BIZANCIO!!!

El Imperio Romano  Helénico y Cristiano de la Edad Media

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            LA CAMPAÑA ESLAVA DE JUAN TZIMISCÉS.

 

          Por Procopio (Roger Corbera Mestres)

 

     

            Juan I Tzimiscés merece constar, por la rotundidad de sus victorias, la extensión de los territorios conquistados y la multitud de enemigos que mordieron el polvo entre los mejores comandantes militares que tuvo el ejército militar. Comparable sin duda no tan sólo a Belisario, Narsés y Heraclio en su buena época, sino que me atrevería a decir incluso que a los Césares romanos.

 

Juan Tzimiscés entrando en triunfo a la Ciudad, detrás de un ícono de la Virgen.

           

            LA APISONADORA RUSA

 

            En la década de los 60 del siglo X el emperador[1] Nicéforo (literalmente "Portador de Victorias") Focas queriendo poner freno a la amenaza búlgara en sus fronteras occidentales, decidió abordar el problema desde una óptica diferente, aunque no del todo original. En vez de tratar de empujar a sus enemigos hacia el Danubio, se puso en contacto con los rusos en su principado de Kiev y los sobornó mediante regalos y promesas de alianza para que, desde sus bases en Ucrania y el Mar Negro atacara Bulgaria por la retaguardia.

 

            Los rusos aceptaron el reto y en 966, dirigidos por su ambicioso y agresivo príncipe Sviatoslav embistieron contra el reino meridional. Su ofensiva fue fulminante y consiguieron apropiarse de vastas tierras del oeste y norte de Bulgaria, el zar Boris II fue depuesto y su ejército derrotado completamente. En resumen, el Príncipe de Novgorod tuvo éxito. A decir verdad, para el gusto de los bizantinos, tuvieron demasiado éxito: ahora en vez de tener que competir con el medianamente poderoso reino búlgaro, tenían por vecino una potencia en expansión: principado ruso fortalecido por sus conquistas y de talante más guerrero que el anterior.

 

El plan de Nicéforo, consistía probablemente en conseguir que ambos extranjeros se desgastaran entre sí; contaba sin duda en así ganar tiempo para reunir sus tropas en el Este, pero había fracasado. No siendo ni corto ni perezoso, puso manos a la obra para intentar ganarse a su bando los restos de Bulgaria. Aun no había conseguido su propósito cuando fue asesinado por una conjura palaciega tramada por su esposa y algunos generales desleales en 969.

 

Su asesino y sucesor, Juan I Tzimiscés (mote de origen armenio que al parecer significa "menudo"), se encontró con una herencia envenenada en cuanto a las fronteras europeas; en la primavera de 970 los rusos se lanzaron contra el Imperio invadiendo Tracia. Filipópolis (actual Plovdiv), una fortaleza de la región, fue saqueada tras un corto asedio. Ahora bloqueaban la Vía Egnatia que comunicaba Constantinopla con el resto de provincias europeas.

 

Juan, hombre de coraje que había ganado experiencia con las campañas orientales de Constantino VII, Romano II y Nicéforo II, no se dejó amilanar y ordenó a sus domésticos Bardas Scleros y Pedro el Patricio reunir una pequeña fuerza y reconocer el terreno mientras él se desplazaba desde Antioquia, donde había estado asentando la región tras la conquista de su antecesor.

 

Scleros y Pedro además, tenían la misión de entrenar sobre el terreno a sus soldados bisoños[2] y tratar de evitar que los rusos devastaran los fértiles campos de Tracia, granero de la capital. Asimismo, siguiendo la tradición bizantina de combinar diplomacia y belicismo, ambos tenían que mandar espías y exploradores disfrazados como búlgaros a eslavos al campo enemigo con la misión de intentar sembrar la disensión e informar sobre sus movimientos de tropas.

