del imperio.

 

    Otra versión, narrada por historiadores árabes y griegos, pretende que Sasán fue un pequeño señor de Fars, que Papak era su hijo y que Ardashir su nieto. Lo cierto es que los vínculos de parentesco y de descendencia entre estas tres figuras siguen siendo bastante oscuros; generalmente Sasán es designado en las inscripciones como señor, Papak como rey y Ardashir como rey de reyes (shah-an-shah).

 

    Sabemos que después de su ascensión al trono de Persia (Fars), hacia el año 209 d.C., Ardashir conquistó Kerman, Isfahan y, finalmente, el reino de Elymais. Para entonces había amasado suficientes riquezas como para fundar una ciudad en Gur, la actual Firuzabad, en donde construyó una recia fortaleza en lo alto de una montaña y un magnifico palacio. Pero derrocar a los partos sin ayuda era todavía una tarea de demasiada envergadura para las nacientes fuerzas sasánidas y Ardashir formó una alianza con los reyes de Adiabena y Kirkuk. En la gran batalla que tuvo lugar hacia el año 224 d.C. en Hormizdegan, Artabán V, Gran Rey de Partia, fue derrotado y muerto, un acontecimiento del cual queda dramática constancia en un friso de 18 metros de largo situado en la ladera de una montaña próxima a Firuzabad.

 

    Pero, aunque la batalla de Hormizdegan tuvo como resultado la derrota y muerte del rey de Partia, no acabó con la resistencia de los antiguos territorios partos. Algunas grandes familias feudales se sometieron, pero otras no. Finalmente, Ardashir consiguió derrotar a todos sus oponentes, excepto al rey arsácida de Armenia. No conocemos el alcance completo de las conquistas de Ardashir, pero ciertamente en el este controló el oasis de Merv, nombrando gobernador a un miembro de su familia, y también pudo haber conquistado a los kushanas. Según fuentes romanas, el propósito de Ardashir era establecer de nuevo el imperio aqueménida: “alardeaba de que reconquistaría todo lo que habían tenido los antiguos persas, llegando hasta el mar de Grecia, proclamando que tenía derecho a ello como herencia de sus antepasados” (Dion Casio). Este deseo, mantenido durante los 400 años de gobierno sasánida, no solo fue causa frecuente de guerras sino que, cuando finamente se consiguió en el siglo VII, produjo una extensión excesiva y la rápida caída del imperio.

 

    Primero Ardashir desafió a los romanos, hacia finales de la década de 220, y salió inicialmente victorioso. Dion lo vio así: “El peligro no está en las consecuencias que él pueda acarrear, sino en que el estado de nuestros ejércitos es tal, que parte de las tropas se pasan a su lado y otros soldados no quieren defenderse. Están sumergidos en tal desenfreno, libertinaje y falta de disciplina, que los de Mesopotamia incluso se atrevieron a matar a su comandante”. En el año 230 Ardashir sitió Nisibis (Nusaybin) y sus fuerzas hicieron incursiones penetrando profundamente en la provincia de Siria. Una iniciativa romana de paz no llegó a buen fin y los romanos contraatacaron en 232, con un éxito suficiente como para celebrar un triunfo en Roma. Ardashir volvió al frente de Mesopotamia a finales de la década de 230 y consiguió tomar Carrhae y Nisibis hacia el 238. También tomó y saqueó Hatra, que había resistido los asedios de Trajano, Septimio Severo y uno suyo anterior[1]. Después del saqueo, Hatra fue abandonada y el papel de los príncipes de Hatrene como “señores del desierto” pasó a la dinastía lakhmida de Hira, vasalla de los sasánidas.

 

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Ardashir en una justa bate al rey parto. Relieve en la roca.

 

Los restos del palacio de Ardashir en Firuzabad.

 

Reconstrucción del palacio de Ardashir según D. Huff.

 

 

Las reformas de Ardashir

 

El imperio parto había fracasado por diversas razones, la más significativa de las cuales fue la falta de un gobierno central fuerte, y Ardashir estaba resuelto a remediarlo. Puso a miembros de su familia como gobernadores de provincias clave y organizó una importante burocracia. Su otra gran innovación fue la organización de una iglesia oficial del Estado, en lugar de la política parta del laissez-faire religioso. Ello condujo a una rígida división en clases sociales, basada en lo que se preconizaba en el Avesta. Las clases del Avesta, concebidas en principio para una sociedad nómada, estaban formadas por sacerdotes, guerreros y trabajadores, y esto se adaptó a las necesidades de un imperio mediante la adición de la burocracia, situada por debajo de los guerreros y por encima de los campesinos y artesanos. Ambas reformas probablemente fueron concebidas no solo para superar la casi anarquía del último periodo parto, sino también para que fuese el núcleo del resurgimiento del nacionalismo iraní. Se describía a los seléucidas y a los partos como extranjeros y se presentaba la ascensión de los sasánidas como un retorno a las glorias del pasado aqueménida. De esta manera, Ardashir dio a su imperio una raison d’être moral y espiritual, así como militar.

 

    Otra reforma urgente fue la de la emisión de moneda, que había quedado seriamente desvalorizada bajo los últimos arsácidas. Ardashir acuñó no menos de ocho tipos distintos, donde él aparece representado llevando tanto la enjoyada corona parta de Mitrídates II como una corona especial que consistía en un simple casquete sujeto a la cabeza por medio de una diadema con el cabello metido dentro de un alto globo de seda o korymbos. Este korymbos fue después como una seña de identidad de la dinastía, como lo fue también la adopción de coronas personales por parte de cada rey  [2].

 

    A finales de la década de 230 Ardashir era ya un hombre de edad avanzada y en el año 240 hizo que su hijo Sapor (Shapur) se asociase a él durante un periodo de gobierno conjunto, como lo prueban monedas en las que se ven las cabezas de ambos. Ardashir lleva su corona particular mientras que se ve a Sapor con el alto casco redondo o kolah de la nobleza: solo adoptó su corona después de ser coronado. No se sabe la fecha exacta de la muerte de Ardashir, pero debió de ocurrir a principios de la década de 240. Sus conquistas militares habían devuelto a Irán la posición ventajosa de intermediarios en la ruta comercial este-oeste, cosa que fue celosamente conservada y ampliada por reyes posteriores. Militar y económicamente seguro y con un gobierno central fuerte, el imperio fundado por Ardashir perduraría 400 años, hasta que el fervor de una nueva fe –el Islam- arrollase al zoroastrismo.

 

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Ahura Mazda corona a Sapor I. Relieve en la roca.

 

 

Sapor I y sus luchas contra Roma

 

Sapor, el hijo de Ardashir, se había preparado durante mucho tiempo para reinar. Había luchado junto a su padre en Hormizdegan y en un relieve de Azerbaiján se lo ve con él ratificando una alianza. Cuando su padre llegó a una edad avanzada, como ya dijimos, Sapor fue designado para correinar por lo que el traspaso de poder se hizo pacíficamente.

 

    Por fin durante el reinado de Sapor quedó constancia de las campañas persas, escritas desde su punto de vista y no desde el de los romanos, ya que Sapor hizo grabar una larga inscripción conmemorando sus acciones en los muros de piedra de la torre conocida hoy como Kaaba-i Zardusht (cubo de Zoroastro), en Naqs-i Rustam. Estaba escrita en tres lenguas: pahlavi, parta y griega, y es uno de los mayores documentos históricos del periodo sasánida. Empieza dando los títulos completos de los reyes: “Yo soy la divinidad Sapor adorador de Mazda, Rey de Reyes del Irán y no Irán, que es de estirpe de dioses, hijo de la divinidad Ardashir adorador de Mazda, Rey de reyes del Irán...”. La diferencia entre los títulos de Sapor y de su padre es reveladora, porque Ardashir solo era llamado Rey de Reyes del Irán, mientras que Sapor lo era también del “no Irán”, lo que refleja no solo la progresiva ampliación de las fronteras políticas sino también las crecientes ambiciones imperialistas de la dinastía.

