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El autor y las circunstancias de la obra
Las primeras señales de peligro
La conquista de la ciudad de Tesalónica en julio de 904 por parte de una armada árabe sería uno más entre tantos episodios similares a lo largo de la historia del Imperio Bizantino de no haberse conservado para la posteridad el testimonio escrito de uno de los supervivientes. La obra de Juan Cameniates es una excepción dentro de la literatura bizantina: escrita por un particular, alejada de cualquier círculo palaciego y por tanto no preocupada por satisfacer ningún tipo de patronazgo, tiene como único objetivo plasmar en el papel la tragedia colectiva que se abatió sobre los ciudadanos de Tesalónica tras el brutal asalto. Pero es a la vez también el reflejo de una dolorosa vivencia personal, pues la narración de los hechos externos está vinculada al sufrimiento que experimentó el propio autor, que se vio separado de parte de su familia y perdió a su padre y a uno de sus hijos mientras penaba en el cautiverio. La suma de ambas perspectivas confiere a este documento un valor humano e histórico muy estimable, y nos lleva a conocer muy de primera mano las singularidades de una gran ciudad de provincias en los comienzos del siglo X.
Juan Cameniates es un personaje conocido sólo por su obra sobre la captura de Constantinopla y en ella aporta pocos datos biográficos. Se sabe que era un clérigo, un anagnostes (lector), al servicio de la iglesia de San Demetrio en la que desempeñaba la función de chambelán de la casa del obispo, sabemos también que estaba casado y tenía tres hijos pequeños. Su padre y hermanos también detentaban puestos entre el personal de San Demetrio. En definitiva era Cameniates un hombre bien establecido, con cultura y unos medios de vida apropiados para llevar una vida plácida en una tranquila, aunque importante, ciudad de provincias. Tras la toma de la ciudad y su captura es transportado a Siria donde conoce fortuitamente a un tal Gregorio el Capadocio, personaje del cual no se conoce el rango pero que, a juzgar por el tratamiento que le dispensa Cameniates, debía ser hombre de calidad y perteneciente también al estamento eclesiástico. El encuentro con este personaje tuvo lugar poco después de la llegada de Cameniates como prisionero a Trípoli de Siria, a mediados de septiembre de 904. Gregorio formaba parte de un grupo de cautivos de paso por Trípoli y en ruta a Antioquía. Tras un primer contacto con Cameniates se vio conmovido por la tragedia personal de su interlocutor y un par de semanas después, quizá a mediados de octubre Cameniates recibió una carta suya en la que le pedía información sobre Tesalónica, los hechos que allí habían sucedido, así como su propia historia personal. La contestación de éste es el documento sobre el que se centra esta historia.
Poco después de la recepción de esa carta Cameniates y su gente fueron enviados a Tarso para esperar el resultado del canje de prisioneros. Dicho intercambio tuvo lugar en septiembre de 905, por lo que el período de mediados de octubre de 904- finales de septiembre de 905 es el marco temporal para la composición de esta obra, que es tanto la narración de un suceso histórico como la confesión de una desgarradora tragedia personal.
Juan Cameniates, atendiendo a los ruegos de Gregorio de Capadocia, que deseaba conocer más sobre la ciudad de su colega en la desgracia, realiza una evocadora y entusiasta descripción de su ciudad a través de la cual podemos conocer de primera mano detalles de interés sobre Tesalónica y su área de influencia a comienzos del siglo X.
La ciudad se honra por el culto de los santos Pablo y Demetrio, que allí moraron y extendieron su mensaje. Particularmente importante es el culto a éste último, cuyas reliquias exudaban aceite fragante (Myrobletes) y que durante toda la historia de la ciudad había prestado su protección salvándola del asedio de los bárbaros, particularmente de los eslavos.
Tesalónica es una urbe de grandes proporciones, con un recinto amurallado y fortificaciones para una población estimada, en los tiempos de su captura, en unos 100.000 habitantes (cálculo realizado a partir de los cautivos tomados en el asalto). Hacia el sur su proximidad al mar y un puerto de aguas profundas permitía el acceso a un nutrido comercio marítimo con el resto del Imperio. A ello ayudaba la conformación del lugar, con un promontorio llamado “El muelle” (el cabo Embolon) que formaba un ángulo y daba lugar a una bahía natural como abrigo de las embarcaciones que en Tesalónica recalaban.
Por el norte el terreno se encrespaba y una serie de cadenas montañosas provocaban que parte de la ciudad estuviese edificada sobre colinas. Las condiciones eran mucho más favorables hacia el este y el oeste, donde una serie de fértiles e irrigadas llanuras favorecían una rica actividad agraria y forestal en la que los viñedos eran un elemento esencial. Al este los lagos Koronea y Volvi aportaban abundantes pesquerías y en sus orillas pacía el ganado y la caza. Al oeste de la ciudad estaba la zona más bella, con viñedos y jardines en un paisaje poblado de residencias y pequeños monasterios. A partir de ahí la llanura se extendía dedicada a uso agrícola hasta las proximidades de la ciudad de Beroia. Era en esta zona donde radicaban numerosos poblados donde vivían comunidades eslavas, entre las que destacaban los Drugubitas y los Sagudatos, que pagaban tributo a Tesalónica aunque otras en cambio dependían de los búlgaros, ya que la frontera no estaba muy lejos de allí. Esta situación no impedía unas relaciones comerciales muy activas, generalmente en términos amistosos, y Cameniates resalta que la política de buena vecindad por ambas partes era una costumbre establecida desde mucho tiempo atrás, rota sólo por las periódicas hostilidades entre Bizancio y Bulgaria como las que habían tenido lugar en los años inmediatamente anteriores a este momento.
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Por lo que respecta a la ciudad misma la parte de las murallas que daba a tierra estaba bien fortificada con un conjunto de parapetos reforzados con torres, sin embargo, como se pondrá trágicamente de manifiesto durante el relato, las murallas que daban al mar estaban en muy mal estado ya que la opinión generalizada era que la ciudad no podía sufrir ninguna amenaza por esa parte. De hecho había sufrido ya repetidos asaltos a manos de avaros y eslavos durante los últimos trescientos años, asaltos que habían sido exitosamente repelidos y que habían llevado a arraigar en la población la seguridad de la protección que San Demetrio otorgaba a su ciudad.
Tesalónica basaba su prosperidad en el activo comercio con las comarcas circundantes y especialmente con Bulgaria. Contribuía a ello el paso de la Via Egnatia a través de la urbe lo que atraía una incesante afluencia de mercaderes que allí se detenían y realizaban sus negocios y transacciones. Otras rutas importantes que tenían a la ciudad como centro eran la de Vardar-Moravia-Belgrado y la de Anfípolis-Sofía-Danubio como conexiones con la región balcánica y el reino búgaro.