 

Pese a todo, el caudillo ruso se enteró de la presencia  de los imperiales y mandó una poderosa fuerza de unos 20.000 hombres[3] para aniquilarlos. En su campamento, pero, había un oficial bizantino disfrazado, el cual tras saber la noticia voló raudo hacia su propio bando para advertirlos.

 

Al enterarse de que tan numerosa horda se le venía encima, Bardas Scleros sopesó sus opciones: tenía al enemigo demasiado cerca como para retroceder en orden hasta una posición defendible, y asimismo tal opción no era posible sin abandonar al mismo tiempo la Tracia que debía defender. Por lo tanto, tomó a su mando un destacamento de entre 10-12.000 hombres, formado por los veteranos del ejército y los reclutas más prometedores y se dispuso a afrontar el enemigo. ¡Sin duda los que quedaron atrás en el campamento le despidieron seguros de verle por última vez, vista la desproporción de fuerzas!

 

Moneda del reinado de Juan Tzimiscés

 

 

LA BATALLA DE ARCADIÓPOLIS.

 

Bardas Scleros, pero, no era ningún temerario, sino un general cauto y avezado. Sabiendo que en un choque frontal sus hombres tenían las de perder, planeó la batalla con gran astucia: en primer lugar dividió su destacamento en tres batallones. Dispuso dos de ellos emboscados a ambos lados del camino que debían seguir los rusos y, con el tercer grupo (formado seguramente por la caballería), tenía la intención de asaltar el campamento enemigo para atraerlos a la trampa. El terreno de los Balcanes, pródigo en barrancos montes y espesuras es muy propicio para este tipo de emboscadas, y de hecho los bizantinos habían sido varias veces víctimas de ellas.

 

Mientras el caudillo de los rusos, ignorando completamente tales ardides, había acampado a unas 25 millas de Arcadiópolis, una ciudad tracia. Su abigarrado ejército estaba formado en su mayoría por guerreros de su raza, pero también por súbditos búlgaros de lealtad algo dudosa y un contingente de salvajes jinetes pechenegos.

 

Estos pechenegos habían irrumpido en los Balcanes procedentes de Asia, y eran al parecer un pueblo de nómadas montados de raza turca. Eran diestros en el uso de sus pequeños y ágiles caballos y en tirar con arco, pero aunque feroces, su disciplina dejaba que desear. Este defecto, pero, era común al resto del ejército bárbaro.

  

Como formaban una tropa de caballería ligera, los pechenegos solían marchar adelantados respecto a la infantería y el día en cuestión, acamparon apartados de sus aliados. Es por eso seguramente que Bardas y su batallón cayó sobre ellos en primer lugar, y tras un feroz combate consiguieron echarles del campamento. Ambos contingentes se enzarzaron en un duro combate en el que la victoria se inclinaba de un lado a otro a medida que transcurría la mañana; el gran número de bárbaros compensaba en parte la mayor disciplina y entrenamiento de sus rivales. Asimismo, los pechenegos mandaron mensajeros a sus aliados, acampados como se ha dicho, algo lejos de ellos, alertándoles del ataque imperial.

 

Cuando Scleros creyó que ya había pasado un tiempo prudencial, ordenó a sus trompetas lanzar una señal preestablecida. Entonces toda la fuerza se giró y empezó a retroceder en dirección a Arcadiópolis. Los pechenegos, viendo la victoria segura, se apresuraron a perseguirlos seguidos de los rusos y búlgaros, que llegaban en aquel momento.

 

Mientras las tropas emboscadas, al ver que sus capitanes (que estaban en la vanguardia hasta entonces) volvían a su lado, dejaron pasar por el hueco entre sus filas a los fugitivos de Scleros. Luego cuando los bárbaros se pusieron a tiro, lanzaron su grito de batalla y se abalanzaron contra los perseguidores pechenegos. Estos avanzaban confiados y sin temer nada, por lo que ver salir a unos 8.000 bizantinos de la espesura para atacarles por el flanco fue una verdadera sorpresa.