 

    Buena parte de la inscripción de Sapor describe sus luchas con Roma, a la que consideraba su único rival digno. Empieza con sus primeras victorias contra dos emperadores romanos, Gordiano III y Filipo el Árabe: “Entonces, cuando primeramente yo fui establecido sobre el imperio, Gordiano César de toda Roma, del reino godo y germano, reunió una fuerza y vino contra Asiria, sobre el imperio ario y nosotros. Y en la frontera de Asiria en Mashik una gran batalla frontal tuvo lugar. Gordiano Cesar fue muerto. La fuerza romana fue destruida. Y los romanos hicieron césar a Filipo. Entonces Filipo César vino a nosotros a pedir paz y habiéndonos dado 500.000 dinares como rescate por la vida (de sus hombres) se hizo tributario nuestro”. El elemento propagandístico de esta inscripción se hace evidente de inmediato, porque es muy poco probable que los romanos hubiesen estado de acuerdo en ser “tributarios”. Debe recordarse este mismo factor propagandístico cuando se intenta reconstruir la historia del periodo basándose solamente en fuentes occidentales.

 

    La batalla tuvo lugar el año 244 en territorio sasánida, no lejos de Ctesifonte, y ello indica cuanto territorio habían perdido los persas en los reveses sufridos después de la accesión al trono de Sapor ya que los romanos habían vuelto a tomar las tan disputadas ciudades de Carrhae y Nisibis. Sin embargo, estos reveses fueron más que vengados en 244 cuando las fuerzas romanas resultaron decisivamente derrotadas y en donde murió un emperador, posiblemente después y no durante la batalla, y su sucesor obtuvo la paz mediante el pago de un abultado rescate.

 

    Sapor conmemoró esta gran victoria con un relieve en la roca, que fue grabado en las paredes de la garganta de un río cerca del emplazamiento de su nueva capital Bih o Whi Shapur (“la excelencia de Sapor”). Al igual que la escultura de su padre en Naqsh-i Rustam, en la cual evidentemente se inspiró, el relieve plasmaba tanto su triunfo reciente como su investidura divina. Era nueva la figura de un romano postrado situado entre los caballos. Tenía las manos tendidas hacia el rey en un gesto de súplica y ha sido plausiblemente identificado como Filipo el Árabe “pidiendo la paz”, mientras que se cree que el cadáver pisoteado por el caballo del rey representa al malogrado Gordiano.

 

    De la misma manera que en el periodo parto, el control de Armenia siguió siendo un pretexto frecuente para la guerra. Sapor probablemente estuvo en connivencia con los asesinos del rey armenio que era un arsácida y, por ello, su enemigo irreconciliable; el hijo del armenio huyó a Roma. Por lo tanto, se hizo inevitable otra confrontación entre las dos potencias. Esta campaña, que tuvo lugar en el año 256, terminó con otra aplastante victoria persa: fue destruido un ejercito de 60.000 hombres. Armenia fue conquistada y las fuerzas persas llegaron al interior de Siria. Capturaron muchas ciudades, entre ellas Duraeuropos y Antioquía del Orontes, la capital oriental de Roma conocida como la “bella corona de Oriente”. Para entonces los persas habían aprendido de los romanos a construir artilugios de asedio e hicieron “un ariete de gran tamaño” para derribar las murallas de Antioquia. Después lo desmontaron y lo llevaron consigo a Carrhae en donde permaneció ¡hasta que fue montado de nuevo y usado contra ellos un siglo más tarde por Constantino!

 

    La tercera y última campaña de Sapor contra los romanos fue la más exitosa. Según sus propias palabras: “En la tercera guerra cuando atacamos Carrhae y Edesa  y estábamos sitiando Carrhae y Edesa, Valeriano César vino a nosotros llevando con él... una fuerza de 70 miles. Y tuvo lugar un gran combate con Valeriano César en aquel lado de Carrhae y Edesa. Y al mismo Valeriano César hicimos cautivo con nuestra propia mano. Y al resto, al prefecto pretoriano, senadores y generales y cualesquiera oficiales de aquella fuerza, hicimos cautivos a todos y los condujimos fuera de Persia... En el imperio de los arios en Persia, Partia y Khuzistan, Asiria y otras, una tierra y otra, en donde estaba nuestro origen y el de nuestros padres y el de nuestros abuelos y el de nuestros antepasados, allí los pusimos”.

 

    La derrota y captura de Valeriano y de sus hombres dejó a Siria y Capadocia a merced de los ejércitos sasánidas. Los ciudadanos de Antioquía, que presumiblemente confiaban en la habilidad de Valeriano para contener la amenaza persa, estaban paseando por las calles o viendo teatro cuando fueron atacados por los persas. Amiano explica que una actriz que estaba en escena gritó de pronto: “¿Es un sueño o los partos están aquí?”; todos volvieron la cabeza y huyeron en todas direcciones para escapar de las flechas que les lanzaban desde la ciudadela. “Seguidamente fue incendiada la ciudad... y el enemigo, cargado con el botín, regresó a casa sin haber perdido un solo hombre”.

 

    Sapor conmemoró estas victorias en una nueva serie de relieves en los que se le veía triunfante sobre los tres emperadores romanos –Gordiano, Filipo y Valeriano- en una misma escena. Por lo tanto, estas esculturas resumían los triunfos de Sapor sobre su principal rival: se repetían las dos figuras de la escultura anterior, el cadáver de Gordiano y el suplicante Filipo, y a ellas se añadía la figura de Valeriano de pie con su mano agarrada firmemente por Sapor que de esta manera demuestra visualmente su descripción escrita de la captura del César.

 

    El gran número de prisioneros hechos por los persas en estas campañas fueron una considerable fuente de mano de obra barata y con frecuencia técnicamente experimentada. En Khuzistan son numerosos los restos de sus trabajos. Todavía hoy pueden verse las ruinas de sus ciudades, planificadas como campamentos romanos. Especialmente impresionantes son los puentes, los pilares de los cuales todavía se utilizan. Uno de ellos fue construido sobre el río Karun y mide unos 516 metros de largo; esta sostenido por 41 pilares con corta aguas de estilo típicamente romano.

 

    Si la debacle romana en ese momento no fue mayor se debió en gran parte a que la captura de Valeriano desató las energías locales de resistencia ante el invasor persa. Odenato (Odainath), gobernante de la rica ciudad caravanera de Palmira en el desierto sirio, no sólo logró rechazar a los persas sino que en los años siguientes incursionó con éxito en territorio sasánida. Reconocido por el emperador Galieno como su lugarteniente en Oriente, se dice que Odenato logró que Nisibis volviera al control romano, y puede haber penetrado tan lejos como hasta Ctesifonte. Las fuentes judías mencionan una campaña en Babilonia, con la que quizás Odenato buscó tanto proteger los intereses comerciales de Palmira como lograr ventajas para los romanos frente a sus enemigos persas. Pero, asegurada la paz y la prosperidad de Palmira, Odenato se autoproclamó “rey de reyes” (basileus basileon en griego y mlk mlk' en las inscripciones palmirenas) y gobernó con total autonomía, controlando las rutas comerciales desde su ciudad hasta el Golfo Pérsico. Por su parte, Sapor fue incapaz de pasar nuevamente a la ofensiva.

 

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El sacerdote Kartir en acción. Relieve en la roca.

 

 

El profeta Mani y el sacerdote Kartir

 

Tanto Sapor como su padre son recordados como constructores de ciudades. Entre las muchas que fundó Sapor esta Bishapur (Whi Shapur), su favorita, y otra nueva en Khuzistan, conocida más tarde como Gundeshapur a la cual se enviaron muchos prisioneros, entre ellos el obispo cristiano de Antioquía. Sapor tenía fama de ser un hombre liberal y tolerante que permitía la libertad de culto dentro de su imperio a las numerosas minorías religiosas que en él existían, como era el caso de los cristianos, judíos y budistas. El propio Sapor era un activo partidario del profeta Mani o Manes, fundador del maniqueísmo, que empezó su ministerio en el tiempo de su accesión al trono.

 

    La doctrina de Mani era fruto de la combinación de elementos judaicos, herético-gnósticos, del Extremo Oriente (principalmente budistas) y de una metafísica dualista, existente en las culturas egipcia (religión de los misterios) y griega (pitagóricos, Platón, neoplatónicos, etc.). Su gnosis, basada en un dualismo radical, materia-mal y espíritu-bien, se desarrolla dialécticamente de manera histórico-salvífica: a) separación original; b) mezcla; c) reinstauración de la separación. En el estadio de la mezcla, el Hijo de Dios quedó vencido puesto que su alma se mezcló con la materia. Los anteriores enviados de Dios (Zoroastro, Buda, Moisés y Jesucristo) han sido vencidos constante-mente a través de la historia por el mal (materia) y no han podido liberar las almas de los hombres encarceladas en el cuerpo. Pero la aceptación del mensaje de Mani hace posible en las almas la vuelta al reino de la luz. Los creyentes en él forman la Iglesia pura, de la luz y de la razón. La salvación es conseguida por un proceso de concienciación de sí mismo, unido a un desapego total respecto a la materia[3].

