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BIZANCIO!!! El Imperio Romano Helénico y Cristiano de la Edad Media Dirección y diseño: Rolando Castillo. |
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Por Leonardo Fuentes

Palacio de Crosroes en Ctesifonte.
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La Potencia Sasánida
La historia narra como los poderosos ejércitos romanos marcharon hacia Oriente para atacar a los partos, una y otra vez, cual se estrellan las olas contra las rocas de una costa acantilada. Estos partos eran hombres fuertes y guerreros, soberbios jinetes y arqueros, famosos por disparar sus saetas hacia atrás, por encima de los hombros, mientras aparentemente se retiraban (“el tiro parto”). Reinaron sobre un imperio que iba desde Siria al Asia Central y frenaron la expansión romana hacia el este, amenazando incluso Palestina y el Asia Menor.
Pero, sería erróneo considerar a los partos como herederos de los aqueménidas. Partia no constituyó nunca un imperio poderoso. Más bien se trataba de provincias y principados que mantenían un grado de sumisión diferente con respecto al rey parto. Así, el Estado dependía, para su cohesión, de la autoridad personal del monarca, la cual se vio seriamente deteriorada, a partir del siglo II d.C., por las derrotas ante los romanos. El declive económico, junto con la fragmentación interna, aceleró el fin del imperio. Llegado el momento, del reino vasallo de Persia, en el sur de Irán, surgiría el estímulo para un cambio dinástico: los arsácidas partos serán sustituidos por los sasánidas persas.
Ahura Mazda corona a Ardashir I. Relieve en la roca.
El origen de los Sasánidas
Las informaciones acerca del origen de esta dinastía, tal y como sucede con los relatos sobre los primeros movimientos de los aqueménidas y de los arsácidas, están entrelazadas con leyendas. La versión más famosa la narra el gran poeta persa Firdusi: Sasán era el nombre de un humilde pastor que cuidaba los rebaños de Papak, soberano de la ciudad de Istakhr, en la provincia de Fars –la antigua Persia-. Sasán descendía en línea directa de los aqueménidas, que habían mostrado el poder de los persas a todo el mundo conocido hasta entonces. Un día, Papak tuvo un sueño profético: sería justamente un hijo de Sasán, su pastor, quien restauraría el antiguo poder de los reyes persas. Confiando ciegamente en su sueño, ciertamente fruto de la voluntad divina, Papak dio a su propia hija como esposa a Sasán, y de esta pareja precisamente nació Ardashir, el restaurador del imperio.
Otra versión, narrada por historiadores árabes y griegos, pretende que Sasán fue un pequeño señor de Fars, que Papak era su hijo y que Ardashir su nieto. Lo cierto es que los vínculos de parentesco y de descendencia entre estas tres figuras siguen siendo bastante oscuros; generalmente Sasán es designado en las inscripciones como señor, Papak como rey y Ardashir como rey de reyes (shah-an-shah).
Sabemos que después de su ascensión al trono de Persia (Fars), hacia el año 209 d.C., Ardashir conquistó Kerman, Isfahan y, finalmente, el reino de Elymais. Para entonces había amasado suficientes riquezas como para fundar una ciudad en Gur, la actual Firuzabad, en donde construyó una recia fortaleza en lo alto de una montaña y un magnifico palacio. Pero derrocar a los partos sin ayuda era todavía una tarea de demasiada envergadura para las nacientes fuerzas sasánidas y Ardashir formó una alianza con los reyes de Adiabena y Kirkuk. En la gran batalla que tuvo lugar hacia el año 224 d.C. en Hormizdegan, Artabán V, Gran Rey de Partia, fue derrotado y muerto, un acontecimiento del cual queda dramática constancia en un friso de 18 metros de largo situado en la ladera de una montaña próxima a Firuzabad.
Pero, aunque la batalla de Hormizdegan tuvo como resultado la derrota y muerte del rey de Partia, no acabó con la resistencia de los antiguos territorios partos. Algunas grandes familias feudales se sometieron, pero otras no. Finalmente, Ardashir consiguió derrotar a todos sus oponentes, excepto al rey arsácida de Armenia. No conocemos el alcance completo de las conquistas de Ardashir, pero ciertamente en el este controló el oasis de Merv, nombrando gobernador a un miembro de su familia, y también pudo haber conquistado a los kushanas. Según fuentes romanas, el propósito de Ardashir era establecer de nuevo el imperio aqueménida: “alardeaba de que reconquistaría todo lo que habían tenido los antiguos persas, llegando hasta el mar de Grecia, proclamando que tenía derecho a ello como herencia de sus antepasados” (Dion Casio). Este deseo, mantenido durante los 400 años de gobierno sasánida, no solo fue causa frecuente de guerras sino que, cuando finamente se consiguió en el siglo VII, produjo una extensión excesiva y la rápida caída del imperio.
Primero Ardashir desafió a los romanos, hacia finales de la década de 220, y salió inicialmente victorioso. Dion lo vio así: “El peligro no está en las consecuencias que él pueda acarrear, sino en que el estado de nuestros ejércitos es tal, que parte de las tropas se pasan a su lado y otros soldados no quieren defenderse. Están sumergidos en tal desenfreno, libertinaje y falta de disciplina, que los de Mesopotamia incluso se atrevieron a matar a su comandante”. En el año 230 Ardashir sitió Nisibis (Nusaybin) y sus fuerzas hicieron incursiones penetrando profundamente en la provincia de Siria. Una iniciativa romana de paz no llegó a buen fin y los romanos contraatacaron en 232, con un éxito suficiente como para celebrar un triunfo en Roma. Ardashir volvió al frente de Mesopotamia a finales de la década de 230 y consiguió tomar Carrhae y Nisibis hacia el 238. También tomó y saqueó Hatra, que había resistido los asedios de Trajano, Septimio Severo y uno suyo anterior[1]. Después del saqueo, Hatra fue abandonada y el papel de los príncipes de Hatrene como “señores del desierto” pasó a la dinastía lakhmida de Hira, vasalla de los sasánidas.
Ardashir en una justa bate al rey parto. Relieve en la roca.
Los restos del palacio de Ardashir en Firuzabad.
Reconstrucción del palacio de Ardashir según D. Huff.
Las reformas de Ardashir
El imperio parto había fracasado por diversas razones, la más significativa de las cuales fue la falta de un gobierno central fuerte, y Ardashir estaba resuelto a remediarlo. Puso a miembros de su familia como gobernadores de provincias clave y organizó una importante burocracia. Su otra gran innovación fue la organización de una iglesia oficial del Estado, en lugar de la política parta del laissez-faire religioso. Ello condujo a una rígida división en clases sociales, basada en lo que se preconizaba en el Avesta. Las clases del Avesta, concebidas en principio para una sociedad nómada, estaban formadas por sacerdotes, guerreros y trabajadores, y esto se adaptó a las necesidades de un imperio mediante la adición de la burocracia, situada por debajo de los guerreros y por encima de los campesinos y artesanos. Ambas reformas probablemente fueron concebidas no solo para superar la casi anarquía del último periodo parto, sino también para que fuese el núcleo del resurgimiento del nacionalismo iraní. Se describía a los seléucidas y a los partos como extranjeros y se presentaba la ascensión de los sasánidas como un retorno a las glorias del pasado aqueménida. De esta manera, Ardashir dio a su imperio una raison d’être moral y espiritual, así como militar.
Otra reforma urgente fue la de la emisión de moneda, que había quedado seriamente desvalorizada bajo los últimos arsácidas. Ardashir acuñó no menos de ocho tipos distintos, donde él aparece representado llevando tanto la enjoyada corona parta de Mitrídates II como una corona especial que consistía en un simple casquete sujeto a la cabeza por medio de una diadema con el cabello metido dentro de un alto globo de seda o korymbos. Este korymbos fue después como una seña de identidad de la dinastía, como lo fue también la adopción de coronas personales por parte de cada rey [2].
A finales de la década de 230 Ardashir era ya un hombre de edad avanzada y en el año 240 hizo que su hijo Sapor (Shapur) se asociase a él durante un periodo de gobierno conjunto, como lo prueban monedas en las que se ven las cabezas de ambos. Ardashir lleva su corona particular mientras que se ve a Sapor con el alto casco redondo o kolah de la nobleza: solo adoptó su corona después de ser coronado. No se sabe la fecha exacta de la muerte de Ardashir, pero debió de ocurrir a principios de la década de 240. Sus conquistas militares habían devuelto a Irán la posición ventajosa de intermediarios en la ruta comercial este-oeste, cosa que fue celosamente conservada y ampliada por reyes posteriores. Militar y económicamente seguro y con un gobierno central fuerte, el imperio fundado por Ardashir perduraría 400 años, hasta que el fervor de una nueva fe –el Islam- arrollase al zoroastrismo.
Ahura Mazda corona a Sapor I. Relieve en la roca.
Sapor I y sus luchas contra Roma
Sapor, el hijo de Ardashir, se había preparado durante mucho tiempo para reinar. Había luchado junto a su padre en Hormizdegan y en un relieve de Azerbaiján se lo ve con él ratificando una alianza. Cuando su padre llegó a una edad avanzada, como ya dijimos, Sapor fue designado para correinar por lo que el traspaso de poder se hizo pacíficamente.
Por fin durante el reinado de Sapor quedó constancia de las campañas persas, escritas desde su punto de vista y no desde el de los romanos, ya que Sapor hizo grabar una larga inscripción conmemorando sus acciones en los muros de piedra de la torre conocida hoy como Kaaba-i Zardusht (cubo de Zoroastro), en Naqs-i Rustam. Estaba escrita en tres lenguas: pahlavi, parta y griega, y es uno de los mayores documentos históricos del periodo sasánida. Empieza dando los títulos completos de los reyes: “Yo soy la divinidad Sapor adorador de Mazda, Rey de Reyes del Irán y no Irán, que es de estirpe de dioses, hijo de la divinidad Ardashir adorador de Mazda, Rey de reyes del Irán...”. La diferencia entre los títulos de Sapor y de su padre es reveladora, porque Ardashir solo era llamado Rey de Reyes del Irán, mientras que Sapor lo era también del “no Irán”, lo que refleja no solo la progresiva ampliación de las fronteras políticas sino también las crecientes ambiciones imperialistas de la dinastía.
Buena parte de la inscripción de Sapor describe sus luchas con Roma, a la que consideraba su único rival digno. Empieza con sus primeras victorias contra dos emperadores romanos, Gordiano III y Filipo el Árabe: “Entonces, cuando primeramente yo fui establecido sobre el imperio, Gordiano César de toda Roma, del reino godo y germano, reunió una fuerza y vino contra Asiria, sobre el imperio ario y nosotros. Y en la frontera de Asiria en Mashik una gran batalla frontal tuvo lugar. Gordiano Cesar fue muerto. La fuerza romana fue destruida. Y los romanos hicieron césar a Filipo. Entonces Filipo César vino a nosotros a pedir paz y habiéndonos dado 500.000 dinares como rescate por la vida (de sus hombres) se hizo tributario nuestro”. El elemento propagandístico de esta inscripción se hace evidente de inmediato, porque es muy poco probable que los romanos hubiesen estado de acuerdo en ser “tributarios”. Debe recordarse este mismo factor propagandístico cuando se intenta reconstruir la historia del periodo basándose solamente en fuentes occidentales.
La batalla tuvo lugar el año 244 en territorio sasánida, no lejos de Ctesifonte, y ello indica cuanto territorio habían perdido los persas en los reveses sufridos después de la accesión al trono de Sapor ya que los romanos habían vuelto a tomar las tan disputadas ciudades de Carrhae y Nisibis. Sin embargo, estos reveses fueron más que vengados en 244 cuando las fuerzas romanas resultaron decisivamente derrotadas y en donde murió un emperador, posiblemente después y no durante la batalla, y su sucesor obtuvo la paz mediante el pago de un abultado rescate.
Sapor conmemoró esta gran victoria con un relieve en la roca, que fue grabado en las paredes de la garganta de un río cerca del emplazamiento de su nueva capital Bih o Whi Shapur (“la excelencia de Sapor”). Al igual que la escultura de su padre en Naqsh-i Rustam, en la cual evidentemente se inspiró, el relieve plasmaba tanto su triunfo reciente como su investidura divina. Era nueva la figura de un romano postrado situado entre los caballos. Tenía las manos tendidas hacia el rey en un gesto de súplica y ha sido plausiblemente identificado como Filipo el Árabe “pidiendo la paz”, mientras que se cree que el cadáver pisoteado por el caballo del rey representa al malogrado Gordiano.
De la misma manera que en el periodo parto, el control de Armenia siguió siendo un pretexto frecuente para la guerra. Sapor probablemente estuvo en connivencia con los asesinos del rey armenio que era un arsácida y, por ello, su enemigo irreconciliable; el hijo del armenio huyó a Roma. Por lo tanto, se hizo inevitable otra confrontación entre las dos potencias. Esta campaña, que tuvo lugar en el año 256, terminó con otra aplastante victoria persa: fue destruido un ejercito de 60.000 hombres. Armenia fue conquistada y las fuerzas persas llegaron al interior de Siria. Capturaron muchas ciudades, entre ellas Duraeuropos y Antioquía del Orontes, la capital oriental de Roma conocida como la “bella corona de Oriente”. Para entonces los persas habían aprendido de los romanos a construir artilugios de asedio e hicieron “un ariete de gran tamaño” para derribar las murallas de Antioquia. Después lo desmontaron y lo llevaron consigo a Carrhae en donde permaneció ¡hasta que fue montado de nuevo y usado contra ellos un siglo más tarde por Constantino!
La tercera y última campaña de Sapor contra los romanos fue la más exitosa. Según sus propias palabras: “En la tercera guerra cuando atacamos Carrhae y Edesa y estábamos sitiando Carrhae y Edesa, Valeriano César vino a nosotros llevando con él... una fuerza de 70 miles. Y tuvo lugar un gran combate con Valeriano César en aquel lado de Carrhae y Edesa. Y al mismo Valeriano César hicimos cautivo con nuestra propia mano. Y al resto, al prefecto pretoriano, senadores y generales y cualesquiera oficiales de aquella fuerza, hicimos cautivos a todos y los condujimos fuera de Persia... En el imperio de los arios en Persia, Partia y Khuzistan, Asiria y otras, una tierra y otra, en donde estaba nuestro origen y el de nuestros padres y el de nuestros abuelos y el de nuestros antepasados, allí los pusimos”.
La derrota y captura de Valeriano y de sus hombres dejó a Siria y Capadocia a merced de los ejércitos sasánidas. Los ciudadanos de Antioquía, que presumiblemente confiaban en la habilidad de Valeriano para contener la amenaza persa, estaban paseando por las calles o viendo teatro cuando fueron atacados por los persas. Amiano explica que una actriz que estaba en escena gritó de pronto: “¿Es un sueño o los partos están aquí?”; todos volvieron la cabeza y huyeron en todas direcciones para escapar de las flechas que les lanzaban desde la ciudadela. “Seguidamente fue incendiada la ciudad... y el enemigo, cargado con el botín, regresó a casa sin haber perdido un solo hombre”.
Sapor conmemoró estas victorias en una nueva serie de relieves en los que se le veía triunfante sobre los tres emperadores romanos –Gordiano, Filipo y Valeriano- en una misma escena. Por lo tanto, estas esculturas resumían los triunfos de Sapor sobre su principal rival: se repetían las dos figuras de la escultura anterior, el cadáver de Gordiano y el suplicante Filipo, y a ellas se añadía la figura de Valeriano de pie con su mano agarrada firmemente por Sapor que de esta manera demuestra visualmente su descripción escrita de la captura del César.
El gran número de prisioneros hechos por los persas en estas campañas fueron una considerable fuente de mano de obra barata y con frecuencia técnicamente experimentada. En Khuzistan son numerosos los restos de sus trabajos. Todavía hoy pueden verse las ruinas de sus ciudades, planificadas como campamentos romanos. Especialmente impresionantes son los puentes, los pilares de los cuales todavía se utilizan. Uno de ellos fue construido sobre el río Karun y mide unos 516 metros de largo; esta sostenido por 41 pilares con corta aguas de estilo típicamente romano.
Si la debacle romana en ese momento no fue mayor se debió en gran parte a que la captura de Valeriano desató las energías locales de resistencia ante el invasor persa. Odenato (Odainath), gobernante de la rica ciudad caravanera de Palmira en el desierto sirio, no sólo logró rechazar a los persas sino que en los años siguientes incursionó con éxito en territorio sasánida. Reconocido por el emperador Galieno como su lugarteniente en Oriente, se dice que Odenato logró que Nisibis volviera al control romano, y puede haber penetrado tan lejos como hasta Ctesifonte. Las fuentes judías mencionan una campaña en Babilonia, con la que quizás Odenato buscó tanto proteger los intereses comerciales de Palmira como lograr ventajas para los romanos frente a sus enemigos persas. Pero, asegurada la paz y la prosperidad de Palmira, Odenato se autoproclamó “rey de reyes” (basileus basileon en griego y mlk mlk' en las inscripciones palmirenas) y gobernó con total autonomía, controlando las rutas comerciales desde su ciudad hasta el Golfo Pérsico. Por su parte, Sapor fue incapaz de pasar nuevamente a la ofensiva.