 

Atacados por el frente y por varios lados, los pechenegos se desbandaron después de recibir un varapalo considerable. Al mismo tiempo en que ellos huían, llegaron los rusos y búlgaros. Ignorantes de la emboscada, éstos se apresuraban a alcanzar a sus aliados para que no se quedaran todo el botín. Por "suerte" para ellos, había "fiesta" para todos: al llegar al campo se cruzaron con los turcos en desbandada, y aún estaban entorpecidos por esa masa cuando los bizantinos atacaron de nuevo.

 

Sin poder formar en un muro de escudos[4], los rusos y búlgaros sufrieron una marga derrota a manos de una banda de "griegos de Constantinopla".

 

 

El combate de Arcadiópolis, en resumen, se resolvió favorablemente a los "griegos": perdieron unos 550 hombres (entre ellos bastantes oficiales del grupo de Scleros) y muchos más caballos, sobretodo debido a las flechas turcas. Pero los rusos y pechenegos sufrieron miles de bajas sobre el terreno, y lo que es mejor: se rompió la alianza entre pechenegos y rusos. Al parecer estos primeros creían tomar parte de una expedición de saqueo, y no estaban dispuestos a implicarse en una guerra abierta contra ejércitos aguerridos. Por eso, tras recibir unas cartas de Pedro el Patricio donde les desalentaba a seguir las hostilidades y les proponía una tregua, rompieron su pacto con los rusos y volvieron a sus llanuras natales de Asia. Hasta un siglo después no darían más problemas al Imperio Romano.

 

 

 

Abril de 970: Emperador contra príncipe.

 

Quedaba aún en liza los rusos. Éstos no se desanimaban tan rápidamente. Su príncipe de Novgorod, Sviatoslav, se enfureció al tener noticias de la derrota y decidió dirigir personalmente una gran ofensiva. Por todo el Principado corrió la llamada a las armas y sus vasallos, rusos, eslavos y búlgaros se reunieron bajo su bandera. tras reunir unos 60.000 hombres[5], marchó hacia el sur dispuesto a vencer... o a morir.

 

            Mientras pero Juan Tzimiscés no se dormía en los laureles. Había conseguido reunir unos 30.000 hombres, juntando a los vencedores de Arcadiópolis y los tagma y themata venidos por fin desde Siria tras vencer a los árabes. Sin duda el que en plena Edad Media un Imperio fuera capaz de organizar el traslado de 20.000 soldados con todo su equipo desde Asia Menor hasta los Balcanes es una proeza difícilmente igualable por ningún otro reino europeo antes de las Cruzadas.

 

            Asimismo, Juan ordenó que una flota de 300 naves partiera desde Constantinopla en dirección al Danubio. Luego tras oír misa en Santa Sofía se puso en marcha hacia Bulgaria entre las ovaciones de la multitud.  Su destino era Dorostolon o Dristra (actual Silistra, en la orilla meridional del Danubio) una importante fortaleza.

 

Los pasos montañosos de Bulgaria, escenario frecuente de derrotas imperiales, se encontraban indefensos debido a una revuelta de la población local contra los rusos. Sviatoslav, furioso, mandó ejecutar gran número de nobles del país. Y así Tzimiscés puedo salir de Tracia sin problemas, tomando una serie de pequeñas guarniciones a su paso. Los soldados búlgaros que las guardaban no querían jugarse la vida por defender un tirano, por lo que no dudaron en abrirle las puertas de Preslav, capital del país. Éste a su vez les dejó en libertad. También se liberó ahí al tsar Boris II, prisionero de los rusos. Con la guarnición rusa, que presentó resistencia, Tzimiscés pasó al ataque, derrotándolo y matando a los que se rendían (en total unos 8.500 hombres).