 

    Mani convirtió a Mihrshah y Peroz, dos de los hermanos de Sapor, que se transformaron en patrocinadores poderosos. El monarca, aunque continuó siendo zoroastrista, estaba profundamente impresionado por el mensaje de Mani, que reivindicaba que era la culminación de las creencias zoroástricas, cristianas y budistas. Confiando, quizás, que se convirtiese en una religión que unificase a los distintos pueblos sobre los que reinaba, Sapor autorizó a Mani a predicar por todo el imperio. Mani describe así su audiencia con el rey: «El rey Sapor se mostró solicito conmigo y me dio cartas de presentación para todos los magnates en los siguientes términos: “Sea amistoso con él y defiéndalo, que nadie lo ofenda o se exceda con él”».

 

    Según Mani, Sapor murió en Bishapur. La fecha es objeto de controversia; probablemente fue en el año 270 o en el 273. Para entonces debía ser un anciano. Él y su padre, en los 50 años de conquista y consolidación habían restablecido la grandeza de Persia y habían gobernado con magnanimidad. Durante el reinado de sus tres sucesores, todos ellos llamados Bahram –I (273-276), II (276-293) y III (293)- se perdió mucho territorio y las minorías religiosas fueron muy perseguidas.

 

Ahura Mazda corona a Bahram I.

 

 

    El cambio absoluto en la política de tolerancia religiosa probablemente fue instigado por uno de los personajes más singulares de la historia sasánida, el sacerdote Kartir. Este había empezado su carrera en el reinado de Ardashir y había continuado promoviendo la ortodoxia zoroástrica contra la herejía maniquea durante el gobierno de Sapor. Le llegó su oportunidad con los Bahrams, bajo los cuales el profeta Mani fue llevado a prisión y posteriormente crucificado (h. 276). Kartir proclamó orgullosamente en inscripciones grabadas cerca de los relieves reales como persiguió a judíos, cristianos, maniqueos, mandeístas, budistas y brahmanes; por vez primera el zoroastrismo se había convertido en una religión fanática y perseguidora. Dentro de la fe zoroástrica Kartir impuso la uniformidad estricta, defendiendo las doctrinas de bueno y malo, cielo e infierno y premio y castigo.

 

    El considerable poder de Kartir probablemente procedía de su habilidad como político. Quizás fue debido a sus intrigas que a Bahram I le sucedió su hijo Bahram II en vez de su hermano Narsés, a quien oficialmente le pertenecía la sucesión si, en realidad, Narsés no debiese haber precedido a Bahram I. Bahram I y II recompensaron ampliamente a Kartir por su ayuda y su espectacular subida al poder queda demostrada por los títulos que le fueron conferidos por los distintos monarcas a quienes sirvió. Para Sapor era “maestro sacerdotal”; Bahram I le nombró “maestro de magos de Ahura Mazda”, y con Bahram II no solo fue el “salvador del alma de Bahram”, sino que le concedió el “rango y dignidad de Grande”. Había conseguido algo casi imposible en la sociedad sasánida: el cambio de clase, pasar de sacerdote a noble.

 

Dracma con la imagen del rey Bahram II

y la de su esposa, Shapurdukhtat

 

 

    La considerable influencia que Kartir ejercía sobre Bahram II queda demostrada no solo por haberle concedido los más altos honores, sino por hacerle aparecer con él en todos los relieves rupestres excepto en uno. En estos se abandonó la fórmula habitual de investidura o triunfo y se intentaron nuevos temas poniendo el énfasis en los asuntos internos: se ve a Bahram con miembros de su familia y/o cortesanos, y en una singular escena se le ve protegiendo a su esposa, la reina Shapurdukhtat, del ataque de un león. En algunas monedas también están juntos rey y reina, en ocasiones acompañados por uno de los príncipes y el mismo grupo se puede encontrar en una hermosa copa de plata, hoy en el museo de Tiflis (Georgia). La preocupación de Bahram por su familia pudo ser reflejo de la moda de aquel momento en Roma, o quizás un esfuerzo por asegurar la sucesión de su hijo. Podría incluso derivarse de su deseo por hacer olvidar las humillaciones externas infligidas a Irán durante su reinado: en el año 283 el emperador Caro saqueó Ctesifonte y en el subsiguiente tratado de paz buena parte del norte de Mesopotamia se perdió frente a los romanos. También en el este Bahram se enfrentó a un reto: la sublevación de los sakas, kushanas y “de las gentes de Gilan”, liderados por su hermano Ormuz (Ormizd). Finalmente, Bahram consiguió aplastar la revuelta, pero en 288 no pudo evitar la subida al trono de Armenia de un candidato respaldado por los romanos: Tirídates.

 

    Narsés, el último de los longevos hijos de Sapor I, se rebeló contra Bahram III después de solo unos meses de reinado. Narsés, como sabemos por su larga inscripción grabada en la torre conmemorativa de Paikuli, en Kurdistán, contaba con el apoyo de muchos nobles y derrocó al joven rey. Cuando accedió al trono, Narsés estaba resuelto a reconquistar el territorio perdido ante los romanos. Inicialmente tuvo éxito contra Galerio, pero fue derrotado en el año 298 y su familia capturada [4]. Por el subsiguiente tratado de paz, la Mesopotamia septentrional y cinco provincias armenias del norte del Tigris (Corduena, Arsacena, Zabdiena, con la Intelena y Jofena, o según Amiano Marcelino, la Moxoena y la Rehimena) se cedieron a Roma, entregándose a Tirídates de Armenia (que había sido destronado y posteriormente repuesto) Iberia y parte de la Media Atropatena. Además, los romanos exigieron  que todo el comercio este-oeste fuera canalizado por la fortaleza romana de Nisibis.

 

    De una forma u otra Kartir sobrevivió al cambio de reyes, pero no así su política de persecución. Los maniqueos fueron tolerados, lo que posiblemente significara la vuelta hacia una política más liberal o un cambio sutil para asegurar el apoyo de los maniqueos del imperio romano, que habían sido proscriptos por un edicto del año 297. La religión jugaría un papel cada vez más importante  en la determinación de la política exterior, teniendo en cuenta que en el año 312 el emperador Constantino aceptó al cristianismo, en lo que fue seguido por el rey de Armenia. Con el cristianismo como religión del imperio romano, era inevitable la persecución de la comunidad cristiana de Irán, que será tratada duramente por Sapor II, conocido también como Sapor el Grande. Este era nieto de Narsés y, de acuerdo con la leyenda, fue coronado mientras todavía estaba en el vientre de su madre: “Una cama real en la cual yacía la reina en estado fue exhibida en mitad del palacio y la diadema colocada en el lugar que se supone escondía al futuro heredero de Artajerjes” (E. Gibbon).

 

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Imagen tallada en la piedra de Sapor II

 

 

Sapor el Grande

 

Cuando llegó a la edad viril, Sapor tomó en sus manos el poder, que había permanecido inicialmente bajo el control de los nobles. Reinó durante 70 años, desde el 309 al 379, y durante este tiempo Irán recuperó el terreno perdido. Entre sus primeros éxitos se cuenta el restablecimiento del control sasánida sobre los kushanas en el este, así como sus campañas en el desierto contra los árabes. Sin embargo, sus principales esfuerzos se dirigieron contra los romanos, pero la situación había cambiado. Diocleciano y Constantino habían erigido un importante sistema de fortalezas en la Mesopotamia romana y en el desierto de Siria. Estas fortificaciones estaban defendidas por tropas bien entrenadas, capaces de moverse rápidamente por un sistema de carreteras, pozos y lugares en donde proteger las caravanas cuando les amenazaba algún peligro. Por ello, aunque el ejército sasánida estaba probablemente mejor organizado y disciplinado que nunca anteriormente, Sapor II no pudo repetir las arrolladoras victorias de su bisabuelo y tocayo.