El sacerdote Kartir en acción. Relieve en la roca.
El profeta Mani y el sacerdote Kartir
Tanto Sapor como su padre son recordados como constructores de ciudades. Entre las muchas que fundó Sapor esta Bishapur (Whi Shapur), su favorita, y otra nueva en Khuzistan, conocida más tarde como Gundeshapur a la cual se enviaron muchos prisioneros, entre ellos el obispo cristiano de Antioquía. Sapor tenía fama de ser un hombre liberal y tolerante que permitía la libertad de culto dentro de su imperio a las numerosas minorías religiosas que en él existían, como era el caso de los cristianos, judíos y budistas. El propio Sapor era un activo partidario del profeta Mani o Manes, fundador del maniqueísmo, que empezó su ministerio en el tiempo de su accesión al trono.
La doctrina de Mani era fruto de la combinación de elementos judaicos, herético-gnósticos, del Extremo Oriente (principalmente budistas) y de una metafísica dualista, existente en las culturas egipcia (religión de los misterios) y griega (pitagóricos, Platón, neoplatónicos, etc.). Su gnosis, basada en un dualismo radical, materia-mal y espíritu-bien, se desarrolla dialécticamente de manera histórico-salvífica: a) separación original; b) mezcla; c) reinstauración de la separación. En el estadio de la mezcla, el Hijo de Dios quedó vencido puesto que su alma se mezcló con la materia. Los anteriores enviados de Dios (Zoroastro, Buda, Moisés y Jesucristo) han sido vencidos constante-mente a través de la historia por el mal (materia) y no han podido liberar las almas de los hombres encarceladas en el cuerpo. Pero la aceptación del mensaje de Mani hace posible en las almas la vuelta al reino de la luz. Los creyentes en él forman la Iglesia pura, de la luz y de la razón. La salvación es conseguida por un proceso de concienciación de sí mismo, unido a un desapego total respecto a la materia[3].
Mani convirtió a Mihrshah y Peroz, dos de los hermanos de Sapor, que se transformaron en patrocinadores poderosos. El monarca, aunque continuó siendo zoroastrista, estaba profundamente impresionado por el mensaje de Mani, que reivindicaba que era la culminación de las creencias zoroástricas, cristianas y budistas. Confiando, quizás, que se convirtiese en una religión que unificase a los distintos pueblos sobre los que reinaba, Sapor autorizó a Mani a predicar por todo el imperio. Mani describe así su audiencia con el rey: «El rey Sapor se mostró solicito conmigo y me dio cartas de presentación para todos los magnates en los siguientes términos: “Sea amistoso con él y defiéndalo, que nadie lo ofenda o se exceda con él”».
Según Mani, Sapor murió en Bishapur. La fecha es objeto de controversia; probablemente fue en el año 270 o en el 273. Para entonces debía ser un anciano. Él y su padre, en los 50 años de conquista y consolidación habían restablecido la grandeza de Persia y habían gobernado con magnanimidad. Durante el reinado de sus tres sucesores, todos ellos llamados Bahram –I (273-276), II (276-293) y III (293)- se perdió mucho territorio y las minorías religiosas fueron muy perseguidas.
Ahura Mazda corona a Bahram I.
El cambio absoluto en la política de tolerancia religiosa probablemente fue instigado por uno de los personajes más singulares de la historia sasánida, el sacerdote Kartir. Este había empezado su carrera en el reinado de Ardashir y había continuado promoviendo la ortodoxia zoroástrica contra la herejía maniquea durante el gobierno de Sapor. Le llegó su oportunidad con los Bahrams, bajo los cuales el profeta Mani fue llevado a prisión y posteriormente crucificado (h. 276). Kartir proclamó orgullosamente en inscripciones grabadas cerca de los relieves reales como persiguió a judíos, cristianos, maniqueos, mandeístas, budistas y brahmanes; por vez primera el zoroastrismo se había convertido en una religión fanática y perseguidora. Dentro de la fe zoroástrica Kartir impuso la uniformidad estricta, defendiendo las doctrinas de bueno y malo, cielo e infierno y premio y castigo.
El considerable poder de Kartir probablemente procedía de su habilidad como político. Quizás fue debido a sus intrigas que a Bahram I le sucedió su hijo Bahram II en vez de su hermano Narsés, a quien oficialmente le pertenecía la sucesión si, en realidad, Narsés no debiese haber precedido a Bahram I. Bahram I y II recompensaron ampliamente a Kartir por su ayuda y su espectacular subida al poder queda demostrada por los títulos que le fueron conferidos por los distintos monarcas a quienes sirvió. Para Sapor era “maestro sacerdotal”; Bahram I le nombró “maestro de magos de Ahura Mazda”, y con Bahram II no solo fue el “salvador del alma de Bahram”, sino que le concedió el “rango y dignidad de Grande”. Había conseguido algo casi imposible en la sociedad sasánida: el cambio de clase, pasar de sacerdote a noble.
Dracma con la imagen del rey Bahram II y la de su esposa, Shapurdukhtat
La considerable influencia que Kartir ejercía sobre Bahram II queda demostrada no solo por haberle concedido los más altos honores, sino por hacerle aparecer con él en todos los relieves rupestres excepto en uno. En estos se abandonó la fórmula habitual de investidura o triunfo y se intentaron nuevos temas poniendo el énfasis en los asuntos internos: se ve a Bahram con miembros de su familia y/o cortesanos, y en una singular escena se le ve protegiendo a su esposa, la reina Shapurdukhtat, del ataque de un león. En algunas monedas también están juntos rey y reina, en ocasiones acompañados por uno de los príncipes y el mismo grupo se puede encontrar en una hermosa copa de plata, hoy en el museo de Tiflis (Georgia). La preocupación de Bahram por su familia pudo ser reflejo de la moda de aquel momento en Roma, o quizás un esfuerzo por asegurar la sucesión de su hijo. Podría incluso derivarse de su deseo por hacer olvidar las humillaciones externas infligidas a Irán durante su reinado: en el año 283 el emperador Caro saqueó Ctesifonte y en el subsiguiente tratado de paz buena parte del norte de Mesopotamia se perdió frente a los romanos. También en el este Bahram se enfrentó a un reto: la sublevación de los sakas, kushanas y “de las gentes de Gilan”, liderados por su hermano Ormuz (Ormizd). Finalmente, Bahram consiguió aplastar la revuelta, pero en 288 no pudo evitar la subida al trono de Armenia de un candidato respaldado por los romanos: Tirídates.
Narsés, el último de los longevos hijos de Sapor I, se rebeló contra Bahram III después de solo unos meses de reinado. Narsés, como sabemos por su larga inscripción grabada en la torre conmemorativa de Paikuli, en Kurdistán, contaba con el apoyo de muchos nobles y derrocó al joven rey. Cuando accedió al trono, Narsés estaba resuelto a reconquistar el territorio perdido ante los romanos. Inicialmente tuvo éxito contra Galerio, pero fue derrotado en el año 298 y su familia capturada [4]. Por el subsiguiente tratado de paz, la Mesopotamia septentrional y cinco provincias armenias del norte del Tigris (Corduena, Arsacena, Zabdiena, con la Intelena y Jofena, o según Amiano Marcelino, la Moxoena y la Rehimena) se cedieron a Roma, entregándose a Tirídates de Armenia (que había sido destronado y posteriormente repuesto) Iberia y parte de la Media Atropatena. Además, los romanos exigieron que todo el comercio este-oeste fuera canalizado por la fortaleza romana de Nisibis.
De una forma u otra Kartir sobrevivió al cambio de reyes, pero no así su política de persecución. Los maniqueos fueron tolerados, lo que posiblemente significara la vuelta hacia una política más liberal o un cambio sutil para asegurar el apoyo de los maniqueos del imperio romano, que habían sido proscriptos por un edicto del año 297. La religión jugaría un papel cada vez más importante en la determinación de la política exterior, teniendo en cuenta que en el año 312 el emperador Constantino aceptó al cristianismo, en lo que fue seguido por el rey de Armenia. Con el cristianismo como religión del imperio romano, era inevitable la persecución de la comunidad cristiana de Irán, que será tratada duramente por Sapor II, conocido también como Sapor el Grande. Este era nieto de Narsés y, de acuerdo con la leyenda, fue coronado mientras todavía estaba en el vientre de su madre: “Una cama real en la cual yacía la reina en estado fue exhibida en mitad del palacio y la diadema colocada en el lugar que se supone escondía al futuro heredero de Artajerjes” (E. Gibbon).
Imagen tallada en la piedra de Sapor II
Sapor el Grande
Cuando llegó a la edad viril, Sapor tomó en sus manos el poder, que había permanecido inicialmente bajo el control de los nobles. Reinó durante 70 años, desde el 309 al 379, y durante este tiempo Irán recuperó el terreno perdido. Entre sus primeros éxitos se cuenta el restablecimiento del control sasánida sobre los kushanas en el este, así como sus campañas en el desierto contra los árabes. Sin embargo, sus principales esfuerzos se dirigieron contra los romanos, pero la situación había cambiado. Diocleciano y Constantino habían erigido un importante sistema de fortalezas en la Mesopotamia romana y en el desierto de Siria. Estas fortificaciones estaban defendidas por tropas bien entrenadas, capaces de moverse rápidamente por un sistema de carreteras, pozos y lugares en donde proteger las caravanas cuando les amenazaba algún peligro. Por ello, aunque el ejército sasánida estaba probablemente mejor organizado y disciplinado que nunca anteriormente, Sapor II no pudo repetir las arrolladoras victorias de su bisabuelo y tocayo.
Tenemos la suerte de contar con el relato vivaz, hecho por un testigo presencial, de las muchas batallas entabladas entre persas y romanos. Fue escrito por Amiano Marcelino, un griego nacido en Antioquía del Orontes que luchó en Mesopotamia en década de 350 y de nuevo con Juliano el Apóstata en 363. Amiano describe la aparición de Sapor II con sus fuerzas:
“Y cuando aparecieron las primeras luces del alba todo lo que alcanzaba la vista brillaba con armas relucientes y la caballería, cubierta por cotas de malla, llenaba montes y valles. El propio rey, montado sobre un caballo de guerra y sobresaliendo por encima de los demás, cabalgó delante de todo el ejercito llevando en lugar de una diadema la imagen dorada de una cabeza de carnero incrustada de piedras preciosas. Se distinguía también por una gran comitiva de hombres de alto rango y de varias naciones.
Los persas se opusieron a nosotros en filas apretadas de jinetes cubiertos por cotas de malla en un orden tan cerrado que el brillo de sus cuerpos, cubiertos por laminas de hierro muy juntas, deslumbraba los ojos de quienes los miraban, mientras que la multitud de caballos llevaba protecciones de cuero. La caballería estaba respaldada por compañías de infantería que, protegidas por los oblongos escudos curvados cubiertos de rejillas y de cuero, avanzaban en filas muy apretadas. Detrás de ellos iban elefantes, que parecían montañas andando y que, con el movimiento de sus enormes cuerpos, amenazaban con destruir todo lo que se opusiera a su paso, temidos que eran de experiencias pasadas”.
En el año 359 Sapor finalmente consiguió capturar algunas ciudades, lo que provocó un gran contraataque romano liderado por Juliano el Apostata, que llegó hasta las mismas murallas de Ctesifonte. Ambos bandos lucharon con gran ferocidad como relata Amiano Marcelino, que estaba presente:
“Y cuando ambos bandos estuvieron suficientemente cerca para mirarse a la cara, los romanos, brillándoles sus cascos con cimera y oscilando sus escudos al ritmo del paso anapéstico avanzaban lentamente; y los escaramuzadores con armas ligeras abrieron la batalla arrojando sus jabalinas mientras toda la tierra se volvía polvo y era arrastrada en rápidos torbellinos. Y cuando se lanzó el grito de batalla en la forma habitual por ambos lados y el estrépito de las trompetas aumentaba el ardor de los hombres, estos luchaban aquí y allá mano a mano con lanzas y espadas desenvainadas... Mientras tanto, Juliano se ocupaba activamente en animar a quienes flaqueaban y espolear a los rezagados cumpliendo con su papel de soldado valiente y de comandante. Finalmente la primera línea de batalla de los persas empezó a desorganizarse, y primero lentamente y después a paso ligero se volvieron y se dirigieron a la cercana ciudad con sus armaduras bien calientes. Nuestros soldados los persiguieron, aunque también estaban cansados después de haber luchado en la ardiente llanura desde la salida del sol hasta el fin del día, siguiéndoles los talones, atacando sus piernas y espaldas, llevaron toda la fuerza con Pigranas, el Surena y Narseo, sus más distinguidos generales, en una huida precipitada, hasta las mismas murallas de Ctesifonte”.
Afortunadamente para los persas, Juliano murió de las heridas recibidas en una batalla (26 de junio de 363) y su sucesor Joviano fue convencido engañosamente para firmar una paz vergonzosa a fin de asegurarse la retirada. El tratado dió a los persas Nisibis, Singara y la mayoría de los territorios armenios que le habían sido arrebatados en 298.
Las guerras en el oeste no fueron las únicas que libró Sapor. Por el este había llegado una horda tribal, los hunos chionitas, y las guerras con estos feroces guerreros preocuparían a los débiles sucesores de Sapor II. Sin embargo, este consiguió controlarlos e incluso persuadirlos para que lo ayudasen en sus luchas contra los romanos[5]. Otra frontera que requería una vigilancia constante era la del norte, en especial en la zona del Cáucaso, y puede ser que durante el reinado de Sapor se construyese allí el famoso Muro de Darband, para intentar detener a los invasores.
Para sostener su ejército Sapor hubo de incrementar los impuestos y el blanco evidente era la comunidad cristiana, que había sido activamente perseguida desde que el imperio romano se había declarado oficialmente cristiano. Se le doblaron los impuestos, lo cual no es de extrañar que produjese problemas. Los cristianos de Susa –el Khuzistan fue uno e los centros del cristianismo en el imperio sasánida, junto con Adiabena y Ctesifonte- se rebelaron contra Sapor y cerraron las puertas de la ciudad. El rey aplastó salvajemente esta sublevación, usando su formidable fuerza de elefantes para arrasar las murallas y casas de la ciudad (Roman Ghirshman encontró evidencias de ello cuando excavó Susa).
La ortodoxia zoroastriana cobró un nuevo impulso durante el reinado de Sapor II, cuando el mobedan mobed Adhurbad, se sometió a una ordalía para probar la eficacia de la “religión autentica”. Se llevaron a cabo varias ordalías, tanto “frías” como “ardientes” y se supone que Adhurbad se sometió -y sobrevivió- a la más terrible de todas ellas, que consistía en arrojar sobre su pecho metal fundido. Goza de una alta consideración en la tradición zoroastriana y se conservan algunos de sus escritos.
El dominio del Oriente
La situación en Oriente Medio sufrió una evolución desde finales del siglo IV: los enfrentamientos entre sasánidas y romanos disminuyeron en intensidad, manteniéndose una especie de status quo, mientras nuevos movimientos tribales en el Asia Central van a causar una convulsión general en el mundo civilizado durante un siglo y medio. Como ya vimos, Sapor II había derrotado a los chionitas, pero después de su muerte los hunos asolaron Armenia, Siria y Capadocia así como, probablemente, el norte de Irán. No queda claro, a partir de las fuentes predominantemente occidentales, quienes eran exactamente estos hunos –como tampoco sus “sucesores” kidaritas, heftalíes, hunas, hunos que se llamaban a sí mismo kushanas y hunos blancos–, lo que si está claro es que provocaron un cambio decisivo en el equilibrio de poderes.
Sapor III vence a un leopardo. Bandeja de plata dorada.
Sapor III (383-388) firmó un tratado con el emperador Teodosio que supuso la partición de Armenia [6] entre los dos imperios y una centuria de paz que desplazó la problemática política irania a la preocupación desmesurada por los temas religiosos internos y a contener los ataques de los kushanas en la frontera oriental. El siglo V fue casi idílico en las relaciones entre el Imperio Romano de Oriente y el Imperio sasánida, como lo demuestra el hecho de que Yezdegard I (399-420) fuese nombrado por el emperador Arcadio tutor y protector de su heredero, el todavía niño Teodosio II. Esta etapa de buenas relaciones entre ambos imperios supuso un gran intercambio en todos los campos, y se manifestó en Irán y Mesopotamia en la construcción de nuevas ciudades y atrevidas edificaciones palaciegas.