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Debido a la condición de mercado de intercambio internacional Tesalónica había sido provista por el gobierno central de oficinas y almacenes de aduanas gestionadas por los kommerkiarioi, oficiales que regulaban la vida económica de la ciudad. Una de sus principales tareas era recaudar el kommerkion, tasa de aduana del 10% sobre importaciones y exportaciones. En esta época se añadían además abydikoi y vardarioi, los primeros oficiales de la aduana portuaria y los segundos encargados del tráfico por las vías fluviales.
Nos dice Cameniates que el oro, plata y piedras preciosas abundaban en la ciudad, y que había tanta producción de vestiduras de seda como de lana. Además eran productos comunes el bronce, hierro, estaño, plomo y el cristal, materias todas que daban trabajo a un ingente número de artesanos. El mercado de Tesalónica tenía su gran cita anual con la feria del 26 de octubre, la festividad de San Demetrio, que atraía a muchedumbres de comerciantes y mercaderes de todo el Imperio. El cliente natural era Bulgaria y el sistema utilizado el trueque. Los búlgaros aportaban materias primas: pieles, miel, lino y esclavos, a cambio de las manufacturas y productos de lujo que Bizancio producía en abundancia.
Tanta prosperidad material no estaba reñida con los intereses espirituales. Florecían las escuelas y grandes iglesias adornaban la ciudad. Entre ellas destacaban la de Hagia Sofia, la Theotokos y por supuesto la de San Demetrio. Todas ellas albergaban suntuosas procesiones los días de fiesta y congregaban a multitudes de fieles en los oficios asistidos por una muchedumbre de lectores, diáconos y músicos que con sus himnos y salmos aportaban una brillantez sin par a las celebraciones religiosas.
Este idílico panorama, en opinión de Cameniates, derivó en la horrible suerte que padeció la ciudad por causa del alejamiento de la población del temor de Dios. El apego a los bienes terrenales y la suma de todos los vicios alejaron el favor divino y favorecieron la llegada del terrible bárbaro.
En un análisis más objetivo de la situación se puede observar que, desde finales del siglo IX, las flotas árabes de Creta y Siria habían comenzado a atacar metódicamente las costas del Mar Egeo y sus regiones litorales y se acercaban paulatinamente a Tesalónica, que podía considerarse con justicia como un objetivo muy atrayente. Ya en 893 la isla de Samos, sede del Thema del mismo nombre, había sido atacada y su strategos, Constantino Paspalas, hecho prisionero. El imperio tuvo un pequeño respiro en 900 cuando la flota de Tarso, que contaba entre sus naves con 50 enormes galeras que eran la admiración de los contemporáneos, fue mandada quemar por el califa Mutadid en represalia por el espíritu excesivamente independiente de su gobernador. Pero otros pronto estuvieron dispuestos a ocupar su lugar en el asedio a las ricas presas romanas. En 902 la vecina ciudad de Demetrias había sido saqueada por el renegado Damián. Al año siguiente le tocó el turno a Lemnos. Una creciente masa de refugiados fue acudiendo a la ciudad, lo que en opinión del autor, provocó un descenso de la moralidad pública, desorden en las costumbres y alteración social. El terremoto que había sacudido en 900 a Beroia y los subsiguientes ataques árabes fueron interpretados por Cameniates como un aviso divino, que fue desoído por la ceguera de los tesalonicenses condenados ya a padecer una dura retribución por sus pecados.
En medio de este clima de incertidumbre, en el verano de 904, llegó a la ciudad el protospatharios Petronas, un enviado del Emperador León VI con noticias urgentes sobre la llegada inminente de una flota árabe. El mensajeró urgió a las autoridades para que realizasen todos los preparativos de defensa posibles y poner a la ciudad en pie de guerra lo antes posible. Comunicó que por informaciones provenientes de fugitivos se conocían los planes de los árabes y que ahora el objetivo principal era el ataque a Tesalónica, ya que los piratas habían llegado a saber que el estado de las murallas costeras era muy deficiente y que sería una presa fácil para un asalto por mar.
Se trataba de la flota comandada por el temible pirata Léon de Trípoli, un renegado bizantino proveniente de Atalia, posiblemente de origen mardaíta, y que había sido capturado muy joven por el almirante Zurafa. Creció educándose en la táctica naval y llegó a alcanzar el mando de la flota siria en 903. Aprovechando el presente estado de guerra entre Bizancio y Bulgaria había planeado atacar por mar Constantinopla, para lo que puso rumbo al Helesponto conduciendo una flota de 54 galeras en los últimos días de junio de 904. La flota imperial al mando del drungarios ton ploïmon Eustacio Argiro se encontró con ella allí, pero retrocedió y regresó a la capital sin llegar a las manos. Los árabes entraron entonces en el Helesponto y capturaron la ciudad de Abidos. Siguieron luego hacia la Propóntide y se apoderaron del puerto de Parion, a la entrada del Mar de Mármara, pero entonces León repentinamente ordenó que la flota diese la vuelta y se dirigió hacia Tesalónica tras una breve parada en Tasos.
En opinión de algunos autores León estaba en contacto con los integrantes de una conspiración contra el basileus que contaba entre sus miembros con representantes de las familias aristocráticas más influyentes del momento. Eran éstos nada menos que Andrónico Ducas y el propio Eustacio Argiro y contaban con el asesoramiento del patriarca Nicolás Mystikos. Cuando León VI retiró el mando de la flota a Argiro para concedérselo a Himerio, un pariente de Zoe Carbonopsina, eliminó el ploïmon como un factor decisivo en la conjura e hizo desistir al socio árabe que procedió a retirarse.
La flota bizantina al mando de su nuevo comandante se lanzó en busca de la armada pirata intentando reunir información sobre su paradero. En Abidos se les informó de que los árabes regresaban a Siria. De cualquier forma Himerio siguió adelante hasta alcanzar Strobylos en el Thema de los Kybirreotas, al norte de la isla de Cos, donde descubrió que los informes no eran exactos por lo que cambió el rumbo y repasó la ruta que le había llevado a Imbros, Samotracia y Thasos. En esta isla estableció contacto con la flota pirata pero, ante su inferioridad numérica, mantuvo sus barcos a distancia y finalmente se retiró. Es casi seguro que Himerio debió emprender la búsqueda sólo con una fracción de la flota imperial, dejando la mayor parte de los navíos en la capital para protegerla de otro intento semejante. Ante la falta de oposición por parte de los imperiales León pudo llevar tranquilamente sus barcos frente a la península de Calcídica y entrar en el golfo de Salónica en ruta hacia su objetivo final.