 

Más complicado fue el último tramo del camino, más cercano a Dorostolon. Allí una pequeña fuerza de rusos escondidos en la espesura consiguió emboscar un grupo de jinetes exploradores imperiales. Los bizantinos fueron aniquilados y el propio emperador vio sus cadáveres tras llegar con la vanguardia.

 

Furioso, Juan ordenó a la caballería imperial (los tagmata de Excubitores y Scholae) batir los bosques hasta hallar a los contrarios y eliminar su amenaza. Pronto le trajeron varios prisioneros, que fueron inmediatamente ejecutados. Luego tras enterrar a sus muertos y dejar los otros a los carroñeros, siguió adelante hasta llegar por fin a Dorostolon.

 

 

 

LA BATALLA DE DOROSTOLON.

 

            Tras instalar su campamento y dejar en él el tren de bagaje con su equipo de sitio, Tzimiscés mandó exploradores para vigilar al enemigo. Pronto le informaron de que éste estaba saliendo de la fortaleza y desplegándose en el llano frente a ella, con sus escudos pintados, sus cascos alados  y sus lanzas y hachas brillando al sol de primavera. Era la hora de la verdad.

 

Juan Tzimiscés con sus tropas

 

  

                   EL EJÉRCITO BIZANTINO DE JUAN TZIMISCÉS.

 

                   Composición: unos 30.000 hombres en total.

 

Infantería: incluyen psiloi (arqueros y lanzadores de jabalinas, infantería ligera), y skutatoi (un cuerpo profesional de infantería de línea con escudos largos y espadas). Eran quizá unos 20.000 hombres.

 

Caballería: este cuerpo lo formaban en 1/3 en cuerpos de kataphractoi y clibanarioi (caballería pesada de los themas, provistos de armaduras de escamas y armados con mazas y la kontos[6]) y  2/3 en arqueros y lanceros equipados ligeramente que debían cubrirles los flancos.

 

Los Athanatoi[7] (inmortales) un tagma de elite creado por Tzimiscés formado únicamente por veteranos curtidos que sumaban quizá 4000 hombres. En total, sumaban unos 10.000 hombres. Juan, antiguo comandante de caballería, confiaba en ellos antes que en la infantería.

 

Despliegue: los bizantinos formaron en tres divisiones, divididos a su vez en tres líneas. En línea frontal con el enemigo dispuso a los skutatoi en filas estrechas. Luego iban los psiloi, con órdenes de coser a flechazos a los rusos. Por fin detrás de cada flanco iban los kataphractoi, dispuestos a intentar maniobras de flanqueo o perseguir al enemigo vencido.

 

Durante el primer día, los Athanatoi quedaron en reserva.

 

Moral: en palabras del cronista León el Diacono, los bizantinos consideraban una vergüenza ser derrotados por unos bárbaros como lo rusos y no pensaban ceder ni un ápice.

 

El general: Juan Tzimiscés, de 46 años, provenía de una familia militar armenia: su abuelo Bardas Focas fue domestico de los Scholae[8]; su tío-abuelo fue el doméstico Juan Curcuas, azote de los árabes durante el reinado de Romano I, y el propio Nicéforo Focas era su tío.

 

Juan era pues de profesión guerrero, y pasó en guerra casi toda su carrera militar y buena parte de su reinado. Era de pequeña estatura, rubio y bien parecido, muy querido al parecer por las damas.

 

Juan ascendió al rango de strategos (general) a base de victorias contra los árabes y al trono de Constantino el Grande gracias a sus amores con la emperatriz Teófano y a su complot contra su tío y antiguo benefactor Nicéforo II. Pese al escándalo que produjo tal traición en la opinión pública, Juan, al contrario que Nicéforo, tenía fama de generoso, y la reputación de éste había decaído mucho debido a la hambruna de 965-968[9]. Sus brillantes victorias y la adoración de sus hombres le rodearon pronto de una aureola heroica.

 

Juan tenía además a su lado al doméstico Bardas Scleros, y a su gran chambelán Basilio Lecapeno, hijo bastardo de Romano I y cómplice del asesinato de Nicéforo, que debía encargarse de los suministros.