Yezdegard I intentó limitar el poder de la nobleza y fue muy tolerante tanto con los judíos como con los cristianos[7]. Después de su muerte súbita -o asesinato- ocupó el trono su hijo Bahram V, pese a la cerrada oposición de los nobles que pudieron ser vencidos gracias a la ayuda brindada por al-Mondhir, el príncipe árabe (lakhmida) de Hira. A diferencia de su padre, Bahram V inició una persecución sistemática de los cristianos, lo que llevó a una corta guerra con el Imperio romano en la cual los persas tuvieron escasos éxitos; pronto se concluyó un tratado por el cual ambos imperios prometieron tolerancia a los adoradores de las dos religiones rivales, cristianismo y zoroastrismo. Bahram depuso al rey vasallo de la parte persa de Armenia y convirtió a esta en una simple provincia. Este soberano sasánida es ensalzado por la tradición persa, que conserva muchas historias que hablan de su valor y gallardía, de sus victorias sobre romanos, turcos, indios y “negros”, y de sus aventuras cinegéticas y amorosas. Fue llamado Bahram Got (“el asno salvaje”), a causa de su fuerza y coraje. Pero, en realidad parece haber sido más bien un monarca débil, sometido por completo a la voluntad de nobles y sacerdotes. También se dice que construyó muchos templos del fuego y palacios con grandes jardines.
Yezdegard II (438-457) sucedió en el trono a su padre Bahram V y como él persiguió a cristianos y judíos. Luchó contra los kushanas y kidaritas, pero murió sin haber conseguido la paz en la frontera oriental donde se había producido la aparición de un nuevo y poderoso enemigo: los hunos heftalíes. Estos estaban establecidos en Bactriana desde mediados del siglo IV y, después de desplazar a los kushanas y a otras tribus de origen turco, habían formado un imperio con centro en el actual Afganistán.
El rey Firuz vence a los leones. Bandeja de plata.
A la muerte de Yezdegard sus dos hijos se disputaron el trono. Finalmente triunfó el más joven, llamado Peroz o Firuz (459-484), gracias a la ayuda que le prestaron los heftalíes. A pesar de estar en deuda con ellos, Peroz reemprendió la guerra en Oriente en la década de 460, aunque su campaña fue un fracaso total, siendo capturado en el año 469. Se vio forzado a pagar un gran rescate y debió dejar a su hijo Kavad como rehén hasta que lo hubo satisfecho. Este desastre militar coincidió con una terrible sequía y consiguiente hambruna, que duró siete largos años. Esta sequía fue rememorada vivamente en el gran poema épico persa, el Shah-nameh o Libro de los Reyes, recopilado por el poeta Firdusi a principios del siglo XI: “el aire se secó y el agua de los canales escaseó como el almizcle... debido a la sequía nadie tenía suficiente alimento. La boca de la atmósfera estaba seca como el polvo y en los canales el agua era tan rara como el antídoto contra el antídoto contra el veneno de las serpientes”. Para ayudar a su gente, Peroz “suprimió todos los impuestos y contribuciones y allí donde tenía un granero escondido en una ciudad repartió su contenido a pequeños y grandes”.
El control heftalí sobre Asia Central y Afganistán probablemente causó interrupciones en la ruta comercial este-oeste y probablemente forzó a Peroz a desafiar, una vez más, a sus poderosos vecinos del este. Empezó su campaña en el año 484 y condujo a la flor y nata de la caballería sasánida a una terrible trampa. El rey heftalí había preparado un profundo foso oculto lleno de estacas afiladas que cruzaba toda la planicie, excepto por un estrecho corredor en el centro. Las fuerzas sasánidas fueron atraídas por un grupo de jinetes heftalíes que aparentemente retrocedían. Mientras, estos huían, cruzando con cuidado por el corredor, los caballeros sasánidas se desplegaron por la llanura y cargaron a toda velocidad contra su presa. Las primeras filas se precipitaron al foso. Los que les seguían iban tan rápido y tan cerca que cayeron sobre los anteriores. Casi todo el ejército quedó destruido y el rey murió con sus hombres.
Después de este sobrecogedor desastre se hizo la paz, pero Irán tuvo que acceder a pagar un gran tributo anual a los heftalíes. Para entonces la monarquía había perdido poder nuevamente a favor de los nobles, que primero eligieron rey al hermano de Peroz, Balash o Valgash (484-488) y lo destronaron cuatro años más tarde a favor del hijo de Peroz, Kavad I (488-531). Este también fue destronado y encarcelado en 496, pero consiguió huir y refugiarse con sus antiguos “anfitriones”, los heftalíes, que lo repusieron en el trono sasánida en el año 498, seguramente para tener un protegido suyo como rey de Irán.
Rey persa, probablemente Kavad.
La situación del pueblo iraní en aquella época debió ser horrorosa por los efectos combinados de la larga sequía, los elevados impuestos necesarios para satisfacer el tributo anual que se pagaba a los heftalíes y la casi anarquía interna. Esto favoreció el surgimiento de un nuevo profeta, Mazdak, que originalmente debió ser un sacerdote zoroastrista, pero que ahora traía un mensaje especial-mente nuevo. La doctrina de Mazdak consistía en una llamada contra la violencia junto con una forma de comunismo primitivo que sin duda ejerció un poderoso atractivo sobre el pueblo hambriento y desesperado[8]. Les decía que “un hombre con las manos vacías era igual que cualquier rico, que ninguna persona debía imponer su superioridad sobre otra ya que los ricos eran la urdimbre y los pobres la trama. Con respecto a las posesiones decía que el mundo debía ser más igualitario; era injusto y malo que los ricos las tuvieran en exceso. Las mujeres, las casas y los bienes materiales debían ser distribuidos equitativamente” (Firdusi). Mazdak consiguió convencer a Kavad con su elocuencia y tuvo mucho éxito durante buena parte del reinado de este, porque quizás el rey lo utilizara para reducir el poder de los nobles.
Kavad se enfrentó con Anastasio, el emperador romano de Oriente, a raíz de nuevas disputas surgidas en torno a Armenia. En 502 los persas tomaron Teodosiópolis y, al año siguiente, Amida (actual Diyarbakir). Pero, dos años después, la invasión de los hunos occidentales a través del Cáucaso obligó a los dos imperios a firmar un armisticio. Cuando Justino I sucedió a Anastasio el conflicto se reinició nuevamente. El vasallo persa al-Mondhir de Hira devastó Siria y mató a muchos monjes y monjas cristianos[9]. En 531, el general bizantino Belisario fue vencido en Callinicum, junto al río Éufrates. Kavadh murió poco después, a la edad de ochenta y dos años (septiembre de 531). Durante sus últimos años, su hijo favorito Cosroes (Khusro) había ejercido gran influencia sobre él y había sido proclamado su sucesor. Cosroes indujo a Kavadh a romper con los mazdakistas cuya doctrina se había extendido ampliamente y había provocado una enorme conflictividad social en todo el imperio. En 529 ellos fueron refutados en una discusión teológica sostenida con los magos ortodoxos ante el trono real, y luego se los persiguió con dureza; el propio Mazdak fue ejecutado. Kavad evidentemente fue, como Procopio lo califica (Pers. I. 6), un gobernante extraordinariamente clarividente y enérgico. Aunque no pudo librarse del yugo de los heftalíes, logró restaurar el orden en el interior y luchó con éxito contra los romanos. Además, construyó algunas poblaciones y comenzó a regularizar el cobro de las contribuciones.
Entrada a la gruta/iwan de Taq-i Bustan, con relieves sasánidas.
Cosroes, el del alma inmortal
Bajo el largo y glorioso reinado de Cosroes I Anurshirwan (“el del Alma Inmortal”) Irán recuperó completamente su antiguo poderío, tanto interna como externamente. Su primera tarea fue la reorganización del desmoralizado Estado persa que se había visto empobrecido, desgarrado profundamente por las doctrinas de Mazdak y amenazado en todas sus fronteras. Para darse tiempo a fin de llevar a cabo esta ingente labor Cosroes mantuvo la paz con los romanos y siguió pagando el tributo anual a los heftalíes.
Las reformas de Cosroes afectaron todos los aspectos de la vida. Primero se inspeccionó y midió la tierra, tarea que había comenzado Kavad, y se contaron todas las palmeras datileras, viñas, olivos, nogales y árboles frutales. Partiendo del conocimiento preciso del potencial agrícola de su país, sobre el cual se basaba la prosperidad de Irán, Cosroes reformó completamente el sistema de exacción de impuestos. La antigua tasación anual había dado como resultado que con frecuencia se echaran a perder las cosechas, que se recogían solamente después de que hubiese pasado el tasador. Fue entonces sustituida por un impuesto anual calculado sobre el promedio de las cosechas anteriores. Debía pagarse en tres plazos y en efectivo y no en especie. Por lo tanto, cada campesino podía hacer sus planos de antemano, sabiendo sus compromisos y el estado se beneficiaba al tener unos ingresos regulares en efectivo. También se implantó un gravamen personal sobre los hombres de entre 20 y 50 años, si bien esto solo se aplicaba a los pobres ya que los nobles, sacerdotes y burócratas estaban exentos.
Copa de Crosroes
Con unos ingresos anuales asegurados, Cosroes pudo efectuar reformas militares de largo alcance. En vez de confiar en que todos los nobles se equipasen, ellos y sus seguidores, y que sirviesen sin remuneración, lo que era una fuente constante de descontento, Cosroes pagó y equipó a los caballeros más pobres –poseedores de un pueblo en vez de una hacienda- con lo que creó una nueva clase de soldados leales solamente a él. Estos dihqans se convirtieron en una parte esencial de la sociedad iraní y en cierta medida fue debido a ellos que más tarde se transmitieran a los conquistadores árabes las ideas y la administración persa. Esta nueva clase de soldados incrementó enormemente la eficiencia del ejército al tiempo que disminuía el poder de los grandes nobles con sus enormes ejércitos privados.
En otra importante reforma posterior Cosroes dividió militarmente su imperio en cuatro zonas, cada una de las cuales estaba mandada por un general: el del este mandaba sobre Jorasán, Seistan (Sakastan) y Kerman y se esperaba que defendiese las fronteras del norte y del este; el general del sur mandaba Persia y Susiana, incluyendo buena parte de las costas del Golfo Pérsico; el general del oeste ejercía el control de Mesopotamia, el área agrícola más rica y la más expuesta al ataque de los romanos; y el último general mandaba Media y Azerbaiján junto con los vitales pasos del Cáucaso. Cosroes se ocupó de reforzar las fronteras estableciendo a familias cerca de ellas con el deber de defenderlas y probablemente fue él quien construyó la gran muralla de la llanura de Gurgan, así como reparó y reconstruyó otras defensas y fortalezas, especialmente las que guardaban los pasos del Cáucaso. Como descubrirían más tarde los árabes, las defensas de Irán estaban concentradas en las fronteras, en el interior no había guerreros.
Detalle de Crosroes retratado en la famosa copa.
Cosroes también se ocupó de aliviar el malestar moral de su pueblo, resultado de los recientes infortunios y de los disturbios provocados por los mazdakistas. Especialmente la forma mazdakista de relación con las mujeres había producido mucha inquietud. Las que habían dejado a sus maridos fueron devueltas a ellos y las que habían sido violadas fueron casadas con sus violadores. Se hizo un registro nacional de viudas y huérfanos y cada uno recibió la ayuda que necesitaba. También se clarificó la posesión de propiedades y se reconstruyeron muchos pueblos en ruinas.
Con la organización de las finanzas del Estado Cosroes también pudo llevar a cabo importantes obras de regadío, y los diversos estudios arqueológicos realizados hasta la fecha indican que durante el periodo sasánida hubo un considerable aumento de la población, y de las sofisticadas obras de regadío, incluyendo la construcción de canales y presas así como del uso más intensivo y extensivo de la tierra. Probablemente una de las obras llevadas a cabo por el Estado fue la construcción de un gran canal, conocido como el “Corte de Cosroes”, que debía complementar el suministro de agua en el área del río Diyala, llevando agua desde el Tigris.
Cosroes pasó ocho años organizado la administración y el ejercito iraní y preparando la restauración de la antigua situación político-militar. Después rompió su tratado con Bizancio y en el año 540 invadió Siria[10], con el objetivo principal de obtener botín. El estado de guerra intermitente continuó en este frente durante los 20 años siguientes. La historia de estas guerras fue escrita en detalle por Procopio, secretario de Belisario, el brillante general de Justiniano, aunque como era de esperar su punto de vista es algo tendencioso y pinta a Cosroes como un oriental déspota y traidor. El rápido avance del rey persa le llevó ante las murallas de Antioquía, que cayó después de una feroz batalla.
“Cosroes mandó a sus hombres que capturasen e hiciesen prisioneros a los supervivientes de la población de Antioquía y que saqueasen todas las propiedades mientras que él, con los embajadores, descendía desde la altura hasta el santuario que ellos denominan iglesia. Allí Cosroes encontró tal cantidad de oro y plata que, aunque no participó de nada más del botín, partió poseedor de una gran riqueza. Y tomó muchos mármoles maravillosos y ordenó que los depositaran fuera de las fortificaciones a fin de poderlos trasladar a territorio persa” (Procopio).
Para albergar a la población deportada de Antioquía, Cosroes construyó una nueva ciudad en las afueras de Ctesifonte, a la que llamó Veh az Antiok Khusro o “Cosroes (construyó esta) mejor que Antioquía”. Todavía era una ciudad próspera cuando los árabes conquistaron Mesopotamia.
Finalmente, en 561 se acordó y firmó un tratado de paz de 50 años, aunque no duró mucho. El objetivo de los persas en estas guerras había sido recuperar territorio al este del Eufrates y en gran medida lo consiguieron. Además, cuando Cosroes murió en el año 579 buena parte de Armenia estaba de nuevo dentro de la esfera de influencia sasánida.
Paralelamente, Cosroes se sintió suficientemente fuerte para dejar de pagar el tributo anual a los heftalíes, y hacia el año 557 se alió con los turcos que habían llegado recientemente a Transoxiana. Juntos derrotaron completamente a las fuerzas heftalíes y se dividieron su reino: los turcos tomaron los territorios situados al norte del río Oxus (Amu-Darya) y los sasánidas los situados al sur. Por fin se había restablecido el honor persa, emitiendo Cosroes una moneda con la inscripción: “Irán liberado del miedo”.
Restos arqueológicos de una ciudadela sasánida al borde de un lago de 2.500 mts de altura.
La importancia del comercio
Los ingresos obtenidos del comercio este-oeste seguían teniendo un interés vital para Irán y fue durante el reinado de Cosroes I cuando Bizancio intentó romper una vez más romper el monopolio sasánida. Desde los tiempos de Ardashir I, los reyes sasánidas habían sido conscientes de las ventajas de promover el comercio marítimo y cuando dejó de ser seguro el transito por tierra a causa de los ataques de los hunos, aumentó el atractivo del comercio por mar. La expedición punitiva que Sapor II había emprendido hasta el interior de Arabia al principio de su reinado, había sido motivada por las incursiones árabes en la zona del Golfo Pérsico y por el temor de la posible pérdida del control sasánida del mar. Bahram V extendió su dominio por las costas del Golfo hasta el delta del Indo, en donde había obtenido la posesión el puerto de Daibul (Banbhore) como parte de la dote al casarse con una princesa india. Pero el control de los puertos era solo parte de la política sasánida; también impedían materialmente a los barcos occidentales conseguir cargamentos fuera de su jurisdicción, porque “los mercaderes persas siempre están en los puertos cuando llegan los barcos indios... y acostumbran comprar todo el cargamento” (Procopio).
Justiniano estaba determinado a intentar una vez más romper el completo dominio del comercio por parte de los sasánidas y se puso en contacto con los etíopes cristianos proponiéndoles que, teniendo en cuenta su fe común, deberían ser aliados y sugiriéndoles que comprasen sedas a los indios para vendérselas a los romanos, lo que “les permitiría ganar mucho dinero mientras que los romanos solo se aprovecharían de una manera, no se verían obligados a pagar a su enemigo”.
Cosroes consiguió frenar los intentos de expansión etiope hacia el Yemen, y cuando murió en 579 el sur de Arabia se había convertido en una dependencia sasánida. En realidad, sus barcos tenían la base en Aden, lo que les permitía controlar efectivamente la entrada al mar Rojo y cerrar el océano Índico a las naves romanas. Durante todo el siglo VI los mercaderes persas dominaron el comercio con la India y Ceilán, cuyos puertos eran visitados regularmente por sus barcos. Pero todavía no esta claro si los barcos sasánidas viajaron o no más al este en busca de sus mercancías. Ciertamente, a finales del siglo VIII, después de la caída de la dinastía sasánida, existía el comercio directo entre China y el Golfo Pérsico lo que queda demostrado por la prosperidad de puertos como Siraf: podría ser que los mercaderes sasánidas fueran más allá de Ceilán.