La llegada de estas noticias provocó el pánico en Tesalónica. Tras los primeros momentos de confusión comenzaron los preparativos de defensa aunque la falta de experiencia militar de los ciudadanos era causa de la mayor de las preocupaciones. Más grave todavía, como nos cuenta Cameniates:
“Pero lo peor de todo era el mal estado de la muralla lo que hacía que nuestros corazones se hundiesen en la desesperación.”
Así pues las autoridades decidieron que la prioridad era el refuerzo del muro, sin embargo Petronas propuso una estrategia alternativa, debido a la carencia de tiempo disponible. Su consejo fue echar mano de las numerosas lápidas de los cementerios paganos en las zonas este y oeste de la ciudad y disponerlas como una barrera submarina aprovechando la marea baja para crear un obstáculo infranqueable para las galeras enemigas de modo que no pudieran acercarse a los puntos más débiles. Así se acordó y los trabajos comenzaron de inmediato progresando a buen ritmo hasta cubrir la mitad de la zona amenazada.
En ese momento llegó a la ciudad un nuevo enviado imperial con la misión de reemplazar a Petronas y hacerse cargo de la defensa de la región. Se trataba del strategos León Chitzilakes. De inmediato ordenó la detención de las obras submarinas y la vuelta al propósito inicial de reforzamiento de la muralla. Desgraciadamente la extensión de los muros y la escasez de tiempo impidieron que las obras pudieran llevarse a término adecuadamente. La población era plenamente consciente de ello ante las noticias cada vez más alarmantes sobre la próxima llegada de la flota pirata. No quedaba ante ellos ninguna resistencia organizada que les pudiera retrasar debido a que las islas cercanas habían sido ya saqueadas y sus habitantes huido o capturados. Los rumores hablaban de que la armada estaba compuesta por cincuenta y cuatro barcos, todos ellos de gran porte, tripulados por una masa de fanáticos salvajes sirios y africanos.
Esta noticia fue confirmada por otro recién llegado, el strategos Nicetas enviado para colaborar en la defensa de la ciudad. Al acudir de inmediato a conferenciar con su colega, que estaba supervisando las obras en la orilla, se produjo un incidente que empeoró todavía más el estado de las cosas. Cuando ambos se disponían a abrazarse, por ser viejos conocidos, los caballos sobre los que estaban montados se encabritaron y Chitzilakes llevó la peor parte al caer de mala forma al suelo y fracturarse el fémur y la pelvis. Llevado por su escolta en medio de grandes dolores a su residencia quedó inhabilitado para una conducción efectiva de las operaciones de defensa, que quedaron ahora a cargo de Nicetas en solitario.
Las obras siguieron adelante con la erección de unas torres de madera en la zona de la muralla en peor estado. Pero esta era una solución muy deficiente y Nicetas era consciente de ello. Hacía falta más ayuda y la solución podría estar en los eslavos vecinos, tanto los que estaban sometidos a tributo como los que servían con el strategos de Strymon. Unos y otros habían sido ya reclamados a la ciudad pues se confiaba mucho en sus habilidades como arqueros para oponer una resistencia efectiva a los atacantes. Desgraciadamente los frenéticos requerimientos de ayuda fueron desoídos y sólo aparecieron un escaso número de campesinos mal armados e inexpertos. Cameniates nos habla de los enfrentamientos con el strategos de Strymon y acusa a éste de abandono y traición por su renuencia a enviar una ayuda efectiva a la ciudad.
Abandonados a sus fuerzas la población recurrió al Santo Patrono por medio de procesiones para implorar su favor en las horas de prueba que se avecinaban. En medio de estos actos, al alba del 29 de julio, llegó la noticia más temida, los centinelas acababan de avistar la flota árabe acercándose al cabo Embolon. En medio de la confusión y el pánico general los defensores se armaron apresuradamente y corrieron a la muralla para ver ante ellos la flota desplegada a toda vela y aproximándose a la orilla. Los barcos procedieron a desplegarse y echar calmosamente el ancla mientras analizaban la disposición de la defensa y la mejor manera de preparar el ataque.
En esos momentos se vio a León de Trípoli recorrer con su nave todo el frente de la flota. León era ya muy conocido en el Imperio y su fama de ferocidad le había precedido. Cameniates dedica un amplio espacio a hacerse eco de la impiedad de sus actos y lamentar sus continuos crímenes contra los cristianos.
La entrada de la bahía estaba obstruida por una cadena de hierro y por los cascos de varios barcos hundidos, así que León decidió elegir como puntos de ataque aquellas zonas en las que no se detectaban bloques hundidos de piedra como los que se habían situado anteriormente la observación del campo de batalla. Optó finalmente por un punto de la muralla particularmente bajo y con profundidad suficiente para permitir el acceso de las embarcaciones, y una vez decidido regresó con la flota y dio la orden de ataque. De inmediato los navíos más próximos se dirigieron hacia el punto indicado remando con furia y atronando el aire con sus salvajes rugidos y sus tambores de guerra intentando atemorizar a los defensores. La respuesta en la muralla fue contestar haciendo todavía más ruido e invocando la ayuda de la Santa Cruz en su favor. El inmenso fragor resultante intimidó inicialmente a los atacantes, que dudaron durante un momento, considerando que debía ser un gran número de defensores los que producían tal estrépito. Una vez superado esta vacilación momentánea comenzaron a arrojar sobre las murallas una lluvia incesante de proyectiles para proteger su avance hacia los muros. Los tesalonicenses respondieron de igual modo, usando con gran provecho sus arcos y destacando especialmente en esta tarea los eslavos reunidos de las regiones cercanas y que aquí emplearon sus armas sin desperdiciar un solo tiro.
Mientras la lucha a distancia se mantenía indecisa un grupo de asaltantes saltó de las embarcaciones provistos de escalas de madera y vadearon la distancia que les separaba del muro protegiéndose de los tiros manteniendo sus escudos por encima de la cabeza. Nada más llegar a tierra posaron la escala contra el muro e iniciaron la subida pero sufrieron una descarga de piedras y fueron abatidos de inmediato. Ello provocó un momento de pausa en el combate y la flota pirata optó a continuación por mantener la presión desde larga distancia bombardeando incesantemente las posiciones en los muros. Se produjo así un acalorado intercambio por cuanto las máquinas lanzapiedras petroboloi en las murallas conseguían también apuntarse numerosos aciertos.
En estos momentos del combate la moral entre la defensa era alta y ello fue aprovechado por Nicetas para animar a los ciudadanos a realizar mayores esfuerzos para ganar el día. En esta tarea se le unió el dolorido strategos León, que acudió a la muralla montado a la amazona en una mula para ofrecer también su apoyo. Para reforzar sus palabras dio órdenes a los soldados más escogidos de su séquito para que se desplegaran en los puntos más débiles de la muralla para que fueran con su ejemplo un modelo para el resto de los defensores.