 

Sviatoslav con sus guerreros en distintas acciones bélicas.

 

 

LA HORDA RUSA DE NOVGOROD.

 

Contingente: unos 60.000 guerreros a pie, equipados con lorigas de cuero, grandes escudos redondos y cascos. La mayoría eran milicias ciudadanas de Novgorod y Kiev con tres años de experiencia en Bulgaria. Los nobles montaban a caballo, aunque no eran muy diestros ni numerosos, por lo que no se podían comparar con sus rivales bizantinos. Sus armas eran sobretodo la lanza y la gran hacha a una o dos manos.

 

Moral: Eran gente fornida y, siendo aún paganos, no temían la muerte en combate, dado que en su religión esto les abría la puerta del paraíso bárbaro. Se creían invencibles y su honor de guerreros, como ya he dicho, les inspiraba un coraje a ultranza.

 

Despliegue: Los rusos formaban una única masa compacta (el muro de escudos ya mencionado). Detrás suyo, los búlgaros sometidos y los siervos eslavos proporcionaban un cuerpo de arqueros ligeramente armado. Sufrían una lamentable falta de caballería de cualquier tipo.

 

El general: el Príncipe Svyatoslav era un típico caudillo vikingo, que confiaba más que nada en sus armas y consideraba la diplomacia bizantina un signo de debilidad. Era al parecer un hombre fuerte, ambicioso y feroz, que sólo aceptaba negociar cuando podía conseguir un tributo o rendición del contrario. Su padre, Igor, ya había intentado saquear Constantinopla en 960, siendo derrotado por la flota bizantina.

 

Físicamente, el príncipe nórdico presentaba un gran contraste con Tzimiscés: era de gran estatura, fuerza descomunal y hábitos rudos: vestía con una piel de oso, dormía en el suelo como un soldado más y comía carne de caballo hervida, repugnante para los griegos. Como toda su gente por entonces, era pagano.

  

 

         Primer día.

 

Los rusos no esperaron el ataque enemigo y se lanzaron directamente contra los infantes bizantinos. Estos resistieron bien, consiguiendo hacer retroceder el muro de escudos en dos puntos, pero el conjunto ruso no era menos resistente que ellos. Retrocedieron y se reagruparon.

 

La segunda embestida fue tan brutal como la primera, pero de nuevo los skutatoi siguieron sin ceder ni un ápice. Durante dos horas ambas fuerzas mantuvieron un pulso de poder, retrocediendo y avanzando alternativamente. Al pasar este tiempo, se hizo evidente que la línea bizantina no sólo no retrocedía, sino que incluso ganaba terreno a los rusos. Al caer la tarde se hizo evidente que estaban en empate. Entonces Juan, viendo la debilidad de los rusos, ordenó atacar a los kataphractoi: estos formaron en cuña y consiguieron por fin romper el muro de escudos. Los rusos se desbandaron ante la carga de caballería y huyeron hacia  Dorostolon muriendo muchos debido al tumulto que se generó cuando intentaban entrar por la única puerta del castillo mientras los acosaban los imperiales.

 

 

Siendo ya de noche, Juan se permitió disfrutar un rato de los clamores de sus hombres. Luego ordenó regresar al campamento. Los soldados, agotados pero alegres, cantaban el Himno de la Victoria.

 

 

A continuación, reducido un tanto la superioridad numérica de los rusos se formalizó el sitio de Dorostolon. La llegada de la flota imperial remontando el Danubio, tres días después del primer combate, cerró completamente el bloqueo por agua y los sitiados, poco preparados para tal eventualidad, empezaron a sufrir escasez. Los bizantinos en cambio se alegraron sobremanera con este refuerzo.

 

Pese a todo, los rusos conservaban su espíritu de lucha: los constantes tiros de catapulta y arco de los bizantinos no les intimidaban. El día después de que llegaran los barcos, un grupo de guerreros asaltó el emplazamiento de las catapultas con intención de quemarlas.