Cosroes es recordado no solo por sus éxitos militares, sino también por su sentido de la justicia y de la caballerosidad y por su preocupación por la gente común. Según Firdusi, se ocupaba de que “ningún aldeano quedase reducido a la miseria; a quien no tenía semillas cuando llegaba el tiempo de la siembra le eran dadas procedentes del tesoro del rey y no se dejaba ningún trozo de tierra sin cultivar... El sha cubría la faz de la tierra con su justicia; dondequiera que la tierra estuviese abandonada, la hacia cultivar. Cualquier hombre, grande o pequeño, podía dormir al aire libre y acudían a la fuente tanto la oveja como el lobo”. Aunque apoyó al zoroastrismo ortodoxo con su rígida estructura de clases, no persiguió a las minorías.
Cosroes también fue famoso por su constante búsqueda del saber: recibió en su corte a médicos y pensadores griegos y fundó una universidad en Gundeshapur. Durante su reinado se escribieron muchos libros en pahlavi y se tradujeron a esa lengua obras fundamentales de la cultura griega (Homero, Platón y Aristóteles), junto con manuscritos en sánscrito, fundamentalmente de tema médico. Se cuentan muchas historias de su sabio visir Buzurjmihr a quien se atribuye la invención del juego favorito persa, el nard o backgamon. Otro juego popular en aquella época era el polo.
Los últimos momentos de gloria
Ormuz IV (579-590) sucedió pacíficamente a su padre Cosroes I, mientras la agotadora guerra contra Bizancio seguía. Aprovechándose de la preocupación sasánida en el oeste, los turcos atacaron por el noreste adonde Ormuz envió un ejercito comandado por el noble iraní Bahram Chobin para contenerlos. Muchas historias en la literatura persa y árabe, y naturalmente el Shahname o Libro de los reyes, hablan de este hombre singular, un guerrero iraní por excelencia, “un general orgulloso como un león”, un pahlavi de “magnifica estatura, verbo fluido e inteligencia clara”. Bahram Chobin derrotó a los turcos y después también salió victorioso contra los jázaros nómadas en el Cáucaso y contra los bizantinos. Poniendo como pretexto una derrota posterior ante estos últimos, Ormuz IV, preocupado por la popularidad que estaba alcanzando Bahram, intentó destituirlo de sus cargos pero este se sublevó y el rey se encontró rodeado de enemigos. Lo prendieron, lo cegaron y después lo asesinaron; su hijo Cosroes, que no pudo hacer frente a Bahram, debió huir a Occidente.
Bahram se coronó “señor del mundo”. Si hubiese sido un miembro de la familia real sasánida en vez de serlo de la familia Mihran, de Ray, Bahram hubiera podido mantenerse en el trono. En vez de ello solamente un año después Cosroes, con la efectiva ayuda militar del emperador bizantino Mauricio, consiguió derrotarlo y Bahram debió correr a refugiarse con los turcos que le asesinaron al poco tiempo, seguramente a instancias de Cosroes.
Incluso cuando Cosroes II (a quien más tarde se le daría el apodo de Parviz, “el victorioso”) fue ya rey, no se acabaron los desordenes internos en el imperio sasánida. Intentó castigar a quienes habían derrocado a su padre y apoyado a Bahram Chobin, algunos de los cuales huyeron y promovieron más desórdenes. Entre ellos estaba un tío de Cosroes que, habiendo conservado su independencia en el área de Ray y acuñado su propia moneda durante diez años, también fue asesinado. Como no le habían prestado ayuda, Cosroes también atacó a los árabes lakhmidas, cuya dinastía vasalla hacia mucho tiempo que cumplía un papel importante como barrera entre los árabes nómadas del desierto y las ricas llanuras cultivadas de Irak, el granero del imperio. Cosroes derrocó al rey lakhmida y lo sustituyó por un gobernador persa. Esto fue un grave error táctico porque dejó el sur de Irak expuesto a los ataques de los árabes del desierto. Las defensas de esta frontera eran pobres, ya que no se había hecho gran cosa desde que Sapor II construyera un largo canal desde Hit, en el Éufrates, hasta cerca de la actual Basora, el Khandak Shapur, para que actuara como medida disuasoria. Mientras los lakhmidas actuaban como “tapón” no importaba la debilidad de las defensas, pero pronto se hizo patente su ineficacia. Hacia el año 604 una alianza de tribus árabes derrotó a las fuerzas persas en la batalla Dhu Qar, prediciendo la caída del imperio. Sin embargo, las energías de Cosroes siguieron la misma dirección que las de sus antepasados desde hacía siglos: la lucha con Occidente. No reconoció el significado del creciente poder árabe que, cuando fuera enardecido por una religión combativa, podía barrer con todo lo que se le pusiera por delante.
Crosroes II con armadura completa grabado en la gruta.
Cosroes inició su reinado gozando de la amistad de los bizantinos y especialmente del emperador Mauricio al que debía en realidad el trono. Por ello, firmó un tratado mediante el cual reintegró al Imperio Romano de Oriente regiones de Mesopotamia y Armenia ocupadas por sus predecesores e incluso algunas preciadas reliquias cristianas robadas por los persas durante las guerras entre su abuelo Cosroes I Anurshirwan y Justiniano. Pero en el año 602 Mauricio fue asesinado por Focas, un oficial del ejército bizantino en los Balcanes, que se había sublevado y proclamado emperador. Esto indignó a Cosroes y le dió el pretexto para atacar las fronteras orientales de Bizancio. Así, desde el año 604 al 610, los persas ganaron varias batallas y conquistaron buena parte de Armenia, Capadocia y Siria. En aquel año Focas fue derrocado y muerto y Heraclio subió al trono. Este intentó hacer la paz con Cosroes pero el soberano persa, enardecido por sueños de gloria y convencido de la invencibilidad de sus ejércitos, rechazó la oferta y se embarcó en una carrera de conquistas que recrearon brevemente el imperio aqueménida.
Los persas atacaron en dos frentes: en Armenia, que cayó totalmente en su poder, y en Siria, donde su meta era claramente alcanzar la costa mediterránea. En el 612, luego de una dura batalla ante sus murallas, conquistaron Antioquía. Así, el camino hacia el sur quedó abierto y Damasco cayó ese mismo año. Al norte, los bizantinos mantenían los pasos que conducían a Cilicia, mas a pesar de una primera victoria, en un segundo enfrentamiento fueron obligados a huir y así Cilicia y Tarso fueron ocupadas por los persas.
Pero lo peor aún no había llegado: en el año 614 fue tomada Jerusalén. Avanzando desde Cesárea y siguiendo la costa, las fuerzas del general sasánida Sharbaraz llegaron ante la Ciudad Santa en abril. Las negociaciones para entregar la ciudad (emprendidas por el Patriarca Zacarías) se vieron frustradas y los refuerzos bizantinos provenientes de Jericó fueron puestos en fuga. Los persas pusieron entonces cerco a Jerusalén, trayendo para ello máquinas de asedio, y finalmente forzaron sus murallas el 4 o 5 de mayo. La masacre que siguió duro tres días, y los habitantes judíos de la ciudad se unieron a los soldados persas en el saqueo. Las crónicas hablan de 57.000 muertos y 35.000 cautivos. Las iglesias fueron incendiadas y el patriarca Zacarías fue llevado a Persia junto con la Santa Cruz, la más preciada reliquia de la Cristiandad.
Con Jerusalén en su poder, Cosroes adoptó una política de conciliación: abandonó a sus antiguos aliados judíos, que fueron expulsados de la ciudad, y ordenó la reconstrucción de las iglesias. No obstante, esto no evitó que al año siguiente los persas retomaran la conquista del Asia Menor, interrumpida en el 611. Sin embargo, Asia Menor no era Siria, por lo que el general que comandaba las tropas sasánidas, Sahin, advirtió que su posición era insegura y buscó un acuerdo con los bizantinos. Pero, Cosroes no quiso oír ni una palabra sobre la posibilidad de firmar la paz.
En la primavera de 619, el siguiente paso del plan de invasión persa fue puesto en marcha cuando Sharbaraz invadió Egipto[11]. Avanzando a lo largo de la costa, los persas tomaron Pelusium y la fortaleza de Babilonia, cerca de Menfis; desde allí, con el apoyo de una numerosa flotilla, siguieron el principal brazo occidental del Nilo, llegaron hasta Alejandría y pusieron sitio a la capital egipcia. Poco pudo hacer el emperador Heraclio en esos momentos con Armenia, principal proveedora de soldados, en manos persas y con los avaros invadiendo los Balcanes. Finalmente, Alejandría cayó en junio de 619.
Por esta época, aunque se desconoce el año exacto, los persas reunieron una flota (tal vez compuesta por naves tomadas a los bizantinos en Tarso y otros puertos conquistados) y atacaron Constantinopla por mar, en un asalto al parecer preparado para coincidir con el ataque de los ávaros. Pero en el mar el Imperio Romano de Oriente mostró su supremacía: la flota persa fue derrotada y cuatro mil hombres perecieron. El enemigo no volvió a intentar un ataque semejante.
A pesar de este revés, Cosroes había llegado más lejos en sus conquistas que cualquier otro soberano sasánida. Se cuentan muchas historias de este gran rey persa y de su tempestuosa carrera, pero son asombrosamente contradictorias. Según alguna tradición era cruel, desconfiado, traidor, cobarde y avaricioso, pero también se lo ha descrito como un gran guerrero, tolerante con las distintas religiones, que creó a su alrededor una espléndida corte famosa por su lujo y etiqueta. Estos últimos fueron descriptos por Firdusi cuando explicaba los preparativos de una cacería real.
“Y así... fueron traídos por la brida 300 caballos con arreos dorados. Había 1.160 esclavos leales a pie llevando jabalinas y 1.040 más con capas de brocado y armadura debajo llevando mazas y espadas. Detrás de ellos iban 700 halconeros con gavilanes, halcones borní y halcones reales. Después de los halconeros iban 300 hombres a caballo llevando todos ellos panteras. También había 70 leones y leopardos atados con cadenas sujetas firmemente, cubiertos de capas de brocado chino y había otros leopardos y leones domados, con bozales formados por cadenas de oro. También había 700 perros de caza con collares de oro, que apresaban las gacelas al galope. Y acompañándolo todo iban 2.000 juglares dispuestos a tocar aires de caza. Cada uno iba montado sobre un camello y llevaba en su cabeza una pequeña corona de oro”.
Pero la rica y deslumbrante corte de Cosroes se consiguió a expensas de su pueblo porque, como escribe Firdusi, “el rey, que otrora fue el administrador de justicia, se había vuelto injusto... Imponía siempre nuevas cargas y solo se preocupaba por aumentar su tesoro. Exigía dinero a todo el mundo con amenazas y triquiñuelas. Las bendiciones de antaño se convirtieron el maldiciones al monarca quien, después de haber sido una oveja mansa se había convertido en un lobo salvaje”.
Ningún relato sobre este extraordinario rey sería completo si no se mencionase que también fue el héroe de la historia de amor persa por excelencia, el Romance de Cosroes y Shirin, contado y recontado por muchos poetas, entre ellos Firdusi y el famoso Nizami. La belleza de Shirin, ensalzada en muchos versos, rivalizaba con la luna. Shirin era cristiana y, según se dice, durante el reinado de Cosroes el cristianismo se expandió por el imperio.
Pero la estrella de Cosroes duró poco. En el año 622, el emperador Heraclio llevó sus naves por el mar Negro y lanzó una ofensiva contra Armenia por detrás del frente persa. Estos, tomados por sorpresa, fueron derrotados y los bizantinos recuperaron Asia Menor. Al año siguiente Heraclio atacó de nuevo Armenia, atravesó las defensas persas e invadió Azerbaiján. Saqueó el gran santuario y el Templo del Fuego Sagrado de Gushnasp en Ganzaka o Shiz (la actual Takht-i-Suleiman), a donde iban en peregrinación todos los reyes sasánidas.
En el año 627, Heraclio -después de vencer a los afamados generales Sharbaraz, Sahin y Sarablangas- avanzó de nuevo a través de Azerbaiján y marchó sobre Mesopotamia, derrotando una vez más a los persas en Nínive. Luego saqueó el palacio real de Dastagerd, el favorito de Cosroes, en donde encontró un gran tesoro[12].
Después de esta desastrosa serie de reveses, Cosroes estaba desesperado y llamó a todos sus generales buscando una victima propiciatoria. Pero, estos se sublevaron y lo asesinaron. Su muerte marca el final real del poderío sasánida, aunque la nobleza instalará una serie de reyes que continuaran gobernando nominalmente hasta la invasión de los árabes.
La carrera de Cosroes II, llena de fuertes altibajos, refleja tanto la eficacia como los puntos débiles de la reorganización llevada a cabo por su abuelo Cosroes I Anurshirwan. Con un conocimiento tan preciso de los recursos financieros del imperio se podían elevar los impuestos, y se hizo, a niveles intolerables sin posibilidad de evasión. La creación de cuatro zonas militares al mando de cuatro spahbads les concedía a estos un poder abrumador, como quedó demostrado en primer lugar por la toma del poder por parte de Bahram Chobin y después por uno de los generales de Cosroes, Sharbaraz, que también subió al trono durante poco tiempo después del asesinato de aquel. Un tercer punto débil fatal fue la preocupación sasánida por Occidente. Al concentrar todas sus energías en el antiguo conflicto con Bizancio para intentar restablecer las fronteras del antiguo imperio aqueménida, Cosroes no supo apreciar al nuevo peligro proveniente del sur, cuyo poderío creciente había quedado demostrado ya en el año 604. Y fueron los árabes y no los bizantinos los nuevos señores de Irán.
Otra vista de la ciudadela sasánida.
Los últimos sasánidas
A Cosroes lo sucedió su hijo Kavad II Shiroes, que había sido cómplice de su asesinato. Es él quien firma el tratado de paz con Heraclio. Así, la guerra termina finalmente: los persas devuelven a los bizantinos parte de la Mesopotamia, Siria, Palestina y Egipto, y se estipula la restitución de la Santa Cruz [13]. Sin embargo, Kavad no pudo ver la conclusión del tratado: en 628, sumándose a los desastres de la guerra, el Tigris y el Éufrates se desbordaron, anegando Irak. La peste no tardó en aparecer, llevándose al monarca persa tras solo seis meses de reinado. Lo sucedió su hijo, Ardashir III, en momentos en que los jázaros invaden Georgia (Iberia) y Armenia. El general Sharbaraz, de vuelta en Persia tras sus luchas con los bizantinos, es enviado para combatirlos, pero su campaña fracasa y es derrotado en Uti. Sabiéndose con el consentimiento y apoyó de Heraclio –y quizás temiendo la ira de su monarca-, el general retorna a Ctesifonte y depone sin más al joven shah-an-shah, instalándose en su lugar. Sin embargo, poco pudo hacer el veterano comandante, ya que un mes y medio más tarde era asesinado. Se subleva entonces en el Jorasán Cosroes III, hijo de Ormuz IV, mientras es coronada en Ctesifonte una hermana suya, Borán. Es ella quien hace efectiva la devolución de la Santa Cruz, a pesar que de hecho ya había sido restituida. Su gobierno dura poco también, y decepcionada abdica tras un año y cinco meses en el trono. Luego del breve interregno de Guchnasp Berdé, hermano de Cosroes III, sube al trono una de las hermanas de Borán, Azarmi-Dokht. Entretanto, Ormuz V, nieto de Cosroes II, se hace coronar en Nísibis. Allí se mantuvo aproximadamente dos años, hasta que fue asesinado por sus propios soldados (632). Desde la muerte de Cosroes II (628) hasta la ascensión de Yezdegard III (junio de 632), más de una docena de pretendientes se diputaron el trono de Ctesifonte.
Finalmente, Yezdegard III quedó como el único monarca. Pero no gobernó más que nominalmente, ya que el poder real estuvo una vez más en manos de la nobleza. Esta situación de descomposición estructural favoreció enormemente a los ejércitos musulmanes que en 634 iniciaron sus ataques contra Irak. A pesar de todo, el último emperador sasánida logró reunir un considerable ejército al mando del general Rustam, que llevaba el nombre del héroe nacional iraní más ilustre. Este se enfrentó a los árabes en Kadisiya (mayo de 637), junto al Eufrates, siendo estrepitosamente derrotado. Ctesifonte fue tomada por los árabes, y el rey debió huir a Media.