Durante ese día la flota pirata atacó en varias ocasiones, pero en todas ellas fueron rechazados los intentos con pérdidas. En un momento dado el buque insignia alzó una señal para suspender las operaciones en el mar y todos los barcos echaron el ancla frente a una pequeña llanura al este de la ciudad. En ese punto organizaron el desembarco y comenzaron a acribillar con sus proyectiles la zona de la muralla donde se sitúa la Puerta de Roma, cercana al mar. Esos intercambios se sucedieron hasta bien entrada la noche y luego se retiraron a las embarcaciones.
El cese momentáneo de los combates no supuso un respiro para los defensores, que tuvieron que afanarse en reparar los daños causados en las murallas mientras en el ambiente flotaba el temor constante a un ataque nocturno por sorpresa.
Al alba del 30 de julio los generales se apresuraron a poner en alerta de nuevo el dispositivo de defensa, casi de inmediato los bárbaros atacaron de nuevo desembarcando y aproximándose al sector de la muralla que habían batido el día anterior. Esta vez realizaron un asalto en toda regla con descargas incesantes de flechas y piedras y apoyados en siete máquinas petroboloi lanzapiedras fuertemente protegidas que habían transportado hasta el lugar y que habían sido armadas durante el trayecto desde Thasos.
Una vez aclarada la muralla apoyaron escalas de madera e intentaron subir por el muro protegidos por los disparos constantes desde su retaguardia que hacían imposible a los defensores asomar la cabeza y oponerse al ataque. En este momento crítico unos arrojados defensores atacaron con sus lanzas a los primeros asaltantes que ya estaban en la cima y los expulsaron al tiempo que derribaban la escala. Ante esto los atacantes optaron por retirarse dejando allí la escalera ante el regocijo y la burla de los defensores. Durante un tiempo continuó el intercambio de disparos por uno y otro lado hasta que al mediodía los asaltantes se decidieron por el ataque en masa. Protegidos por los escudos y agrupados en líneas compactas avanzaron conduciendo carros cargados con materias inflamables, los arrojaron contra las puertas y les prendieron fuego. Pronto las puertas de hierro se pusieron al rojo vivo y se colapsaron, provocando el pánico entre la población al propagarse la noticia por toda la ciudad. Entretanto en las murallas los defensores se apresuraron a proteger las puertas internas una vez que las exteriores habían sido destruidas. Para prevenir la repetición de lo ocurrido dispusieron grandes recipientes con agua en las cercanías y mantuvieron la vigilancia para conocer con tiempo el siguiente movimiento del enemigo. Advertidos de ello los bárbaros desistieron por el momento de lanzar un segundo ataque sobre las puertas y se contentaron con mantener un incesante bombardeo con arcos y grandes piedras durante el resto del día.
Con el descanso de la noche los asaltantes se retiraron a los barcos y comenzaron una nueva fase del ataque. Encendiendo lámparas a lo largo de toda la línea de barcos emparejaron las galeras sujetándolas entre si fuertemente con cables y cadenas de hierro. Una vez aseguradas procedieron a levantar estructuras de madera entre el velamen que sobrepasaban en altura las murallas de la parte de la ciudad que daba al mar y allí subieron los guerreros más escogidos preparados para el asalto final.
Así dispuestos, en la madrugada del 31 de julio, los navíos fueron aproximándose a la costa y cuando estuvieron a corta distancia de la muralla los atacantes comenzaron a barrer la muralla lanzando flechas, piedras, y vasijas de material inflamable, apoyados además por el fuego griego que arrojaban las galeras desde sus sifones. Sólo una pequeña parte de los defensores mantuvo la presencia de ánimo e intentó resistir el asalto lanzando a su vez tinajas con brea, cal viva y otras sustancias contra los barcos. El resto saltó de la muralla y se desperdigó entre las callejuelas de la ciudad en medio de la confusión y el terror buscando el refugio de la acrópolis. Finalmente cuando las últimas sombras de la noche empezaban a disiparse se produjo el choque final. Las parejas de navíos fueron tanteando en busca de los puntos más débiles hasta que en un momento dado encontraron la brecha aniquilando a los defensores en un punto de la muralla. Un asaltante sudanés saltó a tierra y armado con su espada exploró los alrededores para asegurarse de que la huida de los defensores había sido real y no se trataba de una emboscada. Ello detuvo durante un rato a los asaltantes, pero hacia las nueve de la mañana ya se podían ver los reflejos de sus espadas destellando a lo largo de todo el lienzo marítimo de Tesalónica. En ese momento el pánico ya se había adueñado de la ciudad y los piratas procedieron a desembarcar en masa, subir a las murallas y quemar las puertas como señal de que el ataque había tenido éxito.
En los siguientes momentos una masa de sanguinarios asaltantes vestidos sólo con taparrabos y armados con espadas empezaron a invadir la ciudad empezando por las calles más cercanas al puerto. Pronto comenzaron a ensañarse con la población, asesinando a todos aquellos que encontraban sin perdonar a mujeres, ancianos ni a niños.
Los tesalonicenses mientras tanto intentaban encontrar su salvación en cualquier parte, presas de la mayor de las confusiones: los padres perdían a sus hijos, los esposos abandonaban a sus mujeres, y éstas abandonaban la protección del hogar y vagaban desesperadas por las calles, monjes de ambos sexos dejaban atrás sus celdas y erraban perdidos en medio de dolorosos lamentos. Unos volvían a sus casas, otros vigilaban esperando ver aparecer a los bárbaros, algunos buscaban refugio en las iglesias, había quienes se lanzaban hacia las puertas intentando encontrar la salida de la ciudad. No faltaba quien pretendía subir a las murallas intentando saltar desde allí a la salvación. Y muchos simplemente se quedaron esperando el golpe de gracia fatal, sin fuerzas ni ánimo para intentar la huida o se arrojaron desde las murallas buscando una muerte rápida.
La matanza indiscriminada comenzó tan pronto los asaltantes se dispersaron por la ciudad y Cameniates resalta el salvajismo con el que fueron tratadas las víctimas. Una gran multitud de ciudadanos intentó la huida hacia la acrópolis y el barrio del Santo David, en una zona con gran abundancia de monasterios, mientras que otros se dirigieron a las dos puertas de la ciudad que miraban al Oeste, pero allí les esperaban ya los bárbaros y una gran carnicería se produjo en la Puerta Dorada en la que fueron acuchillados sin piedad todos aquellos que intentaron la salida. En la otra salida, la Puerta Litea, tuvo lugar la misma macabra escena. Las puertas que daban al mar estaban ya en poder de los asaltantes y en la zona este, la única que se había mantenido tras resistir los asaltos terrestres del día anterior, los defensores, presas de la confusión, se desbandaron y corrieron al interior de la ciudad. Sólo consiguieron escapar los que saltaron desde los muros en el extremo oeste del puerto o aquellos que, antes del asalto, se deslizaron subrepticiamente por la puerta cercana a la acrópolis. Éste fue el caso de los líderes de los eslavos que habían preparado con antelación esta posibilidad reteniendo las llaves de la puerta. En la precipitación de su huida se preocuparon sólo de montar en sus caballos y de cerrar la salida para evitar su persecución, condenando con ello a la muerte o el cautiverio a centenares de ciudadanos que intentaron la salida por ese punto. En el momento de su huida declararon que no escapaban, sino que iban en busca de refuerzos a la zona del Strymon obedeciendo órdenes de su strategos.