 

    Tenemos la suerte de contar con el relato vivaz, hecho por un testigo presencial, de las muchas batallas entabladas entre persas y romanos. Fue escrito por Amiano Marcelino, un griego nacido en Antioquía del Orontes que luchó en Mesopotamia en década de 350 y de nuevo con Juliano el Apóstata en 363. Amiano describe la aparición de Sapor II con sus fuerzas:

 

    “Y cuando aparecieron las primeras luces del alba todo lo que alcanzaba la vista brillaba con armas relucientes y la caballería, cubierta por cotas de malla, llenaba montes y valles. El propio rey, montado sobre un caballo de guerra y sobresaliendo por encima de los demás, cabalgó delante de todo el ejercito llevando en lugar de una diadema la imagen dorada de una cabeza de carnero incrustada de piedras preciosas. Se distinguía también por una gran comitiva de hombres de alto rango y de varias naciones.

 

    Los persas se opusieron a nosotros en filas apretadas de jinetes cubiertos por cotas de malla en un orden tan cerrado que el brillo de sus cuerpos, cubiertos por laminas de hierro muy juntas, deslumbraba los ojos de quienes los miraban, mientras que la multitud de caballos llevaba protecciones de cuero. La caballería estaba respaldada por compañías de infantería que, protegidas por los oblongos escudos curvados cubiertos de rejillas y de cuero, avanzaban en filas muy apretadas. Detrás de ellos iban elefantes, que parecían montañas andando y que, con el movimiento de sus enormes cuerpos, amenazaban con destruir todo lo que se opusiera a su paso, temidos que eran de experiencias pasadas”.

 

    En el año 359 Sapor finalmente consiguió capturar algunas ciudades, lo que provocó un gran contraataque romano liderado por Juliano el Apostata, que llegó hasta las mismas murallas de Ctesifonte. Ambos bandos lucharon con gran ferocidad como relata Amiano Marcelino, que estaba presente:

 

    “Y cuando ambos bandos estuvieron suficientemente cerca para mirarse a la cara, los romanos, brillándoles sus cascos con cimera y oscilando sus escudos al ritmo del paso anapéstico avanzaban lentamente; y los escaramuzadores con armas ligeras abrieron la batalla arrojando sus jabalinas mientras toda la tierra se volvía polvo y era arrastrada en rápidos torbellinos. Y cuando se lanzó el grito de batalla en la forma habitual por ambos lados y el estrépito de las trompetas aumentaba el ardor de los hombres, estos luchaban aquí y allá mano a mano con lanzas y espadas desenvainadas... Mientras tanto, Juliano se ocupaba activamente en animar a quienes flaqueaban y espolear a los rezagados cumpliendo con su papel de soldado valiente y de comandante. Finalmente la primera línea de batalla de los persas empezó a desorganizarse, y primero lentamente y después a paso ligero se volvieron y se dirigieron a la cercana ciudad con sus armaduras bien calientes. Nuestros soldados los persiguieron, aunque también estaban cansados después de haber luchado en la ardiente llanura desde la salida del sol hasta el fin del día, siguiéndoles los talones, atacando sus piernas y espaldas, llevaron toda la fuerza con Pigranas, el Surena y Narseo, sus más distinguidos generales, en una huida precipitada, hasta las mismas murallas de Ctesifonte”.

 

    Afortunadamente para los persas, Juliano murió de las heridas recibidas en una batalla (26 de junio de 363) y su sucesor Joviano fue convencido engañosamente para firmar una paz vergonzosa a fin de asegurarse la retirada. El tratado dió a los persas Nisibis, Singara y la mayoría de los territorios armenios que le habían sido arrebatados en 298.

 

    Las guerras en el oeste no fueron las únicas que libró Sapor. Por el este había llegado una horda tribal, los hunos chionitas, y las guerras con estos feroces guerreros preocuparían a los débiles sucesores de Sapor II. Sin embargo, este consiguió controlarlos e incluso persuadirlos para que lo ayudasen en sus luchas contra los romanos[5]. Otra frontera que requería una vigilancia constante era la del norte, en especial en la zona del Cáucaso, y puede ser que durante el reinado de Sapor se construyese allí el famoso Muro de Darband, para intentar detener a los invasores.

 

    Para sostener su ejército Sapor hubo de incrementar los impuestos y el blanco evidente era la comunidad cristiana, que había sido activamente perseguida desde que el imperio romano se había declarado oficialmente cristiano. Se le doblaron los impuestos, lo cual no es de extrañar que produjese problemas. Los cristianos de Susa –el Khuzistan fue uno e los centros del cristianismo en el imperio sasánida, junto con Adiabena y Ctesifonte- se rebelaron contra Sapor y cerraron las puertas de la ciudad. El rey aplastó salvajemente esta sublevación, usando su formidable fuerza de elefantes para arrasar las murallas y casas de la ciudad (Roman Ghirshman encontró evidencias de ello cuando excavó Susa).

 

    La ortodoxia zoroastriana cobró un nuevo impulso durante el reinado de Sapor II, cuando el mobedan mobed Adhurbad, se sometió a una ordalía para probar la eficacia de la “religión autentica”. Se llevaron a cabo varias ordalías, tanto “frías” como “ardientes” y se supone que Adhurbad se sometió  -y sobrevivió- a la más terrible de todas ellas, que consistía en arrojar sobre su pecho metal fundido. Goza de una alta consideración en la tradición zoroastriana y se conservan algunos de sus escritos.

 

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El dominio del Oriente

 

La situación en Oriente Medio sufrió una evolución desde finales del siglo IV: los enfrentamientos entre sasánidas y romanos disminuyeron en intensidad, manteniéndose una especie de status quo, mientras nuevos movimientos tribales en el Asia Central van a causar una convulsión general en el mundo civilizado durante un siglo y medio. Como ya vimos, Sapor II había derrotado a los chionitas, pero después de su muerte los hunos asolaron Armenia, Siria y Capadocia así como, probablemente, el norte de Irán. No queda claro, a partir de las fuentes predominantemente occidentales, quienes eran exactamente estos hunos –como tampoco sus “sucesores” kidaritas, heftalíes, hunas, hunos que se llamaban a sí mismo kushanas y hunos blancos–, lo que si está claro es que provocaron un cambio decisivo en el equilibrio de poderes.

 

Sapor III vence a un leopardo. Bandeja de plata dorada.

 

    Sapor III (383-388) firmó un tratado con el emperador Teodosio que supuso la partición de Armenia [6] entre los dos imperios y una centuria de paz que desplazó la problemática política irania a la preocupación desmesurada por los temas religiosos internos y a contener los ataques de los kushanas en la frontera oriental. El siglo V fue casi idílico en las relaciones entre el Imperio Romano de Oriente y el Imperio sasánida, como lo demuestra el hecho de que Yezdegard I (399-420) fuese nombrado por el emperador Arcadio tutor y protector de su heredero, el todavía niño Teodosio II. Esta etapa de buenas relaciones entre ambos imperios supuso un gran intercambio en todos los campos, y se manifestó en Irán y Mesopotamia en la construcción de nuevas ciudades y atrevidas edificaciones palaciegas.

 

    Yezdegard I intentó limitar el poder de la nobleza y fue muy tolerante tanto con los judíos como con los cristianos[7]. Después de su muerte súbita -o asesinato- ocupó el trono su hijo Bahram V, pese a la cerrada oposición de los nobles que pudieron ser vencidos gracias a la ayuda brindada por al-Mondhir, el príncipe árabe (lakhmida) de Hira. A diferencia de su padre, Bahram V inició una persecución sistemática de los cristianos, lo que llevó a una corta guerra con el Imperio romano en la cual los persas tuvieron escasos éxitos; pronto se concluyó un tratado por el cual ambos imperios prometieron tolerancia a los adoradores de las dos religiones rivales, cristianismo y zoroastrismo. Bahram depuso al rey vasallo de la parte persa de Armenia y convirtió a esta en una simple provincia. Este soberano sasánida es ensalzado por la tradición persa, que conserva muchas historias que hablan de su valor y gallardía, de sus victorias sobre romanos, turcos, indios y “negros”, y de sus aventuras cinegéticas y amorosas. Fue llamado Bahram Got (“el asno salvaje”), a causa de su fuerza y coraje. Pero, en realidad parece haber sido más bien un monarca débil, sometido por completo a la voluntad de nobles y sacerdotes. También se dice que construyó muchos templos del fuego y palacios con grandes jardines.

