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TeodoraPor Manuel Vega
En la historia hay seres que asombran y Teodora es uno de ellos. No existe fantasía, por muy exagerada que sea, que pueda competir con el alucinante destino de esta protagonista. Teodora, hija de Acacio, nació en alguna pequeña localidad de la costa asiática de Turquía o de las islas cercanas y como miles de hombres y mujeres en permanente lucha contra la miseria, sus padres y sus dos hermanas, dejaron la aldea natal y marcharon hacia Constantinopla, majestuosa capital del Imperio Bizantino. El centro social de la capital era el Hipódromo, donde se celebraban reñidas carreras de cuadrigas, se efectuaban danzas y se exhibían animales exóticos. Ahí acudió Acacio en busca de trabajo y lo consiguió como guardián de osos de los “Verdes”, una de las dos facciones en las que se dividían los aficionados a las carreras de carros. Acacio murió y su viuda, nuevamente casada, no consiguió que se otorgara a su segundo marido el puesto del primero, a pesar de que así lo exigía la costumbre y la tradición. Ante la posibilidad de caer en una penosa situación económica, la dolorida madre reunió a sus tres hijas, adornó sus cabezas con guirnaldas y flores en las manos para que se las identificara como "suplicantes", irrumpió con ellas en la “Espina”, centro de la pista del Hipódromo, y entre dos carreras, contó sus desgracias, pidiendo a gritos ayuda a los jefes de los Verdes. No la obtuvo de aquellos pero sí de los Azules, que la ayudaron para poner en ridículo a sus rivales, convirtiéndose el padrastro de Teodora en cuidador de osos de la facción que representaba los intereses del partido al cual pertenecía el emperador y la nobleza. Junto con sus hermanas, Teodora, siendo aún muy pequeña deambulaba por los galerías del Hipódromo, conociendo y sufriendo desde su primera infancia las más bajas pasiones humanas. Para que las niñas muy pobres pudieran mejorar su situación, no habían más caminos que el teatro o la prostitución; actividades que, sea dicho de paso, en la Constantinopla de aquella época, estaban íntimamente ligadas. Cuando la mayor de las tres, Comito, llegó a la pubertad, su madre la introdujo en el teatro. Junto a ella, el público se acostumbró a ver a una niña de unos diez años que arrastraba el taburete en el que se sentaba la artista durante sus representaciones. Era Teodora, que de esta manera empezaba a pisar los escenarios. Pronto, empezó a actuar, sin haber alcanzado aún la pubertad. No tocaba la flauta ni el arpa, tenía una figura demacrada y decía mal sus textos, pero gustó, sencillamente porque Teodora tenía personalidad e inteligencia para representar su papel de la mejor manera. Teodora, al hacerse popular, fue invitada de honor en las fiestas llamadas "comunitarias", que organizaban los jóvenes nobles y ricos, no es de extrañar que, con apenas 16 años, Teodora fuera la “artista” mejor pagada y celebrada de Constantinopla. Sin embargo, de sus ingresos debía entregar una generosa cantidad al maestro de danzas de los “Azules”, una especie de comisión. Conoció al gobernador de la provincia africana de Pentápolis y partió con él a tan remoto lugar en calidad de "amante oficial". La experiencia le fue muy penosa y se tradujo en un rotundo fracaso, como fruto de ésta, trajo al mundo una niña que moriría en Pentápolis. Tras sufrimientos indecibles, tomó el camino de vuelta a Constantinopla. Fue en ese trayecto donde se produjo el cambio radical de su vida. Dando tumbos de lecho en lecho, llegó a Alejandría y ahí conoció al hombre que, junto a Justiniano, más influencia tendría en ella. No era, como cabría suponer, un rico libertino, sino un santo hombre de iglesia llamado Severo, ex-patriarca de Antioquia, que fue separado de su alto cargo por defender la herejía monofisita. Severo era hombre de gran sabiduría, primera autoridad en Patrística y doctor en Sagradas Escrituras. Hasta ese santo