Cinco años después, en 642, los árabes alcanzaron una victoria decisiva en Nehaven, al sur de Hamadan, que les permitió ocupar totalmente Irán. Yezdegard III aún pudo huir hacia el norte en busca del apoyo turco, pero en 651 murió asesinado cerca de Merv, desapareciendo el último representante de una dinastía que había dado días de gloria y esplendor a los persas.
Después de la muerte de Yezdegard quedaron vivos pocos miembros de la familia real para organizar una rebelión, incluso si hubieran podido. Pero las tradiciones sasánidas, tanto respecto al gobierno como a las artes, continuaron y florecieron mucho después de la desaparición del último shahanshah. Los nuevos conquistadores no contaban con la maquinaria administrativa necesaria para gobernar sus extensos nuevos territorios y debieron mantener no solo la organización sasánida sino también sus burócratas. A los que escaparon a la matanza general inicial, incluso nobles importantes, se les permitió continuar en posiciones de poder, siempre que se “convirtiesen”. Para entonces el zoroastrismo había quedado sofocado por el peso de la protección estatal y no había respondido a los nuevos retos religiosos a su alrededor, excepto con la reacción negativa de la persecución. El cristianismo ganaba terreno por todo el imperio. Teniendo en cuenta que los persas podían ocupar puestos oficiales si aceptaban el Islam, muchos lo hicieron y sobrevivieron. Entre ellos había numerosos dihqan, la clase creada por Cosroes I, que se hicieron indispensables a sus nuevos amos. Su supervivencia facilitó el traspaso de las organizaciones y tradiciones sasánidas.
Religión
La dinastía sasánida actuó como aglutinadora entre las diversas fuerzas actuantes en la sociedad irania a base de entroncar con la grandeza y esplendor de la época aqueménida, y sobre todo con el respaldo de la religión oficial, el zoroastrismo o mazdeísmo, surgida de una reforma del antiguo politeísmo indoeuropeo llevada a cabo por el profeta Zoroastro (Zarathustra) en el siglo VI a.C.
Zoroastro concibió una religión básicamente monoteísta, preconizando la adoración de un ser supremo que recibía el nombre de Ormuz (Ahura Mazda), por sobre todas las otras deidades iraníes. Su concepto fue esencialmente el de las fuerzas opuestas (dualismo). Postuló la adoración de Ormuz junto con la abominación de Ahrimán (Angra Mainyu), espíritu del mal, y puso el énfasis en la libertad de elección de los hombres entre el bien o el mal, la luz o la oscuridad y la verdad o la mentira. Ormuz juzgaría al hombre después de la muerte: si este había escogido el bien recibiría una vida eterna de bienestar y prosperidad; mientras que si había elegido el mal recibiría un tormento perpetuo.
A pesar de todas las contribuciones de Zoroastro a la coherencia religiosa, su nueva teología descansaba fuertemente en los ritos tradicionales. Según él, el fuego era el elemento más sagrado; representaba un regalo de Ormuz al hombre y era a la vez un símbolo de la verdad, por su poder de disipar las tinieblas del reino de Ahrimán. Por lo tanto convirtió al fuego en el instrumento primario de adoración. Los sacrificios de toros siguieron constituyendo una parte importante de los ritos, aunque el profeta se opuso al método cruel de cortar el cuello al animal estando este totalmente consciente.
Además, los persas que adoptaron esta fe la modificaron dándole una forma más compatible con las creencias tradicionales más antiguas. De hecho, en la época aqueménida la adoración única de Ormuz se había complementado con la de otros dioses iraníes, como Mitra, dios de la guerra y de los contratos –o más exactamente de la palabra dada-, Anahita, diosa del agua y de la fertilidad, y Verethragna (Bahram), dios de la victoria. Los sacerdotes zoroástricos -los magos- aseguraban el culto, la dirección moral y la enseñanza del pueblo.
Los posteriores reyes partos también fueron zoroastristas, pero no hay pruebas de que intentasen imponer su fe a sus súbditos que practicaban otros cultos. De hecho, toda la evidencia apunta hacia una agradable tolerancia, en franco contraste con la mano dura de la que harán gala sus sucesores sasánidas. En distintas excavaciones se han encontrado una sobrecogedora variedad de planos de templos y estatuas de muchas deidades distintas, tanto masculinas como femeninas. Bajo los partos, los magos locales continuaron promoviendo tanto las ceremonias tradicionales asociadas con las viejas deidades iranias y el culto del fuego, como el credo predicado por Zoroastro, con su énfasis en el culto de Ahura Mazda, e incluso los cultos de deidades cosmopolitas introducidas en el periodo helenístico y después.
La revolución sasánida anunció una nueva era en la que el zoroastrismo, como religión oficial, no solo entró en conflicto con el cristianismo (al que se asociaba con Roma), sino también con otras doctrinas heterodoxas, como el maniqueísmo, el zurvanismo y el dogma revolucionario del mazdakismo. Los antepasados de Ardashir I habían jugado un papel importante en los ritos del templo del fuego de Istakhr conocido como Atur-Anahid, "el fuego de Anahita". Con una dinastía que tenía tales antecedentes religiosos, era natural esperar que la religión zoroastriana se impusiera con fuerza y, a la vez, sufriera cambios. De hecho, la transformación del zoroastrismo en una religión organizada, algo parecida a su forma moderna, puede considerarse que comenzó en el periodo sasánida. Antes, hay poca evidencia de cualquier organización religiosa centralizada en Irán.
Los rituales se formalizaron cada vez más -centrándose en el culto del fuego y prohibiéndose los sacrificios cruentos [14]- y el clero fue estrictamente jerarquizado: los mobedan estaban al frente de los distritos eclesiásticos y en la cumbre de la jerarquía eclesiástica estaba el mobedan mobed (sumo sacerdote), que era consejero del rey y llevaba la suprema dirección de los asuntos religiosos. En el siglo V se fijó en 21 divisiones el canon del libro sagrado o Avesta, verdadera compilación que pretendió dar cuenta de todo el saber y toda la tradición irania, escrita en una lengua muerta que únicamente era comprendida por los sacerdotes o magos[15]. Para que el Avesta resultase más inteligible, fue traducido al persa vulgar, resumido y glosado, siendo su parte mas conocida el Denkart o “Libro de la buena religión”.
Por su insistencia en la forma ortodoxa del zoroastrismo dualístico y su persecución de las herejías, incluso de cualquier culto ligeramente heterodoxo, los sasánidas fueron responsables de la creciente formalización del dogma, en el cual el mantenimiento de los fuegos sagrados llegó a ser uno de los rituales más importantes, como ya dijimos. Existían tres categorías de fuegos, que correspondían a tres castas distintas de la sociedad: sacerdotes, nobles-guerreros y el pueblo llano; además, estaba el fuego del rey. Este se encendía al comienzo de su reinado y se transportaba de un lado a otro en un altar portátil. El fuego aparece ilustrado en el reverso de las monedas de plata. Se sabe, también, que se prescribían rituales para la renovación de la fuerza del fuego, desde el fuego madre hasta el de la casa particular. Los materiales utilizados se purificaban especialmente para ese propósito y, después de haber sido sacado al aire libre para alguna celebración, el fuego volvía a ser depositado en su santuario para ser purificado de nuevo. Lamentablemente, resulta difícil distinguir las antiguas prácticas zoroástricas de la forma que adoptaron en las comunidades zoroástricas post islámicas, representadas fundamentalmente por los parsis de la India. También, hay que decir que en la época sasánida se desarrollaron entre la gente del pueblo otras creencias populares y filosóficas que incluían la magia y la demonología, y estas actitudes sobrevivieron a pesar de la expresión cada vez más formalista de la religión y del desarrollo de un rígido sistema de castas en el sacerdocio.
La figura a la que hay que atribuir especialmente la imposición de las prácticas ortodoxas y el abandono de la política de tolerancia religiosa es el sacerdote proselitista Kartir, del que ya hemos hablado anteriormente. La actitud de Kartir no constituyó una novedad, pues el propio Ardashir I había destruido monumentos paganos, sustituyéndolos por templos del fuego. Pero Kartir hizo gala de un celo especial en ese cometido, ya que atacó a los judíos, budistas, brahmánicos, maniqueos y cristianos durante el reinado de cinco reyes, desde Sapor I a Narsés.
Las notables inscripciones de Kartir revelan muchos aspectos ignorados del zoroastrismo, con multitud de detalles interesantes. En su inscripción, grabada según el mismo esquema que la grande de Sapor –en el “cubo de Zoroastro” de Naqsh-i Rustam-, Kartir cuenta como ese rey le hizo alcanzar gran autoridad, como él creó nuevos templos del fuego y contribuyó a la difusión del zoroastrismo por todo el Imperio. Cuenta además como prendió nuevos fuegos e instaló nuevos sacerdotes en territorios fuera de Irán, entre ellos Anatolia y el Cáucaso. Este dato sobre la actividad misionera mazdeísta en el exterior de Irán confirma las noticias dispersas en otras fuentes sobre la existencia de cultos mágicos y zoroástricos en el interior del Imperio Romano.
Kartir no era precisamente modesto, pues sigue relatando como estableció muchos fuegos para su propia casa (sus parientes y séquito, verosímilmente), y como fue siempre utilísimo para su religión, así como para su rey y para él mismo. Hay que mencionar que Kartir es citado en los libros maniqueos como perseguidor del profeta Mani. En las homilías coptas recibe el nombre de Kardel, el de Kyrdyr en un fragmento parto de Turfan, y en un fragmento en pahlavi el de “Kyrdyr, hijo de Ardavan (Artabán)”.
Pueden darse muchos detalles más de la historia de Kartir, pero al menos un aspecto de ella merece destacarse, pues difiere de las informaciones anteriores. En sus inscripciones de Naqsh-i Rajab, Naqsh-i Rustam (detrás del caballo de Sapor) y Sar Mashad, Kartir expone su credo personal, que es notable por lo sencillo y lo directo. Dice que existen tanto el cielo como el infierno y que los buenos, tras la muerte, van al cielo y los malos al infierno, pero que quien hace el bien se ha de ver recompensado también en vida con la paz del espíritu y la felicidad. Además, para la salvación es indispensable realizar los ritos y cumplir con el ritual. En ciertos pasajes, muy mal conservados, de la inscripción de Sar Mashad se nos ofrecen atisbos de algunas experiencias personales de Kartir, una especie de apología pro vita sua, que tiene un poco el aire de la historia de la conversión de San Pablo en el camino de Damasco e, incluso, el del descenso de Dante a los infiernos. Kartir quería que la posteridad conservara su nombre y lo consiguió sobradamente.
No sabemos que le sucedió finalmente a Kartir, pues su nombre aparece por última vez en una de las inscripciones de Narsés en Paikuli, pero en un contexto oscuro que nos permite saber cual fue su destino. Su nombre no aparece en las fuentes literarias posteriores, de forma que se sospecha que existió cierta oposición a Kartir o a su obra. Sin embargo, sus inscripciones no fueron borradas ni alteradas, según la costumbre que existía en el Irán sasánida. Puede que las causas que excluyen su nombre de las fuentes literarias se reduzcan a una oposición, o incluso que sean triviales, pues su obra de organización y construcción de una iglesia zoroástrica hermanada con el gobierno no cesó, ni mucho menos, con su desaparición. La rígida actitud perseguidora de los tiempos de Kartir se suavizó un tanto, pero sin desaparecer por completo.
Los autores islámicos se refirieron a la existencia de varias sectas zoroástricas, aunque en la actualidad se cree que se trataba de diferentes escuelas de pensamiento filosófico más que de sectas distintas. En cuanto a la población en su conjunto, esos problemas debían estar muy alejados de sus vidas y de la forma en que practicaban su religión. El conflicto más importante en el seno del zoroastrismo hacía referencia a la interpretación del significado del mal. Los mazdakistas creían en el origen estrictamente distinto del bien y del mal (Ormuz y Ahrimán, respectivamente). Otros, llamados zurvanitas, creían que Ormuz y Ahrimán procedían de Zurvan, o “tiempo infinito”. Las tendencias zurvanitas alcanzaron gran desarrollo en el periodo sasánida, y algunos historiadores afirman que se convirtieron en la forma dominante del zoroastrismo a finales del imperio. Parece que las actitudes pesimistas de los zurvanita eran particularmente adecuadas en una época de gnosticismo especulativo. Pero es claro que el zurvanismo –llegara o no a dominar el zoroastrismo- desapareció como sistema filosófico entre los supervivientes de la comunidad zoroástrica tras la conquista del Islam.
Una religión que revistió gran importancia en el Imperio sasánida fue el cristianismo. Según las fuentes sirias, el cristianismo había llegado ya a los territorios de lengua aramea del Tigris y el Éufrates en tiempo de los partos. Probablemente el traslado de prisioneros romanos desde Siria y Mesopotamia debió impulsar el desarrollo del cristianismo en la región occidental de Irán. En 274 d.C., el rey Tirídates de Armenia se convirtió a la religión cristiana. Pero, en tanto que Roma permaneció pagana, los cristianos no sufrieron persecuciones más duras que los elementos de cualquier otro credo heterodoxo. Sin embargo, con la conversión del emperador Constantino y la adopción del cristianismo por parte de Roma como credo oficial, los cristianos comenzaron a ser considerados en el Imperio sasánida como uno de los mayores enemigos políticos del país. Naturalmente, comenzaron las persecuciones. El primer gran ataque tuvo lugar en 339 d.C. durante el reinado de Sapor II, que trató, por todos los medios, de imponer el zoroastrismo ortodoxo. La situación de los cristianos mejoró ligeramente bajo sus sucesores, pero el cambio más importante se produjo en 483, cuando el concilio cristiano de Irán adoptó oficialmente el credo nestoriano como dogma y se separó definitivamente de la jerarquía eclesiástica bizantina. A partir de ese momento, los cristianos dejaron de ser vistos como enemigos y pudieron practicar su culto con relativa tranquilidad. Importantes comunidades cristianas sobrevivían en algunas partes de Irán mucho después del fin de la dinastía sasánida.
Sapor II
Organización del Imperio
La organización del imperio sasánida se basó en una fuerte centralización que contó con el apoyo de la alta nobleza de los vaspuhrs, que a pesar de todo no renunció a sus prerrogativas, por eso en realidad el sistema tuvo como base fundamental a los medianos propietarios de tierras entre los que reclutó una burocracia estable que hizo de estrecho ligamen entre la provincia o el campo y la capital. El poder real, a pesar de su ostentación y parafernalia tradicional, no tuvo nunca una tradición definitiva en materia sucesoria lo que permitió a la nobleza y al clero controlarlo, gracias a la debilidad mostrada por los sucesores de Sapor II a partir de finales del siglo IV. El imperio se convirtió en una monarquía electiva dentro de la familia sasánida. La elección del nuevo soberano la realizaban los altos dignatarios del Estado y en última instancia dependía del sumo sacerdote (mobedan mobed).
La sociedad estaba jerarquizada social y administrativamente en cuatro clases sociales: los sacerdotes o magos; los nobles y guerreros; los burócratas; los agricultores y artesanos libres. Los esclavos no formaban parte de la escala social oficial detentadora de todos los posibles derechos[16]. La organización del Estado comprendía numerosos grandes dignatarios. El sumo sacerdote, probablemente nombrado por el rey, seria el principal consejero regio y en definitiva quien inspiraría la línea político-religiosa a seguir. También existía la figura del gran visir (Vuzurg-framadhar, más tarde copiada por los abasíes) de poder muy amplio pero mal conocido, era en realidad la persona de total confianza del rey de reyes, a quien sustituía en su ausencia. Por su parte cada clase tenía un jefe con unas funciones precisas. Así, el jefe de los guerreros (Eran-Spahbadh) tenía la triple función de ministro de la guerra, general en jefe y negociador de la paz; el jefe de los burócratas (Eran-Dibherbadh) tenía que conocer perfectamente el derecho tradicional y ser un experimentado político, controlaba los diversos ministerios o secretarías de Estado, excepto el de hacienda, que eran seis: justicia, hacienda, tesoro del rey, caballerizas reales, rentas de los templos del fuego y obras pías; el jefe de los agricultores y de los artesanos (Vatrioshbadh) controlaba la hacienda del Imperio y era el responsable del cobro de los impuestos sobre las propiedades y las personas.
Sentado en el trono, con su tiara llena de perlas y de gemas, acompañado por un conjunto ceremonial de la corte, el rey se presentaba a ojos de los dignatarios y a los pocos privilegiados como una manifestación divina. Se cuenta que los reyes únicamente se podían ver a través de cortinas de densos velos, que hacían aparecer sus elaboradísimas coronas como si aun estuvieran más cargadas de oro, plata y joyas.