 

El oficial al mando de la dotación, un oficial llamado Curcuas, era un borracho célebre por su lujuria que andaba algo bebido pese a ser sólo mediodía. Pronto un ruso lo decapitó y, mostrando su cabeza clavada en una lanza a sus enemigos, clamó haber matado al emperador en persona. Su treta pero, no dio resultado y los guerreros tuvieron que retirarse al castillo sin poder incendiar las máquinas.

 

Al ver que los defensores actuaban con tal ardor, Juan decidió que lanzarse al asalto de las murallas era demasiado arriesgado: prefirió quedarse al acecho de que el fogoso Sviatoslav ordenara una salida general.

 

Y así fue: a la mañana siguiente, Sviatoslav desplegó su ejército delante de sus murallas (Juan le permitió hacerlo) y otra vez se lanzó al ataque. Los skutatoi les esperaban en formación de falange, con los psiloi apostados detrás y los kataphractoi cubriendo los dos flancos en posición retrasada.

 

Esta vez un destacamento ruso, formado por los principales guerreros y con el lugarteniente del príncipe al mando, consiguió romper e incluso atravesar la formación bizantina. Por suerte, una carga de caballería los rechazó con ayuda de un escuadrón de "Inmortales".Uno de sus miembros, Anemas, fue el héroe del día al matar con su maza al jefe del destacamento. Desalentados, los rusos empezaron a retroceder hacia las murallas, primero en orden, luego en desbandada. ¡De nuevo la victoria sonreía a Juan Tzimiscés!

 

Ahora los rusos se encontraban seriamente debilitados: no sólo les habían golpeado tres veces en menos de diez días, sino que la pérdida de muchos de sus mejores guerreros dejaba a la tropa sin líderes ni campeones que dieran ejemplo de coraje. Así las cosas, el príncipe Sviatoslav pidió consejo a sus asesores y estos deliberaron que sería difícil cruzar el Danubio en botes, pues la flota  patrullaba constantemente y estaba equipada con proyectores de fuego griego (los rusos habían tenido ya dos malas experiencias con esa especie de napalm medieval), algunos consejeros propusieron negociar con el emperador... Finalmente votaron luchar hasta la muerte, pues como dijo Sviatoslav, el Valhalla[10] era la recompensa de los guerreros rusos, y ningún enemigo de este pueblo podía jactarse de haber capturado con vida uno de ellos.

 

Esa noche, los rusos consiguieron permiso (ya fuere expreso o tácito) de sus enemigos para recoger sus muertos del campo de batalla y incinerarlos según sus ritos. No obstante esa tregua, unos 2000 rusos aprovecharon para ir en bote a recoger provisiones lejos del círculo de centinelas. Acabada su misión, se disponían a volver cuando tropezaron con un grupo de caballeros bizantinos que iban a buscar madera y agua para sus monturas. Fueron rápidamente degollados y los rusos volvieron a su fortaleza mientras en el campamento enemigo se daba la voz de alarma.

 

Por este descuido en su vigilancia del río, el emperador reprendió duramente a los comandantes de la flota, amenazándoles de muerte si volvían a descuidarse así.

 

 

 

         EL ÚLTIMO COMBATE.

 

La tarde del día siguiente (24 de julio de 971) el ejército ruso salió a presentar batalla de una guisa muy a la de anteriores refriegas: esta vez se desplegaron en una única y masiva falange, erizada de lanzas en su primera fila, con Svyatoslav en persona dirigiéndoles. En segunda fila los arqueros tenían orden de concentrar el fuego en sus caballos.

 

Los bizantinos respondieron desplegándose en su habitual formación de tres líneas. Sólo que ahora el emperador en persona comandaba el centro de la caballería.