 

    Yezdegard II (438-457) sucedió en el trono a su padre Bahram V y como él persiguió a cristianos y judíos. Luchó contra los kushanas y kidaritas, pero murió sin haber conseguido la paz en la frontera oriental donde se había producido la aparición de un nuevo y poderoso enemigo: los hunos heftalíes. Estos estaban establecidos en Bactriana desde mediados del siglo IV y, después de desplazar a los kushanas y a otras tribus de origen turco, habían formado un imperio con centro en el actual Afganistán.

 

El rey Firuz vence a los leones. Bandeja de plata.

 

 

    A la muerte de Yezdegard sus dos hijos se disputaron el trono. Finalmente triunfó el más joven, llamado Peroz o Firuz (459-484), gracias a la ayuda que le prestaron los heftalíes. A pesar de estar en deuda con ellos, Peroz reemprendió la guerra en Oriente en la década de 460, aunque su campaña fue un fracaso total, siendo capturado en el año 469. Se vio forzado a pagar un gran rescate y debió dejar a su hijo Kavad como rehén hasta que lo hubo satisfecho. Este desastre militar coincidió con una terrible sequía y consiguiente hambruna, que duró siete largos años. Esta sequía fue rememorada vivamente en el gran poema épico persa, el Shah-nameh o Libro de los Reyes, recopilado por el poeta Firdusi a principios del siglo XI: “el aire se secó y el agua de los canales escaseó como el almizcle... debido a la sequía nadie tenía suficiente alimento. La boca de la atmósfera estaba seca como el polvo y en los canales el agua era tan rara como el antídoto contra el antídoto contra el veneno de las serpientes”. Para ayudar a su gente, Peroz “suprimió todos los impuestos y contribuciones y allí donde tenía un granero escondido en una ciudad repartió su contenido a pequeños y grandes”.

 

    El control heftalí sobre Asia Central y Afganistán probablemente causó interrupciones en la ruta comercial este-oeste y probablemente forzó a Peroz a desafiar, una vez más, a sus poderosos vecinos del este. Empezó su campaña en el año 484 y condujo a la flor y nata de la caballería sasánida a una terrible trampa. El rey heftalí había preparado un profundo foso oculto lleno de estacas afiladas que cruzaba toda la planicie, excepto por un estrecho corredor en el centro. Las fuerzas sasánidas fueron atraídas por un grupo de jinetes heftalíes que aparentemente retrocedían. Mientras, estos huían, cruzando con cuidado por el corredor, los caballeros sasánidas se desplegaron por la llanura y cargaron a toda velocidad contra su presa. Las primeras filas se precipitaron al foso. Los que les seguían iban tan rápido y tan cerca que cayeron sobre los anteriores. Casi todo el ejército quedó destruido y el rey murió con sus hombres.

 

    Después de este sobrecogedor desastre se hizo la paz, pero Irán tuvo que acceder a pagar un gran tributo anual a los heftalíes. Para entonces la monarquía había perdido poder nuevamente a favor de los nobles, que primero eligieron rey al hermano de Peroz, Balash o Valgash (484-488) y lo destronaron cuatro años más tarde a favor del hijo de Peroz, Kavad I (488-531). Este también fue destronado y encarcelado en 496, pero consiguió huir y refugiarse con sus antiguos “anfitriones”, los heftalíes, que lo repusieron en el trono sasánida en el año 498, seguramente para tener un protegido suyo como rey de Irán.

 

Rey persa, probablemente Kavad.

 

    La situación del pueblo iraní en aquella época debió ser horrorosa por los efectos combinados de la larga sequía, los elevados impuestos necesarios para satisfacer el tributo anual que se pagaba a los heftalíes y la casi anarquía interna. Esto favoreció el surgimiento de un nuevo profeta, Mazdak, que originalmente debió ser un sacerdote zoroastrista, pero que ahora traía un mensaje especial-mente nuevo. La doctrina de Mazdak consistía en una llamada contra la violencia junto con una forma de comunismo primitivo que sin duda ejerció un poderoso atractivo sobre el pueblo hambriento y desesperado[8]. Les decía que “un hombre con las manos vacías era igual que cualquier rico, que ninguna persona debía imponer su superioridad sobre otra ya que los ricos eran la urdimbre y los pobres la trama. Con respecto a las posesiones decía que el mundo debía ser más igualitario; era injusto y malo que los ricos las tuvieran en exceso. Las mujeres, las casas y los bienes materiales debían ser distribuidos equitativamente” (Firdusi). Mazdak consiguió convencer a Kavad con su elocuencia y tuvo mucho éxito durante buena parte del reinado de este, porque quizás el rey lo utilizara para reducir el poder de los nobles.

 

    Kavad se enfrentó con Anastasio, el emperador romano de Oriente, a raíz de nuevas disputas surgidas en torno a Armenia. En 502 los persas tomaron Teodosiópolis y, al año siguiente, Amida (actual Diyarbakir). Pero, dos años después, la invasión de los hunos occidentales a través del Cáucaso obligó a los dos imperios a firmar un armisticio. Cuando Justino I sucedió a Anastasio el conflicto se reinició nuevamente. El vasallo persa al-Mondhir de Hira devastó Siria y mató a muchos monjes y monjas cristianos[9]. En 531, el general bizantino Belisario fue vencido en Callinicum, junto al río Éufrates. Kavadh murió poco después, a la edad de ochenta y dos años (septiembre de 531). Durante sus últimos años, su hijo favorito Cosroes (Khusro) había ejercido gran influencia sobre él y había sido proclamado su sucesor. Cosroes indujo a Kavadh a romper con los mazdakistas cuya doctrina se había extendido ampliamente y había provocado una enorme conflictividad social en todo el imperio. En 529 ellos fueron refutados en una discusión teológica sostenida con los magos ortodoxos ante el trono real, y luego se los persiguió con dureza; el propio Mazdak fue ejecutado. Kavad evidentemente fue, como Procopio lo califica (Pers. I. 6), un gobernante extraordinariamente clarividente y enérgico. Aunque  no pudo librarse del yugo de los heftalíes, logró restaurar el orden en el interior y luchó con éxito contra los romanos. Además, construyó algunas poblaciones y comenzó a regularizar el cobro de las contribuciones.

 

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Entrada a la gruta/iwan de Taq-i Bustan, con relieves sasánidas.

 

 

Cosroes, el del alma inmortal

 

Bajo el largo y glorioso reinado de Cosroes I Anurshirwan (“el del Alma Inmortal”) Irán recuperó completamente su antiguo poderío, tanto interna como externamente. Su primera tarea fue la reorganización del desmoralizado Estado persa que se había visto empobrecido, desgarrado profundamente por las doctrinas de Mazdak y amenazado en todas sus fronteras. Para darse tiempo a fin de llevar a cabo esta ingente labor Cosroes mantuvo la paz con los romanos y siguió pagando el tributo anual a los heftalíes.

 

    Las reformas de Cosroes afectaron todos los aspectos de la vida. Primero se inspeccionó y midió la tierra, tarea que había comenzado Kavad, y se contaron todas las palmeras datileras, viñas, olivos, nogales y árboles frutales. Partiendo del conocimiento preciso del potencial agrícola de su país, sobre el cual se basaba la prosperidad de Irán, Cosroes reformó completamente el sistema de exacción de impuestos. La antigua tasación anual había dado como resultado que con frecuencia se echaran a perder las cosechas, que se recogían solamente después de que hubiese pasado el tasador. Fue entonces sustituida por un impuesto anual calculado sobre el promedio de las cosechas anteriores. Debía pagarse en tres plazos y en efectivo y no en especie. Por lo tanto, cada campesino podía hacer sus planos de antemano, sabiendo sus compromisos y el estado se beneficiaba al tener unos ingresos regulares en efectivo. También se implantó un gravamen personal sobre los hombres de entre 20 y 50 años, si bien esto solo se aplicaba a los pobres ya que los nobles, sacerdotes y burócratas estaban exentos.

 

Copa de Crosroes

 

 

    Con unos ingresos anuales asegurados, Cosroes pudo efectuar reformas militares de largo alcance. En vez de confiar en que todos los nobles se equipasen, ellos y sus seguidores, y que sirviesen sin remuneración, lo que era una fuente constante de descontento, Cosroes pagó y equipó a los caballeros más pobres –poseedores de un pueblo en vez de una hacienda- con lo que creó una nueva clase de soldados leales solamente a él. Estos dihqans se convirtieron en una parte esencial de la sociedad iraní y en cierta medida fue debido a ellos que más tarde se transmitieran a los conquistadores árabes las ideas y la administración persa. Esta nueva clase de soldados incrementó enormemente la eficiencia del ejército al tiempo que disminuía el poder de los grandes nobles con sus enormes ejércitos privados.