Inscripciones relativamente tardías testimonian que los reyes sasánidas se hicieron llamar por el apelativo de “rey de reyes, amigo de las estrellas y hermano del Sol y de la Luna”, y que los súbditos y funcionarios tenían la obligación de dirigirse al soberano tendidos sobre el vientre y debían invocarlo mediante elaboradas fórmulas ceremoniales. Tales concepciones y comportamientos tendrán notable influencia en los soberanos occidentales, particularmente en los de Bizancio, a los que, de todos modos, la religión cristiana impedía que se consideraran como autenticas divinidades.
Los sasánidas se preocuparon por mantener estrechamente unidas las provincias con la capital a base de una buen servicio de comunicaciones y de correos siguiendo la tradición aqueménida. También como aquélla, mantuvieron en la administración provincial algunos príncipes vasallos con el título de reyes o shas pero siempre en territorios fronterizos, como los príncipes árabes lakhmidas de Hira o los propios reyes de Armenia (hasta 430). Normalmente el imperio estaba dividido en provincias mandadas por los marzbans, salidos de las filas de la alta nobleza. Por debajo de las provincias la célula vital socio-económica y de la administración civil eran los cantones o territorios que tenían como centro una ciudad y que eran gobernados por un funcionario elegido entre los jefes de pueblos o dihqanes. La capital del Imperio era Ctesifonte, un conjunto de poblaciones a una y otra orilla del Tigris, rodeadas de un único recinto amurallado y unidas por dos puentes sobre el río, con el inmenso palacio real en la orilla izquierda. En la otra orilla la reconstruida Seleucia era un importante y activo centro de comercio. Al igual que bajo los partos, el ejercito sasánida se basó en la caballería pesada acorazada reclutada entre la alta nobleza irania. La caballería pesada se complementaba con la caballería ligera, formada por los arqueros montados de la pequeña nobleza. Detrás de estas formaciones de choque, seguían los elefantes, que los partos no habían utilizado nunca. La retaguardia estaba asegurada por el grueso de la infantería, reclutada entre los campesinos y que no constituía un efectivo de valor[17]. Mucho más importantes eran las formaciones auxiliares de los diversos pueblos vasallos de la periferia del Imperio –gentes del Seistan, albanos, kushanas, chionitas, árabes- que proporcionaban, desde la época de los aqueménidas, una caballería de espíritu combativo y guerrero. La caballería armenia, muy estimada, gozaba de un puesto especial dentro del ejército sasánida.
El arte del asedio, poco desarrollado bajo los partos, avanzó mucho con los sasánidas, cuya técnica poliorcética era digna de los romanos. Para la defensa de las fronteras, se fundaron verdaderas colonias militares con poblaciones guerreras sometidas o desplazadas. De este modo, el Imperio estuvo rodeado por un cinturón de defensas exteriores mantenidas por sus vasallos, detrás de las cuales se situaba el ejército regular iranio.
Economía
La base económica de la sociedad sasánida era la agricultura y su explotación dentro de la más pura raíz mesopotámica. Las grandes propiedades, en manos de la nobleza, de los grandes templos del fuego y del Estado configuraban el modo de explotación más corriente, que no es del todo bien conocido. En este marco agrícola los esclavos, según parece, estaban en un proceso de emancipación, si bien los campesinos considerados libres estaban sujetos a la tierra que cultivaban como los siervos de la gleba europeos. Sucesivas leyes reales protegieron a los campesinos frente a los nobles, pero ninguna les eximió del pago de los impuestos de capitación y de los que gravaban la tierra. La explotación de las fértiles llanuras de Mesopotamia se hacía respetando estrictamente las reglamentaciones más tradicionales, lo que permitió un florecimiento del mundo agrícola y éste a su vez un desarrollo urbano.
El mundo urbano sasánida, sólidamente sostenido por la agricultura, se desarrollará también gracias al comercio. Las viejas y nuevas ciudades se poblaron de artesanos, muchos de ellos prisioneros de guerra, que gozaron de un estatus especial que les dispensaba del servicio militar y les obligaba a pagar únicamente el impuesto personal de la capitación; aunque en caso de guerra debían de asumir pesados tributos especiales. La actividad mejor conocida de estos artesanos era la elaboración de tejidos de seda, tapices y cerámica. El imperio sasánida, como todos los otros que se han asentado en este crucial territorio, supo aprovechar su situación geográfica para desarrollar un intenso comercio de intercambio entre el mundo oriental en general y el chino en especial, y el mundo mediterráneo. Desde Ctesifonte, las rutas hacia el este pasaban por Hamadán, Susa, Persia y bordeaban el Golfo Pérsico; mientras las que iban por el interior, desde Hamadán, llegadas al mar Caspio, continuaban hacia Kabul y llegaban a China. Por estos itinerarios centroasiáticos, a pesar de las sucesivas guerras, siempre se mantuvieron buenas relaciones comerciales con los kushanas, los hunos heftalíes y las diversas tribus turcas. Lo mismo sucedía en el frente occidental con los armenios, los romanos y después los bizantinos. La marina que desarrollaron los sasánidas en el Golfo Pérsico captó gran parte del comercio del Océano Índico en perjuicio de las naves árabes e indostanas. Los principales objetos de exportación sasánidas giraban en torno al lujo y a la fama de su refinada corte verdadera consumidora de artes suntuarias. La orfebrería con sus escenas de caza, de banquetes o de regresos triunfales de rey, será muy apreciada tanto en el exterior como en el interior. Las suntuosas sedas con sus motivos de animales enfrentados o con personajes cazando, y los grandes platos de plata y las copas trabajadas eran también muy apreciados en el exterior y servían también para transmitir una idea de la grandiosidad y refinamiento del imperio. La base económica de todo este intercambio fue una moneda de oro, el dinar, que era aceptada por su calidad en los mercados internacionales en igualdad al nomisma bizantino, si bien la moneda mas corriente era el dirhem de plata que, con un peso casi constante entre los 3,65 y los 3,94 gramos, era muy bien aceptada por todos los comerciantes. Esta moneda llevaba en el anverso el busto del rey de reyes, con inscripciones en pahlavi, y en el reverso el templo del fuego.
La jerarquizada sociedad sasánida y su estructuración económica y social hizo que los principales beneficiarios del comercio y de la riqueza agrícola fueran las dos clases especialmente privilegiadas: la nobleza y la clase sacerdotal; mientras el pueblo llano, los pequeños agricultores y los artesanos llevaron sobre sus espaldas el peso de la mayoría de sus impuestos. Estas desigualdades contribuyen a explicar el éxito de ciertas teorías igualitarias que de vez en cuando aparecerán; tal es el caso de Mazdak, que con sus teorías puso en un serio peligro al propio régimen.
Arte y literatura
Durante el periodo sasánida se asiste en el Asia anterior a una reacción contra las corrientes occidentales, y en especial contra el helenismo. Esto será notorio tanto en el arte como en la literatura de la época; aunque el eclecticismo estará también presente en ciertos momentos, combinándose de forma fascinante elementos iraníes, helenizantes y romanos.
El arte persa sasánida no solo se desarrollará en el territorio del Imperio, sino que ejercerá gran influencia en el exterior, particularmente en Bizancio.
Crosrroes en una tela que rememora una batalla contra los abisinios.
La relación entre idioma griego y literatura, existente en la corte arsácida, ya estaba en declive durante el último siglo de esta dinastía. No obstante, traducciones al griego acompañan las inscripciones de Ardashir I y Sapor I, destacándose la larga versión griega de la última gran inscripción de la Kaaba-i Zardusht, que puede mostrar indicios de la terminología oficial de los partos. Inscripciones posteriores, sin embargo, sólo están en parto y pahlavi (en el caso de la inscripción de Narsés en Paikuli) o en pahlavi exclusivamente. Poca de la literatura superviviente en pahlavi es propiamente del periodo sasánida. Algunos trabajos, sin embargo, contienen material que se remonta a la época de Cosroes I (531-579). El Dadhastan i Menoghkhrad (Doctrina de la Sabiduría Celestial) y el Ardagh Viraz-Namagh (Visión de Ardagh Viraz) contienen material sobre teología zoroastriana. El Madhighan i Hazar Dadhastan (Relación de mil resoluciones) es un compendio de legislación sasánida que nombra a muchos juristas sasánidas y cita sus opiniones. El Karnamak-i Ardashir-i Papakan contiene una versión de la vida de Ardashir I qué, aunque legendaria, es tomada por Agatias y puede haber sido popular en el periodo sasánida tardío. La Carta de Tansar, aunque quizás también legendaria, es tomada de un trabajo en pahlavi del tiempo de Cosroes. Las recopilaciones más tardías, sobre todo el Denkard, aunque principalmente relacionadas con la cosmología y las cuestiones religiosas, contienen algunas referencias históricas importantes relativas al periodo sasánida. Según una de éstas, Sapor I ordenó la recopilación y traducción de textos religiosos, astronómicos, médicos y filosóficos del imperio bizantino y de la India. Otras traducciones de la literatura india realizadas bajo los sasánidas son conocidas; por ejemplo, el libro de cuentos denominado Kalilah y Dimna, las leyendas de Baarlam y Josafat y las leyendas indias presentes en la Carta de Tansar. Los libros de preceptos morales (andarz) constituyen un género importante en la literatura sasánida que, con los romances populares en verso transmitidos oralmente, se ven reflejados a menudo en las composiciones del periodo islámico.
Quizás lo más característico, y ciertamente lo más llamativo, del arte sasánida sean las grandes escenas talladas en los abruptos acantilados de piedra caliza que se encuentran en varias partes del antiguo imperio. Estos grandes relieves rupestres, destinados a inmortalizar las hazañas de los soberanos, son una expresión característica del arte oficial sasánida. Los grupos mejor conocidos están en Naqsh-i Rustam y Naqsh-i Rajab, cerca de Persépolis, y en Shaphpur (Bishapur), la antigua ciudad unos kilómetros al norte de Kazerum, en Fars. En Firuzabad, la antigua Gur, en la misma provincia, hay dos relieves de Ardashir, uno que ilustra su victoria sobre el último soberano parto, Artabán V, mientras que el otro muestra una escena de su investidura por el dios Ormuz. Ardashir aparece también en la escena de su investidura en Naqsh-i Rustam. En este relieve, las figuras de la divinidad y del rey están representadas en un plano de igualdad, tienen las mismas dimensiones y están vestidas del mismo modo. En la misma roca, Sapor I muestra su triunfo sobre los emperadores romanos, recibe el homenaje de los nobles y es investido del poder por Ormuz. En Sarab-i Qandil, el rey Bahram II entrega una flor de loto a su esposa, mientras que en otras rocas de la provincia de Fars, el mismo rey protege a su amada del ataque de las fieras.
Hay una notoria ausencia de relieves en la roca desde los tiempos de Sapor III (383-388) hasta que Cosroes II encargó su iwan en Taq-i Bustan, el cual era más un edificio que una escultura. Allí, Cosroes aparece montando en su famoso caballo Shabdiz, considerado como una de las maravillas del mundo. La lanza del rey esta presta, su escudo preparado y el carcaj junto a su pierna. La cabeza y cuello del monarca están completamente ocultos: solo se ven los ojos brillando a través de las ranuras de la fina malla. Esta audacia escultórica sin igual, que esconde la cara casi completamente, fue un gran acierto, ya que con sutileza daba un aire amenazador a la figura.
Además de su interés histórico, todos estos relieves también brindan información sobre muchos aspectos de la vida de aquella época -como eran las vestimentas, las joyas, los peinados y las armas-, ampliando la poca que tenemos.
Otro ejemplo de escultura sasánida es la colosal imagen de Sapor I grabada en una gruta cercana a Bishapur. Esta estatua estaba esculpida en una enorme estalactita y todavía seguía en pie en el siglo XIV, cuando fue descripta por el geógrafo persa Hamd Allah Mustawfi de Qazvin. Sin embargo, en el siglo XIX se había derrumbado, siendo re erigida posteriormente, aunque algo toscamente, cerca de la entrada de la gruta. Originalmente, la colosal estatua tenía unos ocho metros de altura: el korymbos que sobresalía de la corona del rey estaba esculpido en el techo, mientras que los pies estaban cortados en la piedra del suelo. La apariencia del rey era muy semejante a la de los relieves rupestres: llevaba una túnica cruzada similar que se amoldaba con suavidad a su cuerpo. Lleva la espada colgada de la cadera. En conjunto, presenta una imagen de majestad imperturbable y poder absoluto.
En arquitectura, los sasánidas idearon un buen número de soluciones, tales como la cúpula sobre trompas de ángulo y el procedimiento para construir la bóveda sin cintas. Hoy, la arquitectura del periodo sasánida está aun representada por muchos restos de una gran variedad de estructuras: palacios, templos del fuego, fuertes, puentes, diques, casas y ciudades planificadas. La característica esencial de casi todas ellas será su aspecto monumental.
Ardashir I fundó la ciudad de Ardashir Khurra (“la gloria de Ardashir”, más tarde abreviada como Gur), la actual Firuzabad, cuyo trazado circular se halla plenamente dentro de las tradiciones del urbanismo parto: planificación estrictamente simétrica y geométrica, con sus murallas formando un círculo perfecto, descrito por el geógrafo árabe Ibn al Balkhi como “si estuviese trazado con compás”. Estas defensas, atravesadas por cuatro puertas, consistían en dobles murallas anchas –se podía circular por la parte superior- y parapetos de piedra. También había un foso. La ciudad estaba dividida exactamente en cuatro por dos ejes principales que se cruzaban en el centro en ángulo recto. Las cuatro partes estaban subdivididas.
En las afueras de esta ciudad, Ardashir hizo construir su palacio. El aparejo del edificio consiste en piedra sin labrar unida con argamasa de gypsun, técnica arquitectónica de origen local, algo tosca pero muy duradera. Un enlucido de yeso disimula las desigualdades de las superficies murales. En el interior, los nichos abovedados que decoran los muros tienen en la parte superior una moldura o gala egipcia, copia de los palacios aqueménidas de Persépolis. Es manifiesto el propósito de conservar las antiguas tradiciones. Pero, si bien la moldura está en su sitio cuando ha sido tallada en la piedra de un dintel rectangular, resulta, por el contrario, un elemento extraño en un nicho abovedado. La fachada del palacio responde a la misma preocupación de evitar las superficies uniformes, mediante la creación de entrantes y salientes. Aquí, sin embargo, la pilastra toma la forma de una semi columna empotrada, como en la arquitectura parta. La bóveda y la cúpula perpetúan igualmente las realizaciones del mismo periodo. En cuanto al plan general del edificio, une dos partes distintas y separadas de la arquitectura aqueménida: la apadama, de donde deriva el iwan [18] abierto al exterior y que con las salas cuadradas, que van a continuación, forma la parte oficial del palacio; y la vivienda, con habitaciones en torno a un patio central. Este conjunto estructural permanecerá como base de la arquitectura sasánida.
En Ctesifonte, ciudad real parta que Ardashir escogió como capital del Imperio, su hijo Sapor I alzó un palacio que en tiempos de la conquista árabe maravilló a los beduinos llegados del desierto; sus restos suscitan, aun hoy, el asombro de los visitantes. La fachada de este edificio se desarrolla en longitud. Consta de cuatro plantas, ritmadas por nichos cegados, flanqueadas por columnas empotradas. En el centro se alza todavía la bóveda de un gigantesco iwan, de treinta metros de alto por cuarenta y tres de largo, detrás de la cual se hallaba una sala del trono rectangular.
Ormizd II en una justa.
Como ya dijimos en otra parte de este trabajo, Sapor utilizó los importantes contingentes de prisioneros romanos que había capturado en sus campañas en la construcción de grandes obras públicas. Entre los prisioneros había ingenieros que, al parecer, ayudaron a explotar adecuadamente las fértiles tierras de la Susiana, la actual provincia de Khuzistan, limítrofe del país de Babilonia. En los tres grandes ríos que riegan esta llanura, Sapor I hizo construir fuertes presas-puentes cuyos vestigios constituyen todavía una prueba de la importancia de estos trabajos de utilidad pública. Los progresos del urbanismo, realizados en tiempos de este mismo soberano, no son menos deudores de la mano de obra romana.
Poco después, o quizás antes, de su victoria sobre Valeriano, Sapor se hizo construir una residencia en la provincia de Fars (Persia). Eligió un paisaje que recuerda el que su padre escogió para levantar la ciudad de Gur. Este “Versalles” sasánida tomó el nombre de Bishapur, es decir, “la hermosa (ciudad de) Sapor”. Su trazado no es ya el de las ciudades circulares partas. Lo que se ve aquí es el trazado de Hipodamo [19], adoptado ya en Dura Europos, a finales del siglo IV a.C., y en Begran (Kapisi), al norte de Kabul, ciudad fundada por un rey greco-bactriano. Forma un cuadrilátero, delimitado por un muro de recinto y por fosos, recostado sobre un cerro en el que hay una fortaleza con una red de murallas y fortines para proteger la ciudad. Por el otro lado esta bordeado por el río Shapur.
