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Teófilo el Justo

Por Procopio

 

Precedentes

En 829 murió tranquilamente en su cama el emperador Miguel II, fundador de la dinastía amoriana. Aunque ascendió al trono mediante el asesinato de su viejo amigo León V, Miguel dio muestras de ser un notable general y un soberano firme. Y sobretodo, dejó como heredero un joven y bien preparado hijo: Teófilo I el Justo.

Mientras su padre fue un analfabeto ignorante del que se burlaban los intelectuales de Constantinopla, Teófilo era un intelectual activo . Nacido en Amorium, patria chica de su familia, había pasado por lo menos los nueve últimos años en Constantinopla, y tuvo como maestro a Juan el Gramático, un sabio iconoclasta que le dio una esmerada educación. También hizo de él un enemigo convencido de las imágenes.

Subida al trono.

Tras la muerte de su padre, Teófilo fue coronado coregente junto con su madrasta Eufrosine, iconódula convencida. La emperatriz, pero, sólo tomó una medida de gobierno: buscar una esposa conveniente a su hijastro.

En 830 acudieron a la capital muchachas casaderas buscadas por todo el Imperio.

En una ceremonia idéntica a la que su abuela Irene celebró para su padre Constantino VI, Eufrosine las dispuso en hilera en un magnífico salón recién construido en el palacio, y el emperador desfiló ante ellas. Tras interrogar a las candidatas, escogió una sensible y hermosa joven llamada Teodora y la premió con una manzana de oro.

Tras las bodas, la madrastra Eufrosine se retiró a un convento para dedicarse al culto a las imágenes. No le preocupaban las tendencias heréticas de su hijastro, pues su nuera era tan iconódula como ella.

No tenemos noticias sobre como eran las relaciones conyugales de Teófilo, aunque sí sabemos que más tarde ordenaría quemar un barco, propiedad de Eufrosine, que se dedicaba al comercio. Tal vez consideraba que las ganancias de este tipo eran indignas de una emperatriz.

Decidido a tener un largo y próspero reinado, el emperador se fijó cuatro objetivos para cumplir su programa: promover la justicia, ganar victorias militares, realizar grandes construcciones y extender la prosperidad económica.

Respecto al primer punto, hizo pública su intención de impartir justicia imparcialmente. Cada semana recorría a caballo la ciudad y inspeccionaría los mercados, momento en el cual cualquier ciudadano por humilde que fuera podía apelar a su juicio. Sus sentencias le ganaron gran renombre popular, pues en el siglo XII la leyenda popular del Timarión lo cita entre los jueces de los muertos en el Hades.

Quizá para cumplir su promesa, Teófilo ordenó ejecutar, para sorpresa de la corte, a los asesinos de León V. Afirmaba que los asesinos de un emperador merecían la muerte, aunque al hacerlo hubieran elevado a su padre al trono. Teófilo al parecer sentía afecto por la figura de su padrino asesinado.

El emperador también empezó una campaña de obras públicas como no se había visto desde Justiniano II: se renovaron las murallas marítimas de Constantinopla y se construyeron iglesias y palacios.

Guerra contra los árabes... y las imágenes

La situación militar exigía atención: el Califato abásida estaba en fase de expansión y el califa Al-Mamun estaba decidido a apoderarse del Imperio. En Sicilia, los árabes de África iban ganando terreno.

Las provincias orientales estaban expuestas a los saqueadores árabes, por lo que el emperador y su doméstico de las Scolae Manuel el Armenio dirigieron su primera campaña, derrotando a los incursores en el thema Armeniaco y Teófilo celebró un triunfo en Constantinopla. Pero los ataques continuaron y en 832 derrotaron al emperador en el thema Anatólico.

Pero si algo enfureció a Teófilo, más que los reveses militares, fue enterarse de que circulaba un panfleto iconófilo que predecía su muerte inminente. Considerándolo traición, el emperador mandó apalear al monje Metodio y al obispo Eutimio de Sardis, que murió de sus heridas. Entre los iconódulos y el gobierno ya sólo cabía la guerra.

En otros frentes el 832 invadió Capadocia, despreciando la oferta de paz de Teófilo. Éste fue derrotado de nuevo. Otra oferta de paz fue rechazada. La situación revestía cierta gravedad pues Al-Mamun no se conformaba con incursiones espurias. En 833 los árabes construyeron una fortaleza en Tyana, en el lado imperial de los montes Tauro, como parte de un plan para conquistar Bizancio a base de ir consolidando avances con fortificaciones hasta llegar a Constantinopla.

Ansioso por conseguir el apoyo divino, Teófilo convocó un concilio de la Iglesia el verano de 833 para reafirmar el sínodo iconoclasta de su héroe León V. Los que se negaron a obedecer acabaron en la cárcel, y los que los auxiliaban eran privados de sus bienes.