En esos terribles momentos Cameniates, acompañado de su padre y sus dos hermanos, se encontraba entre la multitud congregada en ese lugar. Viendo que la salida era imposible optaron por dispersarse y correr buscando un refugio de nuevo en la ciudad. A la vista de la situación decidieron no mezclarse con la turbamulta y buscar escondite en una de las torres que se elevaban sobre el muro interno pensando en la posibilidad de escapar de los primeros momentos del contacto con los bárbaros y ganar tiempo para negociar un rescate. Subieron a toda prisa por el muro y se dirigieron a la parte situada enfrente de la tumba del Apóstol Andrés. Eran cinco: su padre, dos hermanos y otro clérigo, todos ellos ocupaban puestos en la iglesia de San Demetrio. Tras descansar un momento comenzaron a lamentarse de la terrible desgracia acaecida. En esos momentos divisaron a algunos piratas, Cameniates nos dice que parecían africanos y que iban vestidos sólo con taparrabos y que avanzaban espada en mano. Aterrorizados contemplaron como los recién llegados se dedicaron a despachar como matarifes a aquellos que hasta hacía unos momentos habían sido sus compañeros de huida y que se encontraban a pie de muro. Acabada esa macabra tarea se dirigieron hacia el grupo de Cameniates, a los que habían visto encaramarse a la muralla, con la intención de hacer con ellos lo mismo que a sus vecinos y conciudadanos. Pero cuando se lanzaron al ataque se encontraron con un imprevisto: entre unos y otros estaba la torre y los piratas debían atravesarla para alcanzar a sus víctimas, pero el suelo de planchas de madera estaba carcomido y sólo quedaba un precario pasadizo de dos tablas que ofrecían una travesía peligrosa. Los asaltantes recularon recelosos de que se les hubiera tendido una trampa y en esos preciosos momentos de duda los fugitivos ordenaron sus ideas y probaron la vía de la negociación. Cameniates se adelantó apresuradamente hasta el pie del paso y se dirigió hacia ellos. Los bárbaros, al verle aproximarse, alzaron sus espadas para golpear, pero cuando vieron que la amenaza no hacía retroceder al rumi y que éste parecía tener algo importante que decir, uno de ellos intentó acuchillarlo pero se detuvo ante los gritos de Cameniates que le suplicaba que no se precipitara o perdería la posibilidad de obtener un gran beneficio para si mismo y sus compañeros.
Lo expresivo de sus gestos hicieron detener por un momento al pirata, lo que aprovechó Juan para poner apresuradamente algunas joyas en sus manos para reforzar el efecto de sus palabras, con la promesa de ofrecerle mucho más si perdonaba su vida y la de sus acompañantes, pues guardaba grandes tesoros en un escondite bien seguro que sería imposible de localizar en el caso de que ellos muriesen. Aunque aquél no entendía nada de lo que se le decía intuyó el sentido del mensaje y se vió impresionado por la determinación desesperada del hombre.
En ese momento apareció otro hombre que habló en griego a Cameniates para reprocharle que se dirigiera a alguien que no le entendía cuando el estaba disponible. Juan volvió a repetir su ofrecimiento y el recién llegado le tranquilizó, asegurándole que se ocuparía de apaciguar a sus atacantes e incluso se ofreció a conducirlos hasta el mismo León de Trípoli para que les confirmara personalmente la seguridad de sus personas. Todo ello a condición de que estuvieran en condiciones de cumplir sus promesas, ya que de no ser así serían pasados a cuchillo de inmediato. Durante este intercambio los acompañantes de Cameniates aprovecharon para arrojarse a sus pies confirmando todo lo dicho por su compañero y suplicando que se les perdonara la vida. El hombre informó a sus compañeros de lo que habían acordado con los prisioneros y se comprometió por un juramento a respetar la integridad física de todo el grupo.
Bajaron entonces de la muralla y se adentraron en la ciudad pasando entre los cadáveres de los ciudadanos que aparecían por todos lados. Tras pasar por la puerta que llevaba al interior de la ciudad giraron hacia la zona alta. En ese momento aparecieron un grupo de sudaneses con la espada desenvainada que, al ver a los prisioneros caminando entre sus captores, intentaron atacarlos pero se vieron disuadidos por la presencia de sus camaradas, a excepción de uno de ellos que se acercó hasta el grupo e intentó arrastrar fuera de él a Cameniates para matarlo. Al divisarlo el padre del narrador y oír sus gritos acudió de inmediato al jefe del grupo y le reclamó su promesa de seguridad. El hombre se apresuró a detener al pirata que estaba a punto de degollar a Cameniates e intentó obligar a que soltara su presa. El bárbaro, frustrado, golpeó a su víctima en la espalda con su arma y lo hirió. No pudo ir más allá porque el jefe del grupo lo empujó a un lado y así todos reemprendieron el camino con Cameniates sangrando por su herida, no sin que este reprochara al hombre su descuido y le recordara que las promesas de oro estaban ligadas ineludiblemente a la salvaguardia física de todos los prisioneros. Ante ello los piratas accedieron a reforzar la vigilancia y tener más cuidado en su guardia.
De esta forma llegaron al lugar llamado To Akrulio, conocido por el convento de monjas que allí estaba emplazado. Tras toparse con nuevas patrullas llegaron finalmente al porche de la iglesia de San Jorge. Allí se encontraron con un pirata sentado en una cátedra y con una apariencia muy amenazante que parecía ser un oficial de rango entre los asaltantes. El hombre, con acento imperioso, preguntó por qué estaban con vida esos prisioneros. Tras conocer la historia los golpeó ligeramente con la parte plana de la espalda como señal de su salvación y los condujo al interior de la iglesia, en la que yacían en lamentable estado unas trescientas personas.
El jefe pirata se encaramó al altar y tras indicar que el grupo de Cameniates fuera llevado a la entrada ordenó a sus hombres que comenzaran a matar a los prisioneros, lo cual tuvo lugar de inmediato ante los horrorizados ojos de los recién llegados. Cuando todo concluyó el hombre montó a caballo y se fue al galope tras dar órdenes de que se condujera a toda prisa a los cautivos al puerto.