Un barrio de la ciudad fue reservado para los edificios reales. La sala mayor de un palacio, construido con morrillos y argamasa, corresponde, por su trazado y su técnica, a las mejores tradiciones de la arquitectura irania. Un cuadrado central de veintidós metros de lado sostiene una cúpula de más de veinticinco metros de alto; cuatro iwanes, de triple bóveda, la encuadran.
Sesenta y cuatro nichos decoran los muros de esta sala: sus grecas, follajes y dentellones, así como las hojas de acanto, que cubrían las bóvedas, fuertemente pintadas de rojo, amarillo y negro, evocan una nota occidental.
El suelo de un triple iwan, abierto a un ancho patio, al este de la sala mayor, se cubrió con losas de piedra y estaba bordeado por paneles de mosaicos. Este tipo de ornato, que es mezcla de elementos iranios y romanos, podría ser la copia de una alfombra persa de la época. Resulta esencialmente evocador. Tiende a ilustrar, con el repertorio de imágenes que propone, el ambiente que se desprende de uno de estos lugares en que se celebraban los banquetes. Las damas de la corte -una lánguidamente recostada sobre cojines, otras, con trajes largos, llevando ramilletes de flores- participan en la ceremonia. Los retratos representan a personajes pertenecientes a la familia real o a clases privilegiadas. Danzarines, tocadores de arpa, trenzadoras de coronas, su desnudez apenas velada por un chal, animan la escena y permiten aprehender mejor su significación.
No lejos de este triple iwan, y dando al mismo patio, se alzaba un segundo palacio hoy muy deteriorado, pero cuyos restos nos permiten reconocer las tradiciones de la arquitectura persepolitana: las piedras de sillería bien labradas y aparejadas, junto con ciertos elementos de la decoración, son copias fieles de las del palacio de Darío y Jerjes.
Un templo, aledaño al primer palacio, verosímilmente estuvo dedicado a la diosa Anahita. Concebido según la traza cuadrada de los santuarios iranios, comprende una sala de catorce metros de lado, con cuatro puertas, rodeada de cuatro pasillos dotados de un sistema muy desarrollado de conducción de agua. Sus muros, de catorce metros de alto, estaban construidos con gruesos bloques aparejados con cola de milano de hierro y con casquijo. Su técnica es romana. Estos muros son idénticos a los de las construcciones de la ciudad de Shehba-Filipópolis, en Siria, fundada por Filipo el Árabe. Pero, las vigas de madera del techo del templo estaban sostenidas por prótomos de toros, a imitación de los capiteles de los palacios aqueménidas de Susa y Persépolis.
De este santuario parece proceder un altar del fuego, de piedra, cuyos tres elementos –basa, columna y mesa- han sido descubiertos encajados en una construcción de la época islámica hecha junto al templo. Reconstruido, tendría exactamente el aspecto de los altares del fuego que figuran en las monedas sasánidas.
La ciudad de Bishapur -cuyo trazado había sido establecido con gran cuidado en barrios bien delimitados, donde los nobles y los grandes tenían, sin duda, sus moradas rodeadas de jardines- estaba cortada por dos avenidas que se cruzaban en el centro. Allí, el gobernador de la ciudad alzó, en 266, y en honor de su soberano, un monumento conmemorativo. Este monumento consistía en tres bases de piedra, dos de las cuales sostenían columnas monolíticas con capiteles corintios; un monumento de inspiración romana, probablemente obra de prisioneros de guerra. Las inscripciones en las columnas, escritas en pahlavi, son una guía valiosa de la cronología sasánida temprana y en ellas consta también que una estatua del rey formaba parte del monumento. Esta estatua, que probablemente estaba situada sobre el tercer pedestal, sin duda se parecía a la colosal imagen de Sapor grabada en una gruta cercana a Bishapur, si bien debió ser bastante más pequeña.
Los sasánidas no construyeron edificios de piedra de sillería después de finales del siglo III. El último de fecha conocida es la torre conmemorativa alzada por el rey Narsés en Paikuli, en el Kurdistán iraquí. Luego, el material de construcción será la piedra sin labrar y la argamasa, en la Meseta; el ladrillo, en Mesopotamia y Susiana. La asociación de la bóveda y de la cúpula abre a los artistas sasánidas amplias posibilidades, en las que la experiencia no cede en nada a la ingeniosidad. Se asiste, por tanto, a la creación de nuevas formas que tendrán un éxito duradero no solo en Irán.
La destrucción de Susa por Sapor II fue seguida por la construcción de una nueva ciudad real, que este monarca hizo levantar a veinticinco kilómetros más arriba de Susa, en la margen occidental del río Kerja, cuyo nombre moderno es Eiwan-i Kerja. Su trazado es occidental: la ciudad forma un rectángulo de cinco kilómetros de largo por uno de ancho. El palacio, de ladrillos y argamasa, se compone de una sala cuadrada, cubierta por una cúpula, a la cual se une un ala, en sentido de la longitud, dividida en cinco secciones por arcos, que van de una pared a otra, destinados a contrarrestar el empuje de las bóvedas de cañón transversales. Las excavaciones también han revelado la existencia de un pabellón, con triple iwan, cuyas paredes habían sido ricamente decoradas con frescos.
En Sarvistán, en el Fars, el palacio atribuido al siglo V, construido con piedra y argamasa, presenta una fachada que se abre hacia el exterior con tres iwanes. Esta fórmula se hará clásica en la arquitectura de la época. Detrás de esta fachada, la parte del edificio destinada a las recepciones comprendía una sala cuadrada, enmarcadas por salas a lo largo. Esta sala precedía a la parte residencial, constituida por habitaciones en torno al patio central. El plano general no se aleja del del palacio de Firuzabad; no obstante, es más abierto al exterior. La novedad reside en el arranque de las bóvedas de las salas estrechas. Unas columnas gruesas y bajas les sirven de soporte. En realidad, la preocupación primordial era ensanchar la habitación creando un amplio pasaje central, dotado de otros colaterales, cubiertos estos con semi cúpulas. Este sistema de construcción, más desarrollado, desembocará en la planta de triple nave, con una hilera de seis columnas en el centro.
En el último periodo del arte sasánida (siglos V-VII), señalaremos, entre las obras de arquitectura, el vasto palacio y el templo del fuego de Kasr-i Shirin, atribuido a Cosroes II y probablemente el edificio de Damghan [20].
Los palacios de Cosroes II destacan más por sus dimensiones que por las innovaciones o meritos arquitectónicos, como queda demostrado en Kasr-i Shirin. En un enorme paraíso de casi 300 acres, justo donde la meseta de Irán se encuentra con el gran muro que son los montes Zagros, Cosroes construyó un palacio para su amada Shirin y un gran templo con numerosos edificios adyacentes. Un acueducto suministraba a todo el conjunto el agua procedente del río Hulwan.
El palacio de Shirin estaba construido sobre una terraza de 8 metros de alto y de unos 285 x 98 metros aproximadamente, a la cual se llegaba por un conjunto de escaleras de doble tramo. El palacio, que Yakut en el siglo XIII todavía consideraba una de las maravillas del mundo incluso después de ser saqueado por Heraclio en el año 628, estaba ubicado bien adentro en la terraza. De acuerdo con el escritor del siglo IX Ibn Rustah, esta estaba pavimentada con mármol. Al igual que Firuzabad, el palacio estaba dividido en apartamentos públicos y privados. Las salas de recepciones oficiales estaban formadas por una gran estancia con cúpula a la cual se entraba por un enorme iwan que se apoyaba en columnas en vez de en las paredes laterales, una característica que también se ha encontrado en el palacio de Damghan. Detrás de esta gran estancia había un patio columnado con otro enorme iwan. Los apartamentos privados consistían en un cierto número de las tradicionales casas con patio, relativamente pequeñas y simples, normalmente con un solo iwan orientado hacia el este.
En Ctesifonte se encontraron casas particulares del mismo estilo, aunque algo mayores, que tenían entre uno y cuatro iwanes en el patio. Estaban decoradas con paneles de estuco y frisos policromos. También se utilizaban frisos, mosaicos y revestimientos de mármol para decorar los baños existentes en la ciudad. Las conducciones de agua, tuberías, un horno para calentarla y una plataforma para descansar después del baño, demuestran la importancia que este tenía en el Oriente en aquellos tiempos.
Plato sasánida del siglo IV dC.
En general, lo que se puede observar hoy en Sarvistan, Bishapur o Firuzabad son los enormes esqueletos de sus edificios monumentales. Solo quedan fragmentos de la decoración que los transformaba en residencias palaciegas. La idea más completa de la apariencia probable de un palacio sasánida se ha conservado en un iwan que no está construido con ladrillos sino cortado en la roca en Taq-i Bustan, cerca de Kermanshah. Este iwan constituye la última, y por tanto la más ambiciosa, escultura de piedra de la dinastía sasánida. Encargada por Cosroes II, está lujosamente decorada tanto en la fachada como en las paredes laterales y posteriores, y esta decoración probablemente es semejante a la del último palacio sasánida.
Las excavaciones en Kish, un antiguo emplazamiento sumerio en Irak, también descubrieron dos “villas” del periodo sasánida, las paredes de las cuales habían estado adornadas con numerosas placas de estuco. Este se puede fechar como perteneciente al periodo sasánida medio, porque en él hay bustos de un rey que habían sido incrustados en las paredes. Este rey, con rizos que le llegaban a los hombros y tocado con una corona mural, ha sido identificado como Bahram V (420-438).
También se han encontrado ricas colecciones de estuco en un palacio de Tepe Hissar/Damghan y en las ruinas de la gran capital sasánida de Ctesifonte. El palacio de Damghan estaba formado por un monumental iwan por el que se entraba a una estancia con cúpula que tenía detrás una pequeña cámara. El iwan de entrada, sin embargo, no estaba simplemente abovedado, ya que las bóvedas descansaban sobre gruesos pilares cerca de los muros, como en Sarvistan. Este tipo de iwan columnado es también una característica del palacio sasánida tardío de Qasr-i Shirin, construido por Cosroes II. La fecha del palacio de Damghan es objeto de debate: probablemente fue edificado antes que el de Qasr-i Shirin y despues del palacio de Sarvistan.
Los estucos de Kish, Damghan y Ctesifonte, a pesar de las diferencias en la fecha de su manufactura, son, en muchos aspectos, semejantes, y de hecho, algunos paneles son casi idénticos. Por ejemplo, paneles figurativos de Kish en los que se ve el busto de una mujer y otros con muflones, tienen una réplica casi exacta en Damghan y en Ctesifonte.
El repertorio de motivos ornamentales era largo y variado y los paneles estaban, naturalmente, brillantemente pintados. El estuco de Kish estaba formado por una gran variedad de ellos, incluyendo más de 40 modelos geométricos y florales distintos que se repetían hasta formar un flujo continuo. Otros paneles eran más definidos y representaban personas y animales así como, ocasionalmente, elaborados dibujos florales y epigráficos. Entre los motivos de Damghan se encuentran ciervos paciendo y cabezas de jabalíes rodeadas por redondeles. También se encontraron fragmentos de paredes pintadas. En uno de ellos se veían parte de un caballo y su jinete, que probablemente estaban cazando. Fragmentos de una escena de caza semejante, en la que se ve a dos cazadores montados persiguiendo a un ciervo, pueden atribuirse con seguridad al siglo IV porque fueron encontrados en la pared de una casa de Susa destruida por Sapor II. Amiano Marcelino, describiendo un “agradable y sombreado alojamiento” junto al cual acamparon los romanos en el año 363, afirma que había pinturas por toda la casa “que representaban al rey matando animales salvajes en varios tipos de cacerías; porque en su país no se pinta ni esculpe nada que no sea la matanza en distintas formas y en escenas de guerra”.
De acuerdo con la evidencia disponible, parece que el arte de la decoración con estuco floreció en los periodos sasánidas medio y tardío. Su espíritu es muy distinto del estuco de estilo comedido encontrado en Firuzabab y Bishapur y su completo desarrollo y explotación a fines del siglo IV puede ser una buena explicación de porque los reyes dejaron de grabar relieves en la roca.
Ahura Mazda corona a Ardashir II. Relieve en la roca.
Las artes aplicadas florecieron particularmente a partir del siglo IV, como se puede observar especialmente en los maravillosos recipientes de plata y oro. Entre los motivos preferidos estaban las representaciones del rey tanto de cacería como relajado en la corte. En las cacerías se lo ve montado y a pie, luchando con una amplia variedad de animales como leones, jabalíes, carneros salvajes y ciervos, ya fuese con arco o con espada. Muchos de estos animales también se encuentran solos en vasijas, probablemente representando deidades: así, se considera que el jabalí encarna a Verethragna, dios de la victoria; el león a Mitra, señor del contrato; el caballo, a Tishtraya o Sirio, el dios benevolente del panteón iranio; el gallo, al espíritu de la buena suerte, etc. Otro genio protector que se representaba con frecuencia era el senmurv, la famosa criatura mítica sasánida, mitad pájaro y mitad mamífero. Otro tema favorito eran las voluptuosas figuras de danzarinas vestidas ligeramente, que se encuentran con frecuencia entre arcadas.
Es posible sugerir algunas fechas, dentro de los 400 años del periodo sasánida, para algunos de estos recipientes, especialmente si en ellos se encuentra representado el rey, porque con frecuencia se lo puede individualizar por su corona personal. Si bien, hay que tener en cuenta que la plata “sasánida” continuó elaborándose después de la caída de la dinastía copiando dibujos anteriores.
El arte de la talla de piedras preciosas produjo muchos sellos, principalmente de una forma ovalada característica, y unos camafeos muy finos. Hay un gran número de sellos sasánidas en museos y en colecciones privadas y de nuevo el fechado es extremadamente difícil a menos que lleven una inscripción o la figura de un rey, como el famoso sello del Museo Británico en el que se ve a Bahram IV (388-399). Tocado con su corona característica y llevando el faldón de finales del siglo IV, el rey, lanza en mano, está de pie triunfalmente sobre el cadáver de un enemigo caído. Sin embargo, muchos sellos solo llevan un busto, un animal, o el distintivo o cimera familiar.
La ubicación de Irán en la "Gran Ruta de la Seda" entre China y el Occidente, estimuló el establecimiento de una industria sedara importante que a menudo abasteció al mundo romano. La seda se tejió en Irán desde principios del periodo sasánida, ya que Sapor I instaló algunos tejedores en Bishapur. Sin embargo, la técnica era relativamente basta y Sapor II dio un nuevo impulso a la producción de seda destacando artesanos sirios en diversos centros de Susiana. En aquel tiempo cualquier hebra de seda debía ser importada de China y la mayor parte era reexportada, todavía en crudo, para ser tejida en Occidente. No fue hasta el siglo VI que los persas (y más tarde los bizantinos), consiguieron finalmente traer de contrabando desde China huevos fecundados de gusano de seda, iniciando así su propia producción de este material crudo. Ello dio un nuevo impulso al tejido de la seda en Irán, que posteriormente se incrementó aun más por la influencia de nuevos artesanos llevados por Cosroes I después de sus arrolladoras victorias en Siria. Irán empezó a exportar telas tejidas localmente que gozaron de gran aceptación en Occidente.
Este desarrollo paulatino de una industria textil altamente sofisticada queda de relieve en los pocos monumentos en que se ven los dibujos de las telas: en un fresco del siglo IV de Susa se ve a un cazador vestido con una túnica decorada solamente con un simple dibujo de rombos resaltados por hilos de oro. La túnica que tiene Ardashir II en un relieve de Taq-i Bustan tiene también un simple dibujo geométrico, mientras que las telas de las esculturas de Cosroes están decoradas con una serie de complejos dibujos figurativos, florales y geométricos. Muchos de sus ayudantes aparecen llevando vestiduras bordadas con pájaros, flores o complicados motivos circulares.
La importancia creciente del lujo personal desarrollado a finales del periodo sasánida, queda patente en las joyas que lleva Cosroes II, si se comparan con las que llevaban los primeros reyes. De nuevo la principal fuente de información, a falta de hallazgos de joyas en contextos arqueológicos seguros, está en los relieves tallados en las rocas. En los más antiguos se ve al rey llevando una corona relativamente sencilla, suficientemente ligera como para no necesitar ayuda externa, pendientes, un collar y una especie de anillo recogiendo la barba, un atributo habitual de la monarquía.
En el siglo IV un simple collar ya no era suficiente para expresar la magnificencia del rey, por lo que también se llevaba un “arnés” consistente en tiras cubiertas de joyas que le cruzaban el pecho y pasaban por los hombros y por debajo de los brazos. Cosroes II Parviz iba incluso enjoyado más ricamente. En la escena de su investidura se le ve llevando una enorme corona, tan pesada que requería ser suspendida del techo, largos pendientes, un collar ricamente decorado, un “arnés” en el pecho, un cinturón enjoyado del cual penden también muchos largos colgantes y brazaletes de cuentas en los dos brazos.