 

    En otra importante reforma posterior Cosroes dividió militarmente su imperio en cuatro zonas, cada una de las cuales estaba mandada por un general: el del este mandaba sobre Jorasán, Seistan (Sakastan) y Kerman y se esperaba que defendiese las fronteras del norte y del este; el general del sur mandaba Persia y Susiana, incluyendo buena parte de las costas del Golfo Pérsico; el general del oeste ejercía el control de Mesopotamia, el área agrícola más rica y la más expuesta al ataque de los romanos; y el último general mandaba Media y Azerbaiján junto con los vitales pasos del Cáucaso. Cosroes se ocupó de reforzar las fronteras estableciendo a familias cerca de ellas con el deber de defenderlas y probablemente fue él quien construyó la gran muralla de la llanura de Gurgan, así como reparó y reconstruyó otras defensas y fortalezas, especialmente las que guardaban los pasos del Cáucaso. Como descubrirían más tarde los árabes, las defensas de Irán estaban concentradas en las fronteras, en el interior no había guerreros.

 

Detalle de Crosroes retratado

en la famosa copa.

 

 

    Cosroes también se ocupó de aliviar el malestar moral de su pueblo, resultado de los recientes infortunios y de los disturbios provocados por los mazdakistas. Especialmente la forma mazdakista de relación con las mujeres había producido mucha inquietud. Las que habían dejado a sus maridos fueron devueltas a ellos y las que habían sido violadas fueron casadas con sus violadores. Se hizo un registro nacional de viudas y huérfanos y cada uno recibió la ayuda que necesitaba. También se clarificó la posesión de propiedades y se reconstruyeron muchos pueblos en ruinas.

 

    Con la organización de las finanzas del Estado Cosroes también pudo llevar a cabo importantes obras de regadío, y los diversos estudios arqueológicos realizados hasta la fecha indican que durante el periodo sasánida hubo un considerable aumento de la población, y de las sofisticadas obras de regadío, incluyendo la construcción de canales y presas así como del uso más intensivo y extensivo de la tierra. Probablemente una de las obras llevadas a cabo por el Estado fue la construcción de un gran canal, conocido como el “Corte de Cosroes”, que debía complementar el suministro de agua en el área del río Diyala, llevando agua desde el Tigris.

 

    Cosroes pasó ocho años organizado la administración y el ejercito iraní y preparando la restauración de la antigua situación político-militar. Después rompió su tratado con Bizancio y en el año 540 invadió Siria[10], con el objetivo principal de obtener botín. El estado de guerra intermitente continuó en este frente durante los 20 años siguientes. La historia de estas guerras fue escrita en detalle por Procopio, secretario de Belisario, el brillante general de Justiniano, aunque como era de esperar su punto de vista es algo tendencioso y pinta a Cosroes como un oriental déspota y traidor. El rápido avance del rey persa le llevó ante las murallas de Antioquía, que cayó después de una feroz batalla.

 

    “Cosroes mandó a sus hombres que capturasen e hiciesen prisioneros a los supervivientes de la población de Antioquía y que saqueasen todas las propiedades mientras que él, con los embajadores, descendía desde la altura hasta el santuario que ellos denominan iglesia. Allí Cosroes encontró tal cantidad de oro y plata que, aunque no participó de nada más del botín, partió poseedor de una gran riqueza. Y tomó muchos mármoles maravillosos y ordenó que los depositaran fuera de las fortificaciones a fin de poderlos trasladar a territorio persa” (Procopio).

 

    Para albergar a la población deportada de Antioquía, Cosroes construyó una nueva ciudad en las afueras de Ctesifonte, a la que llamó Veh az Antiok Khusro o “Cosroes (construyó esta) mejor que Antioquía”. Todavía era una ciudad próspera cuando los árabes conquistaron Mesopotamia.

 

    Finalmente, en 561 se acordó y firmó un tratado de paz de 50 años, aunque no duró mucho. El objetivo de los persas en estas guerras había sido recuperar territorio al este del Eufrates y en gran medida lo consiguieron. Además, cuando Cosroes murió en el año 579 buena parte de Armenia estaba de nuevo dentro de la esfera de influencia sasánida.

 

    Paralelamente, Cosroes se sintió suficientemente fuerte para dejar de pagar el tributo anual a los heftalíes, y hacia el año 557 se alió con los turcos que habían llegado recientemente a Transoxiana. Juntos derrotaron completamente a las fuerzas heftalíes y se dividieron su reino: los turcos tomaron los territorios situados al norte del río Oxus (Amu-Darya) y los sasánidas los situados al sur. Por fin se había restablecido el honor persa, emitiendo Cosroes una moneda con la inscripción: “Irán liberado del miedo”.

 

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Restos arqueológicos de una ciudadela sasánida al

borde de un lago de 2.500 mts de altura.

 

 

 

La importancia del comercio

 

Los ingresos obtenidos del comercio este-oeste seguían teniendo un interés vital para Irán y fue durante el reinado de Cosroes I cuando Bizancio intentó romper una vez más romper el monopolio sasánida. Desde los tiempos de Ardashir I, los reyes sasánidas habían sido conscientes de las ventajas de promover el comercio marítimo y cuando dejó de ser seguro el transito por tierra a causa de los ataques de los hunos, aumentó el atractivo del comercio por mar. La expedición punitiva que Sapor II había emprendido hasta el interior de Arabia al principio de su reinado, había sido motivada por las incursiones árabes en la zona del Golfo Pérsico y por el temor de la posible pérdida del control sasánida del mar. Bahram V extendió su dominio por las costas del Golfo hasta el delta del Indo, en donde había obtenido la posesión el puerto de Daibul (Banbhore) como parte de la dote al casarse con una princesa india. Pero el control de los puertos era solo parte de la política sasánida; también impedían materialmente a los barcos occidentales conseguir cargamentos fuera de su jurisdicción, porque “los mercaderes persas siempre están en los puertos cuando llegan los barcos indios... y acostumbran comprar todo el cargamento” (Procopio).

 

    Justiniano estaba determinado a intentar una vez más romper el completo dominio del comercio por parte de los sasánidas y se puso en contacto con los etíopes cristianos proponiéndoles que, teniendo en cuenta su fe común, deberían ser aliados y sugiriéndoles que comprasen sedas a los indios para vendérselas a los romanos, lo que “les permitiría ganar mucho dinero mientras que los romanos solo se aprovecharían de una manera, no se verían obligados a pagar a su enemigo”.

 

Cosroes consiguió frenar los intentos de expansión etiope hacia el Yemen, y cuando murió en 579 el sur de Arabia se había convertido en una dependencia sasánida. En realidad, sus barcos tenían la base en Aden, lo que les permitía controlar efectivamente la entrada al mar Rojo y cerrar el océano Índico a las naves romanas. Durante todo el siglo VI los mercaderes persas dominaron el comercio con la India y Ceilán, cuyos puertos eran visitados regularmente por sus barcos. Pero todavía no esta claro si los barcos sasánidas viajaron o no más al este en busca de sus mercancías. Ciertamente, a finales del siglo VIII, después de la caída de la dinastía sasánida, existía el comercio directo entre China y el Golfo Pérsico lo que queda demostrado por la prosperidad de puertos como Siraf: podría ser que los mercaderes sasánidas fueran más allá de Ceilán.

 

    Cosroes es recordado no solo por sus éxitos militares, sino también por su sentido de la justicia y de la caballerosidad y por su preocupación por la gente común. Según Firdusi, se ocupaba de que “ningún aldeano quedase reducido a la miseria; a quien no tenía semillas cuando llegaba el tiempo de la siembra le eran dadas procedentes del tesoro del rey y no se dejaba ningún trozo de tierra sin cultivar... El sha cubría la faz de la tierra con su justicia; dondequiera que la tierra estuviese abandonada, la hacia cultivar. Cualquier hombre, grande o pequeño, podía dormir al aire libre y acudían a la fuente tanto la oveja como el lobo”. Aunque apoyó al zoroastrismo ortodoxo con su rígida estructura de clases, no persiguió a las minorías.