Tal vez aquellas medidas tuvieron sus efectos: Al-Mamun murió aquel verano en Capadocia mientras dirigía la que debió ser su campaña definitiva, y su heredero Al-Mutasim debía asegurar su corona, por lo que abandonó Tyana y volvió corriendo a Bagdad. El emperador anunció que Dios le recompensaba por su iconoclastia castigando a sus enemigos.

El invierno de 834 la suerte o la providencia sonrieron de nuevo a Teófilo: 14.000 herejes musulmanes kurdos (los khurramitas) fueron expulsados de los montes Zagros de Persia y se refugiaron en el Imperio. Habían perdido sus familias, muertas o esclavizadas por el califa, y ansiaban venganza.

¡Una importante fuerza de caballería caída del cielo! Teófilo los enroló en el ejército y los convirtió al cristianismo. Fueron distribuidos entre los themas bajo el nombre de el Turma de los Persas, mientras un edicto imperial requería a solteras y viduas de familias militares a casarse con los kurramitas conversos. Teófilo dio ejemplo casando a su cuñada Irene con su líder Nasr, cuyo nombre de bautizo fue Teófobo.

Con estas medidas, las fuerzas del ejército imperial se incrementaban en un sexto.

La producción de moneda y el crecimiento económico.

Ahora bien, toda esa fuerza requería pagas y equipo adicionales, pero por suerte el Imperio estaba en bonanza financiera: las reformas de Nicéforo I y el crecimiento económico de los últimos años habían permitido llenar el tesoro de oro. Oro que Teófilo usó para ampliar el Palacio Imperial con habitaciones llenas de mosaicos y mármoles. Durante esa época se añadió también varios elementos del palacio que luego serían auténticos símbolos de la corte: los leones de oro rugientes del trono y el árbol de oro adornado con pájaros de metal cantarines.

Las visitas al mercado de Teófilo también le convencieron de la necesidad de favorecer los intercambios comerciales: en 835 se lanzó una nueva emisión de moneda de cobre (la más usada por el ciudadano corriente). Estas piezas eran una ventaja para el mercader, pero también para el Estado, pues su mayor tamaño permitía una tasa de cambio con la moneda de oro más favorable. En las nuevas monedas rezaba: “Teófilo Augusto. Tú conquistas”.

Se reanuda la guerra contra los árabes... y las imágenes.

En 835, las fuerzas imperiales sufrieron dos derrotas: una flota enviada a Sicilia fue capturada y el propio emperador fue derrotado en una expedición a la frontera con Cilicia, perdiendo su campamento.

En 836, pero, la fortuna volvió a sonreír al Imperio. 40.000 romanos que vivían en Adrianópolis, capturada por los búlgaros de Krum tras la derrota de Nicéforo en 811 desertaron (o más bien dicho, se repatriaron) al Imperio, transportados por la flota imperial. Cuando los búlgaros atacaron en respuesta, el cuñado de Teófilo, el César Alexius Musele les derrotó tan duramente que pudo reclamar un corredor costero entre Constantinopla y Tesalónica. El tratado de paz entre los dos países de 816 se renovó por diez años más.

El emperador debió creer de nuevo que Dios le favorecía por su iconoclastia, por lo que en 837 lanzó la que sería su mayor expedición militar. Cerca de 70.000 hombres, incluyendo los regimientos tagma (dirigidos por el doméstico de las Scolas, Manuel) y la nueva fuerza de kurramitas de Teófobo, cruzaron el Antitauro. Sozopetra y Arsamosata, fortalezas de la frontera, fueron saqueadas, y Melitene sólo se libró con un tributo y rehenes.

El califa no pudo reaccionar por estar su ejército aún liado con su guerra civil en Persia con los kurramitas. Aquel mismo año muchos de estos kurdos se pasaron también a Bizancio, con lo cual los persas al servicio imperial ya eran 30.000.

Teófilo, que celebró un triunfo en Constantinopla, se sentía en la cima de su poder y prestigio. Aquel año escogió a su maestro Juan el Gramático, iconoclastas convencido, como patriarca, y intensificó su acoso contra los iconódulos, celebrando un concilio en el que fueron anatematizados. Todos los iconos fueron destruidos por orden imperial.

Si el perseguir las imágenes favorecía las armas imperiales estaba por demostrar: la primavera de 838 el califa Mutasim cruzó la frontera con 50.000 hombres con la intención de vengar la derrota del año anterior destruyendo Amorium, lugar de nacimiento del emperador. Rápidamente Teófilo se puso en movimiento con 40.000 hombres, con Teófobo y Manuel a su lado.