y eminente personaje llegó Teodora con toda su carga de humanas miserias. Por vez primera la "actriz" podía hablar con un hombre que no deseaba su cuerpo, en él volcó todos sus pecados, humillaciones y sufrimientos, pero también sus ideales, sus ambiciones y sus sueños. Después de tres años de marcha, Teodora llegó por fin a Constantinopla, preparada para encontrarse con su destino. Su amiga Antonina había logrado enamorar al joven y victorioso general Belisario, amigo intimo del sobrino del Justino. Este joven, a quien el emperador había rebautizado Justiniano, de cultura y valor suficientes estaba destinado a ocupar el trono cuando su tío, ya sexagenario, muriera. Desde su regreso, ya no participaba en fiestas ni aceptaba la compañía de hombres. Para sorpresa de toda la ciudad, pasaba los días hilando en una rueca. Aceptó, sin embargo, la invitación de Antonina para conocer a Justiniano, llevado por su amigo Belisario. Justiniano, compendio fiel del bizantino de su época, se enamoró de la actriz a la que decenas y decenas de hombres habían deseado. Aunque hay que convenir que lo imprevisible ocurría frecuentemente en Constantinopla, porque Belisario también se enamoró de la no menos deshonesta Antonina. Para regocijo de todos los que la habían conocido, no pasó mucho tiempo, sin que la antigua actriz fuera elevada a la alta dignidad de patricia. Eso suponía, claro está, que Teodora podía ocupar el palco reservado a las mujeres nobles en el Hipódromo. Atrás quedaba la humillación del día en que fue "suplicante", los tiempos de los subterráneos fétidos y los días que en el teatro tenía que escuchar los más ofensivos improperios. Teodora no podía ser la esposa de Justiniano, puesto que la ley en este punto, era tajante: Las mujeres públicas –prostitutas y artistas del teatro- no podían casarse con nobles patricios. Justiniano, de buen grado hubiese eludido la ley y es de suponer que su complaciente tío el emperador, consentiría en ello, pero la emperatriz Eufemia, de firmes convicciones religiosas y morales, estaba decidida a impedirlo. Justino, por no contrariar a su esposa, negó su consentimiento. Al poco tiempo Eufemia falleció dejando a la pareja el camino libre y sin obstáculos. El mismo año, el emperador Justino "interrumpe" la ley discriminatoria el tiempo suficiente para que su sobrino y Teodora puedan consagrar su unión ante Dios. Tres años más tarde, el emperador decide compartir la pesada carga del gobierno con Justiniano, asociándole al trono y coronándole emperador. Cuatro meses más tarde, fallece Justino y Justiniano, a los 45 años asume todas las atribuciones de "Basileus". Teodora, es convertida a sus 27 años en emperatriz consorte. Pero su historia, como lo pudiera ser en las novelas rosas, no termina con su ascenso al olimpo de las testas coronadas, todavía debe cumplirse su increíble destino. Teodora quería llegar al trono, no para usufructuarlo, sino para "gobernar" junto a su marido. En el año 532, un tumulto sin importancia entre las facciones del hipódromo llevaron al pueblo a la insurrección y al grito de "Nika" Victoria, las turbas se hicieron con el control de Constantinopla, destruyendo a su paso lo que encontraban. Todo parecía perdido para el emperador que solo contaba con un puñado de fieles un puñado de fieles pero sus enemigos eran decenas de miles. Con los principales edificios de Constantinopla quemados en parte por la chusma y a punto de ser tomado el Palacio Sagrado, se celebró una tensa reunión entre Justiniano y los integrantes del Consejo Imperial, del cual formaban parte los jefes militares, los ministros, el patriarca de la ciudad, los jefes de los comerciantes, dos artistas –uno pintor y otro arquitecto- y por primera vez en la historia, la emperatriz Teodora. La mayoría opinaba que el monarca debía abandonar la capital y refugiarse en la costa asiática y, desde allí, intentar la resistencia. A punto de ceder Justiniano y