 

    Cosroes también fue famoso por su constante búsqueda del saber: recibió en su corte a médicos y pensadores griegos y fundó una universidad en Gundeshapur. Durante su reinado se escribieron muchos libros en pahlavi y se tradujeron a esa lengua obras fundamentales de la cultura griega (Homero, Platón y Aristóteles), junto con manuscritos en sánscrito, fundamentalmente de tema médico. Se cuentan muchas historias de su sabio visir Buzurjmihr a quien se atribuye la invención del juego favorito persa, el nard o backgamon. Otro juego popular en aquella época era el polo.

 

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Los últimos momentos de gloria

 

Ormuz IV (579-590) sucedió pacíficamente a su padre Cosroes I, mientras la agotadora guerra contra Bizancio seguía. Aprovechándose de la preocupación sasánida en el oeste, los turcos atacaron por el noreste adonde Ormuz envió un ejercito comandado por el noble iraní Bahram Chobin para contenerlos. Muchas historias en la literatura persa y árabe, y naturalmente el Shahname o Libro de los reyes, hablan de este hombre singular, un guerrero iraní por excelencia, “un general orgulloso como un león”, un pahlavi de “magnifica estatura, verbo fluido e inteligencia clara”. Bahram Chobin derrotó a los turcos y después también salió victorioso contra los jázaros nómadas en el Cáucaso y contra los bizantinos. Poniendo como pretexto una derrota posterior ante estos últimos, Ormuz IV, preocupado por la popularidad que estaba alcanzando Bahram, intentó destituirlo de sus cargos pero este se sublevó y el rey se encontró rodeado de enemigos. Lo prendieron, lo cegaron y después lo asesinaron; su hijo Cosroes, que no pudo hacer frente a Bahram, debió huir a Occidente.

 

    Bahram se coronó “señor del mundo”. Si hubiese sido un miembro de la familia real sasánida en vez de serlo de la familia Mihran, de Ray, Bahram hubiera podido mantenerse en el trono. En vez de ello solamente un año después Cosroes, con la efectiva ayuda militar del emperador bizantino Mauricio, consiguió derrotarlo y Bahram debió correr a refugiarse con los turcos que le asesinaron al poco tiempo, seguramente a instancias de Cosroes.

 

    Incluso cuando Cosroes II (a quien más tarde se le daría el apodo de Parviz, “el victorioso”) fue ya rey, no se acabaron los desordenes internos en el imperio sasánida. Intentó castigar a quienes habían derrocado a su padre y apoyado a Bahram Chobin, algunos de los cuales huyeron y promovieron más desórdenes. Entre ellos estaba un tío de Cosroes que, habiendo conservado su independencia en el área de Ray y acuñado su propia moneda durante diez años, también fue asesinado. Como no le habían prestado ayuda, Cosroes también atacó a los árabes lakhmidas, cuya dinastía vasalla hacia mucho tiempo que cumplía un papel importante como barrera entre los árabes nómadas del desierto y las ricas llanuras cultivadas de Irak, el granero del imperio. Cosroes derrocó al rey lakhmida y lo sustituyó por un gobernador persa. Esto fue un grave error táctico porque dejó el sur de Irak expuesto a los ataques de los árabes del desierto. Las defensas de esta frontera eran pobres, ya que no se había hecho gran cosa desde que Sapor II construyera un largo canal desde Hit, en el Éufrates, hasta cerca de la actual Basora, el Khandak Shapur, para que actuara como medida disuasoria. Mientras los lakhmidas actuaban como “tapón” no importaba la debilidad de las defensas, pero pronto se hizo patente su ineficacia. Hacia el año 604 una alianza de tribus árabes derrotó a las fuerzas persas en la batalla Dhu Qar, prediciendo la caída del imperio. Sin embargo, las energías de Cosroes siguieron la misma dirección que las de sus antepasados desde hacía siglos: la lucha con Occidente. No reconoció el significado del creciente poder árabe que, cuando fuera enardecido por una religión combativa, podía barrer con todo lo que se le pusiera por delante.

 

Crosroes II con armadura completa grabado en la gruta.

 

 

    Cosroes inició su reinado gozando de la amistad de los bizantinos y especialmente del emperador Mauricio al que debía en realidad el trono. Por ello, firmó un tratado mediante el cual reintegró al  Imperio Romano de Oriente regiones de Mesopotamia y Armenia ocupadas por sus predecesores e incluso algunas preciadas reliquias cristianas robadas por los persas durante las guerras entre su abuelo Cosroes I Anurshirwan y Justiniano. Pero en el año 602 Mauricio fue asesinado por Focas, un oficial del ejército bizantino en los Balcanes, que se había sublevado y proclamado emperador. Esto indignó a Cosroes y le dió el pretexto para atacar las fronteras orientales de Bizancio. Así, desde el año 604 al 610, los persas ganaron varias batallas y conquistaron buena parte de Armenia, Capadocia y Siria. En aquel año Focas fue derrocado y muerto y Heraclio subió al trono. Este intentó hacer la paz con Cosroes pero el soberano persa, enardecido por sueños de gloria y convencido de la invencibilidad de sus ejércitos, rechazó la oferta y se embarcó en una carrera de conquistas que recrearon brevemente el imperio aqueménida.

 

    Los persas atacaron en dos frentes: en Armenia, que cayó totalmente en su poder, y en Siria, donde su meta era claramente alcanzar la costa mediterránea. En el 612, luego de una dura batalla ante sus murallas, conquistaron Antioquía. Así, el camino hacia el sur quedó abierto y Damasco cayó ese mismo año. Al norte, los bizantinos mantenían los pasos que conducían a Cilicia, mas a pesar de una primera victoria, en un segundo enfrentamiento fueron obligados a huir y así Cilicia y Tarso fueron ocupadas por los persas.

 

    Pero lo peor aún no había llegado: en el año 614 fue tomada Jerusalén. Avanzando desde Cesárea y siguiendo la costa, las fuerzas del general sasánida Sharbaraz llegaron ante la Ciudad Santa en abril. Las negociaciones para entregar la ciudad (emprendidas por el Patriarca Zacarías) se vieron frustradas y los refuerzos bizantinos provenientes de Jericó fueron puestos en fuga. Los persas pusieron entonces cerco a Jerusalén, trayendo para ello máquinas de asedio, y finalmente forzaron sus murallas el 4 o 5 de mayo. La masacre que siguió duro tres días, y los habitantes judíos de la ciudad se unieron a los soldados persas en el saqueo. Las crónicas hablan de 57.000 muertos y 35.000 cautivos. Las iglesias fueron incendiadas y el patriarca Zacarías fue llevado a Persia junto con la Santa Cruz, la más preciada reliquia de la Cristiandad.

 

    Con Jerusalén en su poder, Cosroes adoptó una política de conciliación: abandonó a sus antiguos aliados judíos, que fueron expulsados de la ciudad, y ordenó la reconstrucción de las iglesias. No obstante, esto no evitó que al año siguiente los persas retomaran la conquista del Asia Menor, interrumpida en el 611. Sin embargo, Asia Menor no era Siria, por lo que el general que comandaba las tropas sasánidas, Sahin, advirtió que su posición era insegura y buscó un acuerdo con los bizantinos. Pero, Cosroes no quiso oír ni una palabra sobre la posibilidad de firmar la paz.

 

    En la primavera de 619, el siguiente paso del plan de invasión persa fue puesto en marcha cuando Sharbaraz invadió Egipto[11]. Avanzando a lo largo de la costa, los persas tomaron Pelusium y la fortaleza de Babilonia, cerca de Menfis; desde allí, con el apoyo de una numerosa flotilla, siguieron el principal brazo occidental del Nilo, llegaron hasta Alejandría y pusieron sitio a la capital egipcia. Poco pudo hacer el emperador Heraclio en esos momentos con Armenia, principal proveedora de soldados, en manos persas y con los avaros invadiendo los Balcanes. Finalmente, Alejandría cayó en junio de 619.

 

    Por esta época, aunque se desconoce el año exacto, los persas reunieron una flota (tal vez compuesta por naves tomadas a los bizantinos en Tarso y otros puertos conquistados) y atacaron Constantinopla por mar, en un asalto al parecer preparado para coincidir con el ataque de los ávaros. Pero en el mar el Imperio Romano de Oriente mostró su supremacía: la flota persa fue derrotada y cuatro mil hombres perecieron. El enemigo no volvió a intentar un ataque semejante.