 

Enfurecidos por las pérdidas de las pasadas semanas, los rusos lanzaron una carga tras otra contra la infantería imperial. Las flechas de sus arqueros eslavos caían furiosamente sobre la caballería, la cual además no podía realizar su táctica de flanqueo por tener al este un pantano y al oeste una colina escarpada.

 

Viendo que en este estrecho escenario tenían de perder los imperiales, Juan ordenó una retirada general hacia una llanura cercana donde la caballería tendría más ventaja. Con admirable orden las unidades empezaron a ceder terreno sin perder su cohesión.

 

Los rusos, viendo la oportunidad de vengarse aumentaron la presión sobre los skutatoi. León el Diácono nos cuenta el caso de un oficial llamado Teodoro de Mistra que, viéndose rodeado de enemigos y separado de su unidad, se defendió sólo contra ellos. En un momento dado, Teodoro (sin duda un hombre muy fuerte) cogió por el cinturón el cuerpo de un ruso muerto y, levantándolo en vilo, lo usó a guisa de escudo. Entonces sus compañeros, cobrando ánimos contraatacaron y consiguieron rescatarle ileso.

 

Algún tiempo después Juan mandó una unidad de Athanatoi a cubrir la retirada del centro del ejército. Entre los soldados de esta elite se hallaba el soldado Anemas, del que ya hemos hablado antes. Éste, viendo que en la vanguardia enemiga se distinguía la coraza del príncipe Svyatoslav, la atacó con intención de alcanzarlo y acabar la guerra de un mazazo; su valentía suicida consiguió abrirle camino entre los guardaespaldas y descargar un golpe contra el general ruso, éste cayó derribado, pero la armadura le salvó la vida. Pronto las hachas y lanzas de sus hombres dieron buena cuenta de aquel indómito caballero.

 

Esta escaramuza levantó el ánimo a los guerreros, que redoblaron su empuje. Los bizantinos a pie resistían, pero no podría resistir mucho alguna caballería en las alas empezaba a desmoronarse. Entonces el emperador ordenó a los Athanatoi (que había guardado en reserva) se lanzaran al ataque.

 

La carga de los 4000 jinetes vestidos de hierro con Juan Tzimiscés al frente cayó sobre los rusos como un mazazo, destrozando su orden de batalla y poniéndoles en desbandada.

 

León el Diacono, como si no quisiera atribuir el mérito completamente a sus compatriotas, afirma que al mismo tiempo que los cascos de los kataphractoi retronaba sobre la llanura, se desató una terrible tormenta, soplando contra los rusos tal vendaval que estos quedaron cegados. Autores posteriores afirman incluso que San Teodoro Stratelates [11]encarnado en forma de brillante caballero montado en un caballo blanco apareció enfrente de la carga cristiana contra los paganos rusos.

 

En todo caso, con la ayuda de la meteorología y de los santos, los Athanatoi demolieron el flanco de los eslavos. El pánico, al igual que el coraje, es una enfermedad contagiosa: a veces un febril deseo  de acabar con el rival se apodera de los soldados y su empuje es arrollador; otras tantas veces ese febril deseo no es de luchar, sino de huir. Esto último fue lo que les pasó a los rusos.

 

Con la caída de la noche, se cerró el telón de la batalla de Dorostolon. Svyatoslav conservaba la fortaleza de Dorostolon y parte del ejército[12], pero no suficiente como para abrirse camino a pie. En barca era igualmente imposible, pues la flota imperial y su "fuego griego" darían buena cuenta de ellos. Al príncipe no le quedaba más opción que tragarse su orgullo y pedir la paz.

 

Juan Tzimiscés se avino a negociar y llegaron a un tratado de paz que era el siguiente:

 

            - El príncipe de Novgorod se retiraría más allá del Danubio y cedería toda la Bulgaria conquistada al Imperio Romano Oriental. Asimismo se mantendría en paz con el Imperio.

            - A cambio el basileus dejaría paso libre al ejército ruso y le proporcionaría alimento suficiente para regresar a su país.