Así pues el grupo se dirigió apresuradamente hasta su destino cruzándose en su camino con numerosos grupos de piratas que vagabundeaban por las calles. Una vez en el puerto descubrieron que el jefe de la expedición, el temible León de Trípoli, estaba allí en persona. Los captores se acercaron a León y le informaron de las circunstancias particulares del caso. El almirante ordenó que uno de sus oficiales se acercara al grupo y les recordara que su supervivencia dependía de que fuera cierta la existencia de las riquezas prometidas. Sin más pérdida de tiempo se les ordenó que les condujeran al lugar donde se escondían los tesoros. Así lo hicieron de inmediato y tras comprobar los guardas que efectivamente sus promesas se correspondían con los bienes hallados les confortaron comunicándoles que irían de nuevo a ver a León para que les confirmara personalmente el perdón de sus vidas. De este modo volvieron de nuevo al puerto atravesando otra vez las calles salpicadas de cadáveres y reconociendo aquí y allá a vecinos o amigos que yacían muertos en total abandono.
Ya en el puerto se les condujo a la presencia de León de Trípoli. En esos momentos el comandante de la expedición estaba realizando la oración acompañado de sus oficiales. Al concluir sus rezos mandó llamar al grupo y preguntó a Cameniates si era el obispo de la ciudad, cosa que había deducido de las vestimentas que llevaban todos los miembros del grupo. Tras deshacerse el malentendido y conocer que todos los integrantes del grupo formaban parte de la iglesia de San Demetrio les felicitó por haber salvado la vida y les informó que se disponían a partir hacia Siria y que serían conducidos a Tarso en Cilicia para reunirse con todos los que serían canjeados cuando se produjera el siguiente intercambio de prisioneros. Entonces serían libres de nuevo y podrían regresar a sus hogares.
Dicho esto León ordenó que fueran confinados en una zona cercana a la playa, allí donde se estaban agrupando todos los prisioneros que serían llevados por la flota. En ese lugar se enteraron de que también Nicetas y León Chitzilakes habían sido detenidos y llevados a bordo de la nave insignia. Mientras Cameniates y sus compañeros yacían en estado de total desolación fueron testigos, a lo largo de los diez días que duró su estancia en la zona de confinamiento, de la suerte de otros prisioneros que, en semejantes circunstancias a las suyas, habían prometido rescatar sus vidas. En muchos de los casos no fueron capaces de satisfacer sus promesas y fueron ajusticiados allí mismo. Las pilas de valiosas mercancías, principalmente vestiduras de seda y lino, alcanzaba en palabras de Cameniates la altura de montañas, mientras que cualquier otro género de menor valor era directamente arrojado al mar.
Entre los muchos prisioneros que allí estaban se encontraba Rodofiles, un eunuco kubicularios imperial que había sido enviado en una misión oficial, y que a causa de una indisposición había tenido que detenerse en Tesalónica justo antes del ataque y había terminado cayendo prisionero. Para cumplir su misión llevaba una gran cantidad de oro que afirmaba estaba destinada al ejército de Sicilia que pasaba por grandes apuros en esos días y necesitaba desesperadamente dinero. La noche anterior al asalto había conseguido con la ayuda de algunos de sus subordinados hacer salir el dinero de la ciudad y enviárselo al strategos del Strymon junto con una carta en la que le encomendaba que lo mantuviera a salvo hasta el final de la guerra. Ahora fue conducido ante Léon de Trípoli que le preguntó de inmediato por el oro. Rodofiles le informó de lo que había hecho e intentó apaciguarlo prometiendo que podría compensarlo aunque no tuviese el oro pero León le interrumpió aullando de rabia:
“¡Este que vive entre mujeres todavía no ha aprendido que no hay salvación de la pena de muerte para aquellos que no ofrecen sus riquezas como rescate. En cambio representa una farsa y teje un manto de mentiras para proteger su propia vida!. ¡Que lo azoten en los muslos y en la espalda para que sepa en frente de quién está y de lo que se está hablando y no intente salvar su vida disponiendo del dinero de otro!”
Nada más acabar de hablar sus hombres arrojaron al suelo al desgraciado eunuco y le golpearon con tal ferocidad que en pocos instantes comenzó a desangrarse. Al poco quedó muerto y todavía seguían ensañándose con él hasta que apaciguado ya León dijo:
“¡Que se vaya al infierno con su famoso oro. No le haría mucho bien ahora, aunque lo encontrara!”
Acabado este asunto León ordenó de inmediato a sus oficiales que prepararan la salida de la flota y embarcaran a los prisioneros, comenzando por los más jóvenes, mucho más valiosos, y separando a los familiares entre sí. Una vez amontonados en penosas condiciones en sus bodegas se procedió a cargar las mercancías de valor en los cincuenta y cuatro galeras de la flota, pero como todavía quedaba una muchedumbre por subir a bordo se decidió tomar los barcos mercantes fondeados en el puerto y reparar aquellos que habían sido hundidos apresuradamente en la bocana para impedir el paso de la flota pirata, llegaron a reunir así otros sesenta. León ordenó que los prisioneros que se habían salvado ofreciendo su fortuna fueran repartidos entre los barcos en grupos de cinco a la espera de ser enviados a Tarso para el canje. Entre éstos estaban también los generales cautivos. En cambio a otros se decidió liberarlos directamente ya que hasta la orilla se habían acercado conducidos por el asekretis Simeón algunos ciudadanos con la intención de rescatar a sus familiares. León, sabedor de que en breve habría un intercambio de prisioneros, acordó con Simeón liberar a doscientas personas a cambio de la garantía jurada de que en Tarso serían entregados otros tantos musulmanes prisioneros. Una vez que se decidió esto cambió el tono de su discurso amenazando con incendiar la ciudad antes de zarpar, y de hecho dio órdenes de quemar algunos galpones en el puerto para presionar a sus interlocutores. Ante la amenaza éstos, tras una breve consulta, acordaron pagar el rescate exigido por la ciudad. Ante la falta de dinero en la ciudad para hacer frente al pago Simeón prometió emplear en ello los dos talentos de oro que Rodofiles había enviado al Strymon. Envió apresuradamente unos mensajeros que localizaron el oro y lo trajeron de vuelta para ser entregado a los piratas.
Cuando esta transacción concluyó y León consideró que había sacado el provecho suficiente de la empresa ordenó por fin la salida al mar de la flota, lo que tuvo lugar al son de tambores y címbalos al anochecer del 9 de agosto, el décimo día desde la toma de la ciudad. Atrás dejaban ruinas y desolación, los autores árabes difieren en sus cifras pero hablaron de entre 5.000 y 30.000 muertos durante el asalto y posterior saqueo de Tesalónica.