En Dazimon, en el thema Armeniaco, se libró la gran batalla. Fue una terrible derrota para el Imperio: los arqueros a caballo turcos del califa destruyeron las fuerzas imperiales y Teófilo fue casi capturado, salvándose sólo por el coraje de Manuel, que perdió la vida defendiéndolo. Por si fuera poco, los kurramitas se rebelaron nombrando emperador a Teófobo.

Teófilo tuvo que volver a toda prisa a Constantinopla para desmentir el rumor de su muerte. Mientras, los árabes saquearon Ancyra y Amorium. Se hizo célebre el martirio de 42 funcionarios imperiales, que se negaron a renunciar a su fe y fueron asesinados. Mutasim, pero, no pudo explotar su triunfo más allá, pues una nueva rebelión le reclamaba en sus dominios, pudo partir, pero, con un gran botín y muchos prisioneros.

La derrota confirmó que la providencia no favorecía especialmente a los iconoclastas, y supuso un mazazo para el joven emperador (recordemos que tenía entonces 25 años sólo). Por aquella época se obsesionó por conocer el futuro. Un primo del patriarca, León el Matemático, se convirtió en el astrólogo de la corte. El propio Juan el Gramático, alquimista y astrólogo a su vez, aconsejaba al emperador. Y el monje Metodio, encarcelado por predecir la muerte del emperador, fue puesto en libertad.

Con todo, la iconoclastia del emperador no disminuía: al enterarse de que su madrastra Eufrosine enseñaba doctrinas iconódulas a sus hijas, prohibió a éstas volver a visitarla. También mandó tatuar versos denunciando su herejía en las frentes de dos monjes iconófilos. Un pintor de imágenes fue encadenado y hasta su cuñado Alexius Musele, que estaba dirigiendo una exitosa campaña en Sicilia cayó en desgracia y fue encarcelado, salvándose sólo por la influencia del patriarca sobre su irascible pupilo.

Pese a éstos y otros casos de destierros de iconódulos, la violencia contra esta tendencia no fue tan grave ni severa como con otros emperadores iconoclastas. Con todo, tampoco se consiguió desarraigarlos del Imperio.

Mayor éxito se registró contra la herejía pauliciana, instalada en el este de Anatolia y dispuesta a recurrir a la violencia para defenderse. Teófilo los contuvo, pero sería Basilio I el Macedonio quien acabaría con ellos completamente.

Reformas y mejoras.

Teófilo se fue recuperando de su depresión y volvió a asumir sus deberes. En 839 volvió al ataque en la frontera, rodeando a los rebeldes kurramitas en Sinope. Los persas fueron distribuidos entre Anatolia y los Balcanes en turmas de 2.000 hombres, con lo cual se reforzó la seguridad de las provincias.

De esta época datan también las importantes reformas administrativas de Teófilo: la creación de los nuevos distritos conocidos como los cleisurae (pasos de montaña) con 2000 persas cada uno. Los arcontados de Dyrrachium y Querson recibieron también refuerzos y la categoría de thema, expandiendo su territorio. Es de suponer que el fortalecimiento de Querson, en Crimea, respondía a la creciente amenaza de los rusos.

La distribución de los persas también supuso una reorganización de los efectivos militares: la unidad base del ejército provincial, el drungi de 1.000 hombres, se dividió en 5 bandas de 200 hombres (50 de caballería, 150 de infantería), cada una al mando de un conde. Estas unidades eran mucho más fáciles de reunir para contrarrestar las incursiones anuales de los árabes, que ya eran una costumbre.

La otra principal mejora fue de cualidad de las tropas. El sueldo de los soldados, no aumentado desde 662, fue aumentado a un nomisma por año por cada año de servicio, hasta un máximo de 12. Esto permetía a los hombres mejorar su equipo (que corría a su costa), su situación y su moral notablemente.

Este proceso de reforma y modernización, desarrollado a un coste notable, dio pronto sus frutos. En 840 los árabes invadieron Capadocia, siendo derrotados duramente por los persas allí acantonados. Teófilo convirtió esta cleisura en un thema como recompensa. En 841 los árabes atacaron de nuevo esta región, pero las fuerzas locales no sólo les vencieron, sino que les persiguieron hasta Cilicia, volviéndolos a derrotar allí.

Éste verano, los árabes volvieron al asalto en la cleisura de Carsianum, pero los romanos les infringieron un nuevo revés, y de nuevo los persiguieron, llegando a saquear Adata y Germanicea. No sólo en la frontera oriental el “nuevo ejército” demostró su valía: cuando los piratas de Creta desembarcaron en Mileto, en el thema Tracense, la milicia provincial cayó sobre ellos como un rayo y les aniquió completamente.