 

    A pesar de este revés, Cosroes había llegado más lejos en sus conquistas que cualquier otro soberano sasánida. Se cuentan muchas historias de este gran rey persa y de su tempestuosa carrera, pero son asombrosamente contradictorias. Según alguna tradición era cruel, desconfiado, traidor, cobarde y avaricioso, pero también se lo ha descrito como un gran guerrero, tolerante con las distintas religiones, que creó a su alrededor una espléndida corte famosa por su lujo y etiqueta. Estos últimos fueron descriptos por Firdusi cuando explicaba los preparativos de una cacería real.

 

    “Y así... fueron traídos por la brida 300 caballos con arreos dorados. Había 1.160 esclavos leales a pie llevando jabalinas y 1.040 más con capas de brocado y armadura debajo llevando mazas y espadas. Detrás de ellos iban 700 halconeros con gavilanes, halcones borní y halcones reales. Después de los halconeros iban 300 hombres a caballo llevando todos ellos panteras. También había 70 leones y leopardos atados con cadenas sujetas firmemente, cubiertos de capas de brocado chino y había otros leopardos y leones domados, con bozales formados por cadenas de oro. También había 700 perros de caza con collares de oro, que apresaban las gacelas al galope. Y acompañándolo todo iban 2.000 juglares dispuestos a tocar aires de caza. Cada uno iba montado sobre un camello y llevaba en su cabeza una pequeña corona de oro”.

 

    Pero la rica y deslumbrante corte de Cosroes se consiguió a expensas de su pueblo porque, como escribe Firdusi, “el rey, que otrora fue el administrador de justicia, se había vuelto injusto... Imponía siempre nuevas cargas y solo se preocupaba por aumentar su tesoro. Exigía dinero a todo el mundo con amenazas y triquiñuelas. Las bendiciones de antaño se convirtieron el maldiciones al monarca quien, después de haber sido una oveja mansa se había convertido en un lobo salvaje”.

 

    Ningún relato sobre este extraordinario rey sería completo si no se mencionase que también fue el héroe de la historia de amor persa por excelencia, el Romance de Cosroes y Shirin, contado y recontado por muchos poetas, entre ellos Firdusi y el famoso Nizami. La belleza de Shirin, ensalzada en muchos versos, rivalizaba con la luna. Shirin era cristiana y, según se dice, durante el reinado de Cosroes el cristianismo se expandió por el imperio.

 

    Pero la estrella de Cosroes duró poco. En el año 622, el emperador Heraclio llevó sus naves por el mar Negro y lanzó una ofensiva contra Armenia por detrás del frente persa. Estos, tomados por sorpresa, fueron derrotados y los bizantinos recuperaron Asia Menor. Al año siguiente Heraclio atacó de nuevo Armenia, atravesó las defensas persas e invadió Azerbaiján. Saqueó el gran santuario y el Templo del Fuego Sagrado de Gushnasp en Ganzaka o Shiz (la actual Takht-i-Suleiman), a donde iban en peregrinación todos los reyes sasánidas.

 

    En el año 627, Heraclio -después de vencer a los afamados generales Sharbaraz, Sahin y Sarablangas- avanzó de nuevo a través de Azerbaiján y marchó sobre Mesopotamia, derrotando una vez más a los persas en Nínive. Luego saqueó el palacio real de Dastagerd, el favorito de Cosroes, en donde encontró un gran tesoro[12].

 

    Después de esta desastrosa serie de reveses, Cosroes estaba desesperado y llamó a todos sus generales buscando una victima propiciatoria. Pero, estos se sublevaron y lo asesinaron. Su muerte marca el final real del poderío sasánida, aunque la nobleza instalará una serie de reyes que continuaran gobernando nominalmente hasta la invasión de los árabes.

 

    La carrera de Cosroes II, llena de fuertes altibajos, refleja tanto la eficacia como los puntos débiles de la reorganización llevada a cabo por su abuelo Cosroes I Anurshirwan. Con un conocimiento tan preciso de los recursos financieros del imperio se podían elevar los impuestos, y se hizo, a niveles intolerables sin posibilidad de evasión. La creación de cuatro zonas militares al mando de cuatro spahbads les concedía a estos un poder abrumador, como quedó demostrado en primer lugar por la toma del poder por parte de Bahram Chobin y después por uno de los generales de Cosroes, Sharbaraz, que también subió al trono durante poco tiempo después del asesinato de aquel. Un tercer punto débil fatal fue la preocupación sasánida por Occidente. Al concentrar todas sus energías en el antiguo conflicto con Bizancio para intentar restablecer las fronteras del antiguo imperio aqueménida, Cosroes no supo apreciar al nuevo peligro proveniente del sur, cuyo poderío creciente había quedado demostrado ya en el año 604. Y fueron los árabes y no los bizantinos los nuevos señores de Irán.

 

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Otra vista de la ciudadela sasánida.

 

 

Los últimos sasánidas

 

A Cosroes lo sucedió su hijo Kavad II Shiroes, que había sido cómplice de su asesinato. Es él quien firma el tratado de paz con Heraclio. Así, la guerra termina finalmente: los persas devuelven a los bizantinos parte de la Mesopotamia, Siria, Palestina y Egipto, y se estipula la restitución de la Santa Cruz [13]. Sin embargo, Kavad no pudo ver la conclusión del tratado: en 628, sumándose a los desastres de la guerra, el Tigris y el Éufrates se desbordaron, anegando Irak. La peste no tardó en aparecer, llevándose al monarca persa tras solo seis meses de reinado. Lo sucedió su hijo, Ardashir III, en momentos en que los jázaros invaden Georgia (Iberia) y Armenia. El general Sharbaraz, de vuelta en Persia tras sus luchas con los bizantinos, es enviado para combatirlos, pero su campaña fracasa y es derrotado en Uti. Sabiéndose con el consentimiento y apoyó de Heraclio –y quizás temiendo la ira de su monarca-, el general retorna a Ctesifonte y depone sin más al joven shah-an-shah, instalándose en su lugar. Sin embargo, poco pudo hacer el veterano comandante, ya que un mes y medio más tarde era asesinado. Se subleva entonces en el Jorasán Cosroes III, hijo de Ormuz IV, mientras es coronada en Ctesifonte una hermana suya, Borán. Es ella quien hace efectiva la devolución de la Santa Cruz, a pesar que de hecho ya había sido restituida. Su gobierno dura poco también, y decepcionada abdica tras un año y cinco meses en el trono. Luego del breve interregno de Guchnasp Berdé, hermano de Cosroes III, sube al trono una de las hermanas de Borán, Azarmi-Dokht. Entretanto, Ormuz V, nieto de Cosroes II, se hace coronar en Nísibis. Allí se mantuvo aproximadamente dos años, hasta que fue asesinado por sus propios soldados (632). Desde la muerte de Cosroes II (628) hasta la ascensión de Yezdegard III (junio de 632), más de una docena de pretendientes se diputaron el trono de Ctesifonte.

 

    Finalmente, Yezdegard III quedó como el único monarca. Pero no gobernó más que nominalmente, ya que el poder real estuvo una vez más en manos de la nobleza.  Esta situación de descomposición estructural favoreció enormemente a los ejércitos musulmanes que en 634 iniciaron sus ataques contra Irak. A pesar de todo, el último emperador sasánida logró reunir un considerable ejército al mando del general Rustam, que llevaba el nombre del héroe nacional iraní más ilustre. Este se enfrentó a los árabes en Kadisiya (mayo de 637), junto al Eufrates, siendo estrepitosamente derrotado. Ctesifonte fue tomada por los árabes, y el rey debió huir a Media.

 

    Cinco años después, en 642, los árabes alcanzaron una victoria decisiva en Nehaven, al sur de Hamadan, que les permitió ocupar totalmente Irán. Yezdegard III aún pudo huir hacia el norte en busca del apoyo turco, pero en 651 murió asesinado cerca de Merv, desapareciendo el último representante de una dinastía que había dado días de gloria y esplendor a los persas.

 

    Después de la muerte de Yezdegard quedaron vivos pocos miembros de la familia real para organizar una rebelión, incluso si hubieran podido. Pero las tradiciones sasánidas, tanto respecto al gobierno como a las artes, continuaron y florecieron mucho después de la desaparición del último shahanshah. Los nuevos conquistadores no contaban con la maquinaria administrativ