El grupo de Cameniates entretanto había sido conducido a un barco egipcio. Allí se dedicaron a preguntar por el resto de sus familiares y consiguieron localizar a la madre de Juan y a otro de sus hermanos así como a su cuñada, pero su mujer, sus tres hijos de corta edad y su hermana pequeña no pudieron ser localizados. Anonadados por la tristeza se dispusieron a sufrir una penosa travesía encadenados y amontonados en espacios insuficientes e insalubres, hostigados por el hambre y la sed. Muy pronto estas condiciones comenzaron a hacer mella entre los cautivos, de los que había ochocientos en el abarrotado barco de Cameniates que, sumados a los doscientos de la tripulación, hacían la navegación muy lenta.
A la tarde del día siguiente, cuando la flota estaba a la altura del lugar llamado Bolbos divisaron unos jinetes cabalgando frente a ellos y haciendo señas a los barcos. Se trataba de los mismos ciudadanos con los que León de Trípoli había tratado el día anterior y que ahora deseaban rescatar a ciertas mujeres, lo cual se realizó con celeridad previo pago de una fuerte suma de oro. Luego la flota puso proa a alta mar de nuevo y en breve realizó un alto frente a la isla de Palene desde donde se encontraron vientos favorables y navegando a toda vela la flota alcanzó el lugar llamado Diadromoi al comienzo del 11 de agosto. Allí se encontraron con un mercante cargado con trigo cuya tripulación, al no poder huir debido a lo imprevisto del suceso, intentó embarrancar, sin que ello les sirviera de mucho pues una partida los asaltó y mató a todos los marineros salvo a uno.
Tras esto la flota zarpó de nuevo costeando la isla de Eubea durante dos días y dos noches y llegó a las cercanías de Andros siguiendo una ruta de viradas continuas y costeando por temor a un encuentro con la flota imperial en mar abierto.
El siguiente punto del viaje fue la isla de Patmos donde el convoy se detuvo durante seis días que supusieron un gran sufrimiento para los prisioneros por la falta de agua potable en el lugar y la miserable dieta de pan mohoso, lo cual provocó que cada día aumentasen los fallecimientos en las bodegas. Cameniates se detiene por extenso relatándonos la tortura del cautiverio en el que a la mala alimentación se unían la falta de higiene, las pulgas y el hacinamiento, condiciones tanto más insoportables para quién como él estaba acostumbrado a las comodidades de una vida placentera.
Tras dejar Patmos la flota se dirigió a Naxos, isla tributaria de los musulmanes de Creta. Allí fueron aprovisionados por la población local y el 24 de agosto, tras dos días de estancia pusieron rumbo a Creta. El punto de llegada fue un lugar llamado Zontarion, al oeste de la bahía de la ciudad de Chandax.
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Mientras la flota echaba el ancla fueron avistados por los cretenses que en un primer momento pensaron que se trataba de una flota romana que atacaba la isla, lo que provocó una gran alarma, pero el temor desapareció al reconocer los emblemas distintivos de los barcos y saludaron entonces con gran alegría a los recién llegados. Era el domingo 26 de agosto cuando la flota en medio del estruendo de los tambores y los gritos de la marinería procedió a desembarcar su cargamento conduciéndolo a la playa a los lugares asignados para cada barco con el fin de que cada tripulación mantuviese el control de todas las riquezas que había transportado. Hizo falta todo ese día para descargar los barcos y el lunes 27 los capitanes desembarcaron para dividir entre sí los lotes de prisioneros y el botín, del que había tal cantidad como nunca se había visto en la isla. El momento del reparto permitió un reencuentro entre los prisioneros que pudieron ahora intentar buscar a sus familiares y saber de los desaparecidos. Cameniates nos relata las desgarradoras escenas de madres encontrando a sus hijos perdidos o hermanos llorando por la confirmación de la muerte del familiar o del amigo. Mas este momento resultó ser fugaz por cuanto, una vez alcanzado el acuerdo entre los capitanes, se procedió de inmediato a formar los lotes y separar a aquellos que acababan de reencontrarse, con la única excepción de los niños que tomaban pecho, a los que se permitió seguir con sus madres por ser incapaces de valerse por si mismos. Una vez separados y divididos se procedió al recuento para ser reagrupados en atención a su estado físico y a su edad y permitir así una distribución equitativa entre los barcos. La cifra resultante fue de veintidós mil prisioneros, todos ellos jóvenes y escogidos, como recalca Cameniates, sólo el pequeño grupo que se había salvado entregando su dinero se apartaba de esta descripción.
Una vez realizada la distribución los cretenses se dedicaron a comprar a muchos de los cautivos, con la idea de obtener un gran beneficio cuando llegase el tiempo del intercambio y poder así rescatar a sus conciudadanos. Cameniates nos informa que la costumbre en Creta sobre el canje difería de la de Siria, pues en la primera recibían como pago el doble de la cantidad que habían desembolsado por su prisionero, por lo que las transacciones eran muy beneficiosas para ellos. Este proceso de compra se extendió durante diez días, y la cuñada de Cameniates fue una de las vendidas, aunque su mujer y dos de sus hijos consiguieron librarse (el tercero había fallecido durante la travesía), así como el resto de la familia. Todo el grupo destinado al intercambio en Tarso fue confinado en un barco y quedó a la espera de la partida que se esperaba cercana debido a los peligros de la navegación a esta altura del año.
Antes León de Trípoli y sus oficiales realizaron un desfile para celebrar su éxito y realizar los actos de culto a su religión. Tras un día de fiesta regresaron rápido para apresurar los preparativos y al alba del 6 de septiembre, doce días después de la llegada a Creta, la flota zarpó en dirección a la isla de Dia que sobrepasó por el sur en dirección al extremo este de Creta donde hizo aguada antes de poner rumbo a Chipre.
Los prisioneros estaban hacinados en la hedionda cubierta inferior de una galera romana de dos filas de remos y las malas condiciones en las que viajaban se vieron empeoradas por la llegada de una tormenta que se abatió sobre la flota y la dispersó. El barco de León navegaba cerca del que transportaba a Cameniates, y desde éste se podía ver al caudillo pirata sentado en la popa de su galera dando órdenes para manejar el barco. A poca distancia una galera de poco porte estaba virando tras haber sido gravemente dañada por un golpe de mar. La tripulación de inmediato pidió socorro al barco de León, y éste tras acercarse a ellos les preguntó por el estado de la embarcación. Los atribulados tripulantes le rogaron que echara al mar a los prisioneros del barco en que iba Cameniates y que les dejaran subir a bordo. León dio órdenes de detener el navío y de que los prisioneros fueran arrojados por la borda pero entretanto un golpe de viento alejó de allí el barco, imposibilitando el cumplimiento de la orden. Cuando vieron eso desde los otros barcos hicieron señales para que esperaran, pero la tripulación no oyó o fingió no entender lo que se le comunicaba y siguieron adelante buscando escapar de la tormenta.