Nunca, en sus doscientos años de existencia, los ejércitos de los themas se habían defendido con tal éxito. Todas esas mejoras demuestran que el emperador no destacaba especialmente como táctico, pero sí como estratega a largo plazo, sabiendo detectar los puntos débiles del ejército y la administración y remediándolos debidamente.

Otro aspecto de las reformas que no cabe ignorar fueron las académicas. Teófilo, que había recibido una importante educación y era mecenas de artistas y arquitectos, reorganizó la universidad de Constantinopla, clausurada por León III. Bajo la dirección de León el Matemático (conocido por su saber hasta en Bagdad, desde donde el califa mandó un esclavo para que fuera su discípulo), ésta se convirtió en un destacado núcleo del mundo intelectual del siglo IX, y sirvió de base al renacimiento cultural del periodo macedónico.

La diplomacia imperial.

Ahora referiremos las principales embajadas y alianzas que acordó Teófilo durante su reinado.

En 833, una delegación imperial comunicó al emperador franco Luís el Piadoso el acceso al trono de Teófilo. En 835 se mandó otra, destinada a conseguir el apoyo de los francos contra los árabes de Occidente.

En 838, en el inicio de las grandes campañas del califato, tres embajadas partieron a Occidente: la primera, con destino de nuevo a Luís el Piadoso, tuvo poco éxito por que los francos no estaban en condiciones de prestar apoyo. La segunda dirigida a Venecia consiguió un resultado más tangible. Los venecianos, temiendo la amenaza de los árabes de Sicilia, mandaron una flota a Tarento, que fue derrotada completamente.

La tercera embajada contactó con el emirato omeya de Córdoba, enemigo tradicional de los abásidas de Bagdad. Abdderramán II recibió la sugerencia de recuperar los territorios orientales del califato y expulsar a los piratas andaluces de Creta con escepticismo, pero acogió con interés la embajada, mandándola de regreso con ricos presentes y su propio emisario personal, Yazid.

La alianza entre omeyas y bizantinos daría resultados más adelante, pero fue Teófilo quien sentó el primer precedente.

Mucho mayor éxito tuvo Teófilo en Oriente: el khan de los kázaros, aliado del Imperio, consiguió que una expedición bizantina se trasladara hasta el río Don, donde construyeron la fortaleza de Sarcel. Esta ayuda dio mayor fuerza a su colaboración militar contra los árabes. Teófilo también mantuvo contactos amistosos con los pueblos de las estepas rusas, que como dijimos, eran una amenaza potencial para la provincia de Querson y las rutas comerciales al norte del mar Negro

El fin

Teófilo no pudo saborear mucho tiempo sus éxitos, pues su salud se había deteriorado hasta tal punto que ya no podía dirigir de nuevo sus tropas. A principios de 842, sabiendo que iba a morir de disentería, tomó medidas para asegurar la sucesión de su único hijo varón, Miguel. Su cuñado Alejo Musele se había retirado a un monasterio, por lo que ya no era una amenaza. Su otro cuñado, el traidor persa Teófobo fue ejecutado en secreto.

Estando cerca el fin, Teófilo el Justo exhortó a sus oficiales a defender a su mujer Teodora como regente de su hijo Miguel, muriendo poco antes de cumplir su vigésimo noveno cumpleaños.

Conclusiones

De Teófilo el Justo afirma Ostrogorsky que no tuvo un reinado relevante, pero sí una personalidad interesante. ¿Es acertado este juicio? Lo cierto es que su reinado no presenta ninguna victoria espectacular, como las que él mismo hubiera deseado. Si bien ganó algunas batallas y perdió otras, tal vez el balance sea algo negativo en el punto de vista militar.

En todo caso, el triunfo de Teófilo no lo obtuvo en la gloria fugaz del campo de batalla, sinó en el día a día de reflexión y planificación de la tarea de gobierno. Su organización del Imperio aseguró la defensa de las fronteras, poniendo a punto el ejército para lanzarse a la ofensiva por fin, mientras que su emisión de moneda contribuyó a expandir la economía mercantil. La universidad de Constantinopla era ahora capaz de competir con la mismísima Bagdad, y la capital resplandecía con sus nuevos palacios y iglesias.

Estos son, creo, una lista de éxitos importantes para un joven que heredó la corona con 16 años y murió con apenas 29. De haber vivido más tiempo, sólo podremos especular sobre lo que hubiera conseguido.

Con el corto reinado de Teófilo, se puede decir que el Imperio dejaba atrás su lucha por la supervivencia contra las árabes y las luchas iconoclastas y estaba preparado para empezar la Edad de Oro macedónica.

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