contra la costumbre de que la emperatriz nunca interrumpiera una sesión del consejo Teodora, con voz clara y firme, mirando cara a cara a Justiniano, dijo: “Sobre si está bien visto o no que una mujer se presente ante hombres o se atreva a mostrarse cuando otros vacilan, no creo que sea éste el momento más apropiado, ante la presente crisis, para discutir un punto de vista u otro. Pero cuando una causa corre el máximo peligro hay un solo y verdadero camino a seguir: aprovechar lo máximo posible la situación actual. Creo que en estos momentos la huída es inapropiada, incluso si lleva consigo la salvación. Una vez que un hombre ha nacido a la luz es inevitable que tendrá que enfrentarse con la muerte, pero un emperador no puede soportar el verse convertido en fugitivo. Emperador, si quieres huir en busca de la salvación, te resultará fácil; tenemos dinero en abundancia, a la vista está el mar, aquí están los barcos. Sin embargo, en lo que a mi respecta, aún creo en el viejo proverbio de que la realeza es una excelente mortaja." Humillados por una mujer, los ministros derrotistas enmudecieron y habló el valiente general Belisario, obteniendo la inmediata aprobación de Justiniano para su plan represivo. Según algunos historiadores, más de 20.000 murieron en esa jornada, pero la sublevación fue totalmente vencida y salvado el trono bizantino. Justiniano y Teodora concibieron y realizaron obras arquitectónicas que hasta en la actualidad causa admiración por sus dimensiones y belleza entre ellas, el templo de Santa Sofía, el más bello de la cristiandad. Pero cierto es también que las leyes que promulgó son la base de el derecho actual. En la magna compilación legal de Justiniano, también se puede apreciar la mano, el cerebro y el corazón de Teodora; en especial en el apartado que habla de "la familia y la propiedad privada". Por su directa intervención, los juristas que conformaron el “Corpus Juris Civilis” derogaron la inicua ley que impedía la unión entre artistas o prostitutas con los hombres, fuesen o no nobles, que libremente desearan desposarlas Logró también que se incluyera la persecución del proxenetismo anteriormente protegido por la ley, así como también la declaración de que la prostitución es "un agravio a la dignidad de las mujeres". En contra de lo que todas las anteriores legislaciones establecían, Teodora logró dar fuerza legal al principio de que los hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio tienen los mismos derechos, incluso para ser heredar. Hay que tener en cuenta que esta igualdad se logró en la mayoría de los países durante el siglo XX y Teodora la postuló y llevó a cabo hace más de 1.500 años. Más allá de las leyes, realizó una persistente y eficaz campaña para erradicar la prostitución. Nadie mejor que ella conocía el sufrimiento que engendra. Las prostitutas fueron invitadas a dejar su oficio en el plazo de 3 meses; de no hacerlo, eran recluidas en una residencia llamada "Castillo del Arrepentimiento”. Cuando contraían matrimonio, la emperatriz se encargaba personalmente de concederles una generosa dote. El maltrato a la mujer era común, especialmente por los hombres incultos y de clases bajas. Teodora, cambió radicalmente esta situación. Mujer que llegara hasta el palacio para presentar una queja contra marido, padre o hermano podía tener la seguridad de que sería escuchada y de que el agravio del cual era víctima, no quedaría impune. Los menesterosos tuvieron en ella su mejor aliada, fundo asilos para huérfanos y ancianos, los menores cuyos padres carecían de un patrimonio fueron objeto de sus especiales cuidados, les proporcionó la educación básica y por las mañanas antes de dirigirse a sus lugares de estudio se les suministraban los alimentos necesarios. Teodora, la antigua “actriz” que durante 16 años vivió, reinó y gobernó, junto a uno de los más brillantes emperadores de Bizancio, en el año 548, un cáncer termino con su vida. |