  

            El balance era claramente favorablemente al Imperio, que por primera vez desde los tiempos del emperador Mauricio (582-602) restauraba sus fronteras en el Danubio. Tzimiscés pudo celebrar un merecido triunfo en Constantinopla

 

 

Bibliografía

 

 

THE BYZANTINE WARS AND CAMPAIGNS OF THE BYZANTINE ERA de John Haldon - Stroud Charleston Tempus 2001

 

A HISTORY OF THE BYZANTINE STATE AND SOCIETY de Warren Treadgold - Stanford University Press

 

BYZANTIUM AND ITS ARMY 284-1081 de Warren Treadgold   - Stanford University Press 


 

[1] Hay que aclarar que ni Nicéforo II Focas ni Juan I Tzimiscés fueron emperador por sí mismos formalmente, sino que en teoría asumían la regencia en nombre de los jóvenes hijos de su antecesor Romano II, Basilio (el futuro Basilio II Bulgaróctonos) y Constantino.

[2] Esta era una práctica habitual entre los ejércitos bizantinos, donde muchas tropas (sobretodo las provenientes de los themas, o guarniciones provinciales) aunque sabían defender su región valientemente, sufrían gran desconcierto cuando se las mandaba a invadir territorio enemigo o adoptar una táctica directamente ofensiva. otros generales que siguieron el mismo uso fueron Nicéforo el Logoteta (en 811) y Romano IV Diógenes en 1068-1071.

[3] La cifra es aproximada, pues sólo sabemos de ellos su composición relativa y que eran bastante superiores en número al destacamento de Bardas y Pedro.

[4] El "muro de escudos" era una táctica de las tribus centroeuropeas consistente en unir los guerreros a pie un único bloque compacto. Las primeras líneas se defendían con grandes escudos, formando con ellos una línea conjunta. La primera línea solía luchar con espadas o hachas y la segunda o tercera con lanzas. Esta formación tiene la virtud de ser muy resistente a las cargas (incluso de caballería) pero el punto débil de que cuando se rompe es muy difícil recomponerla. Esto fue lo que les pasó a los infantes sajones ante los caballeros normandos en 1066 en la batalla de Hastings.

[5] Aquí la cifra es también aproximada. Se ha dicho que el castillo de Dristra era materialmente incapaz de contener semejante contingente. Asimismo, parte de las tropas de Svyatoslav debían ser extranjeras, y los guerreros rusos viajaban con sus mujeres, que quizá se incluyen en el recuento final.

[6] La kontos era una gran lanza de 3'5 metros que debía esgrimirse a dos manos.

[7] El nombre hacía referencia a la homónima guardia de elite del antiguo Imperio Persa.

[8] Tradicionalmente,  la guardia imperial se dividían en  cinco tagmata (regimientos) Scholas (cuya jefatura conllevaba la del resto del ejército), Excubitores, Vigla o Arithmos, Hetaereia y Numeri.

[9] Los bizantinos, al igual que los españoles de hoy día, culpaban a sus governantes de la mayoría de sus males, aunque fueran de origen meterológico o impredecibles (terremotos, sequías).

[10] En la mitología nórdica el Valhalla es el palacio donde van a parar las almas de los guerreros caídos valientemente en combate. Allí celebran un banquete con los dioses hasta la llegada del Ragnarok (el Apocalipsis).

[11] Junto con San Demetrio, este era uno de los santos preferidos de los soldados bizantinos.

[12] Se desconoce el número total de bajas de ambos ejércitos, pero León el Diacono apunta que los bizantinos recogieron 20.000 espadas y escudos enemigos. Asimismo el reparto de grano posterior entre los eslavos reveló que de los 60.000 hombres originales de su ejército sólo quedaban 22.000. En cuanto a su propio bando, es menos realista, pues afirma que los bizantinos perdieron sólo ¡150 hombres!

 

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