Pero, mientras se gastaba excesivamente en los adornos personales y en conseguir una elegancia refinada en la corte, se descuidaba el bienestar de los campesinos. Y con las derrotas de los persas en Kadisiya y en Nehaven tocó a su fin el gobierno que los sasánidas habían ejercido durante 400 años. Sin embargo, el arte y la arquitectura “sasánidas” continuaron floreciendo mucho después del final histórico de la dinastía. Muchas de sus ideas se expandieron y se desarrollaron independientemente, de acuerdo con las tradiciones locales, en áreas tan distantes como Europa occidental y Japón. Los huesos de los santos cristianos eran envueltos en sedas sasánidas o en sedas bizantinas tejidas con diseños iranios y el famoso tesoro japonés de Shoso-in, fechado en el siglo VIII, ilustra algo de la influencia del Irán sasánida en China. También en su país de origen la arquitectura sasánida continuó dominando en los edificios religiosos durante siglos, así como muchas de sus ideas decorativas. La plata y las sedas “sasánidas” continuaron elaborándose a principios de la época islámica, y los dibujos copiados en otros materiales como cristal, bronce y cerámica. Con el gobierno árabe prácticamente no cambiaron las leyes, los impuestos o la administración, y el nombre de Cosroes o Kisra se convirtió en símbolo de realeza. La caballería europea y el arte de la guerra medieval, eran herederas de las que habían perfeccionado los partos y sasánidas. Y los propios iraníes, aunque aparentemente derrotados sin remisión por los árabes, resurgirían otra vez para fundar nuevas dinastías.
Leonardo Fuentes |
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Nombre
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Años de reinado
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Nombre
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Años de reinado
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Ardashir I |
224 – 243 (?) |
Firuz |
459 – 484 |
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Sapor I |
243 – 273 (?) |
Balash |
484 – 488 |
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Ormuz I |
273 (?) |
Kavad I |
488 – 496 |
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Bahram I |
273 – 276 |
Jamasp |
496 – 498 |
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Bahram II |
276 – 293 |
Kavad I [de nuevo] |
498 – 531 |
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Bahram III |
293 |
Cosroes I |
531 – 579 |
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Narsés |
293 – 302 |
Ormuz IV |
579 – 590 |
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Ormuz II |
302 – 309 |
Cosroes II Parviz |
590 |
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Sapor II el Grande |
309 – 379 |
Bahram VI Chobin |
590 – 591 |
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Ardashir II |
379 – 383 |
Cosroes II [de nuevo] |
591 – 628 |
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Sapor III |
383 – 388 |
Kavad II Shiroes (Shiruya) |
628 |
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Bahram IV |
388 – 399 |
Ardashir III |
628 – 630 |
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Yezdegard I |
399 – 420 |
Sharvaraz |
630 |
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Bahram V Gor |
420 – 438 |
Boran |
630 – 631 |
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Yezdegard II |
438 – 457 |
Ormuz V |
631 – 632 |
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Ormuz III |
457 – 459 (?) |
Yezdegard III |
632 – 651 |
* Todas las fechas son aproximadas, ya que las diferentes cronologías varían enormemente.
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1) Persis (Persia) |
15) Media |
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2) Partia |
16) Hircania (Gorgan) |
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3) Khuzistan (Susiana) |
17) Merv (Margiana) |
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4) Maishan (sur de Mesopotamia) |
18) Aria |
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5) Asuristan (Irak) |
19) Abarshahr (Jorasán) |
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6) Adiabena |
20) Carmania (Kerman) |
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7) Arabistan (norte de Mesopotamia) |
21) Seistan (Sakasta) |
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8) Atropatena (Azerbaijan) |
22) Turan |
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9) Armenia |
23) Makran |
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10) Iberia |
24) Paratan |
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11) Machelonia (entre Armenia e Iberia) |
25) India (de extensión desconocida, |
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12) Albania |
quizá solo el delta del Indo) |
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13) Balasagan (al sur del Caucaso) |
26) Kushanshahr (Sogdiana) |
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14) Pateshkhwagar (montes Elburz) |
27) Mazun (Omán) |
* Enumeradas en la Kaaba-i Zardusht, en Naqs-i Rustam.
Bibliografía
La bibliografía sobre la Dinastía Sasánida es bastante extensa, pero gran parte de ella está escrita en idiomas virtualmente “inaccesibles” para los occidentales (persa, ruso, árabe). En castellano, la mejor obra de síntesis es El resurgimiento de Irán -tomo 70 de la colección “Orígenes del Hombre”-, aunque presenta algunas lagunas en lo que se refiere a los siglos IV y V y al periodo final de la dinastía. Los trabajos de Richard Frye y Fergus Millar siguen siendo valiosos pese a los años transcurridos desde su publicación, lo mismo que los de Roman Ghirshman.
En Internet también hay muchas páginas dedicadas a los sasánidas, pero la gran mayoría están orientadas a la numismática o al arte. En castellano se puede encontrar información interesante en www.artehistoria.com/historia. En inglés, las mejores páginas sobre el tema son: http://www.parstimes.com/history/VL/middle_east/iran.html (con links a diversos sitios, algunos bastante buenos); http://classics.mit.edu/Ferdowsi/kings.html (sobre la obra del poeta Firdusi), y www.cais-soas.com/CAIS/ (con información diversa).
A continuación, enumero las principales obras que utilicé para la realización de este trabajo:
Blockley, R.C.: “The Division of Armenia between the Romans and the Persians at the End of the Fourth Century AD”, en Historia 36, 1987.
Compareti, Matteo: “Los Sasánidas en Africa”, en Transoxiana 4 - Julio 2002.
El maravilloso mundo de la arqueología, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1995.
El resurgimiento de Irán (II), en “Orígenes del Hombre”, t. 70, Barcelona, Ediciones Folio, 1996.
Encyclopaedia Iranica, en http://iranica.com/cis/index.html
Frye, Richard: La herencia de Persia, Madrid, Guadarrama, 1965.
Frye, Richard: The History of Ancient Iran, Munich, C.H. Beck (ed.), 1984.
Ghirshman, Roman: Arte persiana. Parti e Sasanidi, Milán, Rizzoli Editore, 1962.
Ghirshman, Roman: “Les Chionites-Hephthalites”, en Mémoires de la Délégation archéologique française en Afghanistan XIIl, El Cairo, 1948.
Ghirshman, Roman: Irán. Partos y Sasánidas, Madrid, Aguilar, 1962.
Garsoïan, N.: “Byzantium and the Sasanians”, en The Cambridge History of Iran. Vol. 3 (The Seleucids, Parthian and Sasanian Periods), ed. E. Yarshater, Cambridge, 1983.
Hambly, Gavin: Asia Central, Madrid, Siglo XXI, 1973.
Irán Sasánida, en www.artehistoria.com/historia
Keall, E. J.: “La situación tras las conquistas de Alejandro”, en Cotterell, Arthur (ed.): Historia de las civilizaciones antiguas, Barcelona, Crítica, 1987.
“La campaña persa del emperador Heraclio”, en De Ars Militaria nro. 12 (http://perso.wanadoo.es/remilitari/ars.htm)
Matthews, J.F.: The Roman Empire of Ammianus, Londres, 1989.
Marcelino, Amiano: Rerum gestarum libri qui supersunt, W. Seyfarth (ed.), 3 vols., Leipzig, 1978.
Millar, Fergus: El imperio romano y sus pueblos limítrofes, Madrid, Siglo XXI, 1979.
“Persian History”, en Encyclopaedia Britannica (tomo 17), Londres, 1968.
Rolfe, J.C. (ed. y trad.): Ammianus Marcellinus (3 vols.). Londres, 1964.
The Cambridge History of Iran. Vol. 3 (The Seleucids, Parthian and Sasanian Periods), ed. E. Yarshater, Cambridge, 1983.
The White Huns – Hephthalites, en www.silk-road.com/artl/heph.shtml
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[1] Los príncipes de Hatra eran árabes que se convirtieron en leales vasallos de los partos. Importante ciudad comercial, Hatra tenía una situación natural ventajosa en tierras semidesérticas que no podían mantener una fuerza enemiga durante mucho tiempo. Resistió el asedio de Trajano en el año 116 y el de Septimio Severo en el 198, a pesar de que en esta última ocasión los romanos consiguieron abrir una brecha en las murallas. Finalmente fue devastada por Ardashir hacia el 240, cuando era aliada de Roma. [2] Estas coronas, que llegaron a ser tan elaboradas y pesadas que ya no se pudieron llevar sino que se suspendieron del techo mediante una cadena, pueden ser identificadas con exactitud por las monedas y han permitido a los expertos atribuir no solo los enormes relieves en la roca a los reyes a quienes pertenecen, sino que también ha hecho posible el fechado de artículos tales como sellos, estucos y los característicos platos sasánidas, donde aparece representado algún rey. [3]Poco se conoce de la vida de Mani. Hijo de familia noble, nació hacia el año 215 y se dio a conocer hacia el 240 en Seleucia o Ctesifonte. Luego fue a la India, donde fundó una comunidad, y regresó a Persia en tiempos de Sapor I. En 1905 se hallaron los fragmentos llamados de Turfan, procedentes de adeptos de Mani, y en 1930 C. Schmit encontró en el-Fayún (Egipto) unos papiros, tres de los cuales pueden considerarse auténticamente obra del propio Mani: El Kephalaia (capítulo del Maestro), La correspondencia y el Libro de los Salmos. Son de capital interés, por su antigüedad y por ser la versión directa de su doctrina, pero que yo sepa no hay una edición crítica de ellos. [4] El emperador Diocleciano, después de hacer la paz con Bahram II, colocó en el trono de Armenia a un protegido romano, Tirídates (288), que le rindió vasallaje. En 296, Narsés cruzó el Tigris y expulsó a Tirídates de Armenia. Galerio, césar de Diocleciano, corrió en auxilio de su protegido, pero se dejó atraer a las llanuras de Carrhae y los persas le infligieron una tremenda derrota. Unidos Galerio y Diocleciano, trajeron tropas del Danubio y emprendieron el desquite: el segundo acampó junto al Eufrates, mientras Galerio avanzó sobre Armenia y derrotó decisivamente a Narsés. [5] Los chionitas se unieron a la campaña que Sapor emprendió contra los romanos en 359; durante el sitio de Amida, murió en combate el hijo de Grumbates, rey de los chionitas. Amiano Marcelino describe como el cuerpo del príncipe huno fue quemado, lo que debió horrorizar a los sasánidas, ya que para los que profesaban la doctrina de Zoroastro la cremación era motivo de anatema. [6] De conformidad con este acuerdo, el pro-romano rey Arsaces (Arshak) recibió la posesión de la parte occidental del país, mientras el pro-persa rey Khusro recibió la parte oriental (denominada por algunos Persarmenia). [7] Esto hizo que Yezdegard fuese tratado de manera muy diferente en las fuentes cristianas y en las fuentes iraníes. Mientras los escritores cristianos alaban su clemencia, las fuentes vinculadas con los magos se refieren a él como "Yezdegar el Pecador". [8] El conocimiento del movimiento mazdakista procede de fuentes extranjeras (especialmente de las crónicas sirias), que nos permiten afirmar que el mazdakismo era una religión dualista desarrollada a partir del maniqueísmo. Según esta nueva doctrina (aparte del énfasis teológico en la diferente naturaleza del bien de la luz y el mal de la oscuridad), el hombre debía observar un comportamiento ascético y solidario. Para impulsar esta nueva actitud moral, Mazdak predicó lo que eran, en esencia, principios comunistas, es decir, que la propiedad –y en esta incluía a las mujeres- debía ser comunitaria. Esta doctrina suscitó hasta tal punto la hostilidad de la nobleza, así como del clero zoroástrico, que Kavad I fue derrocado. Los hechos posteriores son confusos; sin embargo, se sabe que recuperó el trono, y debido probablemente a que los principios idealistas del mazdakismo habían sido desvirtuados (el pillaje y las violaciones estaban a la orden del día), Kavad designó para ocupar el trono a su hijo Cosroes, que era un zoroástrico ortodoxo. [9] La incursión de al-Mondhir, príncipe de los lakhmidas, parece haber estado coordinada con un gran levantamiento samaritano en Palestina, región del Imperio de Oriente que se vio muy afectada. [10] En 532, el Imperio Romano de Oriente y los sasánidas establecieron la llamada "Paz Perpetua". Justiniano pagó generosamente por esta paz: 11.000 libras de oro. Si realmente hubiera sido "perpetua", o por lo menos de duración considerable, habría merecido la pena el precio; pero, apenas ocho años después, Cosroes atacó. [11] La conquista sasánida de Egipto aún presenta algunos puntos oscuros. Primero que nada, hay cierta confusión sobre el general persa que lideró la invasión. Las fuentes dan cuenta de dos personalidades militares: Sharbaraz y Shahin. Varios estudios recientes se inclinan por reconocer al conquistador de Egipto en la persona de Sharbaraz, el mismo que posteriormente ocupará el trono de Persia por pocos días en 630. [12] Teófanes, que compone su crónica a principios del siglo IX, recuerda su riqueza: especias, sederías y tapices, además de oro y plata. Según la leyenda, para el fausto de la corte había en Dastagerd 960 elefantes, 12.000 camellos, 8.000 dromedarios, 6.000 caballos y asnos; 6.000 hombres armados montaban guardia; había 12.000 esclavas y 3.000 doncellas libres, las más hermosas de Asia, 30.000 ricos tapices, 40.000 columnas de plata, 1.000 globos de oro suspendidos de una cúpula que imitaban los movimientos celestes, y otras grandes riquezas en telas, piedras preciosas y perfumes. [13] El Imperio Persa parece desde entonces abatido por su secular adversario. El imperio de los romanos triunfa, y su soberano adopta por primera vez oficialmente el título de basileus, del que la práctica bizantina se había apoderado desde hacía mucho tiempo, pero que en principio correspondía al rey de Persia. Se consumaba así una secular evolución que, en primer lugar, había revestido el poder personal de los símbolos cósmicos tomados de la iconografía y el ceremonial del modelo iranio, y que realzaba, para acabar, su propio título. [14] Aunque la práctica del sacrificio de animales, tan aborrecida por los modernos seguidores de Zoroastro, esta registrada por lo menos hasta el reinado de Yezdegard I (399-420). [15] La tradición asegura que el Avesta se escribió originalmente, durante la vida de Zoroastro, en tinta de oro sobre 12.000 pieles de buey y fue depositado posteriormente en una biblioteca real cerca de Persépolis, donde quedó destruido cuando Alejandro Magno incendió la capital aqueménida. De hecho, el Avesta fue compilado como colección de tradiciones orales a lo largo de muchos siglos y probablemente se escribió por primera vez durante los siglos III y IV de nuestra era, aunque solo se conserva una tercera parte del texto original. [16] Las divisiones tajantes en la sociedad eran normales en el Cercano Oriente y de ningún modo una particularidad de los brahmánicos indios o los zoroastrianos iraníes. Por ejemplo, Estrabón menciona la existencia de cuatro ‘castas’ entre los georgianos: gobernantes, sacerdotes, soldados y gente común. Cuando el zoroastrismo se estableció firmemente en Irán contribuyó a segregar a las clases sociales de acuerdo con la tradición religiosa. [17] Puede apreciarse la distinta forma de combatir que tenían los sasánidas comparada con otros pueblos con los que se enfrentaron los bizantinos: por ejemplo, los turcos otomanos generalmente enviaban contra la vanguardia enemiga infantes reclutados en los países conquistados, para fatigar a aquella, reservando a los sipahis (caballería) y a los jenízaros (unidades escogidas de infantería) para dar el golpe final. [18] El iwan era un gran vestíbulo o salón de tres lados con bóveda de cañón. [19] Hipodamo de Mileto (s. V a.C.) fue un arquitecto y urbanista griego al que se le atribuye la planificación de las ciudades disponiendo las calles de forma que se corten en ángulo recto. En realidad, este sistema urbanístico ya se utilizaba en el siglo VII a.C. [20] No se conocen prácticamente obras arquitectónicas de la época del otro Cosroes, el llamado Anurshirwan. Suele atribuírsele la construcción del gran palacio de Ctesifonte pero, más allá de algunas modificaciones hechas en periodos posteriores, hoy se considera que este es muy anterior. Si se sabe que Cosroes I hizo construir, cerca de Ctesifonte, una ciudad llamada Veh az Antoik Khusro (“la nueva Antioquia de Cosroes”), cuyo plano era una copia fiel de la ciudad siria. |