Cuando la tripulación del barco en peligro vio que no podía esperar nada por esa parte rogaron a León que arrojase al mar a los prisioneros y el botín de la nave insignia; éste, tras un momento de duda, optó por recibir a bordo a la tripulación sin lanzar al mar a los prisioneros, por miedo a la pérdida económica que ello supondría. Nada más realizarse el trasbordo el otro barco se hundió. (Todo esto fue contado posteriormente a Cameniates, que no estaba presente, por Nicetas y León Chitzilakes, que viajaban con León de Trípoli en su barco). El barco llevaba ahora más de mil personas a bordo y navegaba muy pesadamente desplazando mucha agua, afortunadamente la tormenta se calmó casi de inmediato y permitió proseguir el viaje sin otras incidencias.
El 12 de septiembre, al quinto día de viaje, la flota llegó a Pafos, en la isla de Chipre, donde se repararon fuerzas tras los pasados trabajos y tras un breve descanso se reinició viaje a Trípoli de Siria, donde llegó la flota el 14 de septiembre, día de la elevación de la Santa Cruz, como apunta Cameniates. El viaje había durado en total treinta y siete días desde su comienzo el 9 de agosto.
Una masa de ciudadanos salió por las puertas de la ciudad para recibir a la flota y para contemplar cómo todas las valiosas mercancías que transportaba eran trasladadas a los almacenes dentro de las murallas. Los prisioneros fueron paseados por las calles de la ciudad y finalmente alojados en una casa esperando el momento de la salida para Tarso. En esa estancia pudieron por fin encontrar algún alivio a su infortunio y recuperarse al menos parcialmente de tantos sufrimientos y penalidades.
El resto de los prisioneros que habían sido trasladados en otros barcos fueron dispersados a lo largo de la costa siria pues habían sido comprados y vendidos por tratantes de esclavos que hacían negocio en las diferentes plazas con el resultado de que los más desafortunados entre los cautivos acabaron sus días en la lejana África. El propio Cameniates tuvo ocasión de encontrarse con muchos compañeros de viaje y conocer los detalles de sus tragedias personales, pues los prisioneros acabaron esparcidos por toda la región.
La estancia en Trípoli de Juan Cameniates, en la que tuvo ocasión de conocer a su correspondiente Gregorio, fue causa de nuevos dolores para él, pues sufrió la dolorosa pérdida de su padre. Poco después de la partida de Gregorio Cameniates se vio otra vez embarcado y llevado bajo escolta hasta el confinamiento en Tarso donde permanecía en el tiempo en que estaba escribiendo su obra. Y se encontraba preso entre dos incertidumbres: la de ser finalmente liberado a través del canje o bien morir presa de las enfermedades que acechaban a los que como él languidecían en prisión.
En ese momento remata la obra del kubuklesión Juan Cameniates de la metrópolis de Tesalónica y dejamos de tener noticias de él y su paradero.
El canje de prisioneros tuvo lugar finalmente el 27 de septiembre de 905 y duró cuatro días. El lugar fue el acostumbrado para estos tratos, en el río Lamos en Cilicia, al este de Tarso. Fueron rescatados un total de doce mil prisioneros, aunque los bizantinos interrumpieron inesperadamente el proceso y como resultado ambas partes se retiraron llevando consigo el resto de cautivos no intercambiados. No sabemos si Cameniates estuvo entre los primeros o los segundos o si llegó a sobrevivir siquiera hasta la fecha del canje.
Algunos autores opinan que la causa de esta interrupción fue el conocimiento de la rebelión de Andrónico Ducas, que estalló en esos días como directa consecuencia de las intrigas del poderoso ministro Samonas, el favorito de León VI. Andrónico estaba entonces al mando de las tropas bizantinas en la frontera oriental y desobedeció las órdenes de operar en coordinación con la flota del Logoteta del Dromo Himerio para proceder en cambio a llevar adelante sus planes de revuelta. A pesar de ello Himerio fue capaz de derrotar a los árabes con su flota el 6 de octubre de 905.
La toma de Tesalónica tuvo una enorme repercusión entre los contemporáneos, y el propio León VI escribió una obra sobre el tema. El patriarca Nicolás Mystikos criticó muy duramente la ineficacia del gobierno por su tardanza en el rescate de la ciudad y pronunció al respecto una encendida homilía desde su cátedra en Hagia Sofia
“Las ciudades se han visto despobladas, los hombres degollados como animales, las mujeres han sido separadas a la fuerza de sus maridos. ¡Terrible espectáculo! se han visto expuestas a los más infames ultrajes. ¿Donde está tu socorro invencible, oh mártir Demetrio? ¿Cómo has dejado destruir tu ciudad?¿Cómo ha sido presa de tan grandes males la ciudad puesta bajo tu protección, inalcanzable para el enemigo desde el mismo momento en que el sol la iluminó?”
La desgracia acaecida en Tesalónica tentó por un momento al zar búlgaro Simeón a renovar las hostilidades y apoderarse de ella repoblándola con sus súbditos. León VI tuvo que apresurarse a enviar a su experimentado embajador León Coirosfactes en una embajada para convencer al monarca búlgaro para que renunciara a sus propósitos.
En directa relación con estos sucesos el gobierno imperial se dispuso en los años siguientes a iniciar trabajos de fortificación en Tesalónica para reparar lo que se había demostrado como ineficaz en 904. Conocemos por una inscripción que las murallas marinas de la ciudad fueron reconstruidas, de nuevo con León Chitzilakes al mando como strategos de la ciudad una vez vuelto de su cautiverio. Por la misma época otra ciudad clave, Attalia, fue también reforzada y recibió una segunda muralla marítima en una obra dirigida por el mysthografos (secretario imperial) Eutimio.
El mismo afán recibió la marina que tan pobre papel desempeñó durante estos días. León VI dio órdenes de que se construyeran nuevos navíos y se ampliaran sus medios, lo que sin duda favoreció el mejor desempeño de la flota imperial al año siguiente.
Juan Cameniates, The capture of Thessaloniki, traducción, introducción y notas de D. Frendo y A. Fotiou, Byzantina Australiensia 12, Australian Association for Byzantine Studies, Perth 2000.
Vasiliev A.A. (1968) Byzance et les Arabes II: Les relations politiques de Byzance et des Arabes à l’époque de la dynastie macédonienne (867-959), eds. H. Grégoire y M. Canard, Corpus Bruxellense Hist. Byz. II, Bruselas.
Jenkins, R.J.H. (1948) “The flight of Samonas” Speculum XXIII 2 en Studies on Byzantine History of the 9th and 10th Centuries, Variorum Reprints, Londres 1970.
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